La plaga

Ann Benson · Capítulo 20 de 40

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La plaga

Dieciséis

horizonte, advirtiendo que era apenas distinta de cuando habían pasado debajo de los robles por primera vez. Tampoco las sombras habían cambiado. Se dio cuenta de que había transcurrido muy poco tiempo, como si prácticamente no se hubieran movido de ahí.

Y de pronto no cupo en sí de gozo: ¡recordaba! Recordaba la calidez y fragancia del aire, y tenía grabada en su mente la imagen de la anciana.

Volviéndose hacia Adele, dijo con voz ansiosa:

–¡Amada mía! ¡Por favor, di que recuerdas lo ocurrido!

–Sí, mi amor, lo tengo todo presente, como si siguiéramos ahí.

Loco de alegría, Alejandro desmontó, desató las correas de sus alforjas, hurgó en ellas y encontró lo que buscaba, el saco de tela que había metido en ellas antes de dejar el claro. Lo sacó con impaciencia.

Aquel saco, sin embargo, no era de hilo, ni estaba diestramente bordado.

Era un simple saco de tela gruesa, marrón y gastado, a punto de romperse.

¿Qué artimaña es ésta?, se preguntó. ¿Me habrá engañado esa mujer?

Consternado, miró a Adele y acto seguido deshizo el cordón. El saco contenía las mismas hierbas, sólo que en bolsas de inferior calidad. El preciado saco había quedado muy maltrecho, pero, por suerte, su exótico contenido seguía intacto y había sobrevivido a la transición.

Alejandro volvió a meter el saco en sus alforjas y subió al caballo con un salto enérgico. Los dos jinetes recorrieron al galope el espacioso prado; obligados a hender a tal velocidad el aire gélido, los caballos bufaban y relinchaban en señal de protesta, hecho que llevó a Alejandro a preguntarse si también ellos habrían preferido permanecer allí.

DIECISÉIS

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La enfermera dio a Janie una toallita caliente desechable para quitarse los residuos de lubricante. Janie se la devolvió, después de limpiarse en lo posible las marcas de la toma de huellas. Medio mareada, vio a la enfermera meter la toallita en la misma bolsa amarilla de plástico en que ya había metido el traje esterilizado, bolsa que, una vez cerrada, recibió un adhesivo en el que Janie leyó «Ethel J. Merman». Tras dejar la bolsa a un lado, la enfermera dio a Janie otro traje esterilizado y zapatillas de usar y tirar.

Janie se apresuró a cubrirse, segura de que quienes vigilaban al otro lado de los espejos seguían mirándola. Era como si unos ojos invisibles la estuvieran recorriendo de pies a cabeza. En el cubículo hacía bastante frío, y Janie tenía la piel de gallina; intentó entrar en calor cruzando los brazos, pero la fina tela del traje, de una consistencia parecida al plástico, no la ayudó mucho, y cuando se encaminó a la celda, escoltada por dos silenciosos biopolicías, estaba tiritando. La cruda sensación de haber sido violada persistía con intensidad suficiente para modificar la percepción de su propio cuerpo, convertido en algo ajeno, distinto, como si perteneciera a otra persona. Fue así, en un estado mental inconexo, como volvió a la celda, mucho más dócil que cuando la había dejado en compañía de los agentes.

De haber vuelto con nuevas exigencias, éstos la habrían encontrado harto fácil de manejar.

Como el suelo era de baldosas, cuando Janie recogió su ropa la encontró fría.

–¿Me haces el favor de darte la vuelta? – dijo a Bruce, que obedeció en silencio-. Volveré a ponerme mi ropa sucia.

Subrayó la última palabra.

Bruce tenía mucho que preguntar, pero la expresión humillada y furiosa de Janie al entrar con los biopolicías lo convenció de no molestarla hasta que hubiera tenido tiempo de recuperarse mínimamente. Albergaba la esperanza de que hiciera algún comentario espontáneo, sin necesidad de darle pie a ello, pero Janie siguió dando vueltas a su celda en silencio, con los dientes castañeteándole.

Al final pudo más el deseo de saber cómo estaba que la paciencia. Sin dejar de darle la espalda, Bruce dijo:

–¿Janie?

Janie siguió caminando.

–¿Qué?

–¿Puedo darme la vuelta ya?

–Faltaría más.

Bruce se volvió y miró a Janie, que rehuía su mirada.

–¿Te encuentras bien? – preguntó con suavidad.

Janie vaciló unos instantes antes de contestar en voz baja:

–Supongo que podría decirse que sí. – Suspiró con fuerza-.

Francamente, he estado mejor. – Acabó por mirar a Bruce a través de los barrotes, con una expresión vencida y exhausta. Expulsó el aire de los pulmones y dijo-: Ha sido la experiencia más denigrante de mi vida, y de lejos.

La mirada de Bruce se cargó de un remordimiento sincero, como si de algún modo fuera responsable del mal trago.

