La plaga
Yersinia Pestis
ordenador emitió una breve fanfarria electrónica, como si quisiera felicitarse a sí mismo antes de enunciar la decisión de CIM.
–Muy mono -dijo Frank en voz alta, aunque no hubiera nadie que pudiera oír su opinión-. A ver qué tenemos por aquí…
YERSINIA PESTIS
EXACTITUD: 98% DE
PROBABILIDADES
IDENTIFICACIÓN COMPLETA.
No es de las enterobacterias más corrientes, pensó; si no me sonaría más. Yersinia pestis. Recordaba vagamente haber estudiado los Yersinia en algún momento u otro, pero no debían de estar en activo en Gran Bretaña, puesto que en caso contrario habría recibido algún informe. Se alejó del teclado en dirección a la estantería del otro lado de la sala. Cogió un libro, recorrió con impaciencia las columnas del índice y acabó por localizar la entrada deseada. No tardó en encontrar la página y leer la información relevante.
Mientras se acercaba al final de la página, silbó entre dientes.
–Dios mío… -dijo con voz queda.
Volvió al ordenador con el libro entre manos y efectuó una comparación visual entre los diagramas impresos y el organismo de la pantalla. Mientras lo miraba, el microbio se agitó; sus membranas temblaron por el inmenso esfuerzo de moverse después de un sueño tan prolongado. Frank se apartó involuntariamente con el libro apretado contra el pecho, como si corriera peligro.
Dejó el pesado volumen y, sin despegar la vista de la pantalla (como si el microbio pudiera saltar de ella y atacarlo con toda la ferocidad de su tamaño según el aumento), echó los brazos hacia atrás y buscó a tientas hasta dar con una silla. La acercó al ordenador y se sentó con cuidado, fascinado por los esfuerzos del microbio. Su sinuosa danza le picaba la curiosidad, y se preguntó qué estaría intentando. Aquella clase de organismos figuraba entre las más simples del planeta; sólo eran capaces de dos cosas: absorber alimento y reproducirse por división. Lo primero no era el caso.
¡Intenta duplicarse!
–Te ha gustado el bañito de colorante, ¿eh, guape-tona? – dijo Frank.
Por lo visto, Gertrude se había sacudido de encima cientos de años de letargo y trataba de reanudar su ciclo vital. Absorto en la pantalla, Frank contempló con fascinación las infructuosas pulsaciones de los flancos de la criatura, minúsculo Houdini encadenado, a un paso del fatal desenlace…
Casi cedió al impulso de jalearla.
Su concentración se vio interrumpida por el timbre del temporizador del autoclave y la súbita interrupción del ruido de fondo que siempre acompañaba sus operaciones, ruido en el que Frank nunca reparaba hasta que su cese le hacía descubrir lo molesto que era en realidad. Farfullando imprecaciones, consultó el reloj y cayó en la cuenta de que la pequeña criatura de la investigadora norteamericana había copado su atención en detrimento de las tareas del día. Le preocupaba confirmar su fama de poco puntual, acusación de la que protestaba con vehemencia en cada revisión anual de rendimiento. Tenía pendiente reunir una lista de materiales para un proyecto de inminente realización, y enviar el correo; para colmo, todavía no había conseguido ponerse en contacto con la descubridora del microbio, aquel bicho que tanto lo distraía desde la pantalla. Marcó rápidamente el número, pero tampoco tuvo éxito. Esta vez dejó el mensaje de que Janie lo llamase al laboratorio lo antes posible.
Volvió a mirar a Gertrude, que persistía en sus esfuerzos.
–Venga, chica, que tú puedes… -susurró a la imagen de la pantalla-.
Venga…
Pero el microbio, exhausto por el esfuerzo, acabó por recobrar su posición e inmovilidad originales. Tras varios minutos en que no se advirtieron nuevos intentos de reproducción, Frank hizo el esfuerzo de apartarse del ordenador y, atravesando el laboratorio, abrió una puerta con el rótulo CÁMARA FRIGORÍFICA DE ALMACENAMIENTO
BIOLÓGICO. Hojeó la lista impresa de contenidos, en busca de una muestra concreta que necesitaba descongelar. Fue pasando varias páginas de nombres de bacterias en latín, todas con fecha y código de localización de la probeta en la zona de almacenamiento. Su dedo índice recorrió con rapidez la lista alfabética hasta detenerse en Palmerella coli, una cepa de enterobacterias con partes de la célula que se unían fácilmente a las de otras células, y que, sumamente generosa con sus componentes genéticos, podía ser inducida a intercambiar plásmide sin apenas coacción; una bacteria viril,
potente y vigorosa con un toque de hospitalidad británica de buena ley.
