La plaga
Tres
en el lavabo sin hacer ruido. Se despejó la cara con agua fresca, calentó en el microondas una taza de café del día anterior y la dejó al lado del teléfono.
Acto seguido marcó el número de la habitación de Caroline.
–¡En pie, bella durmiente! – dijo a su ayudante-. Nos espera un trabajo imprevisto. En el último tubo había algo más que tierra.
TRES
Confuso y desorientado, Alejandro despertó en un espacio oscuro y con olor a humedad. A medida que recuperaba la claridad mental, escudriñó la oscuridad al azar, sin topar con ningún objeto en que concentrar la vista. La única fuente de luz era una fina rendija vertical abierta a distancia indeterminada en lo que le pareció una pared. Se acercó a ella a gatas, comprobando que se hallaba a pocos metros. Aquella luz tentadora se debía al mal ajuste de una puertecilla aproximadamente rectangular, de un tamaño que sólo permitía pasar poniéndose de cuatro patas. Alejandro no se acordaba de si había entrado por su propio pie; pensó que, en caso contrario, debían de haberle propinado un buen empujón.
Se levantó con cuidado para no darse un golpe en la cabeza, puesto que seguía sin poder ver el techo. Una vez incorporado en toda su estatura, se apoyó en la misma pared de la puertecilla y empezó a desplazarse hacia la derecha, sin despegarse del muro. Avanzó a tientas, deduciendo de la ausencia de esquinas que la sala era circular. Sus sospechas se vieron confirmadas al dar otra vez con la puerta.
Se puso de rodillas y palpó el suelo, hallando una superficie de piedra sin desbastar, consistente en grandes losas bastante bien ajustadas. No encontró vegetación entre losa y losa; tampoco notó que estuvieran húmedas, hecho cuya consecuencia directa fue agudizar su conciencia de estar muerto de sed y no poder saciarla de momento. Su estómago vacío exigía a gritos algo que digerir, y, si bien ambas sensaciones resultaban molestas, Alejandro estaba más preocupado por determinar la gravedad de su situación que por satisfacer los acuciantes deseos de su cuerpo; así pues, no dejó que lo distrajeran ni el hambre ni la sed, y puso todo su empeño en descubrir más detalles del lugar en que lo tenían cautivo.
Se tendió en el suelo, estiró los brazos hacia atrás y descubrió que le costaba tocar dos superficies. Repitió el proceso varias veces en distintas direcciones, obteniendo idéntico resultado. Ello le permito determinar las
dimensiones aproximadas de su prisión. Seguidamente se puso de puntillas, levantó el brazo y saltó con todas sus fuerzas. Sus dedos no tocaron nada.
Debe de ser un pozo o una torre, pensó; pero el hecho de que la luz entrase desde un nivel muy bajo lo llevó a concluir que no estaba bajo tierra. Quizá la sequedad que le había parecido advertir en el recinto no redundase en beneficio de su sed, pero sí de su salud, pues era muy preferible a la humedad que había provocado enfermedades en gran parte de los prisioneros examinados en su época de estudiante. No contraería la pleuresía propia del confinamiento en lugares húmedos. Tuvo la certeza de que sus ojos no tardarían en acostumbrarse a la penumbra, aunque de momento veía poco: apenas discernía su mano con el brazo extendido. Se la puso delante y la movió arriba y abajo; casi no la veía, pese a notar en la cara una ráfaga de aire. Así las cosas, se sentó con la espalda apoyada en la pared, y esperó, con los ojos muy abiertos, a que mejorase su visión. Sus expectativas se cumplieron; por desgracia, no había nada que ver.
Observó atentamente la luz que entraba por la rendija, tratando de tomar nota del menor cambio, y temiendo la llegada del crepúsculo, que traería consigo una oscuridad total. Comprobando que el ángulo de entrada de la luz no sufría modificaciones, concluyó que no se trataba de luz solar directa, sino de un reflejo que se difundía por la sala o pasillo en que desembocaba la trampilla. El paso de las horas hizo menguar la intensidad de la luz, y el médico se resignó a pasar varias horas sin poder utilizar todas sus facultades sensoriales. Se extrañó de que todo estuviera tan silencioso.
Si esto fuera una cárcel, pensó, seguro que se oirían los gritos de otros presos.
Una vez caída la noche, se le hizo imposible ignorar las exigencias de su cuerpo. Su garganta reseca pedía agua a gritos, y su estómago vacío no dejaba de quejarse. Incapaz de dormir, Alejandro dio vueltas en su cabeza a las peores posibilidades. Recordó con claridad visceral el caso de un hombre al que habían detenido por robar un cadáver. Después de consultar al clero local, el juez había decretado un castigo en consonancia con el delito: enterrar vivo al criminal, permitiéndole compaginar su agonía con la reflexión sobre el crimen en el mismo lugar donde lo había cometido. ¡Y
eso que el criminal era cristiano! Alejandro no podía imaginar a qué suplicio someterían a un judío como él en pago por el mismo delito.
¿Cómo convencerlos de que no he cometido ningún crimen, que sólo estaba buscando unos conocimientos que el Papa cristiano, en su ignorancia, me prohibe adquirir de forma más razonable? No he robado ningún cadáver; sólo lo he tomado prestado unas horas. Lo habría devuelto a la tumba en un estado semejante al inicial. A pesar de ello, pasó horas y horas recriminándose, no lo que había hecho, sino la estupidez de haber dejado que lo descubrieran. Buscó en su memoria algo que hubiera podido impedir el fatal desenlace, pero no se le ocurrió nada; su captura había sido simple cuestión de mala suerte. El transcurrir de la noche acentuó la sensación de ser víctima de una injusticia, y, en el momento de entrar por la rendija los primeros rayos de luz, Alejandro había elaborado abundantes planes de salvación, a cuál más astuto.
Su férrea determinación quedó en nada cuando, poco después del alba, la portezuela se abrió de golpe, dejando entrar tanta luz que tuvo que llevarse la mano a los ojos, pese a no anhelarla menos, a esas alturas, que el sustento físico. Antes de que la puerta volviera a cerrarse de golpe, alguien introdujo a toda prisa un cuenco de agua y un pedacito de pan duro. Todo ocurrió tan depnsa que Alejandro no tuvo tiempo de reaccionar. Tenía miles de preguntas que hacer a su carcelero, pero la oportunidad se le escurrió de las manos cuando menos lo esperaba.
–¡Piedad! ¡Decidme al menos dónde estoy! Concededme una vela, por amor de Dios…
Pese a la sed que lo atenazaba, dio prioridad a expresar sus súplicas antes de que el celador se hubiera alejado demasiado. Las repitió de viva voz una y otra vez, hasta tener la certeza de que no lo escuchaba nadie.
Entonces cayó de rodillas, y, humillado por su incapacidad de llamar la atención del vigilante, engulló la lastimosa pitanza, lamiendo el cuenco con lengua rasposa para no perder ni una preciosa gota de agua.
