La plaga

Ann Benson · Capítulo 25 de 40

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La plaga

Veintiuno

–Parece que todavía me queda algo de vitalidad. ¡Bueno, a ver qué hacemos contigo! – Abrió la verja de hierro e introdujo el carrito-. Esto está lleno de baches -se disculpó-. Quizá hasta añores los adoquines de la calle.

Pero Caroline estaba inmersa en un sueño febril: se hallaba en una carreta que un par de viejos rocines arrastraba por un lodazal, y sentía caer salpicones de barro en su mano, que sobresalía del borde del vehículo.

Sostenía en ella un objeto no identificado pero de gran valor, y volcaba sus escasas fuerzas en no soltarlo.

Cuando el sueño se acercaba a su conclusión, el guía marginal levantó a Caroline del carrito y la depositó suavemente en una pequeña elevación seca del terreno. Apoyó su espalda contra una roca, confiando en que lo erguido de su posición evitara que se ahogase en el líquido que amenazaba con llenar sus pulmones. Después volvió a taparla con periódicos y dejó junto a ella el pequeño saco de tela marrón de la anciana.

Una vez finalizada su misión, dio media vuelta al carrito, que, sin el peso de Caroline, resultaba mucho más fácil de manejar. Se apresuró a alcanzar las lindes del campo, preguntándose cuánto tardaría en sentir los mismos escalofríos y sudores que su amiga; se preguntó asimismo si otros estaban destinados a acompañarlo pronto en sus dolores. Se detuvo unos instantes para mirar a Caroline, planteándose la pregunta de si su salvación justificaba el sacrificio tanto de él como del conjunto de su comunidad.

–Supongo que no llegaré a saberlo -dijo a la noche solitaria.

Su deuda con la madre de Sarin quedaba saldada. Dejó tirado el carro detrás de unos matorrales y tardó pocos minutos en fundirse con la oscuridad. Se dirigía al norte, en dirección al río, hacia el puente que era su hogar.

VEINTIUNO

En cuanto estuvo en Windsor, Alejandro se apresuró a hacer el equipaje, organizando las pocas posesiones que traía consigo al llegar por primera vez al castillo. Cuanto pensaba llevarse a su nueva morada podía ser transportado sin problemas por un caballo de carga atado a la silla de su montura, y aun así sobraría espacio.

Una vez solucionado el tema de los preparativos, y como ya faltaba poco para partir, emprendió la triste tarea de despedirse de aquéllos con quienes había convivido de manera tan próxima durante los duros meses de

confinamiento. Se presentó ante los criados y dio a cada uno una moneda de oro, ya que, en todos sus viajes, no había llegado a gastar ni una centésima parte de lo que le había dado su padre al iniciarse su odisea.

Tras cumplir con la servidumbre, Alejandro se dirigió al ala sudoeste del castillo, donde se hallaban los aposentos de Isabel. Caminaba lentamente, retrasando aposta su llegada para demorar el mal trago inevitable de separarse de Adele hasta su reunión en Canterbury.

Fue la propia Isabel la primera en salir a recibirlo. Alejandro la saludó con una impecable reverencia, arte que por fin había llegado a dominar. La princesa le dirigió una sonrisa burlona y aplaudió con displicencia.

–¡Monsieur, vuestros progresos son dignos de encomio! Admiramos el modo en que os habéis familiarizado con nuestras costumbres. ¡No siempre es el caso con los extranjeros exóticos! Y ahora os marcháis de Windsor…

Lástima que no podáis ejercer vuestros talentos en el castillo.

¿Exóticos?, pensó Alejandro. ¿No iban a cesar nunca sus pullas?

Cuando estuviera casado con Adele, ¿no tendría que considerar a la insidiosa princesa poco menos que como una hermana, vista su intimidad con la novia? ¡Me dan escalofríos sólo de pensarlo! Disimulando por enésima vez su antipatía, dijo:

–Gracias, alteza, pero me atribuís méritos excesivos. De no ser por la ayuda desinteresada y diligente de la noble dama que os acompaña, me habría visto abocado a un triste fracaso, y nunca más dejaríais de reíros de mis torpes tentativas.