Frank tomó nota de la localización antes de cerrar el directorio.
Al ver los compartimientos de vidrio de la zona refrigerada, Frank pensó: Miles de agentes mortales al otro lado de un simple cristal, microbios que exceden la imaginación. Un par de probetas rotas en malas manos… No le gustaba pensarlo siquiera. Los microbios acechaban con la boca hecha agua, dispuestos a ocupar su posición de derecho en la cadena alimenticia. Un ligero desliz…
Dejando a un lado tan apocalípticas ideas, Frank se sentó frente a la consola de manipulación del brazo captor automático. Igual que un videojuego, pensó, travieso. Le fue fácil localizar la muestra entre una jungla de tubos y potes. La levantó con cuidado y la dirigió a la ventanillla de descontaminación. Al fijarse en el espacio desocupado, dio rienda suelta a su fantasía, tratando de imaginar qué sucedería si alguien descubría una sección vacía y sin rótulo. En cuestión de minutos, hordas de biopolicías ocuparían el lugar, con sus extraños trajes espaciales verdes y sus bolsas amarillas de seguridad biológica colgando de la cintura. Sellarían todos los accesos, y nadie podría entrar ni salir mientras la policía biológica no tuviera la certeza absoluta de que la contaminación no iba a difundirse bajo ningún concepto. Frank pensó en lo fascinante del espectáculo. La realidad volvió a imponerse con todo su peso; sumiso, el técnico colocó una señal que lo identificaba como persona que había extraído el tubo, consciente de que a semejantes precauciones les sobraba razón de ser, y entendiéndolas a la perfección.
Abandonó el almacén refrigerado y depositó el tubo en un soporte vertical, en el área de trabajo contigua al microscopio donde reposaba Gertrude. Volvió a mirar a la bacteria, comprobando que seguía inmóvil.
Habría querido provocarla para ver cómo reaccionaba, animarla a cumplir con todas sus potencialidades; pero tenía mucho trabajo pendiente, y las tareas cotidianas le exigían una atención total. No te distraigas, se dijo en son de advertencia; líbrate primero de todo lo demás. Las obligaciones tenían prioridad, por muy fascinado que lo tuviera el microbio, y acabaron ganando la partida.
–No te preocupes, guapa -dijo a Gertrude, apagando el ordenador-.
Vuelvo dentro de un rato.
Dejó el círculo de tela sobre el microscopio y, después de salir, marcó el código de cierre de la puerta de seguridad. Cuando estaba a mitad del pasillo, se dio cuenta de que había olvidado el correo, y tuvo que volver corriendo y colocar la palma de la mano sobre la pantalla de verificación de acceso, aguardando a que se abriera el cerrojo. En cuestión de segundos, la superficie de la puerta se esterilizó a sí misma enviando un fogonazo eléctrico de alto voltaje a la superficie revestida de metal, no sin antes anunciarlo con un estridente pitido. Frank era de los pocos que gozaban de acceso ilimitado al laboratorio, aunque, si se lo proponía, el guardia de seguridad podía invalidar el sistema con una serie de manipulaciones. El técnico habría preferido algo más sencillo a aquellas medidas, que le parecían un coñazo, pero el director del laboratorio le había dicho que más sencillo significaba más fácil de romper, y por lo tanto insuficiente. Por eso, cuando le apetecía, Frank dejaba la puerta sin cerrar. Al salir, y pensando que sólo estaría fuera unos minutos, se decidió por esa opción.
Ya en la acera, y mientras esperaba una brecha en el tráfico, sintió los rayos del sol acariciándole la piel, en grato contraste con las frías paredes de cemento y la cruda iluminación de fluorescentes del laboratorio. Ajeno al bullicio propio de una acera en pleno mediodía, aprovechó la espera para imbuirse de aquel sol cuya intensidad era poco frecuente en Inglaterra.
