La plaga
Ocho
Extraviado en el laberinto de su dolor, no tenía a nadie que lo consolara de la pérdida del rudo soldado que se había convertido para él en una especie de hermano.
Registró, sintiéndose como un fisgón, todos los armarios; buscaba algo que le diera sensación de familiaridad, cualquier cosa; pero nada había salvo los omnipresentes excrementos de ratones y ratas que infestaban prácticamente todas las casas, aun las más impolutas; imagen familiar de la que, lejos de obtener consuelo, no extraía más que repugnancia. Sentado en silencio frente a la mesa del comedor, comió un mendrugo de pan acompañado por algo de queso, alimentos que había encontrado en la despensa. Cuando no pudo comer más, fue a buscar su instrumental al dormitorio de Hernández y lo limpió en el cubo de agua de la cocina.
Tendré que bajar su cadáver por las escaleras para cuando pase el carro, pensó con tristeza, imaginando los miembros de su amigo sobresaliendo de los lados del vehículo como rígidas varas blancas. Ahora no; no podría.
Tras envolver las herramientas con una vieja camisa de Hernández, se encaminó a su nueva consulta con la esperanza de hallar cierta distracción.
Recorrió la callejuela entre transeúntes que pasaban por su lado a toda prisa; ya cerca de la consulta, vio que en la puerta había una especie de aviso colgado de un clavo; lo cogió y examinó el sello con mayor atención, descifrando la inscripción latina que había sido impresa en un círculo de cera de irregulares contornos.
El sello rezaba: «Su Santidad Clemente VI, obispo de Aviñón.»
OCHO
Janie insertó la tarjeta de plástico en la ranura de la puerta de metal de su suite. Una vez dentro, dejó el maletín en el suelo y se derrumbó en una butaca, recostándose hasta quedar estirada en casi toda su considerable estatura; después dejó caer un brazo y se llevó el otro a la frente, adoptando una postura de total sumisión a los frustrantes acontecimientos del día.
–¡Venga, mundo, no te cortes, dame duro! – dijo a Caroline, que había entrado en segundo lugar cerrando la puerta tras ella-. Me encanta que me peguen.
Lo primero que hizo Caroline fue sacarse del bolso el envoltorio de plástico con el círculo de tela y ponerlo en la nevera de Janie.
–¡Qué bien sienta compadecerse a sí misma de vez en cuando! ¿Verdad?
– comentó, mientras tomaba asiento frente a la pequeña mesa de Janie.
–Tú dirás -dijo ésta, sin quitarse el brazo de los ojos-. Y, dadas las circunstancias, no hay nada mejor que hacer. – Pasados unos instantes, se incorporó y, suspirando, se frotó los ojos; después miró el montón de papeles posado en la mesa y dijo-: En fin, más vale que vayamos averiguando de dónde proceden las muestras que faltan.
Al ojear los papeles, encontró el mapa de localización y la lista de propietarios. Cotejó el elenco de las cuarenta y ocho muestras bajo control con la lista total, y elaboró un índice de las muestras que no aparecían en el primero; a continuación comparó dicho índice con el mapa y, guiándose por la cuadrícula, marcó la situación de todas las muestras ilocalizables, utilizando como señal un pequeño rostro circular de expresión malhumorada.
–¡Cómo no! – dijo-. Están desperdigadas por toda la ciudad. ¿Cómo se me ocurriría esperar que estuvieran alineadas?
Caroline la miró por encima del hombro.
–¿Ignorancia? ¿Estupidez? ¿Falsas ilusiones?
–Todo eso y más -dijo Janie-. No siguen ningún orden lógico. Imagino que el que trasladó los tubos se limitaría a coger seis al azar y dejarlos en otro sitio.
–Tal como parece que van saliendo las cosas, apuesto a que ese sitio es de lo más inoportuno -dijo Caroline.
Janie devolvió los papeles a la mesa y se restregó los ojos por segunda vez. Permaneció un rato de codos sobre la mesa, aguantándose la cabeza con las manos.
–No señor, no dejaré que me hundan -dijo, incorporándose en la butaca-. Ahora mismo empiezo a hacer llamadas para que nos dejen volver a excavar. No hará falta repetir el papeleo; para la segunda muestra debería bastar con un acuerdo verbal.
Caroline estaba sorprendida.
–¿Estás segura de querer hacerlo? – preguntó-. ¿Por qué no esperas a que tu amigo te diga algo antes de repetir lo que ya has hecho una vez?
Caroline cogió la lista de propietarios y le echó un vistazo, fijándose en los que había marcado Janie. Frunció el entrecejo.
–Hay dos que costaron de convencer -dijo. Puede que no nos dejen repetir. ¡En fin, menos mal que no falta el último! No me imagino volviendo a casa de aquel viejo para decirle: «Disculpe, señor Sarin, ¿se acuerda de la muestra de tierra que le robamos? Pues siento decirle que tendremos que robarle otra.» Además, con una incursión nocturna por el campo tuve bastante para toda la vida. ¡Qué miedo daba el sitio ese!
Janie convino en que era cierto.
–Sí que daba miedo, sí -dijo-. Aunque, ¿sabes qué te digo? Que aunque no consiguiéramos de él lo que buscábamos, el viejo me cayó bien; nos dijo que no tan amablemente… -Apartó la butaca de la mesa y la hizo bascular hacia atrás, mientras mordisqueaba un lápiz-. Tengo curiosidad por saber su historia. Vive solo en su casita, con la única compañía de un perro. ¿A que parecía demasiado raro para tener mujer e hijos?
–No vi fotos de nadie que pudiera ser de la familia; sólo una de una mujer y un niño que parecía antigua, como de los años cuarenta; lo digo porque era en blanco y negro, y la mujer iba con una especie de recogido y tacones macizos como los que se llevaban entonces. A lo mejor era él con su madre.
–Puede ser. Me pareció como un poco retrasado. Quizá no haya llegado a casarse.
–Retrasado no sé. Un poco lento quizá sí; en todo caso, algo tiene de raro.
Antes de que Janie pudiera llegar a alguna conclusión sobre lo que diferenciaba a Roben Sarin de sus congéneres, sonó el teléfono. Janie se levantó de un salto y sólo dejó que sonara una vez.
–¿Sí? – dijo, ansiosa.
Se oyó una voz de hombre:
–Más vale que te andes con cuidado, o tendré la impresión de que estás impaciente por oírme.
Janie casi le «oyó» sonreír al otro extremo de la línea.
–¿Bruce? – preguntó.
–El mismo.
–¿Los has encontrado?
Bruce contestó con una risita.
–Bien, gracias; ¿y tú?
–Lo siento -dijo Janie-. Disculpa mi impaciencia; sí, también estoy bien.
Y me alegro de oírte.
–Pues aún vas a alegrarte más. Tengo delante un documento que atestigua el envío de seis tubos de metal de un metro de largo cada uno.
–¡Fantástico! – exclamó Janie con alegría-. ¿Dónde están?
–Ahí es donde las cosas se complican: no estoy muy seguro. Pueden estar en dos lugares. Tenemos dos instalaciones de almacenamiento a largo término, una en Manchester y otra en Leeds. El documento sólo dice que salieron de aquí y que se enviaron artículos a ambos edificios, sin especificar qué iba adonde. Ya he llamado a los dos almacenes, y espero respuesta como máximo mañana por la tarde.
–¿Hoy no? – preguntó Janie, sin ocultar su decepción.
–Podría ser, pero no estoy seguro. De todos modos, de mañana no pasa.
¿Podrás esperar, o es pedir demasiado?
Janie se dejó caer en su asiento con un suspiro.
–Me parece que no tengo elección. Necesitamos esos seis tubos; como establecimos una cuadrícula de puntos de excavación de seis por nueve, podríamos dejar de lado una fila de seis a un extremo u otro sin que la muestra perdiera validez; pero no las recogimos por filas, sino de forma mucho más desordenada, dependiendo sobre todo de en qué puntos estaba hecho el papeleo; por eso las almacenaron sin ningún orden en concreto.
Las que faltan están repartidas por toda la cuadrícula, así que o conseguimos las originales o las hacemos otra vez. Justo ahora me estaba explicando Caroline lo que costó convencer a dos de los propietarios. Creo que lo lógico será esperar un día más para evitar tener que volver a hablar con ellos.
–Parece complicado; supongo que en tu situación también esperaría.
–De momento, por desgracia, no tenemos más remedio que quedarnos mirando las musarañas.
Bruce se echó a reír.
–¿No sabes que en Londres es ilegal mirar las musarañas? Al alcalde le ofende. Existe un ministerio sólo para eso, con una plantilla de burócratas que se ocupan exclusivamente de comprobar que nadie mire las musarañas dentro de los límites de la ciudad.
–La verdad, no me sorprende. Aquí tenéis ministerio para todo.
–Pero a lo mejor puedo ayudarte a evitar el hastío. ¿Ya has visto el Museo Británico?
–Lo único que he visto es el mango de un perforador de tierra. Hemos estado demasiado ocupadas para hacer turismo: en cuatro días teníamos todas las muestras.
–¡Uau! – dijo Bruce.
–Tú lo has dicho. El segundo y tercer día tenía agujetas por todo el cuerpo. No estoy acostumbrada a agacharme tantas veces.
–Pues yo hace tiempo que no voy al museo. ¿Por qué no vamos juntos esta tarde? Estoy en situación de afirmar que no habrá necesidad de que te agaches. Después podríamos tomar una copa, o incluso ir a cenar, y así hablamos un poco.
Janie vaciló, preguntándose si no sería mejor mantener su relación en un ámbito estrictamente profesional; pero la invitación parecía sincera, y Bruce era un hombre muy atractivo. Relájate, Janie, se dijo.
–No cuelgues -pidió a Bruce; y, tapando el micrófono con la mano, susurró a Caroline-: ¿Te importaría quedarte sola esta noche?
Caroline negó con la cabeza, arqueando ligeramente las cejas. Janie quitó la mano del teléfono y dijo:
–No estaría mal.
–Perfecto -contestó Bruce-. Pasaremos un buen rato. ¿Qué tal si paso a buscarte a las cinco?
Janie miró el reloj y vio que eran las tres y media. Me da tiempo de ponerme presentable, pensó.
–Me parece bien -dijo-. Nos vemos luego.
–¿Y bien? – preguntó Caroline en cuanto Janie hubo colgado el auricular-. La conversación parecía la mar de efusiva, sobre todo al final.
¿Eso quiere decir que hay buenas noticias?
–En efecto. Ha averiguado que los tubos fueron enviados a un lugar a elegir entre dos, y mañana sabrá de cuál se trata.
–¡Estupendo! – dijo Caroline-. ¡Uf, qué alivio! Pero ¿qué tiene que ver con que me quede sola esta noche?
–Eso es lo mejor -dijo Janie con una mueca burlona-. Esta noche salgo con él.
–¡Vaya, no está mal! – observó Caroline-. Llegar a Londres en busca de datos y acabar con una cita.
–Hace como veinte años que no quedo con nadie. No sé si me acordaré de lo que hay que hacer.
–Ya verás como sí. En cuanto hayan pasado cinco minutos te acordarás de todo.
–Ojalá tengas razón.
Janie y Bruce se hallaban en una sala poco iluminada del segundo piso del Museo Británico, contemplando una vitrina cuya parte superior estaba cubierta por una tela y llevaba escrito lo siguiente: «Por favor, para ver el documento levante el protector, y cuando acabe vuélvalo a dejar en su sitio.»