Kate se asomó a las faldas de Isabel, tras las cuales había fingido ocultarse, y, mirando a su hermana, dijo:

–¿Puedo dárselo ya, Isabel?

–¿Que? Ah, sí, sí, claro. ¡Maldita sea tu impaciencia! Todavía tengo que despedirme del buen doctor, pero adelante.

Kate se acercó a Alejandro tendiéndole una caja rectangular de madera que el médico aceptó con exagerado entusiasmo, acompañando el examen atento del regalo con incesantes exclamaciones de admiración.

–¡Qué hermoso! ¡Qué delicada ejecución! Pero ¿qué habrá dentro? –

Palpó la caja durante breves instantes hasta encontrar el cierre y desprender la tapa de la base, maravillándose de su perfecto ajuste. La sorpresa lo dejó boquiabierto. Sonrió a Kate y dijo-: La caja en sí ya es demasiado. ¡Qué decir de los tesoros que contiene!

Fue extrayendo una serie de piezas de ajedrez exquisitamente talladas, que inspeccionó con todo detalle.

–¿Os agrada, monsieur?

Alejandro levantó a la niña en brazos y dijo:

–Y más me agradará recibirte de vez en cuando en mi nuevo hogar para que me enseñes todos los secretos del juego. Esta trousse sólo debe ser utilizada por jugadores expertos, en consonancia con su belleza. Si eres tan buena maestra de ajedrez como de reverencias, no tardaré en salir vencedor de nuestras partidas.

La niña abrazó con fuerza a Alejandro y le susurró al oído:

–¡Voy a echaros tanto de menos! Por favor, monsieur, ¿no me permitiríais acompañaros?

Alejandro la depositó en el suelo con gran dulzura y, viendo sus ojos llenos de lágrimas, pensó: A fe que yo también la echaré de menos.

–Ignoro cuánto tiempo pasará antes de que mi morada esté en condiciones de recibir a una joven dama de tu categoría -dijo-. Debes concederme un período de preparación. Nos veremos en Canterbury, y ahí hablaremos.

Isabel asistía con paciencia inusitada a la conversación entre Alejandro y Kate; al fin, reclamó para sí la atención del primero.

–Os doy las gracias por haber asegurado mi supervivencia y la de mi familia, y, si bien vos mismo habéis llegado a ser una peste en ocasiones, os debo mucho por la eficacia de vuestro trabajo.

Alejandro tuvo la sorprendente sensación de que era sincera. Después, el tono de la princesa se hizo más duro. Miró alrededor para asegurarse de que nadie los oyera, y añadió:

–Os aconsejo velar por el bienestar de Adele; si sufriera algún mal por vuestra culpa, os indispondríais seriamente contra mí, en cuyo caso no saldríais bien parado.

¿Cómo contestar a tan ridícula advertencia?, pensó Alejandro. ¿Cómo se le ocurre siquiera que pueda actuar en perjuicio de Adele? ¡Pero si hasta he abjurado de mi fe con tal de estar junto a ella! ¿Puede esperarse más de mí?

–Mientras yo esté a su lado, Adele tendrá cuanto necesite -se limitó a decir.

–Procurad ser fiel a la verdad, maese médico, o seréis vos el necesitado.

– Isabel volvió a hablar en voz alta y añadió, como si quisiera que la oyesen-: Os deseo un viaje sin percances, y que Dios os proteja. Sé que a lady Throxwood le agradaría deciros adiós. Os la enviaré enseguida. Siendo como es mujer de gran sensibilidad, os conviene despediros con gentileza.

Isabel dio media vuelta y salió con gran pompa. Alejandro paseó la vista por la sala, pero nadie parecía dispuesto a sostener su mirada.

Tengo que salir de aquí. No aguanto ni un minuto más. Buscó un rostro amable, y justo entonces entró la niñera.

–Niñera, por favor -dijo Alejandro con un matiz de súplica en su voz-, informad a lady Throxwood de que la esperaré en el balcón oeste. Necesito respirar aire fresco. El ambiente de esta sala está muy cargado.

Adele lo encontró contemplando el paisaje, el hermoso verde de la campiña inglesa, que tanto admiraba. Cuando Alejandro la oyó llegar, se volvió hacia ella y le sonrió.

