La plaga
Veintidós
Cuando la conversación parecía aproximarse a su término, Isabel se puso en pie y, tras besar a su padre en la frente, le dio las gracias por tolerar su pataleta infantil; pero antes de salir añadió:
–Hay otra cosa que podría atenuar en gran medida el dolor de alejarme de mi amada familia.
–Dila, y si está en mi mano la tendrás. – Os pido que enviéis conmigo a Bohemia a lady Throxwood. El rey vaciló.
–También tenía pensado destinarla a un enlace favorable; hay muchos candidatos cuya lealtad nos sería útil en nuestra tentativa de reclamar el trono francés. A fin de cuentas, ya no sois niñas pequeñas que siempre tengan que estar juntas.
–Padre, por favor -le suplicó Isabel-. ¿Cómo voy a aprender a amar a mi esposo si ya de por sí me siento desdichada? Lady Throxwood me será de gran consuelo. Además, aún falta mucho para que su edad se convierta en problema.
–Tiene diecinueve años. A su edad, mi Felipa era madre de tres hijos; en cuanto a mi madre, se casó a los trece. ¿Cómo quieres que su edad no sea un problema? Pronto habrá dejado atrás la época de la maternidad.
–Padre, os lo ruego, no me separéis de todo lo que amo para echarme en brazos de un desconocido…
Eduardo cedió, conmovido.
–Está bien -dijo-, pero sólo se quedará contigo un año, a cuyo término regresará para casarse como es debido. Debo conseguir el mayor número de alianzas, y sus tierras son una dote valiosa.
–¡Gracias, padre! – Isabel volvió a darle un beso-. Pero por favor, no le digáis que ha sido idea mía; creo que ya se siente muy en deuda conmigo.
Que piense que este honor procede de vos. No quisiera que la gratitud se sobrepusiera a la amistad.
Eduardo vaciló, preguntándose qué habría llevado a su hija a formular tan extraña petición.
–De acuerdo -acabó por decir, aunque seguía picándole la curiosidad-.
I.e diré que la decisión ha sido enteramente mía. Envíamela cuando vuelvas a tus aposentos; me gustaría anunciar tu compromiso en Canterbury.
VEINTIDÓS
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Janie y Bruce estaban sentados en un banco de un pequeño parque próximo al hotel, tomándose un respiro después de su ajustada huida por el congelador del laboratorio. El descanso les estaba ayudando a mitigar los efectos de la subida de adrenalina y recuperar una circulación sanguínea normal tras la angustiosa inmovilidad del congelador. Aun así, no había manera de que Janie entrara en calor. Presa de fuertes temblores, se acurrucó contra Bruce y dijo:
–Ahora mismo sólo tengo ganas de meterme en la cama y cerrar los ojos. Cuando vuelva a abrirlos quiero estar en Massachusetts.
Bruce le pasó un brazo por los hombros y le dio unas friegas.
–Dicho así suena muy bien -dijo con pesar-, pero no voy a poder evitar mucho tiempo que me interroguen.
–Aún nos queda algo de margen -contestó Janie con engañosa esperanza-. No creo que te llamen enseguida; hasta puede ser que lo dejen para mañana. De momento me extrañaría que te clasificaran como sospechoso. La única persona que podía denunciar tu presencia en el laboratorio más o menos a la misma hora de la alarma era el guardia de seguridad, y está muerto; además, aunque no hubieras ido hoy, el laboratorio seguiría estando lleno de huellas tuyas. Es tu lugar de trabajo; lo raro sería que no las hubiera. Por lo que se sabe, has estado en Leeds; tanto los policías del almacén como el recepcionista del hotel confirmarán que estábamos ahí los dos. Mientras te mantengas al margen, hasta es posible que no sospechen nada en absoluto.
–En cualquier caso querrán hablar conmigo. – La voz de Bruce traslucía cansancio y crispación-. Esos tipos van hasta el fondo de las cosas, y no les importa meterse con quien sea. De todos modos, no es eso lo que más me preocupa, sino el hecho de que no consigo tomar una decisión. No podemos ir a mi piso, y en cuanto a tu suite, ni hablar del peluquín.
Janie se incorporó y lo miró con cara de sorpresa.
–Entonces ¿qué hacemos aquí? ¿Por qué nos hemos tomado la molestia en venir?
