La plaga

Ann Benson · Capítulo 17 de 40

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La plaga

Trece

Alejandro contempló el desfile de las tropas reales por el patio de armas de Windsor. Todos los soldados compartían un mismo anhelo: recibir órdenes que les permitieran salir del castillo y gozar de la libertad perdida.

El médico se hallaba en compañía de sir John Chandos, cuya sumisa expresión era la de quien, resignado a cumplir con una obligación desagradable, sigue rezando para sus adentros por que se le conceda el indulto.

–¡Con qué entusiasmo se ofrecen para desafiar a la peste! – dijo Chandos con tristeza-. Consideran este viaje maldito como un gran honor para el elegido.

Son tan jóvenes…, pensó Alejandro. No hay ninguno que me aventaje en edad. Se volvió hacia sir John y dijo:

–¿Cuál de ellos tiene más posibilidades de salir ileso?

La mirada del caballero se paseó por la formación, escrutando a todos los voluntarios hasta detenerse en un joven apuesto y de aspecto saludable.

Se quedó mirándolo un rato con expresión muy seria, y al cabo vociferó:

–Matthews, tu rey te ha concedido un gran honor. Vas a representarle en una misión de considerable importancia para la princesa Isabel.

Acompáñame.

Alejandro usó lo que quedaba de las hierbas traídas de Francia para dotar a los jinetes de dos máscaras protectoras. Advirtió a Matthews que no bebiera, comiera ni tocara nada, y que en ningún momento dejara de cabalgar lo más rápido posible.

Desde la torre de defensa, Alejandro y Adele se asomaron a una ventana para ver a Matthews subir al caballo, volverse hacia quienes le observaban y saludar. El soldado atravesó el portón a todo galope, quedando oculto por la polvareda.

–Que Dios lo acompañe -dijo Adele.

–Y que no lo desvíe de su camino -añadió Alejandro.

Alejandro envió a Kate un mensaje en que cancelaba su partida de ajedrez de la tarde. Su deber era asegurarse de que Matthews y Reed, el sastre, se instalaran en sus aposentos temporales, y sir John le había anunciado que llegarían poco antes de la noche.

Mientras supervisaba los detalles de última hora en la capilla transformada en vivienda, el médico se preguntó si alguno de sus moradores saldría vivo de ahí. Fuera del recinto de Windsor había perecido media humanidad, lo cual hacía esperar que de los dos viajeros uno como mínimo contrajera la peste. Sólo Dios sabía cuál. Alejandro rezó en silencio por que ambos salieran sanos y salvos.

Sin embargo, de extinguirse la peste, mi presencia en Windsor sería inútil, y pensarían que estoy de más. Nadie se acordaría de mis servicios, aun debiéndome la vida y el porvenir. Y ya no vería a Adele.

Pensó en Kate, curtida ya a tan tierna edad por lo dudoso de su posición.

¿De dónde había sacado fuerzas aquella niña para crecer con tanto desparpajo, sabiéndose anónima y sin poder alguno en un lugar en que quienes la rodeaban podían cumplir todos sus deseos sin más justificación que su alto linaje? Su bastardía, mi disfraz… No son muy distintos, pensó.

Ninguno de los dos es quien es; no tenemos nombre. Era eso lo que más temía Alejandro, el anonimato, el riesgo de vivir una vida sin grandes logros y morir solo e ignorado.

¡Jinetes a la vista!

El grito del vigía se oyó cuando faltaban pocos minutos para la noche, y suscitó gran ajetreo en el patio del castillo. Alejandro, subido a una de las torres de Windsor, aguzó la vista, pero tardó bastante en divisar el jubón rojo que llevaba Matthews al salir del castillo. Su acompañante se bamboleaba sobre un caballo cargado en exceso. Protegidos ambos por sus máscaras, formaban una extraña pareja.

Lo absurdo de su aspecto no hizo que fueran menos bienvenidos. Los ocupantes del castillo tenían tanta hambre de noticias que esperaban su llegada cual si se tratara de la de algún noble emisario extranjero o dignidad eclesiástica.

El médico bajó por la escalera a toda prisa, y, encontrando en el patio a sir John, le dio instrucciones sobre cómo debía dejarse entrar a los viajeros.

–Que Matthews y Reed descarguen sus monturas extramuros y las dejen en el corral exterior. A continuación deberán quitarse las prendas externas y las botas. En cuanto pasen por debajo del rastrillo deben encaminarse directamente a la capilla sin tocar a nadie. Dentro de la capilla encontrarán ropa limpia que les permitirá recuperar un aspecto más decente.

Pese a la seriedad con que hablaba Alejandro, sir John no pudo reprimir la risa.

–Me parece que Matthews no es especialmente reacio a ir sin ropa, ni siquiera en presencia de mujeres; es muy consciente de sus encantos, y suele jactarse de sus capacidades amatorias. Cuando atraviese el patio, lo más probable es que ande pavoneándose sin la menor vergüenza. Dudo que eche a correr.

–Sea cual sea el caso, no debe detenerse ni acercarse a nadie. El camino que siga tendrá que ser rápido y directo.

Alejandro se fijó en la multitud que se agolpaba en el patio, mucho más nutrida que unos minutos antes. Tanto Isabel como el Príncipe Negro se hallaban ya entre los curiosos y enfebrecidos espectadores. Para mayor desbarajuste, se oyó anunciar la llegada del propio rey Eduardo. Aun absorto en la compleja tarea a la que se enfrentaba, Alejandro no pudo evitar buscar a Adele con la mirada. Fue recompensado por la visión de su cobriza y lustrosa cabellera. Se miraron a los ojos, y Alejandro recibió de Adele una sonrisa, breve tregua en la confusión que lo rodeaba.

