La plaga

Ann Benson · Capítulo 39 de 40

Páginas del PDF

La plaga

Treinta y Cinco

–Buen trabajo -le dijo al pasar por segunda y última vez.

El empleado sonrió de forma encantadora.

–Y encima divertido -contestó.

Janie pasó junto a la cabina de mando y se dirigió a su asiento, que estaba al fondo del avión. Advirtió por doquier la actividad febril propia de los instantes previos al despegue. Vio a varias mujeres atareadas con sus bebés, y a los sobrecargos haciendo lo posible por meter innumerables bolsas de viaje en los compartimientos superiores. Vio que un azafato se abría camino por el pasillo central cargado con un montón de trajes de plástico transparente que iba repartiendo a los pasajeros, al tiempo que contestaba a los más novatos que sí, que aquéllos eran los trajes que alguna gente llamaba condones de cuerpo entero. Vio a gente mayor con cara de no entender cómo había que colocar tantas cintas y mascarillas.

Vio a Bruce.

–¡Sorpresa!

TREINTA Y CINCO

Kate cepillaba el caballo en el claro; Alejandro, entretanto, se limpiaba el cuerpo de sudor dentro de la casa. Se despojó de todos sus andrajos y, tras dejarlos amontonados en el suelo, se lavó en la jofaina hasta sentirse como nuevo, limpio y purgado de la peste que había estado a punto de acabar con él. Después se puso la muda que había metido en sus alforjas antes de partir para Canterbury, se atusó el pelo con la mano y se lavó los dientes con la punta deshilachada de una rama verde.

Pese a su debilidad, había decidido que no podían quedarse mucho tiempo en un mismo lugar, y que era necesario abandonar la casa de la madre Sarah lo antes posible, puesto que no cabía duda de que el rey habría enviado a una patrulla en su busca. Se sentó a la mesa y, mientras meditaba qué llevarse, percibió por el rabillo del ojo que algo se movía; al fijarse más, vio desaparecer la cola de una rata bajo la ropa que había dejado amontonada en el suelo. Se levantó de un salto para espantar al repugnante animal, pero sólo consiguió expulsarlo de su escondrijo a base de golpear las prendas con el pesado extremo de una escoba; entonces la rata salió corriendo con chillidos de pájaro y se escabulló por una rendija de la pared.

¿Qué hago? Si tenía razón en lo tocante a las ratas, aquella ropa podía transmitir la peste al primer incauto que la encontrara y se la pusiera. Había

que quemarla antes de marcharse, puesto que no faltaban indigentes dispuestos a aprovechar sin reparos hasta la prenda más gastada y andrajosa.

Introdujo el montón de ropa en la chimenea con la punta de la escoba, y acto seguido colocó encima algo de leña y hojas secas. Justo en ese momento entró Kate.

–¿Qué estáis haciendo? – le preguntó.

–Quemar la ropa que llevaba durante la enfermedad. He visto que una rata se metía por debajo, y temo que alguien pase por aquí, se ponga lo primero que encuentre y contraiga la misma enfermedad que yo. Estoy convencido de que son las ratas las que transmiten el contagio por la campiña. El fuego purifica. Si dejara la ropa aquí no me quedaría tranquilo.

Deseosa de tener un papel en tan importante ritual, Kate preguntó:

–¿Podría encender el fuego, por favor?

–Como quieras, pequeña -contestó Alejandro, tendiendo a la niña el pedernal.

Kate cogió la piedra que tenía más cerca, pero, cuando estaba a punto de hacer saltar la chispa, oyeron el ruido de un caballo. Se miraron con inquietud. Kate soltó las dos piedras y corrió hacia la puerta en compañía de Alejandro; este, cuchillo en mano, se colocó delante de la niña y procuró ver quién se acercaba.

Una mujer con la ropa hecha trizas cruzaba el claro en precario equilibrio sobre un caballo demasiado pequeño para su peso. Llevaba torcido el tocado, y la cara sucia. Kate se asomó por detrás de la pierna de Alejandro y exclamó:

–¡Es la criada de mi madre!

Alejandro se protegió del sol entornando los ojos.

–¡Tienes razón! ¿A qué vendrá?

¿La habrán seguido?, se preguntó. Volvió a meterse el cuchillo en la bota y, dándose cuenta de que la moza pasaba por un aprieto, acudió corriendo en su ayuda.

–¡Cielo santo! – exclamó-. Pero ¿qué te ha sucedido?

La criada se dejó caer del caballo y, una vez posados en tierra sus pies embutidos en chapines, dijo con enojo:

–¡Se me ha estropeado el vestido! ¡Al meterme por el camino, el viento me ha tirado del caballo y me he caído sobre el trasero! Menos mal que lo

tengo grande. – Después de quitarse las ramas y bellotas que le ensuciaban el borde de la falda, se puso derecha-. ¡En fin, no hablemos más de mí!

