La plaga

Ann Benson · Capítulo 8 de 40

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La plaga

Cinco

Pese a sus deseos de enviar el intercomunicador en viaje rápido a Saturno, pulsó el botón.

–¿En qué puedo ayudarte, Clara? – preguntó, procurando dejar clara su irritación sin perder las formas.

–Disculpe, doctor Ransom -contestó, nerviosa, su secretaria-. Siento molestarlo, pero el doctor Cummings acaba de llamar del laboratorio y está impaciente por que se reúna usted con él.

Mierda, pensó Bruce al pulsar el botón.

–De acuerdo, ahora mismo voy. De todos modos, hazme el favor de llamarlo de mi parte y avisarlo de que tardaré un minuto.

Acabó la parte que había estado dictando y la imprimió a toda prisa. El texto carecía de la cohesión deseable, pero era demasiado tarde para modificarlo. Bruce entró en el baño para mirarse al espejo, sintiéndose un poco desastrado; en cuanto tuvo la certeza de no asustar a nadie, corrió a la antesala carpeta en mano, seguido por los faldones de su bata de laboratorio, y dio con el pie contra la pata de una silla.

–¡Me cago en la leche! – masculló. No iba a ser un día fácil.

CINCO

Durante el resto del día cabalgaron a buen ritmo, aumentando en lo posible la distancia que los separaba de la ciudad de Alejandro, Alcañiz, y siempre atentos a los lugares en que pudiera haber agua. Alejandro se adaptó con prontitud al ritmo de la carrera, sintiéndose bastante a gusto en la silla de montar. Nadie lo habría tomado por lo que era, un jinete novato.

Sorprendido por la pericia de su protegido, Hernández comentó:

–Has nacido para montar, judío. Opino que pierdes el tiempo siendo medicus; de hecho, me parece una actividad de poco valor, llena de trucos y engaños. Cada vez que voy a que me vea el barbero, no falla: vuelvo peor de lo que estaba.

–En ese caso, acudid a un médico la próxima vez que os sintáis mal; si ha tenido buena formación, sabrá cosas a las que el barbero no puede ni aspirar.

–¿Tú, por ejemplo? – preguntó Hernández.

–¡Ja! – murmuró Alejandro con cinismo-. Mi formación es buena, no lo dudéis, pero maldigo mi ignorancia a cada minuto.

–Decidido, pues: si tu profesión actual no te satisface, decídete por la espada. Estoy seguro de que te dará más satisfacciones.

Alejandro, que no veía con gusto el rumbo que estaba tomando la conversación, interpuso entre él y Hernández unos metros más de distancia, a fin de hacer más difícil el intercambio de palabras. ¡Tonterías!, pensó.

¿Hay acaso profesión más noble que la mía? ¡Sólo hay que ver lo que he sacrificado por ella! ¿Por qué me importunará este canalla con sus estúpidos comentarios, cuando tengo cosas tan importantes en que pensar?

Pero Hernández no iba a dejarse vencer fácilmente. Durante las pocas horas que llevaban juntos, Alejandro ya había descubierto en él a un sujeto extremadamente jovial, amante de las discusiones. Como si adivinase los pensamientos del joven médico, el mercenario acercó su caballo y dijo:

–No hallarás trabajo más noble que el de soldado, joven, y tú pareces de los que sabrían dominar sus secretos sin dificultad.

–Y claro, vos estaríais dispuesto a enseñármelos…

–¿Por qué no? ¿Qué mejor ocasión que un viaje que podría resultar peligroso?

No podemos permitirnos el lujo de aprender secretos de ninguna clase, pensó Alejandro. A estas alturas habrán descubierto el asesinato del obispo, y me habré convertido en un hombre aún más perseguido que antes. Se preguntó si Hernández sospecharía de él; ni sus actos ni sus palabras mostraban que fuera consciente de estar escoltando a un fugitivo, asesino ni más ni menos que de un obispo. El viaje procedía a buen ritmo, pero Hernández no lo había convertido en una huida; marchaban al descubierto, sin esconderse, y el mercenario se mostraba amistoso con todas las personas con las que topaban.

–No, creo que no -acabó por decir Alejandro, declinando la propuesta de Hernández.

–¡Venga, hombre! ¿Qué tendría de malo?

Pese a la manifiesta reticencia de Alejandro, Hernández lo retó:

–Empezaremos por algo fácil. Dejaré que seas tú quien se ocupe de encontrar un lugar con agua para dormir.

Ni la poca confianza que le merecía el jueguecito de su escolta, ni lo cansado que estaba de aquella conversación, pudieron con la afición de Alejandro a los desafíos; el agua, sin embargo, no era un lujo, sino una necesidad.

–¿Y si no la encuentro? – dijo a su acompañante-. ¿Correremos peligro?

–Si no encuentras agua, te demostraré mis saberes encontrándola yo.

–Aceptado, entonces.

En adelante, Alejandro no dejó de mirar a diestra y siniestra en busca del color verde asociado por naturaleza a la presencia de agua. Creyó haberlo encontrado varias veces, pero un examen atento demostró a cada ocasión que de su «hallazgo» estaba ausente el precioso líquido. Por fin, distinguió a lo lejos una densa mancha de vegetación, más grande y feraz que las anteriores. Fue haciéndose más grande a medida que recorrían la calurosa y, en su mayor parte, parda extensión del campo aragonés.

No tardaron en llegar, viéndose recompensados por una deliciosa fuente en un nido de verdor.

–¿Ves cómo tienes un talento natural? – dijo Hernández-. Ya te ayudaré a desarrollarlo todavía más.

Quitaron las sillas de montar de los caballos, a los que dejaron atados junto a la fuente para que pudieran beber a voluntad. Tras estirar sus brazos y sus piernas, arqueadas y rígidas por lo largo del viaje, los dos hombres dispusieron sus escasas pertenencias algunos pasos más allá. Transcurridos unos minutos de descanso, Hernández extrajo una honda de su saco y deshizo las correas con cuidado.

–Ahora mismo vuelvo con la cena, si Dios quiere -dijo; y, lanzando a Alejandro un pedernal, añadió-: Enciende un fuego para cocinar. – Cuando ya se había alejado unos pasos, se volvió para comentar-: Supongo que sabrás cómo se hace…

–En efecto -contestó Alejandro, fingiéndose ofendido-. Apuesto a que os sorprendería descubrir que también sé comer sin ayuda.

–No tengo la menor duda de que así es -dijo el mercenario entre risas-.

Ya te he visto comer antes.

Se internó entre los arbustos y volvió poco después con un conejo macho de buen tamaño. Se sacó un cuchillo de caza de la funda del cinturón y abrió al animal contra una piedra plana que había cerca. Alejandro contempló fascinado el proceso de evisceración del pequeño roedor, y, cuando Hernández estaba a punto de tirar las entrañas lejos de su lugar de acampada, lo detuvo y, hurgando en la masa viscosa, extrajo el corazón.