Cobró nuevas fuerzas. ¡Tengo que hacerme con el control de la multitud!, pensó, al borde del pánico. ¡Si no, la entrada de los viajeros no se ajustará a mis planes! Se encaramó de un salto a un banco de piedra y agitó los brazos con frenesí, procurando captar a gritos la atención del ruidoso gentío. Una vez aplacado el vocerío, sorprendió a su auditorio dirigiéndose a él con un inglés vacilante pero comprensible.

–Quien no quiera arriesgarse a contraer la peste debe alejarse del camino.

La inquietud se tradujo en un murmullo generalizado. Alejandro saltó a tierra y se dirigió con paso firme al rastrillo. Tomando prestada un asta de bandera de uno de los guardias, trazó una raya en el suelo desde el portón a la capilla, apartando a la multitud que se interponía en su camino. Después dibujó otra raya paralela en sentido contrario, formando con ambas un ancho camino por el que los jinetes podrían encaminarse a la capilla.

–Dejadles vía libre. Bajo ningún concepto debe obstaculizárseles el paso; no intentéis tocarlos, ni entregar o recibir objeto alguno que podáis o puedan ofrecer. Todo aquel que pase de esta línea se contagiará con toda seguridad de cualquier dolencia de que puedan ser portadores estos hombres.

Los curiosos se apresuraron a reagruparse del otro lado de la barrera imaginaria de Alejandro, y no tardó en apoderarse de ellos un silencio expectante. Alejandro se acercó al rey, que se hallaba en el centro del patio en compañía de la reina Felipa, a considerable distancia de la línea.

–Majestad, lamento las molestias. Los viajeros estarán preparados dentro de unos minutos, y, si es vuestro deseo, los guardias se encargarán de dispersar a la multitud.

–Lo cierto, doctor Hernández, es que me gustaría conversar con esos hombres una vez que estén instalados. Y no quisiera dejar sin diversión a la multitud, cuya ansia de noticias comparto. Gobernar mi reino me es del todo imposible si no estoy al tanto de lo que sucede dentro de él.

Alejandro se dio cuenta de que debería haber previsto aquella posibilidad; no lo había hecho, y no tenía respuesta preparada. Tal como estaban las cosas, tendría que acelerar el proceso para complacer al rey.

–Majestad -dijo, improvisando la explicación sobre la marcha-, no podrán reunirse con vos antes de cierto tiempo. Es necesario confinarlos y ocuparse de sus pertenencias. Os suplico paciencia.

Pero Eduardo, que casi estaba tan cansado de su encierro como su impetuosa hija, dirigió a Alejandro una mirada cargada de hostilidad y le habló con tono de ira contenida.

–Muy bien -dijo-, volveré a mis aposentos privados; pero os concedo una hora para organizar mi entrevista con nuestros «invitados». Os aconsejo que estén preparados. Buenas tardes, maese médico.

Aunque la reprimenda del rey no lo dejó indiferente, Alejandro dejó sus sentimientos para más tarde y se encaminó al torreón de entrada. Tenía demasiado trabajo por delante para permitir que lo afectaran las malas palabras del monarca. ¡Una hora!, pensó. Con eso no tengo ni para empezar.

Corrió al torreón y abrió la mirilla del rastrillo, viendo a Matthews y Reed con sus extrañas máscaras picudas que los asemejaban a grandes aves. Les pidió que se las quitaran, cosa que hicieron. Una de ellas aterrizó al lado mismo de la valla baja que limitaba el recinto para los caballos. El caballo de Matthews bajó la cabeza y husmeó la máscara con curiosidad antes de llevársela a la boca. Decidiendo que no era de su gusto, la dejó caer y se apartó de la valla para dar un empujoncito juguetón al otro caballo.

Alejandro, demasiado preocupado por lo que sucedía intramuros, no dio importancia al incidente. Utilizó la misma vara con que había trazado el

camino para pasar al otro lado del rastrillo dos capuchas de tela gruesa que los dos viajeros se pusieron en la cabeza a petición suya.

Ataviados de forma tan extraña, soldado y sastre ofrecían un espectáculo tan sorprendente como chusco. De no estar al tanto de su misión, los observadores podrían haberlos tomado por participantes de algún antiguo ritual pagano, o acaso de una farsa circense. Matthews entró en el patio con paso resuelto; el sastre, en cambio, vacilante y temeroso, no dejó de mirar alrededor con expresión asustada mientras recorría el camino a la capilla. En sus anteriores visitas a Windsor le habían dedicado una recepción más elegante y majestuosa. ¡Cuál no sería su vergüenza al pasar junto a su protectora hecho unos zorros!

En cuanto vio a su sastre, Isabel se puso a dar saltos y palmadas como una niña, cobrando audacia déla ausencia de sus padres.

–¡Bienvenido, monsieur Reed, y felicidades, Matthews! ¡Los dos recibiréis generosa recompensa por vuestra valentía!

La multitud entendió las declaraciones de Isabel como una señal que les permitía dar rienda suelta a su entusiasmo. Un coro de vítores turbó la calma del crepúsculo, bienvenida digna de un héroe de guerra que trajera consigo a un rehén liberado. Recreándose en su pasajera celebridad, Matthews correspondió a los aplausos con saludos e inclinaciones más propias de un cortesano que de un soldado. Entró en la capilla contoneándose como un gallito, seguido por el perplejo sastre.

