La plaga

Ann Benson · Capítulo 6 de 40

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La plaga

Cuatro

justicia.

Para satisfacción de Alejandro, un miedo profundo se apoderó del rostro del obispo, que se encogió, consciente de que corría un grave peligro.

Alejandro extrajo el cuchillo de la bota sin perder más tiempo y lo hundió hasta el mango en el pecho del atemorizado clérigo.

Al contemplar el cuerpo sin vida tendido a sus pies, y ver la mancha de sangre que se iba extendiendo por la parte delantera de la suntuosa vestidura episcopal, Alejandro se extrañó de que su condición de médico, oficio volcado en la curación de los demás, no le hubiera impedido truncar con tanta calma la vida de otro ser humano. Había jurado por encima de todo no hacer daño a nadie, y he ahí que en aquel opulento salón, sin siquiera temblarle la mano, había infligido una herida mortal, y, para colmo, sin sentir piedad alguna. Se vio reflejado en un espejo. ¿Quién es este impostor?, preguntó en silencio a su propio reflejo, tan ajeno a él. Cogió el pergamino de manos del obispo y se lo metió en un bolsillo de la camisa; después limpió el cuchillo, manchado con la sangre del traidor, y volvió a introducírselo en la bota. Salió tan discretamente como había entrado, cerrando la puerta a su paso, y atravesó impávido las salas de la abadía hasta volver junto a Hernández. Los dos viajeros dirigieron sus caballos al este, hacia la ruta a Aviñón.

CUATRO

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Janie y Caroline estaban sentadas delante de una mesa del laboratorio principal del departamento de microbiología del Instituto Británico de Ciencias, rodeadas de vidrio, cromo bruñido y plástico blanco. El laboratorio estaba situado en un edificio antiguo, con todas las características de los edificios antiguos: techos elevados, altos ventanales, ecos, «y quizá hasta un fantasma», pensó Janie. Se sentían abrumadas por el ambiente de aquella sala, que combinaba la majestuosa autoridad de los años con el poder intimidador de la tecnología.

–En mi vida he visto lugar como éste -dijo Janie-. ¡Dios, lo que daría por quedarme aquí jugueteando un mesecito!

El técnico que las había llamado para ver lo que había en el último tubo de tierra soltó una carcajada.

–En todo caso, asegúrese de no tener un biopolicía vigilándola; y, si de verdad tiene ganas de jugar, la obligarán a ponerse ropa adecuada para el juego.

Señaló un estante cargado de equipos de seguridad biológica, todos del mismo desagradable color verde que los que Janie había visto en los biopolicías del aeropuerto.

–No es mi color favorito -dijo. – Ni el de nadie -contestó el técnico con una sonrisa seductora-. No sé quién lo escogería, pero se merece un juicio por complicidad en delito visual.

–O, en todo caso, complicidad en dar dolor de cabeza -comentó Caroline.

El técnico poseía un encanto muy de ciudad, y típicamente británico.

–En efecto -dijo-. Pero pasemos a este chisme; creo que les interesará. –

Tendió a Janie un pedacito de tela vagamente redondo, más o menos del tamaño del tubo en que lo había encontrado-. Por la forma que tiene, me parece que debieron ustedes de perforarlo al clavar el tubo en la tierra.

–Por lo visto hubo que empujar un poco antes de desgarrar las fibras -

dijo Janie-. ¿Ve lo irregular de los bordes? Eso sólo pudo haber pasado girando un poco el tubo dentro de la tierra. Seguro que hay un trozo más grande enterrado.

Cuando tuvo entre manos el pedazo de tela, Janie olvidó su vergüenza por haberse llevado a hurtadillas la tierra «ilegal», y sólo sintió entusiasmo por haber encontrado algo interesante dentro de ella.

–Está muy bien conservado -dijo. Midió el tubo desde la parte superior hasta el marcador que señalaba la situación previa del objeto-. A juzgar por la profundidad, es posible que fuera depositado hace más de quinientos años, pero casi no está deteriorado; probablemente por estar en suelo de turba, que no deja pasar el aire. Apuesto a que nosotros tendremos peor aspecto cuando alguien nos desentierre. – Devolvió el pedacito de tela al técnico del laboratorio-. Cuando estemos de vuelta en Estados Unidos nos divertiremos un rato con esto.

–¿Le apetecería echarle un vistazo ahora mismo? – preguntó el técnico.

Janie confeccionó mentalmente una lista de preguntas. «¿Quién lo dejó ahí? ¿Cuándo? ¿Dónde había estado antes de llegar a su último destino?»