–Este conejo era mezquino de espíritu: tiene pequeño el corazón -dijo.

–Entonces merece que se lo coman -dijo el mercenario-. Te dejo a ti el juicio sobre esos temas. De todos modos, si de algo estoy seguro es de que quien lleve una honda consigo nunca pasará hambre, aunque coma ratas. –

Tiró las otras entrañas lo más lejos posible, para no atraer a depredadores inoportunos-. Puede cazar piezas fuera del alcance de las flechas. A falta de una comida grande y sabrosa, más vale tenerla pequeña y poco gustosa,

¿no?

Alejandro asintió a regañadientes, pero pensó: Antes que comer una rata me moriría de hambre. Cuál no fue su sorpresa al comprobar que el conejo que se estaba braseando tenía el mismo olor que el pollo que su madre cocinaba casi a diario. El gusto resultó ser igual de bueno, y Alejandro comió con sumo placer, confiando en que Dios le perdonase las indiscreciones alimenticias que pudiera cometer con miras a sobrevivir al viaje. Prometió convertirse, una vez sano y salvo en Aviñón, en el judío más devoto y obediente habido y por haber.

Hernández sacó otra hogaza de pan, que ambos devoraron hasta la última miga. Unos higos secos dieron cumplido fin a la comida, que a Alejandro le pareció la mejor que había probado. Seguidamente llenaron sus cantimploras con agua fresca de la fuente y bebieron hasta reventar.

–Os prometo que nunca volveré a pasar por donde haya agua sin beber hasta hartarme -dijo el médico, recordando lo secos que se le habían puesto los labios durante sus tres días en el silo del monasterio.

Se pasó la manga por la boca.

–En ese caso, tampoco habrá arbusto o árbol por el que pases sin dejar tu marca.

La risa de Alejandro lo sorprendió a él mismo. Tendido sobre su manta, exhausto por la larga cabalgata pero lleno a reventar de buena comida y agua fresca, se preguntó: «¿Cómo he llegado a este lugar, debajo de estas estrellas, cuando debería estar en casa, en Alcañiz, durmiendo plácidamente en mi cama?» Recordó en rápida sucesión los acontecimientos de los últimos días. ¿Cómo es posible que todo haya salido tan mal? Caviló sobre los dramáticos cambios de su vida, antaño tan segura: marcado, separado de su familia tal vez para siempre, y obligado a huir de la ciudad donde había nacido y lo habían criado. Ya no era la misma persona de unos días atrás.

Pero lo que más le pesaba era haber descubierto de forma repentina una faceta desconocida de sí mismo.

Hoy he matado a un hombre, reflexionó con pesar, y sin pensármelo dos veces. Le parecía extraño arrepentirse tan poco de lo que había hecho al obispo, y se preguntó si sería locura lo que le impedía horrorizarse de sus actos, aun sabiendo en el fondo que no, que se había tratado de un claro acto de justicia. ¿No enseñaban acaso los ancestros que había que sacar un ojo en pago de otro? Alejandro dudaba que el clérigo hubiese llegado a recibir castigo en algún momento por el nefando trato infligido a la familia Canches, castigada a su vez de modo injusto tras años de servirlo con lealtad; así pues, se concedió a sí mismo un perdón temporal por haber actuado como juez y verdugo. No por ello dejaba de sentirse inquieto, y le estaba resultando difícil conciliar el sueño. Se palpó con cuidado la costra del pecho, y, con la mirada puesta en las estrellas, revivió la cruda impresión de haber recibido la herida, y la vergüenza de no haber podido hacer nada contra ello. De repente recordó el oro que le habían dado y, poniéndose en pie, lo extrajo de sus escasas posesiones, amontonadas cerca de donde estaba tendido. Se puso la alforja como cojín debajo de la cabeza.

Hernández, a quien había creído dormido, dijo:

–Cauta medida. Veo que la prudencia no se cuenta entre las virtudes que me quedan por enseñarte. Que duermas bien, judío.

–Y vos también, cristiano -contestó Alejandro. De modo que lo sabe, pensó, con la tranquilidad que le proporcionaba saber que su escolta era hombre lo suficientemente honrado para resistirse a la tentación-; y aun así no ha querido marcharse con todo y dejarme morir pobre a un lado del camino.

Aquel tesoro le permitiría asentarse sin problemas en Aviñón. Podría abrir consulta de inmediato, con todo el equipo y ayuda humana necesarios, amén de contratar servidumbre en su nueva casa. Si, por algún milagro, sus padres lograban sobrevivir al viaje a la ciudad papal, serían recibidos en el cómodo hogar de un médico prestigioso. Las ensoñaciones de Alejandro atenuaron el dolor de las últimas jornadas, y, mecido por las fantasías de un próspero y dorado porvenir, el médico se durmió.

Hernández lo despertó poco antes del amanecer.

–Me gustaría acabar dentro del año mi compromiso con la casa de Canches. ¡Tu pereza va a hacer que trabaje para ti más de la cuenta! Si seguimos viajando a este paso, acabaré cobrando a pocos centavos la hora -

refunfuñó el corpulento mercenario.

Alejandro se desperezó, con cuidado de no abrir otra vez las cicatrices de su herida, e hizo el esfuerzo de levantarse. Tras quitarse la camisa con ayuda de Hernández, se examinó la quemadura y, no hallando síntomas de infección, la lavó con cuidado en el agua fría de la fuente, procurando no levantar las costras recién formadas. Aprovechando que la herida aún estaba húmeda y relativamente flexible, le aplicó aceite de clavo, procurando no malgastar lo poco que le quedaba. Al principio se resintió del escozor, pero éste acabó por dar pie a una agradable falta de sensibilidad.

Después de un frugal desayuno, cabalgaron sin novedad hasta tener el sol a pico sobre sus cabezas, momento en que empezaron a buscar un lugar adecuado para descansar y protegerse del sol de mediodía. Llegaron a una arboleda baja, demasiado pequeña para indicar la presencia de agua, pero lo bastante alta para resguardarlos a ellos y sus caballos del momento más caluroso del día. Como por arte de magia, Hernández se sacó de las alforjas un pedazo de carne seca de olor desagradable, a cuya ingestión, bien acogida por dos estómagos hambrientos, siguió un echar mano a sus respectivas cantimploras.

Durante el descanso, el mercenario empezó a tallar distraídamente una ramita seca, que fue tomando forma bajo la atenta mirada de Alejandro, admirado de la rapidez con que se convertía en una sinuosa serpiente de piel tersa y cola en punta.

–¿Dónde habéis aprendido a tallar con tanto arte? – preguntó.

–Nada de aprendizaje, jovencito, sino práctica. Después de haber tallado tantas piezas, creo que sería capaz de hacerlo sin mirar, sólo a base de tacto.

Me gusta distraerme así, porque me permite pensar más claramente.

–Os ruego que compartáis conmigo esos pensamientos.

Hernández escupió antes de contestar.

