La plaga
Veinte
adhesión de medio mundo. Para colmo, logra convencer al «padre»
engañado de que la ayude a criar al niño de tal forma que él mismo crea en el cuento. ¡Notable, en verdad! ¡Qué diferente debía de ser en vida a la mártir doliente y mística descrita por los sacerdotes!
Era una judía inteligente y sagaz que utilizó su agudo ingenio para sobrevivir, como habían hecho muchos de sus ancestros y harían tantos de los que vinieron después.
Y nadie mejor que Alejandro para afirmarlo. Sólo a base de pensar en Adele y en la paz que esperaba encontrar junto a ella había logrado no estallar en carcajadas ante el empeño del sacerdote en advertirle que su resistencia a la confesión iba a llevarlo derecho al infierno. Bendecid, padre, a este pecador. Soy un judío solitario que busca un hogar tras verse obligado a errar por toda Europa por culpa de la vil traición de vuestro presuntuoso obispo, el cual recibió de mí algo que merecía de sobra. Busco la paz fingiendo convertirme a la absurda fe cristiana, a fin de formar una familia con una mujer cuya ciega adhesión a vuestra locura no merecéis, ya que es demasiado bondadosa para mezclarse con gente de vuestra calaña. Y, si bien me confieso avergonzado de mi falta de escrúpulos a la hora de engañarla, siempre sabrá que no hay amor más profundo que el que siento por ella.
Alejandro estaba tan enfrascado en sus reflexiones que no se dio cuenta de lo lejos que había llegado, y fue grande su sorpresa al ver destacarse contra el verde paisaje la mole del castillo de Windsor. ¡Aquí me espera una nueva vida!, pensó con júbilo. Hincó con fuerza los talones en los flancos del caballo, que relinchó estrepitosamente antes de lanzarse colina abajo hacia la distante fortaleza.
Amén, pensó Alejandro. Que así sea.
VEINTE
El lector de manos estaba repitiendo por trigésima vez el proceso de limpieza. A cada nueva revisión detectaba bacterias que habían sobrevivido a la última descarga, y, lógicamente, volvía a empezar. El programa se resintió de tantas sacudidas, y, enloquecido, empezó a soltar descarga tras descarga saltándose el período de enfriamiento necesario. Durante la tentativa número treinta y uno, el sobrecalentamiento de la instalación desembocó en un cortocircuito. Uno de los cables se fundió, provocando un
pequeño fogonazo azul y una nubecilla de humo que ascendió hacia el techo.
No hizo falta más para activar una alarma antiincendios directamente conectada con el cuartel londinense de la policía biológica. La señal de radio se transmitió asimismo a la Unidad de Emergencias más cercana, y en menos de un minuto partió hacia el laboratorio un destacamento completo de personal de dicha unidad, cuyos vehículos se abrieron camino por las congestionadas calles de Londres con las sirenas a todo trapo.
En el cuartel general de la policía biológica, la reacción fue menos rápida, pero mucho más organizada. Los miembros de la unidad de guardia dedicaron cierta cantidad de tiempo a ponerse el uniforme protector antes de dirigirse al lugar indicado en su mapa informático. Al cabo de cinco minutos, diez hombres y mujeres ataviados con llamativos trajes espaciales de color verde subieron a la parte trasera de una camioneta patrulla y, mientras el vehículo se ponía en marcha, cogieron cada uno un arma de la panoplia, comprobando que estuviera debidamente cargada.
Bruce estaba marcando un número de teléfono para informar de la presencia de Yersinia pestis, pero Janie lo detuvo cogiéndolo del brazo.
–¿Qué es eso? – dijo.
Bruce levantó la mano del teclado numérico y escuchó.
–Alguna alarma. – Agudizó el oído-. Parece el detector de humos.
Colgó el auricular sin acabar de introducir todos los dígitos. Janie corrió hacia la puerta principal del laboratorio e intentó abrirla.
–¡Estamos encerrados! – exclamó-. ¡No se abre!
–Eso es que la alarma debe de haberse disparado en el pasillo -dijo Bruce, acudiendo a su lado. Pulsó unas teclas en la pared para anular el cierre automático, pero al tirar de la puerta no consiguió que cediera-. El sistema de seguridad cierra automáticamente el acceso para que no entre fuego en el laboratorio. – Hizo un nuevo intento de abrir la puerta, tan inútil como el primero-. Por aquí no podremos salir.
Janie se dirigió a toda prisa a la pequeña ventana del laboratorio y vio llegar al equipo de la Unidad de Emergencia. En cuanto éste apagó la sirena, se oyó otra a lo lejos.
Bruce había acudido junto a ella, y también oyó la segunda sirena.
–Debe de ser la policía biológica. Tenemos que esfumarnos cuanto antes.
–¡Dios mío! – dijo Janie-. ¿A qué vienen?
–No estoy seguro -contestó él-, pero creo que hemos tenido la mala pata de estar aquí dentro justo en el momento de dispararse el detector de humos. Más vale que no nos quedemos a averiguar si tengo razón.
Oyeron a alguien forcejear con la puerta al otro lado del laboratorio.
Janie, asustada, miró a Bruce y señaló en dirección al ruido.
–¡Están intentando entrar!
Se oyó una voz llamando a Bruce desde el pasillo.
–Lo más probable es que sea el mismo guardia de seguridad de antes.