–No lo sé -contestó Bruce, confuso-. De repente me siento como si me hubiera quedado sin casa. Al salir del instituto parecía aconsejable volver al hotel, pero ya no estoy tan seguro.
–Pues es donde tenemos más posibilidades de que Caroline intente reunirse conmigo, aparte del instituto. Casi te diría que no tenemos otro
remedio que volver. Además, por si se te ha olvidado, y supongo que no, hay un muerto en su habitación.
–Supones bien. – El tono de Bruce era cortante. La conversación empezaba a hacerse tensa-. No me hace ninguna falta que me lo recuerdes; aunque, la verdad, no me veo con agallas para enfrentarme a ello así de sopetón.
–Tenemos que solucionarlo de alguna manera. Si encuentran el cadáver, Caroline nunca saldrá de Inglaterra -dijo Janie, disgustada por el tono estridente con que se oía hablar a sí misma.
Bruce apoyó los codos en las rodillas y la cara en las manos. Respiró hondo y emitió un largo suspiro de contrariedad.
–Caroline sólo es una parte del problema -dijo-. No sólo tenemos que encontrarla y aislarla, sino evitar que se sepa que hemos sido nosotros. A saber qué encontrarán en el rastro que hemos dejado; puedes apostar lo que quieras a que algo encontrarán, y no tendrán reparos en utilizarlo en contra de nosotros. Los dos sabemos que todo este follón no tiene nada que ver ni contigo ni conmigo, pero los del uniforme verde no lo saben. Como nos encierren antes de encontrar a Caroline, no habrá manera de saber adonde ha ido ni qué está haciendo. Puede contagiar a quien sea. Es capaz de patearse medio Londres antes de que alguien se entere de lo que está pasando y la detenga.
Se sentó y la miró a los ojos.
–Quizá haya que plantearse lo peor. En esta ciudad y sus alrededores viven quince millones de personas. Quince, Janie. Y una de las cosas que sí recuerdo sobre la peste es que, cuando no se la trata, tiene una tasa de mortalidad de más o menos noventa por ciento.
Janie era consciente de que cuanto decía Bruce era cierto. Su faceta más realista le aconsejaba: «Ríndete. No hay esperanza. Desentiéndete cuanto antes, mientras todavía puedan creerte.» Se acordó de lo que le había dicho John Sandhaus: «Haz bien las cosas, Janie.» Pensó en lo agradable que sería verse libre del peso casi insostenible que, sin comerlo ni beberlo, le había caído encima, de repente y sin previo aviso. Se apoderó de su imaginación una sensación de ligereza tan deliciosa y atractiva que habría hecho cualquier cosa por convertirla en real.
Se dio cuenta de que Bruce esperaba respuesta a su comentario. Es un buen hombre, pensó, y podría llegar a quererlo cuando acabe todo esto.
Sabía que su futuro común iba a quedar definido en gran medida por lo que hiciera a partir de ese momento. Tal vez ya sea demasiado tarde, pero eso no está en mis manos.
Una pizca de claridad empezaba a diluirse por el firmamento nocturno.
Sólo faltaba un par de horas para el amanecer. Quizá la luz del día haga que las cosas se vean más claras, pensó Janie, esperanzada.
–Dame tiempo hasta el amanecer -dijo-. Si para entonces no hemos sabido nada de ella, llamaré yo misma.
Percibió la renuencia de Bruce, y dio por hecho que se negaría. Fue una sorpresa oírle decir:
–De acuerdo. Hasta el amanecer. – Bruce señaló el hotel con la cabeza-.
Entretanto, a ver si se nos ocurre qué hacer con el cadáver de Ted.
Se levantó del banco y, tras desperezarse, ayudó a Janie, que se lo agradeció. Se dirigieron al hotel cogidos de la mano.
La impaciencia de Sarin crecía por momentos. Como una mujer embarazada a quien se le acerca la hora de dar a luz, el anciano había experimentado un nuevo brote de energía, volcada en asegurarse una vez más de que todo estuviera dispuesto según su voluntad. Se estaba preparando, atrincherando, acondicionando su nido para los momentos duros por venir. Ya no estaba asustado, sino ansioso por empezar sus tareas; y, a medida que pasaban las horas, la espera empezaba a parecerle más agotadora que los preparativos en sí.
El perro, que había advertido la exaltación de su amo, lo seguía por toda la casa con mirada de preocupación. La rutina diaria se había visto alterada por un estallido de actividad. Animal de costumbres, el lanudo can llevaba todo el día sumido en el desconcierto. No era propio de su amo gastar tanta energía en una única jornada.