Otro día y otra noche, pensó, dando por sentado lo peor. La idea de tener que vivir otra jornada igual de silenciosa, oscura y solitaria lo llenó de desolación. Sabía que corría el riesgo de perder el dominio de sí mismo en el transcurso de aquella prueba, y que, en ese caso, no sería su cuerpo el primero en ceder: su mente llegaría a estar tan ansiosa de ver u oír cosas que empezaría a inventarlas ella misma. Estaba seguro de que, llegado a ese punto, preferiría la muerte a la locura. La humillación final consistía en no tener siquiera los medios de quitarse la vida.
El salón era inmenso. Lo ocupaban dos hombres, uno a cada lado de una mesa de roble. Pese a sus imponentes proporciones, reinaba en la sala un silencio peculiar, debido a la gran cantidad de alfombras y tapices que la adornaban.
El obispo ofreció asiento a su invitado con un gesto cortés. El anciano judío se lo agradeció con una inclinación de cabeza no muy marcada, y, tras disponer cuidadosamente los pliegues de su manto, tomó asiento. Estaba encorvado, en parte por haber pasado muchos años inclinado sobre registros y libros de cuentas, pero también por un peso mucho más agobiante; eso, al menos, era lo que sospechaba el obispo. Los movimientos de Avram eran inestables, al igual que su voz. Su aspecto no respondía a la imagen que el obispo se había formado de él después de tantos años de correspondencia epistolar.
En los tiempos en que el obispo Juan de Aragón era todavía el joven monseñor Juan, recién nombrado por su santidad Juan XXII, Avram Canches acababa de unirse al negocio de préstamos familiar, siguiendo las órdenes de su padre. Aún recordaba la amargura del día en que se había decidido no permitirle escoger profesión. «Que el trabajo manual quede para tus hermanos -había dicho su severo padre, llevando a Avram junto a los libros de cuentas-. Tus manos sostendrán una pluma.» Avram era consciente de que era eso lo que lo había llevado a sucumbir a la petición, por parte de su hijo Alejandro, de cursar estudios de medicina, pese a albergar serias dudas sobre la prudencia de semejante decisión. Después de tantos años, comprendía al fin el despotismo de su padre, y deseaba haber hallado en sí fuerzas para mostrarse igual de severo con su propio hijo.
Desde ese día, Avram y el obispo Juan habían intercambiado cientos de cartas, relacionadas todas ellas con las preocupaciones pecuniarias de la Iglesia cristiana. Siguiendo un arreglo enormemente beneficioso para ambas partes, Avram había garantizado que el mundano prelado dispusiera siempre de dinero para financiar los complejos rituales protagonizados por sus sacerdotes, y, hombre íntegro, había evitado expresar su opinión de que Dios no se preocupa del atuendo de los hombres ni del lugar en que le rinden culto. Satisfecho con recaudar sus intereses, se reservaba sus cínicas opiniones, y, con el paso de los años, había llegado a sentir por el prelado cierta estima teñida de cautela.
Similar consideración merecía Avram al obispo, que se llevó la sorpresa de verse enfrentado con un hombre que no parecía capaz de manejar sus negocios con la firmeza que siempre había caracterizado a Avram Canches.
Antes de hablar, estuvieron un buen rato mirándose, corrigiendo la imagen hipotética que ambos habían forjado en sus mentes a base de preguntarse, año tras año, cómo sería su corresponsal.
Fue el obispo quien tomó la palabra en primer lugar.
–No sois como os imaginaba, amigo mío. Os tenía por mucho más alto que yo. Siendo tan enérgico como hombre de negocios, habría jurado que erais un gigante.
–Eminencia -replicó el frágil hombrecillo-, perdonad que os decepcione.
Mi único deseo es que, a diferencia de mi cuerpo, mis capacidades mentales no hayan menguado con los años.
–Sospecho que siguen siendo prodigiosas -dijo el clérigo con una sonrisa-. Y ahora, permitid que os ofrezca un pequeño refrigerio. Habéis hecho un largo viaje, y ya no somos jóvenes.
El obispo hizo señas a un acólito, que, transcurridos unos pocos minutos, volvió con una hermosa bandeja de plata cargada de panecillos, quesos y fruta.
El obispo Juan bendijo la comida en latín, mientras Avram pronunciaba unas palabras en hebreo; en el momento de finalizar ambos sus respectivas y breves oraciones, se miraron por encima de la vela. El obispo cogió una botella de plata y llenó dos copas de vino. Puso una de ellas delante de la vela, admiró el suntuoso color de su contenido y, tendiéndosela a su invitado, dijo:
–De modo, Avram, que después de tantas cartas por fin nos vemos las caras. Tengo curiosidad por conocer el motivo que os ha llevado a realizar tan largo viaje.
En lugar de contestar, Avram, a todas luces nervioso, jugueteó con el cuchillo y cortó torpemente uno de los quesos de la bandeja. Viéndolo tan incómodo, el obispo vislumbró la posibilidad de obtener ventajas que en el futuro, por mínimas que fueran, podrían utilizarse para sacar beneficio de su acreedor; esa idea lo llevó a seguir presionando al judío, fingiendo sincera preocupación por su bienestar.
–Avram, por favor -dijo-, sin duda os daréis cuenta de que soy mucho más que vuestro anfitrión en esta modesta comida. Si os es preciso hablar
de asuntos espinosos, hacedlo sin temor. Os halláis en la casa de Dios, y tenéis un lugar en ella.
Acallando el dolor que atenazaba sus huesos cansados, Avram se esforzó por infundir dignidad y energía en su porte, arreglándoselas para parecer un poco más alto en la silla de madera labrada. Pensó que aquella obra de arte debía de haber costado el diezmo anual de cincuenta campesinos. Al cambiar de postura, se fijó en que había doce sillas dispuestas con pulcritud en torno a la mesa. El gasto no habría sido en vano si al menos ofrecieran cierta comodidad, pensó.
Carraspeó antes de iniciar su intervención.
–Eminencia -dijo con cautela-, estoy seguro de que vuestros
«consejeros» habrán aludido a ciertos problemas en nuestra ciudad de Alcañiz.
El obispo miró a Avram con recelo, preguntándose: «¿Cómo sabe lo de mis espías?»
–Ah, sí, mis consejeros… -dijo-. Recuerdo haber oído hablar de algo recientemente… El robo de un cadáver, ¿no es así?
Sabía perfectamente que habían arrestado a un judío por profanar la tumba de un comerciante cristiano fallecido poco tiempo atrás. Los afligidos parientes, presos de una lógica indignación, exigían justicia inmediata. De todos modos, al obispo aún le faltaban por conocer muchos detalles; necesitaba investigar más a fondo el incidente mencionado por Avram. La aparición inesperada del judío impedía al obispo hacer uso de su ventaja habitual; Juan se propuso comunicar su descontento al abad de Alcañiz. Habría preferido no seguir adelante, pero no quería revelar la existencia de una malla en mal estado en su famosa red, cuyo conocimiento por parte del judío lo sorprendía. ¿Qué más sabrá el viejo zorro?, se preguntó.
–Ilustrísima -prosiguió Avram-, lamento notificaros que, para eterna vergüenza de este pobre viejo, el ladrón es hijo mío.
