La plaga

Ann Benson · Capítulo 9 de 40

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La plaga

Seis

Al entrar en el laboratorio de microbiología, Ted sólo encontró al guardia de seguridad.

–Acaba de pasar una joven que andaba buscándolo, señor -dijo el guardia-. Ha dicho algo de un trabajo que tenía pendiente. Le interesaba esto de aquí.

El guardia señaló el círculo de tela puesto debajo del microscopio; nervioso, esperó alguna clase de respuesta por parte del director, que tenía fama de hablar poco con el personal no especializado, cuya plana mayor se sentía incómoda en su presencia.

Ted apuntó al guardia con su larga nariz.

–¿Ha dicho adonde iba?

–A buscarlo a usted, señor. Supongo que habrá ido directamente a su despacho.

–Entonces imagino que volverá en cuanto mi secretaria le informe de que estoy aquí.

Ted sonrió con desgana al guardia, torciendo muy levemente las comisuras de sus labios. Pretendía hacer que el subordinado se sintiera a gusto, pero su extraño gesto facial tuvo el efecto contrario: ponerlo más nervioso.

–Pues nada -dijo el guardia, dando un paso atrás hacia la puerta-, voy a hacer las rondas que me quedan. Si por casualidad vuelvo a ver a la chica, le diré que está usted aquí.

Y, dando media vuelta, completó su proceso de huida.

Mientras esperaba a Bruce, Ted echó un vistazo al laboratorio. Se dijo: La verdadera autoestima proviene de los verdaderos logros. Ted había protagonizado una larga serie de logros en aquel edificio. Desde las Epidemias, él y Bruce habían convertido el departamento de microbiología en una institución científica de enorme importancia, no sólo por las investigaciones que salían de él, sino por la capacidad de respuesta de que había dado prueba el equipo al enfrentarse a una crisis en su disciplina. Los empleados del departamento habían desarrollado todas las pautas de la Unidad de Policía Biológica, y habían formado a los primeros agentes de las fuerzas del orden metropolitanas de Londres asignados a dicha división.

Ted tenía en su despacho una carpeta de al menos cinco centímetros de grosor llena de currículos de gente al acecho de una de las escasas oportunidades de entrar en el departamento de microbiología, y tenía intención de abrirla el lunes y seleccionar una docena de los más destacados, como inicio del proceso que llevaría a sustituir a Frank. A algún microbiólogo afortunado iba a presentársele la oportunidad de su vida: el hombre o mujer en cuestión se daría el gusto de trabajar en el mejor laboratorio de Inglaterra, rodeado de vidrio, cromo y plástico, con todo el equipo, programas nuevos e inventos de la robótica disponibles en el mercado. Desde las Epidemias, momento en que, nervioso y abrumado, el ministro de Salud se había dado cuenta de los beneficios públicos que podían derivarse de una institución como aquélla, los problemas de financiación habían quedado relegados al olvido.

Ted había hecho crecer el instituto gracias a su habilidad, y a la ayuda de Bruce; era un poco hijo de los dos. Bruce, que insistía en seguir ocupándose del trabajo de laboratorio, le superaba en contacto con el día a día. «¿Sabes que estoy celoso? – le había dicho Ted una vez-. Siempre te tocan a ti todos los juguetes.» La respuesta de Bruce había revelado una envidia similar: «Sí, pero el que los elige eres tú.»

Mientras contemplaba los juguetes en cuestión, Ted posó la mirada en el antiguo lugar de trabajo de Frank. Era un perfecto reflejo de su ex ocupante: la apoteosis del desorden, un prodigio del caos contemporáneo. Se acercó y hojeó los papeles e informes amontonados, buscando la lista de productos necesarios para los próximos trabajos. Le estaba costando bastante encontrarla. En una época en que la importancia del papel se había visto disminuida de modo drástico, Frank se las arreglaba para seguir usando mucho más del que le correspondía, acumulando un material que, a ojos de Ted, pecaba de trivialidad en su mayor parte. Ted odiaba aquella clase de desorden, y más de una vez se lo había dicho a Frank. Justo cuando se proponía realizar otro intento de corregir tan tremendo defecto en un técnico por lo demás ejemplar, éste había cometido la impertinencia de expirar de forma inoportuna. Ted adquirió conciencia de que habría que conseguir cuanto antes un sustituto que atara los cabos sueltos. Tendría que haberlo hecho ayer, al enterarme, pensó; pero no se le había ocurrido que hubiera gente capaz de producir semejante desorden, ni siquiera Frank.