Al ponerse el sol, Sarin descolgó del gancho la correa del perro y se la enseñó.
–¿Qué, vamos? – dijo.
El paseo vespertino era el primer indicio de normalidad en aquel día de ritmo tan extraño. El perro, rebosante de alegría, empezó a dar saltos y menear la cola con el entusiasmo de un cachorrillo.
Aprovechando que el cielo estaba más despejado que de costumbre, Sarin trató de localizar a Venus por encima de las copas de los árboles. Una vez, su madre le había explicado que no era una estrella, sino algo más
similar al propio planeta Tierra. Sarin la buscaba cada noche, y su presencia siempre lo reconfortaba, como un signo de estabilidad en el cielo, la prueba de que, aunque estuviera a punto de caer la noche, la luz regresaría a su debido tiempo, y todo permanecería en su lugar. A esas alturas del año, Venus siempre aparecía por encima de un árbol determinado; ahí estaba, en efecto, titilando de forma amistosa. Sarin se impregnó de aquella imagen y la fijó en su memoria, deseoso de guardarla como consuelo para cuando viniera a buscarlo la muerte.
Pasaron entre los robles y, al encauzar sus pasos por la ruta habitual que daba la vuelta al campo, Sarin se dejó arrastrar por el perro. Éste no se hizo de rogar, pero, llegado a un punto del recorrido, rompió con su costumbre de seguir el trazado perimétrico y se queda quieto con las orejas en alto, atento sin duda a un sonido lejano. De repente empezó a tirar de la correa casi con violencia, hasta el extremo de que, cuando el anciano quiso retenerlo, estuvo a punto de caerse al suelo. El perro quería correr, y daba brincos como loco tratando de soltarse y salir disparado hacia el centro del campo.
–¡Eh! – dijo Sarin-. ¡Tranquilo!
Cogió al perro por el collar y se lo apretó, confiando en que de ese modo lo tendría más sujeto. El perro no hizo caso y siguió tirando como un desesperado hasta que Sarin no tuvo más remedio que soltar la correa. Para asombro de su amo, el animal no tardó ni una décima de segundo en echar a correr como una flecha hacia el centro del erial.
–¡No corras tanto! – exclamó Sarin, que nunca había presenciado semejante comportamiento en su viejo amigo-. ¡Ya voy!
Corrió cuanto pudo guiándose por los ladridos, tropezando aquí y allá con piedras y raíces. Cuidado, viejo loco, se dijo, que quedan cosas importantes por hacer.
Siempre había dado por supuesto que la vejez le traería una sabiduría desconocida en la juventud. No había sido así: conservaba la inseguridad de un adolescente, y, de pronto, se sintió abrumado por lo que le esperaba.
Hizo un esfuerzo por seguir corriendo, a pesar de que cada vez que ponía el pie en las piedras del suelo sentía una sacudida que le recorría la columna vertebral.
De repente, el perro emergió de la oscuridad y se puso a saltar en torno a los pies de Sarin, antes de alejarse en la misma dirección por la que había
venido. Sarin lo siguió con la mirada, y lo vio detenerse encima de una pequeña loma, no lejos de donde cada primavera salía barro a borbotones.
El lugar destacaba por la presencia de una voluminosa roca que sobresalía del suelo justo lo necesario para ser vista. Al acercarse, Sarin creyó divisar otra forma redondeada cerca de donde calculaba que estaría la roca. Cuando le faltaban pocos metros para llegar a la meta, vio que el misterioso bulto se movía.
Acabó por llegar junto a él, respirando con dificultad. Entonces se agachó y, echando al perro a un lado, aguzó la vista para penetrar la oscuridad que le impedía ver bien a la mujer que tenía a sus pies. La enfocó con la linterna y dio un paso atrás.
–¡Dios santo! – exclamó impresionado.
Volvió a mirarla, procurando averiguar cuál de las dos visitantes había vuelto a sus tierras. Aunque sucia y enmarañada, la melena pelirroja identificó de inmediato a su propietaria.
Su estado era mucho peor de lo que Sarin había esperado.
–No hay tiempo que perder -dijo al perro-. Está muy mal.
El viento se había llevado todos los periódicos que tapaban a la joven.