Janie echó un rápido vistazo al conjunto del laboratorio, pero no parecía haber otro acceso aparte de la puerta principal.
–¿Cómo vamos a salir de aquí? – El silencio de Bruce no le gustó nada; tampoco la expresión con que meditaba su respuesta-. Un poco difícil, ¿no?
Él frunció el entrecejo, haciendo un esfuerzo de concentración.
–Sólo se me ocurre un camino; lo malo es que es muy estrecho.
Tendremos que meternos por un conducto de ventilación del congelador principal. Está lleno de filtros; de hecho, en principio no es más que una salida para el aire purificado, pero quizá podamos pasar. Ven -le dijo señalando el congelador-. No hay tiempo que perder. ¡Y no te olvides el maletín! Podrían identificarte…
Janie se detuvo en seco al ver en la puerta una señal roja que advertía del riesgo de contagio: USO OBLIGATORIO DE TRAJE PROTECTOR
PARA EL PERSONAL QUE ACCEDA A ESTA UNIDAD.
–¡Bruce! – exclamó, sujetando a su compañero-. ¡No podemos entrar así como así! ¡Es peligrosísimo!.
–¡Mira, Janie, como no entremos enseguida lo vamos a tener muy pero muy crudo!
«No discutas», decía su mirada. Aun así, Janie siguió protestando.
–¡Pero si ahí dentro todo está lleno de bacterias y virus! ¡Nos moriremos igual!
–No, mientras no toquemos nada ni respiremos aire sin filtrar. – Abrió un pequeño armario adyacente a la puerta de la unidad de almacenaje y sacó dos máscaras, una de las cuales dio a Janie-. Póntela. Lleva un filtro antiplásmides. Si nos andamos con cuidado, no dejará pasar nada lo bastante grande para ser dañino.
Janie cogió la máscara y se la quedó mirando. Su peso no llegaba al medio kilo. Una vez dentro del congelador, sólo aquel artilugio de plástico extraligero separaría sus pulmones de miles de millones de bichos infecciosos. Miró a Bruce con aprensión.
–¡Es tan pequeña y sencilla! Me parece imposible que baste…
La puerta sufrió una nueva sacudida. – ¡Vamos de una vez! – insistió Bruce. Janie se puso la máscara atándose la cinta en el cogote. Tuvieron el tiempo justo para protegerse con guantes y botas.
–¡Respira hondo! – dijo Bruce. Abrió la puerta y entraron a toda prisa en la cámara de descompresión. Mientras el intercambio de aire les robaba segundos preciosos, Janie miró a un lado y vio el brazo mecánico suspenso en el aire, con sus dedos extrañamente humanos. Imaginó a un técnico cualificado manipulando el delicado artefacto para recuperar una muestra, y todo para no arriesgarse a entrar en contacto con los mortíferos organismos que contenía la unidad. La idea sirvió para recordarle que estaba a punto de entrar donde no la llamaban.
Accedieron por fin a la unidad de almacenaje en sí, por una segunda puerta que se cerró a su paso. Casi de inmediato sus máscaras se cubrieron de vaho.
–¡Mierda! – dijo Bruce-. Deberíamos haberlas enfriado antes de entrar.
Tardarán un par de minutos en desempañarse, pero mientras tanto vale más estarse quietos.
Janie miró alrededor a través de su máscara, que se estaba empañando por momentos. Se hallaban en una jungla de tubos de cristal. El silencioso panorama del congelador, en que todo era impoluto cristal o cromo bruñido, poseía una belleza que el vaho hacía aún más fantasmagórica. Algunos tubos tenían pegados pequeños carámbanos rebeldes, pese al sistema de frío seco del congelador. Los dos intrusos exhalaban por sus máscaras nubéculas de aire que, cristalizadas, desaparecían casi al instante. Jame se explicó la procedencia de los carámbanos: eran residuos de respiración humana, cálida y cargada de humedad.
Algo más adelante, vio una serie de tanques atornillados al suelo sin orden ni concierto. Sospechó que contenían algunas de las muestras más letales, almacenadas por separado a temperaturas todavía más bajas.
Oyó algo que la hizo volverse. La máscara empezaba a desempañarse, pero no lo bastante para permitirle localizar la procedencia del ruido.
–¡Agáchate! – le susurró Bruce, empujándola hacia abajo con su mano enguantada.
Agazapados tras un tanque de gran tamaño, miraron hacia el laboratorio, por cuya mampara vieron al guardia de seguridad con quien habían topado en el pasillo. La máscara de Janie se aclaró justo a tiempo para permitirle percibir una explosión en la espalda del guardia, que se desplomó de inmediato.
Los dos fugitivos ahogaron un grito, cuyo significado, más allá de la distorsión impuesta por las máscaras, no podía ser más claro.
–¡Dios mío! – dijo Janie-. ¡Le han pegado un tiro!
–¡Santo Dios! ¡Y con una bala química! – añadió Bruce.
–¿Y lo matan así porque sí?
Bruce puso un dedo sobre la máscara, imponiendo silencio a Janie. Sin quitar ojo a la mampara, susurró:
–Dan por hecho que en un accidente de laboratorio todo el mundo está infectado. Es el sistema que siguen desde que hace dos años pasó lo del arbovirus. Primero los tiros, y luego las explicaciones.
–¿Y eso nos pasará si nos encuentran aquí dentro?