–Ni siquiera con un invierno tan frío deja de resultarme agradable lo fresco de vuestra primavera -dijo-. En Aragón, por esta época del año ya hace bastante calor y las plantas empiezan a marchitarse.

Adele acudió a su lado y se le prendió del brazo, respirando a fondo el aire primaveral.

–Da gusto respirar aire tibio, sobre todo después del largo suplicio del invierno. Este año, la frescura de la primavera y el reverdecer de los campos parecen más hermosos y gratos que de costumbre.

Alejandro la miró con amor.

–Volvemos a estar de acuerdo -dijo-. ¿Podemos estarlo también en encontrarnos en Canterbury, donde solicitaré al rey el gran honor de tomarte como esposa?

–Amor mío, no hace falta que lo preguntes.

–En Canterbury, pues.

–Sí -convino Adele-, en Canterbury.

Alejandro montó en su caballo y comprobó que el de carga estuviera bien atado. Dobló la esquina del establo de madera en dirección a la entrada principal, descubriendo en ese momento que el patio estaba más lleno de soldados que de costumbre. Parecían esperar a alguien, aunque Alejandro no tenía constancia de que estuviera por llegar ningún alto personaje; de ahí que lo sorprendiera tanto ajetreo.

Al verlo, un soldado exclamó:

–¡En guardia!

Los demás se apresuraron a formar dos hileras paralelas, separadas aproximadamente por la estatura de un hombre. La pericia con que las tropas se sometían a un orden perfecto impresionó a Alejandro, que sólo las había visto actuar como fuerza unitaria de combate en una ocasión, contra un adversario tan digno de lástima como había sido su malhadado camarada Matthews.

Tiró de las riendas y se mantuvo a la espera de lo que sucedería después de una maniobra tan ceremoniosa. ¿Quién será ese huésped tan importante?, se preguntó.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que toda la compañía lo estaba mirando a él. Sir John Chandos, que había compartido con Alejandro la función de carcelero, encabezaba la formación y le hacía señas de que pasara.

Cuando el médico se introdujo entre las dos hileras de soldados en posición de firmes, todos los hombres desenvainaron sus espadas y las levantaron hasta tocar la punta del arma de su compañero de enfrente, creando un túnel de centelleantes aceros que Alejandro recorrió al paso, mirando boquiabierto a los hombres que lo honraban con semejante saludo.

Ya cerca del final del túnel, donde lo esperaba sir John, oyó a los soldados romper el silencio con vítores y silbidos. El propio sir John se inclinó profundamente ante su amigo.

–En representación de los hombres cuyo mando ostento, os doy las gracias por salvarnos la vida y darnos la oportunidad de volver a servir a nuestro rey en Francia. Que Dios os acompañe, maese médico, y ojalá la Providencia guíe vuestros pasos.

Alejandro nunca se había sentido tan feliz. Saludó con la mano a las hileras de soldados, que contestaron con alegres aclamaciones. Después dirigió sus caballos a la salida y orientó sus pasos hacia el norte. Tuvo tiempo de oír el chirrido del rastrillo, cuya caída señalaba el fin de su estancia en el castillo de Windsor.

Galopó hacia el norte por la carretera de Stepney hasta que, extenuado y cubierto de polvo, empezó a preguntarse si el hecho de que sus tierras estuvieran tan lejos no sería una forma de destierro. Cuando estaba a punto de decidirse a pasar la noche a la intemperie, divisó de pronto los accidentes

naturales descritos por sir John en sus instrucciones para el viaje, señal de que éste se aproximaba a su fin. Optó, pues, por cubrir el último trecho cuanto antes.

Faltó poco para que pasara junto a su «propiedad» sin verla, tal era el estado en que había quedado el camino tras meses de abandono. Lo mismo sucedía con el patio, cubierto de malas hierbas que sirvieron de pasto a los caballos. Voy a vivir aquí, pensó mientras abría la puerta con cuidado. Éste es mi hogar. Un chirrido de goznes oxidados le dio la bienvenida. Alejandro avanzó con cautela, hasta que el errático revoloteo de un murciélago lo hizo caer de rodillas. Permaneció agazapado un buen rato, temeroso del contacto con la odiosa bestezuela. Dios, Tú que me has librado durante meses de la amenaza de la peste, no me dejes ahora; por favor, no permitas que la repugnante enfermedad de los murciélagos me arrebate la vida. Después de tantos peligros habría sido un fin demasiado irónico, demasiado cruel.

