La plaga

Ann Benson · Capítulo 2 de 40

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La plaga

Cero

Empezó por el principio y, farfullando por lo bajo, fue pasando páginas y más páginas, examinando el antiguo manuscrito en busca de palabras reconocibles. En las primeras páginas, el negro original de la tinta se había convertido en un marrón desleído, no mucho más oscuro que el papel sobre el que había sido aplicada siglos atrás. Costaba distinguir las palabras, escritas con una letra de trazos largos y aspecto extranjero, en un idioma que Sarin seguía sin entender, pese a los reiterados intentos de su madre por enseñárselo. Maldiciendo su estupidez, hojeó el libro con impaciencia hasta llegar a una lengua que le resultó más familiar; la tinta era más oscura, aunque no tanto como en las anotaciones más recientes. Sólo inició la lectura cuando vio que la tinta era negra como el carbón, todavía nítido el trazado de las letras, y que la caligrafía pertenecía a la mujer cuyo cadáver yacía en el lecho junto a él. Leyó poco a poco y con atención, procurando entender hasta el último detalle, movido por el deseo fervoroso de no cometer errores cuando llegara el momento.

Su madre le había dicho que le esperaba otra tarea, algo que exigiría más de él, y que el libro contenía todo lo necesario; esa tarea le correspondería a él por el simple motivo de que no se le había presentado a ella, si bien la anciana no supo decir cuándo sucedería. El mayor deseo de Robert Sarin era hallar en sí el valor y la fuerza necesarios para llevar a buen puerto su cometido, como habría hecho ella llegado el caso. Volvió a fijarse en quienes miraban por la ventana y les dirigió un leve gesto de asentimiento con la cabeza. Los espectadores repitieron el gesto en señal de complicidad.

Sarin pensó que ya era algo. Rezó por que fuera suficiente.

CERO

Abril de 2005

De pronto, cuando Janie Crowe empezaba a sentirse a gusto, se produjo un fallo en el mecanismo del mundo y todo llegó a un lamentable punto muerto.

–¿No le parece irónico que el motivo fuera tan simple? – dijo su vecina de asiento en el avión, con una voz que adquirió un tono nasal al pasar por el pequeño micrófono de la máscara protectora-. Imagínese la de desastres que podrían haber ocurrido: un accidente nuclear, el choque de un cometa contra la Tierra, un grupo terrorista con un cargamento de armas

químicas… ¿Hizo falta algo tan drástico? No, señora; bastaron unas tontas bacterias.

–¡Hay que ver! – replicó Janie con sequedad, esperando que su tono de voz tradujera la falta de interés que sentía. ¿Cuándo dejaría aquella pesada de contar desgracias y hacer recuento de todo lo desagradable que había sucedido desde las Epidemias? ¿Cuándo dejaría de gimotear? Previendo la posibilidad de verse sometida a una segunda parte después de comer, Janie decidió que si se daba el caso echaría mano de alguna de sus anécdotas favoritas sobre las Epidemias. Estaba segura de que eso reduciría las molestias de su vecina a meras trivialidades.

El avión prosiguió su accidentado vuelo a través del Atlántico, rumbo a Londres. Cáncer ya no hay, pero lo que son turbulencias…, pensó Janie.

Imprimiendo a su paso una seguridad que cuadraba mal con las sacudidas del avión, un azafato recorrió lentamente el pasillo, dando a cada pasajero una cajita cuadrada de suplemento alimenticio cuyo fin era suprimir el hambre; a escasa distancia, un compañero suyo distribuía lo que las compañías aéreas llamaban «dispositivo estéril de ingestión», eufemismo médicamente correcto para lo que en tiempos se había llamado pajita de plástico. Janie tenía cuarenta y cinco años, y era demasiado joven para recordar la época en que las pajitas eran rollos de papel de cera; para ella, las pajitas eran de plástico desde siempre, aunque estaba segura de que en alguna época se habrían usado de paja; dado su nombre, resultaba lógico.