–A saber -contestó Bruce, nervioso-. A lo mejor se lo piensan antes de disparar contra el congelador. Fíjate en lo que hay aquí; hasta una bala química podría causar grandes destrozos.
A Janie no le hizo falta fijarse demasiado para entender lo que decía Bruce. El tanque que les servía de escudo llevaba, un letrero con las palabras Ébola Zaire, seguidas por el nombre de la enfermera africana que había sido la paciente cero de una miniepidemia que años atrás se había cobrado quinientas víctimas. Janie recordó haber leído un informe en una revista médica donde se describía la rápida aparición de los síntomas, que hacían que la víctima sangrara de forma horrible por todos los órganos y vasos sanguíneos del cuerpo. Desde entonces, el virus había experimentado diversas mutaciones, y la versión actual era todavía más mortífera.
–Aunque no sé -añadió Bruce-; esos tipos son muy buenos, y sus fusiles tienen sensores de calor ajustados a treinta y siete a grados, así que no podemos fiarnos de que no disparen. – Seguía con la vista fija en el lugar donde habían visto caer al guardia-. No suelen fallar -susurró.
Janie inclinó la cabeza y dijo:
–Esa bala iba para uno de nosotros.
Y sólo es el principio, pensó con un nudo en el estómago. Ted también ha muerto, y Caroline anda suelta con la peste encima, quizá contagiando a cientos de personas, como último miembro del club de los pacientes cero.
Yersinia pestis se asociará con algún otro microbio, recogerá a un plásmide que lleve el gen resistente a los antibióticos, y volveremos al siglo XIV; sólo que esta vez las ratas no tendrán que esperar a que llegue un barco de vela: podrán subirse a los aviones.
El apocalíptico mensaje se repetía una y otra vez en el cerebro de Janie, como una cinta autorreversible, mientras ella y Bruce esperaban a ver qué sucedía. Permanecieron en cuclillas detrás del tanque durante lo que les pareció una eternidad, hasta que empezaron a dolerles las piernas. Detrás de la mampara se oían las voces de los biopolicías, amplificadas por un dispositivo electrónico. Al final tuvieron que sentarse en el suelo y apoyar la espalda en una unidad metálica de almacenaje. La temperatura del congelador era de varios grados bajo cero, y la sequedad del aire era brutal.
Janie empezó a temblar; lo único que la resguardaba del frío era una chaqueta bastante fina y mojada, que se estaba poniendo rígida por momentos. Al mover un brazo, minúsculos pedacitos de hielo se desprendieron de la manga y cayeron sobre las baldosas.
Dirigieron la vista por el pasillo central del congelador y vieron reflejado en la lustrosa superficie metálica del armario de enfrente el verde chillón de los trajes espaciales. Aguardaron en silencio, rezando por que a los biopolicías no se les ocurriera ningún motivo para registrar la unidad de almacenaje.
Pasados unos minutos de angustiosa espera, Bruce dijo:
–Dudo que se huelan que hay alguien más; si no, ya habrían entrado.
Aparte del guardia no nos ha visto nadie.
Janie no estaba tan convencida.
–Espera a que encuentren la mano -dijo, con el volumen justo de voz para que él la oyera-. Verás cómo lo dejan todo patas arriba. No he tenido tiempo de volver a meterla en el maletín; sigue tirada en el suelo dentro de una bolsa de plástico, y a la mínima que lleven detectores de bacterias, no tardarán ni un segundo en encontrarla.
–Seguro que llevan. Tratándose de un accidente de laboratorio, no tienen más remedio. Después harán un examen de ADN por láser y sabrán que es la mano de Ted; lo siguiente será estudiar los residuos sobre su piel
para averiguar quién ha estado en contacto con él, y ahí empezará lo bueno.
Interrogarán a todos los trabajadores del laboratorio, yo incluido, y detendrán a cualquier otra persona que salga identificada en las pruebas.
De repente aparecieron dos reflejos verdes que se acercaron a la mampara de cristal. Janie y Bruce encogieron las piernas y se acurrucaron el uno contra el otro, conteniendo la respiración para que el vaho no los delatase. El peligro de atraer la atención de los biopolicías les impedía moverse; de resultas de ello, la circulación de la sangre se hizo más lenta, provocando un aumento de la sensación de frío. Ella empezó a experimentar una gran somnolencia, y ello a pesar de la adrenalina que le corría por las venas. Miró a Bruce y vio que también se estaba quedando amodorrado; se le ocurrió entonces que, si demoraban mucho su salida, corrían el peligro de morir congelados, mientras Caroline seguía suelta por las calles de Londres.
Volvió a fijarse en el reflejo del armario y vio que una de las siluetas verdes se había marchado. La que quedaba giró sobre sus talones con un gesto brusco y desapareció del campo de visión de Janie. Ésta dio unos golpecitos en el hombro de Bruce y señaló el reflejo.
–Se han ido -dijo-. Deben de haber encontrado la mano.
Él se incorporó de inmediato, poniéndose en cuclillas.
–Es de esperar que los distraiga unos minutos. Quizá consigamos salir. –
Transcurridos unos segundos sin que volvieran a aparecer imágenes verdes en el armario, dijo-: Sigúeme.