Al levantar la tela, Janie dijo:
–¡Estos británicos! Siempre tan educados, hasta cuando te están diciendo lo que tienes que hacer.
–El pasatiempo natural de este país son los modales.
–Ya empezaba a darme cuenta.
Mientras Janie sostenía la tela, Bruce leyó el rótulo colocado junto a lo expuesto.
–«Carta del papa Clemente VI al rey Eduardo III, escrita durante la Peste Negra (1348), acerca del envío a la corte inglesa de un representante papal con la misión de proteger a la familia real de la peste bubónica.»
El tiempo había oscurecido él color del pergamino y aclarado el de la tinta. Janie distinguió algunas palabras, pero no las suficientes para leer el texto.
–¡Caray! – exclamó-. ¡Esto sí es antiguo!
–Mucho -dijo Bruce, volviendo a colocar la tela-. Fue una de las cosas a las que más me costó acostumbrarme cuando llegué. ¡Todo es tan antiguo!
–Porque tú eres de California, ¿no? – preguntó Janie.
–¿Aún te acuerdas?
–De alguna que otra cosa suelta, aunque debo confesar que mi memoria no es la de antes.
–La mía tampoco -dijo Bruce-. Pero sí, soy de California; de Los Ángeles, que es el polo opuesto de Inglaterra en casi todo. Es verdad que tenemos algunas antiguallas de cuando se instalaron los españoles, pero ni punto de comparación con lo de aquí. Además, en este país todo es pequeño, mucho más que en Estados Unidos. Cuando se construyó Londres la gente era más pequeña que ahora. Tú eras de Massachusetts, ¿verdad?
–Sigo siéndolo -dijo Janie. Vivo en una ciudad pequeña cerca del extremo oeste del estado, a unos ciento sesenta kilómetros de Boston.
Tenemos cosas bastante antiguas, unas cuantas casas del siglo diecisiete; todo muy pintoresco, típico de Nueva Inglaterra, con una calle mayor preciosa bordeada de edificios de principios del diecinueve.
Siguieron recorriendo el museo e intercambiando observaciones sobre los diversos objetos expuestos, amén de comentarios generales acerca de sus vidas. Después de un rato, llegaron a una sala llena de esculturas egipcias de gran formato. Se sentaron en un banco desocupado que había a un lado de la sala. El tamaño de sus cuerpos contrastaba con las enormes proporciones de lo expuesto.
–¿Será así como se sienten los perros cuando están al lado del sofá?
Bruce echó un vistazo a la sala.
–En todo caso, un perro muy pequeño.
Janie se fijó en su acompañante: «Ni una arruga», pensó. Bruce se volvió hacia ella, y se miraron a los ojos por espacio de unos segundos. Se palpaba cierta tensión en el ambiente, pero Janie lo solucionó con una pregunta:
–Bueno, y ¿cuánto llevas aquí? Quiero decir en Inglaterra.
–Dieciocho años.
–Son muchos.
–No sé; a mí no me parecen tantos. Ted me dio el empleo recién salido de la residencia; conocía al doctor Chapman, el jefe de mi turno, que le habló de mí. Me hizo una oferta que no podía rechazar.
–Y, por lo que se ve, no lo hiciste.
–Para nada. Y aquí sigo, después de tantos años. La verdad es que nunca me he arrepentido de haber venido. Algunos proyectos del instituto han sido el no va más, cosas interesantísimas.
–No sé por qué, pero cada vez que te oigo decir ese nombre me siento intimidada.
–A algunas personas les impone mucho; según lo que hagas puedes pasarte ahí la vida entera. Pero a mí el trabajo me gusta. Me despierto cada día contento de poder ir. La única pega es que nunca he conseguido ejercer la medicina, y sospecho que me habría gustado. He estado aislado del mundo real en mi laboratorio de vidrio y cromo, devanándome los sesos horas y horas.
–Yo pasé unos quince años ejerciendo -dijo Janie.
–¿Pasaste?
–Sí. Ya no ejerzo.
–¿Por qué no? ¿Forma parte de esa historia larga y triste de la que has hablado antes?
–Sí. ¿Quieres que te la cuente? Tardaría un buen rato.
Bruce echó un vistazo a su reloj.
–De momento no nos van a echar.
–Adelante, pues -dijo Janie. Respiró hondo-. Cuando pasó la primera Epidemia y murió tanta gente, acababa de concluir el proceso de reorganización médica. No habían conseguido sacar en claro la fórmula de distribución de facultativos; la verdad es que siguen igual. Ahora es posible que ya no lo consigan. Bueno, pues resulta que en varias especialidades sobraba mucha gente. Yo era cirujana, y la cirugía era una de esas especialidades con excedentes. Los médicos de cabecera tenían contactos frecuentes con pacientes infectados, y de resultas de ello murieron muchos.
Como no quedaba nadie para ocuparse de unas simples anginas, el Congreso aprobó una medida de emergencia para reasignar algunos grupos de especialistas a la medicina general y un par de áreas más en que faltaba gente; pero aún quedaban demasiados médicos para la población superviviente, y el coste de enfrentarse a la epidemia se comió gran parte de los recursos de salud. Entonces, para no desequilibrar los presupuestos federales, a muchos nos dejaron literalmente de patitas en la calle.
–¿En la calle? – dijo Bruce-. No lo entiendo.
–Nos mandaron literalmente que dejáramos de ejercer.
–Pues los abogados debieron de pasarlo en grande.
–Imagínate. Las demandas no se acabarán nunca. Yo intervengo en varias colectivas, pero mi abogado dice que dadas las condiciones de emergencia la decisión, a grandes rasgos, es legal; guerra, hambrunas, peste y situaciones por el estilo. Lo que es legal o no lo decide el Congreso; basta con que apruebe una ley. Después, decidir si esa ley es constitucional es cosa de los tribunales, y ya sabemos lo rápidos que son. En definitiva, que lo que importa, al menos tal como lo veo yo, no es saber si las regulaciones van a superar la prueba, sino cuánto tardaremos en desembarazarnos de ellas. Puede tardar lo suyo. Mientras tanto, nos dieron la opción de entrar en
una lotería en la que se nos asignaba al azar a nuevos campos relacionados con la medicina, y, si era necesario, se nos facilitaba el reciclaje.
–Y tú escogiste esa opción.
Janie asintió.
–¿Qué te tocó?
–Arqueología forense.
–¡Caray! ¡Es la especialidad más rara que he oído en mi vida!
Janie adoptó un tono de lo más sarcástico.
–Menos de lo que crees. Hay que saber cosas muy variadas, desde arqueología a investigación judicial. Si quedaban tantas vacantes fue porque muchos murieron, por ser los primeros que tocaban los cadáveres.
–Seguro que caían como moscas.
Janie asintió.
–Esta tarde has hablado de un título.
–Sí. Tengo que seguir unos cursos que antes no me habrían hecho falta, y después escribir una tesis, que es justamente el motivo de este viaje.
Bruce movió la cabeza en señal de incredulidad.
–Por lo visto aquí estamos bastante mejor de lo que nos imaginamos.
Igual me quedo para siempre.
–¿Has cambiado de nacionalidad? – preguntó Janie.
–Qué va; ni creo que vaya a hacerlo: me gusta demasiado ser americano. Al menos por aquí me da cierto cachet.
–¿Cuánto hace que no vas a Estados Unidos?
–¡Vaya, tenía que llegar la pregunta! Cinco o seis años, como mínimo.
–O sea, antes de las Epidemias.
–Exacto.
Janie suspiró.
–Si hubieras vuelto después a lo mejor no tenías tantas ganas de quedarte con la nacionalidad. Hay un follón de padre y señor mío.
–Algo he oído; leo los periódicos y veo la CNN, pero supongo que hay que estar ahí para saberlo.
–Yo diría que sí -dijo Janie-. Ahora mismo, en Estados Unidos flota como una sensación de ley marcial que en los informes de los medios de comunicación no sale. Nadie lo comenta demasiado, pero todo el mundo sabe que está ahí. A ver si me entiendes: ya no ves merodeando a esa especie de Gestapo de hace unos años, pero es como si durante las
Epidemias alguien lo hubiera rociado todo con Eau de Gestapo, y no hay manera de que el olor se vaya del todo; como cuando hay una mofeta muerta, que la hueles durante días.
–He oído hablar de ello; debe de ser que no le he hecho mucho caso. La verdad es que no tengo demasiados motivos para seguirlo de cerca, porque de momento no tengo intención de volver. He intentado no perder el contacto, pero no puede decirse que me esfuerce mucho. Toda mi vida profesional está aquí. En casa me quedan un par de viejos amigos, pero poco más; y no es que anden muy enterados de política. Mis padres están muertos, y soy hijo único.
–Los míos también murieron. Tengo la sensación de haber retrocedido un par de generaciones desde las Epidemias; antes, la gente de nuestra edad solía tener padres; es más, yo tenía abuela hasta hace dos años, aunque murió de vieja, no por las Epidemias. Un día ya no se levantó. Mis padres no tuvieron tanta suerte.
Janie permaneció en silencio, con la cabeza ligeramente inclinada.
Bruce se limitó a un discreto «lo siento».
–Gracias -contestó Janie-. Yo también. Los echo de menos.
Bruce se preguntó si sería el momento indicado para formular otra pregunta a la que llevaba un tiempo dando vueltas. Estamos hablando de familia, ¿no?, alegó para convencerse.
–Dices que ahora tu apellido es Crowe. ¿Estás casada?
–Lo estuve -dijo Janie en voz baja.
–¿Tienes hijos?
Una pausa significativa precedió a la respuesta. Cuando habló, Janie lo hizo en voz muy baja, casi inaudible.
–Tenía.
–Dios mío… -dijo Bruce, poniéndose tenso a medida que captaba el significado de lo que acababa de oír. Lo ha perdido todo de golpe, pensó anonadado. – Lo… lo siento, Janie. Ni se me había ocurrido; si no no habría sacado el tema. Aquí no fue tan duro, y la verdad, no estamos acostumbrados a la idea de que todo el mundo perdiera a algún ser querido.
Janie reaccionó con un breve y entrecortado sollozo, al tiempo que una lágrima le asomaba por el rabillo del ojo y, llegando hasta la punta de la nariz, se quedaba colgando unos instantes antes de caerle sobre las piernas.
Acto seguido volvió a mirar a Bruce, que no recordaba haber visto nunca tanto dolor concentrado en un solo rostro. Janie trató de sonreír.
–No te preocupes -dijo-. No podías saberlo.
Algo más erguida, se despejó la nariz y hizo el gesto poco elegante de limpiársela con el puño de una de las mangas.
–No hay manera de que lleve kleenex encima -dijo-. ¿Crees que el Ministerio de Modales intentará arrestarme?
Bruce se echó a reír.
–Yo no pienso delatarte, aunque es más probable que te arreste el Ministerio de Salud, por «efusión pública de fluidos corporales». No te preocupes, tampoco se lo diré.
Aun a sabiendas de que Bruce estaba bromeando, el tono con que éste hablaba del Ministerio de Salud llevó a Janie a la conclusión de que derramar mocos y lágrimas en público estaba muy mal visto. Volvió a despejarse la nariz, aunque esta vez procuró hacerlo con mayor finura. La sensación de incomodidad se le pasó al ver que nadie de los presentes en la sala la miraba con especial interés.
–Gracias -dijo a Bruce, esbozando una sonrisa-. No creas que no agradezco tu discreción. Bueno, ¿y tú? – preguntó con voz más firme-.
