La plaga

Ann Benson · Capítulo 37 de 40

Páginas del PDF

La plaga

Treinta y Tres

La imagen de una joven fue formándose en pantalla, y Bruce pensó que parecía dormida. Lo sorprendió el parecido con su madre.

Janie tenía los ojos clavados en la pantalla.

–Es mi Betsy -dijo sin perder la compostura-. ¡Tan joven! – Tocó la pantalla susurrando-: ¡Betsy, pequeña mía! – Se volvió hacia Bruce-.

¿Puedes hacer que abra los ojos y sonría?

Él consultó el reloj de pared.

–Puedo intentarlo, pero aún es muy nuevo. No puedo estar seguro de que salga como quieres… -Tecleó una larga serie de órdenes-. Por favor, no te lleves una decepción si lo que ves no se ajusta a tus esperanzas…

Y entonces, como por arte de magia, la imagen pareció adquirir mayor suavidad, cuando, de hecho, sólo habían cambiado los ojos y la boca. Janie no sabía si reír o llorar.

–¡Bruce! ¡Casi parece viva!

–Si lo que querías era despedirte -dijo él con dulzura-, más vale que lo hagas ya.

Ella recuperó la compostura y tocó otra vez la pantalla.

–Adiós, cielo…

Bruce cerró el archivo, pasó un brazo por la espalda de Janie y dijo:

–Tenemos que introducir en el sistema unas huellas para ti y otras para Caroline.

Janie se secó una lágrima que se le había quedado en la puma de la nariz.

–Usa la de Betsy para Caroline -dijo.

–¿Estás segura? – preguntó él.

–Sí. Así su muerte habrá servido de algo.

Y seguirá viva en mi corazón, pensó para sus adentros.

A las doce menos cuarto, Bruce completó la operación y desconectó el ordenador.

TREINTA Y TRES

Alejandro se hallaba en casa de la madre Sarah, tendido en la cama de paja. A su lado, la pequeña Kate lo velaba con lágrimas en los ojos, viendo cómo la peste le llenaba el cuerpo de insidiosos venenos, y de aterradores delirios la cabeza . El médico se revolvía en sueños, moviendo los brazos con furia como si quisiera sacarse de encima el peso de su enfermedad y

lanzarlo a las profundidades de la noche, tan lejos, que nunca más volviera a atormentarlo.

Soñó. Soñó que corría como un animal herido por el trecho de bosque que rodeaba el claro, saltando por encima de las piedras y raíces que cubrían el camino. No se atrevía a mirar atrás, por miedo a perder velocidad y caer en manos de sus perseguidores; mayor, sin embargo, era el miedo a no saber cuánta ventaja les llevaba, y acabó por volverse hasta distinguir las dos amenazadoras siluetas que corrían tras él. Cada vez que miraba, le parecía tenerlos más cerca. En un esfuerzo desesperado por aumentar la velocidad de su carrera, alargó el paso e incrementó la cadencia de sus brazos, engullendo con avidez tremendas bocanadas de aire que le quemaban los pulmones. La laberíntica senda se deslizaba bajo sus pies a una velocidad vertiginosa, pero Matthews y Alderón seguían pisándole los talones, abriéndose paso por un sotobosque que a Alejandro le parecía cada vez más tupido e impenetrable.

Oyó el terrorífico chasquido de las flechas de madera que Matthews seguía llevando clavadas al pecho, creando un extraño contrapunto con los pasos retumbantes del fornido Alderón. ¡Estoy seguro de que este maldito camino era mucho más corto la última vez que lo recorrí! Ya deberían verse los robles a lo lejos… Pero lo único que tenía delante era un largo trecho de sendero, sin rastro de la puerta arbórea. El terreno se hizo más traicionero.

Las raíces y ramas parecían encresparse, como pequeñas garras de madera que tirasen de sus pies; por mucho que saltara, no pudo evitar tropezar con una piedra y caer de bruces.