Movió la cabeza y suspiró, pensando que todo cambia, y pocas veces para bien.

Miró de reojo a su vecina, que se había callado de repente. Vio que introducía un extremo de la pajita en un agujero de goma abierto en la base de su máscara esterilizada, y, tras empujarla lo suficiente para alcanzarla con los labios, pasaba el otro extremo por una pequeña junta en la tapa de la caja, junta que al ajustarse formó un sello hermético. La mujer se puso a chupar con deleite, emitiendo una serie de ruidos bastante sugestivos que Janie oyó a través del casco; advirtiendo la expresión de Janie, la mujer se apresuró a apagar su transmisor de sonido y, dirigiendo a su vecina una sonrisita avergonzada, volvió a concentrarse en su ritual de ingestión, sin ruidos esta vez.

Muy bien, pensó Janie; así te estarás calladita un buen rato. No sabes la suerte que has tenido, amiga; llegas a darme la vara otra vez e igual no

tengo más remedio que contarte mis problemas, como por ejemplo lo buena cirujana que era, lo estupenda que era mi difunta familia, y lo poco comprensiva que fue la burocracia al obligarme a que me reciclara; total, que a mi edad estoy sola y vuelvo a estudiar.

Después de apagar el mecanismo auditivo del casco, Janie la emprendió a su vez con el almuerzo líquido. El silencio le dio la impresión de estar bajo el agua; percibía algunos ruidos, pero el sello hermético los amortiguaba. El aire esterilizado del casco era mal transmisor de sonidos.

Cerrando los ojos, imaginó hallarse en un alto bosque de coniferas cuyo silencio sólo era perturbado por el canto de algún que otro pájaro y el zumbar de los insectos; recurrió para ello al recuerdo de sus excursiones de infancia. Se respiraba una calma deliciosa.

Distinta suerte corrían los azafatos, obligados a oír la fricción de duras superficies de plástico que acompañaba a los esfuerzos de los pasajeros por ponerse cómodos en sus trajes esterilizados, pesado e incómodo atavío creado para mantener a raya a toda bestezuela microscópica que, salida de América, pretendiera invadir la única zona superviviente de lo que en tiempos había sido el Reino Unido. El ruido era casi tan irritante como el de rascar una pizarra. Para quienes tenían la desgracia de supervisar el confort y esterilidad de los pasajeros, todo vuelo transoceánico se asemejaba a una extraña sinfonía de crujidos.

Los viajeros hacían cola fuera de la zona de aduanas del aeropuerto de Heathrow. Por enésima vez desde que aguardaba su turno, Janie miró hacia arriba e inspeccionó en detalle al biopolicía de uniforme verde que llevaba dos horas en la plataforma casi sin moverse, manteniendo su rifle químico en la misma posición de disparo. Apuntaba directamente a la fila de llegada, y nunca se apartaba del blanco. Janie vio que se llevaba la mano a un lado de la cabeza para ajustar el volumen de los auriculares. Tras unos instantes de atenta escucha, el policía volvió la vista hacia una puerta de la que, transcurridos un par de segundos, salió otro biopolicía que se acercó al primero por la pasarela. Tras cruzar unas pocas palabras, el primer biopolicía se alejó, dejando que el segundo apuntara su rifle en la misma dirección.

Janie dio un suave codazo a la mujer que estaba junto a ella, la misma que la había acosado verbalmente durante el vuelo, y cuyo aburrimiento

llegaba al extremo de memorizar los mensajes que se sucedían delante de ellas en una gigantesca pantalla de televisión. La mujer se volvió.

–Mire -dijo Janie señalando la plataforma-: cambio de guardia en el palacio de Buckingham.

Por fin, después de tres horas de cola, Janie accedió a un empleado de aduanas, hombre maduro de rostro pétreo que olía a ajo y parecía necesitar con urgencia un remedio contra la acidez.