¿Estás casado?
–No, no he llegado a dar el salto.
–Vergüenza debería darte -dijo para tomarle el pelo. Fue para ella una sorpresa darse cuenta de que el dolor se le había pasado del todo, sin dejarle ningún regusto amargo. «Puede que esté empezando a digerirlo», pensó-. Te has escabullido de la responsabilidad de reducir la población de mujeres solteras.
Bruce rió.
–¡Con qué autoridad femenina lo dices! No creas, habría cumplido con gusto mi obligación social de haber encontrado a la mujer soltera adecuada; pero, como iba diciendo antes, lo cierto es que estoy casado con mi trabajo.
Cada vez que se pone en marcha un proyecto interesante llevo un ritmo de vida frenético, y dudo que alguien estuviera dispuesta a soportarlo.
–Se te ve contentísimo con lo que haces.
–Me encanta. Soy el solterón más feliz del mundo.
–Me das celos. Yo llevo casi dos años apartada de la cirugía.
Bruce le dirigió una mirada preñada de compasión.
–¡Uf! Debe de ser muy duro. ¿Has podido arreglártelas?
–¿Lo dices por el dinero?
Bruce asintió.
–En mi familia todos estaban bien asegurados, y cayeron a la primera, cuando las compañías de seguros todavía pagaban. Después mi abuela me dejó todas sus propiedades, que no eran pocas. Lo que menos me importa es el dinero; menos mal, porque he gastado un montón en viajes para el proyecto. No sabes lo complicado que es hoy en día conseguir visado. Te hacen pagar al entrar y al salir.
–De todos modos, creo que las restricciones que pusieron en marcha las autoridades de este país han acabado siendo una buena idea.
–Yo creo que sí. A vosotros no os afectó ni la mitad, y el gobierno británico no perdió el tiempo. Después de que empezaran las Epidemias, nosotros tardamos casi un año en cerrar las fronteras, cosa que me parece un fallo muy gordo; y una estupidez, teniendo en cuenta que empezó por la frontera mejicana. Pero claro, Dios nos libre de quitar a quien no es ni siquiera ciudadano del país el derecho de introducir enfermedades mortales y altamente infecciosas, no vayamos a perder la oportunidad de pagarles el tratamiento.
–¿Me equivoco, señora Crowe, o eso que acabo de oír ha sido un brote de conservadurismo? ¿Qué ha sido del juramento hipocrático?
Janie lo miró con dureza.
–Cuando empiezan a morirse cientos de personas a tu alrededor, y no puedes ayudarlos de ninguna manera, el juramento hipocrático se queda en pura palabrería. Una reliquia. Haces lo que tienes que hacer y punto, sin pensar en juramentos.
Bruce se sintió como si lo hubieran regañado.
–Nunca he estado en esa situación. Supongo que me cuesta entenderlo.
–A mí me cogió por sorpresa. Ya me veía pasando la vida cortando y cosiendo sin comprometer mis emociones, pero te aseguro, Bruce, que presencié cosas que costaba creérselas: cadáveres de bebés amontonados, llenos de pústulas, y todos del mismo hospital. Gente con síntomas visibles de infección tratados a punta de pistola, y arriesgándose a morir de un balazo si intentaban escapar; niños, incluso. Todo se salió de madre. Podría pasarme horas contándote las cosas más horribles.
Bruce no podía añadir gran cosa, y Janie estaba cansada de hablar de las Epidemias, ya bastante horribles de por sí; así pues, se quedaron sentados sin decir nada, mirando cada uno lo que más le interesaba. Se oyó una voz de mujer por la megafonía informando de que el museo cerraría en diez minutos.
–¿Qué te parece? – dijo Bruce al levantarse-. ¿Vamos a comer algo?
–Mira, la verdad es que ahora mismo no tengo mucha hambre -contestó Janie-. Quizá me convenga más volver al hotel.
–Pero si la noche es joven… -protestó Bruce.
–En estos momentos, por desgracia, yo no me siento tan joven. Creo que empiezo a darme cuenta de lo que me han cansado tantas complicaciones; además, me parece que aún no me he acostumbrado del todo a la diferencia horaria. Tengo la sensación de que me conviene dormir todo lo que pueda. ¿No podríamos dejarlo para otra ocasión?
Bruce no hizo el menor esfuerzo por ocultar su decepción; aun así, encajó educadamente la negativa de Janie.
–Claro que sí -dijo-. Cuando quieras.
La acompañó en taxi hasta el hotel, prometiendo llamarla al día siguiente en cuanto supiera algo de uno de los dos almacenes. Janie subió inmediatamente a su suite, se duchó con agua muy caliente y se acostó. A ratos soñaba con su marido y su hija.
A la mañana siguiente, cuando el teléfono la despertó, Janie no tenía la sensación de haber dormido diez horas. Contestó con voz soñolienta.
–Buenos días -dijo Bruce.
–¿Siempre estás de tan buen humor por la mañana? – contestó Janie sin despegar los párpados.
–¿Te he despertado?
Janie abrió los ojos y miró el reloj que tenía al lado de la cama. Ya eran las diez y cuarto.
–Pues sí, aunque no me guste admitirlo. Debía de tener sueño atrasado.
Suelo despertarme a primera hora.
–¿Quieres que te llame cuando estés más despierta?
–No; pareces tan contento que prefiero que me lo digas cuanto antes.
–¡Ah! – dijo Bruce-. Mi entusiasmo no ha pasado inadvertido. Bien, bien; es lo que quería. Los he encontrado, y están en la opción que queda más cerca de las dos.
Las preguntas se agolpaban en la mente de Janie, pero el sueño le impedía organizarías. Se levantó y, sacudiéndose de la cabeza la influencia de Morfeo, preguntó:
–¿En cuánto tiempo puedo tenerlas aquí?
–Depende de lo ocupados que estén. No considerarán lo tuyo como una prioridad; la manera más rápida de recuperarlos sería ir a buscarlos en coche.
–¿Y en avión? Está muy lejos, ¿no?
–Sí, pero temo que si intentas trasladarlos por vía aérea te encuentres con varias trabas burocráticas. No sé cómo será en Estados Unidos, pero aquí todo lo que se transporta en avión tiene que cumplir ciertos requisitos; de hecho, hasta puede que tarde más en avión que en coche, por culpa del papeleo. Por lo que vi en el laboratorio, tus muestras tienen demasiada pinta de bombas.
–De acuerdo, alquilaré un coche…
Bruce la interrumpió.
–Hay otro problemilla, y es que para entrar en el edificio tienes que llevar ciertos permisos. Yo los tengo casi todos, y Ted la colección completa; en cambio, si fueras tú sola, te pasarías sentada un par de semanas esperando a que algún subministro decidiera si en tu país eres persona de orden, y si tienes la calificación científica necesaria para manejar materiales que conllevan riesgos biológicos. Ya te imaginarás los problemas con que podrías topar.
–Y tu director… ¿Cómo se llama?
–Ted.
–¿Ted tiene alguna influencia?
–Sí, sí la tiene. Puede conseguir traslados rápidos en uno y otro sentido.
Por desgracia, el que se las sabía todas era Frank, que tuteaba a todos los directivos de almacenes. No hace falta que te diga que tendrías bastantes menos líos si no hubiera muerto.
–No me lo recuerdes. O sea que para entrar en el almacén dependo de Ted.
–¡Huy, vas muy deprisa! Hasta con la ayuda de Ted podría ser que no te dejaran entrar, y que tuvieras que esperar a que te hicieran caso. Vuelta a la primera casilla.
Todas las propuestas de Janie tenían su pega.
–¡No son residuos nucleares! – dijo indignada-. ¡Sólo es tierra, como la que solía usarse para plantar lo que comíamos antes! – Adoptó el tono quejumbroso de quien se compadece de sí mismo-. Mira, ¿sabes qué? Que se fastidien -acabó diciendo-. Lo más fácil será olvidarse del asunto y volver a casa. No he hecho más que malgastar tiempo y dinero.
–Deja que te explique lo que se me ha ocurrido -dijo Bruce-. Primero pido a Ted que llame antes para acelerar el proceso; después te acompaño y lo traemos en mi coche. A mí me costará muy poco entrar; en cuanto a ti, sólo hará falta que mires por la ventana e identifiques los tubos para que no haya errores.
Janie estaba abrumada por la propuesta.
–Eso representa mucho tiempo y esfuerzo para un simple conocido de hace veinte años. Es muy amable de tu parte. No sé qué decir.
–Di: «Gracias, Bruce, estaré encantada de que me acompañes.»
Janie rió.
–Muy bien. Gracias, Bruce, estaré encantada de que me acompañes.
–Eso está mejor.
Janie dejó pasar unos segundos y preguntó:
–¿Por qué lo haces?
–Por la mejor razón que existe -contestó Bruce-: porque quiero. De vez en cuando da gusto poder ayudar a alguien. Hace que me sienta bien.
Jame sonrió al auricular.
–¡Pues no veas lo bien que me sienta a mí! No es mal momento para que me echen una mano.
–Me alegro de poder echártela yo; pero prepárate a sentirte todavía mejor: creo que podré arreglar que trabajes tú misma en el laboratorio.
Antes de que empiece el proyecto tendré un poco de tiempo libre, y estoy familiarizado con casi todos los aparatos. Ya dijo Ted que podría conseguiros las autorizaciones necesarias, siempre y cuando ninguna de las dos haya bombardeado un edificio oficial en los últimos años.
–¡Caray, Bruce, me dejas sin palabras! Vuelvo a no saber qué decir.
–Di: «Sí, Bruce, te dejaré ayudarme en el proyecto.»
–Es lo que decías tú de la oferta que no se puede rechazar. Acepto.
–Bien. Y ahora, si consigues despegarte las sábanas y acercarte hasta aquí dentro de unas horas, podré empezar a enseñarte cómo funciona todo.
Si es capaz de trabajar sola, tu ayudante podrá hacerlo en presencia de un
miembro de seguridad; no será muy difícil que le asignen uno. Así podrá seguir ocupada cuando tú y yo vayamos a Leeds.
–Esto ya es demasiado.
–En absoluto; un simple ejemplo de la clásica hospitalidad británica.
–Pues igual sigo tu ejemplo y me mudo de país. En el mío no estoy acostumbrada a que me traten así; sospecho que piensan que tratar bien a la gente la haría feliz, o algo siniestro por el estilo.
–¡Ten cuidado! – dijo Bruce, procurando devolver a Janie el buen humor-. La policía de modales no ve el sarcasmo con buenos ojos.
–Intentaré acordarme -dijo Janie con un matiz de amargura-. Entonces nos vemos dentro de un rato, ¿no?
–Será un placer.
Se reunieron con Bruce en su despacho privado. Mientras esperaban, Janie echó un vistazo a la antesala. El mobiliario era muy masculino, oscuro y lustroso, como el propio Bruce. La secretaria estaba sentada detrás de una mesa negra con apliques de cromo; era una mujer madura, con edad para haber sido abuela varias veces: volantes, perlas y pelo muy cardado, de un tono ligeramente azul. Dudo que la escogiera él; lo que es seguro es que ella no eligió los muebles, pensó Janie, concluyendo que el responsable de la decoración era el propio Bruce. La idea de que no se lo hubiera pedido a su subordinada la complacía.