Agachándose lo más posible, avanzaron a toda prisa por el pasillo central del congelador, entre hileras interminables de tubos de cristal y un verdadero laberinto de recipientes metálicos. La lectura de las etiquetas dio escalofríos a Janie. Al ver un bote blanco con el rótulo MARBURGO, recordó el terrible accidente ocurrido años atrás en un laboratorio alemán: una muestra de un virus africano de la familia ébola, tan poco conocido como letal, había llegado a un laboratorio de Marburgo dentro de una probeta rota, con el resultado de que en cuestión de días varios trabajadores de la institución habían sufrido la conversión de sus órganos internos en una verdadera sopa humana. Al pasar junto al bote, Janie contuvo la respiración.
Bruce ya había llegado al conducto de ventilación. Sus dedos rígidos y enfundados en guantes fueron desprendiendo con torpeza sucesivas capas de barras y filtros, y Janie pensó que, con una actividad tan intensa, la
quemadura de la mano debía de estarle doliendo de manera atroz. Las barras estaban pensadas para frustrar posibles intentos de acceso desde el exterior. No tardaron en quedar rodeados por montones de filtros y pantallas. El hurgó en el conducto y extrajo el último filtro, uno de los más gruesos; acto seguido se introdujo en el tubo con los pies por delante y, al llegar al panel del fondo, lo desajustó de una patada, confiando en que no hubiera testigos en el exterior. Al salir vio que estaban detrás de una hilera de arbustos, a salvo de miradas indiscretas. Era de noche. Se volvió hacia Janie y la ayudó a salir por el estrecho túnel.
–Quítate la máscara y lo demás, y escóndelo todo dentro del tubo -le dijo-. No toques la rejilla. No podemos volver a colocarla.
Oyendo que a su compañera le castañeteaban los dientes, la abrazó.
–A ver si así entras en calor -dijo-. Un par de minutos más ahí dentro y la cosa se habría puesto fea.
–Ya lo está -replicó ella-. ¿Cómo demonios hemos podido meternos en este lío?
Se quedaron detrás de los arbustos durante unos minutos, intentando que sus cuerpos ateridos dejaran de temblar. En cuanto se vio capaz de moverse con mayor agilidad, Bruce se levantó cautelosamente y echó un vistazo alrededor.
–Estamos en el jardín lateral -dijo-. Parece que no hay nadie.
Janie se puso en pie y se limpió la ropa con la mano, al igual que Bruce.
Después se atusó el pelo a toda prisa. Abandonando la seguridad del jardín, se dirigieron a la calle para ver qué estaba sucediendo.
Procuraron confundirse con la multitud de curiosos que, en número cada vez mayor, se acercaban a la entrada principal del instituto hasta donde se lo permitía una cinta verde fluorescente. Fueron adentrándose en el gentío con suficiente discreción para no levantar protestas. Una vez obtenida una buena perspectiva, se detuvieron, y, amparándose en la seguridad que les proporcionaba la distancia, vieron entrar y salir del edificio a numerosos biopolicías. Poco después de haber alcanzado su punto de observación, presenciaron el traslado de una caja larga y estrecha escaleras abajo, a hombros de cuatro gigantes verdes de aspecto no muy jovial. Se trataba sin duda del cadáver del guardia.
–No están dispuestos a correr ningún riesgo -susurró él al oído de Janie-. Lo tienen bien empaquetado. Después lo someterán a examen y
acabarán incinerándolo.
A ella se le llenaron los ojos de lágrimas. Lloró en silencio, y, tras despejarse la nariz, vio cómo otro biopolicía bajaba a solas por la escalinata llevando una caja más pequeña. Será la mano, pensó.
Como si le hubiera leído el pensamiento Bruce dijo:
–Les llevará cosa de media hora averiguar a quién pertenece. Más vale que nos marchemos antes de que alguien me reconozca.
Unas manzanas más allá encontraron un colmado con teléfono público.
Bruce marcó el número de emergencia de la policía biológica e informó de manera anónima acerca de la rejilla abierta del conducto de ventilación del laboratorio. No mencionó a Caroline, ni a la bacteria de la peste; su situación se había complicado en exceso. Seguro de que, por muy sofisticada que fuera su tecnología, la policía biológica tardaría todavía un tiempo en encontrar las mascarillas y localizar la llamada, telefoneó sin vacilar, con la certeza de que contarían con un margen suficiente para ponerse a salvo; tuvo, sin embargo, que tranquilizar a Janie, que no ocultaba su preocupación.
–Ese equipo de protección lo utiliza demasiada gente para que puedan emplear las huellas como prueba. No van a acusarnos de nada.
Ni Janie ni Bruce hablaron de cómo habrían actuado si el hecho de informar de la localización del equipo hubiera dado pie a que los identificaran. Al internarse en la noche londinense, él se preguntó si habría sido capaz de sacrificarse por el interés general. No lo sabía. Ni quería saberlo.
El teniente Michael Rosow, de la sección londinense de la Policía Biológica Internacional, aguardaba en la sala de descontaminación a que el líquido esterilizador cubriera todas las superficies exteriores de su traje verde, fluyendo en regueros de color aguamarina por los pliegues de su lustrosa armadura de plástico. Le recordaba el anticongelante de los coches, el que se usaba antes de generalizarse la regulación de la temperatura solar.
