La plaga

Ann Benson · Capítulo 38 de 40

Páginas del PDF

La plaga

Treinta y Cuatro

Entonces Kate le explicó lo sucedido durante su delirio, y Alejandro se asombró de la fidelidad con que su sueño reflejaba los hechos reales, sin otro disfraz que el de su pasado.

–¿Estáis curado? – preguntó la niña.

–Sí, pequeña, parece que lo estoy, y de mucho más que de la peste.

TREINTA Y CUATRO

Caroline tardó una semana en poder levantarse de la cama del piso de Bruce. Durante ese tiempo, y mientras su paciente se veía en la imposibilidad de hacer gran cosa excepto dormir, Janie le metió las manos y los pies en bolsas de plástico llenas de gusanos recogidos de las basuras del vecindario. Pasados unos días, quitó las bolsas y salieron volando nubes de moscas, las cuales, cumpliendo su función natural, habían realizado su metamorfosis con el sustento de la carne infectada de Caroline. A continuación Janie aprovechó su formación de cirujana para reparar lo que quedaba; con un instrumental compuesto de hojas de afeitar, agujas de costura, hilo dental y pinzas, hizo milagros con las extremidades de Caroline, poco menos que destrozadas, salvándolo todo excepto la punta de un dedo del pie.

Bruce tuvo que contestar a algunas preguntas acerca del incidente del laboratorio, pero su participación pasó desapercibida gracias a que podía demostrar haber estado en Leeds a la hora en que, según los cálculos finales, había muerto Ted. El consejo de dirección del instituto le pidió ocupar el cargo de Ted hasta que se hubiera encontrado a otra persona, pero Bruce declinó la oferta, alegando su escasa disposición a dejar de lado la parte práctica de su trabajo, siquiera por un tiempo. El consejo, decepcionado por la negativa, no tuvo más remedio que contratar a alguien ajeno a la institución, capaz sin embargo de hacerla funcionar con tanta eficacia como Ted.

Tanto Janie como Bruce se asombraron de la rapidez con que se recuperaba Caroline, dado lo cerca que había estado de morir. Convinieron en que bastaría con una convalecencia breve; así pues, Janie aplazó una semana el viaje de vuelta, y los tres se trasladaron a un hotel de Brighton con vistas a la playa. El aire fresco del mar obró milagros, y los pulmones de Caroline no tardaron en quedar tan limpios como antes. Viéndola

caminar sobre sus pies maltrechos, Janie empezó a albergar esperanzas de que Caroline volviera a ser la misma de siempre.

En su fuero interno, no obstante, sabía que una parte de la joven había muerto en casa de Sarin; ahí había perdido una pieza pequeña pero vital para su espíritu. A veces Janie sorprendía en los ojos de Caroline una expresión de tristeza indefinible, como si añorara algo con terrible intensidad.

Durante la convalecencia secreta de Caroline, Michael Rosow no dejó de interrogar a marginales, revisar registros de aduanas y leer listas de reservas de vuelo. Gracias a un trabajo lento, tenaz y, en ocasiones, frustrante, había conseguido reducir a tres las identidades posibles de la misteriosa pelirroja. La primera opción había quedado en nada. Al investigar la segunda, se dio cuenta de que la fotografía de pasaporte que aparecía en pantalla tenía un desfase de bastantes años, y no pocos kilos.

De la tercera candidata no constaba que se le hubieran tomado las huellas, y fue imposible localizarla en el hotel cuyo nombre había dado como lugar de residencia temporal en Londres. El recepcionista no recordaba haberla visto en varios días, y la acompañante de la joven en cuestión había pagado la cuenta de ambas alegando un viaje inesperado que no constaba en ningún registro informático. El motivo de su visita a Inglaterra estaba clasificado como «investigación científica», y un guardia de seguridad del instituto, escenario de «la mano fantasma», la había identificado como visitante reciente. Las coincidencias eran demasiado flagrantes. Rosow tuvo la certeza de estar sobre la pista correcta; ya sólo faltaba averiguar a qué avión subiría la pelirroja para volver a su país, e ir a buscarla al aeropuerto.