–Siento que haya tenido que pasarte precisamente a ti. Sé que estás en contra de las huellas corporales. Convengo en que es duro, aunque personalmente lo tengo asumidísimo. – Bajó la cabeza-. Tanto, que llego a olvidar lo difícil que es para algunos…

Janie volvió a sentarse en el suelo frío con las rodillas contra el pecho.

–Dudo que pueda ser fácil para nadie. Todas esas sondas y sensores… y por dónde los meten… Me he sentido como un pollo en el asador, a punto de que las llamas me lamieran los tobillos.

Bruce se quedó mudo, casi meditabundo. Cuando habló, lo hizo con tono muy contenido.

–¿Cuánto ha durado la toma de huellas? Me refiero a la imagen propiamente dicha.

Janie se despejó la nariz.

–No sabría decirlo. En todo el tiempo que he estado ahí no he visto ningún reloj. Media hora, a lo mejor. A mí me ha parecido una eternidad.

De verdad que no lo sé.

–Desde la última vez que me lo hicieron ha pasado bastante tiempo.

Janie se incorporó ligeramente.

–¿¿La última?? No entiendo. Pensaba que sólo había que hacerlo una vez.

Bruce demoró unos segundos su respuesta, tratando de escoger bien sus palabras. Acabó optando por la verdad sin paliativos.

–Me ofrecí voluntario.

Janie se puso en pie de un salto.

–A ver, a ver, repite eso -dijo-. No estoy segura de haber captado. –

Miró a Bruce con recelo-. ¿Te ofreciste voluntario para que te tomaran las huellas dos veces?

La intensidad de su mirada intimidó a Bruce.

–Más de dos. La verdad es que me lo han hecho diez veces.

Janie se aferró a los barrotes, resistiéndose a dar crédito a lo que estaba oyendo.

–¿Diez veces? ¡Pero Bruce, por Dios! ¿Por qué? ¡Si es algo espantoso!

¿Eres masoquista o qué?

–¡Tenía que estar seguro de que lo habíamos hecho bien! – Bruce estaba alterado, y su voz delataba un conflicto interno. Su participación en el desarrollo de la toma de huellas corporales había sido una experiencia absorbente, pero el tener que explicárselo a Janie le estaba resultando de lo más violento, como una visita al confesionario-. Formé parte del equipo que creó las primeras técnicas de toma de huellas. No fue idea mía, aunque debo admitir que me intrigó desde el principio. Los primeros intentos eran muy rudimentarios, y no especialmente útiles, pero no tardamos en llegar a resultados más interesantes, y a partir de ahí ya fue todo sobre ruedas. Sólo transcurrieron seis años desde la primera idea al prototipo experimental. Su voz sonó más tranquila.

–Si me las tomé diez veces fue porque en esos años era casi imposible conseguir voluntarios, ni siquiera entre los presos. Todos usamos nuestros propios cuerpos como conejillos de Indias, para someter a prueba los controles y los niveles de radiación de las sondas luminosas. Durante la mayor parte del tiempo sólo usamos el sistema con nosotros mismos y los cadáveres que llegaban a nuestras manos… Después construimos unas cuantas máquinas beta y las enviamos a varios países para ponerlas a prueba. A largo plazo, se tomaron las huellas de casi todos los muertos de la primera Epidemia, incluso en Estados Unidos, aunque eso lo sabe poca gente. Después todo consistió en usar las mismas máquinas una y otra vez hasta quedar satisfechos con todos los ajustes, que fue cuando destruimos el primer grupo y construimos otras nuevas.

–No entiendo que te dejaras involucrar en algo así.

Bruce empezaba a perder la paciencia.

–Me parece que no lo ves como hay que verlo, Janie. Tu planteamiento es muy reduccionista. Tú misma eres cirujana, y seguro que te has

beneficiado de…

–¡Alto ahí! – lo interrumpió Janie, indignada-. No soy cirujana. Lo era antes de crearse todas estas normas; antes de que toda esa tecnología, incluidas, subrayo, las huellas corporales, convirtiera la medicina de siempre en algo prácticamente obsoleto.

–¿Una herramienta de diagnóstico tan estupenda, convertir la medicina en algo obsoleto? – dijo Bruce, cada vez más contrariado-. ¿El hecho de que sepas exactamente qué hay que hacer no mejora tu técnica quirúrgica? Si la incisión es pequeña, ¿no tarda menos en curarse el paciente? ¿No se reduce el dolor y las posibles infecciones? ¿No mejora todo, absolutamente todo?

–¡Claro, claro, todo mejora! Me encantaba poder hacer un corte más pequeño y taparlo con una tirita. No es ése el aspecto que me parece censurable, sino lo que tiene de invasión de la intimidad.

–Oyéndote, cualquiera diría que abrir el cuerpo de una persona no es invadir su intimidad. Tú probablemente lo hicieras varias veces al día.

–Sí, pero sólo lo veía la gente que estaba conmigo en el quirófano; y, aunque no siempre fuéramos respetuosos con el paciente, al menos no introducíamos un informe en una red de ordenadores. Pasaba en una habitación, con un número reducido de espectadores, y sabiendo el paciente que sus asuntos personales no iban a formar parte de un inmenso archivo informático.