Era ésa la parte que más odiaba: el largo y lento proceso de salir de una zona contaminada y volver al mundo esterilizado. Cuando vio encenderse la luz que señalaba la apertura inminente de la cámara estanca, soltó un suspiro de alivio y se volvió hacia la puerta, en espera de oír el ruido de succión con que la bomba haría pasar el aire de la sala por el sistema de
filtraje. Al salir, esperó en la bandeja de secado a que dos técnicos protegidos por guantes, máscara y botas le quitaran el traje.
Una vez despojado de sus múltiples capas, cerró los ojos y se sometió a un último baño descontaminador. Los técnicos usaron vaporizadores de mano para duchar con líquido caliente todos los recovecos de su cuerpo desnudo. Aquella parte de la descontaminación resultaba francamente erótica, hasta el punto de que más de una vez, por decirlo de alguna manera, se había mostrado a la altura de las circunstancias, no sin vergüenza por su parte.
Después de secarse y ponerse ropa «normal», Rosow se encaminó sin rodeos al laboratorio de examen, caminando a una velocidad acorde con su entusiasmo. Así como odiaba el largo proceso de esterilización, lo que estaba a punto de hacer le procuraba grandes satisfacciones, muy superiores a las molestias de bañarse con anticongelante.
Ya había analizado la mano para identificar el ADN, con tres resultados: primero, un tal doctor Theodore Cummings, a todas luces propietario del miembro seccionado, además de director del laboratorio en que había sido encontrado; por lo visto había desaparecido, y, a juzgar por el estado de la mano, estaba muerto. Segundo dato: una enterobacteria en cantidad suficiente para que el escáner la identificara como «ser»; todavía no la había sometido a pruebas de identificación. El tercer dato correspondía a una mujer desconocida a quien obviamente no se le habían tomado las huellas corporales, puesto que la comparación de su ADN con las bases de datos del mundo entero no arrojaba ningún resultado. Según sabía Rosow, eso podía significar tres cosas. Por un lado, que se tratara de una mujer mayor, lo bastante para haber escapado a la ley de identificación obligatoria, aunque el buen estado de las células en que se había encontrado la secuencia parecía ponerlo en duda. También podía tratarse de una marginal que se las hubiera arreglado para evitar la toma de huellas. Era una hipótesis difícil de descartar, y, por lo tanto, Rosow la dejó abierta en su mente. Tercera y última posibilidad: una ciudadana extranjera que se hallara en Gran Bretaña con visado limitado, en cuyo caso no se habría visto obligada a someterse a la toma de huellas mientras no permaneciera en el país más de cuatro semanas.
Rosow se sentó frente al ordenador en una silla giratoria y, una vez dentro del programa de interpretación de ADN, examinó la pantalla al
tiempo que tecleaba una serie de órdenes breves. La respuesta corrió a cargo de una voz de mujer, dulce y seductora:
–La operación que acaba de solicitar finalizará dentro de seis minutos.
Espere, por favor. ¿Desea escuchar música durante el proceso?
–Sí -contestó Rosow.
–Por favor -dijo la voz-, escoja una opción de la lista de pantalla y pronuncíela lenta y claramente.
Rosow echó un vistazo a la lista, comparando la longitud de cada pieza con la duración prevista del proceso.
–Brahms, Réquiem alemán, pista cinco.
El ordenador contestó:
–Magnífica elección. Un momento, por favor.
Mientras la poderosa voz de su soprano favorita se elevaba por encima del coro, Rosow permaneció atento a la pantalla. El dibujo fue formándose bit a bit, bajo la mirada fascinada del teniente, que veía organizarse poco a poco la imagen de una mujer. A medida que el código genético era deducido por secciones a partir de las células halladas bajo las uñas de la mano seccionada de Ted Cummings, la imagen iba cambiando y transformándose.
–Eso es, muñeca -dijo Rosow-. A ver qué pinta tienes.
Al mismo tiempo que el diálogo entre la nota única de la soprano y la armonía del coro llevaba la música a su climax, los detalles finales de la imagen se integraron en el puzzle: pelirroja, ojos azules o verdes, sobre el metro sesenta y delgada, a menos que hubiera entrado en carnes. Toda una belleza. Un bombón.
–¡Caramba! – susurró el teniente, ajustando la nitidez de la imagen.
Se preguntó qué aspecto tendría aquella mujer después de vivir en el mundo real por espacio de cuantos años llevara en él. El propio Rosow nunca había tenido el valor de consultar su imagen y comprobar en cuánto había desgastado la vida su potencial en abstracto. Lo había hecho con algún que otro conocido (sin pedirles permiso ni comunicárselo siquiera, lamentaba decirlo), y siempre le había sorprendido hasta qué punto la fuerza de la gravedad, el clima y las preocupaciones afectaban a todos los seres humanos. Aquella mujer, en todo caso, había nacido con un potencial considerable. El interpretador generacional de células confirmó los cálculos de Rosow sobre su edad.
Aisló sus rasgos faciales y los amplió a tamaño de pantalla. Después abrió un menú de introducción de datos y seleccionó los bits que deseaba enviar vía módem. Una vez satisfecho con la selección, hizo clic en el icono
«enviar» y esperó unos segundos a que el sistema transmitiera a todas las oficinas y unidades móviles de la policía biológica inglesa una imagen facial de la mujer y una lista de características identificatorias.
Michael Rosow no veía la hora de poder manejar los programas que, según se decía, estaban siendo desarrollados en el instituto, programas que le permitirían hacer que la imagen reconstruida se moviera igual que una persona de verdad.