–Estoy reflexionando sobre nuestra ruta.

–¿Son tantos los caminos como para que podamos escoger ruta?

–No tantos, no tantos. Podemos optar entre pasar las montañas o seguir la costa. El camino de las montañas es más corto, pero sólo tardaríamos un poco menos que por la costa; además, quien viaje por él se expone a terribles peligros.

–Nombradlos, y también yo reflexionaré sobre ellos.

–Toparíamos con gente hosca, montañeses que no saben de naciones ni fronteras. Seríamos presa fácil de los bandoleros, que conocen bien los

caminos y a veces se esconden en cuevas invisibles a primera vista. Por último, el tiempo puede encabritarse como un corcel furioso que se te echa encima con sus afilados cascos. Hay granizo y relámpagos a pedir de boca, y los truenos retumban por los picos como el rugido de un dios.

–El camino del que habláis debe de tener alguna ventaja; de otro modo no lo tendríais en cuenta.

Hernández entró en detalles.

–En esta estación puede ser muy agradable viajar por las montañas, más templadas que la costa, donde apenas hay manera de protegerse del sol y sus peligros; pero sólo somos dos, uno de ellos cargado con demasiado oro, y seríamos blanco fácil para cualquier maleante.

Alejandro observó a su escrupuloso acompañante, pensando: O mi padre le ha pagado con generosidad fuera de lo común, o se trata sencillamente de un hombre de honor. ¡Toda la vida entre cristianos, y qué poco los conozco…! Alejandro siempre había dado crédito a la información proporcionada por los relatos de sus mayores, poco halagadores por lo general. Casi todas las historias que había oído nacían de alguna controversia o escándalo; en cambio, aquel hombre que viajaba con él le estaba demostrando que los cristianos eran capaces de comportarse de modo muy distinto al esperado. La actitud de Hernández era más propia de un cristiano de conveniencia que de un verdadero devoto, y saltaba a la vista que, lejos de ser un hombre sucio y sin educación, poseía un saber mundano bastante sustancioso.

Hernández prosiguió con sus explicaciones.

–Claro que la ruta más segura es la que nos llevaría al norte de Barcelona por la punta este de los Pirineos, y de ahí al Languedoc. Después nos limitaríamos a mantenernos próximos a la costa por las ciudades de Narbona, Béziers y Montpellier. Cerca de esta última ciudad se halla la hermosa Aviñón, donde te espera tu destino.

–Ya conozco Montpellier. Es donde recibí mi formación.

–¡Aja, entonces no eres tan inocente como suponía! – Hernández se sonrió al pasar revista mentalmente a sus incursiones de juventud en ciudades desconocidas-. Debo confesar que yo tampoco. He visto muchas ciudades, amigo, y todas se parecen: manjares deliciosos, mujeres exóticas y dispuestas, edificios magníficos y muchos bienes de valor a la venta. Todo se reduce a saber usar el dinero.

–Y vos sabéis hacerlo, claro -comentó Alejandro.

Hernández rió de corazón.

–Tengo buen olfato para localizar lo que vale la pena ser olido. Podrás aprenderlo de mí si viajamos por la ruta de la costa. Será un viaje harto más interesante y, si me permites el comentario, bastante más cómodo que si vamos por las montañas, aunque mucho me temo que lo encontrarás largo y cansado. También es posible que te parezca lento; esos lugares de placer no son para dejarlos atrás demasiado rápido, sino para quedarse y degustar sus tesoros.

Alejandro calibró las posibilidades.

–Me hallo en un dilema, señor -dijo-. Si opto por viajar como suele hacer mi gente, y como, sin duda, pretende mi familia, evitaría esos antros de iniquidad cristiana, y seguiría la ruta menos frecuentada. Los judíos siempre corremos el peligro de convertirnos en víctimas de quienes se ven oprimidos por los ricos de su misma condición y buscan vengarse en los más indefensos. Mi deber es viajar a Aviñón e instalarme en la ciudad con la esperanza de recibir a mi familia.

Pese a lo dicho, Alejandro sabía que aun en el caso de tomar la ruta más lenta de las dos llegaría a Aviñón mucho antes que sus ancianos padres; éstos tendrían que descansar en todas las poblaciones por donde pasara su ruta, y, en el mejor de los casos, podrían tardar un año entero en llegar a la ciudad papal.

–Recuerda, joven, que ya no pareces judío. ¡Gracias a Dios, y perdona que te lo diga!

Alejandro se preguntó si Hernández no estaría cansado del libertinaje de las ciudades, y no anhelaría el aire fresco y las templadas noches de la montaña. Quizá hasta tuviera ganas de mantener frescas sus facultades entrando en liza con algún grupo de bandoleros. Pues bien, Alejandro no compartía esas ganas.

–¿Y bien, judío? ¿Qué dices?

–¡Por la costa, señor! Confío en poder ver esas extrañas costumbres sin caer preso de ellas; y acaso en esas ciudades estén en boga nuevos métodos de cirugía.

–¡En efecto! ¡Te cortarán el monedero en menos que canta un gallo!

Alejandro se palpó las alforjas entre risas, gesto que llevó a Hernández a comentar:

–Lo primero que compres con esa fortuna será algo de ropa más adecuada para el viaje. Indicaremos al sastre que cosa varios bolsillos pequeños cerrados con botones para repartir tus monedas; así no las perderás todas de golpe.

Alejandro lo consideró una medida prudente. Sintiéndose descansado, y viendo que el sol ya no estaba tan alto (cosas ambas que hacían más agradable el viaje), empezó a dar muestras de nerviosismo. A Hernández no se le pasó por alto; devolvió el cuchillo a su funda, metió la serpiente en una de sus bolsas y tomó un trago de agua antes de montar. Los dos jinetes volvieron al camino y galoparon en dirección noreste.

Avanzaron a velocidad constante, siempre hacia el noreste, hacia el mar.

Les faltaba un día para llegar al camino de la costa, y a cada hora que pasaba aumentaban sus contactos con la civilización. Al aproximarse a la costa, el aire fue haciéndose fresco y puro, sin el polvo de las zonas de interior, más calurosas. La vegetación fue volviéndose densa y abundante, y el viaje más placentero, gracias a la sombra que proporcionaban los árboles.

Efectuaban todas las paradas necesarias, haciendo provisión de agua fresca siempre que topaban con una fuente o un arroyo, ocasiones en que Alejandro bebía como perro rabioso.

Afortunadamente, la herida no se le había infectado, y el proceso de curación la había convertido en más molesta que dolorosa. Se le había puesto un poco rígida la piel del pecho, pese a la aplicación de emolientes siempre que le había sido posible; ahora bien, lo que no podía evitarse de ningún modo era la enorme y fea cicatriz que iba a acompañarlo durante el resto de sus días. Alejandro era consciente de que iba a avergonzarse de su desagradable desfiguración en cuanto se hallara en presencia de otra gente, visto que Hernández, por su parte, tenía la amabilidad de procurar no darse cuenta del feo amasijo de costras. A pesar de todo, el médico daba gracias a Dios por llevar la cicatriz en el pecho y no, como pretendían sus carceleros, en la cara. El pecho podía cubrirse con ropa; la cara, en cambio, siempre permanecía al descubierto.