Al oírlo, el obispo palideció y se puso en pie de un salto, olvidando pedir permiso, como mandaba la más elemental cortesía. ¿Por qué no le habrían comunicado el dato sus espías? ¡Debería excomulgar al idiota incompetente que ha dejado que se me escape esta ventaja!, pensó con irritación. ¡Qué astuto por parte del viejo empezar por ahí! ¡Ha sido un golpe muy diestro!
Se apartó de la mesa y se asomó a la ventana con los brazos cruzados, como si se protegiera de alguna grave amenaza.
Avram se dio cuenta del enfado del obispo, pero no supo explicárselo.
Quizá haya descubierto mis cartas antes de tiempo, pensó, temiendo por el buen resultado de su misión. Se cogió al borde de la mesa y, levantándose con dificultad, se aproximó a su irritado huésped con paso vacilante, sin soltar la mesa en ningún momento.
–Mi hijo es médico, y, ante la insistencia del cristiano, corrió el riesgo de atenderlo, a sabiendas de que le estaba prohibido. Ese pobre hombre estaba siendo consumido por una horrible enfermedad, y mi hijo hizo un noble esfuerzo por aliviar su agonía. Probó todas las curas conocidas, y dedicó todo su tiempo al paciente. El único pago que quiso recibir fue una pala. ¡Una pala, eminencia! Sintió la necesidad de examinar el cadáver para averiguar la causa de la enfermedad. No cree haber cometido ningún crimen.
Avram hizo una pausa, esperando suscitar compasión en su adversario; pero sólo topó con una mirada glacial. Siguió adelante, luchando por no perder su aplomo.
–No puede ser acusado de robar un cadáver. Si no lo hubieran detenido, habría devuelto los restos a su legítima sepultura; de hecho, era lo que estaba a punto de hacer cuando lo cogieron. No faltaba nada. El cadáver estaba intacto.
–No obstante -dijo Juan con severidad, mirando a Avram de hito en hito-, el propio Moisés nos enseña que codiciar lo que pertenece a otro hombre es pecado. Sabios de todas las religiones han considerado que el cuerpo de un hombre figura entre sus más preciadas posesiones. ¿Hay crimen mayor que robar la morada en que reside el alma de una persona durante su periplo terrenal? ¿Por qué perdonar semejante maldad con el argumento de que quien la ha cometido no la consideraba como tal? Dios se reserva el privilegio de determinar la naturaleza del mal, y no corresponde a un humilde judío el hacerlo.
–Eminencia, admito que Alejandro obró de forma impetuosa e irreflexiva. También nosotros, los judíos, creemos que el cuerpo es un don sagrado de Dios. Pero siempre ha tenido sed de conocimientos, y no se detiene ante nada para conseguirlo. Si alguien merece el castigo soy yo, por haberle permitido creerse capaz de vivir al margen de la humildad propia de
nuestro pueblo. Soy viejo, y poco me queda por vivir. Consideradme autor del crimen, os lo ruego. Trasladad sobre mí el castigo.
EÍ obispo miró al anciano, su desconocido amigo de tantos años, convertido de pronto en enemigo no deseado. Vio un alma frágil, cansada y vencida, condenada por su fe al fuego eterno. Juan se tenía por protector y patrocinador de los judíos de su obispado; aquella traición a su benevolencia constituía un ultraje imposible de perdonar. Sus ojos se clavaron a fuego en Avram, y dijo entre dientes:
–¿Cómo os habéis atrevido a consentir que vuestro hijo traicionase nuestra confianza? Siempre he permitido que los judíos de Aragón vivan en paz, en convivencia. Su Santidad me ha confiado la responsabilidad de hacer cumplir en mis dominios su política de tolerancia hacia los judíos.
¿Cómo habéis podido consentir que vuestro hijo me deje en evidencia? ¡Si yo, Juan, no puedo controlar a los judíos de Aragón, quizá vuestro pueblo se vea en manos de un guardián menos compasivo!
Avram guardó silencio. De modo que teme perder su poder, pensó. Ahí estaba el punto débil necesario para seguir adelante. ¡Pero nada de vacilaciones, o no accederá! Su actitud sufrió un cambio: de la súplica pasó a los argumentos. Adoptó una posición más erguida, y su voz cobró firmeza.
–Eminencia, conozco muy bien los favores de que hemos gozado los judíos bajo vuestra protección. Os debemos gratitud por la prosperidad de que hemos gozado en vuestro reino. También nosotros nos hemos esforzado por vivir en paz con todos los cristianos, esperando fervientemente que los fieles de todas las religiones puedan experimentar los beneficios de una cooperación movida por la tolerancia.
El obispo miró a Avram a los ojos, preguntándose por qué habría fracasado su intento de intimidarlo.
–Seguid -dijo, receloso-. Todavía no estoy seguro de haberos entendido.
Avram se sacó de una de las mangas de su toga un grueso rollo de pergamino.
–Eminencia, he traído el registro de las cuentas del obispado con la casa de Canches. Tendría sumo placer en revisar esas cuentas con vos; quizá si nos sentamos y reanudamos la comida… Ambos tenemos mucho sobre lo que meditar, y, por mi parte, gozaré de mayor claridad mental con el estómago lleno.
Tras unos segundos de reflexión, Juan señaló la silla contigua a la que ocupaba él. Avram se lo agradeció y volvió a tomar asiento, al igual que su huésped. Comieron en silencio, enfrascados ambos en la confección de planes para manipular al otro. ¿Cuánto podía ganarse? ¿Cuánto terreno había que ceder en el mejor de los casos? Los dos hombres, pertrechados con la sabiduría de una vida larga y cargada de experiencias, se prepararon para una justa donde, a diferencia de los guerreros, no utilizarían más armas que las del ingenio. De pronto, el obispo veía a su alcance la gloriosa posibilidad de enviar a Aviñón cantidades muy superiores a las que había hecho esperar al Papa. Sería considerado como excelente administrador, prudente delegado cuya inteligente gestión de los diezmos aragoneses sería alabada por Su Santidad. Avram se preguntó cuánto podría exigirse a cambio de cancelar la ingente deuda de la Iglesia con la familia Canches.
Nada le parecía demasiado con tal de conseguir que Alejandro siguiera con vida, libre para empezar de nuevo en otro lugar. Ahora bien, el trato no podía limitarse a sacar a Alejandro de la prisión. Avram presionaría para obtener una salida segura de España con escolta cristiana digna de confianza, una escolta que lo protegiera de principio a fin del largo viaje.
El obispo llamó al acólito para que despejase la mesa y trajese más velas; una vez colocadas en los candelabros, y encendidas sus mechas, despidió al joven, y los dos ancianos se sentaron lado a lado, dispuestos a concluir su desagradable transacción.
Avram empezó a recitar casi de memoria el discurso que tenía preparado, por si la voluntad divina lo obligaba a recurrir a él.
–Llevo mucho tiempo apreciando en todo su valor la protección dispensada a mi familia por vuestra eminencia. Como podréis suponer, me siento avergonzado por la terrible deshonra que os ha infligido mi hijo con su falta de respeto al reposo de vuestros muertos cristianos. Aun siendo consciente de que la generosidad con que nos habéis permitido serviros durante tantos años no puede ser compensada de ningún modo, quisiera ofreceros una pequeña demostración de mi gratitud y estima.