Empezó por la zona adyacente al terminal de ordenador. Cerca, encima de una mesa, vio un libro de referencia que obviamente no estaba donde tenía que estar. Se preguntó qué habría pasado de haberlo necesitado alguien y no encontrarlo; sin duda el primero en quejarse habría sido el culpable de su extravío. Cogió el libro y miró por qué artículo estaba abierto: Yersinia pestis. No le sonó a ningún trabajo reciente. Nada, pensó, habrá sido el ventilador girando las páginas. Cerró el libro y prosiguió la búsqueda.

Se preguntó si en el momento de morir Frank no tendría la lista de productos en el bolsillo; los encargados del servicio de lavandería ya habían encontrado cosas igual de raras, o más, en los bolsillos de las batas de laboratorio. Lógicamente, la ropa y demás posesiones de Frank ya habrían sido catalogadas por la policía. De encontrar algo como lo que buscaba Ted,

¿qué habrían hecho con ello? Tomó nota de la necesidad de averiguar el nombre del agente encargado de la investigación post mortem. De algo sí estaba contento, y era de que la muerte no hubiera ocurrido dentro de las instalaciones; los biopolicías habrían dejado transcurrir semanas antes de desprecintarlas, esos mismos biopolicías cuyos procedimientos de aprendizaje médico eran desarrollados en aquel laboratorio. No habrían vacilado en provocar el retraso que estimasen necesario, y Ted no podía permitirse esperar tanto tiempo antes de empezar.

¡Me sería más fácil si tuviera esa lista de los demonios!, pensó, irritándose por momentos. Decidió que, aparte de los bolsillos de Frank, el lugar más lógico donde buscar era el cubículo principal del laboratorio.

Cuando sólo habían pasado unos segundos desde el paso de Ted junto a la mesita en que descansaba el tubo de P. coli, éste empezó a silbar y a echar espumilla por el borde del tapón. Las bacterias, descongeladas y calientes, habían alcanzado nuevas cotas de exceso reproductivo, y los gases desprendidos por la repentina actividad microbiana habían sufrido un drástico incremento. La vibración provocada por los pasos de Ted al acercarse sacudieron la mesa en grado suficiente para que los gases empezaran a moverse dentro de la probeta; una vez desestabilizados, iniciaron un movimiento de remolino y fueron aproximándose a un estado de volatilidad. El tapón, que estaba lo bastante bien sujeto para las exigencias del almacenamiento en frío, alcanzó el límite de su capacidad de contención; siguió agarrándose precariamente al resbaladizo cristal de la

probeta, hasta que el ventilador automático del laboratorio se puso en marcha y sometió al tubo a otra onda de vibración; entonces el tapón acabó por soltarse, provocando que las Palmerella coli salieran despedidas en espumosos goterones por toda el área circundante.

De haber presenciado el incidente, Ted se habría sorprendido de que la emisión de microbios hubiera llegado tan lejos; pero estaba de espaldas, y no vio dispersarse el espumoso líquido por una superficie de unos dos metros y medio por cuatro, de forma más o menos elíptica, contaminando casi todo lo que se interponía en su camino, incluido el microscopio en el que estaba montado el reciente hallazgo de Janie. Una gotita de P. coli cayó directamente sobre el círculo de tela, saturando el área en que se hallaba el misterioso microbio, aletargado de nuevo tras sus esfuerzos reproductivos.

Si Frank hubiera seguido con vida, habría vuelto a sentirse fascinado por el modo en que Yersinia pestis, humedecida por segunda vez, se desperezaba y volvía a hinchar sus flancos, en un esfuerzo hercúleo de división; esta vez, sin embargo, contaba con un visitante que podía proporcionarle la ayuda precisa. Fiel a su naturaleza promiscua, Palmerella coli envió una hueste de plásmides transportadores de genes y ávidos de sexo; no tardaron en encontrarlo en Gertrude, que, tras más de seiscientos años de casto letargo, estaba madura, dispuesta y deseosa, por lo que abrió ansiosamente su pared celular a la invasión del proyectil genético. Éste se introdujo sin problemas en el húmedo interior de la célula, y ambos se fundieron en uno.

A partir de ahí, reproducirse por división era cosa fácil. Había nacido Gertrude P. Coli.

Al oír la rotura del vidrio y el desprendimiento del tapón, Ted giró sobre sus talones, sintiendo casi de inmediato un olor nuevo. Uva, pensó. Uva podrida. Con la ayuda del olfato, llegó al escenario de la pequeña explosión.

Sus ojos recorrieron el rastro de trozos de vidrio y espumilla, y, guiándose por la mayor intensidad de los escombros, pudo localizar el epicentro del desastre. La sorpresa le hizo olvidar las precauciones necesarias; cogiendo con las manos un trozo de tubo roto bastante grande, lo examinó atentamente desde todos los ángulos. Quedaba un pedacito de la etiqueta, con las letras P y c emborronadas pero legibles.