A medida que la ruta fue haciéndose más rica en distracciones, Hernández se irguió en la silla de montar y puso mayor atención en lo que veía y oía alrededor de él.

–¡Hace tiempo que no visito una ciudad donde las cantinas merezcan ser honradas con mi presencia! – dijo a Alejandro, señalando una serie de

lugares de interés que se sucedían a lo largo del camino-. ¡Esto promete, judío! ¡Quizá por aquí encontremos comida que valga la pena!

Cuando el sol de la tarde alargó sus sombras hacia el este, llegaron cerca de la ciudad de Gerona. Hernández se sonrió al ver a su inexperto acompañante fascinado por el ajetreo de quienes habían cumplido con su trabajo cotidiano, gente inofensiva en su mayoría, pero entre la cual se hallaba más de uno capaz de aligerarles las bolsas como quien da los buenos días, con una sonrisa.

–Presa fácil me pareces para los que codician tu bolsillo -dijo, acompañando sus palabras con una estruendosa carcajada-. Más vale que te andes con cuidado.

El comentario suscitó una mirada gélida por parte de su protegido, bastante seguro de sí mismo después de los éxitos del viaje.

–Es posible que me falte instrucción, Hernández, pero no soy un bobo.

¿Me creéis incapaz de atravesar esta ciudad a caballo con mis posesiones intactas?

–No me preocupas cuando montas, amiguito. El momento de mayor peligro será cuando los caballos estén atados y nosotros lo estemos menos.

¡Cuida de no ser víctima de alguna criatura joven y seductora con un cómplice de robos invisible!

Indignado por lo que Hernández daba a entender, Alejandro creyó más probable que aquello le sucediera a su mentor, más entrado en años, y no dudó en decírselo a las claras.

–Haríais bien en iros con tiento vos mismo -dijo-. ¡Os recuerdo vuestras propias palabras! De los dos, soy yo el joven y apuesto; vos lleváis la marca de muchas guerras. ¿Quién será la presa más fácil? ¡Pensadlo!

–¡Por todos los dioses, judío -vociferó Hernández-, tienes razón! No eres ningún bobo, y en cuanto a mí, si conservo mi frugalidad tras llevar a cabo este encargo de acompañarte más allá de Aragón, tan agradable por otro lado, tendré para vivir bien unos cuantos años. ¡Siempre y cuando no derroche demasiado en mujeres, claro! – Siguieron nuevas carcajadas-. De todos modos, me estoy haciendo demasiado viejo para gastar en esas tonterías. Son cosas que más vale dejar para jóvenes apuestos como tú, ¿eh, judío? Y ahora, lo más prudente será encontrar un sitio donde pasar la noche y dar tregua a nuestros pobres huesos.

Preguntó a unos cuantos transeúntes la dirección de alguna posada con buenas caballerizas. Los remitieron a un establecimiento en el lado norte de la plaza principal, a sólo unas puertas, según les dijeron, de una pequeña cantina.

Mientras se dirigían a la posada, oyeron un ruido de caballos acercándose, caballos que no tardaron en irrumpir en la plaza en medio de una nube de polvo, montados por jinetes con armadura. Al ver a los soldados, Alejandro se puso tenso; Hernández se dio cuenta, y, aunque no dijo nada, se mantuvo atento a todos los gestos de su protegido.

Los soldados desmontaron a una y se repartieron por distintos edificios de la ciudad, registrándolos puerta a puerta con ademán autoritario, en busca de algo o alguien que no conseguían encontrar. Mientras los soldados pululaban por la plaza, Hernández y Alejandro siguieron amarrando sus caballos al poste, sin que ni uno ni otro dieran muestras de querer moverse de ahí.

Está ganando tiempo, pensó Hernández al ver que Alejandro ataba, desataba y volvía a atar su caballo. Tiene miedo de topar con esos jinetes.

Puso una mano en el hombro del joven judío y miró de nuevo a los soldados, que habían vuelto a ponerse en formación junto a sus caballos.

–¿Qué te parece si descansamos un poco antes de instalarnos en la posada? – preguntó.

Alejandro, para quien la perspicacia con que Hernández había advertido su inquietud no supuso ninguna sorpresa, agradeció la deferencia con que el mercenario acataba sus deseos de permanecer en el anonimato mientras no se marcharan los soldados. Siguieron al lado de los caballos, ocupado Alejandro en minuciosas e inútiles manipulaciones, ora ajustando al azar una correa y volviéndola a soltar, ora sacando el agua del equipaje, enjuagándose la boca con ella y escupiéndola antes de tomar otro trago. El médico no quitaba ojo a los soldados, y su silenciosa vigilancia no se relajó hasta verlos montar de nuevo en sus corceles y abandonar la plaza en ruidoso torbellino.

Hernández miró a Alejandro a los ojos y, arqueando las cejas de modo peculiar, dijo:

–Quizá esa ropa nueva te haga falta cuanto antes, ¿eh? Nos ocuparemos de ello en cuanto hayamos encontrado un alojamiento decente.

Alejandro asintió, al tiempo que se echaba al hombro sus alforjas.

Cuando ya había echado a caminar en dirección a la posada, Hernández lo retuvo por el brazo.

–Joven -dijo con severidad a su protegido el fornido mercenario-, no me gustan demasiado los judíos, pero te considero buen chico, y me han pagado por llevarte a Aviñón sano y salvo. Si hay algún motivo para que nos mantengamos lejos de los soldados, más vale que me lo digas.

El joven judío sostuvo la mirada de su guía, en quien había hallado a un buen compañero; pero, antes de revelarle el secreto del asesinato del obispo, tenía que estar seguro de que el cristiano no lo traicionaría. Volvió a asentir, dejando a Hernández la duda de qué habría querido decir.

Se llevó entonces la sorpresa de ver que su compañero estallaba en carcajadas y le quitaba el resuello con una fuerte palmada en la espalda.

–¡Tienes más arrestos de lo que pensaba! ¡Vamos a instalarnos para la noche!

Y reanudaron su avance hacia la posada.

El dueño les mostró una habitación con dos camas grandes de paja, cubiertas ambas con una manta de tela basta pero limpia al parecer. Junto a la ventana que daba a la plaza había una mesita con un lavamanos y una jarra de agua.

–Lo bastante limpio para un par de vagabundos. ¿Qué decís, posadero?

Esta noche seremos vuestros agradecidos huéspedes. A los dos nos hará bien un baño antes de cenar. Ah, y haced el favor de decirnos en qué lugar de la ciudad podríamos encontrar un buen sastre.