¿A qué Dios debo dirigir mis plegarias?, se preguntó.

–En fin -dijo en voz alta, ansioso por oír una voz humana-, quizá uno de los dos me conceda la bendición de sobrevivir a esta noche. Mañana veré qué hay que hacer.

En la sala principal encontró una mesa grande, cuya dura superficie cubrió con una manta. No sabía si había camas; tampoco se habría atrevido a dormir en ninguna sin antes limpiarla a fondo. Ya tendría tiempo al día siguiente para investigar y empezar a instalarse en su nueva morada; de momento lo más urgente era descansar.

Volvió a soñar con Carlos Alderón. El gigantesco herrero llevaba un tiempo sin perturbar el descanso del médico, pero su reaparición fue tan nítida y real como si nunca hubiera desaparecido, ni siquiera una noche.

Una vez más, el espectro arrastraba consigo su mortaja, y una vez más lo acompañaba el sonriente Matthews, cubierto de flechas cuyo extraño golpeteo creaba un fondo sonoro a la fantasmagórica persecución. Esta vez, sin embargo, un nuevo horror se apoderó del turbio inconsciente de Alejandro: el blanco espectro de Adele, ataviado con los restos sangrientos del vestido de boda, seguía a los dos persecutores en un carro destartalado cuyos tumbos al avanzar por una carretera llena de baches iban desperdigando las flores del ramo nupcial.

Se despertó sobresaltado y cayó de la mesa, aterrizando con un golpe sordo en el suelo de piedra. Permaneció inmóvil hasta el anhelado

despuntar del alba, con el corazón desbocado y todo el cuerpo cubierto de sudor.

Alejandro volvió al ejercicio de su profesión. Cada día recibía como mínimo a una persona de los alrededores aquejada de alguna dolencia. Un día enderezó el brazo roto de un niño cuyo vano esfuerzo por mantener el equilibrio de una carreta sobrecargada había acabado de forma desastrosa.

Al recordar su propia experiencia con una carreta descompensada, acaecida en Aragón muchos meses atrás, Alejandro se estremeció, y esperó sinceramente que la vida del joven no se viera alterada tan drásticamente como lo había sido la suya por el nefasto incidente.

–He visto muchas heridas, y dudo que ésta sea la última -dijo al enojado padre-. El hueso está roto.

–Yo esperaba que sólo fuese una magulladura, pero el chico dice que no puede moverlo.

–Y hace bien -contestó el médico-. Temo que tenga que descansar por lo menos un mes; sólo entonces se le habrá arreglado lo bastante para seguir trabajando. De todos modos, su corta edad hace que sus huesos sean menos resistentes. Mi consejo es que una vez curado lo sometáis a tareas menos fatigosas.

–Eso -dijo el pobre hombre- si antes no se muere de hambre. ¡No puedo cosechar sin su ayuda! Tendrá que hacer lo que le toca. No puedo eximirlo de su trabajo sólo porque tenga mal el brazo.

–En tal caso, sabed que con uno de sus miembros torcido y frágil os será de escasa ayuda el año que viene. Más valdría que le dejarais reposar. No tardaría en ponerse bien: Dios concede a los niños el don de curarse rápido, mientras que los adultos precisan de mucho más tiempo.

–Entonces -dijo el granjero con irritación-, ¿por qué se ha llevado la peste a tantos niños? La semana pasada, sin ir más lejos, se cobró otra víctima en el pueblo que hay al norte de mis campos. El señor del castillo se queja de que se quedará sin impuestos si mueren todos los que cultivan sus tierras.

Alejandro, que había estado volcando toda su atención en envolver el brazo del niño con una mezcla de barro y fibras de cáñamo, interrumpió bruscamente su trabajo y cogió al granjero por el hombro.

–¿Qué habéis dicho? ¿Otra víctima de la peste? ¿Estáis seguro de que se trataba de la misma enfermedad?

–Sólo sé lo que contó la madre del niño. Vino a pedirme clavos para el ataúd, y habló de bultos en el cuello y dedos negros. Seguro que era la peste.