Bruce salió del despacho con rostro pulcro y lozano, y, mientras los tres se saludaban, Janie observó para sus adentros que su ex compañero de facultad parecía sentirse muy a gusto, tanto consigo mismo como con el lugar sobre el que ejercía su dominio profesional. Todo lo que lo rodeaba parecía estar en su sitio. Se notaba enseguida que Bruce se las arreglaba para influir en su entorno laboral hasta sentirse bien integrado en él; ni se le ocurrió siquiera la hipótesis contraria, la de que Bruce se hubiera adaptado al entorno; el paso de los años y la falta de contacto no impedían a Janie recordarlo como un hombre con demasiada personalidad, en el buen sentido, para dejarse dominar por las circunstancias. Durante unos instantes, envidió la facilidad manifiesta con que parecía moverse por la vida, y su fuerte influjo sobre cuanto tenía alrededor.
–Muy bonito -le dijo.
–Gracias -contestó Bruce, confirmando a continuación las sospechas de Janie-: Hace unos años lo reformé por completo. Antes era un poco
asfixiante.
Janie advirtió con el rabillo del ojo que la madura secretaria se ponía un poco tensa, como si el comentario de su jefe la hubiera ofendido mucho pero estuviera dispuesta a todo antes que a demostrarlo. Janie ideó la hipótesis de que acaso se hubiera visto asignada a Bruce como secretaria en tiempos en que el aspecto del despacho la hacía sentirse más a gusto, y estuviera padeciendo con estoica dignidad británica su elección del mobiliario. Tomó nota mentalmente, sumando la pregunta a la lista de las que pensaba hacerle durante el largo viaje a Leeds.
Mientras recorrían los pasillos del instituto, Janie se sintió minúscula; paredes y techos eran de un mismo tono blanco mate, y el suelo estaba cubierto de un lustroso linóleo de color claro. En lo alto corrían tuberías que Janie atribuyó al sistema de calefacción original del viejo edificio; estaban pintadas con todo un abanico de tonos pastel, y destacaban por su limpieza, cosa que llevó a Janie a concluir que el sistema de ventilación debía de ser impecable.
–¡Qué grande es este edificio! – dijo a Bruce-. Da la impresión de estar muy cuidado, no como otros edificios viejos, que parece que se aguantan a base de cinta aislante.
–Sí, ya -dijo Bruce-. Lo hacen muy bien. Desde finales del siglo diecinueve no ha dejado de estar en uso. En principio era un hospital, y durante la epidemia de gripe de 1918 estuvo lleno a reventar. Cuando la Primera Guerra Mundial, muchos de estos pasillos estaban ocupados por soldados convalecientes que ya no cabían en las salas; también se trataron a muchas víctimas del gas mostaza.
Janie reflexionó sobre el horror de la guerra y las epidemias, hasta que tuvo la impresión de verlo supurar de las paredes que iban desfilando a su paso. Imaginó filas y filas de literas a ambos lados del pasillo, con soldados heridos en cada camastro, poco menos que adolescentes, o mujeres enfebrecidas por la gripe. Imaginó el verde claro de las paredes del hospital, pretérito y mal enfocado esfuerzo por infundir al paciente una impresión de serenidad de efectos antisépticos, cosa que sólo se conseguiría cincuenta años más tarde con el desarrollo de los antibióticos. La época de los antibióticos… ¡Qué maravilla!, pensó. Se podía curar casi-todo. Ahora ya no. Casi oía el traqueteo de las cañerías y veía la grasienta pátina de hollín; mientras caminaba, le pareció verse solicitada por soldados que le
suplicaban entre lamentos algo para aliviar su dolor, mientras las pobres ancianas se limitaban a gemir, exudando un olor a muerte y conscientes de que nada podía ayudarlas ya. Las imágenes se sucedían con tal nitidez que la pusieron nerviosa, hasta el punto de que palideció y tuvo escalofríos.
Mientras Bruce seguía comentando la historia del edificio, Janie salió de su fantasía en tonos verdes y volvió a la blanca realidad que la rodeaba. Un último recodo los llevó frente a la puerta metálica del laboratorio, con su ventanilla de vidrio grueso con refuerzo metálico. Bruce puso la palma de la mano sobre la superficie de un panel verde grisáceo colocado en el lado derecho de la puerta, y, pasados unos segundos, Janie oyó el chasquido de la cerradura electrónica. Una vez abierta la puerta, Bruce las invitó a pasar, momento en que Janie oyó el leve zumbido de una corriente eléctrica y, mirando hacia atrás, observó que la pantalla grisácea había adquirido una tonalidad azulada que se desvaneció en pocos segundos.
–Se está limpiando -explicó Bruce-. Después de instalar las cerraduras nos dimos cuenta de que el personal del laboratorio se resfriaba más que el de otros departamentos. Entonces implantamos a uno de los técnicos un virus inofensivo y no infeccioso. No llegó a aparecer en el laboratorio; por lo visto nadie se saltaba las precauciones. Pero sí estaba en los lectores de manos, a los que modificamos para que se esterilizasen ellos mismos: por la superficie de la pantalla pasa una corriente eléctrica, no tan fuerte como para hacer daño a nadie, pero sí lo bastante para matar a los bichos que puedan corretear por la superficie. Está programado para seguir hasta que no detecte más microbios en la pantalla.
–Muy hábil -dijo Janie-, y muy eficiente.
–Es lo que se pretendía -contestó Bruce-. Y ahora, permitid que os enseñe el equipo.
Mostró a Janie y Caroline un panorama general de las instalaciones, señalando las zonas de acceso restringido que sólo podían utilizar quienes tuvieran autorización explícita, y aprovechando la visita para comprobar que dichas zonas estuvieran bien cerradas. Les enseñó el modo de empleo de todos los instrumentos que iban a utilizar para el análisis de tierra, y les indicó dónde estaban los manuales por si surgía algún problema; seguidamente les explicó cómo eliminar los desperdicios y cómo avisar a seguridad en caso de emergencia. Para acabar, las familiarizó con el sistema
de comunicaciones y les explicó la manera de ponerse en contacto con él y con Ted.
–La mayoría de aparatos ya los he usado -dijo Caroline-, pero menos perfeccionados; aunque no creo que tarde demasiado en acostumbrarme a las mejoras. El problema será más bien cuando vuelva al laboratorio de la universidad; puede ser frustrante trabajar otra vez con las versiones viejas.
–En eso sí que ya no puedo ayudarte -dijo Bruce.
–A lo mejor también te conviene instalarte aquí -dijo Janie a Caroline-.
Menos mal que sabes de qué van todos estos trastos, porque yo estoy ligeramente desorientada. Cuando vuelva de Leeds con las muestras que faltan tendrás que volver a explicármelo todo.
–No te preocupes -dijo Caroline, muy segura de sí misma-. Para entonces seré un verdadero as.
–Estupendo -dijo Bruce-. Mañana por la mañana, cuando llegues, tendrás un pase esperándote en recepción. Preséntate enseguida y haz que el recepcionista avise a seguridad.
Antes de salir, Caroline fue al servicio de señoras, y Janie y Bruce la esperaron en el recibidor. Bruce se volvió hacia Janie como si hubiera estado esperando una ocasión de hablar en privado.
–Lo pasé bien hablando contigo en el museo -dijo.
–Sí, estuvo bien.
–Cuando te propuse que fuéramos a cenar, me dijiste que cuando quisiera. ¿Qué te parece esta noche? Conozco un restaurante indio en South Kensington que es una maravilla.
Janie sintió levantarse en su interior unos muros como los que habían atrapado a su compañero de cola de Heathrow durante la inspección médica del Info-doctor. No podía remediarlo; desde la primera vez que había perdido a alguien en las Epidemias, le sucedía de forma regular y predecible, y, por desgracia, no había tenido más remedio que acostumbrarse. Con cada nueva pérdida los muros se habían hecho más gruesos, más protectores, y justo empezaba a darse cuenta de que con algo de esfuerzo podían retirarse uno a uno los ladrillos. De todos modos, saber que la existencia de esos muros la ponía a salvo de sufrir como un trauma nuevas pérdidas potenciales daba a Janie cierta tranquilidad espiritual, motivo por el cual hacía muy pocos esfuerzos por asomarse al mundo de libertad emocional que se abría más allá de ellos; cual recluso
acostumbrado a la seguridad y sencillez de su cautiverio, Janie no estaba particularmente convencida de que huir fuera la mejor opción.
Tardó en responder, dejando que un pesado muro de silencio se interpusiera entre ella y Bruce, quien, a juzgar por su expresión, se estaba preparando para una negativa.
Janie se dispuso a dar explicaciones.
–Desde la… -Le costaba encontrar la palabra justa-. Desde que me pasaron todas esas desgracias, salir se me hace muy cuesta arriba. Me gustaría aceptar, pero todavía no me encuentro muy segura entre la gente; debe de ser por miedo a perder la compostura.
–Lo entiendo -dijo Bruce, sin añadir más que una mirada llena de calidez en la que se leía: «Confía en mí.» Lejos de presionarla, dejaba en el aire la invitación, dando a entender que aceptaba a Janie como era.
Janie lo miró a los ojos sin saber muy bien qué buscaba, alguna señal de que no era prudente salir con él; pero no encontró ninguna objeción que entrara dentro de lo razonable.
–¡Qué caray! – dijo al fin, respirando hondo-. Acepto. ¿A qué hora?
–Pasaré a buscarte a las siete. – Bruce sonrió-. Esta tarde haré la reserva.
–Estupendo -dijo Janie, justo en el momento en que Caroline se unía a ellos-. Entonces nos vemos luego.
Se despidieron y tomaron direcciones distintas.
Las horas pasaron con rapidez insospechada, y por la tarde, cuando sonó el teléfono de la suite, Janie tuvo que reprimir un escalofrío de nervios, mientras se miraba al espejo por última vez antes de bajar. El deseo espontáneo de resultar atractiva la había llevado a acicalarse con esmero, cosa que, desde el fin de la época de las Epidemias, no había hecho en demasiadas ocasiones.
Lo que vio en el espejo no la decepcionó. A sus cuarenta y cinco años, se mantenía delgada, a causa sobre todo de su obsesión por el ejercicio, única práctica que le permitía dar salida a la agresividad y el dolor ocultos en su interior. Algunas hebras blancas veteaban el color castaño oscuro de su melena; mientras se la atusaba, se le ocurrió teñírselas, y no por primera vez. Tenía la piel clara y, teniendo en cuenta la tensión de los últimos años, bastante tersa, haciendo salvedad de unas cuantas arrugas a ambos lados de la boca y un surco apenas esbozado en el entrecejo. Frunció éste, y el surco
se hizo más profundo; lo borró con una sonrisa, pero entonces aparecieron las arrugas de la boca. Es inútil, pensó. Sus piernas, torneadas y firmes tras años de jogging diario, le parecían lo mejor de su cuerpo; de acuerdo con ello, se había puesto una falda por encima de las rodillas, amén de zapatos con algo de tacón para acentuar su estatura. Le gustaba ser una mujer alta; así podía gozar de una perspectiva reservada de costumbre a los varones, perspectiva que más de una vez le había proporcionado esclarecedores panoramas.
Estaba satisfecha de haber sacado el mejor partido de la materia bruta que poseía. Lo único que la decepcionaba era la expresión de sus ojos, cuya tristeza, arraigada en lo más hondo, era imposible tapar con maquillaje.
–Estás fantástica -dijo Bruce al verla acercarse por el vestíbulo-; mejor de lo que recuerdo haberte visto hace veinte años.
–Gracias -contestó Janie, sonriente-. Lo mismo digo. No entiendo que te mantengas tan joven.