Volvió a oírse la seductora voz del ordenador.
–La transmisión se ha realizado con éxito. ¿Desea algo más?
Rosow se echó a reír.
–Sí, cielo -dijo-. Deja que te eche un vistazo.
De los cientos de individuos cuyas siluetas se recortaban contra el crepúsculo, acaso la andrajosa mujer que cruzaba el puente empujando un carrito fuera la más peculiar. Los coches pasaban por su lado a toda velocidad, pinceladas de color aisladas en una masa indiferenciada y veloz de taxis negros cuyos afortunados pasajeros se dirigían a cómodas viviendas suburbanas. Otros, también afortunados, aunque no tanto, volvían a pie a sus apartamentos de barrios periféricos; había, pues, una cantidad importante de peatones a ambos lados del puente; y, aun sabiendo que sus compañeros volvían a velar por ella, la mujer del carrito estaba algo asustada. Se habría sentido mucho más cómoda con el grupo que vivía debajo del puente, en un entorno humano muy distinto.
–No me gustan mucho las multitudes -dijo a Caroline, que llevaba un buen rato sin moverse y distaba mucho de hallarse en condiciones de contestar-. Nunca he aguantado a los grupos grandes.
Aminoró el paso y pensó en los otros recorridos que podía haber seguido, menos expuestos a las temidas masas humanas de la civilización.
Todos presentaban algún inconveniente, y no había ninguno que no supusiera un incremento peligroso del tiempo necesario para depositar a su maltrecha carga. Tenía que arreglárselas para pasar al lado sur del río, y aquel puente era el medio que ofrecía menos obstáculos, ya que, al igual que las sillas de ruedas, su carrito de compras robado no podía con las escaleras; en aquel puente las aceras eran tan lisas como la calzada.
El puente era una elegante construcción de acero erigida en sustitución de otro de piedra y hormigón menos resistente, que había sido destruido hacía unos años por la bomba de un terrorista, cuya explosión había acabado asimismo con una buena porción de la historia de la ciudad. La mujer del carrito prefería el puente antiguo, bella y majestuosa conexión entre ambas orillas del río, que además tenía la virtud de casar con los edificios más próximos.
–¡Qué lástima que todo cambie! – murmuró, inclinándose hacia Caroline como si la joven pudiera oír lo que le decía-. En otros tiempos sabía orientarme por esta ciudad, pero ya no. Demasiados edificios altos.
Demasiada gente.
Empezaba a encontrarse mal. Era sorprendente la velocidad con que su cuerpo caía en manos del invasor, no por invisible menos esperado. Hacía poco que había tomado las riendas del destino de Caroline, y aun así ya había recorrido una gran distancia, viéndose obligada a volver más de una vez sobre sus pasos al topar con obstáculos insalvables. Empezaba a cansarse de tanto andar. Habría agradecido un pequeño descanso, aunque sólo fueran unos minutos; sin embargo, el rápido empeoramiento de su pasajera no le permitía tomarse el lujo de detenerse para pensar en sí misma. Siguió caminando a un paso lento pero constante, a sabiendas de que en ello radicaba su única esperanza de llegar a destino antes de que fuera demasiado tarde para cumplir la misión.
–¡Eso, no te cortes! ¡Hazte la estrecha!
El teniente Rosow no estaba teniendo mucho éxito en su intento de identificar la bacteria que había encontrado sobre la mano de Ted Cummings, cosa que le producía una frustración considerable. Tenía la costumbre de hablar con gran parte de los objetos que examinaba, a veces con amabilidad, otras con franca irritación, como si de ese modo pudiera persuadir al terco objeto a que le revelara todos sus secretos, lo más profundo de su ser.
Estaba desconcertado. Aquella bacteria mostraba similitudes con diversas especies, pero carecía de correspondencia exacta en la base de datos. Hacía tiempo que no daba con algo que le resultara tan duro identificar. A fuerza de experiencia, Rosow había llegado a desarrollar un don especial para encontrar la bacteria de base a partir de una mutación,
sistema que le había permitido identificar microorganismos sumamente diversos.
En cambio, aquel pequeñín, pese a su gran entusiasmo multiplicador, no parecía haberse desarrollado a partir de ninguna bacteria con ficha disponible. Rosow introdujo diez posibilidades de mutación, algunas multigeneracionales, pero no obtuvo resultado. Perplejo, pidió al ordenador que buscara similitudes con otras muestras sin identificar. Lo hizo por puro trámite, convencido de que sería inútil.
Se equivocaba. Cuando todavía no habían transcurrido seis minutos de búsqueda a través de millones de muestras, aparecieron seis resultados positivos, todos de bacterias pendientes de identificación.
Las seis correspondían a los últimos dos días.
Rosow se incorporó como un resorte y estudió atentamente la pantalla.
Los historiales de los seis casos estaban siendo recopilados a partir de fuentes diversas. Cinco provenían de distintos hospitales, y el sexto de un examen Infodoctor de rutina. Tres eran londinenses y los otros tres residían en las afueras de la ciudad. Sus perfiles eran absolutamente dispares; no compartían profesión, domicilio, costumbres ni vicios. Todos habían enfermado más o menos al mismo tiempo, y se quejaban de idénticos síntomas: mucha fiebre, ganglios hinchados y manchas oscuras en cuello e ingle. Faltaba un diagnóstico exacto. En el momento de procesarse la puesta al día de los últimos datos, cuatro ya habían muerto, y los otros dos estaban muy graves.