Cuando volvió a mirar la calle, su campo de visión estaba moteado de manchas azules, y no supo ver el tradicional taxi negro londinense que doblaba la esquina a velocidad endiablada. Antes de chocar con la farola, lo último que pensó Frank fue: Mierda, Yersinia pestis. ¡La jodida peste bubónica!
Janie y Caroline compartían el desayuno a ambos lados de una misma mesa. La primera leía en voz alta la nota de redacción sobre la muerte de Frank; finalizada la lectura, dejó el periódico sobre la mesa y guardó silencio, al igual que Caroline.
–Ahora me explico no haber podido localizarlo por teléfono -dijo Janie, moviendo la cabeza de un lado a otro-. A juzgar por el mensaje, algo lo tenía entusiasmado, pero nunca sabremos qué.
–¡Y pensar que ayer mismo estuvimos con él! – dijo Caroline-. Qué tragedia, tan joven…
Janie no dejaba de compartir la emoción de su ayudante, pero sus preocupaciones eran más inmediatas. Hoy en día las muertes repentinas no
sorprenden tanto como antes, pensó.
–Tendremos que sacar del laboratorio la tela y el resto de la muestra de tierra y enviarlos a Estados Unidos. Aquí no podremos acabar el trabajo.
Mejor que vayamos al laboratorio ahora mismo y nos pongamos manos a la obra. No quisiera perder demasiado tiempo.
–Sería mucho más fácil empezar aquí los exámenes -dijo Caroline, imaginando las montañas de formularios de aduana que el cambio de situación la obligaría a rellenar-. Quizá todavía podamos hacerlo. ¿Por qué no hablamos con el director del laboratorio y averiguamos si hay manera de seguir con otra persona?
El tono de Janie tradujo su creciente irritación.
–¡Sabía que iba a pasar algo por el estilo! Pues no, no me da la gana de esperar a que alguien ocupe el puesto de Frank. Tengo una vida que vivir en mi propio país, y me gustaría reanudarla algún día. Llevo años sin trabajar, Caroline, y no sabes lo oxidada que estoy. Dentro de poco más de tres semanas tengo que estar lejos de aquí, y a ti te queda aún menos. ¡Me niego a que me tomen las huellas corporales!
Caroline, con su acostumbrado sosiego, procuró convencerla con argumentos racionales.
–Por desgracia, esa decisión no depende de ti -señaló-. Te guste o no, si quieren tomarte las huellas encontrarán alguna excusa. Entiendo que tengas motivos para mantener tu cuerpo fuera del sistema, pero tienes que entender que en algún momento sucederá. Todo el mundo pasará por el tubo. Ni a ti ni a mí nos salva nadie. Más vale que lo aceptes.
Janie se sonrojó. La respuesta de Caroline, tan racional, tan suya, estaba totalmente justificada. Admirando la franqueza de que hacía gala su ayudante con la persona que manejaba los fondos, se apresuró a pedir perdón.
–Tienes razón. No quería plantearlo tan a la tremenda, pero es que le tengo un terror espantoso… Y no estoy demasiado segura del porqué.
Caroline sonrió.
–El arrepentimiento te sienta de maravilla. Deberías probar más a menudo.
–A ver si es verdad -dijo Janie-. Y ahora creo que convendría hacer planes. Hay unas cuantas novedades a tener en cuenta. Estoy de acuerdo en que sería más fácil hacer los análisis aquí que enviar toda la tierra a Estados
Unidos. Habrá que empezar por ahí. ¡Ojalá podamos convencer a alguien del instituto para que nos dé ayuda!
–Vamos hasta allí a ver qué pasa. Ya sabes que en este país es muy difícil conseguir algo por teléfono.
–Me parece un buen plan. Nos arreglamos un poco y vamos; sería una tontería esperar sentadas. Recuérdame que de camino eche esto al buzón.
Enseñó a Caroline un sobre marrón con el sello y la dirección puestos.
–¿Es para John Sandhaus? – preguntó Caroline.
–El mismo que viste y calza. Le dará un buen repaso a la documentación, y cuando volvamos sabremos hasta el número de zapato de Gertrude.
–Eso si el sobre no se le pierde por el escritorio.