En ese momento, el anciano judío desenrolló el pergamino ante los ojos del obispo, mostrándole las cuentas. Juan examinó las entradas con atención, repasando escrupulosamente las largas columnas en que se leía el año de cada préstamo y la cantidad debida. Algunas deudas habían quedado zanjadas tiempo atrás, pero quedaba por pagar una suma respetable. Aun
dejando a un lado los intereses, y en la hipótesis de que no se contrajesen nuevas deudas, harían falta muchos años de sustanciosos diezmos para que la Iglesia pudiera pagar el grueso de lo debido. El obispo se culpó de haber dejado llegar las deudas de la Iglesia a tales excesos con el astuto Avram Canches.
Avram volvió a enrollar el pergamino y, bajo la atenta mirada del obispo, lo acercó a la vela casi hasta tocar la llama, aclarando con su gesto todo el significado de la frase anterior.
–Quizá sea hora de recapacitar sobre estas deudas -dijo-. No dudo de que podríamos alcanzar un compromiso conveniente.
El obispo comprendió.
–Sois demasiado amable, amigo mío. Me sería imposible aceptar una oferta tan generosa sin corresponder a mi vez con un regalo. Tal vez pueda ser útil a vuestra familia en sus horas bajas.
Avram Canches formuló su propuesta con un tono de voz mucho más enérgico que antes.
–Mi hijo debe salir de su cautiverio con garantías de que llegará sano y salvo a Aviñón. Le hará falta una escolta, y, puesto que carezco de influencia sobre los vuestros, dependo de vos para designar un guía adecuado. Deberá tratarse de alguien en quien confiéis plenamente.
Recibirá por ello lógica y generosa recompensa.
El obispo, que no daba crédito a su buena suerte, tuvo que esforzarse mucho por contener su entusiasmo. Eran peticiones insignificantes, de fácil ejecución.
–Y una vez prestado ese servicio, ¿no habrá más demandas?
Avram se irguió en toda su estatura, haciendo acopio de toda la fuerza y dignidad que pudo encontrar en su cansado espíritu. Miró al obispo a los ojos y dijo con absoluta franqueza:
–Eminencia, para mí este servicio tiene más valor que la totalidad de cuanto obra en vuestro poder. Lo de mi hijo no ha sido más que un tropiezo.
A cambio de su vida, la remisión de vuestra deuda es poco.
Con una sonrisa poco menos que desdeñosa, el obispo Juan de Aragón dijo a Avram Canches:
–Entonces cerremos el trato, judío. Quemad el pergamino.
Los dos contemplaron en silencio cómo ardía el pergamino sostenido por Avram junto a la llama. La habitación se llenó de un nauseabundo olor a
carne quemada, totalmente en consonancia con el innoble negocio que acababa de realizarse. Una vez hecho cenizas el rollo, el obispo Juan se volvió hacia Avram y dijo:
–Me pondré en contacto con un soldado de nombre Hernández. Me ha sido de gran utilidad en múltiples ocasiones; es un hombre tolerante y paciente, y se alegrará del encargo. Eso sí, os advierto de que cuando sepa que se trata de acompañar a un judío renegado, el precio que pida acaso represente un fuerte gravamen para vuestras riquezas.
Avram se sabía capaz de vender el alma por la libertad de Alejandro, y dudaba de que el más codicioso de los mercenarios llegase a exigir lo que estaba dispuesto a pagar por la seguridad de su hijo a lo largo del viaje.
–En ese caso, eminencia, y por respeto a nuestra larga relación, os ruego que me consigáis un buen trato.
–Haré lo posible -dijo el obispo-. Al alba recibiréis un mensajero. En ese momento se os comunicarán los detalles del acuerdo.
Avram hizo una leve inclinación de cabeza en señal de gracias. Acto seguido se despidió del obispo, triste por no poder volver a verlo, pues las sórdidas circunstancias del encuentro habían puesto punto final a su amistad. Hasta entonces había dado mucho valor a su correspondencia; era un juego de buena ley entre adversarios dignos el uno del otro. Iba a lamentar mucho su pérdida.
El obispo acompañó a Avram hasta la puerta del imponente salón, como si quisiera despedirse de él; mas, para sorpresa e indignación de Avram, propinó un último insulto al venerable judío: le tendió la mano en que llevaba el anillo, aguardando a que Avram se inclinara para besarlo con sumisión.
Avram dirigió al obispo Juan una mirada de desafío, y, contemplando la mano, deseó poder demostrarle su desdén con un escupitajo; pero era consciente del riesgo de perjudicar a Alejandro, aun cuando, personalmente, la ocasión de expresar su desprecio le pareciera un regalo de los cielos. Se tragó, pues, todo el asco que se había apoderado de él e, inclinándose, adoptó la actitud suplicante que se le pedía. De nuevo en pie, miró al obispo con dureza y salió.
El obispo tiró de una cuerda e hizo sonar la campanilla con que llamaba a su acólito. El joven entró en la sala y, tan silencioso como de costumbre, se acercó reverentemente al anciano clérigo.
–Hermano, envía al cocinero a buscar a ese canalla de Hernández.
Seguro que sabrá qué taberna frecuenta el muy bribón.
–¿Y qué deberá decirle, eminencia? – preguntó el joven sacerdote.
El obispo Juan se rascó un buen rato la barbilla, absorto en la confección de una historia plausible.
–Mmm… Con Hernández siempe hay que procurar decir lo justo para que se interese por el asunto; y ofrecerle un buen incentivo, claro está. –
Volvió a sumirse en sus reflexiones-. Que le diga que la Iglesia precisa sus servicios para un viaje importante. Dile al cocinero que dé a entender que recibirá una recompensa más sustanciosa de lo habitual; y que lo espero dentro de una hora. – Despidió al joven con un gesto de la mano, y, al verlo retroceder hacia la puerta, añadió-: Di al escribano que venga enseguida.
El obispo esperó al escribano en el balcón, contemplando el firmamento nocturno y admirado, como siempre, de la majestad y misterio de los cielos.
«¿Qué fuerza -se preguntó- podrá ser tan grande como para propulsar al sol en su trayecto diario alrededor de la Tierra?» Había oído hablar de que muy al norte existían países donde, una vez al año, el sol permanecía en el cielo, mientras que en otras fechas apenas daba señas de estar presente. Le pareció increíble que aquella bola de fuego pudiera moverse tan a capricho a lo largo y ancho de los cielos. Sin duda es el propio Dios quien lo impulsa con sus dedos, pensó.
Fue interrumpido a deshora por su escribano, quien, tras besar el anillo del obispo, se sentó frente a la larga mesa y dispuso en ella sus materiales de escritura. El obispo dictó.
–El portador de este pergamino y su compañero de viaje han obtenido un salvoconducto de su eminencia Juan, obispo de Aragón.
El escribano tendió el pergamino al obispo para que le aplicase su sello personal.