–Exageras. Es verdad que la información corre por ahí, pero estamos creando normas para limitar el acceso.

–Sabes tan bien como yo que cualquier pirata informático mínimamente listo puede meterse en la red que le apetezca. En la informática ya no existe intimidad. ¿Qué pasa si a un empresario demasiado entusiasta se le ocurre chantajear a la gente con información obtenida por el sistema de huellas corporales? ¿Ya has olvidado lo que les pasó a los seropositivos en los primeros tiempos del sida? A la mayoría los trataban como a parias. Al principio no tenían protección.

–Eso no va a suceder, y tú lo sabes.

–¿Ah, sí? ¿Y puedo estar segura? ¿Puedes estarlo tú? Me parece que das a los mandamases un margen de confianza que no se merecen. Anda suelta gente muy lista, y muy capaz de espiar la vida de los demás. Tú espera, que no pasará mucho tiempo antes de que alguien tenga la idea de averiguar quién posee órganos compatibles para el trasplante. Con las huellas

corporales, esos datos están al alcance. Piensa en el dinero que podría ganarse organizando muertes «accidentales» para conseguir los órganos.

Tampoco falta gente lo bastante desesperada para pagar lo que sea con tal de seguir viviendo.

–Faltan cinco o diez años como mucho para que podamos cultivar órganos de trasplante -dijo Bruce-; y entonces ya no tendrá importancia.

–Pero bueno, ¿es que no lo entiendes? La tiene ahora, y seguirá teniéndola hasta entonces; este sistema proporciona demasiadas oportunidades de hacer daño. Ahora, encima, están metiendo mis datos en ese ordenador, con los de millones de otras personas. No sé si podré volver a sentirme segura. – Se cruzó de brazos-. Antes de embarcaros en algo así deberíais haber reflexionado más sobre lo que hacíais.

El comentario ofendió a Bruce, que contraatacó de inmediato.

–Ya reflexionamos. Pensamos en todo lo bueno que podía salir del proyecto. Además, ¿cómo es que de repente te has convertido en la guardiana de la moral del mundo? Hay un montón de gente que cree que las huellas corporales son el mejor invento desde el microscopio, y algunos están en una posición que les permite tomar decisiones sólidas y bien informadas. Mientras trabajábamos en ello, todos éramos conscientes de estar creando algo que sustituiría a la tecnología TAC y resonancias magnéticas. Nos entusiasmaba la idea de poder ver el cuerpo entero, verlo en forma tridimensional, tal como es. Éramos como niños con un juguete nuevo. Nadie pensaba en riesgos orwellianos. Tampoco era nuestro trabajo; para eso estaban los políticos. Nosotros nos limitábamos a ser buenos científicos, y a mejorar el futuro de la medicina a escala mundial. Nunca se nos ocurrió que a alguien pudiera parecerle tan insidioso.

–¡Pues se os podría haber ocurrido! Podrías haber previsto…

Bruce la interrumpió.

–Janie, por Dios, ¿cómo puedes estar tan de vuelta de todo? Me parece increíble lo cínica que has llegado a ser. – Pasó la mano por los barrotes, como si pudiera tocarla-. Intenta tomártelo con calma; no es tan siniestro como crees. Sé que te han hecho daño, pero no te iría mal relajarte un poco.

Oyéndote da la impresión de que el apocalipsis está a la vuelta de la esquina.

Janie bajó la cabeza.

–Es la impresión que tengo casi siempre.

–Entonces lamento todavía más lo que has tenido que aguantar. Me gustaría poder hacer algo para cambiar tus sentimientos, pero no puedo.

Janie volvió a mirar a Bruce.

–Ya, ya lo sé. – Volvió a pasearse por el exiguo espacio de la celda como una tigresa enjaulada, odiando las paredes y barrotes que limitaban sus movimientos-. ¡Todo me parece tan serio! Veo muy negro mi futuro, y estos cambios hacen que me lo parezca todavía más.

–Entonces -dijo Bruce-, si quieres tener alguna esperanza, piensa en lo siguiente. – Su voz cobró entusiasmo-. ¿Te acuerdas de ese proyecto del que te hablé, el que íbamos a empezar Ted y yo y que se ha retrasado?

Janie asintió con la cabeza.

–Pues está basado directamente en información desarrollada a partir de las huellas corporales. Estoy buscando un sistema para adaptar a las personas impulsos neurológicos artificiales basados en las huellas de su sistema nervioso. Si sale bien, quienes padezcan enfermedades nerviosas podrán recibir implantes eléctricos que les estimularán los nervios y desembocarán en movimientos naturales; igual que un marcapasos, pero para nervios específicos. Ya no tendrán que esperar trasplantes fetales. – La indignación de Bruce fue dando paso al entusiasmo. Subrayaba sus palabras con enérgicos ademanes-. Podremos hacerlo porque las huellas corporales nos permiten separar el sistema nervioso, y de ese modo localizar y medir con precisión los impulsos. Ya he llegado a simular movimientos faciales en el ordenador. A partir de la huella de una bacteria, he conseguido que baile en tres dimensiones…

–¡Caramba, Bruce, nunca había imaginado…!