Consciente de que Palmerella coli constaba en su lista de productos, dijo al fantasma de Frank: «¡Maldita sea! Debería haber imaginado que se

te ocurriría sacar la muestra del congelador.» Ted sabía que la muestra podía llevar veinticuatro horas o más fuera del congelador, tiempo más que suficiente para que se creara una presión capaz de provocar el estallido que acababa de producirse.

Se quedó mirando el tóxico revoltijo que tenía delante, y, presa del pánico, tuvo la sensación de que su presión sanguínea iba a hacer un agujero en el techo. Tendría que limpiarlo él mismo; no podía exponerse a que se enteraran del incidente, y menos de que se había producido en el transcurso de un proyecto dirigido por él. El protocolo le exigía informar a la policía biológica, y, dependiendo de las circunstancias, podían llegar a tomarse medidas legales. Desaparecido Frank de la circulación, Ted era consciente de que cualquier investigación que pudiera producirse quedaría enfocada sobre él. En principio, los procedimientos de supervisión exigían que investigara de inmediato todos los trabajos en que hubiera estado participando Frank en el momento de su muerte, a fin de preservar la seguridad del laboratorio. Era un fallo muy gordo por parte de Ted no haberlo hecho. A decir verdad, ni siquiera se le había ocurrido.

¡Vaya lío!, pensó. Y Bruce a punto de llegar…

Ted había trabajado con P. coli lo bastante a menudo para saber que era la versión bacteriana de un inofensivo gigoló, y que, de por sí, no era ni tóxica ni especialmente peligrosa. Lo que preocupaba a Ted era la extroversión social del microbio, característica para la que había sido creado, y por la que se le valoraba en tareas de investigación: tenía una descarada propensión a compartir su material genético, y solía hacerlo con microbios que constituían el equivalente biológico de un ligue de discoteca.

Se apresuró a volver al despacho de paredes de cristal y leyó la lista expuesta de trabajos pendientes, comprobando con alivio que no incluía ningún procedimiento bacteriano. Abrió el armario de utensilios de laboratorio, donde encontró una amplia variedad de limpiadores antibacterianos, todos ellos utilizados con regularidad en los suelos y superficies planas del laboratorio. Reunidos cuantos productos le cupieron en los brazos, cogió un rollo de papel y regresó al lugar del desastre.

Una vez ahí, limpió cuidadosamente todas las superficies del perímetro con un papel empapado en el producto químico más fuerte que pudo encontrar, un producto cuyo olor, mucho más desagradable que la peste a fruta podrida de la contaminación bacteriana, estuvo a punto de tumbarlo de

espaldas. Cada vez que usaba un papel lo tiraba en una bolsa de plástico reglamentaria. Limpió también los dispositivos del microscopio computerizado, no sin antes quitar el pequeño círculo de tela que estaba encima de la placa, ya que sobresalía de ella y cubría ciertas superficies que no por ello habían quedado protegidas de la contaminación. Cuando lo tenía entre manos, le echó un vistazo de pasada, y, obnubilado por el pánico, no acertó a pensar que tuviera importancia por sí mismo. Lo devolvió a su posición correcta antes de acabar con la limpieza general.

Para colmo de males, a Ted seguía haciéndole falta un microbio del tipo P. coli para el trabajo que estaba a punto de emprender con Bruce. Después del incidente ya no quedaba ninguno. Como había que explicarlo de algún modo, hurgó en los cajones de Frank en busca de un bolígrafo, y, en cuanto lo hubo encontrado, corrió a la zona de refrigeración. Hojeó la lista a toda prisa para encontrar la localización habitual de P. coli, y dirigió la cámara a la ranura, acercándola lo bastante para poder leer el rótulo: tenía escrito el nombre de Frank.

No le quedaba más remedio que explicar dónde había dejado Frank la muestra, puesto que no había cambiado el rótulo. Manejó el brazo mecánico con tanta torpeza como tiento, deseando ser la mitad de hábil que el difunto con aquel dispositivo. En cuanto tuvo el rótulo bien cogido, lo dejó en la ventanilla de descontaminación y escribió rápidamente en un rótulo en blanco: «Muestra contaminada por rotura del tubo. Neutralizada y destruida el…» Hizo una pausa para calcular a qué fecha correspondía el día anterior a la muerte de Frank, y, una vez incluida en la nota, concluyó el proceso poniendo las iniciales de Frank en la línea de firma. Colocó el rótulo falsificado en la ventanilla y lo cogió con el brazo mecánico, logrando introducirlo en la ranura indicada a base de laboriosas maniobras. Cogió el rótulo original y, sacándolo de la ventanilla desinfectante, lo tiró a la misma bolsa en que había metido los papeles sucios. Si alguien preguntaba por qué no constaba en el registro diario la destrucción de un microbio vivo, Ted diría la verdad: que más de una vez Frank había dejado para el viernes la labor de pasar a limpio todas las notas personales que había ido reuniendo a lo largo de la semana.