Siguieron la dirección indicada. El sastre tomó las medidas a Alejandro para hacerle una camisa y unos pantalones. Cuando notó que le ponían la cinta de medir en la entrepierna, Alejandro dio un respingo, advirtiendo con irritación la mueca divertida de Hernández. – ¡Revelas ignorancia, mi joven amigo! ¿Cómo quieres sino que el sastre te vista como un caballero?

¿Quieres que te haga unos pantalones tan estrechos que te pongas a cantar con voz de jovencita? Estáte quieto, y deja seguir a este buen hombre.

Alejandro obedeció, avergonzándose de su pudor. – Necesitamos tener la ropa para mañana a primera hora -dijo Hernández al sastre.

–¡Pero señor-protestó éste-, no es posible! ¡No habrá luz suficiente para acabar el trabajo a tiempo! Debo conseguir el material necesario…

Hernández hurgó en su bolsillo y sacó una moneda de oro, cuyo brillo seductor hizo oscilar ante las mismas narices del artesano.

–Quizá con esto podáis conseguir la tela y las velas -dijo. Viendo absortos en la moneda los ojos codiciosos del sastre, se la puso en la mano, diciendo-: Mañana por la mañana, cuando esté lista la ropa, os daré otra.

Arreglado el asunto del vestuario de Alejandro, volvieron a la posada y subieron por la escalera que llevaba a su habitación compartida, entre cuyas camas había sido colocado un barreño de agua lleno hasta la mitad. Se oyeron golpes suaves en la puerta. Hernández dio permiso con un gruñido, y la mujer del patrón entró con otro pesado cubo de agua humeante que fue añadida a la que ya había en el barreño. Realizada la operación, la buena mujer se marchó, pero no tardó en volver con una gran pastilla de jabón traslúcido y una esponja. Hernández hizo señas a Alejandro de que se bañara en primer lugar, declarándose deseoso de acercarse a la cantina y tomar un trago de vino antes del baño. Previamente volvió a aconsejar a Alejandro que vigilase sus posesiones.

Cumplido su deber como escolta del joven, el mercenario salió por la puerta y la cerró. Alejandro puso la barra para preservar su intimidad y se desnudó con cuidado, siempre atento a la herida del pecho. Al principio, el contacto con el agua hizo que le doliera la piel enrojecida de la quemadura, pero, a medida que se acostumbraba al calor, éste le proporcionó un gran alivio. Tras sacudirse el polvo de la ropa, volvió a vestirse y quitó la barra de la puerta; después miró por la ventana y vio a Hernández avanzar por la plaza con paso arrogante, satisfecho a todas luces de su refrigerio.

El fornido cristiano subió por las escaleras cantando a voz en cuello. Su alegría era contagiosa, e hizo sonreír a Alejandro, que a cada día que pasaba le tenía más aprecio, y se alegró de ver recortarse en la puerta, más cordial que nunca, su silueta de bravucón ligeramente bebido.

–¡Ah, muchacho! ¡Creo que este baño va a ser un regalo de los dioses! –

Se desnudó con parsimonia y gesto perezoso, y, apartando de un manotazo un insecto molesto, dijo-: Doy gracias a Dios por este nuevo bautismo.

Rió a carcajadas de su propio chiste. Alejandro no lo entendió, pero reaccionó con una risita cortés, disfrutando de las payasadas de aquel hombretón.

Hernández se bañó con ostentosa complacencia, restregándose vigorosamente el cuerpo con la esponja para quitarse el polvo acumulado en

el camino. Después de sumergir la cabeza por completo, se sonó, se frotó los ojos y se rascó las orejas con el dedo meñique, aprovechando la oportunidad de limpiarse todas las partes del cuerpo a la vez, cosa que no siempre podía hacer. Cuando acabó, la pastilla había sufrido una notable mengua.

–La dueña nos hará pagar más por el jabón -observó Alejandro.

–¡Sí, y habrá valido la pena! – contestó Hernández-. ¡Gracias a ella me siento maravillosamente limpio!

El cristiano se sacudió como un perro desde la cabeza al trasero.

Alejandro dio un salto hacia atrás para que no lo salpicase, sorprendido por el color marrón de la poca agua que quedaba en el barreño.

Satisfechas sus necesidades externas, los dos hombres descendieron por la escalera para ir a cenar a la cantina. Alejandro tenía bien cogidas sus alforjas, y atendía con curiosidad al embriagador ajetreo reinante en la sala.

Sus padres, excesivamente cautos, se habían asegurado de que nunca entrase en la cantina de Alcañiz, temiendo por encima de todas las cosas la influencia de las costumbres cristianas sobre sus hijos. A punto de entrar en lugar prohibido, Alejandro se sintió intimidado y atraído a partes iguales por su exótico misterio. Hernández ya había recorrido un buen trecho del local, y recibía el saludo de varias «viejas amistades» de nueva adquisición, fruto de la botella de vino ingerida antes del baño. Alejandro vio que agarraba a una mujer pechugona y más bien entrada en carnes y, movido por una intención jocosa, la abrazaba con rudeza y le propinaba un beso teatral. Entre protestas de pudor y castidad propias de una tímida doncella enfrentada a su primer abrazo, la mujer se resistió, aunque no demasiado.

En cuanto estuvo dentro de la sala, a Alejandro le bastó ver de cerca a la mujer para darse cuenta de que no tenía nada de virginal.

Observándolo todo desde su puesto en la mesa común, lo que vio el joven judío fue gente de aspecto y comportamiento inofensivos, gente que reía y bebía (acaso un poco demasiado) y se dedicaba a brindar en un ambiente festivo e informal. Se escucharon relatos inverosímiles, y Hernández narró a un auditorio todo oídos hazañas llenas de heroísmo y coraje. El mercenario ponía todo su empeño en divertir a sus nuevos amigos, cautivándolos a base de relatos que rebasaban con mucho la experiencia de unas vidas sumidas en la cotidianeidad. Los oyentes agradecían esas narraciones, única manera para ellos de enterarse de ciertas

cosas. Los relatos se transmitirían a los parientes e hijos de quienes las habían oído, dando pie al nacimiento de pequeñas leyendas. Alejandro se contaba entre los incondicionales.

Hernández no tardó en estar demasiado bebido para seguir, y, después de una breve pausa, los ruidos de gente sorbiendo y masticando fueron sustituidos por la voz de un joven que había escuchado a Hernández con gran atención.

–Yo también sé una historia -dijo-. Me la contó un marino en el puerto de Marsella.

–Oigámosla -farfulló Hernández; pero, a diferencia del curtido soldado que acababa de deleitar a los reunidos, aquel joven no tenía talante de narrador, y se hizo de rogar-. Quizá te suelte la lengua un vaso de vino -dijo haciendo señas al patrón de que trajese uno.

Pasados unos minutos, quedó claro que Hernández no andaba errado en sus estimaciones sobre el efecto del vino.