–Yo tampoco, hasta tener huellas corporales correspondientes a varios años. De repente, un día va y se me ocurre. Pensé: ¿y si usamos esa información para enviar impulsos tan precisos que nos permitan crear una especie de coreografía electrónica? Podríamos programar a la gente para que ejecute movimientos concretos, dando pie a que puedan ejecutar ciertas tareas necesarias. Todo puede controlarse a través de un minúsculo chip implantado cerca del lugar afectado, una especie de centro de control enganchado a la espina dorsal.

Janie leyó un entusiasmo creciente en los ojos de Bruce, cada vez más abiertos.

–No tardará en llegar el momento en que quienes tengan dañado el sistema nervioso puedan volver a moverse sin ayuda, usando sus propios cuerpos. ¡Piénsalo! Piensa en la alegría de una persona que se levanta de la silla de ruedas y camina por primera vez en años. Piensa en lo que sentirá al usar el cuchillo y el tenedor una persona a la que se ha alimentado durante años como a un niño pequeño. Con tal de conseguir algo así, trabajaría durante el resto de mis días.

Ella percibió la pasión con que hablaba, y entendió su ferviente certeza de estar haciendo lo más indicado.

–Temo ponerme celosa -dijo-. Haces que parezca un trabajo maravilloso. Yo no estoy muy segura de cómo me enfrentaré al mío; siempre y cuando consiga el certificado, por supuesto.

–Ya verás que sí -repuso Bruce-. Estoy seguro de que te lo darán. Esto sólo ha sido un tropiezo. Además, ahora que te han tomado las huellas ya no tienes tanta presión. No tienes un plazo fijo para volver a casa. Puedes tomártelo con más calma.

–Yo sí, pero Caroline no. Y tampoco estoy segura de que todo se arregle con tomarme las huellas; mi visado establece una fecha límite, y en Massachusetts tengo al bueno de Atila, mi director, esperando a saltarme encima en cuanto llegue. Ni siquiera quería dejarme hacer este proyecto.

Según él, hacer excavaciones era demasiado complicado. A mí me pareció un cambio para bien; y sí, sí que ha sido un cambio, aunque lo de para bien lo dudo.

–Lamento que no haya sido agradable -dijo Bruce con suavidad-. Para mí ha sido un placer volver a encontrarme contigo.

Viendo la manera con que le sonreía Bruce, Janie hizo un esfuerzo por quitarse de encima lo que le quedaba de rabia por lo sucedido durante el día.

–Me alegro de que hayamos podido hablar -dijo.

Cuando el guardia volvió por ellos (y ya era hora, porque había pasado un día entero), Janie y Bruce habían hablado más de lo imaginable.

El carrito oxidado iba dando tumbos por las calles de Londres, traqueteando sobre el empedrado, pero la andrajosa mujer que lo gobernaba siguió empujando como había hecho durante casi todo el día, mascullando alegremente para sus adentros.

Pese a la violencia de las sacudidas, Caroline no despertó. Flotaba justo por debajo de la superficie de la conciencia, mirando a través de una fina capa de sueños como si estuviera debajo del agua. A veces esos sueños eran tan hermosos que, en su delirio, Caroline rezaba por que se hicieran realidad; otras, eran tan violentos y desdichados que su mente dormida hacía esfuerzos desesperados por despertarse, siempre sin éxito.

Nadie les prestó la menor atención, ni trató de detenerlas. No eran más que una parte ínfima de esos miles de marginales harapientos y perdidos que se apartaban de la normalidad imperante en la lustrosa sociedad londinense. Ya nadie se refería a ellos como «los sin techo», pero, a pesar del cambio de nombre, la categoría seguía englobando a quienes no encontraban un lugar fijo en la rígida estructura social de la Inglaterra posterior a las Epidemias.

La mujer que empujaba el carrito estaba acostumbrada desde su infancia a verse rechazada por la gente supuestamente «normal». Aquella vida le parecía más agradable que la otra, y menos exigente. No tenía que rendir cuentas a nadie, sólo a una familia extensa de marginales como ella.

Londres estaba habitada por varias «familias», poco menos que clanes, algunos de los cuales vivían debajo de puentes o en edificios abandonados.

La familia de la mujer del carrito se había instalado en un bosque limítrofe con un campo al sur del Támesis.

–Que en paz descanse -murmuró, pensando en la anterior propietaria de las tierras junto a las cuales vivía, una anciana que había muerto poco tiempo atrás dejando a un hijo medio tonto, próximo también él a la vejez.

Separó una mano del mango del carrito y, después de santiguarse, rezó una breve plegaria por el alma de aquel pobre hombre, añadiendo al final una bendición para su pasajera.