Como ya no había nada que ver, la muchedumbre se dispersó en un santiamén; sólo Alejandro se quedó para hablar con los viajeros. Colocado a distancia prudencial de una de las ventanas, se dirigió en primer lugar al soldado.

–Os felicito por haber tenido éxito en vuestra misión y haber vuelto sano y salvo, Matthews. En el armario encontraréis ropa limpia, pan y cerveza. He procurado prever todas vuestras necesidades, a fin de que os sintáis cómodo en vuestro encierro forzoso.

Pese a la perspectiva de pasar dos semanas recluido junto a aquel sastre de aspecto adusto, Matthews estaba de buen humor.

–Parece que os habéis olvidado de la compañía femenina, doctor -

bromeó.

–¡Es verdad, tonto de mí! – se disculpó Alejandro, agradeciendo el buen humor del soldado-. De momento tendréis que conformaros con la de

monsieur Reed.

Matthews se encogió de hombros y dedicó un gesto burlón al sastre, que, sentado en la cama, no hacía más que mirar al suelo, incapaz de sobreponerse a la perplejidad en que lo había sumido su nueva situación.

–Más tarde, quizá -dijo Matthews-. Ahora mismo está familiarizándose con su nuevo hogar. En cuanto a mí, el viaje me ha dejado sin fuerzas para nada. No tardaré en retirarme a mi suntuosa cama… -Señaló la estera de paja-. Solo, por desgracia.

–Debo pediros que os mantengáis despierto un tiempo todavía. El rey quiere hablaros en persona.

Matthews volvió a encogerse de hombros y comentó:

–Yo me veo capaz de seguir despierto un rato, pero es posible que el estado de maese Reed no le permita presentar sus respetos esta noche.

El rey, convocado por Alejandro, acudió de inmediato; estaba impaciente por saber cómo iban las cosas en el mundo exterior, pero las noticias de Matthews no eran muy alentadoras.

–Por todas partes hay casas abandonadas. Los campos están sin segar, majestad; las cosechas se pudrirán si nadie hace nada por remediarlo, pero la población está tan diezmada que temo que no haya hombres en condición de trabajar.

A continuación, Matthews relató lo que había visto durante el corto espacio de tiempo en que el sastre reunía sus materiales y pertenencias.

–Hay un llano cerca donde se dice que han enterrado a cientos de personas; y no os miento si os digo que el llano parecía recién arado, tal era la profusión de tumbas recientes. En la abadía sólo quedan dos sacerdotes, y no hay mucha actividad, ni divina ni de cualquier otra clase. A falta de sacerdotes que los atiendan, los muertos parten sin confesión al encuentro de su Creador, y los supervivientes se quedan encerrados en sus casas por miedo al contagio.

Alejandro, que no se había alejado de la capilla, presenció la conversación del rey con el soldado. Al progresar el relato, y disiparse toda duda sobre la dura crisis que afligía a Inglaterra más allá de los muros de Windsor, vio apoderarse del rostro de Eduardo una expresión enormemente desolada. El rey guardó silencio. Después de semejantes nuevas, poco podía decirse.

Matthews se quedó sin hablar durante unos minutos, esperando cortésmente la intervención de su rey. A falta de comentarios por parte del pensativo monarca, pidió permiso para añadir algo. El rey se lo concedió con un gruñido.

–Majestad -dijo el soldado prisionero-, no cabe duda de que ha llegado el fin del mundo que conocíamos.

La princesa Isabel consiguió no hacer acto de presencia hasta la mañana siguiente. Alejandro, que dormía en un catre en la torre de entrada cercana a la capilla, se vio despertado por un guardia, y recibió con un hondo suspiro la noticia de que la princesa lo esperaba fuera.

–Buenos días, doctor Hernández -trinó la joven, toda alegría-. Quisiera haceros unas preguntas acerca de las condiciones del confinamiento de maese Reed.

Alejandro era consciente de la imposibilidad de deshacerse de la princesa, por muy cansado que estuviera. No dejaría de importunarlo hasta recibir de él la información que buscaba.

–Decid, princesa, ¿qué deseáis que os aclare? – preguntó con fingida cortesía.

–Quisiera saber hasta qué punto puedo acercarme a las ventanas de la capilla, y si sería posible introducir en ella esbozos de ideas para nuevos vestidos, a fin de someterlos a la consideración de maese Reed. Darle ocasión de trabajar en los preparativos mientras permanece en sus

«aposentos» temporales será sin duda un modo de acortar su visita. No quisiera causarle excesivas molestias.

Como si no fuera molesto pasar dos semanas de cuarentena, pensó Alejandro.

–Podrá recibir vuestros esbozos -dijo el médico con frialdad-, mas no por vuestra propia mano. Se los pasaremos por la abertura de servicio. Si me los dais, no tendré el menor inconveniente en hacer que lleguen a su poder.

La princesa no cabía en sí de felicidad, y expresó con el más alegre de los tonos su intención de enviar unos pergaminos de creación propia que, según dijo, debían ser manejados con el mayor cuidado y entregados directamente al sastre lo antes posible. Es como si hubiera olvidado por completo nuestra agria discusión, se admiró Alejandro, viendo alejarse a la princesa. Se comporta como si todo el asunto hubiera consistido en una

agradable cooperación encaminada a un objetivo que a los dos nos fuera grato. No ve nada raro en que sus exigencias provoquen tanto revuelo.

Poco después de marcharse Isabel, llegó Adele con el rollo de dibujos.

Alejandro se mostró encantado con su visita, que le daba ocasión para interrumpir brevemente su vigilancia.

–Lady Throxwood -dijo cogiendo los pergaminos-, vuestra presencia me alegra el corazón.