¡Qué asco de trabajo!, pensó Janie, imaginando por unos instantes que su grado de mala suerte en la lotería del reparto de tareas médicas hubiera llegado al extremo de obligarla a trabajar en aduanas o similares. De pronto su situación se le apareció bajo una luz más positiva: por lo menos, una vez obtenida su titulación forense, el nuevo empleo le permitiría ejercer parte de sus conocimientos previos en cirugía. El cometido que la llevaba a Londres suponía el último paso antes de acceder al proceso final. La aceptación de su solicitud de título supondría el inicio de una nueva vida, libre de todo recuerdo de la anterior. Las piezas resquebrajadas de la Janie Crowe de antes estaban siendo sustituidas una a una por piezas nuevas, las de una persona a punto de nacer. Según el día, a Janie el cambio le parecía bien o mal; a veces el hecho de que las piezas estuvieran rotas no la eximía de sentir la transformación como una muerte lenta. Se encontraba demasiado cansada para averiguar qué clase de día estaba resultando aquél.

Obedeciendo una señal, el grupo se acercó a una larga mesa donde las maletas y cajas de Janie aguardaban la inspección. Un agente le preguntó:

–¿Cuál es el motivo de su visita?

–Realizar investigaciones científicas. Excavaciones arqueológicas.

–¿Cuál es el objetivo de esas investigaciones?

–Estoy acabando mi formación en arqueología forense.

–¿Y cuánto tiempo permanecerá en nuestra hermosa isla? – preguntó el agente con una sonrisa.

Janie lo entendió como una invitación a que se equivocara de respuesta, pero estaba preparada para la pregunta, gracias a las indicaciones de un funcionario del Departamento de Viajes al Extranjero de Estados Unidos a quien había sobornado con generosidad para que la ayudase a suavizar el difícil proceso de obtener un permiso de desplazamiento transoceánico después de las Epidemias. Dio la respuesta que la perjudicaba menos.

–Si todo va bien, unas tres semanas.

Vio borrarse la sonrisa del rostro del agente, que veía alejarse la oportunidad de tomar las huellas corporales a un viajero desprevenido. El pobre hombre tenía la desilusión pintada en la cara.

–Bien -dlijo-, pero si su visita supera las cuatro semanas tendrá que informar al Ministerio de Identidad para que le tomen las huellas corporales. Piense que tendríamos que extenderle una tarjeta, y que para eso hacen falta las huellas.

El agente le tendió un folleto, aconsejándole su lectura.

–Aquí tiene el reglamento para visitantes extranjeros -dijo-. Se la hace responsable de todo el material, de modo que por favor léalo atentamente.

Acto seguido examinó el contenido de las maletas. A Janie todo el tema de las regulaciones le parecía gracioso, pero su alegría se esfumó al ver que le estaban confiscando el dentífrico, el desodorante y la crema hidratante.

También la laca, el champú y el acondicionador acabaron en la bolsa de plástico amarillo para cuarentena. Le dieron a escoger entre pagar por su almacenamiento a corto plazo y reclamar los objetos al salir del país, o permitir que fueran destruidos en condiciones de bioseguridad. Tras calcular los costes de almacenamiento, Janie optó por la destrucción.

–Me acercaré a alguna tienda de Londres a comprar recambios -dijo al funcionario.

Éste sonrió amablemente, pero Janie no dejó de advertir el regocijo con que eliminaba aquellos artículos tan caros. Siguiendo con la inspección de los artículos personales, extrajo una botellita de acetaminofeno y la colocó a un lado, lejos de los demás objetos confiscados.

–¿Qué pasa con el acetaminofeno? – preguntó Janie.

–Aquí sólo se compra con receta. La aspirina y el ibuprofeno también.

Janie miró al agente con cara de incredulidad.

–Las normas no las he hecho yo, señora; sólo procuro que se cumplan.