Se oyó a lo lejos el ulular de una sirena. La mujer detuvo el carrito para interrumpir su chirrido, y escuchó atentamente. Se estaban acercando.

Examinó los alrededores en busca de un escondrijo, y acabó decidiéndose por un callejón que separaba dos altos edificios. Se apresuró a llegar hasta él.

Una vez metido el carrito entre los edificios, la mujer se colocó delante de él, ocultándolo con su voluminoso cuerpo. Nerviosa, vio pasar el coche patrulla de la policía biológica de camino a alguna crisis vírica, y, una vez

segura de que estaba lejos y ya no había riesgo de que las descubrieran, salió del callejón tirando del carrito.

Y así fue como la mujer del carrito atravesó Londres sin ser vista, recorriendo con su pelirrojo y maltrecho cargamento un laberinto de calles y callejuelas que se ajustaba a un plan preestablecido. De vez en cuando se detenía, pero sólo durante unos instantes, a sabiendas de que darse prisa era fundamental. A veces el pesado carro era empujado por otro marginal, mientras la mujer caminaba a su lado. Durante esos momentos de descanso, la pordiosera hurgaba en su gastado bolso marrón hasta encontrar una manzana medio podrida, un mendrugo reseco u otro trofeo rescatado de las basuras de algún próspero hogar. Conscientes en todo momento de que Caroline empeoraba a ojos vista, los marginales que la acompañaban intentaban obligarla a beber algún traguito de agua, tarea harto difícil.

Ningún observador habría imaginado que rufianes de aquella calaña fueran capaces de desvivirse con tanta ternura por su inconsciente protegida; sin embargo, hacía tiempo que habían prometido hacerlo en señal de gratitud por los cuidados que ellos mismos habían recibido en casa de la persona a quien habían hecho el juramento.

La mujer que en esos instantes empujaba el carro había estado vigilando la noche en que Janie y Caroline habían desenterrado el maligno trozo de tela, y, al ocultarse las dos en el bosque, se había mantenido a un metro escaso de ellas, entendiendo las graves consecuencias de la excavación.

Sabía que Sarin iba a necesitar su ayuda más que nunca. Era hora de mostrarse a la altura de la bondad de su madre, y, aun a sabiendas de que el precio podía ser muy alto, la marginal estaba dispuesta a pagarlo.

El biopolicía utilizó su tarjeta mágica para abrir la celda de Janie.

–Muy bien, señora Merman, ya tenemos sus resultados. Acompáñeme, por favor.

Antes de que Bruce tuviera tiempo de decir «¿señora Merman?», Janie le dirigió una mirada de advertencia que fue entendida de inmediato.

Después de un día y medio de comunicación ininterrumpida, existía entre ellos una sintonía casi perfecta. Bruce consiguió contener la risita que pugnaba por salir a flote, y tuvo la prudencia de mantener la boca cerrada.

El biopolicía, en cambio, seguía teniendo cosas que decir.

–No sé qué dirán las leyes de su país, señora, pero en éste tenemos que mostrarle los resultados de la toma de huellas, y asesorarla de inmediato

sobre cualquier duda que pueda surgirle.

Mientras seguía al agente, Janie dijo, con un tono de voz excesivamente imperioso:

–A nuestros ciudadanos se les da la posibilidad de elegir. Todavía no estamos regulados.

El guardia la miró con condescendencia y dijo:

–Por supuesto. Su país siempre ha estado sin regular, al menos desde que el nuestro dejó de gobernarlo, lamentable error de juicio por parte del rey Jorge.

Abrió una puerta de metal y, sonriendo, hizo señas a Janie de que pasara.

Exquisitamente educado, pensó Janie. Está claro que han decidido no verme como una amenaza. ¡Sólo un guardia, y encima un payaso! Ni siquiera me vigila. Vio entonces la pistola química que llevaba el guardia sujeta a la cintura, y entendió que le permitieran ser escoltada por un único agente. Con aquella arma no le hacía falta ayuda para mantenerla a raya.

La salita en la que entraron había hecho a todas luces las veces de despacho en la empresa de juguetes que había ocupado el edificio antes de las Epidemias. Había un escritorio con un ordenador y una silla a cada lado.

El biopolicía indicó a Janie que se sentara, mientras él ocupaba el lugar principal. Janie vio dos proyectores, uno montado en el techo y otro en el suelo. El guardia apretó un interruptor que redujo drásticamente la iluminación de la sala.

–¿Preparada? – dijo.

¿Lo estoy?, se preguntó Janie. ¿Alguna vez estaré preparada para ver todos mis defectos? Guardó silencio por unos instantes, meditando sobre lo que estaba a punto de ver. Siempre había dado por supuesto que estaba sana; pocas veces se ponía enferma, y nunca había tenido nada serio. Había conseguido sobrevivir a las Epidemias, mientras veía caer a la gente como moscas. De repente tuvo miedo. ¿Y si se me ha acabado la buena suerte?

¿Y si sale algún tumor? ¿Y si hay una bomba genética a punto de explotar?