–Más se alegra el mío, monsieur. Al saber que la princesa buscaba un mensajero para sus dibujos, no he dudado en ofrecerle mis servicios. Al principio ha vacilado en encomendarme la misión, porque le parecía de índole demasiado baja; yo, sin embargo, la he convencido de que obras tan importantes como éstas deben ser entregadas por alguien que comprenda su valor.

–Adele -dijo Alejandro, cometiendo la osadía de llamarla por su nombre de pila-, la princesa no podía haber hecho mejor elección. Lo grato de vuestra compañía me hace lamentar que nuestras entrevistas sean tan escasas.

Disfrutando de aquella ocasión cogida al vuelo, intercambiaron unos pocos comentarios sobre el orden del día; después, Adele se despidió muy a su pesar, diciendo que Isabel la esperaba, y que si advertía su tardanza enviaría a otra dama en su busca.

–Siento que nuestros caminos se crucen en tan pocas ocasiones -dijo Alejandro con tristeza.

–En tal caso, tendremos que hallar motivos para modificarlos, y hacer que sean más de nuestro gusto -contestó Adele-. Buenas tardes, doctor.

Espero con impaciencia nuestro próximo encuentro.

Alejandro la vio alejarse con el alma en vilo, y no le fue fácil volver a su tarea. Después de comprobar que Matthews y Reed se encontraran bien, localizó a sir John y le dijo:

–Todo parece seguir su curso normal. Haced el favor de transmitir estos pergaminos a maese Reed por la abertura de servicio. Me voy a mis aposentos. Tengo la imperiosa necesidad de tomar un baño.

Después de dar gracias al caballero por su diligencia, el médico regresó a sus aposentos del ala sur del castillo para bañarse en la intimidad.

Despidió al criado que le había preparado el agua caliente y, despojándose de sus ropas, se metió en la humeante tina. Se restregó a fondo todas las

partes del cuerpo, como si quisiera quitarse de encima su desagrado por la ridícula actividad en que acababa de participar.

Meses después de ser marcado, seguía teniendo la cicatriz al rojo vivo.

No tardaría en ponérsele más clara, y, aunque nunca llegara a desaparecer del todo, quizá algún día -si estoy vivo, pensó- le permitiera volver a llevar abierto el cuello de la camisa.

Al rayar el alba del cuarto día de confinamiento, el criado de Alejandro lo sacó a la fuerza de un sueño en que, como de costumbre, sufría la turbulenta persecución de un espectro. Los tirones y pellizcos del criado eran como los de un niño impaciente exigiendo la atención de su madre.

–¡Monsieur! ¡¡Monsieur!! ¡Os llaman en la torre de entrada!

¡Levantaos, que sir John requiere vuestra presencia!

Alejandro, todavía medio atontado, se restregó los ojos y divisó los rasgos borrosos del desdentado anciano cuya proximidad se veía delatada por lo fuerte de su aliento. Se levantó y vistió a toda prisa, hecho lo cual siguió al guardia por los laberínticos pasillos que llevaban al patio principal.

La velocidad a la que caminaba el soldado revelaba lo importante de la misión. Todo indicaba que durante la noche había ocurrido un hecho de gran trascendencia.

Alejandro devolvió el rápido saludo del caballero con una presurosa inclinación, y, sumamente inquieto, preguntó si lo había hecho llamar por Matthews o por Reed.

–Ni uno ni otro -contestó el atribulado sir John-. Se trata del caballo.

El caballo de Matthews brincaba por el vallado sin motivo aparente, resoplando y echando espuma como loco. Empezaba a trazar un amplio círculo y, de pronto, se encabritaba y cambiaba de dirección. De cuando en cuando corría hasta la valla y restregaba contra la madera sin pulir su cuello cubierto de espumarajos, dejándolo en carne viva, en un esfuerzo inútil por aliviar sus atroces dolores. La hinchazón de sus tobillos era patente. El mero hecho de moverse provocaba un terrible sufrimiento al pobre animal.

–¿Cuánto tiempo lleva comportándose así?

–Ayer noche, antes de retirarme, lo vi bastante nervioso, pero eso no es del todo anómalo en un caballo macho, sobre todo si huele la presencia de una hembra en celo. Me acosté sin darle mayor importancia, pero esta mañana seguía corriendo y saltando de un lado para otro. Nunca he visto a un caballo hacer cosas tan extrañas, ni siquiera en enfermedades como la

hidrofobia o los retortijones de estómago que afectan hasta a los ejemplares más fuertes. No entiendo esta extraña danza, pero estoy seguro de que no está bien. Se me ha ocurrido que quizá fueran síntomas de peste, y he decidido consultaros de inmediato.

–Habéis hecho bien -dijo Alejandro-. Si este animal está apestado, temo lo peor para Matthews y el sastre.

Sir John echó un vistazo a la capilla antes de volverse hacia Alejandro y decir:

–En tal caso, no cabe duda de que lo he enviado a la muerte, y recaerá sobre mi conciencia.

Alejandro miró al caballero, apiadándose de su difícil trance, y dijo lo que el capitán no podía decir sin incurrir en traición:

–No es vuestra ni mía la culpa, señor, sino de la princesa y de su padre, que todo lo consiente. El tiempo nos dará la respuesta que buscamos. Si tenemos suerte, no habrá culpas que repartir. Sometamos al animal a estrecha vigilancia. Tal vez no tarde en recuperarse, y nuestros temores queden sin fundamento. Entretanto, no se lo comentemos a nadie.