Al desplomarse, todos sus huesos y articulaciones se resintieron del impacto. Se le llenó la boca de tierra y hojas secas. Tengo que escupir esta porquería; se me meten trochos de piedra por los dientes. ¡Qué ganas de vomitar! Dios, por favor, concédeme un traguito de agua…

Pese a todos sus esfuerzos, no conseguía escupir; una especie de barrera asfixiante le tapaba la cara, y no conseguía franquearla. La imposibilidad de respirar le produjo náuseas. Al final, el ansia de destrabar la lengua fue tan fuerte que engulló lo que tenía en la boca, visto que no había otra manera de impedir el ahogo.

Se vio incapaz de mover un músculo. Estaba pegado al suelo como una lápida antigua. Matthews y Alderón se sentaron a su lado con expresión

triunfante, y, mientras descansaban, trabaron con él una macabra conversación.

–En verdad, maese médico -dijo Alderón-, habría hecho bien en escuchar a mi familia. Por lo menos no habría perdido el tiempo con un judío charlatán. ¡Valiente provecho el que saqué de vuestros cuidados! Creí que el barbero era tonto, pero al menos tuvo la decencia de decirme que no había nada que hacer. ¡Más tonto fui yo al confiar en vos! El barbero no me sangró, ni me dio esos repugnantes eméticos; tampoco pretendió purgarme de humores malignos. Todo eso fue cosa vuestra, pero no alivió en nada mis dolores. – Se volvió hacia su espectral compañero-. ¿Tengo razón o no, Matthews?

–Sí -contestó el soldado.

–Y encima tenéis la desfachatez de sustraerme a mi reposo -prosiguió Alderón-, y obligarme a perseguiros por toda Europa antes de tener ocasión de hablar con vos cara a cara.

–Pero ¿es que no os dais cuenta? ¿No lo entendéis? – se defendió el médico, aterrorizado-. Admito no haber podido hacer nada por vos, y siento haberos torturado con mis curas, ¡pero vi la enfermedad dentro de vuestro pecho! ¡La toqué con mis manos! ¡Y algún día hablaré al mundo de la cosa dura y cruel que encontré en vuestro interior, y alguien lo bastante sabio sabrá qué hacer! Gracias a haber visto la enfermedad oculta en vuestro pecho, otros podrán seguir viviendo…

–Maese médico -dijo con gravedad el fantasma de Alderón-, antes de morir, mi último pensamiento fue desear más vida. Vos no pudisteis conseguírmela, y Dios no me la concedió. Lo primero que anhelé al llegar al otro lado fue descansar para siempre. Dios atendió mis súplicas, juzgándome bueno y decente. ¡Vos, vos perturbasteis ese descanso!

El médico estaba exhausto, y escuchó sin moverse las acusaciones de aquellos cuyos reproches más temía.

–Os suplico que me perdonéis…

–Yo también tengo algo que decir -intervino el soldado que acompañaba a Alderón-. ¿Quién sería tan loco como para confiar en un español, aun tratándose de un gentilhombre al servicio de mi rey? ¿Sabíais, maese médico, que el único en quien se cebó la cruel enfermedad fue Reed? Yo quedé libre de contagios, y, por muy convencido que estuvierais de lo

contrario, he venido a deciros que, de haberme dejado con vida, ahora mismo estaría jugando con mi hijo pequeño.

El espectro de Matthews se puso en pie y miró a Alejandro, que seguía paralizado por el terror.

–Vuestra supuesta destreza es una farsa. ¡No valéis más que una bruja!

¡Haríais mejor en servir al rey como bufón, para que todos pudieran reírse de vuestros míseros esfuerzos! Lo que habéis hecho, sin embargo, no es cosa de risa. Yo estoy muerto, mientras que vos seguís con vida.

Alejandro recuperó la voz y exclamó:

–¿Y qué queréis que diga? Maldigo mi ignorancia a diario, y lloro por las almas torturadas de aquellos a quienes atendí en vano. ¿Qué queréis que haga?

Las sombras desvaídas de quienes habían muerto en el transcurso del viaje de Alejandro empezaron a reunirse en torno a él: cinco valientes soldados que habían servido al Papa y muerto en Francia por la espada de su capitán, los judíos atormentados por los flagelantes, y, por último, su querido compañero Hernández.

–¿Y la dama? ¿Que diréis a la dama? – dijo Matthews.