–Ese marino -dijo el joven-vagaba por los muelles de Marsella en busca de algún barco mercante donde enrolarse, ya que el de su propia compañía estaba pendiente de que lo repararan, e iba a pasar un tiempo sin tocar el agua. Como no tenía otra manera de matar las horas, se acercó a la taberna con la esperanza de oír hablar de algún barco que necesitara tripulantes.

Después de oír al efusivo Hernández, el público de la cantina hallaba aburrida aquella historia tan corriente; aun así, fortalecido por otro trago de vino, el narrador prosiguió con valentía.

–Una tarde le oí hablar de una galera que había llegado al puerto de Mesina y que había echado el ancla lejos de la costa. Pertenecía a una compañía comercial genovesa, y se la esperaba desde hacía tiempo, por lo que se consideró una bendición que hubiera llegado sana y salva. Sin embargo, cuando los representantes de la compagnia subieron a bordo, descubrieron que sólo sobrevivían seis miembros de la tripulación, y que los seis estaban agonizando.

El auditorio reprimió una exclamación, señal de que volvía a estar interesado. Alguien dijo en voz baja:

–¡Un barco con peste!

–Sí -asintió el narrador-, y, según mi amigo el marino, una peste como nunca se había visto hasta entonces. ¡Me habló de cuellos negros con bultos que eran como si se les hubiera atragantado un melón!

Los oyentes protestaron y, entre gestos de incredulidad, riñeron al joven por lo inverosímil de su historia. Alejandro se incorporó a medias, levantando la mano para imponer silencio al auditorio.

–¡Chis! Por favor, quisiera oír el final de esta historia.

Aunque la gente se lo quedó mirando con expresión burlona, su intervención dio fuerzas al narrador para seguir adelante.

–Los enfermos tenían los brazos y las piernas cubiertos de cardenales, y las manos y los pies negros como los de los etíopes, además de que les dolían horrores. Ninguno aguantaba que lo tocasen, y todos imploraban la muerte para que los liberase de sus atroces sufrimientos. Todos sus poros exudaban un olor pútrido a muerte y enfermedad, y el sudor prácticamente les chorreaba de la ropa. De los cincuenta que había a bordo en el momento de echar los remos al agua, todos cayeron enfermos, y sólo uno sobrevivió, uno que ahora está tan loco que ni siquiera recuerda el nombre de su madre.

Nadie dijo nada. Hernández, borracho, se persignó, y otros lo imitaron, invocando algunos el amparo de la Virgen, única protección contra aquella enfermedad.

Hernández se las arregló para volver a captar la atención de un auditorio silencioso e infundirle nueva alegría. El mercenario no se dio cuenta de que su compañero de viaje, absorto en sus pensamientos, estaba de un humor muy distinto al de los demás. Más tarde, Alejandro interrogó a quien había contado la historia, pero, viendo que no tenía mucho más que explicar, no insistió más.

Por la noche, a la luz de una única vela, Alejandro apuntó en su libro los detalles de la historia que había oído en la cantina, garabateando con frenesí mientras Hernández roncaba, gruñía y se revolvía en su cama de paja. El médico se alegró de que no hubiera más viajeros, pues eso habría supuesto el riesgo de compartir camastro con el cristiano, y la perspectiva de que los brazos y las piernas del borracho le cayeran encima como sacos de harina en la oscuridad no resultaba muy halagüeña. Limpio, bien comido y con las noticias de la noche dándole vueltas en la cabeza, Alejandro se durmió con la bolsa apretada contra la barriga, y no tardó en aparecérsele Carlos Alderón.

En el sueño, el gigantesco herrero era aún más alto e imponente que en la vida real. Acudía a Alejandro a plena luz del día, muerto, pero todavía en estado de caminar, con todos sus miembros envueltos por separado en la

tela gruesa de la mortaja, y con el pecho al descubierto, hecho una masa de cortes. Las manos y pies que emergían de las vendas eran negros como el hierro forjado de la pala con que lo habían desenterrado. Carlos maldecía a gritos al médico que no había sabido curarlo, y atribuía su muerte al deseo de exhumarlo más tarde y diseccionar su cadáver. Iba acercándose con los brazos tendidos, pero, justo antes de alcanzar a Alejandro, éste despertó de golpe, y, tembloroso, se incorporó como un resorte, sudando por todos los poros. Mientras apretaba un brazo contra su cuerpo sujeto a escalofríos, se restregó los ojos con la otra mano y se volvió hacia Hernández, a quien vio sumido en un sueño plácido, ajeno al pavor que había despertado a su compañero.

El sastre retrocedió hacia la puerta deshecho en reverencias, aferrando la moneda de oro que Hernández había depositado en su mano; se leía en su sonrisa la incredulidad de haber recibido tan fantástica suma por un trabajo sencillo. Una vez saldada su deuda con el posadero, cristiano y judío se encaminaron a la panadería, donde Hernández compró varias hogazas de la primera hornada del día, unos panes largos y finos que embutió en todos los espacios libres de su ropa y alforjas.

Cuando estaba a punto de montar, Alejandro dijo:

–¡Cómo pesa esta camisa con tantas monedas!

Hernández se rió a gusto de las dificultades del joven, y, lejos de apiadarse de ellas, dijo:

–¡Quiera Dios cargarme con la aflicción de tener demasiadas monedas!

¡Y que no llegue a curarme nunca!

Dedicaron toda la mañana a viajar, hasta que, a mediodía, llegaron a la pequeña ciudad de Figueras, todavía lejos de la costa. Dejaron los caballos en un establo, en manos de un mozo que los cepilló y limpió con agua a conciencia.

La cantina era oscura y fresca, cosa que, después de tantas horas bajo el sol, se agradecía. Comieron con apetito, y, en el caso de Hernández, con la ayuda de copiosas cantidades de cerveza. Alejandro volvió a sentir la fascinación de ver a su compañero deleitar a las gentes del lugar con heroicos relatos y anécdotas guerreras.

–Ya he dicho bastantes mentiras -acabó diciendo el soldado-. Estoy cansado de fanfarronear. ¿Quién tiene noticias que valgan la pena?

Siguieron relatos de varia cosecha. Un hombre describió con sumo detalle el paso de una suntuosa comitiva nupcial, que llevaba a una joven de tierras lejanas a Castilla, donde la esperaba el novio. Cautivó a su entregada audiencia con historias de lujo y despilfarro por parte de los ricos, historias difíciles de imaginar para los campesinos que lo rodeaban.

Consciente a todas horas de su condición de fugitivo, y reacio a convertirse en centro de atención, el médico guardó silencio, y su falta de interés no tardó en convertirse en aburrimiento. De momento, él y Hernández habían conseguido viajar con mayor rapidez que la noticia del asesinato del obispo, y Alejandro esperaba fervientemente poder seguir haciéndolo. Aún no se había atrevido a confesar a Hernández lo que había hecho mientras el soldado lo esperaba delante del monasterio, pero suponía que su compañero se habría dado cuenta de que su intención no era dar gracias al prelado por su trato caritativo.