Puso al máximo el ventilador y abrió la puerta principal para disipar el olor a antiséptico, que tardó unos minutos en quedar reducido al vago trasfondo que siempre se percibía en el laboratorio, dado que no pasaba un

solo día sin que se usase entre sus paredes alguna solución antibacteriana.

Mientras sellaba la parte superior de la bolsa de plástico, oyó unos golpes tímidos en la puerta principal del laboratorio, seguidos por una voz de mujer que no supo identificar:

–¿Hola?

Tras ocultar la bolsa a toda prisa debajo de la mesa que le caía más cerca, Ted volvió a examinar la zona que había limpiado, concluyendo que no había nada que llamara la atención a primera vista. Dándose cuenta de que estaba un poco despeinado, se arregló el pelo con un gesto rápido de la mano, y, antes de enfrentarse a aquella visita inesperada, se alisó la bata, que estaba llena de arrugas. Después se pasó la manga por la frente para enjugarse el sudor; le había caído una gota en el rabillo del ojo, y se la quitó con la punta de uno de sus dedos enguantados.

Tras dar media vuelta y fijarse en la intrusa, Ted le dirigió su más encantadora sonrisa: no era precisamente el grandullón de Bruce, sino una guapa pelirroja que aparentaba unos treinta años, probablemente la mujer de la que le había hablado el guardia de seguridad. Ted seguía teniendo el corazón a cien, y procuró tranquilizarse respirando hondo antes de propinar una cálida acogida a la desconocida.

–Buenos días. ¿Puedo ayudarla en algo?

–Es posible. Busco al director, el señor Cummings.

–Pues ha tenido la suerte de encontrarlo -contestó Ted, gratificado por la alegría que leyó en el rostro de su interlocutora.

Ésta le tendió la mano.

–Encantada -dijo-. Me llamo Caroline Porter. Se supone que había quedado aquí esta mañana con una colega. Tenemos algunos objetos pendientes de análisis en el laboratorio, pero he entrado hace un rato y el guardia de seguridad me ha dicho que antes tenía que comentárselo a usted.

¡He estado buscándolo como loca por todo el edificio!

Antes de dar la mano a Caroline, Ted se quitó el guante con parsimonia y lo echó al contenedor destinado al efecto.

–Lo siento -dijo. Echó un vistazo alrededor, asegurándose una vez más de que no se notara que acababa de limpiar-. Tenía mucho que hacer -

prosiguió, esforzándose por disimular su nerviosismo.

Contempló a la joven de pies a cabeza, procurando despojar su mirada de toda lascivia, y tomando nota mentalmente de hasta qué punto podía

constituir una amenaza. Era una mujer algo por debajo de la estatura media, de constitución normal, guapa sin ser muy llamativa, y con una sonrisa sumamente agradable. Su manera de vestir era sencilla y más bien informal.

Tras someterla a observación durante unos segundos, Ted concluyó que no corría peligro de que aquella mujer lo descubriese; eso sí, suponía una traba considerable para la finalización de su trabajo de limpieza, y había que deshacerse de ella. Intentaría resolver su problema lo antes posible.

–¿De qué objetos se trata? – preguntó, tratando de adoptar un tono servicial.

Caroline trazó unas líneas con la mano, largas y próximas las unas a las otras.

–Unos tubos grandes de tierra. Estamos completando unas excavaciones arqueológicas que requieren análisis de suelo, y la parte química va a hacerse aquí. Ha querido la suerte que fuera bajo la dirección de Frank -

añadió, frunciendo el entrecejo.

–La mala suerte, diría yo. Han topado ustedes con una situación algo inoportuna, por no decir otra cosa. – Quiso mostrarse conmovido-. ¡Qué tragedia! Era un buen trabajador, y lo echaremos de menos. Justamente estaba echando un vistazo a algunas cosas que empezó para mí. No sé cómo voy a arreglármelas sin él.

Caroline, que se sentía incómoda hablando de alguien a quien apenas conocía, devolvió educadamente la conversación a su cauce diciendo:

–Quizá pueda usted ayudarme a averiguar dónde están almacenadas nuestras muestras. Deberían estar refrigeradas; además, eran bastante grandes, como un metro de largas y diez centímetros de diámetro.

–¿Cuántas eran?

–Cincuenta y cuatro.

–¡Caramba! ¡Son muchas! No pensaba que tuviéramos sitio para tanto material.

–Lo trajeron todo aquí, y no hemos recibido notificación de que se trasladaran a otra parte; aunque también puede ser que Frank las moviera y no le diera tiempo a avisarnos.