Alejandro distinguió a lo lejos la silueta traslúcida de Adele, que flotaba hacia él. Al llamarla, se acercó, pero permaneció muda; seguía flotando, cada vez más cerca pero sin llegar a ponerse a su alcance. Alejandro no conseguía tocarla: su brazo no era lo bastante largo, y no podía moverse para salvar la distancia que los separaba.

¡Adele, por la misericordia divina, vuelve conmigo!

¡No me abandones! Estoy en manos de estos dos espectros, y les debo una vida a cada uno; se proponen cobrarse la deuda ahora mismo, y no me queda más vida que la mía… ¡Amada, por favor, detente! Habría dado gustoso mi vida a cambio de la tuya, y la madre Sarah me dijo que Dios había decretado tu supervivencia… ¡No alcanzo a comprender que hayas muerto!

Pero la vaporosa visión siguió desplazándose a la misma velocidad, hasta alejarse del médico como una neblina a medio deshacer. La imagen de Adele no tardó en desaparecer del todo.

Alejandro oyó que una mujer lo llamaba, y volvió la cabeza con la esperanza de que fuera Adele. No se trataba de ella, sino de la encorvada

silueta de la madre Sarah, cuya sonrisa suscitó exclamaciones de miedo y desafío entre los espectros.

–¡Loco! – dijo a Alejandro-. ¿Crees conocer la voluntad de Dios? Quien le sirve es incapaz de mentir. No mentí al decirte que iba a salvarse una vida; pero haz memoria: ¿dije acaso a quién pertenecía esa vida? ¿Creíste que dependía de ti? Si te hubiera confirmado tus temores, habrías perdido toda esperanza, y nunca habrías vuelto aquí para salvar tu propia vida.

Querías que fuera ella, la dueña de tu corazón, pero la vida que estabas destinado a salvar era la tuya. Viviendo pagarás la deuda que has contraído.

Todavía te queda mucho por hacer. Dios tiene muchas tareas que asignarte.

– Ofreció a Alejandro una de sus manos arrugadas-. Ven. Te enseñaré el camino por última vez.

Alejandro tendió ambas manos a la anciana, sin saber si tocaba su piel o sólo la idea de su piel; aun así, se sintió reconfortado. Oía latir el corazón de la madre, como si su sangre le corriera por las venas. Se levantó poco a poco, presa de grandes dolores.

Y, de pronto, la madre Sarah tiró de él con gran energía, obligándolo a sostenerse sobre sus piernas.

La anciana salió corriendo, y Alejandro la siguió de cerca, sin soltar su mano nudosa. Aunque tenía la sensación de no tocar el suelo, se daba cuenta de estar corriendo, empleando a fondo todas sus fuerzas en la carrera.

Los espectros se levantaron todos a una, protestando a gritos contra su huida. Matthews y Alderón se abalanzaron en persecución de los fugitivos, haciendo esfuerzos ímprobos por no ceder terreno a la anciana que les estaba arrebatando su presa con inexplicable agilidad. De camino hacia los robles enlazados, Alejandro volvió la cabeza y vio que tanto los cinco soldados como los judíos se habían sumado a la caza. Sólo Hernández se quedó rezagado, contemplando con tristeza la macabra escena.

El ruido de flechas se aproximó, y Alejandro sintió en la nuca el fétido aliento de Alderón.

–¡No mires atrás! – le espetó la madre Sarah-. ¡El pasado no te será de ninguna ayuda!

En el momento mismo en que los fantasmas de sus fracasos estaban a punto de devorarlo, Alejandro oyó exclamar a la anciana:

–¡Adiós, y que el Señor te proteja!

Entonces so vio impulsado con fuerza a través de los robles, como si emergiera bruscamente del seno de la tierra. El viento le golpeó el rostro, tan refrescante como el agua. Supo que había llegado al otro lado.

Kate estaba de pie junto al líquido vertido, asistiendo con impotencia a la rápida absorción del fluido amarillo. En su delirio, el médico se había puesto a manotear, y le había arrebatado el cuenco de las manos. Kate, horrorizada, vio que la mitad de la medicina se iba fundiendo con el suelo de la casa.