El médico se apresuró a dar los últimos retoques al vendaje y, después de lavarse las manos, se quitó el barro de las uñas con la punta de un cuchillo.

–Os acompañaré -dijo-. Me gustaría interrogar a esa mujer con mayor detalle.

–Como queráis, pero yo no dudo de su palabra. Ya ha perdido a siete de sus nueve hijos, y sabe reconocer lo que se ceba en sus pequeños.

Alejandro les rogó que montaran en su otro caballo, ya que el granjero y su hijo habían recorrido a pie el largo trecho hasta su casa, y él, por otro lado, estaba demasiado impaciente para viajar con lentitud.

Una hora después, al llegar a la granja de la mujer en cuestión, Alejandro vio siete tumbas recientes en que la hierba empezaba apenas a germinar, y compadeció el triste destino de aquella familia. Ató el caballo a un árbol y se acercó a la ventana de la casita de adobe y cañas. A través de las rendijas del postigo, y a pesar de que la luz exterior le impedía ver con claridad, distinguió tres siluetas inmóviles de seres humanos. La más grande, en quien identificó a la madre, estaba tendida en la cama; las otras, más pequeñas, pertenecían a dos niñas tiradas por el suelo. Nubes de moscas zumbaban alrededor de las tres, y, pese a lo estrecho de la rendija, Alejandro logró ver que todos los cuellos estaban cubiertos de manchas negras.

–Lo que temía: están muertas -dijo al granjero, antes de describirle lo que acababa de ver-. Tenemos que detener la propagación de la enfermedad purificando esta casa por el fuego. ¿Tenéis aceite?

–Sólo en mi granja. Hemos pasado junto a ella al venir.

Volvieron a la vivienda que el granjero compartía con el ganado; una vez ahí, empaparon un trozo de tela con parte del precioso suministro de aceite.

–¡Basta!– dijo el granjero-. ¡El aceite cuesta muy caro!

Enojado por la resistencia de aquel hombre a utilizar su combustible para fines tan justificados, Alejandro propuso un trueque.

–Aceptare el aceite en pago de mis servicios a vuestro hijo. Me parece un intercambio justo.

El granjero refunfuñó, pero acabó aceptando. Alejandro salió al galope con el trapo empapado sujeto a la silla de su caballo de carga, consciente de que el padre obligaría a su hijo a volver al trabajo lo antes posible, y que el chico quedaría deformado para siempre a causa de la estrechez de miras de su progenitor.

Una vez frente a la casa no perdió el tiempo: prendió fuego al trapo y lo lanzó sobre el techo de paja seca, provocando un rápido incendio que en cuestión de segundos desprendió una espesa y negra humareda. Montó de un salto y, cogiendo las riendas del segundo caballo, se alejó en dirección a su casa, no sin detenerse unos metros más allá para echar un último vistazo a la granja en llamas. Entornando los ojos para protegerse del sol, vio que del horno en que había quedado convertida la granja salían ratas en desbandada, escurriéndose entre los restos de las paredes. Iban a tener que encontrar un nuevo escondrijo.

Ratas, siempre ratas por todas partes. Ratas y más ratas, cada vez que hay alguien enfermo. Ratas en los barcos, ratas en las casas y en los establos. Ratas con sus malditas pulgas dispuestas a atormentar a cualquier pobre diablo a poco que se esté quieto.

De pronto sintió lo mismo que había sentido al ver las entrañas de Carlos Alderón: supo, como en una revelación, que las ratas y sus pulgas formaban parte de la maldición de la peste. Azuzó a su caballo, movido por el deseo de alejarse cuanto antes de la horrible escena.

Una vez a salvo en su casa, llevó los caballos a la cuadra y, tras quitarse de encima el polvo del camino, se apresuró a tomar asiento frente a la mesa del salón, pertrechado de pluma, tinta y pergamino.