No volvió a prestar atención hasta que un andrajoso peregrino se puso a hablar del barco de la peste. Era un hombre que hasta entonces se había quedado quieto en un rincón, devorando pan y queso con una rapidez que no casaba con su falta de dientes. Tenía la barbilla cubierta de una incipiente barba gris, y lo fétido del olor que desprendía daba a entender que había estado en compañía de mulas.

–La enfermedad ya no afecta sólo a la tripulación del barco -dijo para asombro de sus oyentes. Un murmullo recorrió la taberna-. Los representantes de la compagnia esperaron unos días, y después enviaron a una tripulación para que trajera a puerto el cargamento del barco, obrando en contra de los deseos del capitán de puerto de Mesina, que ha prometido llevar el asunto ante el magistrado.

Alejandro se sorprendió al oír en boca del peregrino un discurso tan articulado, y tan en desacuerdo con su desaliño. El narrador siguió adelante, adornando su relato con detalles precisos sobre los avances de la enfermedad.

–En cuestión de días, varios miembros de la tripulación de descarga habían caído enfermos, y empezaban a quejarse de tener el cuello dolorido y seca la garganta. Pronto tuvieron todos fiebre, y la lengua hinchada y blanca. Quedaron postrados en cama uno tras otro, y no hubo ninguno que volviera a levantarse.

Horrorizados por el relato del peregrino, los ocupantes de la cantina habían quedado absolutamente pendientes de sus palabras.

–Después de varios días, las extremidades de uno de los hombres se pusieron azules, y luego negras. El bulto del cuello se le puso del tamaño de una manzana, lleno de un pus espeso y amarillo, y rodeado de manchitas entre azules y negras. Las mismas erupciones, igual de repulsivas, aparecieron rápidamente en su ingle y sus axilas. Sufría dolores constantes.

Su familia llamó a un médico, que le abrió los enormes forúnculos.

Alejandro apenas advirtió las protestas de los asqueados oyentes; estaba demasiado interesado en las palabras del peregrino, y en calibrar posibles diagnósticos. Oyó al viajero describir delirios y sudores, períodos de inconsciencia y terribles escalofríos en que la víctima parecía congelarse. El narrador habló de la incapacidad del enfermo de retener fluidos o sólidos corporales, y de cómo su cuerpo había adquirido rápidamente un aspecto cadavérico, mientras el cuerpo se consumía en un último esfuerzo de supervivencia. Según el peregrino, la última humillación del pobre hombre había sido caer en una honda desesperación, y morir entre atroces convulsiones.

Olvidando por unos instantes su silencio voluntario, Alejandro preguntó:

–¿Lo visteis con vuestros propios ojos?

–No, señor. Me lo contó otro viajero, de Mesina, pero no tengo la menor duda de que decía la verdad.

Alejandro tampoco, pero no era la relación de primera mano que había esperado escuchar.

Se produjo un largo silencio. Mientras todos reflexionaban sobre la espantosa historia que acababan de oír, quien la había explicado volvió a concentrarse en la comida, mojando en cerveza el pan que le quedaba y convirtiéndolo en una bola. Hasta Hernández, siempre tan efusivo, parecía serio y reservado. Recordó a Alejandro que tenían por delante un largo viaje, y que la prudencia les dictaba aprovechar la luz que quedaba para llegar al siguiente pueblo antes de la puesta del sol. Salieron al galope, dirigiéndose a la población costera de Cervera de Rosellón.

El cerúleo azul del Mediterráneo brillaba bajo los últimos rayos del sol, y las olas acariciaban la costa, arrullando con su vaivén a la cansada pareja, harta ya de oír el golpeteo de los cascos de caballo. La aparición del mar

había supuesto una alegría para Alejandro, que llevaba sin verlo desde su regreso de la escuela de medicina de Montpellier.

En Cervera habían rellenado sus cantimploras y comprado un poco de pescado hervido envuelto en unas hojas muy grandes. Sentados tranquilamente en la playa, a punto de ponerse el sol, comieron a gusto el pescado, al que seguiría una de las innumerables hogazas de pan de Hernández.

A diferencia de éste, Alejandro no se había puesto serio al oír los rumores de peste; presa de gran agitación y entusiasmo, especulaba sobre la causa, y expresaba en voz alta su contrariedad por lo difícil del tratamiento.

–Nunca había topado con un conjunto de síntomas tan terrible -dijo-, ni siquiera cuando estudiaba medicina. Seguro que esas historias se han ido exagerando a base de repetirlas; me niego a creer que algo tan espantoso haya podido aparecer así como así.

En sus años de soldado, Hernández había visto muchos casos de tifus y cólera.

–Aunque siempre me veas contando historias gloriosas -dijo a Alejandro con tristeza-, lo cierto es que la guerra no suele tener nada que ver con los laureles. A menudo, lo que cuento me sirve para olvidar las miserias, recordando ante todo el honor de la victoria. Si me acordara con la misma frecuencia de la sangre y las enfermedades, me daría tanta pena que acabaría loco. La espada de la enfermedad mata a tanta gente como la del enemigo.

Alejandro se dio cuenta de que Hernández daba mucha importancia a lo que acababa de decir; señal de ello, el lúgubre silencio que había sustituido a su cordialidad habitual. Cuando el sol empezó a desaparecer bajo el horizonte, el soldado se levantó para recorrer la playa en busca de hierba seca, con la que encendió una pequeña hoguera destinada a proporcionarles una hora más de luz.

Pasaron la noche sobre la fina arena de la playa, encima de sus mantas y adormecidos por el oleaje. Alejandro despertó al asomar por el horizonte los primeros rayos del sol. Las aves marinas luchaban en vano por sobreponer sus alaridos al estruendo matutino de las olas, y sus gritos parecían querer despertar al mismísimo Dios.

Miró alrededor en busca de Hernández, protegiéndose del sol con una mano hasta divisar su fornida silueta chapoteando entre las olas. El soldado,

que estaba tomando un refrescante baño de agua salada, gesticuló como loco, invitando a su protegido a unirse a él. Después de un rato, Alejandro se arremangó los pantalones y se internó unos metros por la orilla, hallando placentero el contacto de la arena y el agua con sus pies descalzos. Volvió sobre sus pasos, se quitó la ropa y se metió en el mar.

El chapuzón les permitió disfrutar de unos momentos de libertad y despreocupación, en los que Hernández pudo sacudirse sus malos recuerdos de la guerra, y Alejandro revivir los tiempos en que no era todavía un fugitivo. Ni uno ni otro eran capaces de dar nombre al insidioso terror que se había introducido en su viaje, y que, punzante y apenas perceptible, iba asentándoseles en el estómago. Ambos sabían que aquella breve tregua era como la calma que precede a la tormenta, pero ésta todavía permanecía oculta, esperando el momento de declararse.