Venía a ver a la madre Sarah, pero os beneficiaréis vos directamente. El rey, ese truhán, ha ordenado prenderos. No hace ni una hora que me he cruzado con sus hombres, y los he dejado de piedra. Más vale que os mováis de aquí y que os llevéis a la niña. No tardarán mucho en encontraros.

Alejandro despachó enseguida a la criada, para no exponerla a que la encontraran con ellos en caso de cumplirse su predicción. Fue una suerte que lo hiciera, ya que, poco después de perderse de vista su desgarbada silueta, se oyeron ladridos de perro a lo lejos.

Alejandro cogió al vuelo cuanto tenía a mano y pudiera ser de utilidad en el viaje, y lo metió sin orden ni concierto en sus alforjas. Al dirigirse a la puerta, volvió la cabeza una última vez con la sensación de estar olvidando algo. Entonces vio la ropa metida en la chimenea. Dejó las alforjas en el suelo y cogió el pedernal con intención de dar inicio a la quema; pero, justo antes de que chocasen las piedras, Kate dijo:

–¿Y el humo? ¡Los ayudará a localizarnos!

Dándose cuenta de que, por muy pequeño que fuera el fuego, el humo los delataría y facilitaría la caza, Alejandro evitó el impacto. Pensó en dejar las prendas en la chimenea, sin destruirlas. Se quedó un rato indeciso, viendo en su interior los espectros de Alderón, Matthews y Adele.

¡No!, exclamó para sus adentros. No pienso ser responsable de otra muerte. Metió la mano en la chimenea y extrajo la ropa. Después salió corriendo de la casa y, tras fijar a toda prisa las alforjas a la silla de montar, levantó a Kate en vilo y la sentó delante, con la ropa entre los dos.

Cabalgaron por el sendero en dirección al prado, mientras Kate exclamaba:

–¡Se oye más fuerte que antes! ¡Deprisa, deprisa!

El caballo estaba descansado, y respondió bien al rudo trato que le infligió el médico; tan bien, que ni siquiera protestó al abandonar la atmósfera plácida del valle y penetrar en el clima más frío del prado que se extendía allende los robles. Al atravesarlo, Alejandro vio que se había removido todavía más tierra en el transcurso de los últimos días. Más muertos, pensó. ¿No acabará nunca? La ropa infectada seguía entre él y Kate. Era una carga odiosa, pero no estaba dispuesto a deshacerse de ella de tal modo que infectara a otros.

De pronto, al penetrar en el campo, vio la tierra recién cavada y supo qué hacer. Detuvo al caballo con un brusco tirón de riendas y saltó a tierra.

–¡Rápido! – exclamó Kate-. ¡El ruido sigue acercándose!

Alejandro oyó ladridos, trompeteos, entrechocarse de armaduras y los gritos de un grupo de hombres que corrían detrás de su presa. Aun a sabiendas de que él y Kate eran el objeto de la cruel persecución, hundió las manos en la tierra fresca y la apartó con un vigor del que no creía disponer.

¡Dios, pensó mientras cavaba a la desesperada, lo bien que me iría ahora la pala de Carlos Alderón! Una vez alcanzada una profundidad suficiente, depositó la ropa en el pequeño agujero y lo cubrió a toda prisa. Tras comprimir la tierra a base de enérgicas pisotadas, se restregó las manos con fuerza y volvió a montar.

Kate soltó un chillido y señaló hacia donde estaban galopando. Al ver que un grupo de soldados emergía del bosque, Alejandro dio media vuelta al caballo y lo azuzó en dirección a los robles. En el momento de pasar entre ellos, no toparon con la resistencia de viento alguno; en cambio, cuando Alejandro volvió la cabeza, se dio cuenta, por cómo giraban las ramas del suelo, de que se estaba formando un remolino. Detuvo al caballo por unos instantes y se fijó en el modo como el viento cobraba intensidad, convirtiéndose por momentos en un tremendo vendaval que hacía volar las ramas más pesadas como simples hojas secas. Al acercarse a los robles, los perros aminoraron el paso y empezaron a gañir, acorralados por el huracán.

Los soldados también aflojaron la marcha, y sus caballos se encabritaron, asustados por la tormenta repentina.

Alejandro bendijo al viento con un susurro y volvió a avanzar por el sendero; esta vez, en lugar de detenerse, atravesaron el claro de punta a punta hasta internarse en el otro lado del bosque. Siguieron galopando hasta que estuvieron seguros de haber dejado atrás definitivamente a sus perseguidores.

Pasaron la noche al raso, en una pequeña extensión de hierba que remataba un alto acantilado de la costa inglesa. Francia estaba al otro lado del canal; por la mañana, apenas lograron distinguirla sobre las aguas, pero Alejandro se sintió atraído por aquellas tierras seguras y acogedoras que le ofrecían un hogar.

Vigorizado por el sueño, metió sus escasas pertenencias en las alforjas, las cuales, una vez cerradas, le dieron la impresión de estar más vacías de lo