–Atribuyo mi aspecto juvenil a lo húmedo del clima inglés -dijo Bruce con sarcasmo-; y a propósito, es curiosa la poca humedad que hace esta noche. El restaurante queda cerca. ¿Quieres que cojamos un taxi, o prefieres ir andando?
–Prefiero mil veces andar. Desde que estoy aquí me siento como una babosa; echo de menos los cinco kilómetros que suelo correr a diario.
–Pues a caminar se ha dicho -dijo Bruce, tendiéndole el brazo.
Encantador, pensó Janie al aceptarlo. Se encaminaron a la salida, topando de inmediato con una puerta giratoria que los obligó a deshacer su recién formada asociación. Se metieron entre risas en secciones distintas de la puerta, y, arrojados a la calle, volvieron a unir sus brazos.
Era hora de cenar, y las calles de Londres estaban poco animadas. De camino a South Kensington, Janie se sintió muy a gusto. Desde su llegada no había tenido ocasión de explorar la ciudad, y el aspecto de las fachadas y ventanas de oficinas la sorprendió por su sencillez. En los escaparates reinaba una discreción ajena a la chillona acumulación de horribles artefactos publicitarios reinante en Estados Unidos. Recordó una tanda de anuncios televisivos en que un nuevo rico tejano sin el menor tacto estaba a punto de hacer desmayarse a una británica de buena cuna diciendo «pásame la mermelada», y concluyó que la anécdota resumía con bastante precisión la diferencia entre Estados Unidos e Inglaterra: Estados Unidos tenía
civilización en un sentido general, y los criterios de esa civilización se redefinían según las necesidades; Inglaterra era «civilizada» en el sentido de los modales, dentro del cual no había cambio posible. Janie, por su parte, prefería no tener que escoger.
–Llevas mucho tiempo viviendo aquí-dijo a Bruce-. ¿Echas algo de menos?
–La cerveza fría -contestó él, echándose a reír-. Ese par de días de julio en que lo pasaba pipa con treinta y cinco grados a la sombra. Pero te acostumbras. Me he olvidado por completo de cómo es conducir por la derecha; cambio de marcha con la izquierda, y ya no malgasto el agua.
–Me he dado cuenta de que aquí el agua no es muy buena -comentó Janie-. La he estado comprando embotellada.
–Lo hace todo el mundo, los de aquí y los de fuera. En Estados Unidos estáis demasiado acostumbrados a la buena calidad del agua. A propósito, mi casa cae cerca de aquí. – Al pasar por un cruce, Bruce señaló un edificio estrecho de una de las calles laterales-. Es una casa como de pueblo, parecida a esa de ahí. Yo ocupo los dos pisos de arriba. Es un edificio estrecho, pero para estar en Londres tiene buenas ventanas, y los techos son bastante altos. A veces me parece demasiado grande para mí, pero me gusta tener espacio, y supongo que a la larga acabaré por tenerla como me gusta.
La compré hace unos años, justo antes de la primera Epidemia.
–Si hubieras esperado un año más seguramente la habrías conseguido mucho más barata. En Estados Unidos, con el bajón de la demanda, los precios cayeron en picado.
–Aquí también un poco, pero no tanto como cabía esperar; además, de entrada ya eran más altos de lo normal. Todo el mundo acepta que ha pagado demasiado; ahora los precios son más razonables, pero no me importa: estoy encantado con donde vivo.
–Pero bueno, ¿hay algo en tu vida que no te encante? – preguntó Janie, casi molesta-. ¡Parece todo tan perfecto!
Bruce dedicó unos segundos a reflexionar sobre ello.
–Hay veces en que no me gusta estar solo, y otras en que lamento no tener hijos, sobre todo en la época de las vacaciones. – Miró a Janie a los ojos-. Eso para ti debe de ser muy duro.
Janie suspiró.
–Sí, igual que los cumpleaños. Los aniversarios tampoco son precisamente para ponerse a dar saltos de alegría. En esas fechas lo paso bastante mal.
–¿Qué haces?
–Intento no tener cerca nada que me recuerde viejos tiempos -dijo Janie-, pero es difícil. Los recuerdos están por todas partes. Espero poder viajar más cuando haya obtenido el título; dentro de Estados Unidos, claro, que salir del país ya es más difícil. Lo lógico es que cuando tenga un trabajo pueda hacer planes. Viajar facilita las cosas, porque todo es distinto.
–¿Aquí te sientes mejor?
Janie tardó un minuto en contestar.
–Puede ser. Ahora mismo estoy bien.
–Me alegro -dijo Bruce-. Esperaba que lo dijeras.
Sonrió y, cogiéndola fuerte del brazo, entró con ella al restaurante.
Los recibió un aroma a cardamomo e hinojo, que, junto con las suaves notas de fondo de un sitar, contribuía a realzar la decoración india.
Colgaban de las paredes tapices de terciopelo negro con elaborados motivos en varios colores: escenas de cuervos, elefantes y budas en el estilo bidimensional propio de Oriente.
Bebieron juntos media botella de vino tinto, y, ya más relajados, hablaron de sus vidas, de lo distintas que habían sido sus respectivas trayectorias. El sabor de los platos estaba a la altura de su aroma, y Janie se sorprendió de tener tanto apetito.
–He comido más que en todos los días que llevo aquí -dijo, al tiempo que doblaba la servilleta y la dejaba encima de la mesa-. Voy a reventar.
–Cuando salgamos daremos otro paseo -dijo Bruce.
–Buena idea.
Cogieron un camino muy distinto al que habían recorrido para llegar al restaurante, y no tardaron en internarse por un barrio residencial en que se veían muy pocos comercios. Bruce era el guía. A medida que lo veía recorrer el laberinto de calles, fue afianzándose en Janie la impresión de que la llevaba a un lugar concreto. Confirmando sus sospechas, Bruce se detuvo ante una casa de ladrillo blanco dotada de un encantador jardincillo delantero.
–Hemos llegado -dijo, señalando la casa-. Vivo aquí.
Janie contempló el edificio con recelo.
–Muy agradable -dijo, preguntándose si Bruce esperaría de ella alguna señal de estar dispuesta a subir. Decidió eludir el tema y empezó a fijarse en las otras casas-. Es una zona muy bonita.
–Y tranquila -dijo Bruce-; no se oye nada, aparte de un par de perros.
Aprovechando el breve silencio que siguió, Janie fue repasando una lista de recriminaciones que habría hecho saltar las lágrimas a su psiquiatra.
«Soy una adolescente de cuarenta y cinco años -se dijo-, en una noche cálida, plantada delante de una puerta con un hombre estupendo. Si entro, lo más probable es que pase un buen rato, y hasta que me desahogue un poco; pero también puedo volver al hotel.»
Empezaron a hablar al mismo tiempo.
–¿Has visto la hora que es…? – dijo Janie en el mismo instante en que Bruce le preguntaba:
–¿Te apetece subir…?
El cruce de palabras volvió a repetirse. Janie dijo:
–Me gustaría verlo, pero tenemos que marcharnos temprano…
Y Bruce:
–¡Claro, qué idea la mía! Debes de estar cansadísima…
Ambos rieron de lo tonto de la situación. Bruce miró su reloj.
–Casi son las once -dijo-. Podemos caminar hasta la esquina; es una calle de mucho tráfico, y no debería ser difícil conseguirte un taxi.
–Me parece buena idea -dijo Janie, ruborizada-. La verdad es que me convendría dormir bien antes de lo de mañana.
Cuando se apeó del taxi a las puertas del hotel, Janie pensaba en todo menos en dormir. Se metió en el ascensor, bajó en su piso y se puso el chándal en un santiamén. De vuelta a la calle, corrió hasta quedarse empapada de sudor. El corazón le latía a tal velocidad que parecía a punto de explotar.
A la una de la mañana puso la ducha al máximo de caliente y derrochó agua en la mejor tradición americana, exponiendo su piel sudorosa a lo que parecía una lluvia de alfileres al rojo vivo. Purgada de malos espíritus (al menos por un tiempo), y expiado el pecado de la pereza, se secó y se metió desnuda entre las sábanas. Cerró los ojos y, por una vez, no soñó.
Por si acaso, pensó Janie al meter en el maletín unas bragas y un cepillo de dientes. Después bajó al vestíbulo del hotel y aguardó la llegada de Bruce, que, según lo prometido por teléfono el día anterior, se produjo al
despuntar el alba. Esperemos que la misión tenga éxito, pensó Janie al alejarse el coche de Bruce del hotel y sumergirse en el tráfico londinense.
Pasaron casi toda la mañana por carreteras nacionales. Mientras Bruce conducía, Janie dedicó mucho tiempo a examinar el mapa, comparando las imágenes bidimensionales impresas en colores pastel con la verde y frondosa realidad de la campiña próxima a Londres. Para alivio de Janie, casi toda la conversación giró en torno a las zonas que recorrían, sin que salieran a colación temas demasiado personales. Cómodamente arrellanada en el asiento del copiloto, Janie pasó buena parte del viaje con los ojos cerrados, disfrutando de toda la paz que le permitían sus incertidumbres personales. En ningún momento perturbó Bruce su intimidad. Poco antes de mediodía abandonó la carretera principal y se internó en dirección norte por una carretera secundaria.
Janie salió de sus ensoñaciones al notar un cambio en la textura de la carretera y una reducción de la velocidad a la que iba el coche.
–¡Ésta no puede ser la salida que teníamos que coger! – dijo mirando el mapa.
–No -contestó Bruce-, tienes razón. Es la que tenía que coger yo.
–¿Cómo dices?
–Aquí está el pub que me gusta más de toda Inglaterra, y es hora de comer. Nos quedan unas dos horas para llegar a Leeds, y si no como algo dudo que mi estómago me lo perdone.
Al entrar en el pequeño edificio de estilo tudor, Janie dijo:
–Parece que nos pasemos la vida comiendo.
–Bueno, pero comemos bien, ¿no?
Janie no podía negarlo. Cuando el camarero le tendió la carta, Bruce se la devolvió de inmediato.
–Ya sé lo que quiero -dijo.
Pidió pudín de Yorkshire. Janie no se lo pensó demasiado y optó por una sopa y un bocadillo. Viendo comer a Bruce, se puso a comparar mentalmente al hombre que tenía delante con el muchacho que recordaba de los tiempos remotos de la facultad. El primero estaba invalidando sin problemas todos los peros que pudieran ponérsele al segundo, y convirtiéndose en una sorpresa cada vez más agradable. Janie se preguntó si Bruce estaría pensando lo mismo de ella. Quizá ni siquiera se planteara establecer comparaciones entre la simple conocida de dos décadas antes y la
mujer que le había permitido escudriñar sus más íntimos secretos. Bruce comía deprisa y a gusto, y de cuando en cuando se chupaba los dedos, tras rebañar enormes pedazos de masa de pudín. Mientras Janie masticaba a conciencia cada porción de su exiguo almuerzo, recordó haber visto a Bruce en otros tiempos mojar donuts en el café, y comparó al Bruce pasado con el presente: fue un instante revelador, un estudio de las diferencias entre ambos, y una confirmación de su fe en que la manera de comer era el verdadero espejo del alma. Se preguntó qué estaría representando aquel momento para Bruce.
Justo entonces, como si quisiera contestar a su tácita pregunta, Bruce dijo:
–¡Esto sí es una comida!
Janie rió a carcajada limpia. Bruce la miró con las cejas arqueadas.
