La plaga
Treinta y Dos
Al anochecer empezó a encontrarse mal; tenía las articulaciones cada vez más rígidas, y los miembros le pesaban como piedras. Se tendió encima de la paja y se tapó con la manta, preguntándose si volvería a levantarse algún día. Intentó prepararse para el rápido declive que, según sabía, se hallaba a la vuelta de la esquina. Empezaron a dormírsele los dedos de las manos y los pies, y la peste acabó en breves momentos con toda su capacidad visual. Ya más entrada la noche, empezó a perder la lucidez, hasta el punto de que por la mañana no fue capaz de contestar a Kate, que lo estaba llamando.
TREINTA Y DOS
Rosow seguía sin encontrar pistas nuevas, y no había indicios visibles del paso de seres humanos por los bosques contiguos al campo. Todos los demás equipos habían salido en otras direcciones, y el teniente empezaba a pensar que quizá conviniera retirar al suyo de la zona y enviar un nuevo boletín de búsqueda. Cuando estaba a punto de dar la orden de regresar a la furgoneta, vio a uno de sus hombres señalar una casa de piedra aislada que se divisaba a lo lejos entre los árboles. ¿Por qué iban a darles acogida justo en esa casa?, se preguntó Rosow; aun así, decidió que valía la pena acercarse, visto que la distancia era corta. Sería su última operación en la zona, a menos que diera resultado. Al mando de su equipo de hombres de verde, Rosow volvió a internarse en el campo en dirección a la casa.
Después de una noche tan agotadora, arrastrar el cadáver de Ted no resultó tarea fácil. Janie y Bruce lo trasladaron medio en andas medio a rastras por el suelo de tierra, ramas y bellotas, procurando no perder tiempo.
Tuvieron que enfrentarse una vez más al viento que soplaba entre los robles, y que había adquirido una violencia casi inconcebible: sus aullidos parecían querer despertar a los miles de muertos enterrados bajo la superficie del campo de Sarin. Ya en la sala principal de la casa, y con la bolsa-sudario hecha trizas, dejaron caer el cadáver con un ruido sordo y corrieron hacia el pequeño dormitorio.
Sentaron a Sarin en su cómoda butaca, colocando al perro a sus pies.
Bruce envolvió a Caroline con una manta y, tras echársela al hombro, se dirigió a la puerta, seguido a pocos pasos por Janie.
–¡Lo esencial es que no nos olvidemos nada! – exclamó, al tiempo que agachaba la cabeza para no chocar con la puerta.
Janie ya llevaba consigo cuanto juzgaba necesario: medicamentos y utensilios, el botellín de agua amarilla y la bolsita de polvo gris. Se reunió con Bruce, que estaba luchando contra el viento; éste, no satisfecho con intentar alejarlos de casa de Sarin, había invertido su dirección para evitar que se alejaran de ella. Bruce y Janie se abrazaron y, cogiendo con fuerza sus respectivas cargas, embistieron hacia adelante como una masa compacta, guiada por una única voluntad. Una vez junto al coche, Bruce depositó a Caroline con cuidado en el asiento de acras y la tapó de pies a cabeza con la manta.
–Me quedo con ella -dijo jadeante.
Janie asintió y, después de entregarle lo que había sacado de la casa, dio media vuelta y salió corriendo a toda velocidad, igual que había hecho para recuperar el maletín; esta vez, sin embargo, no sacaba sus fuerzas del miedo, sino de la euforia: veía el triunfo a su alcance, y estaba dispuesta a todo con tal de conseguirlo. Previendo la fuerza del viento, se abalanzó contra la abertura, pero, excepcionalmente, no encontró resistencia, y cayó rodando sobre el camino que llevaba a la casa. El viento había cesado, y no parecía ir a soplar nunca más.
Al entrar en la casa estuvo a punto de chocar con el dintel. Pasó junto al cadáver de Ted, tirado en el suelo como un saco de patatas, y fue directamente a la habitación en que habían dejado a Sarin y su perro. Antes de prender la cerilla, susurró al anciano:
–Gracias. ¡Le debo tanto!