Al plantearse aquella larga serie de enigmas, cayó en la cuenta de que la emoción de descifrarlos era lo que convertía su paso forzoso de la cirugía a la medicina forense en algo menos horrible que las demás posibilidades.

Aun así vaciló.

–Quizá sea mejor esperar -dijo-. Ahora que tenemos todas las muestras de tierra, podemos empezar a trabajar. No quisiera que me distrajera algo que en realidad no pertenece al proyecto, aunque debo admitir que es un hallazgo de lo más interesante. A lo mejor se me ocurre una manera de incluirlo en la tesis, pero de momento me preocupa más acabar el trabajo que ya va incluido en ella. – Miró al técnico a los ojos-. Si tiene tiempo, estamos listas para empezar hoy mismo los procedimientos químicos.

Su intención era dar a entender que no le disgustaría empezar cuanto antes el trabajo de laboratorio, sin por ello dar la impresión de estar presionando; pero el técnico no pareció acusar recibo de su comentario.

–Antes de hincarle el diente a lo de ustedes tengo pendientes un par de cabos sueltos -dijo-. Me iría mejor el lunes; entonces podría dedicarles unos cuantos días por entero, y eso les permitiría volver a su país lo antes posible. Aunque, si les apetece, tengo tiempo de echar un vistazo.

–¡Venga, Janie! – dijo Caroline, sin ocultar su interés-. Sólo un vistazo.

¿Qué tiene de malo?

¿Que qué tiene de malo?, se preguntó Janie. Supongo que nada, pero…

Volvió a mirar el pequeño redondel de tela, sintiendo algo extraño al verlo, como si dentro de ella se activase un vago sistema de alarma. Le pareció curioso.

¿A qué se debía aquel deseo de no tocarlo? Algo la retenía, de eso no cabía duda; algo que no podía definir más que como la intuición de que no le convenía ocuparse de aquel objeto en ese preciso instante. En contraste con la precavida actitud de su jefa, Caroline estaba impaciente por satisfacer su curiosidad.

–Sólo tardaremos unos minutos -dijo-. Nos hemos pasado el día cavando, y a veces, debo añadir, en circunstancias de lo más «interesantes».

De momento lo único que podemos enseñar es tierra en las uñas y un trozo de tela. A la tierra ya le dedicaremos todo el lunes. ¿Qué tal si nos damos el gusto de divertirnos con la tela hoy mismo?

El retintín de frustración que se advertía en las palabras de Caroline sorprendió a Janie, que a veces se olvidaba de que su ayudante sólo estaba ahí para aprovechar una oportunidad de aprender que no habría conseguido de otra manera, y por el atractivo de un viaje que quizá nunca volviera a estar a su alcance. Janie le había pagado para llegar antes que ella y ocuparse de los preparativos, cosa que Caroline había hecho con suma eficacia, cumpliendo así con su parte del trato. Sintiéndose de pronto bien dispuesta hacia los intereses de su ayudante, Janie sacrificó sus escrúpulos al deseo de complacerla.

–Sí, quizá nos merezcamos algo de diversión -dijo-, pero habrá que andarse con cuidado. La verdad es que no tenemos el equipo adecuado, y lo que hay aquí es historia con mayúsculas.

El técnico las llevó junto a un equipo informático situado en el centro de la sala, y colocó tres sillas para que todos vieran bien la pantalla. Encendió el sistema y fijó la tela con un mecanismo de succión. La tela excedía bastante las medidas de la placa del microscopio, por lo que se hizo necesario un reajuste. Janie contemplaba los gestos del técnico con aprensión, preguntándose qué entes microscópicos desplazaría cada uno de sus movimientos. Por fin, cuando todo estuvo en su sitio, examinaron la primera ampliación.

–Las fibras están en muy buen estado -dijo Janie-. Deduzco que podría ser lana. – Sin embargo, al ver desplazarse la imagen por encima de las fibras, se fijó en unas estrías que indicaban un probable origen vegetal, y modificó su opinión-. O tal vez lino -dijo-, aunque dudo que se conservase tan bien. Parece que si tenía algún tinte lo ha perdido, aunque hay tan pocas

variaciones de color en el conjunto que me parece más probable que el blanco sea su tono original.

El extraño artefacto ejercía una gran atracción sobre Janie, que, incapaz de resistirse, se acercó a la pantalla para ver mejor el detalle. Cuanto más lo examinaba más intrigada la tenía, casi en contra de su voluntad.

–¿Puede aumentarlo un poco más? – preguntó.