–Es muy posible, por desgracia. Dejó sin acabar bastantes cosas; pero todas las muestras para trabajo externo están almacenadas en esa cámara frigorífica de ahí. ¿Había algún motivo para someterlas a restricción biológica?

–Que yo sepa no -dijo Caroline.

–Entonces seguro que están ahí. Las otras áreas de almacenaje son todas para materiales restringidos. – Señaló unas unidades alineadas contra la pared del fondo del laboratorio-. Lo más lógico es buscar en esa zona.

–Pues empezaré por ahí -dijo Caroline, sonriendo-. Gracias por su ayuda; aunque antes tengo que ocuparme de una cosita -añadió. Al ver que la joven se acercaba a la zona que acababa de limpiar, a Ted se le aceleró el pulso; y, cuando la vio señalar el círculo de tela del microscopio, notó un temblor en las piernas y un nudo en la garganta. Caroline dejó el bolso en el suelo y explicó-: Lo sacamos de bajo tierra en una de nuestras prospecciones. Lo estuvimos mirando el jueves, justo antes de que Frank, esto… falleciera. Hizo un par de cosas con el ordenador y nos creó unos archivos de mareaje. Probablemente fuera su último trabajo en el laboratorio.

¡Estaba tocando la tela, intentando quitarla de la placa! ¿Por qué no llevaría guantes? Ted se acercó a ella, tratando de idear alguna manera de que no tocara la tela; pero era demasiado tarde: sus dedos ya habían entrado en contacto con ella.

–¿Encontraron algo interesante? – preguntó Ted, casi sin oírse a sí mismo.

–Al principio no, pero luego dimos con un microbio la mar de gordo.

No llegamos a identificarlo, pero Frank nos aseguró que lo investigaría para nosotros. Marcó el microbio de verdad con colorante para que nos fuera más fácil localizarlo. Seguro que cuando volvamos a Estados Unidos nos hará pasar un buen rato.

Ted Cummings se las arregló para contener sus náuseas, pero no se le dio tan bien con las rodillas; sin embargo, Fortuna le fue proclive: cuando estaban a punto de doblársele, Caroline se volvió hacia la puerta en respuesta a una voz que la llamaba por su nombre, y no advirtió la congoja de Ted. Éste alzó la vista una vez recuperado el equilibrio, y vio entrar a una mujer alta; mientras se cogía al respaldo de una silla, oyó a Caroline saludarla.

–Siento haber tardado tanto -dijo la recién llegada-, pero es que lo he pasado fatal para convencer al departamento de contabilidad de que tienen que emplear el cambio de cuando lo cargaron en cuenta, no el del día en que

les sale más a cuenta. Ya ves, he tenido que ponerme a explicar conceptos de matemática y cambio de divisas a un empleado de lo más pelma.

–Eso se llama suerte.

–¡Tú dirás! ¡Y nosotras que pensábamos que en nuestro país las cosas iban mal!

Ted, todavía tembloroso, se irguió y, haciendo un esfuerzo tremendo por recobrar la compostura, dio un paso adelante para presentarse. Al tender la mano, sonrió con una amabilidad exagerada, pero la mujer que tenía delante mantuvo su reacción en los límites de la más estricta profesionalidad.

–¿Cómo está usted? – se limitó a decir Janie, estrechando brevemente la mano de Ted. Éste carraspeó y dijo con nerviosismo:

–La señorita Porter me ha explicado lo de sus muestras, y le he enseñado por dónde pueden empezar a buscarlas. No duden en consultarme si creen que puedo ayudarlas en algo más.

Janie y Caroline le dieron las gracias y se dirigieron a la zona de almacenaje.

Ted se sentó y esperó a Bruce, con la sangre corriéndole por las venas a velocidad literalmente vertiginosa. ¿Qué diría a Bruce cuando llegara? «Lo siento, muchacho, pero me parece que me está dando una miniapoplejía…

Me ha surgido un problema, aunque ahora mismo no puedo decirte de qué se trata.» Mientras tanto, al fondo del laboratorio, oía hablar a las dos visitantes que registraban la zona de almacenaje refrigerado. Lo normal habría sido acompañarlas y vigilar que todo transcurriese según las reglas, pero Ted seguía pegado a su silla, viva imagen de la reacción humana al estrés: sudaba, le martilleaba el corazón y sentía unas náuseas horribles.

Para colmo, su oído lo traicionaba; oía hablar a las dos americanas, pero no distinguía sus palabras. El pánico le impedía concentrarse en nada concreto.

Janie y Caroline no tardaron en volver.

–Falta parte de nuestro material -dijo Janie-. Hemos contado las puntas que sobresalían; nuestros tubos son mucho más largos que todo lo que hay almacenado, y nos ha sido fácil localizarlos, pero los hemos contado tres veces y no pasan de cuarenta y ocho.