A su majestad el rey Eduardo III:

En un pueblo que se halla al norte de mi hermosa mansión, por la que os debo honda gratitud, ha muerto una familia de nueve personas, todas con síntomas de la pestilencia de la que creíamos habernos librado. Si bien no he detectado más casos, no puedo descartar la posibilidad de que no se trate de un incidente aislado. He prendido fuego a la casa para evitar la propagación de la enfermedad, sin poder evitar que decenas de ratas escaparan del incendio. He advertido la presencia de estas alimañas en prácticamente todos los lugares donde se declara la peste, y deduzco que acaso sean el agente transmisor de la enfermedad. Ello explica sin duda la introducción de la peste en Inglaterra; me resulta difícil pensar que no

haya ratas en las bodegas de las embarcaciones que van y vienen de Francia. Por lo tanto, debéis tomar medidas inmediatas para purgar de ratas vuestros palacios y flota.

Por otro lado, una sabia y venerable anciana que se dedica a curar a los enfermos me ha enseñado que de los despojos de una víctima de la plaga puede extraerse un polvo, el cual, impartido a los apestados que siguen con vida, infunde el poder del espíritu del fallecido, con el resultado de que el paciente sana. Solicito humildemente vuestro permiso para desecar el cadáver de alguien que haya sucumbido a la epidemia, a fin de que contemos con los medios de curar a las nuevas víctimas.

Recemos a Dios por que este caso reciente sea el último coletazo de una peste tan reacia a morir como sus desventuradas víctimas. De ser necesario, me honraría grandemente volver a servir a vuestra familia; ojalá que el Todopoderoso no lo disponga así, y que la erradicación de los roedores ponga fin a este flagelo.

Espero vuestra respuesta con gran impaciencia.

Vuestro humildísimo servidor,

Alejandro Hernández.

Dio la carta a un mensajero ese mismo día. Durante los que siguieron, recorrió la zona preguntando si alguien tenía noticias de la reaparición de la peste en la campiña circundante. No recibió ningún informe en ese sentido, y no por falta de pacientes que sufrieran otras dolencias. Aun así, su tranquilidad distaba de ser completa.

En fin, quizá es que mi carácter siempre me lleva a temer calamidades ahí donde los demás perciben la luz de la esperanza, pensó. De todos modos, sería un alivio sentirse por una vez completamente a salvo. Ojalá no tuviera tan malos presentimientos.

–¡Al diablo con este azote! – bramó el rey-. ¿Se cansará alguna vez de destruir? ¡No puedo recorrer las calles de mi propia ciudad sin tropezar con el cadáver de algún desventurado, ni respirar a gusto por culpa del hedor!

¡Llamad de inmediato al alcalde! Exijo que me expliquen este desastre.

El buen humor con que el rey había regresado a Londres se había venido abajo nada más iniciar la inspección de la ciudad y darse cuenta de sus verdaderas condiciones. La saña otoñal de la peste había sembrado de cadáveres las calles de la ciudad, y muchos seguían pudriéndose en las cunetas; el Támesis era una masa sólida de lodo compuesta por basura,

heces y cadáveres, todo lo cual dejaba poco espacio para el agua. Y, a pesar del entusiasmo con que Eduardo ejercía el gobierno de su hermoso reino, los problemas con que se enfrentaba en aquellos momentos eran demasiado abundantes para ser atendidos de inmediato. Por eso, la llegada de un exhausto mensajero portador de la misiva de Alejandro no hizo la menor gracia a su majestad.

–¡Ratas! – vociferó-. ¿Quiere que saque las ratas de palacio?

¡Imposible! Sería más fácil dejarlo sin piedras. ¿Habíais oído alguna vez disparate semejante, Gaddesdon?

El médico de cabecera del monarca, que se había reunido con Eduardo en Londres tras un año de confinamiento en el castillo de Eltham al cuidado de los hijos más pequeños del rey, procuró quitar importancia a la amenaza.

–¡No podemos permitir que ese español haga cundir el pánico en el reino por segunda vez! Desde el mes de los hielos no he visto ningún caso nuevo de peste. A mi juicio, su opinión es precipitada y trasluce una convicción excesiva. Creo firmemente que no hay nada que temer. Os aseguro que no hay peligro alguno en llevar adelante los planes de celebrar la investidura del arzobispo antes del solsticio. No permitáis que un extranjero os haga renunciar a vuestros proyectos.