Sus temores no quedaron sin fundamento. El caballo siguió dando brincos con mayor impetuosidad, y la frecuencia con que se rascaba el cuello fue a más, hasta el punto de que casi no le quedaba piel intacta. Al cabo de unas horas, pareció tranquilizarse, pero el cambio no podía ser atribuido a mejora alguna en la salud del animal: sencillamente, se había quedado sin fuerzas. Acabó por plantarse en medio del pequeño cercado; su resuello, que podía oírse desde la mirilla del rastrillo, imprimía un movimiento irregular a sus flancos. Empezó a perder el equilibrio, y, pese a sus valientes esfuerzos por mantenerse en pie, acabó vencido por el cansancio. Al derrumbarse, se oyó el terrible crujir de un hueso roto.

Alejandro se cubrió la cara con ambas manos, incapaz de presenciar los estertores finales del en tiempos brioso corcel.

–Seguid manteniendo el secreto, sir John.

Afligido y con la cabeza gacha, el curtido combatiente lo vio marchar.

Alejandro se encaminó a la capilla, donde encontró a Matthews asomado a los barrotes de madera, observando a sus camaradas hacer prácticas de espada en el patio. Tenía buen aspecto, y no se había quejado de nada, pero Alejandro no estaba dispuesto a fiarse de que Matthews fuera capaz de

reconocer los síntomas de mayor peso en el diagnóstico. Después de saludarlo, le preguntó cómo se encontraba.

–Bien, gracias -contestó el soldado sin vacilar-. Más que nada envidio a mis compañeros de la guardia, que están haciendo prácticas sin mí. De tanto no hacer nada me va a salir tripa, y estoy más amodorrado que un gusano.

Esto último llamó la atención del médico, que siguió adelante con las preguntas.

–¿Os notáis cansado o con ganas de dormir?

–Ya le he dicho que estoy amodorrado, señor, pero estoy seguro de que se debe a la vida ociosa que llevo en esta celda tan pequeña.

–¿Habéis tenido dolor de cabeza o rigidez de cuello?

–Por suerte no -contestó el soldado-. Doctor, os aseguro que estoy perfectamente sano.

Alejandro dio fin a su entrevista con Matthews y escrutó la penumbra de la celda en busca de Reed. Sus ojos acabaron por posarse en una oronda silueta inclinada sobre la mesa, absorta en lo que parecían ser los dibujos de la princesa. Estuvo a punto de llamarlo, pero renunció a ello para no alarmar al sastre sin necesidad. No por ello dejó de pasar el día en las inmediaciones de la capilla, por si se daba el caso de que el estado de los cautivos sufriera un cambio repentino.

Cuando volvieron a llamarlo a la mañana siguiente, tuvo la seguridad de que no era por el caballo.

Al llegar a la capilla, encontró a sir John a considerable distancia de las barras de madera. Tenía detrás a toda su compañía, presa de una gran inquietud, y engrosada por momentos por la llegada de diversos moradores del castillo, algunos en ropa de dormir. Se había corrido la voz de que algo andaba mal en el patio.

Alejandro vio a Matthews acurrucado en una esquina de la capilla, de espaldas a la pared, poseído por un agudo terror; y no era para menos, ya que James Reed, el sastre, estaba caído sobre la mesa, con su mejilla regordeta descansando sobre los pergaminos de la princesa y los ojos abiertos, como si siguieran mirando más allá de la muerte. Un hilillo de vómito colgaba de su boca, torcida en un ángulo extraño que sólo podía darse en ausencia de todo control muscular. El médico pensó que, de no ser por lo horrible de la situación, la expresión perpleja del sastre podría haber dado pie a la sonrisa.

Matthews, al contrario, no hallaba ningún rasgo humorístico en su propia situación. En cuanto vio a Alejandro corrió a la ventana y, aferrado a los barrotes, empezó a sacudirlos con fuerza, tratando de huir del espantoso cadáver con el que compartía celda.

–¡Doctor, dejadme salir, os lo suplico! ¡O moriré sin remedio!

Alejandro dio media vuelta y, sustrayéndose a la compasión, se alejó, haciendo oídos sordos a los gritos y enloquecidos ruegos de Matthews.

Después de formular una serie de preguntas a sir John, se dispuso a solicitar audiencia al rey.

Eduardo recibió a Alejandro en su acogedora sala de estar, y le invitó a tomar asiento en una silla acolchada, advirtiendo de inmediato su inquietud.

–Intuyo que no os trae nada bueno a mi presencia. ¿De qué lúgubres nuevas sois portador?

–Majestad, el sastre Reed ha sido hallado muerto esta mañana en la capilla, y, si bien Matthews todavía no se ha contagiado, temo que no tardará en seguir los pasos de Reed.

Eduardo meditó sobre lo que acababa de oír con rostro inexpresivo.

–¿Qué medidas exige la situación? – acabó por preguntar a Alejandro.

–Majestad -contestó éste-, aunque cualquier persona civilizada lo encuentre abominable, creo que para proteger a quienes viven en el castillo debemos plantearnos la siguiente opción.

Hizo una pausa y, después de respirar hondo, expuso su plan a grandes rasgos. El rey escuchó atentamente.

–Tenéis mi permiso para ponerlo en práctica. Y quiera Dios que haya una justificación real para vuestros actos, o tened por seguro que arderéis en el infierno.

Alejandro no albergaba la menor duda.

Mientras Matthews seguía gritando, los espectadores fueron desalojados del patio, en cuyo centro amontonó leña un grupo de soldados. ¿Qué ha sido de la valentía de este hombre?, se preguntó Alejandro, pues los incesantes sollozos y ruegos del robusto cautivo ofrecían una imagen muy alejada de la habitual en él.