Sarin le abrochó la chaqueta, hecha jirones; después se quitó el jersey y le cubrió las piernas. De repente la enferma intentó darse la vuelta con un gemido, asustando a Sarin, que dio un salto hacia atrás y empezó a gimotear. Enseguida se reprochó su falta de valor, y, esforzándose por no perder la lucidez, se llevó un dedo a los labios y dijo:
–¡Chis! Quieta. No tienes ninguna necesidad de moverte. – Sintió el impulso de tranquilizarla, aunque dudaba que pudiera oírlo-. Todo va a ir bien. Pronto estarás curada. ¡Ya verás!
El perro ladeó la cabeza, soltó un gañido, y, acercando el morro al rostro sucio y caliente de Caroline, empezó a darle lengüetazos, como si quisiera refrescarla. Sarin lo apartó con un empujón y le recriminó su acción moviendo el dedo.
–¡Perro malo! Tenemos que andarnos con cuidado. ¡No te muevas de aquí! Ahora vuelvo. ¡Estáte quietecito! ¡Eso es! ¡Buen chico!
Se levantó y, medio andando medio corriendo, se dirigió a la casa. El perro lo siguió unos metros hasta que cambió de opinión y volvió junto a Caroline. Tras emitir unos cuantos gañidos más de desconcierto, se estiró a su lado, calentándola con su pelaje. Aguardó el regreso de su amo sin
cambiar de posición, jadeando y, de vez en cuando, lamiendo la cara de la joven.
Unos minutos más tarde su amo volvió con un par de palos y unas mantas. Atando a cada palo dos de las esquinas de la manta, improvisó una camilla para transportar a Caroline hasta la casa. Depositó el artilugio al lado de la enferma, lo alisó y, acto seguido, colocó a Caroline encima de él, levantándole con delicadeza primero los pies, después el tronco y en último lugar los hombros. Caroline empezó a moverse otra vez, como si quisiera resistirse. Sarin le acarició la frente con dulzura y dijo:
–¡Quieta! Sólo tardaremos unos minutos en llegar a casa. – Utilizó otra manta para atarla a la camilla improvisada, a fin de impedir que resbalara con el traqueteo-. Lo siento -le dijo antes de coger los extremos de ambos palos-. Me parece que no va a ser un viaje muy cómodo.
Empezó a caminar poco a poco hacia la casa. La camilla daba tumbos sobre las piedras, avanzando con exasperante lentitud. La distancia por cubrir le pareció enorme. En el fondo sólo era un paseo, pero llevar a Caroline a cuestas era como llevar un saco de plomo, y cada dos por tres tenía que pararse a tomar aliento y desentumecer los brazos. En varios instantes del recorrido volvió la cabeza para mirar a su pasajera y asegurarse de que llevara la manta bien atada, dando gracias a Dios toda vez que la veía inconsciente, incapaz de resentirse de lo brusco del traslado.
Se levantó un viento frío y cortante, muy distinto al que solía soplar a esas horas. Sarin se agachó y entrecerró los ojos, protegiéndose del vórtice de hojas y terrones en que de pronto se veía envuelto, y cuyo cruel vigor amenazaba con hacerlo retroceder, hasta el punto de que pasó unos minutos sin avanzar ni un metro. Al cabo, haciendo un esfuerzo, se internó en la masa de aire hostil y acabó llegando a los robles. En cuanto los dejó atrás, notó que el viento cambiaba, haciéndose más suave primero, desapareciendo al fin, y con él el frío que se había apoderado de su cuerpo.
Cuando Janie y Bruce llegaron al vestíbulo del hotel, ya tenían esbozado un proyecto de plan, proyecto que, si bien incompleto, les señalaba el camino a seguir. Como sus requisitos incluían un carrito para el equipaje, Bruce cogió uno al vuelo y lo metieron en el ascensor.
El cadáver de Ted estaba más descompuesto que la última vez, pero el hedor no era tan insoportable, gracias a que habían dejado la ventana abierta. Evitando el contagio mediante todas las precauciones que permitían
las circunstancias, Janie y Bruce pusieron al muerto encima de una manta y lo envolvieron escrupulosamente. Procuraron no pensar e hicieron presión hasta doblarlo por la mitad, momento en que metieron el cadáver dentro de la funda para vestidos de Janie.