¿Quiero saberlo?

Sin embargo, a pesar del miedo y la incertidumbre, había una parte de su ser que exigía saberlo todo, la parte que amaba la medicina. Lo único que no puedo cambiar, se mire por donde se mire, es el día en que me tocará despedirme de todo, pensó; de lo demás, puede arreglarse prácticamente

todo. Sabedora de que ni siquiera una herramienta tan sofisticada como las huellas corporales era capaz de determinar la duración de su vida, hizo acopio de coraje y asintió.

–Preste atención a la zona entre los dos proyectores -dijo el guardia.

Janie asistió a la formación de una imagen holográfica de su cuerpo. De repente se vio a sí misma en todo el esplendor de su madura desnudez. La imagen mostraba a las claras la tensión con que había reaccionado al instante preciso de la toma, mueca incluida. Advirtiendo su consternación, el guardia dijo:

–No se preocupe. Con este trasto no hay manera de salir favorecido.

–Hay gente que queda bien haga lo que haga -replicó Janie-, pero no es mi caso. Da igual, no se preocupe. ¿Qué han descubierto?

–A ver… -El guardia fue pasando hoja tras hoja, diciendo todo el rato-: Normal, normal, normal. – Llegado a cierto punto, pulsó unos botones del teclado y desapareció todo excepto el sistema circulatorio del holograma, quedando una masa de venas, arterias y capilares en forma de Janie. En una vena de su pantorrilla derecha se encendió una lucecita-. Ahí está. – Señaló la luz-. Existe la posibilidad de una vena varicosa.

Janie asistió con asombro a la puesta en relieve de diversas taras físicas sin importancia, pequeñas anomalías de escasa relevancia: un dedo medio del pie más prominente de lo normal, resultado de un golpe cuyo intenso dolor no había quedado olvidado con los años; su apéndice, presente todavía, pero oculto debajo del intestino.

–¿Alguna vez tiene una indigestión? – preguntó el guardia.

–Más de una… -contestó Janie.

–Es probable que esto lo explique. – Sonrió-. Pero supongo que no le he dicho nada que no sepa. – Al examinar la imagen de su sistema reproductivo, dijo-: Veo que está esterilizada.

Se fijó en la página correspondiente. Examinó la imagen, y a continuación volvió a consultar el texto. Hizo más transparente la imagen ajustando unos cuantos botones, y después cogió un puntero.

–De esto, en cambio, no tiene conciencia… No sé si podrá verlo desde donde está, pero justo aquí hay algo microscópico. – Colocó el puntero en un lugar concreto de su pecho izquierdo-. Podría ser el inicio de algún tipo de lesión, o, más precisamente, un futuro tumor. Debería hacer que se lo extirpasen lo antes posible.

Cuando retiró el puntero, Janie se estremeció, como si lo sintiera, salir de su propia carne.

Miró la pequeña mancha del pecho, pensando que, antes de que le tomaran las huellas, habría pasado desapercibida mientras no adquiriera el tamaño detectable en una mamografía. De haber vivido en una época anterior, antes del desarrollo de tratamientos contra el cáncer, aquella minúscula lesión podría haberse convertido en causa de una muerte prematura y dolorosa. También pensó que, una vez introducida su imagen en el sistema, cualquier habitante del planeta que tuviera acceso a sus huellas sabría que tenía una lesión en el pecho. De repente no supo qué pensar; en cualquier caso, no podía negar su gratitud por haberlo descubierto con tiempo de sobras para hacerse extirpar la ponzoñosa mancha. A fin de cuentas, conozco a muchos cirujanos…

El biopolicía la miró con expresión satisfecha y pagada de sí misma, consciente de haber justificado lo duro de la experiencia mostrando a Janie sus beneficios inmediatos.

–¿Alguna pregunta?

Janie estaba demasiado perpleja para hacer preguntas, y su realismo le impedía plantearse la posibilidad de huir; así pues, se limitó a salir de la sala en pos del agente, volviendo a su celda sin rechistar.

La andrajosa mujer estaba demasiado cansada para seguir empujando el carrito; además, se estaba haciendo de noche, y le resultaba difícil ver con claridad. Así pues, decidió buscar un lugar seguro donde descansar. Lo mismo habían hecho todos sus compañeros, dejándola sola. La mujer sabía que volverían a reunirse por la mañana, pero no podía esperar hasta entonces. Cerca de ahí había un paso elevado bajo el cual vivía un clan sólidamente constituido; la mujer pensó que a esas horas de la noche todos estarían instalados, esperando la bendición del amanecer. Entre ellos había un par de amigos que acaso pudieran ayudarla.