–Da gusto verte reír. Temía que se te hubiera olvidado. ¿Qué te hace tanta gracia?
–No, nada; la vida en general. De haber sabido que te convertirías en un tipo tan estupendo, creo que te habría hecho más caso de joven.
–Hombre, muchas gracias, hay de qué.
Aunque sus colegas solían tenerlo por un hombre encantador, Ted Cummings ocultaba bajo su pulcra fachada a un ser irritantemente espartano que siempre llegaba al trabajo a la hora en punto, inasible a la enfermedad, con todos los pelos en su sitio y ni una sola arruga. El dolor en la sien derecha con que despertó el viernes por la mañana lo cogió por sorpresa. En su casa no había aspirinas, ni prescritas legalmente ni no prescritas. Hacía años que no las necesitaba.
A punto estuvo de quedarse dormido, y tardó lo suyo en salir de la cama, levantando las piernas con dificultad y dejándolas caer pesadamente en el suelo. Aunque estaba descalzo, los pies le pesaban como si llevara botas con puntera de hierro. En la confusión mental de los primeros minutos, Ted se preguntó si no se habría incrementado durante la noche la fuerza de gravedad, dando pie a aquella sensación de pesadez tan abrumadora. Al levantar la cabeza del cojín, los pelos le salieron disparados en todas las direcciones, y tuvo que someterlos a una violenta disciplina antes de conseguir un aspecto más o menos presentable.
Llegó a la oficina más tarde que su secretaria, rompiendo por primera vez el ritual que había respetado desde su acceso a la cúpula del instituto.
Tras echar un vistazo al correo electrónico, desconectó los altavoces del ordenador, pues bastaron pocos minutos para que sus mensajes y señales le resultaran odiosos. Siguiendo en la misma línea, apagó también el busca.
Fue a una de las consultas médicas del instituto y pidió dos aspirinas a la ayudante del médico, que cogió la ocasión al vuelo para burlarse de él.
–¿Por qué no va a ver a su amigo el Infodoctor? – dijo con una sonrisita.
Ted rechazó la propuesta de inmediato. Pese al papel del instituto en el desarrollo y supervisión de los Infodoctores, Ted los odiaba, y sólo se acercaba a ellos para la inevitable revisión mensual. Ya había visto a demasiada gente cogida por la muñeca derecha al maldito aparato, protestando violentamente contra el confinamiento obligatorio con que la máquina respondía por sistema al hallazgo de algún microbio durante la inspección de rutina.
El malestar se había hecho tan intenso que Ted se tragó la aspirina a palo seco, sintiendo una desagradable acidez en la garganta. Pese a encontrarse cada vez peor, consiguió llevar a buen puerto la primera mitad de su jornada laboral, si bien, a decir verdad, no recordaba gran cosa de lo que había hecho. Más tarde dictó una serie de notas sobre las actividades que sí recordaba, incluido un primer vistazo a la lista de candidatos al puesto de Frank. Justo cuando había cerrado su maletín y se disponía a volver a casa para meterse en la cama, se acordó del círculo de tela. Vagaba por su mente la idea de que tenía que hacer una llamada, pero no conseguía recordar a quién. Registró su memoria, pero no logró extraer la información necesaria. ¿A quién tenía que llamar? ¿Qué tenía que decirle? Esto de que me falle la memoria debe de querer decir que estoy peor de lo que me imagino. Se planteó por primera vez la posibilidad de que su indisposición se debiera a algo más que a un simple catarro. A lo mejor es un caso de gripe fuera de temporada. Se propuso atacarlo con fuerza a base de cama, jarabes y, si podía conseguirlas, más aspirinas (¡si estuviera Bruce me haría la receta enseguida!), con la seguridad de que en un día volvería a estar en forma para volver al trabajo, y todo sin que nadie se hubiera enterado.
Dejando lo de la llamada para otro momento, se concentró en el círculo de tela. Fue al laboratorio, que seguía siendo el sitio más lógico donde buscar; confió en que la tentativa diera sus frutos, pues, a medida que pasaban las horas y empeoraba su estado, se iba dando cuenta de que tendría que dejar sus esfuerzos para cuando se encontrara mejor. Colocó la
palma de la mano sobre la pantalla gris de la puerta principal del laboratorio y oyó el suave chasquido de la cerradura. En el momento mismo de entrar oyó un ruido semejante, el de unos dedos corriendo por el teclado de un ordenador, y encontró a Caroline absorta en uno de los sistemas informatizados.
Su presencia lo cogió por sorpresa. También había olvidado que la joven fuera a pasar el día trabajando en el laboratorio. Sólo la había visto dos veces, pero reconoció de inmediato su larga melena pelirroja y ondulada.
Sintió el impulso de aprovechar que Caroline seguía de espaldas para coger un puñado de pelo y acariciarse la mejilla con él. Se preguntó si a ella le sentaría mal.
Estuvo a punto de tocar la rizada cabellera, pero se reportó, avergonzándose de una acción tan impropia de él, y extrañándose de haber intentado tocar por sorpresa el pelo de una mujer, él, que antes habría acariciado la melena de un león. «¿Se puede saber qué te ha cogido?», se dijo a sí mismo, al borde de la histeria. Hasta el hecho de haber entrado en el laboratorio sin saberlo la joven lo ponía violento; así pues, anunció su presencia con un discreto carraspeo, olvidando que tenía irritada la garganta. Hizo una mueca de dolor.
Caroline se volvió, y sólo la buena educación evitó que Ted se quedara boquiabierto: sí, era Caroline, pero ¡qué distinta! Las mejillas de la joven habían perdido su color sonrosado. Tenía toda la cara blanca, salvo los ojos, rodeados por estrías encarnadas. Parecía tener dificultades para girar la cabeza.
Al darse cuenta de la impresión que había causado a Ted, Caroline se ruborizó, reacción que creó un fuerte contraste con su enfermiza palidez.
Por la mañana, al mirarse al espejo, había advertido las señales de una enfermedad inminente, atribuyéndolo, igual que Ted, a un resfriado.
–Buenas tardes, Caroline -dijo Ted-. ¿Cómo estás?
Caroline tosió dos veces, una tos seca que ahogó con la mano.
–Confieso que he estado mejor -contestó-. Parece que he cogido algo serio.
–Por lo visto compartimos enfermedad -dijo Ted-. Será un resfriado: el invicto azote de la medicina moderna. Me alegro de no ser el único, pero siento que seas tú mi compañera de sufrimientos.
–Gracias. – Caroline esbozó una sonrisa-. Temo que sea algo más que un resfriado; desde que he salido de la cama tengo un dolor de cabeza de los que matan. Cuando acabe de copiar los archivos que me faltan, voy directa al hotel y me meto en la cama. Espero poder curarme sin llamar la atención de los biopolicías. Supongo que si me escondo pasaré desapercibida.
Enseguida te dejo vía libre.
Caroline dio la espalda a Ted para sonarse la nariz.
–¡No, si no me molestas para nada! – dijo Ted-. Sólo quería localizar un par de cosas en el congelador, y luego ya me voy a casa. A propósito, ¿has sabido algo de nuestros amigos de Leeds? Me estaba preguntando si habrán conseguido encontrar las muestras de tierra.
La palabra «Leeds» volvió a activar la idea de «llamar por teléfono»; había una relación, pero ¿cuál? Sumamente contrariado, empezó a sentir una oleada de irritación que le impidió oír la primera parte de la respuesta de Caroline:
–… esta tarde, si consiguen sacarlas de ahí.
Caroline estaba diciendo que le parecía que podían volver por la noche.
Ted, consciente de la lentitud de toda burocracia, y más aún de la burocracia científica británica, lo tuvo por muy poco probable; pero, en lugar de expresar sus dudas, intentó embarcar a Caroline en una conversación sobre el trozo de tela contaminado.
–Bueno, y ¿has tenido tiempo de trabajar con lo que encontrasteis en uno de los tubos, aquel trozo de tela? Un descubrimiento muy interesante.
Supongo que estaréis impacientes por examinarlo.
Caroline empezó a contestar:
–No, hoy no ha habido tiempo; tenía demasiado trabajo, y además nos…
Pero un ataque de tos casi violento dejó la frase en el aire. Caroline se levantó de la silla y, sin dejar de toser, apoyó las manos en las rodillas para facilitar la respiración.
Ted se acercó, alarmado, y le hizo unas friegas muy suaves en la espalda que parecieron surtir efecto. En breves instantes Caroline volvía a estar de pie, tosiendo ligeramente. Una vez recuperada el habla, rió un poco y dijo:
–¡Perdona! No he sido muy educada. Creo que lo mejor será volver al hotel ahora mismo.
¡No!, pensó Ted con desesperación. ¡No antes de que me digas dónde pusiste ese trozo de tela de los demonios! Intentó discurrir alguna manera de mantener viva la conversación, pero tenía el cerebro hecho puré, como una sopa espesa con grumos de alguna sustancia indefinida flotando alrededor. ¡Piensa, Ted!, se regañó a sí mismo; y por fin, transcurridos unos instantes de agónico vacío mental, se le aclaró un poco la cabeza y surgió por sí misma la idea de ofrecer ayuda. Aliviado por disponer al fin de una ocurrencia con visos de sensata, adoptó la más solícita de las expresiones.
–¿Puedo ayudarte? – preguntó, frunciendo el entrecejo para mostrar su preocupación-. Podría hacerte falta algo, sobre todo ahora que tu amiga está fuera. Quizá pueda hacer alguna cosa por ti.
Caroline volvió a sentarse y, después de toser un par de veces, empezó a ordenar la mesa.
–Es posible que necesite ayuda si la cosa va a peor. El sistema de asistencia médica de este país es muy intrincado, y tengo miedo de complicarlo aún más de lo necesario si intento que me ayuden por las vías habituales. Si me retienen, toparíamos con toda clase de dificultades, y a Janie le da un miedo espantoso que le tomen las huellas corporales; está decidida a volver a Estados Unidos antes de que se lo exijan.
Ted no estaba de acuerdo en lo de las huellas corporales. Entre él y Bruce habían hecho mucho por perfeccionar la técnica, y, si bien habría sido el primero en admitir que ningún ser humano normal sujeto al proceso calificaría la experiencia de «agradable», opinaba que a pocos dejaría de parecerles interesante. Convino, sin embargo, en la valoración de las posibles trabas para el viaje.
–Se entiende. Las dificultades podrían ser muy grandes.
Caroline siguió con el tema.
–Si Janie estuviera aquí me cuidaría, pero no está, y no sé muy bien cuándo volverá. ¿Podrías darme el nombre de un médico de verdad, por si lo necesito? Uno que no me delate. No sé qué tendré, pero está claro que me ha cogido muy rápido.
De los médicos relacionados con el instituto, más de uno se habría alegrado de prestar una ayuda discreta, aunque hacerlo estuviera técnicamente fuera de la ley. Para Ted, conseguir sus números era coser y cantar, pero vacilaba en poner a Caroline en manos de otra persona, pues, incluso en su estado de incoherencia mental cada vez más acentuada, se
daba cuenta de no poder dejarla suelta antes de echar mano a la tela; no, el potencial de desastre era demasiado alto. Se sacó un bolígrafo del bolsillo superior de su bata de laboratorio y un bloc de notas de uno de los de abajo, y, después de apuntar una serie de números, tendió la hoja a Caroline.
–Éste es el número de casa -dijo; y, como no quería dejar entrever su falta de planes, añadió-: Sólo estaré a ratos, pero si necesitas ayuda llama y deja un mensaje. Creo que podré encontrar un médico que vaya a verte enseguida.