–Es una posibilidad a tener en cuenta. Pobre, todos le piden consejo.
¡Menos mal que aún se digna mirar lo mío!
–Suerte tienes.
–Ya lo sé. A veces es un plomo, pero en lo suyo es bueno.
Cuando estaban a punto de cruzar una callejuela próxima al instituto, Caroline recordó que al final de ella había un buzón. Señaló hacia allí y dijo:
–Si vamos por allí meteremos el paquete en el buzón de la esquina, y en vez de entrar por el lado del instituto cogeremos la entrada principal.
–Vale -dijo Janie-. De vez en cuando va bien un poco de variedad; y, teniendo en cuenta cómo nos está saliendo el viaje, ¿qué mejor que algún que otro cambio?
Doblaron la primera esquina, metieron el impreso en el buzón y volvieron a girar a la izquierda, hasta topar con la imponente y abarrocada fachada del instituto.
Janie se detuvo a examinar un mapa detallado del complejo, colgado en el vestíbulo principal. Recorrió la superficie impresa con el dedo hasta encontrar el despacho que buscaba.
–¿No te importa ir sin mí? – dijo a Caroline-. Tengo un par de asuntos que arreglar en la oficina de contabilidad, por las pruebas que les he encargado. No creo que tarde más de unos minutos. Tengo que aclarar unos temas de intercambio de créditos. En cuanto acabe me reúno contigo en el laboratorio.
Jame tomó una dirección y Caroline otra, la del laboratorio. Después de recorrer el laberinto de pasillos del instituto, encontró la puerta sin cerrar.
En la inmensa sala reinaba un extraño silencio. Entró con cautela, sintiéndose un poco como una intrusa. Llamó para ver si había alguien, pero no obtuvo respuesta.
Era una instalación enorme y compleja, con más equipos de los que había visto en cualquier otro laboratorio, entre ellos docenas de microscopios. No le costó demasiado encontrar el que habían usado para examinar por primera vez el extraño círculo de tela. Éste seguía sobre la placa, y no daba la impresión de que lo hubieran movido. Caroline siguió examinando la sala y se dirigió a uno de sus extremos, donde encontró toda una pared de unidades de almacenamiento refrigerado. Se preguntó en cuál estarían sus muestras.
Justo cuando iba a coger el tirador de una de las unidades, un guardia de seguridad entró en el laboratorio, alertado por una presencia humana imprevista en su monitor de vídeo. Preguntó a Caroline a qué venía, y cómo había conseguido entrar.
–La puerta estaba abierta. Tengo guardadas aquí unas muestras para análisis, y me es preciso hacer unos arreglos.
–¡Caramba! – exclamó el guardia, palideciendo al pensar que el laboratorio debía de haber pasado toda la noche abierto-. Siento decirle que las instalaciones están cerradas a causa de la muerte de uno de los técnicos.
Hasta el lunes no se reanudará el trabajo. Hoy sólo están los administradores.
Caroline volvió a fijarse en el microscopio, preguntándose qué efecto habría tenido sobre la tela su exposición prolongada al aire.
–Oiga, ¿podría retirar al menos una de mis muestras? Me parece que Frank debía de estar trabajando en ella justo antes de sufrir el accidente. De haber tenido ocasión, él mismo la habría guardado en el lugar correcto.
El guardia de seguridad la siguió hasta el microscopio y, después de echar un vistazo, negó con la cabeza.
–Lo siento, señora, pero va a ser imposible. No puedo permitir que toque nada hasta conseguir la autorización pertinente. Tendrá que hablar con el director -dijo, proporcionándole las indicaciones precisas para encontrar las oficinas de administración. A continuación le hizo señas de
que abandonara el laboratorio. Caroline obedeció a regañadientes, no sin dirigir al guardia una mirada gélida al cruzar la puerta.