Detuvo el carrito y, apoyada en la baranda, susurró una contraseña. Poco después aparecieron de debajo del paso elevado dos individuos mugrientos que la saludaron sin alzar la voz. Cuando supieron que su amiga necesitaba ayuda, se pusieron a su disposición de inmediato. El grupo de marginales levantó suavemente a Caroline y la llevó terraplén abajo. Debajo del puente, otros marginales le prepararon un lugar para dormir mediante el procedimiento de amontonar toda clase de mantas y ropa de abrigo, hasta

obtener un lecho digno, por lo mullido, de una princesa. Una vez depositada con suavidad en la cama improvisada, la taparon con periódicos. La mujer del carrito se sentó a su lado y entabló conversación en voz baja con sus dos amigos, cuyos rostros curtidos brillaban de forma espectral a la luz de un fueguecillo que ardía dentro de un pote metálico. Después de un rato, la mujer se inclinó hacia Caroline y, tras escuchar su respiración, le puso una mano en la frente. Visto que, sin dejar de estar terriblemente enferma, la joven parecía haberse estabilizado, su protectora apoyó su bolso marrón contra unos ladrillos apilados y, hecha un ovillo, se dispuso a dormir.

La puerta de la zona de almacenamiento se abrió una vez más para dejar paso a un biopolicía, esta vez solo y sin arma a la vista.

–Hemos encontrado el material que buscaba -dijo a Bruce-. Ya lo han procesado, y tiene permiso para llevárselo. – Abrió la celda de Janie y después franqueó el paso a Bruce-. A propósito, doctor Ransom, acepte mis más sinceras disculpas por lo que les he hecho pasar. Le aseguro que no tenía elección. Las normas son claras. Por otro lado, tal vez le interese saber que en ningún momento hemos logrado contactar con el doctor Cummings.

Ha sido una suerte que tuviera los permisos pertinentes; de otro modo, tendrían que pasar un bonito fin de semana en Leeds. – Rió y dijo a Janie-: Señora Merman, espero que visite Leeds en otra ocasión. Estoy seguro de que su próximo viaje será más agradable.

Lo dudo, capullo, pensó Janie; pero dirigió al guardia una sonrisa almibarada y dijo:

–Gracias, ha sido estupendo. Y de lo más instructivo. Pero creo que me abstendré.

–Como quiera -dijo el guardia, haciéndoles señas de que lo siguieran.

Los acompañó hasta la zona de recepción, donde los esperaban los tubos de marras, pulcramente amontonados y envueltos individualmente con plástico protector amarillo y cinta adhesiva roja. Bruce y Janie se repartieron la pesada carga. Justo antes de que pasaran por la puerta, uno de los biopolicías depositó otra bolsa amarilla encima de la pila de Bruce.

–Su reloj y otros objetos personales -dijo.

Los sorprendió ver que estaba oscuro. La ausencia de ventanas en el edificio les había hecho perder la noción del tiempo. El frío de la noche les despejó la cabeza y les infundió un vigor renovado. Tras colocar los tubos en el maletero de su coche, Bruce sacó el reloj de la bolsa.

–¡Caray! ¡Si casi es medianoche!

–¡Mierda! – exclamó Janie-. ¡Quería llamar a Caroline! Ya debe de estar durmiendo.

Bruce le dio su teléfono, que había dejado en la guantera. Janie marcó el número de Caroline en Londres, dispuesta a disculparse por haberla despertado.

–Seguro que se está preguntando qué coño nos ha pasado -conjeturó Janie mientras oía la señal; pero sólo contestó el buzón de voz del hotel.

Janie dijo, irritada-: ¿Dónde estará a estas horas? – Mientras oía el mensaje, miró a Bruce y añadió-: ¿Qué te apuestas a que tiene el teléfono desconectado?

–Eso me suena a Ted -dijo Bruce, recordando las dificultades que habían tenido por no haber contestado Ted al busca-. ¡Eh, no es mala idea!

¡A lo mejor están juntos!

–¡Vaya ocurrencia! – observó Janie-. Por lo poco que sé de Ted, no pegan ni con celo.

En cuanto estuvieron instalados en el coche, con sus pertenencias bien guardadas y los mapas a punto, la adrenalina de la anhelada liberación dejó paso al cansancio y a la descorazonadora sensación de no saber muy bien dónde estaban. Bruce introdujo el código de arranque del coche con movimientos fatigados, y, cuando el motor se puso en marcha, se volvió hacia Janie y dijo:

–¿Crees que es buena idea intentar llegar a Londres esta noche?

–Lo que creo es que deberíamos alejarnos de Leeds lo más posible, y sin perder tiempo. No es un sitio que me guste demasiado.

Salieron a la carretera, y, al dejar atrás el almacén, Janie miró por la ventana de atrás.

–Adiós, Ethel… -dijo, saludando con la mano.

A poca distancia de Leeds se puso a llover, una lluvia plácida y constante. Janie cerró los ojos y apoyó la cara contra el cristal frío y húmedo de la ventanilla, oscilando entre la vigilia y el sueño. Bruce se inclinó y puso en marcha el limpiaparabrisas, cuyo rítmico sonido no tardó en provocar en él un efecto adormecedor no deseado. Con las manos en el volante y los ojos fijos en la carretera oscura y mojada, empezó a dar cabezadas, y acabó cerrando los ojos por espacio de unos segundos.