Sir John ordenó a los demás soldados que formaran en torno a la pira, a la que se habían añadido ramitas y hojas secas.

–¡Preparad una flecha y sacad los arcos! – vociferó, viéndose prestamente obedecido por sus hombres.

Se dirigió a la puerta de la capilla, la desatrancó y volvió a donde Matthews pudiera verlo y oírlo sin problemas, mientras el horrorizado prisionero seguía su recorrido con la mirada.

–¡Matthews! Recuerda quién eres, y a qué rey sirves -dlijo sir John, e, interrumpidas las llorosas súplicas de Matthews, ordenó-: Saca el cadáver del sastre por la puerta y colócalo encima del montón de leña.

La mirada de Matthews se paseó por los rostros marmóreos del médico y sir John en busca de algún indicio de piedad. Consciente de que, si miraba a los ojos del soldado, toda su resolución se vendría abajo, Alejandro mantuvo la vista fija en el suelo, mientras Matthews hacía bascular de la silla al cadáver de Reed y lo cogía por los tobillos.

Con esfuerzos considerables, dada la corpulencia de que había hecho gala Reed en vida, Matthews arrastró al fofo y poco servicial cadáver por el suelo de piedra hasta que, alcanzada la puerta, soltó los tobillos y la abrió lentamente. Su vista topó con las decenas de flechas con que le apuntaban sus compañeros de tantas y tan encarnizadas batallas en que había recibido honra y prez. No hubo ninguno que se mostrara sensible a su mirada de súplica.

Arrastró el cuerpo rechoncho de Reed por el patio de tierra y, tras arduos forcejeos, consiguió dejarlo encima de la leña. Puesto en pie, se encaró con sus compañeros, que lo tenían rodeado.

Sir John levantó la espada y exclamó:

–¡Listos!

Todas las cuerdas fueron tensadas a una. Matthews no se movió.

–¡Apuntad! – dijo el capitán.

Los arqueros concentraron la vista en la flecha. Matthews se cubrió los ojos con la mano.

Sir John bajó la espada, y decenas de flechas hendieron el aire con un silbido, atravesando casi todas el cuerpo de Matthews en un abrir y cerrar de ojos.

Después de ver caer a Matthews, sir John tomó el arco del soldado que tenía más cerca y sacó del carcaj una de sus propias flechas, cuya punta envolvió en una tira de tela empapada en parafina que acercó después a una antorcha. Apuntando con cuidado, disparó el proyectil incendiario, que cayó en pleno montón de leña. Las hojas y ramitas prendieron de inmediato, y un fuego rugiente se elevó hacia los cadáveres para devorarlos.

Sir John miró a los arqueros que lo rodeaban y dijo:

–Sólo Dios sabe qué arco ha disparado la flecha mortal. Dejaremos en Sus manos el juzgarnos a todos.

–¡Demonios! ¡Monstruos! ¿Qué horrible fechoría habéis cometido?

Isabel, impotente, veía arder al otro lado del rastrillo una hoguera cuyo combustible consistía en rollos enteros de seda y lino e importantes cantidades de fino encaje. La angustia de ver consumirse las galas que había estado esperando durante tanto tiempo le impedía estarse quieta; incapaz de soportarlo, cifró su dolor en un patético sollozo, mientras se aferraba a Adele para no caer.

Alejandro asistió desde lejos a los esfuerzos de Adele por tranquilizar a su airada señora. ¡Qué fútil!, pensó con rabia. Adele se mostró incapaz de interrumpir la espléndida actuación con que Isabel, recurriendo a todo su talento, deleitaba a la muchedumbre reunida en el patio. El médico, indignado, se preguntó qué habría sido del dolor de la princesa por la muerte de Reed. Movió la cabeza con asco y se alejó del escenario de los hechos.

Por la noche, su sueño volvió a verse turbado por la imagen de Carlos Alderón, llena de una furia y un vigor inusitados. Esta vez, sin embargo, se sumaba al herrero el espectro de Matthews, que lo perseguía con el cuerpo atravesado de flechas. Del chocar de unas flechas contra otras nacía una música extraña e inquietante.

Aunque la misión de Matthews no hubiera dado fruto, Alejandro no quiso liberar a Isabel de su parte del trato. Con insospechada prudencia, el rey se negó a prestar oídos a las lloriqueantes peticiones de su hija, y corrieron rumores de que la caprichosa joven empezaba a caer antipática a su propio padre. Sólo la paciente y leal Adele parecía capaz de soportar a la princesa, que se había ganado el rechazo de casi todos los demás ocupantes del castillo. Por fin, en el transcurso de uno de sus encuentros, cada vez más frecuentes pero todavía clandestinos, Alejandro se atrevió a preguntar a Adele el motivo de dicha situación.

–Hay dos pensamientos que se enfrentan dentro de mí -dijo-. Por un lado, admiro la paciencia con que hacéis frente al mal genio de Isabel; por el otro, aborrezco el que solicite de vos una indulgencia sin límites. Yo no me consideraría capaz de aguantar sus insultos con tanto éxito.

El florido halago hizo sonrojarse a Adele.

–Antes de juzgarla, os ruego que tengáis en cuenta su situación. Pese a las notables ventajas que le otorga su posición, no tiene admiradores ni pretendientes serios. ¡Y eso que ha cumplido dieciséis años! Al menos yo gozo de la admiración de un gentil caballero que profesa la medicina con talento y buen criterio. La pobre Isabel no es muy afortunada en amores, como no lo es su padre en sus intentos de emparejarla. Se ha prometido dos veces, y aun así sigue soltera.