–¡Cuánto lo siento! – dijo Ted, alegrándose en secreto de que hubiera surgido una distracción.

Janie se lamentó.

–Si fuera uno lo entendería, pero ¿seis?

–Ya he dicho a la señorita Porter que es muy posible que los hayan trasladado -dijo Ted-. No tenemos mucho sitio. Mire, todavía me parece oír a Frank hace unos días, cuando dijo que iba a reorganizar las unidades de almacenamiento. Era una de tantas medidas encaminadas a tener listo el laboratorio para una serie de investigaciones bastante complejas que estamos a punto de iniciar. Hay uno de mis colegas que quizá sepa algo de los traslados; va a participar a fondo en un experimento que se efectuará en este laboratorio, y sé que necesitaba más espacio.

–¿Podríamos hablar con él? – preguntó Janie.

Ted consultó su reloj de pulsera y, manteniendo las formas a pesar de los nervios, dijo:

–Se supone que viene hacia aquí; debería de estar al caer.

–¿Podemos esperarlo?

Esto se está poniendo demasiado complicado, pensó Ted, que contestó con cierta frialdad:

–Si quieren…

En el momento mismo en que acababa de asentir a regañadientes, se abrió la puerta del laboratorio y Bruce Ransom protagonizó una irrupción teatral. Sus pantalones negros y camisa gris oscuro con corbata a juego le hacían parecer todavía más enjuto y espigado de lo que era. Como única concesión al uniforme profesional, había cubierto su ropa de calle con una larga bata de laboratorio, cuyo bolsillo llevaba prendida la tarjeta de identificación. Su revoltosa cabellera negra le caía en suaves ondas sobre el cuello de la bata, y casi daba la impresión de haber salido a la calle sin molestarse en echar mano al peine. Ted solía decirle que parecía más un músico de jazz que el director adjunto de un centro de investigación médica de alta seguridad controlado por el Gobierno.

–¡Ah! ¡Aquí está!

–Perdona, Ted -dijo Bruce, jadeante-; es que quería acabar de poner por escrito este esbozo antes de empezar el trabajo de hoy. – Mostró la carpeta al director-. Al final lo he conseguido…

Dándose cuenta de la presencia de dos desconocidas, pensó con alivio:

«Ted no me acusará de llegar tarde habiendo gente delante…»

Echó un vistazo a las dos mujeres; parecían esperar a alguien, y, por su actitud expectante, se le ocurrió que acaso ese alguien fuera él. La más alta de las dos le sonaba de algo; se preguntó si se habrían visto antes. Registró

su memoria en busca de algún indicio, pero el primer intento no desembocó más que en vagos destellos de reconocimiento, nada lo bastante sólido para dar pie a una identificación. Bonitas piernas. Advirtió entonces que también ella lo estaba mirando, sometiéndolo a un atento examen hasta detener la mirada en la tarjeta de identificación, y sonriendo al leer el nombre.

–¡Dios mío! ¡Bruce Ransom! Estuvimos juntos en la facultad de medicina. Seguro que no te acuerdas de mí.

Bruce volvió a fijarse en ella, escrutando su rostro con un esbozo de sonrisa. Miró el pase sujeto al cuello de la camisa de Janie; no llevaba ningún nombre, sólo la fecha y hora de entrada.

–Pues la verdad es que me sería más fácil si también supiera tu nombre.

–Sí, claro; perdón -se excusó ella-. Janie Crowe, aunque me conocerías por Janie Gallagher.

–¿Crowe? – dijo Bruce con una sonrisa divertida-. En los últimos dos meses hemos recibido cientos de faxes tuyos.

A Janie no pareció divertirle tanto.

–Me lo habéis puesto negro para conseguir la autorización del laboratorio. Ya debéis de saber hasta el número que calzo.

–Bueno, sorprenderme no es que me sorprenda, pero no ha sido cosa mía, así que no estoy al tanto. Las autorizaciones salieron de mi departamento, pero no me ocupo de ellas personalmente. La que procesó tu solicitud fue una de las secretarias de mi despacho. No tenía ni idea de que fueras tú; como te has cambiado el nombre…

–No sólo el nombre. Desde la facultad de medicina han pasado veinte años.

–No me lo recuerdes -dijo Bruce con una sonrisilla-. Preferiría evitar el tema.

–¡Venga ya! ¡A mí con ésas! Resulta que sé la edad que tienes, y estás estupendo.

–Tú también -Bruce la miró de pies a cabeza-. ¡Qué sorpresa! Bueno, ¿y qué te trae al instituto?

Janie suspiró.