Para que el ordenador entrara en acción de forma automática, hacían falta diez muestras coincidentes sin identificar. Rosow se daba cuenta de que el descubrimiento de aquella posible epidemia se debía exclusivamente a su contacto con la mano de Ted Cummings, que lo había llevado a usar el programa de identificación. A la larga, el número de víctimas habría sido lo suficientemente alto para llamar la atención del sistema, pero, para entonces, cabía la posibilidad de que aquello con lo que Rosow, haciendo alarde de su buena suerte habitual, había tropezado se hubiera salido de madre.
A lo mejor ahora me hacen caso, pensó. Había realizado varios intentos infructuosos de bajar el umbral de epidemia a cuatro casos, pero, aparte de él, nadie lo creía necesario. El sindicato de la policía biológica había cerrado el paso a la propuesta, temiendo un drástico aumento de horas de
trabajo. Rosow se había enfadado con los representantes de los trabajadores, y seguía estándolo, hasta el punto de que ni siquiera asistía a las reuniones.
Por mucho que pensara en ello, no parecía existir ningún punto en común entre las víctimas. Sólo lo encontró al leer las entrevistas con los parientes más próximos.
La primera víctima mortal era el propietario de un restaurante londinense de primera categoría, donde habían coincidido la misma noche tres de los afectados por la enfermedad. Rosow llamó inmediatamente a las familias de los otros dos, y descubrió que uno de ellos también se hallaba esa noche en el establecimiento.
Todo apuntaba a una toxina relacionada con la comida; no obstante, una de las víctimas se había limitado a tomar una copa de vino mientras su acompañante cenaba. En la autopsia no se había encontrado nada en su estómago. El examen de otra botella del mismo vino no había suministrado indicios de que estuviera contaminado. Además, su acompañante había pedido otra marca.
–Ya que fue tu última copa, espero que al menos la disfrutaras -dijo Rosow en voz alta-. Yo habría preferido una cerveza negra. – Y añadió-: De haberlo sabido, claro.
Ni el vino, ni la comida, ni ningún patrón profesional o de residencia; lo único que tenían en común las víctimas era su presencia en el restaurante.
Éste, además, carecía de aire acondicionado, lo cual descartaba la hipótesis de la legionella; de todos modos los síntomas no tenían nada que ver.
El desconcierto de Rosow era todavía mayor que antes. No sabía por dónde seguir. De algo sí estaba seguro: tenía que encontrar a la pelirroja.
La pordiosera distinguió a lo lejos a dos biopolicías de uniforme verde chillón, apostados en la acera cerca de donde el extremo del puente se unía con la calle. Lo supieran o no, el caso era que se hallaban muy cerca del lugar por el que la mayoría de los integrantes del clan de marginales local accedía a la comunidad de debajo del puente; y, si bien esta idea inquietaba a la mujer en términos generales, la presencia de los agentes junto a la entrada del inframundo no tenía para ella consecuencias directas, puesto que no entraba en sus planes hacer una visita a sus amigos. No tenía tiempo.
Eso sí, se vería obligada a dar un rodeo, puesto que los agentes obstaculizaban la ruta prevista. Dejó de empujar el carrito y calibró las
posibilidades. Su vista no era lo bastante clara para percibir el motivo del despliegue policial; tendría que seguir adelante hasta verse capaz de tomar una decisión. Miró alrededor con nerviosismo, buscando algún indicio de que sus furtivos compañeros anduviesen cerca. Iba a necesitar ayuda en aquella etapa del viaje.
La anciana echó un vistazo a Caroline, dándose cuenta de que dejarla ahí y adelantarse a solas para indagar el terreno habría supuesto una imprudencia. Se inclinó hacia ella y dijo:
–No nos conviene que alguien se ponga a fisgonear el carrito estando yo ocupada en otras cosas, ¿verdad?
Estaba preocupada. ¿Qué hacer? En el caso de que uno de los biopolicías ya la estuviera observando, dar media vuelta podía resultar más sospechoso que seguir adelante: lógicamente, querrían saber quién iba en el carrito, y por qué. En cambio, si se limitaba a pasar de largo, quizá la misión que los había llevado allí les impidiera prestarle mucha atención.
Al acercarse a los biopolicías se disiparon todas sus dudas acerca del motivo del despliegue. Había un hombre tendido en la acera, un marginal, a juzgar por su aspecto. Los agentes estaban examinando su cadáver, tras desviar el tráfico alrededor de la furgoneta; lo peor, sin embargo, era que el muerto se interponía en el camino de la anciana, obligándola a discurrir una trayectoria alternativa.
La densidad del tráfico hacía imposible cambiar de acera. Cabía la posibilidad de pararse a esperar que los agentes metieran el cadáver en la furgoneta y se lo llevaran, aunque el estado de Caroline lo hacía poco aconsejable. El tiempo apremiaba.