El corazón de Alejandro sintió como una caricia la confesión de que Adele recibía con gusto sus atenciones.

–No creo que a su edad tenga por qué preocuparse -dijo-. Vos misma sois mayor que ella, y tampoco os habéis casado. Nunca os he oído quejaros al respecto.

Viendo lo triste que se ponía Adele, Alejandro lamentó de inmediato haberse expresado tan torpemente.

–No me quejo de mi condición -dijo la joven-. Es cierto que nadie ha pedido mi mano, y lo más probable es que las cosas sigan igual hasta que Isabel esté ocupada con los preparativos de su boda. Corresponde al rey entregarme al hombre que él mismo haya escogido, pero no lo hará sin el consentimiento de la princesa. Ese consentimiento sólo se dará el día en que mi presencia deje de ser necesaria.

No había nada que decir, y Alejandro no intentó contestar. Isabel no renunciaría a su mejor amiga y única partidaria mientras no se lo dictara el interés. Alejandro, avergonzado por su falta de tacto, pidió disculpas por las molestias que hubiera podido ocasionar a Adele.

–No debéis preocuparos por mí -dijo la joven, bajando la mirada-.

Nunca he tenido quejas sobre mi posición en la corte, ni he dado muchas vueltas a la idea de casarme. No ganaría nada con ello, puesto que carezco de familia a quien pueda beneficiar un matrimonio afortunado. Mi familia se reduce a Isabel. En su entorno disfruto de beneficios que a pocos les son concedidos. Siempre me he sentido satisfecha. – Miró a los ojos a Alejandro-. Hasta ahora.

Y, por fin, Alejandro la abrazó, como había deseado hacer desde que la había visto por primera vez, aferrándose a su encendida cabellera con manos temblorosas.

Alejandro estaba sentado frente a una mesita en los aposentos privados de Eduardo, y veía danzar en la pared opuesta largas franjas de luz

vespertina. Había acudido a la audiencia por deseo expreso del rey, cuyo repentino llamado lo traía bastante inquieto. La puerta se abrió bruscamente, y Eduardo entró en la sala con un par de zancadas. Alejandro se apresuró a ponerse en pie y saludar con una inclinación. El rey le hizo señas de que volviera a sentarse. Será una entrevista breve, pensó. Está preocupado y tiene prisa.

–Maese médico, me encuentro en una posición difícil, y preciso vuestra ayuda.

–¿En qué puedo serviros, majestad? – preguntó Alejandro, receloso.

Eduardo respiró hondo, como si se dispusiera a narrar una larga historia.

–Sabréis que en el entorno de Isabel figura una muchacha que es hija mía sin serlo de la reina.

–En efecto, majestad, me lo contaron. Evité hacer más preguntas, por juzgar que el asunto no era de mi incumbencia.

–Doctor Hernández, para ser español poseéis y demostráis gran sabiduría.

Alejandro no dejó traslucir irritación alguna por aquel velado insulto a sus raíces, puesto que, de conocer la verdad, los comentarios del monarca habrían sido mucho más hirientes.

–Sin duda se debe a mi educación francesa, majestad.

El rey volvió hacia Alejandro una mirada dura y penetrante, consciente de que su insulto se había visto superado por otro tan sutil que no daba pie a mostrarse ofendido.

–Ah, sí, vuestros años en Montpellier -comentó-. En fin, prosigamos.

Se paseó por la sala retorciéndose las manos.

–La madre de la niña, que vive en Londres, está enferma. Esta mañana he recibido el mensaje de que la peste se ha cebado en ella.

–Lo lamento, majestad. Es una de las peores maneras de morir.

La voz del rey dejó traslucir gran congoja y remordimiento.

–Maese médico, la idea de que pueda haber modos agradables de dejar este mundo se resiste a mi intelecto. A pesar de la distancia, sigue uniéndome a esa dama un afecto considerable. No fue decisión mía que la enviasen a Londres, y todavía hoy me angustian las circunstancias de su partida. De haber dependido de mí, habría dispuesto las cosas de otro modo.

Alejandro, algo violento por las muestras de pesar del rey, se preguntó cómo planearía hacer penitencia.

–Majestad -dijo-, no veo en qué puedo ayudaros. Soy incapaz de curar a la dama, aunque daría mi alma por tener ese poder.

–No es eso lo que pretendo de vos -dijo el rey con impaciencia-.

Quisiera que llevarais a la niña a Londres, al lecho de muerte de su madre.

La angustia de su separación no me deja vivir. Sois el más cualificado para supervisar el viaje; si os dedicáis en cuerpo y alma a su protección, podremos albergar ciertas esperanzas de que regrese sana y salva. Ya tengo demasiados motivos para temer por mi alma. Quisiera verme aliviado del peso de esta culpa.

Alejandro no salía de su asombro. No cabía duda de que se trataba de una sentencia de muerte para los dos, la niña y él. ¿Cómo podía Eduardo justificar semejante petición?

Pero no se trataba de una petición.

–Preparaos para partir de inmediato, doctor -dijo el rey-; queda poco tiempo para el alba, momento en que emprenderéis el viaje.

Cuando Alejandro la puso al corriente de la «petición» del rey, el rostro de Adele, ya de por sí blanco como la porcelana, perdió todo rastro de color.

–Dios santo… ¿No podría enviar a uno de sus guardias?

–Cree que si acompaño a Kate a Londres tendrá más posibilidades de ir y volver sana y salva. El hecho de que madre e hija estén separadas le provoca un intenso sentimiento de culpa.