–Es una historia muy larga de contar; larga, triste y no especialmente interesante. Baste decir que he tenido que cambiar de profesión. Estoy haciendo una prospección arqueológica para conseguir el título de forense y he traído aquí unas muestras de tierra para analizarlas. Frank iba a

supervisar el trabajo. Veníamos a ver si conseguíamos que se nos asignara otro técnico; me refiero a Caroline y yo… -Señaló a su ayudante, que sonrió y contestó con un saludo al gesto de cabeza de Bruce-. Caroline trabaja conmigo en este proyecto. Bueno, pues resulta que nos hemos dado cuenta de que faltan algunas muestras. Se supone que hay cincuenta y cuatro, y sólo hemos encontrado cuarenta y ocho. Estamos con el agua al cuello, y tenemos que agilizar los trámites. Estamos intentando averiguar dónde podrían haberlas trasladado, y aquí tu colega -dijo, señalando a Ted- nos ha dicho que iba a venir alguien que quizá supiera dónde están.

Bruce miró a Ted.

–Apuesto a que ese alguien era yo. – Ted asintió con la cabeza.

–Como solías trabajar con Frank, he pensado que podrías tener algún dato de primera mano que a mí me falta. Recuerdo que Frank me dijo que estaba reorganizando las unidades de almacenamiento para cuando empezásemos el nuevo proyecto.

–Es verdad -dijo Bruce-, pero no sé exactamente qué hizo o hasta dónde llegó antes de morir; sólo sé que lo estaba haciendo.

Janie suspiró sin ocultar su contrariedad.

–Pues me parece rarísimo que ayer, cuando estuvimos aquí, no hablara del tema en ningún momento.

–¿Cuándo se suponía que ibais a empezar los análisis?

–El lunes.

–Entonces es posible que trasladara las muestras temporalmente y planeara devolverlas a su sitio antes del lunes; de ser así, no habría tenido ningún motivo para hablar de ello. Es verdad que Frank era un despistado, pero hacía las cosas a su manera, y al final, no sé cómo pero nunca dejaba nada pendiente.

Bruce miró a Ted como si buscara refrendo a su afirmación sobre los hábitos de trabajo del difunto técnico de laboratorio. El director asintió con la cabeza.

Janie empezó a notar que la frustración se le convertía en enfado. Están saliendo mal demasiadas cosas, pensó. Parece que esté gafado el proyecto.

Cuando tomó la palabra, lo hizo con un tono cuya dureza no parecía venir al caso.

–Todo eso está muy bien; no dudo de que las trasladara con las mejores intenciones, y hasta estoy dispuesta a creer que las habría devuelto a su sitio

el lunes a primera hora. – Repartió sus miradas entre Bruce y Ted-. Por lo visto los dos confiaban mucho en él, así que tendré que aceptar su explicación. – Una sonrisa algo sardónica apareció en su rostro-. Y hasta agradecerla. Por desgracia, su excelente explicación de por qué los tubos no están aquí no resuelve el problema de encontrarlos y devolverlos a su lugar.

Bruce y Ted se miraron, jugándosela mentalmente a cara o cruz. Al verlos, Janie pensó: A ver a cuál de los dos le toca enfrentarse a la loca.

La moneda quedó en el aire. Bruce volvió a mirar a Janie y dijo:

–Te los buscaré con mucho gusto; hay pocas opciones de traslado.

–Te lo agradecería mucho, Bruce. Nos queda muy poco tiempo, y me molestaría bastante tener que perderlo con algo así.

–Ningún problema. Me alegrará hacerlo por ti, aunque a lo mejor tengo que dejarlo para dentro de un par de horas. – Miró a Ted de reojo antes de añadir-: Ted y yo tenemos un par de cosas pendientes. Cuando acabemos…

Para sorpresa de Bruce, Ted lo interrumpió:

–Podemos dejarlo para dentro de unas horas; ignoro hasta qué punto progresó Frank en los preparativos, y me iría bien quedarme un rato en el laboratorio para averiguarlo. No tiene mucho sentido seguir sin saber cómo está el trabajo de base.

Bruce volvió a mirar a Ted, arqueando esta vez las cejas con curiosidad.

–¿Estás seguro?

Ted sonrió, pensando con alivio: Segurísimo.

–Nos retrasará un poco el trabajo, pero la verdad es que de todos modos ya estaba bastante parado, con el funeral y demás. La mayoría del personal querrá estar presente, y no creo que nos venga de un par de horas. Además, ha surgido otro problema; mientras te esperaba he ido al congelador para recoger la muestra de P. coli, y mira si hemos tenido mala suerte que está destruida; parece que en el tubo había una fisura, y Frank lo tiró. Dejó un indicador explicándolo, pero no he encontrado ningún indicio de que encargara otra muestra antes de morir.