Caroline sonrió con alivio al coger la nota.
–Gracias -dijo con tono de sincera gratitud.
–¿Sabes una cosa? – comentó Ted-. No alcanzo a entender la repugnancia que tenéis los americanos a que os tomen las huellas corporales. No es peor que las mamografías de antes, y no hablemos de las testigrafías. – Ted se estremeció al pensar en la última vez que le habían hecho una inspección de testículos, después de la primera Epidemia-. Como herramienta de diagnóstico es una maravilla. ¡Lo mucho que se puede saber del cuerpo, y con tan poco esfuerzo!
–De hecho, Ted, creo que el problema es justamente ése.
–En fin, supongo que depende del punto de vista de cada cual; pero ya hablaremos del tema en otro momento. – Dirigió a Caroline una sonrisa exageradamente atenta-. Si vas a estar sola, quizá sea buena idea que te haga un par de llamaditas durante el fin de semana. ¿Dónde te alojas?
Caroline contestó sin pensárselo dos veces.
–Muy bien, entonces estaremos en contacto -dijo Ted.
Se alejó de Caroline a regañadientes y fue a ver el catálogo del congelador. Poco antes, al entrar en el laboratorio, había recordado la tarea pendiente de encontrar un repuesto para P. coli, y estaba resuelto a sacársela de encima antes de meterse en cama. Le parecía estar a millones de kilómetros del experimento; no hizo más que mirar su lista de nombres y comprobar que hubiera disponible una muestra de cada uno; una vez comprobado que así era, se olvidó por completo de cuanto significara trabajo.
Antes de marcharse entró en el servicio de caballeros, y, al lavarse las manos, se miró al espejo. Estaba empezando a hinchársele el cuello.
Janie y Bruce dedicaron el resto del viaje a Leeds a una conversación sin sobresaltos. Janie condujo en un tramo de carretera en que había muy
poco tráfico, pero, al acercarse a Leeds y hacerse éste más denso, devolvió el volante a Bruce. Poco después, éste se apartó de la carretera principal y siguió una secundaria que llevaba a la fábrica de juguetes reconvertida en almacén. Aparcó en una zona de estacionamiento lateral. Mientras desentumecían las piernas, Janie echó un vistazo al reloj.
–Son las tres menos cuarto. Si conseguimos tenerlo todo hecho en una hora o menos, deberíamos poder volver sin prisas.
Bruce cerró el coche y dijo:
–Tenemos bastantes posibilidades. Confiemos en que Ted haya podido hacer valer su autoridad.
Después de formular varías preguntas a Bruce, el guardia de seguridad buscó en los archivos de su ordenador algún mensaje de Ted sobre los tubos trasladados. Bruce y Janie, impacientes, esperaron justo delante de los escáneres de seguridad, muy cerca de lo que necesitaba Janie, pero todavía en la zona exterior. Por desgracia no se habían recibido mensajes de Ted.
–He intentado contactar con su despacho directamente a través del ordenador -explicó el guardia-, pero su terminal no responde. Si tienen ustedes alguna otra manera de ponerse en contacto con él…
Bruce echó mano a su móvil y marcó el número personal de Ted, sin obtener respuesta.
–¡Mierda! – dijo, visiblemente disgustado-. No contesta. ¡Qué raro!
Nunca lo he visto sin el busca.
Pese a realizar varios intentos en la media hora siguiente, no consiguieron localizar a Ted. Enfrentado a sus malhumoradas quejas, el guardia, que no quería seguir siendo blanco de protestas inmerecidas, los remitió al jefe de seguridad. Les dijeron que si empezaban los trámites enseguida podrían disponer de los permisos necesarios al día siguiente por la mañana, sin que hiciera falta la autorización de Ted.
–¿Y qué hay de mis autorizaciones? – preguntó Bruce indignado-. ¿No cuentan o qué?
–Sí cuentan, doctor Ransom -contestó el jefe con una sonrisa melosa-.
Sin ellas tardaría como mínimo una semana en sacar los materiales del almacén.
Bruce se llevó a Janie a donde no pudiera oírlos el guardia.
–No sé qué decir. Lo siento, lo siento de veras. Ted suele ser muy de fiar con los detalles; no entiendo que no haya hecho la llamada, con lo
maniático que es en cuestión de trámites.
Janie intentó disimular su contrariedad y fracasó estrepitosamente. Se le tensaron los músculos de la cara, y se frotó las sienes para controlar un inminente dolor de cabeza. Inmóvil y silenciosa al principio, acabó por mirar a Bruce y decir:
–¡Qué montón de tonterías! No me extraña que el mundo se esté yendo a pique.
A falta de poder ofrecer una solución rápida, Bruce dejó el comentario sin respuesta. Al final dijo:
–«Así es», que diría un británico.
Asqueada por lo ridículo de su dilema, Janie dejó de lado todo formulismo y dijo:
–A joderse, qué coño.
La vehemencia de su ira no sorprendió a Bruce, que optó al contrario por encarrilarla hacia una solución.
–Te toca. ¿Qué quieres que hagamos?
Janie soltó un profundo suspiro.
–Ver en qué acaba esto, supongo. Si conseguimos salir de aquí mañana por la mañana, siempre me convendrá más eso que tener que repetir el muestreo. Creo que lo mejor es seguir intentando contactar con Ted. A lo mejor aún podemos arreglarlo hoy.
Bruce, que no quería darle falsas esperanzas, replicó:
–Me parece poco probable.
–¿Cuándo bajan la persiana?
–Supongo que a las cinco y media. – Bruce miró su reloj-. O sea, que nos quedan dos horas para localizar a Ted y hacer todo el papeleo; y, si lo conseguimos, aún nos faltará pasarnos casi toda la noche conduciendo. A lo mejor tenemos que quedarnos a dormir aquí, siempre y cuando no prefieras volver ahora mismo y empezar a recoger las muestras mañana a primera hora.
Cruzándose de brazos, como a la defensiva, Janie se puso a dar vueltas sin rumbo por el vestíbulo, con su pesada cartera colgada del hombro.
–No he vuelto a ponerme en contacto con los propietarios -dijo-. Estaba segura de que hoy se arreglaría todo. Ni siquiera sé si habrá alguien dispuesto a dejar que tome una nueva muestra.
La rabia y descontento de Janie pesaban mucho sobre Bruce, que en buena parte se atribuía la culpa.
–Mira -dijo-, hay que empezar a hacer planes. A mí no me importa pasar la noche aquí; además, aunque saliéramos ahora mismo llegaríamos tan tarde que no tendrías tiempo de hacer nada. Hay un hotel en el centro de Leeds que está muy bien, y estoy convencido de que tendrán habitación.
Janie le lanzó una mirada de sorpresa.
–Habitaciones -se apresuró a corregir Bruce.
Janie antepuso a su respuesta un hondo suspiro.
–No parece que haya mucho donde elegir. Tendremos que quedarnos.
Ah, y te agradecería mucho que rellenaras los formularios, por si acaso.
Ahora, que si por la mañana no tenemos los tubos, tendré que volver a Londres enseguida; aunque me ponga a cavar en cuanto vuelva, seguirán quedándome dos días de hacer el topo.
–No sabes cuánto lamento todo lo que ha pasado.
–No es culpa tuya, Bruce; al contrario, eres un sol por ayudarme. Ahora vale más que avise a Caroline; así podrá empezar a llamar a los propietarios. ¿Me dejas tu teléfono, por favor?
Bruce se lo dio, y Janie marcó el número de su hotel de Londres. Como en la habitación de Caroline no contestaba nadie, dejó un mensaje con instrucciones detalladas en el buzón de voz. Acto seguido Bruce volvió a llamar a Ted, pero las insistentes señales no recibieron respuesta.
Después de que Bruce hubiera acabado de rellenar la decena aproximada de formularios que le pedían en el almacén médico, se puso al volante del coche y condujo hasta el centro de Leeds sin cruzar palabra con Janie. Los indicaron cómo llegar al antiguo molino convertido en pequeño y acogedor hotel que Bruce recordaba de un viaje anterior, y lo encontraron sin dificultades, en el corazón mismo de lo que en tiempos había sido el centro de una activa ciudad eduardiana. La zona del hotel estaba experimentando un renacimiento como elegante barrio residencial y de ocio. Previamente a su renovación, el viejo edificio Victoriano había sido limpiado con chorro de arena, quedando su exterior como una pulcra trama de ladrillos rojizos libres de la mugre acumulada con los años. El sol del atardecer hacía especialmente acogedores los discretos tonos de la fachada, y Janie permitió que los cálidos reflejos rojos impregnasen su cuerpo cansado, suavizando un poco su crispación.
Pensando satisfecha en las bragas limpias y el cepillo de dientes que llevaba en su bolso, Janie bajó del coche al mismo tiempo que Bruce, pero todo su orgullo de mujer autosuficiente se vino abajo al ver que su acompañante abría el maletero y sacaba una pequeña bolsa de viaje; antes incluso de haberse cerrado el maletero, Janie ya se sentía incompetente en extremo.
–Me gusta ir preparado -dijo Bruce, dando la bolsa al portero-. Tendría que haberte comentado la posibilidad.
Janie contuvo el taco que pugnaba por salir de su boca y dijo con dulzura:
–No pasa nada; no me ha cogido desprevenida del todo. Se me ocurrió que a lo mejor salían pegas, y metí un par de cosas en la cartera.
–Buena idea -dijo Bruce-. Vamos a instalarnos, y luego pensamos en la cena.
Después de ponerse de acuerdo sobre a qué hora se encontrarían en el bar del hotel, tomaron posesión de dos atractivas habitaciones situadas en extremos opuestos del séptimo piso. Janie se arregló un poco y caminó hasta la zona de comercios que quedaba al lado del hotel; aprovechando que quedaban unas cuantas tiendas abiertas, compró un vestido y unos bonitos pendientes.
¡Quién pudiera echarse una buena carrera!, pensó, acelerando el paso.
Al llegar al hotel casi volvía a sentirse como una persona normal. Una vez limpia, se puso el vestido y los pendientes y se miró al espejo.
–No está mal para un vejestorio -dijo en voz alta a su reflejo, antes de bajar a recepción.
Cuando la vio acercarse a la mesa, Bruce se levantó y le ofreció asiento.
–Me he tomado la libertad de pedir una botella de vino que me ha parecido que podía gustarte -dijo-. He dicho al camarero que esperara tu llegada para traerla.
La aparición del camarero con dos copas, una botella y un sacacorchos con mango de madera estuvo a punto de dejar a Bruce con la palabra en la boca. El camarero siguió el ritual de enseñar la etiqueta y esperar el sí antes de descorchar la botella con rapidez y destreza; después dio un paso atrás y esperó discretamente a que Bruce aspirara el aroma del vino y lo probara.
Bruce asintió con la cabeza, y el camarero volvió a adelantarse para llenarles las copas.
Janie, que había observado el proceso con curiosidad, lo comparó a lo que recordaba de su compañero de viaje, concluyendo que el Bruce maduro poseía infinitamente más elegancia y encanto que su joven antecesor, y que tantos años viviendo en la disciplinada sociedad inglesa le habían proporcionado una comprensión del valor de los ritos sociales fuera del alcance del norteamericano medio. Pulidas todas sus aristas, Bruce se había convertido en un hombre de modales refinados, sumamente atractivo.