Alejandro habría sabido qué hacer, pero despertarlo era imposible: estaba inconsciente, y no había manera de devolverlo a la realidad. No quedaba más remedio que actuar sin su ayuda; así pues, la niña se agachó y metió en el cuenco la tierra mojada. Tras susurrar una plegaria, tapó la nariz a Alejandro, como había visto hacer a la niñera a la hora de administrar a los bebés alguna medicina de gusto desagradable; de ese modo, lo obligó a abrir la boca lo suficiente para respirar. Con la otra mano cogió toda la pasta y la introdujo de golpe entre ambas mandíbulas.

Alejandro trató de escupir la mezcla arenosa, pero Kate le apretó la cabeza contra el cojín sin dejar de taparle la nariz, como le había indicado el propio médico. Tendría que engullir o ahogarse.

La resistencia de Alejandro amenazaba con agotar las fuerzas de la niña.

Kate apretó con ahínco, susurrando entre sollozos:

–Os debo la vida, maese médico…

Alejandro acabó por tragar la medicina, y Kate se derrumbó sobre su pecho, llorando de alivio.

Resultaba extraño ver a la criada que había velado la agonía de la madre de Kate vestida con las galas de su señora. Las delicadas prendas, hechas a la medida de una dama menuda, pugnaban por contener las formas robustas de la muchacha, quien, para colmo, se había aplicado con mano poco experta los afeites de su señora, mostrando, como era de esperar, un risible aspecto de payaso.

Y no menos estrafalario era verla circular por las calles de Londres a lomos de un caballo que apenas podía con su peso. De lejos, sin embargo, conseguía pasar por una dama respetable; por eso, al verla, sir John Chandos hizo detenerse a la comitiva y le dirigió un respetuoso saludo.

–Buenos días, señora; estamos cumpliendo una misión por orden del rey, y necesitamos ayuda.

La criada asintió con una inclinación de cabeza, consciente de que a la mínima que abriera la boca se descubriría el engaño.

–Buscamos a un fugitivo de la justicia real, un médico. Viaja con una niña pequeña.

Al oír la descripción detallada de Alejandro y Kate, la joven supo de inmediato de quiénes se trataba.

–¿Los habéis visto, o habéis oído hablar de ellos?

¿Qué hago, Virgen santa? La criada sabía del escaso afecto existente entre la niña y su padre; por otro lado, tenía la certeza de que el médico no iba a hacer daño a Kate. Hasta alguien tan corto de luces como ella se daba cuenta de que en aquel asunto había gato encerrado.

Negó con la cabeza, y después la inclinó en señal de despedida, dejando perplejo a sir John, que se quedó mirando cómo daba media vuelta al caballo y se alejaba torpemente. El caballero volvió a montar y, desconcertado por el extraño comportamiento de la mujer, reanudó su búsqueda, pensando: ¡Pobrecilla! Otra que se ha vuelto loca.

En cuanto se halló a una distancia prudente de los soldados, la criada volvió a enderezar al caballo de su señora en dirección opuesta, resuelta a ir a ver a la madre Sarah cuanto antes. Ella sabría qué hacer.

Pasó un día entero antes de que Alejandro abriera los ojos y viera que la niña se había quedado dormida con la cabeza apoyada en su pecho. Movió lentamente el brazo, poco menos que inutilizado por la enfermedad y la falta de ejercicio; una vez recuperado el dominio sobre él, apoyó la mano con delicadeza sobre los bucles dorados, momento en que la niña abrió los ojos y despertó de su sueño. En cuanto vio que el médico estaba consciente, se incorporó como un resorte y, tras restregarse los ojos con ambas manos, posó una de ellas sobre la frente del enfermo.

–Ya no estáis tan caliente. Habéis estado ardiendo de fiebre un día entero.

–Kate, por favor, me gustaría respirar algo de aire fresco… ¿Podrías abrir la puerta?

La niña la abrió de par en par, permitiendo a Alejandro ver a su caballo, que pastaba plácidamente atado al poste, y oír el zumbido de los insectos que volaban de aquí para allá bajo la luz del sol. El médico halló el azul del cielo más hermoso que nunca.

–Agua, por favor, si puedes traérmela. Tengo la boca llena de arenilla.