Si quiere, pregunte al que la atenderá después de mí.

Una vez vaciado su equipaje personal, el agente abrió la caja que contenía el equipo de excavación de Janie y lo examinó durante unos minutos, mientras su dueña asistía al proceso conteniendo la respiración.

Finalmente, el hombre dirigió a Janie una expresión que parecía decir:

«Lo que me faltaba.» Sacó el walkie-talkie y dijo:

–Por favor, que traigan el escáner.

Janie dejó de contener la respiración y empezó a susurrar una sarta de duras invectivas cuyo fin no era precisamente transmitir aprecio por los desvelos del agente en torno a la seguridad de sus compatriotas. Su estómago vacío, que ya había digerido hacía tiempo el alimento líquido del avión, emitió un borboteo de protesta por el retraso añadido.

Un policía de uniforme verde salió de una puerta cercana empujando un escáner portátil con ruedas. Una vez colocado al pie del mostrador, el agente de aduanas pulsó unos botones y los rodillos entraron en acción, haciendo que el escáner pasara directamente por encima de la mesa y de los objetos que descansaban en ella.

Mientras contemplaba la operación, Janie susurró para sus adentros: Por favor, que no suene la alarma… Que no encuentre nada… Y así fue, por fortuna: ni bacterias sin catalogar, ni parásitos, ni hongos, ni virus. Cuando más segura estaba Janie de su victoria, el hombre decidió prolongar su agonía formulando una serie de preguntas acerca de lo extraño de la selección de herramientas.

A medida que señalaba diversos objetos, Janie fue contestando:

–Equipo de topografía. Micrómetro. Bolsas de bioseguridad. Protector de ojos. Guantes de bioseguridad. Perforador de tierra.

El agente hizo un alto en el proceso, cogió con sus manos enguantadas el tubo de metal de un metro de largo y lo examinó desde todos los ángulos.

Se trataba de una versión gigante del utensilio de jardinería para plantar bulbos de tulipanes y narcisos, y pareció suscitar su curiosidad.

–Mi madre tiene uno igual, aunque un poco más pequeño -comentó.

Tu madre tendrá un Mickey Rooney, pensó Janie, pero yo tengo un Kareem Abdul Jabbar. No juegan en la misma liga.

No obstante, sonrió con amabilidad y dijo:

–¡Hombre, qué bien! Cuando viajas da gusto conocer a gente que comparte tus intereses.

El comentario pareció complacer al agente, que sonrió a su vez y dijo:

–Bien, creo que eso es todo. Puede llevarse sus cosas por esa puerta de ahí. – Señaló a la izquierda-. Póngase en la cola de inspección médica.

Mientras Janie cerraba las cajas, el agente se despidió de ella con un gesto de la mano.

–Espero que tenga buena estancia -dijo.

Janie le devolvió el saludo y dio media vuelta. Al dirigirse a la fila siguiente junto a otros miembros de su grupo, murmuró: «Ojalá no salga nada», a sabiendas de que difícilmente iba a darse el caso.

La espera se repitió, aunque esta vez la cola parecía moverse más deprisa. Janie, que avanzaba medio sonámbula, echó un vistazo a su reloj.

Más de veinticuatro horas…, pensó. Lo que daría por estar en posición horizontal. Sus ojos entrecerrados se fijaron en quienes la precedían, y, cansada, fue viendo cómo uno tras otro los pasajeros presentaban los papeles al inspector antes de tenderle la muñeca izquierda; el agente, que llevaba guantes, se la desinfectaba haciéndola pasar a toda prisa por una luz azul, y acto seguido introducía la mano entera en la abertura frontal de su pequeño ordenador. Viéndolo, Janie se acordó de una anticuada máquina de predicción del porvenir. Pensó con nostalgia en la que había adornado el vestíbulo de su residencia, en la facultad de medicina. ¡A qué estupendas conversaciones había dado pie aquel artefacto!