El bar daba a un canal en cuyas lentas aguas se ejecutaba una hermosa danza de reflejos; los rayos del sol, casi horizontales, pintaban de fuego todo lo que tocaban, creando un espectáculo lleno de calidez que cautivó a Janie. La magia del vino fue pasando de la copa a sus venas. Más de una vez, sin ser llamado, el camarero apareció para volver a llenar discretamente las copas, antes de regresar a aquel limbo del que parecía materializarse sin previo aviso. A pesar de sus esfuerzos por impedir el repliegue de sus muros protectores, Janie, cómodamente sentada, sintió salir poco a poco de ella la tensión de un día largo y difícil. Cerró los ojos y le faltó poco para sentirse del todo serena; al abrirlos de nuevo, vio que Bruce la estaba mirando, y se apresuró a apartar la vista.
Tenía curiosidad por ella. Janie estaba segura, y, al nivel en que podía aceptarlo, el franco interés de Bruce le sentaba de maravilla. De todos modos, sabía muy bien que su acompañante no podía comprender el alcance de su sufrimiento, que no le era posible adivinar hasta qué punto la había endurecido el dolor, haciéndole difícil todo contacto profundo. Por primera vez desde el día en que había enterrado a su marido, Janie dejaba salir a la superficie el dolorosísimo anhelo de ser tocada. Por una vez, sometida a la mirada benévola de Bruce, abandonaba su piel a la corriente eléctrica del deseo, sin tratar de devolverla a las profundidades de las que surgía. Se le empañaron los ojos, y se mordió los labios, esforzándose noblemente por no llorar. No quería que Bruce la viera en un estado de agitación emocional.
Bruce le tocó el brazo suavemente, y la calidez de su mano casi la sorprendió. Como si adivinara todos sus temores, dijo:
–Janie, prometo no pensar mal de ti, pero me gustaría mucho saber qué te pasó.
Janie bajó la mirada. Le temblaba el labio inferior.
–Tranquila -dijo Bruce dulcemente-. Conmigo no tienes nada que temer.
Janie apuró la copa para conseguir el arrojo y locuacidad que acompañan a la desaparición de las inhibiciones. Después de un pequeño y discreto hipido, dijo con voz queda:
–He cumplido los cuarenta y cinco y todavía no sé comportarme en una cita.
Bruce sonrió.
–No digas eso.
Janie correspondió tímidamente a su sonrisa.
–Está bien, no lo diré. – Y añadió, escogiendo bien sus palabras-: Es una historia que empieza bien pero se pone fea hacia el final.
–Lo entiendo, pero sigo queriendo oírla, siempre que estés dispuesta a contarla.
Janie habló pausadamente, como si la historia que iba a contar pudiera romperse, cuando si alguien corría ese riesgo era la persona que la relataba.
Se notaba en su manera de hablar que había bebido.
–Al acabar la residencia me casé con un hombre que se llamaba Harry Crowe. Era pediatra. Con Harry vivíamos muy bien. Era una vida…
prudente, concienzuda. Todo lo hacíamos como Dios manda. Todo.
Recuerdo que cada mañana me pellizcaba a mí misma y pensaba: «¡Qué maravilla de vida, tan ordenada!» Un poco como la tuya. Ya me entiendes: me sentía contenta, satisfecha.
Hizo una pausa para servirse más vino, pero Bruce le quitó la botella y dijo:
–Deja, ya lo hago yo. – Le sirvió una cantidad exigua-. Sigue.
Aunque empezaba a caer en brazos de la melancolía de siempre, Janie hizo un esfuerzo por continuar, consciente de que Bruce sólo quedaría satisfecho si llegaba hasta el final.
–Compramos acciones en la época Reagan, y las vendimos justo antes del crac. Compramos la casa antes de que subieran los precios, y la conservamos después de que se estabilizasen. En los primeros noventa invertimos en fondos de investigación. A los dos nos encantaba nuestro trabajo. Nuestra hija iba a colegios privados estupendos, y sacaba muy buenas notas; estaba apuntada a clases de música y hacía deporte…
Bruce asistía al desarrollo del drama sin quitar ojo a Janie. Cuando la vio perder aplomo, la cogió de la mano, notando enseguida lo tensa que se ponía.
–Sigue, Janie…
Janie respiró hondo y rápido, y acto seguido dio rienda suelta a su dolor.
–Y una mañana los vi salir juntos; en principio me tocaba a mí llevar a Betsy al colé, pero Harry tenía un seminario en la universidad, y le cogía de camino. Yo estaba de guardia, y no tenía que ir a ninguna parte. A las ocho de la mañana seguía con el pijama puesto.
OceanofPDF.com
«Hacía muy poco que entre los médicos se oía hablar de la epidemia. El
CDC[1] ya había emitido un boletín, pero las agencias informativas aún no
se daban por enteradas, y por eso los directores de colegio no estaban sobre
aviso. Bueno, pues resulta que un día antes una de las empleadas del bar se
había ido a casa porque le dolía la barriga y tenía fiebre. Lo último que hizo
antes de marcharse fue preparar el desayuno para el día siguiente.
»A las dos, todos los niños que habían desayunado en el colegio se encontraban mal, y la empleada había muerto. Cuando la ingresaron en emergencias, uno de los médicos acababa de leer el boletín del CDC y averiguó dónde trabajaba; entonces llamó a sanidad y los convenció de poner el colegio en cuarentena.
»Como a mí me habían llamado a media mañana para una emergencia, me había puesto en contacto con Harry para que fuera a recoger a Betsy al final de las clases. Cuando llegó ya se había declarado la cuarentena, pero se las arregló para meterse en el colegio, supongo que diciendo a los policías que era pediatra. Imagino que si hubiera dependido de mí también lo habría dejado entrar. De las cuatrocientas personas que estaban en cuarentena dentro del colegio, trescientas cincuenta y seis cayeron enfermas, y trescientas cuarenta y dos murieron. Harry y Betsy no se contaron entre los afortunados. Se llevaron todos los cadáveres para la autopsia, y no los vi más. Pasada una semana ya los habían quemado a todos.
–¡Dios mío! ¡Es horrible, Janie! Lo siento, de veras que…
–Aún hay más -dijo Janie, ya sin contener las lágrimas-. Organicé un funeral; no había ningún cadáver que enterrar, pero necesitaba acabar de alguna manera, tener la sensación de haber hecho lo que hace la gente cuando se le muere alguien. Mis padres iban a venir expresamente de Pensilvania para asistir a la ceremonia. De camino, pararon en un área de servicio de la autopista de Jersey y comieron algo…
Janie, que había bebido lo suyo, sollozó con fuerza. Bruce dijo:
–… ¿Y ahí cogieron la enfermedad?
Janie asintió con un gesto rápido de cabeza, cerrando con fuerza los ojos, que vertieron un río de lágrimas sobre su brazo, la mano de Bruce y la mesa.
–¡Ya… ya estamos otra vez! – dijo-. Chorreando.
Bruce no pudo dejar de esbozar una sonrisa.
–Puede que tenga que denunciarte por emisión no autorizada de fluidos corporales en lugar público…
Janie se pasó una mano por los ojos, sollozó y dijo:
–Menos mal que en Estados Unidos no es ilegal; aún estaría en la cárcel.
Bruce se levantó y, acercándose a Janie por detrás, le rodeó los hombros sin pedir permiso, apoyando la barbilla junto al cuello. Janie siguió llorando en silencio, mientras Bruce la abrazaba con una firmeza llena de ternura, en un esfuerzo por consolarla que no halló resistencia.
Se habían convertido en el centro de todas las miradas. No habían hecho demasiado ruido, pero el gesto brusco de Bruce al levantarse había hecho que la gente se volviera hacia él. Janie no se daba cuenta de que la miraban, y, queriendo ahorrarle el bochorno, Bruce se enfrentó a todas los espectadores con una expresión que parecía decir: «No, no miren, por favor…» Una a una, las miradas pasaron del desdén a la compasión.
Pasados unos minutos, Janie tocó a Bruce en el brazo, señal de que quería que la soltase. Bruce lo entendió perfectamente y, dando fin al abrazo, volvió a ocupar su asiento.
Janie lo miró con ojos rojos e hinchados, y se sorprendió a sí misma diciendo:
–No sabes lo bien que me ha sentado. Mil gracias.
–No hay de qué. Siempre a tu servicio. Si a mí me hubiera pasado lo que a ti, dudo que hubiera podido aguantarlo. Hay que ser muy valiente para volver tan rápido a la vida normal.
–Sí, bueno… Te sale una especie de coraza. Al principio me volví una mujer muy dura. Me sentía como si acabaran de sacarme las tripas, y desde entonces estoy intentando devolverlas a su sitio.
Siguió un silencio que aprovechó para secarse los ojos. Sólo se oían las conversaciones de las otras mesas. El camarero se acercó con otra botella de vino, pero Bruce le hizo señas de que diera media vuelta. Transcurrido un tiempo adecuado, dijo:
–En principio iba a proponerte que cenáramos fuera del hotel, pero quizá sea mejor quedarse.
–¡Otra vez comida! – dijo Janie-. Parece que nuestro destino sea comer cada vez que nos vemos. No sé si estoy lo bastante sobria para leer el menú.
–Si quieres pido por los dos.
Janie puso su mano sobre la de Bruce.
–¡Te has convertido en una persona estupenda! Pide lo que quieras menos caracoles de mar -dijo con voz ebria-. No sabes lo que odio que lleven arenilla.
Digiriendo en silencio su borrachera, esperó a que el adulto todo amabilidad que había invadido el cuerpo del joven bastante más irresponsable de años atrás pidiera un surtido de manjares sin arenilla.
Los platos no tardaron en ser servidos, y, a medida que comía, Janie fue recuperando la sobriedad. Al principio, ligeramente resentida, se extrañó de que el vino que tanto la había afectado no hubiera hecho mella en Bruce, pero, en el transcurso de la velada, fue poniéndose cada vez de mejor humor, y la conversación se centró en otros detalles de sus vidas respectivas. El manto de tristeza se disolvió poco a poco, y, al final de la comida, Janie se sorprendió de estar tan a gusto con su compañero de mesa.
Cuando atravesaron el vestíbulo en dirección a los ascensores, Janie seguía bajo los efectos del contacto con Bruce, breve pero intenso.
Aprovechando su confusión mental, la calidez de una presencia masculina atractiva se había difundido por su estómago, iniciando una trayectoria en línea recta que, lenta pero constante, apuntaba a su entrepierna. Janie miró a Bruce, pensando: Es evidente, sé que notas cómo sale de mí. A esas horas ya no había nadie, y, mientras esperaban la llegada del viejo ascensor de jaula, Bruce la abrazó, frente a frente esta vez, y la apretó contra él.
Notando que Janie apenas se resistía, la miró a los ojos y acercó sus labios a los de ella, rozándolos levemente. Después sonrió, cerró los ojos y volvió a besarla.
Pero el calor del vino se había disipado, y Janie aprovechó que se abrían las puertas del ascensor para apartarse de Bruce. Saliendo de las brumas de la ebriedad, recordó quién era y las tareas que tenía pendientes, profesionales algunas, personales otras. Por mucho que quisiera librarse de su terrible carga, seguía siendo rehén del miedo a encariñarse de una persona que pudiera serle arrebatada en cualquier momento. Recuperó su voz normal y dijo con firmeza:
–Creo que subiré a pie. Necesito hacer ejercicio. – Estrechó con fuerza la mano de Bruce-. Gracias por habérmelo hecho pasar tan bien. Me siento mucho mejor.