Pero el rey no las tenía todas consigo; hombre sagaz, acostumbrado a calibrar riesgos opuestos, siguió meditando sobre el contenido de la carta de Alejandro.

–Maese Gaddesdon -dijo-, quizá nos estemos apresurando en nuestro juicio. Os ruego que recordéis que el buen doctor Hernández, cuya condición de español ignorante no discuto, se mostró correcto hasta la exasperación en sus previsiones sobre la peste durante su estancia en Windsor. ¡Además, cada vez que recorro Londres veo miles de ratas! ¡Tal vez su teoría no sea tan absurda, a fin de cuentas! Y, si existe una cura, ¿no debería concederle el uso de un cadáver, tal como me solicita?.

–El arzobispo no lo permitirá, majestad.

–¿El arzobispo? No hay -le recordó Eduardo con sequedad, antes de erguirse en toda su imponente estatura de Plantagenet, momento en que todos los cortesanos de la sala, incluido Gaddesdon, se apresuraron a ponerse en pie-. Se lo llevó la peste. ¿Lo habíais olvidado? Además, aunque hubiera arzobispo, ¿no soy dueño de hacer cuanto quiera en mi reino?

–Majestad, os ruego que escuchéis… -dijo Gaddesdon.

–Dadme un buen motivo para escucharos a vos más que al español.

Gaddesdon, herido en su orgullo, replicó:

–Yo también he protegido a vuestra familia en Eltham, aun no hallándoos vos presente. Bajo mi tutela, todos vuestros hijos pequeños han crecido sin merma de su salud. Y en Eltham no escaseaban las ratas.

Además, majestad, aun faltando el consejo de un arzobispo, ¿cómo es posible que un monarca cristiano permita una profanación tan grande cual es la exhumación de los restos mortales de alguien que ya ha sufrido?

–Hay campesinos muertos de sobra, Gaddesdon. ¡Echad un vistazo a las calles de esta ciudad, otrora tan hermosa! ¡Hay cadáveres pudriéndose en todos los rincones! Si Hernández tiene razón, ¿por qué no utilizarlos para buen fin?

–¿No han padecido ya bastante? – preguntó Gaddesdon-. ¿Por qué añadir más saña a su triste sino, poniendo en peligro la recompensa celestial de quienes no gozan siquiera de sepultura? – Y añadió, con tono dolido-: Por mi parte, no he visto cura para esta maldición, y me hiere veros tan dispuesto a quitar importancia a mi exitosa labor de salvaguarda de vuestros hijos.

–No me interpretéis mal -contestó el rey con exasperación-. No menosprecio vuestro excelente trabajo, pero temo que nuestras vidas vuelvan a verse interrumpidas por la horrible plaga; es un temor que nace de mis tripas más que de mi inteligencia, y que me aflige sobremanera hoy que vuelvo a llevar las riendas de mi debilitado reino.

–Entonces, majestad, os suplico que no os dejéis influenciar por paparruchas pesimistas, ni por curas nacidas de la fantasía. Haced lo que tengáis que hacer, y dejad que la plaga se revele por sí misma, en caso de que así lo dicte el destino. Si es voluntad de Dios proporcionar una cura, lo hará.

El rey suspiró, poniendo su frustración de manifiesto a quienes lo rodeaban.

–Bien, basta de discusiones. Lo dejaremos aquí.

Ordenó enviar a Alejandro una carta en que le daba las gracias por su vigilancia, pero declinaba su oferta de ayuda y rechazaba su solicitud.

Después mandó llamar a su hija Isabel, confiando en que las buenas nuevas que acababa de recibir le resultaran tan gratas como a él.

–¡Padre -exclamó Isabel-, os lo suplico! ¡No me hagáis esto! ¡No podré ser feliz en un país tan atrasado!

–Te lo advierto, Isabel -dijo el rey con enojo-: no te opongas. No pienso faltar a mi promesa. Te casarás con Carlos de Bohemia en cuanto haya organizado los preparativos del viaje.

–¡Señor, apiádate de mí! – gimoteó la princesa, en pleno ataque de nervios-. ¡Este padre sin entrañas me obliga a emprender un viaje de dos meses para echarme en brazos de un rústico salvaje!

El rey se incorporó con prontitud.