–Y ahora otra carta -dijo el prelado, antes de empezar a dictar: Al muy reverendo padre José, de la orden de san Francisco.
«Hermano, te saludo en nombre de nuestro salvador Jesucristo. Por la gracia de Dios, y para mayor gloria de El, he negociado con el judío Avram Canches un acuerdo para aliviar a la Santa Iglesia de sus obligaciones financieras con la casa de Canches. En agradecimiento por su amable indulgencia, he aceptado poner a su hijo Alejandro, que se halla actualmente a tu cargo reo del odioso pecado de robar cadáveres, en manos
del señor Eduardo Hernández, que se presentará ante ti con mi sello. El señor Hernández escoltará al vil judío fuera de nuestros dominios, cuya paz nunca volverá a perturbar.
»Haz saber a la familia de Avram Canches que también a ellos se los expulsa de Aragón, y que, por lo tanto, pierden derecho a todo interés en negocios llevados a cabo en nuestro obispado. La familia deberá abandonar su residencia antes de la noche del segundo día posterior al momento en que recibas la presente, y todos los bienes y propiedades que no hayan sido vendidos antes de esa hora pasarán a manos de la Iglesia, a fin de incrementar sus tesoros para la gran obra de Dios, Padre Omnipotente.
»Antes de liberar al joven judío, lo marcarás a fuego para que todos lo reconozcan como tal. Nunca volverá a ofender a la sociedad cristiana.
»Que Dios te acompañe en tan importantes tareas. Haz el trabajo de Jesucristo y Su Madre la Virgen María, y Dios te otorgará justa recompensa.
Juan, obispo de Aragón.
Volvió a aplicar el sello. Después de escribir una última carta, el sirviente fue despedido con una bendición. Tres minutos después de su partida, se oyó un golpe suave en la puerta, y el acólito anunció a Eduardo Hernández.
Volvió a oscurecer, y Alejandro pasó otra noche de sueño inquieto. Al entrar por la rendija los primeros resplandores, se dispuso a recibir su miserable almuerzo. A pesar de lo mucho que le hacían sufrir el hambre y la sed, su mayor aliciente no era la perspectiva de los alimentos. Agazapado junto a la puerta, con la mirada fija en la fina raya de luz y el oído atento al menor ruido, esperó con paciencia el regreso de su celador. Cada dos o tres minutos estiraba primero una pierna y después otra, y movía el brazo para mantenerse preparado y alerta. Sabía que cuando se abriera la puerta tendría que proteger sus ojos del torrente de luz que iba a cegarlo por unos instantes.
Se oyó un eco tenue de pisadas, y Alejandro aguzó el oído.
Comprobando que alguien se acercaba, tuvo la sensación de que el corazón iba a salírsele del pecho, hasta el punto de que su martilleo casi le impedía oír el anhelado ritmo de pasos. Por fin el visitante se detuvo, y Alejandro percibió el sonido del cuenco al ser depositado junto a la puerta. Se oyó un crujir de telas y el descorrerse del pestillo.
En el momento de abrirse la puerta, Alejandro se llevó una mano a los ojos, volviendo la cabeza al mismo tiempo que aferraba a ciegas el brazo que emergía de la abertura. Palpó la carne de su celador, cuyo calor le comunicó a la vez emoción y energía. Siguió el inevitable forcejeo; justo cuando el brazo se retiraba, Alejandro abrió los ojos, y, antes de que la puerta volviera a cerrarse, el violento haz de luz le permitió ver que la mano no había dejado caer un cuenco o un mendrugo de pan, sino un pergamino.
Prefirió dejar su lectura para más tarde, y exclamó:
–¡Una palabra, os lo ruego! ¡Sólo una! ¡Por favor, os lo suplico, decidme qué está sucediendo!
Todo estaba en silencio, pero, a falta de pasos alejándose, Alejandro supo que quien lo atormentaba seguía ahí. A punto estuvo de no oír el susurro:
–Calla, o no podré hacer nada por ti.
Alejandro se apresuró a recuperar la compostura y, tras pasarse una manga sucia por la cara y la nariz, contestó:
–Que Dios os bendiga, señor. ¡Estoy desesperado por saber cuál es mi situación!
El tono de voz de su interlocutor se hizo más duro.
–Prefiero la bendición de mi propio Dios, judío, como deberías preferirla tú. Presta atención; no tenemos mucho tiempo.
–Os ruego perdón -imploró Alejandro-. Haré lo que queráis, pero decidme al menos…
–¡Silencio! Ya te habrás dado cuenta de que traigo una carta. De tu padre.
Alejandro buscó a tientas por el suelo hasta encontrar el pergamino.
Quitó el lazo con impaciencia, pero casi no distinguía las letras.
Desesperado, dijo a su carcelero:
–Hay tan poca luz que no voy a poder leerla.
Al otro lado de la puerta, el sacerdote guardó silencio. El padre de Alejandro no le había pagado bastante para ocuparse también de la luz.
–Tal vez tu Dios quiera prestarte un poco -dijo el celador antes de alejarse con una risa cruel, a sabiendas de que más tarde, cuando el prisionero se hubiera calmado un poco, tendría que volver para traerle su ración diaria.
Alejandro se sentó de espaldas a la pared, y, lleno de dolor y frustración, sujetó la carta contra el pecho, esperando a que su vista volviera a acostumbrarse a la oscuridad. Por fin, cuando vio que era capaz de distinguir la franja de luz que entraba por la rendija de la puerta, la usó para iluminar el pergamino, y, moviéndolo muy poco a poco, logró reconocer la caligrafía. Su padre había escrito la carta en un idioma que sólo otro judío podía leer, consciente de que el sacerdote no sabría descifrarla y de que ningún otro judío lo traicionaría proporcionando una traducción fiel.
Hijo:
No desesperes, pues no tardarás en quedar libre. He dispuesto que seas conducido sano y salvo hasta Aviñón, donde el edicto del Papa protege a los judíos de toda clase de persecución. Es tu mejor oportunidad de sobrevivir. Los sacerdotes te entregarán a un mercenario cargado con un paquete que le habré dado yo. El contenido satisfará tus necesidades durante el viaje. Vigila tu salud y reza a diario por que se te concedan las fuerzas necesarias para los días venideros. Que Dios te proteja hasta nuestro próximo encuentro.
Tu padre, que te quiere.
Alejandro se quedó sentado y temblando un buen rato después de haber leído la carta; procuró tranquilizarse, consciente de que una agitación excesiva no haría más que empeorar la sed. Su padre, como de costumbre, tenía razón: iba a necesitar todas sus fuerzas.
Seguía sentado cuando, poco después, la puerta volvió a abrirse para dejar paso a la comida y la bebida. Otra vez a solas en la oscuridad, saboreó con deleite hasta la última miga de pan, y lamió el cuenco con lengua estropajosa a fin de no perder ni una gota de agua. Dejó de lado todo intento de huida o diálogo, limitándose a esperar la puesta en libertad. El sueño se fue apoderando de él.