La respuesta del técnico consistió en abrir un menú con el ratón del ordenador. Hizo clic en el submenú de ampliación y seleccionó un porcentaje, haciendo que la pantalla se redibujara casi de inmediato con un entramado de fibras el doble de grande.

Tras examinar la nueva sección, Janie pidió que se ampliara aún más. El técnico no se hizo de rogar, y fue repitiendo el proceso hasta llenar la pantalla con una sola fibra. Desplazaron la imagen en todas las direcciones, deteniéndose de vez en cuando para examinar puntos de interés. Bien mirado, pensó Janie, no es tan interesante como parecía; sin embargo, justo cuando empezaba a perder interés, una célula de asombrosa nitidez ingresó en pantalla.

–Párelo aquí -dijo Janie enseguida, señalando la imagen.

Tanto Caroline como el técnico, cuyo nombre, según la tarjeta de identificación, era Frank, contuvieron la respiración al ver la célula.

–Veámoslo más de cerca -dijo Janie. Frank obedeció ampliando la imagen una vez más y centrando después la célula en pantalla. Como la imagen era un poco borrosa, Frank activó el enfoque automático.

Ni aun así le satisfizo el nivel de claridad. – Si tienen unos minutos -dijo enardecido-, puedo hacer que lo vean aún más nítido. Hay la opción de pasarlo por un par de filtros.

–Adelante -dijo Janie con un entusiasmo que a ella misma le pareció excesivo.

Frank jugó un poco con el ratón antes de introducir una serie de valores numéricos en un campo. Un nuevo barrido corrector recorrió la imagen de arriba abajo, dejando a la vista una bacteria perfectamente clara. Era una especie de torpedo gordezuelo con finos flagelos emergiendo de todas partes. Viéndolos tan absolutamente inmóviles, Janie imaginó esos mismos flagelos ondeando en torno a la bacteria viva, mientras ésta se deslizaba por el líquido nutricio en el que había vivido en otros tiempos. Advirtiendo la ausencia de manchas de sangre en la tela, supuso que la bacteria habría sido

depositada mediante sudor o lágrimas, o quizá saliva, fluidos corporales que se propuso buscar más tarde sometiendo el tejido a una serie de pruebas en el laboratorio universitario de John Sandhaus.

–¡Ajajá! – exclamó Frank con una sonrisa-. ¡Bonito espécimen! Parece alguna clase de enterobacteria, aunque así de bote pronto no sabría reconocerla. Caroline expresó su asombro silbando por lo bajo. – Precioso.

Precioso, sí señor. Janie se guardó su opinión para sí. ¡Tan simple y perfecto, y tan bien conservado!, pensó. Otra idea acudió a su mente sin quererlo: Peligroso. Estaba segura de que, una vez de vuelta a su país, seguiría investigando el historial de aquel microbio, y hasta se le ocurrió la posibilidad de que les proporcionase información adicional de cara a la tesis; pero, sin saber muy bien por qué, le daba escalofríos, reacción que ni Caroline ni Frank parecían experimentar.

–¿Hay manera de poner una señal? – preguntó; de repente le habían entrado ganas de acabar de una vez-. Quisiera poder situarlo sin que hiciera falta repasar toda la pieza.

–Puedo marcar el punto con colorante químico -dijo Frank-. Podemos seleccionar una parte y guardarla como archivo de búsqueda. Más tarde podrá abrir el archivo y hacer que el programa busque algo que se parezca a lo seleccionado, y puede llevarse el archivo a su país y ordenar a su sistema que haga lo mismo. Casi todos los programas de biomedicina están preparados para encontrar colorantes concretos. Para ir a lo seguro, puedo poner uno de uso corriente. Si quiere, ahora imprimimos esta imagen y le guardo el archivo entero para que se lo lleve a Estados Unidos en un disco.

Reflexionando sobre el riesgo de exponer el delicado hallazgo a una sustancia húmeda que pudiera perjudicarlo, Janie dijo:

–Lo más probable es que se haya mojado un buen par de veces a lo largo de la historia; dudo que vaya a morirse por un poco de colorante.

Además, ya está re-quetemuerto.

Frank asintió.

–Lo marcaré ahora mismo, y después lo dejaremos descansar un rato para minimizar la difusión del colorante. Si quiere, se lo puedo empaquetar y que mañana esté listo para enviar.

–Sería estupendo -dijo Janie, contenta de ahorrarse la pesadez de exportar documentación-. Seguro que a usted los procedimientos de exportación de su país le resultarán más familiares que a nosotras. ¿Le

molestaría sacar dos copias de la pantalla? Quisiera enviar una a América, a mi director de tesis. Me gustaría que me diera su opinión. Procesará las imágenes por unos cuantos programas, y así cuando volvamos tendremos un montón de datos esperándonos. – Faltaría más.