Henchida de satisfacción, Janie dijo:

–Pues nada, solucionado. – Se volvió hacia Bruce-. ¿Cómo te localizo?

Bruce se sacó la cartera del bolsillo trasero de los pantalones y, tras hurgar un buen rato en sus papeles, acabó sacando una tarjeta y tendiéndosela a Janie.

–Ten mi número de teléfono. ¿Por qué no me das el tuyo?

Janie extrajo un pequeño bloc de notas del bolso y apuntó el teléfono del hotel.

–Hay buzón de voz; si no estoy, dejas un mensaje y ya está. Prometo contestarte enseguida.

–Vale. – Bruce volvió a mirar a Ted-. Empiezo ahora mismo. – Miró su reloj de pulsera-. ¿Te parece que quedemos aquí más tarde, como a las dos y media?

Ted asintió.

–Lo que sí tenemos que hacer -dijo Janie- es apuntar los números de identificación de las muestras que hemos encontrado y compararlos luego con la lista en el hotel. No he pensado en traerla.

–Perfecto; entonces hablamos más tarde.

–Será un placer -dijo Janie.

Antes de marcharse, Bruce añadió:

–Me alegro de que nos hayamos visto después de tantos años.

Janie sonrió.

–Yo también.

De camino a su despacho, Bruce caviló, algo perplejo, sobre los extraños acontecimientos de la mañana. Una vez repasado mentalmente su encuentro con Janie, tuvo una intuición mucho más interesante que se le había pasado por alto en medio del ajetreo. ¿Cómo es que Ted no estaba rabiando?, se preguntó. Follones como aquél solían volverlo loco. Bruce tuvo ganas de decir al impostor que se había quedado en el laboratorio:

«¿Quién eres, y qué has hecho con Ted?»

Sentado junto al microscopio en que se había producido el desastre, Ted esperaba a que las dos mujeres se marcharan y le dejasen concluir su limpieza. Antes de que se hubiera tranquilizado del todo, Caroline volvió de las unidades de almacenamiento y le dijo:

–Otra cosa. Casi me olvido: tengo que llevarme a Gertrude.

–¿Gertrude? – preguntó Ted.

Caroline se volvió hacia el microscopio y extrajo de su bolso una bolsita de plástico.

–El microbio que Frank encontró en la tela; le pusimos el nombre de la abuela de Janie.

Ted se levantó de un salto y corrió hacia Caroline con las manos tendidas, queriendo evitar que tocase la tela.

–Deje que la ayude…

Confiando en no exteriorizar el pánico que crecía en su interior, procuró avanzar hacia la joven sin aspavientos, pero no fue lo bastante rápido: Caroline ya había cogido la tela, y no había nada que hacer.

–Gracias, ya me las arreglo sola. Lo meteré en esta bolsa, la sellaré y la guardaré en la misma unidad que los tubos. – Sonrió al director-. ¡Espero que esta vez no haya traslados!

Nunca me acostumbraré a las mujeres independientes, se lamentó Ted.

Tragó saliva y, sin decir nada, siguió atentamente los movimientos de Caroline, tomando nota de la colocación exacta de la tela en la unidad de almacenaje con la intención de recuperarla más tarde.

Resolvió no apartarse ni un ápice de la más exquisita corrección, con notable éxito, teniendo en cuenta el volumen de adrenalina que circulaba por sus venas. Volvió a sentarse y cerró los ojos con la esperanza de abrirlos después de unos minutos y descubrir que la pesadilla se había disipado. Le pareció poco probable.

–¡Qué pequeña se ve! – dijo Janie. Casi daba lástima ver aquella bolsita perdida en el entramado de cables cubiertos de plástico que precedía a los tubos de tierra-. Quizá sea mejor que nos la llevemos. Por hoy ya hemos perdido bastantes cosas.

Caroline miró la unidad de almacenaje.

–Tienes razón -dijo.

Se metió en el bolso la bolsa de plástico sellada.

Por la noche, antes de salir del instituto, Ted volvió disimuladamente al laboratorio para hacerse con la tela. Se proponía quemarla, acabar de una vez y para siempre con su desastroso potencial. Si le preguntaban dónde estaba se haría el tonto, y no volvería a darles la oportunidad de buscar por ellas mismas.

Pero al abrir la unidad de almacenaje, no vio aparecer la codiciada presa en la sección donde Caroline la había dejado ante sus propios ojos.

Inquieto, registró una serie de contenedores y cajas adyacentes, pero no encontró nada. Tardó unos minutos en rendirse y devolver los objetos a su colocación inicial, ya que no quería dejar indicios de su paso.

Se preguntó si Caroline lo habría movido de sitio, o si era él el que se acordaba mal. Quizá su memoria, embotada por el pánico en el momento en que Caroline depositaba la bolsita de plástico en la unidad, no hubiera