Lo despertó una luz que tuvo efectos cegadores sobre sus ojos maltrechos. Aunque sabía que no era más que la luz que entraba por la puertecilla abierta, Alejandro tuvo la impresión de estar mirando de frente el sol de mediodía. Al oír que una voz lo llamaba, gateó todo lo rápido que pudo hasta la puerta, protegiéndose los ojos hasta que se adaptaron a la luz.
La voz le pidió que avanzara por el angosto pasadizo; Alejandro obedeció con gratitud, pensando que había llegado la hora del rescate, y
ansioso por respirar un aire desprovisto del hedor de sus propios excrementos.
–Levántate, judío -oyó que le ordenaban.
Obedeció temblando, y sin haber recuperado todavía sus plenas facultades visuales. De repente lo estamparon contra la pared del pasadizo, y dos monjes lo sujetaron por los hombros. Otro le obligó a ladear la cabeza, dejando expuesta una mejilla. Alejandro no tardó más que una fracción de segundo en darse cuenta de que la finalidad del objeto que se acercaba a su cara era quemarlo, pero no le hizo falta más para incorporarse con todas sus fuerzas y zafarse de la presión de sus guardianes. El hierro al rojo se desvió de su meta y se posó en mitad del pecho de la víctima, atravesando la tela de su camisa. Alejandro soltó un alarido de dolor.
–¡La cara! – dijo con rabia uno de los carceleros-. ¡Hay que hacerlo otra vez!
Pero Alejandro, una vez conocidas sus intenciones, empezó a revolverse con tal furia que apenas pudieron sujetarlo; daba zarpazos propios de una fiera salvaje, y uno de ellos se hincó en el brazo de un adversario, obligándolo a soltarlo. Entonces se atrincheró en su celda, arrastrándose hasta ella con la desesperación de un recién nacido loco por regresar al seno materno, donde estuviera a salvo de sus persecutores.
El monje se tocó la herida, viendo que, si bien sangraba mucho, no revestía peligro. Puesto en pie, se apoderó del hierro de marcar con la intención de realizar un nuevo intento, pero comprobó, decepcionado, que el maligno instrumento había perdido su rojo fulgor. Lo tiró al suelo con rabia y cerró de golpe la puerta de la celda.
–Habrá que contentarse con el pecho -dijo.
Al oír que los monjes se alejaban por el pasadizo, Alejandro se dejó caer y permaneció tendido durante lo que le pareció una eternidad, consciente de haber sido marcado, resintiéndose del terrible dolor de la quemadura y de su rabia irrefrenable de hombre humillado. Tenía una sensación como de fiebre; su cuerpo estaba cubierto de sudor, y, en aquella sala fría y húmeda, los escalofríos alternaban con la impresión de estar quemándose vivo. Tuvo la certeza de hallarse en el infierno de los cristianos, relegado ahí por una broma cruel de Dios. Aquellos hombres perversos habían sentido la necesidad de marcarlo de nuevo, como si pudieran borrar la marca que Dios ya había puesto sobre él. Había logrado
impedírselo y mantener la cara intacta, pero estaba seguro de que volverían; pues bien, cuando lo hicieran ya no encontrarían a un judío débil y sumiso; al contrario, se enfrentaría con ellos, los sojuzgaría y lograría escapar.
Volvieron a traerle su pitanza, y comió como un animal herido, ardiendo en deseos de vengar aquel acto de odio desbocado. Pasó los dos días siguientes sin hacer más que descansar y dormir, tomando fuerzas para cuando vinieran por él. La herida circular, que al principio supuraba un líquido amarillo, fue endureciéndose hasta convertirse en una costra.
Alejandro sabía que se estaba curando, y dio gracias a Dios por haber conservado la vida, jurando ante Él no desperdiciarla.
Al tercer día, la puerta se abrió de golpe a una hora en que no solían darle comida ni bebida, y, excepcionalmente, permaneció abierta. Sentado en la celda, el joven y furioso prisionero esperó a que sus ojos se acostumbrasen a la luz, haciendo acopio de fuerza de voluntad. Dirigió hacia lo alto una mirada cautelosa, y distinguió la silueta de un hombre de cuclillas en el pasadizo que llevaba a la celda. Decidió aguardar antes de dar el primer paso, con la esperanza de que su nuevo adversario se moviera, mostrase un punto débil o se traicionase de algún otro modo. Se propuso aprovechar la primera ocasión que se le presentara, y, embistiendo a través de la puerta abierta, arremeter contra su carcelero con toda la rabia de un hombre joven luchando por su supervivencia.
Vio asomarse al marco de la puerta la silueta de la cabeza del carcelero.
–Judío, deja que te vea.
Metido en su celda, Alejandro contestó con una risa extraña, que sin duda a aquel hombre le parecería propia de un loco.
–¡Ven a buscarme, maldito cobarde!
Oyó retumbar una carcajada al otro lado de la puerta.
–Para ser un infiel encarcelado, demuestras tener mucho coraje -dijo la voz.
–¿Sí? Pues ven y verás el coraje que puede tener un judío.
–Sobrevaloras mis habilidades, jovencito -dijo la voz-. Si a oscuras no te veo, ¿cómo voy a valorar tu coraje? Para apreciar la valentía de un judío hace falta toda la luz del día. Vamos, ten compasión de un hombre limitado como yo. Deja que te vea.
Algo se desató en el interior de Alejandro, un hilo de cordura que había conseguido mantener pese a todos los obstáculos; suelto ese hilo, el médico
dio rienda suelta a su indignación.
–¡Pues fíjate bien, cerdo cristiano! – rugió.
Y, de un salto, atravesó la abertura, cayó de lado y se puso de pie en un abrir y cerrar de ojos. Agazapado como un animal listo para el ataque, se dispuso a lanzarse sobre su celador.
El hombre que lo esperaba a solas en la salida rió al ver el penoso espectáculo de un judío sucio y andrajoso gruñéndole como una fiera asustada. Cuando el patético joven se le tiró encima a despecho de su evidente desventaja, el desconocido se echó a un lado y evitó el impacto sin problemas.
–Tendrás que intentarlo otra vez -dijo-, aunque te aviso: soy un hombre robusto y no eres rival para mí.
Alejandro volvió a embestir a ciegas, haciendo caso omiso de la advertencia. Hernández lo agarró de un brazo, le hizo dar media vuelta, cogió el otro brazo y juntó los dos contra la espalda del joven, hasta que los hombros no dieron más de sí. Sintiendo tensársele la piel del pecho, Alejandro se estremeció de dolor. Viéndose derrotado casi sin esfuerzo, dejó de revolverse, lloroso y avergonzado por su incapacidad de hacer daño a su adversario.
–¡Eduardo Hernández, para servirte! Permíteme que te diga que no haces gran cosa por contradecir la creencia de que los judíos no son más que animales. ¡Habráse visto semejante gallito! ¡Da pena verte arañar como una mujer!
Obligó a Alejandro a dar media vuelta y se encaró a él con expresión franca y risueña.
–Por la gracia de Dios (¿el mío? ¿el tuyo? ¡a saber!), he venido para escoltarte sano y salvo fuera de este agujero. Te aconsejo mostrarme el respeto que se debe a un caballero como yo, de cuyo coraje y categoría humana no cabe dudar.