Janie subió el cuello de la chaqueta de Caroline y se lo abrochó, a sabiendas de que los dedos de su compañera todavía no estaban curados del todo.

–¿Estás lo bastante abrigada? – preguntó.

–Sí, pero este cuello pica.

Si lo que les habían dicho era cierto, sus maletas ya estaban a bordo del avión, salvo, naturalmente, la bolsa que había servido de mortaja para Ted.

Un azafato joven y tan atractivo de cara como de cuerpo acababa de examinar sus tarjetas de embarque con una sonrisa encantadora, y estaba a

punto de dejarlas pasar por la puerta láser de seguridad. Cerca ya del control de seguridad, Janie oyó voces a lo lejos.

Al darse la vuelta, vio que un hombre se acercaba a toda prisa con una tarjeta de identificación en alto, y que la gente se apresuraba a abrirle paso.

Janie fue presa de un miedo cerval. Después de tantas peripecias, sólo les separaba un paso del regreso a Estados Unidos. Confiando en que Bruce lo hubiera hecho todo bien, contuvo la respiración y dirigió a Caroline hacia el escáner, temiendo oír la sirena que indicaría que sus números de pasaporte constaban como sin huellas; pero, al ver que Caroline pasaba sin hacer sonar la alarma, fue tras ella, no sin antes susurrar una plegaria.

No sonó ninguna sirena. Gracias, Ethel… y gracias, Betsy, pensó al acercarse a la escalerilla.

Rosow llegó a la puerta de embarque cuando no hacía ni treinta segundos que Caroline había pasado con Janie detrás. Sosteniendo en alto su placa de biopolicía, enseñó al empleado el papel arrugado con la imagen del rostro de Caroline. El empleado la reconoció de inmediato y dijo:

–Acaba de embarcar.

–¿Cómo la han dejado pasar? ¡Si no tienen sus huellas!

El empleado echó un vistazo al registro del ordenador, y miró al teniente.

–Aquí consta que sí.

–Imposible -replicó Rosow-. Tengo que hablar con ella. Haga el favor de hacerla salir de inmediato.

–Me temo que eso no podrá ser -dijo el empleado. Tras apartarse educadamente a un lado para dejar paso a una mujer alta y morena, reanudó su conversación con el teniente-. Ese avión se considera territorio americano. No tengo jurisdicción sobre él. – Esbozó una sonrisa: no siempre tenía uno la posibilidad de llevar la contraria a un biopolicía-. Ni usted tampoco. Si quiere subir a bordo, tendrá que conseguir una orden de la embajada de Estados Unidos, a menos que disponga de billete o sea miembro de la tripulación.

Después de asegurarse de que Caroline estuviera cómoda, Janie se asomó a investigar. El hombre al que había visto acercarse corriendo seguía discutiendo con el empleado de la puerta de embarque, intentando convencerlo de que hiciera salir a uno de los pasajeros. Janie consultó su reloj y vio que faltaba media hora para el despegue. Preguntó a otro

empleado si podía salir del avión y volver a pasar por la puerta de embarque.

–En principio no hay problema, siempre y cuando tenga la documentación en regla -contestó el empleado. Janie le enseñó los papeles-.

Vaya, pero no tarde demasiado. En quince minutos cerraremos puertas y repartiremos los trajes de seguridad.

Recordando los crujidos del viaje de ida, Janie comentó:

–No me lo perdería por nada del mundo.

A continuación se dirigió al escáner y pasó junto a Michael Rosow, que reiteraba a voces su insistente letanía. Sus miradas se trabaron por breves instantes.

Estuvo en ese campo, pensó Janie al mirarlo a los ojos. No sé por qué estoy tan segura, pero el caso es que lo estoy. ¿Se dará cuenta de lo cerca que estuvo de encontrarnos? Pero Caroline estaba a bordo del avión, protegida de nuevo por su ciudadanía americana. El teniente ya no podía hacerle nada.