Una vez hubieron conseguido cargar en el carrito de equipajes el envoltorio de plástico que contenía el cadáver encogido de Ted, fueron al lavabo y se lavaron las manos hasta dejarlas casi en carne viva. Bruce se sentó en la cama, mirando fijamente el carrito y su espeluznante carga. A continuación hundió el rostro en las manos y se restregó los ojos.
–Lo que he hecho me parece increíble -dijo a Janie-. Y, para colmo, no sé por dónde seguir.
–Deberíamos quemar el cadáver.
–Para eso tendremos que sacarlo de Londres.
Janie consultó su reloj: casi eran las cuatro de la madrugada. Faltaba una hora para el amanecer. Algo tenía que ocurrírsele.
–Podemos meterlo en el maletero de tu coche y alejarnos de Londres dentro de unas horas. Por lo menos impediremos que lo descubran.
Bruce suspiró con fuerza y se levantó.
–En fin, aquí está claro que no podemos dejarlo.
Tras echar un último vistazo, salieron de la habitación carrito en mano y bajaron con el ascensor.
Se separaron en el vestíbulo. Bruce cogió el carrito con el cadáver y se dirigió al coche, que seguía aparcado en el mismo sitio, al otro lado de la calle. Janie se quedó en el hotel y llamó al recepcionista de noche, a quien despertó de un sueño profundo, o eso daba a entender su aspecto. La amabilidad del empleado no se resintió de ello.
–Dígame, señora.
–Perdone que lo haya despertado -se disculpó Janie, nerviosa.
–No se preocupe -contestó el recepcionista, mirándola con ojos entrecerrados.
Janie se preguntó por unos instantes si despertarlo habría sido un error.
Procuró sonreír de manera convincente.
–Estos días que vienen voy a estar ocupada con varios viajes de estudio
-dijo; y, para explicar que se hubiera levantado tan temprano, añadió-: Quería empezar cuanto antes. Todavía no me voy del hotel, pero he dejado dentro documentos muy importantes, y, como están un poco por todas
partes, preferiría que el servicio de habitaciones no entrara mientras estoy fuera. Sé que la señorita Porter, de la habitación de al lado, pidió lo mismo, y que las encargadas de la limpieza no han puesto ninguna pega.
–Por supuesto, señora. Se lo diré sin falta a la gobernanta. ¿Me recuerda qué habitación es, por favor?
–Setecientos diez. – Mientras el recepcionista apuntaba el número, Janie volvió la cabeza y vio a Bruce cerrando el maletero. El carrito estaba vacío.
Cuando se disponía a marcharse, oyó decir al recepcionista:
–Perdone, señora, ¿ha dicho setecientos diez?
Janie se volvió temiendo lo peor.
–Eso es.
–Tiene un mensaje. Hace un rato llamó un hombre que al parecer no quería usar el buzón de voz.
Será Sandhaus, tan maniático como siempre, pensó Janie, más preocupada ya que asustada. Tienes el don de la oportunidad, John…
El recepcionista le tendió un papel.
–Lo atendí yo mismo. Con perdón, señora, parecía un poco alterado.
Janie cogió la nota y la desdobló.
Ponía: «Robert Sarin. Importantísimo que venga enseguida.»
Sarin tenía la espalda destrozada por el esfuerzo de levantar a Caroline y ponerla encima del camastro. Tras despojarla de su ropa mojada, tiró los harapos a la chimenea y esperó a que prendieran. Las llamas saltaban con vigor inusitado, como si se estuvieran enfrentando a una fuerza maligna que pugnase por recuperar su poder. Sarin lavó a Caroline de pies a cabeza con un trapo empapado de agua de hierbas, cubriendo púdicamente con una sábana todo el cuerpo de la enferma salvo la zona que estaba siendo sometida a sus cuidados. La visión de ciertas partes le sacó los colores; nunca había visto a una mujer completamente desnuda, ni siquiera a su madre, si bien lo avanzado de su edad le impedía reaccionar como habría hecho años atrás. La mugre fue desapareciendo capa tras capa, dejando la piel al descubierto. ¡Dios, qué pálida!, pensó Sarin, extrañándose de que Caroline pudiera seguir viva en un estado tan grave.
Extrajo de un antiguo arcón de madera un camisón blanco cuya extrema finura lo hacía casi traslúcido. Con una mano levantó la cabeza de Caroline, y con la otra le pasó la delicada prenda por la cabeza. No le fue fácil ponérsela, dada la escasa colaboración que obtuvo de sus extremidades. En