Alejandro cayó de rodillas, perdidas todas sus energías. Hernández tuvo que cogerlo en brazos para que no se derrumbara del todo, cosa que le permitió comprobar directamente el grado de suciedad del médico. Se apresuró a volver la cabeza y emitir una opinión sobre el estado de Alejandro.
–Hueles peor que un noble francés. Habrá que remediarlo si tengo que escoltarte hasta Aviñón. – Se echó a reír-. Tal vez deba bautizarte; no te
haría ningún mal. Sigúeme, caballerete; vamos a ocuparnos de tu nueva vida. Lo menos que puedes hacer es empezarla limpio; después veremos qué otras atenciones requieres.
Salieron a la cegadora luz del día. Alejandro avanzaba sin ver nada, sostenido con insospechada delicadeza por el gigantesco personaje que había acudido en su rescate. Hernández echó literalmente a su cautivo en la montura de un caballo que los estaba esperando; acto seguido montó en otro y cogió las riendas del que llevaba a Alejandro. Iniciaron un trote moderado, mientras Hernández vigilaba que su protegido no se cayera al suelo.
No muy lejos de ahí, en una zona de bosque, corría un riachuelo oculto entre los árboles. Hernández desmontó a Alejandro a pulso y lo posó en tierra con suavidad. Empezó a quitarle sus harapos sin perder tiempo, pero, cuando quiso pasarle la camisa por la cabeza, el médico se puso a gritar, negándose a apartar los brazos del tronco.
–¡Venga, hombre! ¡El pudor está bien en las doncellas, pero en un hombre no sirve de nada!
Intentó quitar la camisa a Alejandro otra vez, pero acabó por aceptar que lo hiciera él mismo. Tras tirar con cuidado de las mangas, atenuando en lo posible la presión sobre su pecho malherido, el médico hizo señas a Hernández de que le sacase por la cabeza los restos de lo que había sido una prenda hecha para resistir toda clase de percances.
Al ver el círculo rojo justo debajo del cuello de Alejandro, Hernández se quedó boquiabierto.
–¡Madre de Dios! ¿Qué crimen has cometido, jovencito?
–No he cometido ningún crimen -se apresuró a contestar el médico, lleno de rabia-. Me han castigado por querer saber más de lo que sé, y aliviar los padecimientos de los enfermos que sufren sin necesidad.
Hernández advirtió en su tono la fogosidad de un fanático. ¡Aja!, pensó.
¡Así que es él! Había llegado a sus oídos el clamor popular por la exhumación de un comerciante, perpetrado, según se decía, por un judío de Alcañiz. Aunque Hernández era partidario de que Dios se ocupase de lo suyo, no pudo evitar un escalofrío al imaginar el cuchillo del médico diseccionando el pútrido cadáver. La curiosidad lo llevó a echar un vistazo a aquel joven nervudo que había tenido el valor de hacer lo que a él mismo
nunca se le ocurriría intentar. Quizá esconda más cosas de lo que parece, pensó divertido.
Guió a Alejandro con cuidado hasta la orilla, y le pidió que se sumergiera en la fría corriente. ¡Suerte ha tenido de sobrevivir a esa quemadura!, pensó. Recordaba haber visto una marca similar volverse verde y amarilla con la infección, hasta morir la víctima en pleno delirio, consumidas todas sus fuerzas y pidiendo agua a gritos. Observó la inmersión de Alejandro, y dirigió una mirada curiosa a su virilidad, queriendo ver el efecto del ritual a que eran sometidos todos los niños judíos. La idea le daba escalofríos. Levantó la vista y se fijó en el cuidado con que el joven se limpiaba la herida circular del pecho, proceso cuyo carácter doloroso se hacía patente en sus jadeos y muecas cada vez que el agua le tocaba la quemadura.
Puesto en pie y chorreando agua, Alejandro se volvió hacia Hernández y le preguntó si sus provisiones incluían algo de vino. Hernández asintió y, acercándose a los caballos, sacó un frasco de una de las alforjas. Se sorprendió de que Alejandro, echando el torso hacia atrás, vertiera todo el contenido del frasco sobre la herida, y, con una mueca de crispación, dejara que el líquido impregnara bien la costra.
–¡Un momento, jovencito! ¡Este encargo está bien pagado, pero no tanto como para que me parezca bien ver malgastar un buen vino!
El judío, que había recuperado sus facultades mentales, dijo con firmeza:
–Soy médico, y he observado que las heridas que se tratan con abluciones de agua y vino sanan mejor y con mayor rapidez que las otras. Si esperáis verme morir de esta herida y facilitaros el viaje, haréis mejor en olvidaros de ello. No obtendréis de mí la satisfacción de vuestros deseos.
Me conviene mucho más hacerme friegas de vino que bebérmelo.
Alejandro salió del agua con fuerzas renovadas, aliviado por la desaparición de la mugre que durante días se había acumulado sobre su cuerpo. No valía la pena malgastar combustible quemando los harapos, de modo que los dejó a la orilla del río, en el mismo lugar en que habían quedado amontonados.
–Supongo que el equipaje contendrá ropa limpia.;
–En efecto, aunque yo mismo me ocupé de conseguirla, y no sé si será de tu gusto.
Salieron a relucir pantalones, camisa, calzas, botas, jubón y sombrero.
Alejandro, que casi siempre había llevado el atuendo tradicional de su pueblo, estaba poco acostumbrado a vestirse a la europea. Su última experiencia en cuestión de elegancia, junto al pozo de Alcañiz, había tenido un final desastroso, preludio de la penosa situación en que se encontraba en aquellos momentos. Confió en que la similitud de la ropa no ejerciera efectos igual de perturbadores en otras personas.
–¡Hombre, judío, si casi pareces normal! Hasta podrían llamarte guapo, si no fuera por ese pelo tan raro.
Alejandro se acercó a la orilla del río y contempló su reflejo en la plácida corriente, comprobando con sorpresa que Hernández no exageraba: aparte de su larga melena, todo en él correspondía a los jóvenes europeos del momento. Se dio prisa en apartarse, escandalizado por su impiedad; el mero hecho de querer parecerse a un cristiano no entraba en sus esquemas.
–Te aconsejaría cortarte el pelo, no vaya a llamar la atención durante el viaje. Quien vea a un judío vestido de cristiano sospechará que está huyendo o escondiéndose de algo, y eso no facilitará precisamente nuestro viaje.
Alejandro oyó sus palabras con horror. – ¡Imposible! Los otros judíos lo entenderían como que he deshonrado nuestro pacto con Dios.
–Servirás mejor a tu Dios vivo que muerto, jovencito. A mí me pagan por depositarte sano y salvo en Aviñón, y creo que será mucho más fácil sin esos tirabuzones tan llamativos. Piénsatelo.
Alejandro, que no quería seguir hablando de su aspecto, pidió comida.
Hernández sacó un pan recién hecho y un trozo de queso que Alejandro se apresuró a devorar, suscitando el siguiente comentario de Hernández:
–Parece que sea tu última comida, judío. ¿Es la primera vez que tienes hambre de verdad?