Cada vez que examinaba a un viajero internacional, el sistema Infodoctor de Heathrow cargaba el coste del proceso en la cuenta del país de origen del usuario. El cargo constaría en la cuenta americana de los viajeros a un día de su llegada a Inglaterra, y Janie se alegró de que en ese momento las tasas de cambio, sujetas a tantas variaciones, le fueran favorables. Durante la espera observó que sólo había un agente pero sí varias máquinas. La cola era muy larga; todo el flujo de viajeros que se había diversificado por los abundantes mostradores de aduanas se veía encauzado hacia una única fila. Janie lo comparó al túnel Sumner de Boston; o bien a un coágulo de sangre, con plaquetas acumulándose en torno a la obstrucción.

–Parece que hoy van cortos de personal -comentó a la mujer que tenía detrás, y que acompañó su asentimiento con un bostezo.

Al fin llegó el turno de Janie.

–Pasaporte o tarjeta, por favor -dijo el agente.

Como todavía no había obtenido la tarjeta, Janie le tendió su pasaporte.

Después de hojearlo, el nombre dijo:

–¿Cuál es el motivo de su visita, señora Crowe?

Janie dejó caer los hombros con fatiga, pensando: Me suena. Sin embargo, prefirió no irritar a aquel hombre con protestas, y se limitó a repetir lo que ya había dicho.

El hombre introdujo algunos datos de su pasaporte en el ordenador, y casi al instante apareció en pantalla su historial de salud y viajes.

–¿Cuánto tiempo va a quedarse entre nosotros?

Hambrienta, exhausta y cada vez más impaciente, Janie se sentía a punto de estallar, pero hizo un esfuerzo por conservar la calma. Tú sigúele la corriente, Crowe, se dijo. Casi estás en la meta. Así pues, una vez más se mostró amable y proporcionó la información que le pedían.

–Gracias, señora. Por favor, enséñeme la muñeca…

Janie se desabrochó la manga de la blusa y tendió la muñeca derecha.

La luz de desinfección era sorprendentemente fría; sin saber muy bien por qué, Janie había esperado sentir calor. Era una sensación casi agradable, al menos hasta que el hombre le cogió el brazo y lo colocó en la abertura de la máquina; entonces, sintiendo el miedo de todo cirujano a recibir heridas en la mano, Janie tuvo que respirar hondo para no ceder al pánico y retirarla.

Una abrazadera de metal flexible le atenazó la muñeca, adecuándose automáticamente a su tamaño y forma. Una vez realizado el ajuste, el hombre pulsó unas teclas.

–Ya está lista -dijo. Al notar que le pasaba corriente, Janie se puso tensa.

Sólo duró un segundo, al término del cual el funcionario dijo-: El resultado no debería tardar.

Janie volvió a relajarse. La máquina seguía sujetándole la muñeca, pero ya no la sometía a las pruebas y lecturas anteriores.

Un papel emergió silenciosamente de una rendija situada en la base del panel frontal. El hombre tiró de él y lo sometió a un rápido examen.

–Una salud de hierro -dijo sonriente-. Todas las vacunas exigidas y ninguna enfermedad infecciosa. – Añadió entonces, con pérfida sonrisa-: Y

no está embarazada.

Janie lo fulminó con la mirada, al tiempo que un movimiento automático de la abrazadera liberaba su muñeca. ¡Pedazo de capullo!, pensó. Sabes perfectamente que estoy esterilizada. Lo tienes en la pantalla.

–Siguiente -dijo el hombre.

La mujer de detrás de Janie avanzó unos pasos.

Mientras volvía a abrocharse la manga, Janie vio cómo el hombre sometía al mismo jueguecito a su sucesora. Al declararla vacunada, no infecciosa y no embarazada, Janie se fijó en el «Dr.» que precedía el nombre del funcionario en la placa de identificación. ¡Dios, por favor, rogó