Después frotó el extremo de la cerilla contra la repisa de la chimenea y acercó la llama a uno de los manojos de hierbas que colgaban de una viga resquebrajada.
Esperó lo justo para asegurarse de que el fuego hubiera prendido. Al dar media vuelta, vio el libro de Sarin en la mesita de noche, y lo cogió al vuelo antes de salir corriendo hacia la puerta. Cuando llegó al coche, vio que Bruce ya había puesto el motor en marcha; en cuanto estuvo instalada en el asiento del copiloto, arrancaron, levantando un torbellino de bellotas.
Rosow se quedó estupefacto al ver las llamas que atravesaban el techo de paja de la casita, avivadas por un furioso vendaval que parecía salido de la nada. Alrededor de él y sus hombres, todo estaba en calma, y le pareció incomprensible la idea de un viento tan aislado, tan dirigido. El mero hecho de pensarlo le daba escalofríos.
Dado que a su equipo le faltaban unos cientos de metros para llegar a la casa incendiada, les hizo señas de que corrieran, y exclamó:
–¡Rápido!.
Cuando llegaron, el edificio entero era pasto del fuego, y desprendía un calor considerable. Los agentes se mantuvieron lo bastante lejos para que sus uniformes de plástico no se fundieran, y asistieron al derrumbe final del techo.
Bruce llevó a Caroline, envuelta con la manta, por la estrecha escalera del edificio Victoriano donde residía.
–Metámosla en cama -dijo a Janie-, y después podremos usar un tubo.
Janie había llevado al apartamento la medicina y el tubo de plástico, y, tras ocuparse de la enferma, fue a la cocina para limpiar el interior del conducto.
–Seguimos teniendo la posibilidad de usar un embudo, si dispones de uno -dijo-. Debería ser de punta estrecha, para poder meterla en el tubo.
Bruce abrió un cajón y sacó un embudo pequeño de plástico. Janie intentó meterlo en un extremo del tubo, pero el diámetro excedía ligeramente la medida necesaria.
–¡Mierda! – dijo Janie-. Vamos a tener que hacer cortes en el tubo para ajustarlo al embudo.
Lo hizo con unas tijeras, hasta que el embudo entró sin problemas.
Bruce encontró algo de cinta adhesiva blanca y reforzó la junta.
–Muy bien -dijo Janie con tono resuelto-. Y ahora, a metérselo por la garganta.
Bruce sujetó a Caroline mientras Janie le introducía poco a poco el tubo por el esófago hasta llegar al estómago. En cuanto estuvo colocado, él pegó el embudo con cinta a la pared, lo bastante alto para provocar un efecto de goteo por gravedad, y vertió en él el contenido del cuenco.
Janie y Bruce permanecieron de pie junto a la enferma, observando cómo el líquido gris se deslizaba por el tubo y entraba en el cuerpo de Caroline. Cuando el nivel empezó a bajar, Janie mezcló cuatro «nudillos»
más de polvo con el líquido amarillo que cabía en el «cuenco de la mano», e introdujo la mezcla en el embudo. Fueron mezclando y rellenando por turnos hasta que casi no quedo polvo gris. Una vez finalizado el gota a gota medicinal, Janie llenó el embudo de agua varias veces y dejó que el fluido
vivificador devolviera a Caroline lo que había perdido. Después se sentó al borde de la cama.
–Ahora a esperar -dijo con un hilillo de voz; y, dejando caer la cabeza entre las manos, añadió-: Estoy agotada. De lo único que tengo ganas es de dormir.
–Pues acuéstate -sugirió él-. A Caroline no le importará; de hecho, ni se dará cuenta.
Dicho y hecho. Janie y Bruce se tumbaron uno a cada lado de la enferma y prestaron su calor a quien había quedado reducida a sombra de sí misma. Poco antes de conciliar un sueño reparador, unieron sus manos por encima del cuerpo de Caroline y percibieron lo trabajoso de su respiración.
Cuando despertaran, sabrían si «cuatro nudillos y el cuenco de una mano»
valían lo que el pelo del perro del refrán.