–Con razón. En lugar de intervenir cuando la reina Felipa se llevó a la niña, se limitó a lavarse las manos. ¡Y ahora expía su pecado enviando a Kate a una muerte segura, y a ti con ella! – Adele ahogó un sollozo-.

¡Maldita sea esta peste, y las desgracias que trae consigo!.

–Adele -susurró Alejandro con fingida seguridad-, no temas por mi regreso. He pasado muchas tribulaciones, con escasas esperanzas de alegría o satisfacción. Hoy, por fin, tengo un motivo para seguir adelante: la esperanza de conseguir tu amor con el paso del tiempo.

Alejandro casi temblaba de miedo, miedo a que, lejos de compartir sus esperanzas, Adele se burlara de su declaración de amor. ¡Maldita sea mi inexperiencia! He hablado antes de tiempo.

Pero Adele no se burló, ni dio señales de querer huir.

–Anhelaba oír estas palabras de tu boca, porque yo también querría ganar tu corazón. Odio la idea de que abandones el castillo, por miedo a que sin la protección de sus murallas sufras algún percance.

–Ten la certeza de que volveré.

Adele no se dejó convencer.

–¡Sí, claro que volverás, como volvieron Matthews y Reed! ¡No estoy dispuesto a ver arder tu cadáver sólo porque el rey quiere que lo ayudes a purgar sus pecados!

Se sentó en un banco de piedra, muda y pensativa. Después de un rato, miró a Alejandro y habló con voz resuelta.

–Os acompañaré.

–¡Eso es imposible! Aunque el rey te diera permiso, cosa que no hará, Isabel se opondría con todas sus fuerzas a prescindir de tu compañía. Lo tengo por imposible, y tú deberías pensar lo mismo. No es misión para una mujer frágil.

–No dejes que mi aparente fragilidad te engañe, Alejandro. Soy una mujer muy decidida, y no me faltan recursos. Desde muy niña -dijo lentamente- he servido a mi señora de forma admirable, sin pensar ni un instante en mi propia felicidad. Llevo toda la vida siendo su amiga y confidente leal, y nunca le he pedido favor alguno. No va a negarme nada.

Tampoco pienso pedir permiso al rey. Isabel estaría dispuesta a morir antes que a perder a la única compañera que le tributa un afecto genuino, no un sentimiento interesado con miras a ganar el favor real. Me dejará ir, y justificará mi ausencia ante el rey.

Aquella exhibición de arrojo, tan repentina como insospechada, dejó boquiabierto a Alejandro. ¿Dónde ha estado ocultando su espíritu aventurero?, se preguntó; pero al rato volvió a oír la voz de la prudencia.

–No puedo permitir que expongas tu vida por acompañarme. Hay un riesgo altísimo de que nadie sobreviva.

–No me da miedo perder la vida, si ésta ha de verse desprovista de casi todo lo que me es caro. De perderte a ti y a Kate, me quedaría sola en el mundo, a excepción de Isabel. Acabaría amargada, marchita y sin esperanzas. Prefiero mil veces la muerte a esa soledad.

Alejandro, que compartía el miedo de Adele a la soledad, entendió los sentimientos de la joven.

–Que así sea, pues -dijo-. Estamos en el mismo barco.

Siguiendo las previsiones de Adele, Isabel no se negó. Temerosa de poner en peligro la amistad de Adele negándole el permiso de partir, no por

ello escatimó esfuerzos para convencerla de que permaneciera sana y salva entre los muros de Windsor.

–Querida Adele, ¿me dejarás por un español? ¿Estás segura de que merece tu afecto y confianza?

Adele no flaqueó.

–No sólo mi afecto, Isabel, sino el vuestro, aunque la ira os impida daros cuenta de ello.

–¿Te he hecho daño acaso sin saberlo? – preguntó Isabel.

–No, mi querida amiga, pero yo misma me haría daño si no siguiera los dictados de mi corazón en este asunto. – La menuda Adele abrazó a la juncal princesa, procurando tranquilizarla-. Si Dios quiere, volveré en compañía de un buen hombre y de la niña. No dudéis de que Él nos tiene a los tres bajo su amorosa protección.

Palpando su cruz de rubíes, esperó con fervor estar en lo cierto.

Alejandro fue inmediatamente en busca de sir John, a quien puso al corriente del viaje. Se inclinó a favor de un caballo robusto pero dócil para la pequeña, poco acostumbrada a tales desplazamientos. No dijo que en realidad el caballo transportaría a dos personas.

Proporcionó después abundantes instrucciones acerca de su regreso, puesto que tanto él como Kate quedarían sujetos a una cuarentena tan estricta como la de Matthews y Reed. Todavía no se había planteado cómo devolver a Adele al castillo de forma segura, pero ya habría tiempo durante el viaje para idear un plan. En cuanto a los preparativos de la cuarentena, tendrían que amoldarse a las necesidades de una dama sumamente joven, y por ende delicada.

Sir John, tan eficaz como de costumbre, se ocupó de todo, poniendo gran esmero en la elección de las monturas. Los caballos estuvieron preparados antes del alba, momento en que Alejandro apareció seguido por Kate, todavía medio dormida. El médico la ayudó a montar, y lo alarmó verla tan pequeña y perdida a lomos del robusto animal. Tras comprobar por última vez las provisiones, se dispuso a montar en su propio corcel. Sir John le puso una mano en el brazo y dijo con seriedad:

–Procurad preservarla del peligro, maese médico; de finalizar vuestro viaje como el de Matthews, no seré yo quien le clave una flecha en el pecho, ni yo ni ninguno de mis hombres. Ni siquiera por el rey.