Recuperó la lucidez justo a tiempo de evitar una señal de tráfico y volver a

alinear el coche con las rayas de la carretera. Dándose cuenta de que no podría llegar a Londres sin correr el riesgo de sufrir un accidente.

tomó la salida más próxima y se detuvo junto al primer hotel que encontró.

En el momento en que el coche dejaba de avanzar por el camino de gravilla que llevaba a la vieja hospedería de piedra, Janie se despertó.

–¿Dónde estamos? – dijo, medio dormida. – En un hotel -contestó Bruce-. Me estoy durmiendo. – Apagó todos los circuitos del coche y extrajo la tarjeta de seguridad-. ¿Qué tal si te quedas aquí y voy a ver si tienen habitaciones?

–Vale -dijo Janie; pero, cuando Bruce estaba a punto de salir del coche, lo sujetó por el brazo-. Espera -dijo-. Un momento.

Bruce se volvió hacia ella y la miró. – ¿Qué pasa?

Janie intentó leer en sus ojos la respuesta a una pregunta que todavía no había sido formulada. Bruce parecía tremendamente cansado. Janie vaciló, preguntándose si sería el momento adecuado.

Hazlo, Janie, se dijo. Ya ha pasado demasiado tiempo, y puede que no tengas más oportunidades. Apretó el brazo de Bruce con dulzura. – ¿Por qué no coges una habitación, en vez de dos? – dijo, apresurándose a añadir-: Bueno, no sé si te lo has planteado…

Bruce rió levemente y dirigió a Janie una cálida sonrisa.

–Es lo único que me planteo en estos momentos.

Janie dijo con alivio: -La verdad, no me apetece estar sola. Bruce le acarició la mano e, inclinándose hacia ella, la besó en la frente con dulzura.

– No lo estás -dijo.

Fundidos en un estrecho abrazo, dejaron que el agua caliente de la ducha liberara sus cuerpos exhaustos de la sucia sensación de haber sido encarcelados. Se besaron con pasión y sin prisas, aferrados el uno al otro, convertidos en un solo ser por una cópula casi feroz. Cuando pasaron de la ducha a la acogedora habitación de la vieja e íntima posada, limpios y rehechos, se secaron el uno al otro con toallas suaves al tacto, antes de volver a abrazarse. Bajaron la colcha entre los dos; las sábanas eran de algodón, blancas y frescas, y la cama no podía ser más incitante. Janie cubrió con la sábana su cuerpo recién duchado y se arrebujó en la colcha.

Mientras una relajante calidez se apoderaba de su cuerpo dolorido y

exhausto, vio a Bruce revolver en su bolsa de viaje en busca del despertador.

Janie odiaba la idea de que pocas horas después ese mismo artefacto les arrebatara la plácida perfección que acababan de alcanzar, devolviéndolos a la incertidumbre del mundo real. Tendrían que decir adiós a aquella dulce intimidad, y volver a someterse a la cruda realidad de horarios, exigencias y límites. Siempre es cuestión de tiempo, pensó Janie. Es como si nunca hubiera bastante para hacer lo que hay que hacer. La espigada silueta de Bruce se recortó contra la luz de la luna que entraba por la ventana. A él el tiempo lo ha tratado bien; sigue siendo un hombre atractivo. Por unos instantes, Janie se preguntó qué pensaría él de ella, pero alejó la duda de su mente, confiando en no volver a experimentarla nunca más. Carecía de importancia. Bruce ya había expresado infinidad de cosas tocándola como la había tocado.

Se metió en la cama al lado de Janie, que se sintió rodeada por sus brazos. Buscaron la posición en que los huecos y huesos de sus respectivos cuerpos coincidieran al máximo, y, una vez obtenida dicha posición, permanecieron inmóviles, experimentando la extraña novedad de dos cuerpos encajados el uno en el otro.

–Hacía tiempo que no compartía cama con nadie -susurró Janie-. No me parece tan pequeña como temía.

Bruce la besó tiernamente.

–Ni pequeña ni grande; como tiene que ser -dijo.

Y pronto, pese a estar los dos tremendamente cansados, volvieron a fundirse en un abrazo, haciendo desaparecer con un rítmico balanceo la poca distancia que seguía separándolos. Cuando el sol se asomó a las verdes colinas, Janie y Bruce dormían abrazados. Todo era paz en aquel minúsculo lugar del mundo, en espera de que sonara el despertador.

Oyendo repetirse una y otra vez la señal al otro lado de la línea, Janie empezó a perder los estribos.

–Sigue sin contestar -dijo a Bruce, que estaba en el baño lavándose los dientes-. ¡Es media mañana! No se me ocurre dónde puede haber ido.

–Lo más seguro es que esté visitando la ciudad -contestó Bruce-, o a lo mejor ha estado de suerte. ¡A ver si te vas a creer tú la única a quien le pasan esas cosas!

Janie arqueó las cejas y torció la boca en una mueca burlona.