Frank manipuló la impresora láser con resolución de 3600 dpi y abrió después el menú de archivos en la parte superior de la pantalla, haciendo clic en la orden de guardar archivo.

–Escoja un nombre -dijo a Janie. – Gertrude -contestó ella, después de darle unas cuantas vueltas-. Le pondremos el nombre de mi abuela, que ha sido mi primera fuente de financiación. – Servirá perfectamente -dijo Frank mientras lo introducía en la casilla-. Ya está: Gertrude.

Sacó dos copias de la imagen y se las dio a Janie, asegurándole que cuidaría bien el original.

Janie y Caroline se marcharon, dejando a Frank a solas con la misteriosa criatura. El técnico se hizo con una serie de utensilios y material colorante, incluida una minúscula jeringuilla de inhibidor de flujo. Trabajando con la misma ampliación de antes, depositó una gotita de colorante, que, fluyendo por las fibras de la tela, inundó la célula. Delimitó un rectángulo con el ratón alrededor de la imagen teñida e hizo que el ordenador guardara el área seleccionada como un archivo distinto. Después se concentró en una serie de tareas pendientes, dejando que el colorante fuera absorbiéndose.

Pasado un rato, volvió para quitar la muestra de la placa del microscopio, pero, movido por la curiosidad, decidió echar un último vistazo antes de apagar el sistema. Así pues, se sentó y miró la pantalla.

Gertrude se había movido.

Volvió a mirar. Era imposible; la bacteria estaba muerta, y en ningún caso podía moverse. Pensó que quizá recordara mal la posición inicial. En lugar de salir del programa, subió con el ratón a la parte superior de la pantalla, abrió el menú de impresión y ordenó al sistema imprimir el archivo que se había guardado en último término. La página fue saliendo poco a poco de la impresora. El técnico, impaciente, la cogió en cuanto estuvo completa, disponiéndose a compararla con la pantalla.

Sí, Gertrude se había movido. Se estaría haciendo la muerta… Frank guardó la imagen de pantalla como nuevo archivo, dándole esta vez el nombre de «Frank», el suyo. Debía de estar en estado de espora… Cortó la

zona concomitante a la célula, limpió la pantalla de todo lo demás y guardó el archivo más pequeño como Frank2 antes de salir del programa.

Estaba loco de entusiasmo. Una cosa así no pasaba todos los días. Frank no veía el momento de dar a conocer lo que había descubierto acerca del microbio. Hurgando en un montón de papeles desparramados por su escritorio, en todos los cuales había anotado cosas importantes que era necesario no olvidar, encontró el teléfono del hotel de Janie y lo marcó sin perder tiempo. El recepcionista pasó la llamada, pero no hubo respuesta.

–¡Maldita sea! – dijo Frank, llevándose una honda decepción. Colgó el auricular y volvió al ordenador, preguntándose si Janie habría ido a otro lugar que no fuera el hotel.

Tras unos instantes de escribir y usar el ratón, la imagen de la bacteria fue transferida con éxito vía módem a otro sistema anexo dotado de un programa de nombre Catálogo de Identificación de Microorganismos, o, más corrientemente, CIM. Dentro del instituto, Frank era quien más a fondo dominaba los trucos y matices del programa, y tardó segundos en ponerlo en marcha. Miles de microbios conocidos tenían su archivo en formato de imagen gráfica, imágenes residentes que el programa podía comparar con una imagen importada con fines de identificación visual.

Abrió el archivo Frank2 y ordenó al programa que efectuara la búsqueda. Pasados unos minutos, el sistema anunció su conclusión con una simpática señal acústica.

CATEGORIZACIÓN PRELIMINAR: ENTEROBACTERIA

¡Has vuelto a acertar, Frank!, se dijo en son de triunfo, cada vez más entusiasmado. Hizo que el programa profundizara en la búsqueda.

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CITROBACTER P. COLI

EDWARDSIELLA ERWINIA HAFNIA KLEBSIELLA KLUYVERA MORGANELLA PROVIDENCIA PROTEUS SALMONELLA

SERRATIA SHIGELLA YERSINIA

¡Coño!, pensó. ¡Vaya asco de grupo! Capaz de infligir una selecta gama de enfermedades intestinales, la mayor parte de las cuales podían matar al organismo infectado o bien inducirlo a rezar por una muerte rápida. El programa siguió con su proceso de selección, descartando posibilidades a medida que las características eran identificadas por separado y comparadas con las muestras conocidas. Por fin, transcurridos unos instantes, el