Janie oyó que alguien la llamaba y creyó estar soñando. Levantó la cabeza del cojín y se incorporó sobre un codo. Caroline seguía tendida e inmóvil entre ella y Bruce, pero tenía los ojos abiertos, y estaba tratando de articular unas palabras.
Se levantó y sacudió a Bruce por el hombro.
–¡Bruce! – exclamó-. ¡Despierta! ¡Está intentando hablar! ¡Dios mío, creo que ha funcionado!
La voz de Caroline era poco más que un jadeo.
–¿Dónde estamos? – preguntó.
Janie le cogió la mano.
–Chis. Si te duele, no hables.
Pero Caroline no estaba dispuesta a callarse.
–Me parece que he estado muy enferma. He soñado cosas increíbles…
Cuando empezaron a hablar de ello, hizo falta más de una hora para atar los cabos de la historia. No faltaron lágrimas, suspiros de alivio, exclamaciones histéricas ni, sobre todo, la desbordante alegría de saber que habían sobrevivido sin graves perjuicios. Repasaron todos los detalles, demorándose hasta en los incidentes más nimios que les había deparado el destino.
–Estoy agotada -comentó Janie, cuando ya no quedó nada por aclarar.
–Y yo hambrienta -dijo Caroline, para solaz de sus enfermeros.
Janie y Bruce fueron a la cocina a preparar un almuerzo sencillo para su paciente. Al echar un vistazo al calendario digital que Bruce tenía colgado
de la pared, Janie vio algo en la fecha y hora que le llamó la atención, pero estaba demasiado atareada para concentrarse en ello. Mientras seguía con su placentera ocupación de cuidar a Caroline, siguió picándole la curiosidad, hasta que por fin cayó en la cuenta de cuál era el motivo de su inquietud.
Entonces apoyó la mano en el mármol para no perder el equilibrio.
–¡Cielo santo, hoy hace cuatro semanas que Caroline está en el país! ¡Y
no le han tomado las huellas! – No veía la hora de hacer las maletas-.
¡Tenemos que conseguir un vuelo para hoy!
–No digas tonterías, Janie. Aún está enferma. ¿Cómo quieres que pase por el control de embarque? ¡Y en cuanto averigüen lo sucedido, la aislarán para siempre!
Janie estaba histérica.
–Que ellos sepan, a mí tampoco se me han tomado las huellas.
Dejo la bandeja a un lado y se quedó mirando a Janie.
–¿Cómo que no? ¿Y en Leeds qué?
–¡En Leeds le tomaron las huellas a Ethel Merman, no a Janie Elizabeth Gallagher Crowe! Dios santo, ¿qué vamos a hacer? Como no se nos ocurra algo, del arresto no nos salva nadie.
–¡Diantre! – exclamó Bruce-. No sé si funcionará, pero por probar que no quede.
Salió de la cocina, fue al estudio y encendió el ordenador sin perder ni un segundo. Tras introducir su contraseña, entró en la red del instituto, como solía hacer casi a diario para consultar su agenda antes de ir a trabajar; no había, pues, nada de sospechoso en ello, si bien normalmente no iba más allá de unas pocas consultas sin trascendencia. En cambio, lo que se proponía hacer en aquel instante constituía un delito, uno más que añadir a la larga lista de los que había cometido en los últimos días.
–Voy a intentar reasignar a Caroline las huellas corporales de otra persona; después probaré a cambiar el nombre de las tuyas para que puedas utilizarlas a la hora de salir de Inglaterra. Como mínimo ganaremos algo de tiempo.
–¿En serio que puedes hacerlo?
–Debo de ser la única persona con vida capaz de ello. – Pulsó unas teclas del ordenador e inició la búsqueda de huellas para Caroline-. ¿A qué hora pasaste por el Infodoctor?
–Hacia mediodía.
–Bien, pues si hoy a la misma hora sigues en el país, la policía biológica recibirá orden de detenerte y tomarte las huellas corporales. Tenemos que hacer el cambio antes de las doce.