Bruce Ransom dirigió una mirada ansiosa al reloj, comprobando, consternado, el inexorable avance del minutero. Cada paso representaba una disminución del breve período de tiempo que le quedaba para completar el esquema de investigación en el que estaba trabajando. Se había planteado llamar a Ted Cummings para retrasar su cita, pero sabía que Ted estaba impaciente por encarrilar el proyecto, más allá de que Frank les hubiera fallado en tan mal momento. También a Bruce empezaba a ponerle nervioso el trabajo, más que nada por sus sinceros deseos de quitárselo de encima y poder pasar a la parte buena. Era un trabajo aburrido, simple repetición y confirmación de algo que ya había llevado a cabo antes sin la documentación necesaria; aun así había aceptado el cometido, a sabiendas de que la financiación del proyecto subsiguiente, más vasto e interesante, dependía de que presentase los documentos en cuestión.
Todavía recordaba su reacción el día en que había descubierto que la
«huella corporal» de cualquier bacteria podía ser utilizada para reproducir una imagen holográfica tridimensional; procesando ese holograma con un programa de animación en 3-D, había conseguido que el bichito en cuestión se marcara unos pasos de baile ante sus propios ojos. El truco se las traía; sólo faltaba añadir unas napias y un sombrero para transformar a la criatura en una versión bacteriana de Jimmy Durante. Podía grabar todos los movimientos de la animación y estudiar el menor detalle deteniendo la acción en cualquier punto del desarrollo.
La reacción general había sido más bien fría, hasta que Bruce había explicado que el procedimiento se diferenciaba significativamente de otras clases de animaciones 3-D por ordenador: su versión se basaba en seres vivos reales, y podía duplicarlos hasta en sus células individuales. Bruce, uno de los principales colaboradores en el desarrollo de la técnica de toma de huellas, sabía que una huella corporal individual podía desglosarse en los diversos sistemas, tales como el sistema circulatorio, el esqueleto, el mapa neurológico, etcétera, y que esos sistemas podían analizarse por separado.
Había dicho a la junta: «¿Y si pudiéramos utilizar esta información para que quienes padecen parálisis en algún miembro aprendan a controlar sus cuerpos por robótica informática adaptada a cada caso individual?»
Y si bien la categoría científica de Ted Cummings, el director del instituto, había sido objeto de chanzas por parte de algunos de sus colegas, sabía reconocer las ideas brillantes cuando topaba con ellas de narices.
Dado el escaso número de experimentos de primera que se habían realizado en los últimos tiempos, el instituto activó de inmediato toda su maquinaria pesada, con Ted de capitán, astuto obtentor de acuerdos políticos, llevando sin fallos el timón del venerable establecimiento a través de una serie de actos de presentación traducidos en sendas subvenciones, además de, cosa curiosa, ocuparse él mismo de la mayor parte del trabajo de laboratorio inicial. Esto último suponía para Ted una ruptura con sus costumbres, y Bruce lo interpretaba como que su jefe quería participar en un experimento con premio seguro, sin por ello tener que involucrarse en la fase más sustanciosa y exigente. Aplausos y elogios suponían un poderoso incentivo para cualquiera, incluso para un administrador de talento que rara vez tenía que ponerse los guantes de látex para justificar su paga. A lo mejor le toca renovación de contrato, pensó Bruce con cinismo. La intervención de Ted en la fase experimental no cuadraba para nada con su perfil, puesto que había pasado los últimos once años dirigiendo las actividades de un grupo de investigadores altamente cualificados, todos ellos capaces de hacerle morder el polvo en el laboratorio.
Una de las virtudes más positivas de Ted era su propensión a la puntualidad; por eso, cuando el timbre del intercomunicador se puso a sonar de repente, Bruce tuvo tentaciones de estamparlo contra la pared.
Pero bueno, ¿se puede saber qué hago yo con tanta agenda y tanta filfa?
En el fondo era lógico. El instituto lo había contratado justo al acabar la residencia. Bruce, que ya había aceptado una lucrativa beca de investigación, renunció a ella para trabajar en un ambiente de tecnología punta. Nunca había tenido ocasión de ejercer de médico; lo habían engatusado para que aceptara un empleo en investigación genética, una línea que, según reconocía él mismo, tenía muchos alicientes: el trabajo era interesante, le daba innumerables ocasiones de viajar y adquirir prestigio, y nunca lo habían llamado en plena noche para atender un parto.
Eso sí, el empleo había introducido cambios drásticos en su vida. Se había mudado de Boston a California casi de un día para otro, y luego a Inglaterra, viendo aniquilados sus planes de llevar una vida tranquila montando consulta propia.