–¡Silencio! – dijo entre dientes, más furioso que nunca contra la terca Isabel-. ¡Tu lengua ponzoñosa está hablando del futuro emperador de Bohemia!

–Creo recordar que aún no lo han coronado -replicó la princesa en son de desafío.

La irritación de Eduardo llegó a su ápice; se abalanzó hacia su hija con la mano alzada, pero el presunto bofetón se detuvo a pocos centímetros de su destino.

Impresionada por semejante exhibición de violencia, Isabel volvió la mejilla y cerró los ojos con fuerza. Al no materializarse el temido castigo, volvió a abrirlos y vio la mano inmensa de su padre cerniéndose sobre su nariz. Todos los presentes percibieron a las claras el origen ancestral del consabido mal genio de Isabel.

–No me contradigas, chiquilla; porque eso es lo que eres, una chiquilla a quien puedo casar con quien quiera. ¡Y en ese momento te convertirás en la cruz de tu pobre marido! ¡Si me apetece, daré tu mano al mismísimo príncipe de las tinieblas, aunque pienso que ni siquiera el Maligno te querría, por miedo a tu carácter! Ahora, vuelve a tus aposentos y empieza a prepararte para el viaje nupcial. ¡Adelante, arruíname con tus chucherías aún más que de costumbre! No pienso seguir tolerando tu ingrata presencia.

Herida de muerte en su orgullo, Isabel lloró abiertamente en presencia de los cortesanos, y, haciendo caso omiso de la orden de su padre, no salió de la sala, sino que se acercó al rey con expresión suplicante.

–Padre, por favor, concededme unas palabras en privado antes de abandonar la sala.

Eduardo miró a la llorosa joven, su hija favorita, la niña mimada que había crecido a imagen de su imponente abuela; a pesar de la rabia que lo

embargaba, no se vio con fuerzas para rechazar su petición de audiencia.

Despidió con un gesto displicente a los cortesanos, que se apresuraron a dejar la sala entre susurros y roces de suntuosas vestiduras. Isabel se arrodilló ante su padre y apeló a su clemencia con patético ademán.

–Señor y padre mío, ¿por qué me castigáis con un triste destierro a tierras lejanas? ¿He incurrido últimamente en vuestra ira? Decid en qué he pecado contra vos. ¿No hay nada que pueda hacer para atenuar mi desconocida ofensa?

A Eduardo se le rompió el corazón. En realidad no deseaba enviar tan lejos a su hija, pero la alianza en perspectiva era demasiado apetecible para ser desechada. Fingiéndose más resuelto de lo que estaba, dijo:

–Desplantes como el de hoy son indignos de tu posición de princesa de Inglaterra. Entre mis consejeros ya circula la voz de que te mimo demasiado, y perdono tu incapacidad de cumplir los deberes reales para los que has sido educada, deberes que incluyen la aceptación voluntaria de una boda ventajosa, más allá de que el novio sea o no de tu gusto. Mis enemigos me juzgarán débil y maquinarán medios para desviarme de la meta a la que aspiro. ¿Quieres ser tú la causa de tantos males?

No sabiendo cómo responder a Eduardo, cuya valoración de los resultados de la actitud de su hija era indiscutiblemente correcta, la joven inclinó la cabeza y, avergonzada, volvió a deshacerse en lágrimas, tratando a toda costa de ganarse su compasión; por una vez, sin embargo, el rey, que nunca había sido insensible a los deseos de su testaruda Isabel, no podía ni quería modificar su política en beneficio de ella.

Isabel se devanaba los sesos en busca de un medio de hacer más soportable la situación. Viendo fracasar su intento de hacer cambiar de opinión a su padre, decidió intentar que el exilio fuera lo más cómodo posible; con ese fin, se mostró dócil como un cachorrillo a los designios de Eduardo, dispuesta a complacerlo en todo y colaborar en su política exterior. Pasaron cerca de una hora hablando en privado de los planes del rey, mientras los miembros de la corte se hacían toda clase de preguntas acerca del resultado de la discusión anterior. Eduardo estaba encantado con el cambio de actitud de su hija, tan repentino como inesperado, y pensó para sus adentros que, si aquel acuerdo nacía de haberla tratado con dureza, habría sido conveniente hacerlo antes.