–Si intercambias identidades, ¿cómo puedes saber que la otra persona no está de viaje justo hoy, o haciendo algo que requiera pruebas de que la han tomado las huellas?
–Cogeré el archivo de alguien que ya esté muerto. El proyecto en el que estoy trabajando me permite acceder a millones de huellas. Algunas no corresponden a ciudadanos británicos; adquirimos muestras de todo el mundo para disponer de una selección que fuera aleatoria de verdad.
Janie pensó en su hija. Betsy… tu huella circula por la red mundial…
–No sabía que pudieran «adquirirse» huellas -dijo con un sosiego que tenía algo de inquietante.
Bruce, enfrascado en su tarea y entusiasmado por lo que estaba haciendo, limitó su respuesta a una breve explicación.
–Durante los últimos años el instituto ha comprado los derechos de acceso a varios millones de huellas con fines de investigación, hasta de Estados Unidos. ¡Para que luego hablen de intimidad!
El nombre de Betsy volvió a resonar con fuerza en la mente de Janie.
–Bruce, lo que me dijiste en Leeds, lo de hacer que se muevan las huellas… ¿Podrías enseñármelo?
A Bruce la pareció extraño que Janie quisiera ver una demostración de la técnica que estaba desarrollando, sobre todo en un momento crítico como aquél. Percibió algo en la pregunta que lo hizo vacilar.
–¿Puedes encontrar una huella concreta? – insistió Janie.
Bruce acabó por darse cuenta de lo que se le pedía.
–Janie -dijo con toda la dulzura y compasión de que fue capaz-, no sé qué decirte… Podría ser muy traumático… Ya tienes bastantes problemas…
–Bruce, por favor, sólo quiero ver a mi hija. Era muy joven, y no tuve ocasión de despedirme de ella.
–Janie, te ruego que lo pienses bien. Está muerta. Aunque pudieras verla y decirle adiós, no te oiría. Además, sólo compramos las huellas, sin nombres. Cabe la posibilidad de que sea imposible localizarla.
Janie reiteró sus súplicas.
–Por favor, sólo un intento.
Bruce emitió un hondo suspiro. Aun dándose cuenta de que corría el riesgo de arrepentirse más tarde, no tuvo valor para decir que no.
–De acuerdo. Dame la fecha, lugar y hora de su muerte. Después me hará falta una descripción física.
Janie se sobrepuso al dolor y evocó el aspecto que tendría su hija muerta.
–Pelo castaño, ojos azules… -dijo con tristeza-. Unos ojos preciosos, con pestañas largas y negras. ¡Lo celosa que estaba yo de esas pestañas…!
Interrumpió la descripción y, cerrando los ojos, visualizó el rostro de su hija.
–Sigue… -dijo Bruce con suavidad.
–Medía sobre el metro sesenta y cinco o sesenta y siete. O quizá llegara al metro setenta, no sé… Con lo rápido que creció el último año… Era como un potrillo, toda piernas, desgarbada y llena de energía; pero justo empezaba a tomar forma de mujer: se le había estrechado un poquito la cintura y le iba saliendo pecho… Me acuerdo de la vergüenza que le daba ponerse bañador. Creo que no acababa de acostumbrarse a su cuerpo. Para mí seguía siendo la hija más guapa del mundo…
Bruce miró el reloj.
–¿Cuánto pesaba? ¿Lo sabes?
–Lo normal, unos cincuenta y siete kilos, supongo. Ni gorda ni flaca. Lo justo.
–Para iniciar la búsqueda sólo falta la fecha, hora y lugar de su muerte -
dijo Bruce-. Si te acuerdas…
–¿Que si me acuerdo? – musitó Janie-. Nunca lo olvidaré.
Dio los datos a Bruce, quien, después de introducirlos, ordenó al programa empezar la búsqueda.
–¿Seguro que quieres seguir? – preguntó mientras esperaban los resultados.
–Segurísima -contestó Janie sin vacilar.
El ordenador informó de que había encontrado un archivo.
–No es seguro que sea ella -dijo Bruce mientras tecleaba unas cuantas órdenes.
Janie sonrió y dijo con calma:
–Creo que sabré verlo.