Como el suelo de la playa era firme y apto para la cabalgata, viajaron por la orilla mientras les fue posible, refrescándose con el agua que salpicaba de las olas. Sólo regresaron al camino cuando la playa se hizo demasiado pedregosa para la seguridad de sus caballos. Avanzaron a buen ritmo, dado el deseo de Hernández de alcanzar la urbe languedociana de Narbona al anochecer. No sabía de la existencia de otras fuentes pasado Perpiñán.

Fue en Narbona donde se enteraron de que la enfermedad había llegado a Genova. Alejandro no se sorprendió demasiado de que hubiera alcanzado el puerto comercial más importante de la zona; en principio, el barco portador de la peste se dirigía a Genova, y su letal cargamento había sido enviado a dicha ciudad a bordo de otro galeón. A pocos días de su llegada, algunos miembros de la tripulación, que, finalizado su breve viaje, se había dispersado por la ciudad, empezaron a experimentar la misma enfermedad que los tripulantes del barco fantasma. De los marinos y agentes comerciales que habían tratado con el cargamento, más de uno se había embarcado ya con destino a otros puertos, entre ellos Marsella, llevándose consigo la causa desconocida de la pestilencia.

La enfermedad empezó su propagación entre los remeros, cuya totalidad fue quedando poco a poco abandonada entre sus cadenas, muertos algunos, otros moribundos. Circulaba un truculento relato acerca de un galeote cuyos alaridos se oyeron durante días y días; habiendo escapado milagrosamente al contagio, suplicaba a gritos que lo liberasen, pero, como nadie estaba

dispuesto a subir al barco para acercarle el barril de agua, murió deshidratado junto a su remo, rodeado por los cuerpos putrefactos de sus compañeros.

Pasaron la noche en Narbona, en una posada bastante decente que encontraron en pleno centro urbano. En la cantina, la conversación de la noche quedó copada por nuevos relatos sobre la expansión de la peste, tema que superaba en interés a cualquier otro. Todo el mundo hablaba bajo y con gran inquietud: reinaba entre los ciudadanos el miedo a que la misteriosa dolencia pudiera comunicarse a su región.

Por la noche, Alejandro y Hernández consiguieron nuevas provisiones, y reanudaron el viaje al despuntar el alba, pues, de algún modo, tenían la sensación de que les convenía ir lo más deprisa posible. Aunque hasta entonces ya habían estado avanzando a una velocidad considerable, resolvieron acelerar todavía más el ritmo, visto que sólo quedaba una jornada a caballo para llegar a Montpellier.

Y fue así como, coincidiendo con la puesta del sol, sus agotadas monturas salvaron la última y pequeña elevación que precedía las puertas de la antigua ciudad donde Alejandro había vivido la parte de su juventud dedicada al estudio.

–Parece que haya sido ayer -dijo a Hernández-, aunque ¡cómo ha cambiado esta ciudad! ¡Hay casas en lo que antes eran descampados, y hasta han empedrado algunas calles! – Al adentrarse en la urbe, Alejandro señaló la casa donde se había alojado, y que pertenecía a una respetable familia judía-. Quizá debería presentarles mis respetos -dijo.

Montpellier formaba parte de su pasado, y le recordaba una época feliz de su vida. De pronto sintió una nostalgia punzante de cuanto le era conocido.

–Será más prudente que no lo hagas -repuso Hernández con seriedad-.

A menos, claro está, que no tengas motivos para temer que te descubran.

Alejandro evitó la mirada de su compañero, e, indeciso, dejó pasar la oportunidad. Se alejaron de la casa en silencio. Persistiendo en la misma dirección, llegaron a los aledaños de la universidad, cuya visión infundió a Alejandro un entusiasmo manifiesto.

–Aquí los judíos pueden estudiar sin miedo a que los maltraten -dijo-, y eso a pesar de que es una escuela fundada por clérigos. La familia que me cuidaba me sometió a una vigilancia estricta, y mi estancia fue dedicada por

entero al estudio. Ahora siento no haberme tomado la molestia de saber más cosas de la ciudad.

Recorrieron calles llenas de bullicio. Impacientes por encontrar alojamiento, pidieron consejo a varios transeúntes. La mayoría se mostró cortés, pero algunos tenían una actitud extraña, y se alejaron a toda prisa mascullando excusas. La falta de práctica trababa la lengua de Alejandro, pero Hernández, que aún sabía menos francés que él, delegó en su protegido las funciones de portavoz y oyente.

Una vez instalados, Alejandro interrogó al dueño de la posada acerca del ajetreo reinante en la ciudad.

–Una terrible aflicción se ha introducido en la zona, señor. Creímos que quedaría reducida a Marsella, pero esta mañana ha venido a la ciudad un granjero diciendo que ha encontrado muertas en el campo a todas sus ovejas. La gente tiene miedo de contagiarse y está impaciente por salir de la ciudad, puesto que nadie sabe quién es el portador de la peste, ni cómo viaja. Me alegraré de recibir vuestro dinero, pero haríais bien en proseguir el viaje y alejaros cuanto antes de este lugar.

Finalizada la conversación, Hernández llamó a Alejandro y le dijo:

–Estoy de acuerdo en que lo mejor sería salir de la ciudad cuanto antes, pero nos quedaremos a pasar la noche. No me agrada demasiado ir en compañía de un médico, porque algún sacerdote o magistrado podría obligarte a prestar tus servicios. Oculta tu profesión a quien te la pregunte, o di que eres estudiante.

–¡Me pedís demasiado, Hernández! – contestó Alejandro-. He hecho un juramento que me obliga a servir a los enfermos y heridos sin preocuparme de mí mismo.

–Jovencito, te ruego que por una vez vigiles tu salud, no la de los otros.

Si tantos deseos tienes de ser útil, podrás hacerlo cuando la peste se extienda todavía más. Muerto no podrás servir a nadie, y menos a ti mismo.

La última frase de Hernández dio escalofríos a Alejandro. «Muerto…»

–Cuando esté muerto, Hernández, ya no seré responsabilidad tuya.

–En ese caso, te suplico humildemente que me permitas cumplir mi compromiso con tu familia depositándote sano y salvo en Aviñón; piensa que no recibiré toda la paga hasta que te presentes intacto al banquero que dará validez a la letra de crédito que me dio tu padre.

Alejandro aseguró a Hernández que evitaría las situaciones de riesgo hasta llegar sano y salvo a Aviñón.

–Os pido perdón, Hernández; no estaba al tanto del trato. Habéis sido un noble compañero, encomiable como escolta. Me habéis protegido, y os doy gracias por ello. Tendréis vuestra pequeña fortuna, y os la habréis ganado.

De haber hecho solo este viaje, ya no estaría vivo.

Hernández contestó con una majestuosa reverencia, y, trazando una curva con el brazo, dijo:

–A vuestro servicio, señor. He tenido el privilegio de ayudaros en vuestro viaje hacia una nueva vida.

Desaparecida toda tensión entre ellos, los viajeros se dispusieron a acostarse, conviniendo en salir a primera hora hacia su destino final, Aviñón.

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