Dirigió una cálida sonrisa al oficial, en cuya mirada creyó advertir algo especial, como si la hubiera reconocido; pero ese algo desapareció de inmediato, sustituido por un gesto displicente de cabeza. El teniente siguió discutiendo, y Jame se alejó.

En las plataformas, los hombres de verde seguían tan inmóviles y silenciosos como siempre, apuntando con sus armas a la multitud que circulaba por debajo. Janie se apresuró a llegar a la librería para una compra de última hora; el viaje iba a durar lo suyo, y quería algo para distraerse, ahuyentar los demonios que cada dos por tres iniciaban una danza cruel en su mente y perturbaban la escasa tranquilidad de que podía disponer.

Otra pérdida más, pensó. Parece que me voy acostumbrando a echar de menos a alguien a todas horas, y eso que duele lo suyo… Se preguntó con tristeza qué habría sucedido entre ella y Bruce de haber encontrado una manera de superar la división geográfica.

Se habían despedido la noche anterior, en el piso de Bruce. La presencia de Caroline en la habitación de invitados destruía en gran parte la intimidad necesaria, y el adiós no había acabado de satisfacer a Janie. Debería haber sido más conmovedor, más triste, digo yo… En lugar de ello, había sentido un gran vacío. Previamente se había convencido a sí misma de cerrar las puertas al dolor. Si no dejo que entre, no podrá hacerme daño…

Pues bien, sus esfuerzos habían sido inútiles. El dolor había entrado.

Ahí estaba, en lo más hondo de su corazón, como un nudo en el estómago o un monstruo acechando en su cabeza, listo para sacar las garras y destrozarlo todo a la menor provocación. Janie resolvió dejarlo enjaulado hasta haber llegado sana y salva a casa, y encontrar un buen escondrijo donde llorar y lamentarse a solas hasta que el corazón no diera más de sí.

–¿Por qué no te quedas? – había dicho él-. Aquí no te faltarían cosas que hacer. Te ayudaría a instalarte, a encontrar un empleo…

–No se, Bruce -había contestado ella, presa del desconcierto-. No creo que ahora mismo esté preparada para tomar una decisión como ésa. Hay tanto desorden en mi vida… Además, todo está cambiando; al llegar a Inglaterra me pareció estar en el paraíso, pero tenéis menos libertad que nosotros. Habéis llegado a un punto en el que dudo que podáis recuperarla.

En Estados Unidos todavía podemos cambiar las cosas. La verdad, no creo que me convenza vivir con tanto… control.

»¿Por qué no te vienes tú? Sigues siendo ciudadano americano, y en este país ya has hecho muchas cosas. Bastaría con que cogieras un avión y te presentaras en el aeropuerto. Nos alegraría tenerte de vuelta. Los científicos brillantes nunca están de más.

Bruce había esbozado una sonrisa melancólica.

–A lo mejor un día te doy la sorpresa.

O sea, que no, había pensado Janie. Lo habían dejado en eso, un concurso de negativas entre dos contendientes igual de tercos.

Al fondo de la librería encontró una novela prometedora. Después de leer la contraportada y parte de la primera página, decidió que serviría. Fue al mostrador, pagó y volvió al avión.

El hombre que había estado discutiendo con el empleado de la puerta de embarque seguía rondando por la zona con cara de enfado. Iba con las manos en los bolsillos y la espalda muy erguida, como si se hubiera llevado un disgusto tremendo. Al ver pasar a Janie, le dirigió una mirada cargada de resentimiento, como si adivinara en ella a la responsable de su derrota.

Nunca lo averiguarás, pensó Janie, sintiéndose invadida por una agradable sensación de alivio.

El empleado recibía a los pasajeros con palabras joviales. A Estados Unidos otra vez. ¡Qué alegría!, pensó Janie, congratulando en silencio al joven por su victoria sobre el tozudo biopolicía.