Alejandro miró al soldado sin ocultar su recelo. – Mi familia ha tenido suerte -dijo. Hernández gruñó.
–Sí, ya me he dado cuenta. – Tendió a Alejandro un pequeño paquete con envoltorio de cuero-. Tu padre me pidió que te diera esto -dijo-. Tienes que abrirlo antes de empezar el viaje.
Alejandro se alejó para salvaguardar su intimidad, y, una vez desatado el cordel, fue quitando con cuidado las diversas capas del envoltorio.
Descubrió varios objetos, que fue examinando uno a uno. El primero era una bolsa de monedas de oro, más de las que había visto juntas en toda su vida. Cogió los discos dorados y, disfrutando de la sensación de seguridad que emanaba de su peso, los devolvió a la bolsa dejándolos caer entre sus dedos, con cuidado de que Hernández no oyera el tintineo. No iba a faltarle de nada en su viaje a Aviñón. Su padre también le enviaba un chal de oración, un cuchillo sumamente afilado y el salvoconducto del obispo hasta Aviñón. El resto se componía de algunos objetos de acicalamiento e higiene, como un peine y un pequeño vial de aceite de clavo para dolor de muelas y escozor de heridas. Pero lo más importante era el libro, que su padre le había enviado a sabiendas de que era la posesión más preciada de su hijo. Alejandro lo sostuvo en sus manos con reverencia, antes de dejarlo otra vez donde estaba.
Lo último que quedaba en el paquete era una carta, sellada con cera para mayor seguridad. Alejandro rompió el sello y desenrolló el pergamino con cuidado.
Querido hijo:
Las cosas han tomado muy mal cariz para todos. Arreglé lo de tu liberación con la esperanza de que en algún momento pudieras comunicarnos tu paradero, pero el obispo nos ha traicionado.
Al separarme de él, habíamos quedado en que alguien te acompañaría sano y salvo hasta Aviñón (la persona con la que estás viajando si lees esta carta). Quemé delante mismo del obispo el pergamino en que estaban registradas sus deudas, cumpliendo así mi parte del trato.
Desde entonces el puerco ha ordenado que nuestra familia abandone Alcañiz en el término de dos días y no vuelva nunca más. Hemos vendido nuestras posesiones a toda prisa, y el tío Joaquín nos ha comprado los demás registros de préstamos.
Un espía a mi servicio sobornó al mensajero del obispo y me comunicó el contenido de la carta. Cuida tu cara, para que el hierro de marcar no deje cicatriz. Tu madre anda medio loca pensando que puedan haberte desfigurado. Yo le he asegurado que sabrás cuidarte, y le he dicho que vale más estar desfigurado que muerto. Espero que no te duela demasiado, y
que no se te haya infectado la herida. Procura lavarla todo lo posible, como me has aconsejado a mí tantas veces.
También nosotros viajaremos a Aviñón. Si llegamos sanos y salvos notificaremos nuestra situación al rabino local, a quien daremos además una carta dirigida a ti.
Querido hijo, no olvides en ningún momento que eres un hombre perseguido. La familia de Carlos Alderón ha jurado vengar los malos tratos a que sometiste a su patriarca, y corren rumores de que un judío renegado se dirige a Aviñón, por lo que te conviene esconderte. Dios no va a castigarte por seguir con vida. Haz cuanto debas para alcanzar Aviñón sano y salvo; ahí, Dios mediante, volveremos a reunimos.
Tu padre, que te quiere.
Alejandro sintió que alguien le ponía una mano en el hombro con sorprendente delicadeza.
–No deberíamos tardar -oyó decir a Hernández.
Volvió a enrollar el pergamino sin prisas, consciente de lo mucho que llegaría a significar para él. Tras colocarse el cuchillo entre bota y pierna, funda incluida, y meterse las cartas en el jubón, rehízo el nudo del paquete y lo guardó en sus alforjas. Acto seguido montó a caballo, sorprendiendo a Hernández con su agilidad.
–Señor Hernández -dijo-, os ruego que tengáis la indulgencia de permitirme una última tarea. En su carta, mi padre me pide que antes de marchar entregue un mensaje al obispo.
Hernández tradujo su contrariedad con un gruñido, pero no discutió con su joven patrón; en lugar de ello, volvió su caballo en dirección al monasterio palaciego del obispo e inició un trote ligero.
Alejandro se sorprendió de lo bien que se le daba montar a caballo, ya que casi siempre había viajado en carretas tiradas por mulas. Recorrieron a toda prisa caminos polvorientos y llenos de baches, y llegaron en un santiamén al mismísimo monasterio en que Avram Canches había cerrado su aciago trato con el obispo.
Alejandro desmontó de un salto, sorprendiéndose una vez más de haber caído de pie. Entregó las riendas a Hernández y se dirigió a la puerta del monasterio. Antes de entrar, sacó el cuchillo y se cortó los tirabuzones, dejándolos caer ahí mismo. Vio flotar los negros rizos, último vestigio de su pertenencia a aquel lugar, de su vínculo con los seres queridos de su familia
y comunidad. En el momento mismo en que los rizos caían a sus pies, se convirtió en un hombre nuevo, con una vida nueva por vivir y un pasado del que se veía obligado a renegar.
Aproximándose con paso audaz a las macizas puertas del monasterio, Alejandro saludó al monje que las había abierto y aseguró tener un mensaje para el obispo de parte de uno de sus acreedores, mensaje que debía ser entregado en persona. El monje dijo que el obispo estaba rezando y no podía ser molestado.
Más bien estará en la cama con alguna lozana compañera, pensó Alejandro, recordando las historias que circulaban. Se sacó las cartas del jubón y mostró al monje el salvoconducto con el sello del obispo; después le enseñó la carta en hebreo, diciendo ser el único que conocía la traducción.
Comprobando que el visitante tenía permiso del propio obispo, el monje lo dejó pasar, no sin preguntarse qué contendría aquel largo pergamino escrito por un infiel y entregado por un mensajero tan inverosímil; decidiendo, no obstante, que era mejor dejar la solución en manos del obispo, llevó al joven hasta la majestuosa puerta del salón y dio unos golpecitos.
–Adelante -dijo el obispo.
El monje hizo señas a Alejandro de que entrara en el suntuoso salón. El lujo del mobiliario intimidó al médico, que no pudo evitar mirar con asombro cuanto le rodeaba.
El obispo, mientras tanto, lo contemplaba con recelo.
–El Señor sea con vos, joven viajero. ¿Y bien, en qué puedo serviros?
–Señor, llevo en este pergamino un mensaje de cierta importancia.
–Aproximaos, pues, y dejad que lo examine con luz suficiente.
Alejandro obedeció y, hurgando en su jubón, extrajo el rollo de pergamino para entregárselo al obispo, que tardó lo suyo en deshacer el lazo.
En cuanto el prelado hubo desenrollado el documento, dirigió a Alejandro una mirada de perplejidad.
–¿Qué clase de broma es ésta? – dijo-. ¿Un mensaje escrito por la mano pagana de un judío?
–Es una carta de agradecimiento de vuestro gran admirador Avram Canches. Desea daros las gracias por vuestra amabilidad y sentido de la