Siguió caminando con su chirriante y oxidado carrito, acercándose cada vez más al punto en que habían cortado la acera. Estaba aterrorizada, pero lo disimuló por miedo a que sospecharan de ella. Haciendo acopio de coraje, se echó el chal a la espalda con un gesto teatral e irguió la cabeza orgullosamente. Al acercarse a uno de los biopolicías, dijo:
–¡Oiga, joven, que esta cosa no me deja pasar, y llevo prisa! Supongo que una vieja dama todavía podrá aspirar a que los mozos la ayuden a cruzar.
Tan sorprendente era su descaro que cogió desprevenidos a los dos fornidos policías. Uno de ellos se acercó al carrito y, echando a un lado los papeles, examinó a Caroline; la anciana se mantuvo a la expectativa,
haciendo esfuerzos ímprobos por no temblar. Cuando el agente la miró a los ojos, reunió toda la energía que le quedaba y dijo:
–Nada, durmiendo la mona. Por lo visto no la he educado bien. – En ese mismo instante Caroline gimió, apoyando la afirmación de su falsa madre, que supo sacar provecho de la situación-. Tranquila -dijo a su pasajera-; ya verás como echando la porquería que llevas dentro vuelves a estar bien. –
Miró al policía que tenía más cerca y dijo-: Más vale que se aparte. Es de las que vomitan, desde siempre. ¡No querrá mancharse ese traje verde tan bonito!
Tenía razón: nada más lejos de los deseos del agente. Ensuciarse el uniforme suponía una montaña de justificantes y una larga sesión de esterilización, cosas que a nadie le gustaban.
De repente, dos de los astrosos compañeros de la anciana acudieron en su rescate, uno por cada lado, ofreciéndose a ayudarla con grandes aspavientos. Su llegada introdujo el grado de confusión necesario. Los biopolicías dejaron de fijarse en Caroline y observaron con recelo la inesperada congregación de marginales; éstos levantaron el carrito y lo depositaron al otro lado del cadáver, entre afables e incesantes comentarios.
El precipitarse de los acontecimientos cogió a la anciana por sorpresa, pero no le impidió seguir el juego a sus compañeros y deshacerse en palabras de agradecimiento. Acto seguido, los marginales desaparecieron con la misma prontitud con que habían salido de la nada.
Viendo llegada la oportunidad de escapar, la anciana se embarcó en una enloquecida exhibición de gratitud de que hizo partícipes a todos los presentes en varios metros a la redonda, entre ellos varios peatones que se apresuraron a alejarse con expresión asqueada. Abandonando por un momento el carrito, se echó encima de los dos agentes y les dijo:
–¡Un besito y me voy!
Los dos policías levantaron las manos en señal de protesta y alejaron a su agresora, quien, fingiéndose ofendida, volvió junto al carrito, dejando atrás a dos agentes tan aturdidos como aliviados.
La anciana se alejó del lugar de los hechos, presa de un temblor incontenible. Por los pelos…, pensó.
Tenía delante la última colina, la parte más dura del viaje, y, sin embargo, ya estaba exhausta. Se detuvo para echar un trago de agua, y aprovechó que la botella estaba abierta para rociar con ella el rostro de
Caroline; más que eso no podía hacer, puesto que obligarla a beber se había vuelto imposible. Echó a caminar por la cuesta con un hondo suspiro, deseando verse devuelta por algún milagro a su lozana juventud. El esfuerzo de subir por la colina le daba calor. Se quitó el chal y se lo puso encima a Caroline, añadiendo una capa protectora más contra la fisgonería de los transeúntes, algunos de los cuales dirigían miradas curiosas al carrito.
La anciana pensó que, de todos modos, Caroline no debía de estar sintiendo gran cosa, y mucho menos vergüenza por una falta de acicalamiento de la que ni tan siquiera era consciente. Miró hacia atrás por enésima vez, deseando haberse alejado más del puente. Después reanudó su trabajosa progresión.
Justo cuando la anciana estaba abandonando el campo de visión de los dos agentes, un tercer biopolicía salió de la furgoneta sujetando con el guante una imagen en color. Se la pasó a sus colegas, uno de los cuales se fijó más que el otro. Miró en dirección a donde había visto a la pordiosera por última vez, pero había desaparecido. Tras devolver el impreso a su compañero, entró en la furgoneta y escribió un breve mensaje al teniente Rosow, transmisor de la imagen. Pulsó unos cuantos botones del teclado del ordenador y envió el mensaje con la indicación de que quizá hubiera avistado a la presa.
A fuerza de jadeos y gemidos, llegó un momento en que la anciana ya no pudo seguir empujando el carrito. En cuestión de segundos apareció un miembro de su clan para relevarla. Antes de iniciar lo que quedaba de viaje, el recién llegado abrazó a la pordiosera y le deseó suerte; después se alejó con el carrito, momento en que otro marginal acudió junto a la mujer y se dispuso a acompañarla a lugar seguro. La anciana, presa de fiebre y temblores, se apoyó en él, y emprendieron juntos el camino.
El nuevo marginal siguió su ruta. Faltaba poco para llegar a la vieja reja metálica que marcaba el límite del campo baldío en que Caroline y Janie habían realizado su incursión nocturna. El marginal avanzaba con gran energía y determinación, eufórico por el inminente final de la tarea y el importante papel que le había correspondido en su conclusión. Viéndolo tan flaco, a nadie se le habría ocurrido considerarlo a la altura del cometido; sin embargo, se sentía alegre e inspirado hasta extremos difíciles de explicar, y cumplió admirablemente su papel.
Mirando a su pasajera, dijo: