La plaga
Dieciocho
pies de la cama y uno de sus lados, hasta dejar abierto únicamente el costado que daba a la puerta.
–Y ahora, gentil dama, permitid que os examine ese cuello -dijo-.
Desataré la parte superior de vuestro camisón, mas no temáis por vuestro recato; de momento, sólo me interesa vuestro cuello.
Palpó suavemente la zona oscura de debajo de la barbilla.
–¿Te duele cuando te toco aquí?
Kate hizo una mueca y apartó la mano de Alejandro.
–Sí, y también el brazo.
Alejandro se lo levantó con una mano, y con la otra le palpó la zona de la axila. Notó un bulto incipiente, y se le cayó el alma a los pies.
¡Maldito sea cuanto camina, vuela, nada o se arrastra!, pensó indignado.
¡Maldito sea todo lo sagrado! Oyó a sus espaldas el suave roce de una falda, y al darse la vuelta vio a Adele en el marco de la puerta.
–Quédate aquí descansando -dijo a la niña-. No tardaré.
Corrió la cortina que seguía abierta y salió de la habitación, cogiendo a Adele por el codo para que lo siguiera.
–Leo en tu mirada que las noticias no son buenas -dijo la joven, con miedo en los ojos.
Alejandro confirmó sus sospechas con un gesto de asentimiento. Adele escondió la cara en el hombro del médico y rompió a llorar. Mientras Alejandro trataba de consolar a su amada, ésta lo miró a través de las lágrimas y dijo:
–No soportaré verla morir.
–Yo tampoco, amor mío, pero por una vez no soy impotente. Al menos tenemos medios para intentar salvarla.
–¡La medicina! – exclamó Adele-. ¿Dónde está? ¡Iré a buscarla!
–Ya está en la habitación, sobre la mesita de noche.
–Entonces no perdamos más tiempo.
DIECIOCHO
Janie y Bruce recorrieron lentamente el vestíbulo del hotel donde se alejaba Janie, saboreando sus últimos minutos de intimidad.
–Misión cumplida -dijo Bruce.
Janie se encaró con él con una sonrisa burlona.
–No muy bien cumplida, pero tienes razón. Tampoco puede negarse que el viaje ha tenido sus buenos momentos. Hacia el final ya empezaba a olvidarme de qué habíamos ido a hacer.
Bruce se echó a reír.
–Yo también. Buscar unas muestras de tierra, ¿no? Me aseguraré de que las almacenen en frío.
–Y haz que las vigilen -dijo Janie.
–Huy, de eso no te preocupes -contestó Bruce-. Tengo intención de supervisar yo mismo su seguridad.
Se detuvo y cogió a Janie de la mano. De pie en medio del vestíbulo, rodeados de gente que pasaba de largo, se miraron a los ojos.
–Debo decir que el final me ha parecido bastante bueno -dijo Bruce.
–No lo negaré. Yo misma me sorprendo de que me dé tanta pena que se haya acabado.
–Ven, vamos a coger el ascensor. Te acompaño hasta la puerta -se ofreció Bruce.
–La verdad es que tenía intención de subir por la escalera. Me irá bien un poco de gimnasia. Aún no me he hecho del todo a la idea de quedarme sola.
La idea de subir siete pisos a pie arrancó a Bruce un gemido.
–¿Qué, te he destrozado? – bromeó Janie-. Y yo que pensaba que tenías pinta de estar tan en forma. Debe de haberme engañado la luz de la luna.
Bruce sonrió forzadamente.
–Mira, ya que lo dices, un poco muerto sí estoy. Vale, lo confieso: me destrozaste. Creo que me convendría recuperar fuerzas.
–Lo cual significa que es hora de que nos separemos.
Se apearon del ascensor en el séptimo piso, tan radiantes y sonrientes como al subir. Poco a poco se fueron acercando a la suite, y, justo cuando Bruce tenía abrazada a Janie y empezaba a darle el beso de despedida, oyeron el ruido de una llave que rompió el encanto de la situación. Se apresuraron a separarse y mirar hacia el origen del ruido. Unas pocas puertas más allá apareció una mano que recogió un periódico del suelo, primera prueba concreta de que el mundo real no iba a andarse con bromas a la hora de enfriar los rescoldos de su noche de amor. La mano volvió a meterse en la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Janie frunció el entrecejo.
–Mejor que lo hagamos dentro.
–Buena idea -dijo Bruce.
Janie se sacó de la cartera la llave magnética y la introdujo en la ranura, pero antes de entrar miró la puerta contigua, la de la suite de Caroline, y observó que tenía puesto el cartel de NO MOLESTEN. Llamó la atención de Bruce con unos golpecitos en el brazo y señaló el cartel.
–¡Gracias a Dios! – dijo, con tono ligeramente ofendido-. Parece que la oveja ha vuelto al redil y está durmiendo la mona, o lo que sea.
–¿Es la suite de Caroline? – preguntó Bruce.
–Sí, señor. Seguramente tenías razón. Debió de quedar con alguien. Lo más probable es que me haya dejado un mensaje.
Entraron en la habitación de Janie, y ésta se quitó la chaqueta.
–Espera un minuto a que resuelva el misterio, y luego me despediré de ti con un besazo.
–Tranquila -dijo Bruce-. La que tiene la agenda tan apretada eres tú, no yo.
–No me lo recuerdes.
Janie se acercó al teléfono y conectó el buzón de voz, pero no había mensajes. Tampoco obtuvo respuesta al marcar la extensión de la suite de Caroline. Colgó el auricular.
–O no está en la habitación o está con alguien y no se pone; aunque no tendría sentido: por muy ocupada que esté, sabe que estoy intentando ponerme en contacto con ella.
–A lo mejor sus prioridades son distintas -dijo Bruce con una sonrisa, antes de acercarse a Janie y abrazarla.
De repente Janie sintió los labios de Bruce sobre los suyos, comunicándole un calor que nacía en los dedos del pie y se difundía por los muslos, sin detenerse en ellos. Los ágiles movimientos de lengua de Bruce, la suave insistencia con que la atraía hacia sí cogiéndola por la espalda, la invitaron a responder a su abrazo con pasión, olvidando sus nervios y dejando a un lado todo intento de resistirse.
–Mmm… -murmuró Bruce, rozándole con los labios la punta de la nariz-. Quizá también nos convenga… -suave beso en la frente- poner el… -
amago de mordisco en la mejilla- cartel de NO MOLESTEN…
El cartel de NO MOLESTEN, pensó Janie.
–… en la puerta…
De pronto el cerebro de Janie se activó.
–¿Qué has dicho? – preguntó a Bruce.
Éste retrocedió ligeramente.
–He dicho que quizá nos convenga poner el cartel de NO MOLESTEN
en la puerta…
El cartel de NO MOLESTEN…, pensó.
Se separó de Bruce con un movimiento brusco, dejándolo perplejo y con las manos vacías.
–Bruce, si no estuvieras en tu habitación ¿para qué colgarías de la puerta un cartel de NO MOLESTEN?
Bruce se encogió de hombros.
–No lo haría. A lo mejor se le ha olvidado quitarlo antes de salir.
–¿Caroline? No, es una obsesa de los detalles. Por eso le pedí que me acompañara como ayudante para el proyecto; no se le escapa una. – Janie fijó la mirada en el suelo mientras tomaba una decisión; después alzó la vista y declaró resueltamente-: Eso es. Me importa un bledo si la cojo in fraganti. Voy a entrar.
–¿Cómo piensas hacerlo? – preguntó Bruce.
–Tengo su llave, y ella la mía. – Janie puso cara de preocupación-.
Espero que no le haya pasado nada.
Salió disparada de la habitación, dejando la puerta abierta. Después de quitar el cartel de NO MOLESTEN, introdujo la tarjeta de plástico en la cerradura de Caroline, y, tras oír un ruido metálico, entreabrió la puerta y aventuró un tímido:
–¿Hola?
Confiaba en encontrar a Caroline, aunque estuviera ocupada; sin embargo, no obtuvo respuesta.
Se dispuso a entrar, pero, apenas abierta la puerta, topó con un olor que la dejó sin aliento y la obligó a retroceder hasta el pasillo, donde chocó con Bruce, que la seguía de cerca. Volvió a cerrar. Ambos conocían el significado de aquel olor. Janie dirigió a Bruce una mirada suplicante.
–¿Quieres que avise a la policía? – preguntó Bruce.
Janie había visto cadáveres de sobra, centenares acaso, sujetos a menudo a las más diversas mutilaciones; sin embargo, nunca había descubierto ninguno, ni siquiera durante las Epidemias. Se echó a temblar de miedo.
–No -dijo, fingiendo una seguridad que no sentía; aun así se le quebró la voz-. Me parece que antes echaré un vistazo; aunque no sabes el miedo que me da.
Bruce la atrajo y la abrazó por unos segundos.
–Me tienes a tu lado, Janie. Estamos juntos.
Reconfortada por su presencia, Janie se llenó los pulmones de aire no viciado y entraron juntos en la suite. Al encender la luz, vieron levantarse una nube de moscas que habían estado posadas al otro lado de la cama.
–Dios mío, Bruce… ¿Y si está muerta?
Corrieron hacia la cama y vieron el cadáver de Ted Cummings tirado en el suelo, en la misma posición en que había quedado al quitárselo Caroline de encima.
Janie se quedó boquiabierta, incapaz de dar crédito a lo que estaba viendo. El hedor era insoportable. Bruce giró sobre sus talones y vomitó dentro de una papelera. Después, secándose la boca con la mano, dijo:
–Dios santo… Pero ¿qué ha pasado aquí?
Janie corrió hacia la ventana y la abrió de par en par.
–¿Qué sé yo? – dijo, desesperada-. No entiendo nada. ¿Qué hacía Ted en la habitación de Caroline? ¿Y dónde demonios está Caroline?
Bruce se arrodilló junto al cadáver para verlo más de cerca.
–Más vale que no toquemos nada; podríamos borrar alguna prueba.
Janie lo miró con consternación.
–¿De qué? ¿Insinúas que esto es cosa de Caroline?
Bruce sostuvo su mirada.
–Es su habitación, Janie; Ted está muerto, y Caroline no aparece por ningún lado. ¿Qué quieres que piense?
Janie se puso de rodillas junto a él, conteniendo su indignación.
–No tenemos ni idea de cómo ha muerto. – Se acercó más al cadáver y, fijándose en su cara, dijo-: No se aprecian señales de traumatismo.
Tampoco hay rastros de pelea.
Se aproximó todavía más y, conteniendo la respiración, sometió el cuerpo a un atento examen visual.
–¡Maldita sea! Aún no estoy lo bastante cerca. – Se puso en pie y, si bien no había llegado a tocar el cadáver, se limpió las manos en los pantalones-. En mi habitación tengo guantes y mascarillas. Vamos a
buscarlas. – Vio levantarse a Bruce y lo miró con severidad-. Y ni se te ocurra pensar que lo ha hecho Caroline -dijo acaloradamente.
Bruce salió de la habitación detrás de ella, ni mucho menos convencido.
John Sandhaus consideró que el sobre con matasellos de Londres llevaba demasiado tiempo acechándolo desde la esquina de su escritorio. Si no les haces caso acaban por salirles ojos, pensó al cogerlo. Eso está mejor.
La lista que le había enviado Janie Crowe. Un cacofónico griterío de niños jugando al otro lado de la casa se introdujo en su despacho.
–¡Cathy, por favor! – berreó a su mujer-. ¿Hay manera de que los niños me dejen trabajar?
Tras oír la rápida respuesta de Cathy, consistente en una invitación a copular consigo mismo, Sandhaus cerró la puerta de su estudio, buscando con ello oponer un obstáculo a la bulla familiar; pero la idea de que el paso del tiempo lo llevaría a echar de menos el hogareño fragor provocado por los juegos de sus hijos no tardó en provocarle un sentimiento de culpa.
Sabía que algún día, no muy lejano, la ausencia de los chicos le resultaría mucho más turbadora que su presencia.
Mientras esperaba a que su ordenador accediera a la base de datos de la universidad, miró por la ventana y se regodeó con el hermoso paisaje de la campiña de Nueva Inglaterra. Pensó que faltaba poco para que los colores adquiriesen su máximo esplendor; aunque claro, eso se traduciría inevitablemente en rastrillar hojas secas durante horas y horas, actividad que borraría de su mente toda idea de esplendor.
El ordenador le habló con voz serena y relajante.
–Bienvenido a Biocom. Por favor, introduzca su clave de acceso.
Sandhaus tecleó unos cuantos números y contestó con sarcasmos al mensaje del ordenador.
–¡Aquí tienes tu puñetera clave, pedazo de plástico! ¡Y para ya de hablarme, que por mucho que te esfuerces no tienes nada de humano!
La respuesta del ordenador podría haberse interpretado por una réplica directa a la última afirmación.
–Puede entrar. Gracias por utilizar Biocom.
¿Y qué voy a utilizar si no?, pensó Sandhaus. ¡Si estáis por todas partes!
No queda otra opción.
En cuestión de segundos quedó conectado con la base de datos de Atlanta del Centro de Control de Enfermedades, y el ordenador empezó a
buscar en los ficheros una imagen igual a la que había enviado Janie Crowe.
Tras unos instantes, el programa detuvo la búsqueda y pidió más información, pero Sandhaus no disponía de ella; sólo había recibido una imagen impresa, sin la información química o genética que solía acompañar a esa clase de gráficos. Se propuso recordárselo a Janie cuando volviera; más aún, se preguntó si la reprimenda no justificaba una llamada internacional inmediata. La nota adjunta al gráfico, sin embargo, se limitaba a un escueto «¡Diviértete!», cosa que lo llevó a dudar que el impreso estuviera destinado a formar parte de los datos finales de Janie. Por lo tanto, descartó la llamada.
Volviendo al archivo original, lo sometió a tres filtros distintos, confiando en dar a la imagen una nitidez que la hiciera más legible; después volvió a introducirlo en el programa, que, confirmando sus expectativas, respondió con una nueva pantalla en que el misterioso bichito quedaba identificado como Yersinia pestis.
Yersinia. Enterobacterias, pensó Sandhaus. Pestis le sonaba a chino.
–¿Nos conocemos? – preguntó a la imagen en pantalla-. No, creo que no; al menos que yo recuerde. Bueno, pues a ver qué más dicen de ti.
Abrió una lista de opciones de la base de datos y, después de echarle un vistazo, seleccionó «Patología». Los datos aparecieron en pantalla. Su lectura provocó una aceleración del ritmo cardíaco de Sandhaus.
–¡Joder! – murmuró, abriendo los ojos desmesuradamente. Una vez leído el archivo, lo cerró y volvió inmediatamente a la imagen gráfica del microbio-. ¡ Yersinia pestis del carajo! – dijo en voz alta-. ¡Me cago…! ¿Se puede saber que haces tú suelta por Londres?
Janie me ha enviado una imagen impresa, pensó, devanándose los sesos.
Pero ¿a partir de qué había obtenido la imagen, y dónde se encontraba el original en esos instantes? ¿Sabe lo que es? ¡Claro que no, idiota!, se contestó. ¿Para qué crees que te lo ha enviado?
Arrepintiéndose de haber dejado el sobre tanto tiempo encima de la mesa, Sandhaus abrió el fichero del proyecto de Janie y buscó el número del hotel donde había hecho la reserva. En cuanto lo tuvo cogió el teléfono.
Oyó que su hija adolescente estaba en plena conferencia con varios amigos, y, sin siquiera saludar, le ordenó:
–Cuelga, y que sea ya. Necesito el teléfono.
–Pero papá…
Sandhaus tomó prestada una expresión de su padre.
–¡Pero nada! – bramó.
Todos colgaron sin decir palabra. En cuanto oyó la señal, Sandhaus marcó el número y esperó la respuesta con impaciencia.
–¡Por Dios, Janie, contesta! ¡Por favor!
En el momento mismo en que cruzaba el umbral de su suite, Janie oyó sonar el teléfono, y prácticamente se abalanzó sobre él.
–¿Caroline? – dijo, aferrada al auricular como una posesa.
Pero se había precipitado: no era Caroline.
–¿Janie? ¿Hablo con Janie Crowe?
Ella se llevó una decepción.
–Sí-dijo-.¿Quiénes?
–John Sandhaus, de Amherst.
–¡John! ¡Dios santo! Hola. Oye, lo siento pero es que llamas en un momento fatal…
–Es muy importante. Llamo por lo del gráfico que me has enviado.
Janie tardó un poco en acordarse de que le había enviado un impreso, y otro tanto en recordar de qué se trataba. Aquel microbio, pensó. En vistas de lo que la esperaba en la habitación de al lado, el tema del microbio le pareció sin trascendencia.
–Perdona, John; te agradezco la llamada, pero es que ahora mismo no puedo hablar. ¿Te parece si te llamo dentro de un rato? Tengo un problema que no admite demora.
–Ni que lo digas. – La voz de Sandhaus dejaba traslucir su exasperación-. No sé qué problema estarás teniendo, pero el que digo yo es una barbaridad. Te conviene escuchar. – Se embarcó en la explicación sin aguardar a que Janie diera su consentimiento-. He conseguido una identificación segura de la bacteria a través de la base de datos del Centro de Control de Enfermedades.
¡No veas!, pensó Janie furiosa. ¿Cómo coño se atreve a pensar que su opinión es más importante que el problema que tengo aquí? Hay un muerto en la habitación de al lado. Venga, John Sandhaus, a ver si me superas…
Y, por muy increíble que pareciera, Sandhaus la superó.
–El microbio que desenterraste no era una bacteria de andar por casa. Es Yersinia pestis, y provoca la peste bubónica.
Janie se llevó la mano a la boca para ahogar un grito. Después la apartó con la misma presteza y se la quedó mirando.
–Además, Janie, hay algo la mar de raro. Los archivos del CCE indican que el último caso de peste de que se tiene noticia en Inglaterra ocurrió en 1927. Entre el ejemplar de Y. pestis de la base de datos y la imagen que me enviaste había algunas diferencias pequeñas pero significativas. ¿De dónde lo has sacado?
Janie volvió a sentir el extraño pavor que se había adueñado de ella durante su incursión nocturna en aquel campo.
–Lo desenterré aproximadamente a medio metro de profundidad -
contestó con calma.
–Pues ya está -dijo Sandhaus triunfalmente antes de exponer su opinión-. Lo que tienes entre manos es un bicho muy viejo, de la cepa arcaica, no cabe duda. Supongo que debería felicitarte por el descubrimiento, pero creo que lo esencial es advertirte del enorme peligro que corres. Probablemente ese bicho sea mucho más virulento que los que circulan hoy en día, a tenor de las diferencias entre los síntomas de la peste moderna y los que describen los libros de historia. De momento parece que sigue en estado de espora, pero si se dan las condiciones adecuadas, como por ejemplo que se moje o se caliente a la temperatura justa, podría volver a su estado activo.
Janie sólo pudo decir:
–¡Dios santo!
–Tú lo has dicho. Sería un problema gordísimo. Si hay alguna posibilidad de que el microbio ande suelto, tienes que llamar a las autoridades competentes de Londres y notificárselo cuanto antes. La peste moderna puede curarse, pero la versión antigua no sé.
Janie se quedó muda.
–¿Estás ahí? – dijo Sandhaus. Pese a no obtener respuesta, siguió hablando con calma-. Lo importante es que hagas las cosas bien. No te plantees si vas a meterte en un lío o no; esto es más gordo y más importante que lo que pueda pasarte a ti. ¡Ah, Janie! Y hazte un favor a ti misma, y de paso al resto del mundo: antes de subir al avión lávate las manos. Este bicho es lo bastante raro para que quepa la posibilidad de que no lo detecten los sensores.
Colgó.
–¿De qué iba? – preguntó Bruce con inquietud.
Al colgar el auricular, Janie tragó saliva.
–¿Te acuerdas de ese trozo de tela que desenterré? Frank lo encontró en uno de nuestros tubos justo antes de morir.
Bruce asintió con la cabeza.
–Sí, ya me acuerdo. ¿Qué le pasa?
–Envié una de las copias impresas que me hizo Frank a mi consejero de reeducación de Estados Unidos, pensando que podía hacerle gracia; es patólogo forense, pero su especialidad son las bacterias, y es uno de los mayores expertos. Acabo de hablar con él. – Miró a Bruce a los ojos, sin ocultar lo aterrorizada que estaba-. Parece que he conseguido desenterrar la forma arcaica de la bacteria que provoca la peste bubónica.
El impacto obligó a Bruce a sentarse.
–¿Dónde está la muestra?
Janie señaló con la cabeza la nevera de la suite.
–Ahí mismo.
–¿¿Aquí, en esta habitación??
–Eso es. No temas, está perfectamente sellada. Pero lo que me preocupa no es que contamine algo estando dentro de la nevera. Lo inquietante es que Caroline haya podido manipularla. Además, ¿te has fijado en Ted? No tenía muy buen aspecto. ¿Y a quién se le ocurre llevar jersey de cuello alto con este calor?
–Es verdad -dijo Bruce-. No recuerdo habérselo visto en todos los años que llevamos trabajando juntos.
Se levantaron a la vez y, sin añadir palabra, se dirigieron a la puerta.
Cuando estaban a punto de salir, Janie cogió a Bruce del brazo.
–No vayamos a olvidarnos.
Volvió a entrar y sacó del maletín dos máscaras y dos pares de guantes.
Se pusieron de cuclillas junto al hediondo cadáver de Ted y, debidamente protegidos, lo examinaron con la vista.
–Está muy blanco -dijo Janie.
–Lo que está es muy muerto -señaló Bruce.
–Ya, pero incluso así está más blanco de lo normal. – Señaló el dorso de una mano-. Fíjate en la diferencia. Tiene la cara mucho más blanca que la mano, y la postura no lo justifica. Su palidez podría deberse a alguna enfermedad. – Buscó en su memoria los síntomas de la peste-. Lo único que
recuerdo de la peste son los bultos oscuros en las zonas linfáticas. Dudo que nos enseñaran gran cosa más.
–No hacía falta; en esa época la enfermedad prácticamente había desaparecido.
–Esperemos que su desaparición no sea como la de la tuberculosis -dijo Janie con cinismo.
–La bacteria de la tuberculosis se volvió inmune a los fármacos; en cambio la peste sigue teniendo cura.
–La peste moderna sí; según mi consejero, lo que desenterramos es peste arcaica.
–Mierda.
–Tú lo has dicho.
–De todos modos, no sabemos si es lo que ha matado a Ted.
Janie acercó la mano al cadáver y retiró el cuello del jersey, descubriendo una serie de moratones y bultos irregulares.
–Fíjate: bultos oscuros en las zonas linfáticas.
Bruce tragó saliva.
–Sigue sin ser seguro al cien por cien. Hace falta comprobar la presencia de la bacteria. Y otra cosa: estoy de acuerdo en que todo indica que tenía la peste, pero la enfermedad no me parece lo bastante avanzada para haber provocado su muerte. – Señaló el cuello de Ted-. No discuto que tenga los síntomas, fíjate en las bubas: justo empiezan a reducirse. No soy precisamente un experto, pero no me entra en la cabeza que este estadio de la enfermedad pueda ser mortal.
Janie no tenía nada que alegar en contra. Ted daba la impresión de haber estado enfermo antes de morir, pero no enfermo terminal. Aun así, Janie no tenía muchas ganas de plantearse la posibilidad de que hubiera muerto por otras causas, hipótesis que, en lugar de simplificar las cosas, las complicaba todavía más.
–Empiezo a no entender nada -dijo-. Ted ha muerto, y Caroline no está aquí. En la nevera de la habitación de al lado hay una bacteria de la peste.
Tenemos la seguridad de que Caroline la ha manipulado, y es muy probable que Ted también, puesto que tanto él como la bacteria estaban en el laboratorio. La verdad, no sé qué hacer.
A fin de cuentas, ¿hasta qué punto conocía a Caroline? ¿Sería capaz de hacer algo así?, se preguntó. No podía negarse que había un muerto en su
habitación, y que ella no aparecía por ningún lado. Mientras no la encontrasen no sabrían a ciencia cierta qué había ocurrido. Janie tuvo la seguridad de que, si se planteaba la posibilidad de un homicidio, tanto ella como Caroline iban a pasar en Inglaterra mucho más tiempo de lo previsto.
Empezó a retorcérsele el estómago.
Miró alrededor en busca de algún indicio que descartara la posibilidad de una mano criminal en el fallecimiento de Ted.
–A primera vista no se ven pruebas flagrantes -dijo-. Ni siquiera sé muy bien qué buscar, y eso que me estoy fijando al máximo.
Entró en el baño, donde encontró el camisón de Caroline tirado por el suelo. El váter tenía el asiento levantado y el borde lleno de escupitajos.
Aunque los guantes le impedían tocar la tela, se dio cuenta por el peso de que el camisón estaba empapado de sudor. Volvió a la sala principal y enseñó la prenda a Bruce.
–Lo he encontrado en el suelo del cuarto de baño. Está empapado. A saber si también está enferma.
Dobló pulcramente el camisón y lo dejó en la cómoda. Vio algo en la nevera que le llamó la atención.
–Alguien ha dejado abierta la puerta de la nevera -dijo; y, después de mirar el interior, añadió-: Está todo revuelto. Han estado buscando algo.
Pero Bruce también había descubierto algo junto a la cama: a base de hurgar en los bolsillos de Ted, había encontrado uno de los frascos. Se levantó para enseñárselo a Janie.
–Mira, es tetraciclina.
Janie escrutó el cadáver.
–Obviamente no funcionó -dijo-. ¿Y dónde está la jeringuilla? ¿De qué le iba a servir la tetraciclina si no llevaba encima un medio de administrarla?
–No lo sé -contestó Bruce-. A lo mejor está tirada por algún sitio.
Pasearon la mirada por el suelo y las papeleras, pero no había nada sospechoso.
–Quizá la tenga debajo -dijo Janie. Se agachó y colocó ambas manos bajo el flanco del cadáver-. Ayúdame a darle la vuelta.
–¿Estará bien que lo movamos? ¿Y si distorsionamos alguna prueba?
–¿Y si dejando de hacerlo se nos pasa alguna por alto? – A juzgar por su voz, Janie estaba al borde del enfado-. Cuando hayamos echado un vistazo
a la parte de debajo podremos devolverlo a su posición original.
Bruce la ayudó de mala gana. Al volcar el cadáver, encontraron debajo la jeringuilla y otro frasco. Janie los extrajo con tiento usando sólo una mano, y evitando tocarlos más de lo necesario. El peso del cadáver era tremendo, y, cuando volvieron a colocar a Ted en posición supina, les faltó poco para sudar.
Bruce tendió a Janie el frasco de tetraciclina medio vacío antes de coger el otro, que lo estaba casi del todo.
–Fíjate en esto.
Al leer la etiqueta del frasco, Janie silbó por lo bajo.
–Esto daría para que todo un grupo de boy scouts durmiera a pierna suelta durante un día entero, y hasta dos.
El frasco que Bruce acababa de darle tenía pegado un pelo largo y rojizo, a todas luces perteneciente a Caroline.
Janie se sentó en la cama para reflexionar sobre lo que sabían. Se pasó la mano por la frente para luchar contra el dolor de cabeza, y enumeró las pruebas en voz alta.
–Tenemos el cadáver de un hombre que parecía enfermo pero no lo bastante para haber muerto de ello, aunque, por otro lado, tampoco presenta síntomas claros de haber sufrido una herida mortal. Falta una mujer, posiblemente enferma. Tenemos un frasco medio lleno de antibiótico y otro casi vacío de sedante. También tenemos una jeringuilla.
–Dicho de otro modo, no tenemos nada que cuadre.
–Menos una cosa, al menos para mí-dijo Janie-: cualesquiera sean los hechos, el inductor fue Ted.
Bruce acudió de inmediato en defensa de Ted.
–¿Cómo puedes decir eso, Janie? Es imposible saber quién hizo qué.
–¡Pero hombre, Bruce, piensa un poco! ¿Cómo iba a conseguir Caroline esos fármacos? No tiene acceso a productos de esa clase. ¡Por el amor de Dios, si a mí hasta me quitaron una aspirina en el aeropuerto!
Tiene razón, pensó Bruce. A Ted le habría bastado con entrar en el dispensario del instituto y coger lo que quisiera, mientras no incurriera en excesos…
–Nos hemos alojado puerta con puerta, hemos trabajado juntas -
prosiguió Janie, cada vez más exaltada-, y no te imaginas lo mal que se avendría con su manera de ser. Es una chica tan normal que casi da pena. –
Cogió el frasco de sedante de manos de Bruce-. ¡Es un medicamento de clase cinco! Le habría sido imposible conseguirlo. – Lo sostuvo a la altura de los ojos de Bruce-. ¡Ya ves, casi no queda! ¡No irás a decirme que Caroline lo planeó todo, obtuvo el material y después salió huyendo! –
Volvió a coger el camisón sudado-. Además, si lo que buscas son pruebas, aquí tienes una. – Tiró el camisón a Bruce, pero aterrizó en el suelo-. A lo mejor Ted sabía que estaba enferma; hasta puede que tuviera algo que ver con ello. Tal vez la hubiera estado sedando, y eso explique que Caroline no cogiera el teléfono. Debía de estar durmiendo como un tronco.
La incredulidad de Bruce se hizo patente en su rostro.
–Muy bien, ¿y ahora dónde está?
–¡Qué sé yo! Puede estar en cualquier parte. Mira, si a mí me duermen con sedantes y al despertar me encuentro con un muerto en la habitación, te aseguro que salgo corriendo como si me persiguiera el mismísimo diablo.
–Vale, vale-dijo Bruce-, puede que tengas razón; puede que las cosas sean más complicadas de lo que parece. ¡Pero cuesta tanto sacar algo en claro! No se me ocurre por dónde seguir.
–Yo diría que lo mejor es salir de la habitación; con esta peste no se puede pensar. Empieza a darme dolor de cabeza. – Recordando el ibuprofeno que Caroline había metido en un zapato, se dirigió al armario, lo abrió y encontró en el suelo cuatro pares perfectamente alineados. Mientras hurgaba en ellos, se acordó de algo que le había dicho Caroline, y se levantó con el frasco de ibuprofeno en la mano-. Si Caroline salió corriendo, lo hizo descalza. Acabo de acordarme de que me dijo que había traído cuatro pares, y son los que hay en el armario. Puesto que no ha tenido tiempo de comprarse unos nuevos, se deduce que estaba drogada o en pleno delirio. O
las dos cosas a la vez.
Volvieron a la habitación de Janie, llevándose las pruebas que habían encontrado.
–Me da vueltas la cabeza -dijo Janie-. Hay demasiadas posibilidades, aunque lo que más me preocupa es Caroline; es probable que esté dando vueltas medio atontada, o de enfermedad o del susto que se habrá llevado.
Sea cual sea el caso, tenemos que encontrarla.
Bruce puso cara de preocupación.
–Tienes razón -dijo-, pero Londres no es precisamente un pueblecito, Janie. Necesitaremos ayuda. Además, si tiene la peste lo más seguro es que
sea tremendamente contagiosa. Es una enfermedad de grado cuatro en la escala de potencial infeccioso. Tendremos que llamar a la policía biológica.
–No corras tanto, Bruce. Sabes muy bien que si es de grado cuatro tirarán a matar a la que intente resistirse; y te aseguro que lo hará. Tampoco estamos seguros de que tenga la peste; una cosa es que sea posible, y otra que podamos afirmarlo al cien por cien. Si avisamos a los biopolicías, lo más probable es que actúen dándolo por hecho, dejando las dudas para más tarde. O sea, que no podemos decírselo a nadie.
Bruce la miró con estupor.
–¿Cómo que no podemos decírselo a nadie? Es imprescindible avisar a la policía biológica. ¡Si sospechamos que la peste bubónica anda suelta por Londres, no nos queda más remedio! ¡Aunque las posibilidades fueran mínimas!
Se dirigió al teléfono, seguido por Janie.
–Bruce, por favor, tal vez nos hayamos equivocado… La matarán… ¿Y
si no es peligrosa? ¿Vamos a permitir que acaben con ella?
Bruce ya tenía cogido el auricular.
–Ahí está el problema, Janie: no sabemos si es peligrosa. No lo sabemos. ¡Tal como están las cosas, actuar según la peor de las hipótesis no me parece lo menos razonable! ¡Acuérdate de lo que pasó en Estados Unidos durante las Epidemias, cuando nadie hizo caso de las hipótesis razonables!
–¡No tenía nada que ver con esto!
–¿Ah, no? ¿Dónde está la diferencia? Se trataba de una enfermedad contagiosa con un período de incubación corto…
La tensión se palpaba en el aire, pero Bruce no soltó el auricular.
–Por favor, Bruce -añadió Janie-, te lo ruego. ¡No lo hagas!
–¡Janie, soy un funcionario público que ocupa un puesto de responsabilidad, y dispongo de información que me lleva a temer por la seguridad general! A ver, di, ¿qué propones que haga?
Janie estaba al borde de la histeria.
–Dices que no, pero sí que podemos estar seguros -contestó-. Tenemos material para hacer pruebas. Uno de los mejores laboratorios de Inglaterra está a nuestra disposición; podemos ir enseguida y hacer las pruebas en menos que canta un gallo… ¡Eso acabará con nuestras dudas! Ya no serán meras suposiciones.
–Sería retrasar demasiado las cosas, y el asunto exige tomar cartas inmediatamente.
–¡Pero si serían un par de horas como mucho! Bruce, por favor, escúchame… -Cogió el camisón y lo extendió ante sus ojos-. Si encontramos Yersinia pestis en este camisón, llamaremos a la policía biológica sin perder más tiempo. No trataré de oponerme. Lo que no quiero es que metan a Caroline en la cárcel sin motivo. Por Dios, si son capaces hasta de matarla… Te suplico que pienses un poco antes de tomar una decisión que pueda perjudicarla.
La firme oposición de Bruce acabó por derrumbarse.
–Muy bien -dijo-, pero quiero que sepas que no estoy de acuerdo en absoluto… Si hay bacterias en su camisón, llamamos enseguida.
–Hecho -dijo Janie, aliviada. Así gano un poco de tiempo, pensó. Pero
¿y si está lleno de bacterias? ¿Qué pasará entonces?
Lo ignoraba. La posibilidad de que la prenda no estuviera contaminada tampoco era mucho más atractiva.
–Antes de ponernos en marcha -dijo Bruce- tenemos que asegurarnos de que no entre nadie en la habitación de al lado, y también sacar el trozo de tela de tu nevera. No podemos correr el riesgo de que venga alguien del servicio de limpieza y le ponga las manos encima.
Se acercó a la nevera y abrió la puerta con el codo. El trozo de tela redondo estaba en medio de uno de los estantes de rejilla, envuelto en plástico. Bruce lo extrajo con tiento, procurando no tocar ninguna pieza de la nevera, puesto que sus manos podían estar infectadas de peste. Janie se sacó del maletín una bolsa hermética para muestras en la que Bruce dejó caer el paquetito con la tela. Después Janie usó otra bolsa de plástico para guardar el camisón. Se quitó los guantes, aprovechando para volverlos del revés, al igual que Bruce. Janie dejó los suyos encima de un trozo de papel.
–Deja aquí tus guantes, que voy a quemarlos.
–Buena idea -dijo Bruce.
Janic envolvió los guantes contaminados con el papel y colocó el arrugado paquete dentro de un vaso; después abrió la ventana, dejó el vaso en el alféizar y acercó una cerilla al envoltorio, que prendió enseguida.
El cristal cedió a la presión molecular del calor repentino. El estallido hizo que el vaso se rompiera pulcramente en dos pedazos, uno de los cuales habría caído del alféizar al suelo de la habitación si, con una sorprendente
exhibición de facultades atléticas, Bruce no hubiera interrumpido su caída saltando hacia la ventana con la mano derecha extendida.
–¡Ay! – exclamó, soltando la mitad del vaso y dejando que cayera encima de la alfombra.
Al ver que tenía una quemadura semicircular en medio de la palma de la mano, Janie se apresuró a acudir a su lado y cogerla entre las suyas.
–¿Te encuentras bien?
–¡No demasiado! – contestó Bruce entre dientes, con los músculos de la cara contraídos-. ¡Joder, cómo duele!
Janie se aseguró de que el fuego se hubiera apagado por sí mismo, sin propagarse con la caída del vaso.
–Ven, vamos al baño para que te pases agua fría por la herida -dijo a Bruce.
La mano estaba en carne viva. Janie sabía que el dolor de la quemadura se haría todavía más intenso cuando a Bruce se le pasara el susto. Limpió la herida y la vendó lo mejor que pudo, antes de coger del maletín otro guante de látex y usarlo para sujetar la venda.
–Siéntate un rato -dijo a Bruce, que obedeció sin rechistar-. Voy a avisar a los de abajo. – Cogió el teléfono y pulsó el botón de recepción. Bruce, que estaba combatiendo el dolor de la quemadura, la oyó decir-: Soy Caroline Porter, de la 708. Quisiera que el servicio de habitaciones no entrara en mi suite por un tiempo; la tengo llena de documentos, y preferiría que no los tocase nadie. Colgaré del pomo el cartel de NO MOLESTEN.
Después de que el recepcionista contestara algo que Bruce no pudo oír, Janie dio las gracias y colgó.
–Solucionado -dijo mientras metía en su maletín tanto la muestra de tela como el camisón de Caroline-. Podemos irnos.
–Hay un pequeño problema -repuso Bruce.
–¿Cuál? – preguntó Janie-. Lo tenemos todo controlado: la habitación, el trozo de tela…
–No es eso -dijo Bruce, cuyo rostro seguía tenso por el dolor-. No podremos entrar en el laboratorio.
–¿Por qué no? – preguntó Janie, poco menos que gritando. Estaban a punto de echarle el plan por los suelos. Lo veía venir.
–Para abrir la puerta necesito mi mano derecha. Esta quemadura impedirá que el detector la lea bien. Ted y Frank son… -Introdujo una
corrección-. Eran, mejor dicho, los únicos con acceso ilimitado, aparte de mí. Tendremos que hacer que nos abra un guardia de seguridad.
–¿Es conveniente que nos vean entrar?
–Dudo que tengamos elección.
Janie cada vez lo veía más negro; de repente se le ocurrió una idea que la sorprendió a ella misma.
–Nos llevaremos a Ted -dijo.
–Venga, Janie, que no es momento para bromas. A ver, ¿cómo piensas hacerlo?
–Antes era cirujana, no sé si te acuerdas. Sólo nos llevaremos la parte que nos interesa.
Y, antes de que Bruce hubiera recuperado el habla, Janie hurgaba en su maletín en busca del cuchillo que llevaba en su equipo de campo.
Dejando a Bruce boquiabierto, se fue a hacer lo que mejor se le daba.
Pensó en lo bien que le iba a sentar volver a tener entre manos algo parecido a un bisturí.
No había manera de encubrir por completo el tremendo hedor de la mano de Ted. Para colmo, cuando Janie y Bruce salieron corriendo del vestíbulo del hotel, descubrieron que el tráfico londinense estaba totalmente colapsado, aunque, visto cómo les estaba yendo el día, no dejaba de ser previsible.
Mientras se apresuraban a llegar a la estación de metro más próxima, empezó a diluviar. Entraron por los pelos en un vagón atestado de gente que volvía a casa después del trabajo, chorreantes la mayoría. No había ni un asiento libre. Estaban rodeados de abrigos que desprendían el olor acre de la lana mojada; poco a poco, sin embargo, y como era de prever, los pasajeros fueron haciendo el vacío en torno a Bruce y Janie, que ocultaban consigo algo todavía más fragante.
Cuando el tren abandonó la estación y fue cobrando velocidad, los nuevos pasajeros se vieron zarandeados de un lado para otro, y tuvieron que sujetarse a las correas que tenían encima para no caer. A medida que el viaje se hacía menos accidentado, Janie y Bruce fueron recuperándose del susto, y la adrenalina volvió a sus niveles habituales. Una aterradora sensación se adueñó de Janie, que tuvo que morderse el labio para contener las lágrimas; sus ojos llorosos se posaron en Bruce, y descubrió que él la
estaba mirando con la misma expresión, la de quien se horroriza de lo que acaba de hacer.
Janie miró el maletín. Dentro hay una mano cortada, pensó, una mano que he estrechado para saludar a su anterior dueño… Una mano con que lo he visto atusarse el pelo. No una de esas manos de plástico de la facultad de medicina, no; una mano humana, auténtica, la misma que habrá firmado más de una postal del día de la Madre…
Por fin quedó libre un asiento, y Janie se dejó caer en él, agotada y temblorosa por el horror que suscitaban en ella sus propios pensamientos.
Dejó su equipaje a los pies de Bruce, a quien volvió a mirar. Una vez captada su atención, hizo un gesto de cabeza casi imperceptible en dirección al maletín, indicándole que lo vigilara. Bruce asintió.
El tren fue acercándose al instituto. Quedaban pocas paradas. Bruce, que sufría mucho por la quemadura, cedió al dolor y, durante unos instantes, cerró los ojos. En ésas, un depredador adolescente de raza autóctona se fijó en el descuido y, mientras el tren se acercaba a la siguiente estación, se puso en pie y se acercó a Bruce, mirando con nerviosismo a izquierda y derecha, atento a las reacciones de los pasajeros. Su olfato, erosionado por un consumo excesivo de polvos blancos varios, no supo captar el nauseabundo olor que emanaba del maletín, de cuya asa se apoderó en el momento mismo en que el tren se detenía, listo para brincar hacia la puerta. Al ver salir al chico con el maletín y su tóxico contenido, Janie sintió que el miedo se le agolpaba en la garganta, ardiente como la bilis. Su sangre se cargó de elevadas dosis de adrenalina que le aceleraron el pulso. Se levantó como un resorte y emprendió la persecución, llamando a Bruce a gritos mientras salía del vagón. El alboroto sacó a Bruce de su ensimismamiento y le hizo sumarse a la carrera, aunque poco faltó para que quedara atrapado entre las puertas. El ladrón salvó la barrera giratoria con la agilidad de un experto en salto de vallas. Para asombro de Bruce, Janie hizo exactamente lo mismo, prosiguiendo su persecución sin el menor traspiés.
Aunque no podía permitirse mirar atrás, Janie adivinó que Bruce empezaba a perder terreno y quedarse rezagado. De pronto se sintió enormemente pequeña y vulnerable. No puedo pararme a esperarlo, pensó, cada vez más aterrorizada. O cojo sola a este tipo, o dejo que se salga con la suya.
Cinco kilómetros al día durante diez años… Ahora toca cobrar los beneficios… Se ordenó correr más aprisa, acelerar el ritmo de sus piernas; pero, a pesar de su buena forma, no era rival para el jovencito que huía de ella. Pese a darse cuenta de que pronto empezaría a perder fuelle, no se atrevió a pedir ayuda. ¿Cómo aclarar a un biopolicía la presencia de una mano cortada e infecciosa en el maletín que acababan de ayudarle a recuperar? ¿O explicar por qué había perseguido con tanto ahínco al ladrón, a pesar de que el peligro era evidente? Al ritmo que marcaban sobre el empedrado sus pies calzados con zapatos no aptos al efecto, Janie vio ganar terreno al muchacho; era experto en esas lides, se notaba que estaba en su elemento, y, a menos que sucediera algo inesperado, llevaba las de ganar.
El chico dobló una esquina. Janie fue tras él confiando en no estar metiéndose en su barrio, territorio plagado de escondrijos que sólo él y unos pocos conocieran. Se daba cuenta de estar perdiéndole la pista. Yersinia pestis quedaría suelta por Londres, confirmando los temores de Bruce. No cabía duda de que en cuanto abriera la bolsa de plástico y descubriera su espantoso contenido, el ladrón tiraría el maletín, sin importarle dónde aterrizara. No tardarían en acudir pulgas y ratas, y sólo sería cuestión de tiempo que esas ratas transportasen sus pulgas infectadas por toda la ciudad, haciendo que se repitiera la historia.
Quienes no aprenden de la historia están condenados a repetirla, pensó Janie mientras corría. Volveremos a la Edad Media.
Luchando contra el punzante dolor que le agarrotaba los muslos, procuró concentrarse en aumentar la velocidad de su carrera, pero no lograba quitarse de la cabeza el vago recuerdo de aquel día con Frank en el laboratorio, cuando se disponían a examinar el círculo de tela y ella había sentido el impulso de meterlo en una bolsa y desentenderse de él. Ni siquiera había transcurrido una semana desde aquel día aciago; sin embargo, le pareció una eternidad.
Se había quedado sin aliento. Su garganta pedía agua desesperadamente, y el martilleo de su corazón casi le impidió oír el grito del ladrón al caer sobre el empedrado con un ruido sordo y desagradable. Un clamor de voces se sobrepuso a los latidos. Janie miró hacia adelante y vio que el muchacho estaba acurrucado en el suelo, con varias personas alrededor, de las cuales una le sujetaba el tobillo con la torcida empuñadura de su bastón. Bastaron unos pasos para que Janie se reuniera con ellos. Apoyó las manos en las
rodillas y se quedó un rato en esa postura, jadeando como si cada respiración fuera la última.
Entre jadeo y jadeo, consiguió articular un «Gracias» casi inaudible y, después de recuperar el maletín, rehízo su camino con pasos vacilantes, dejando atrás a un grupo de héroes a quienes tamaña ingratitud había dejado boquiabiertos. No era para menos.
En el momento de doblar la esquina y regresar a la calle principal estuvo a punto de chocar con Bruce, que al verla con el maletín en la mano la abrazó con alborozo, consciente de lo que podía haber sucedido de haber fracasado Janie en su persecución. La sujetó con gesto protector, intentando tranquilizarla. Permanecieron enlazados bajo la lluvia, dejándose empapar por el agua fría.
Pocos minutos más tarde consiguieron parar un taxi. Una vez dentro, se arrellanaron en el asiento de atrás, inmóviles y exhaustos por la carrera.
Janie, que ya estaba un poco más descansada, relajó la férrea presión con que sujetaba el maletín y, tras dejarlo en el suelo, cogió suavemente la mano herida de Bruce. Éste no ofreció resistencia. No dijeron nada hasta que la fachada del instituto apareció por el parabrisas del taxi. Bruce pagó al taxista, excediéndose en la propina. Una vez delante de la imponente entrada, Janie y Bruce tardaron unos minutos en hablar.
–¿Tú o yo? – dijo Bruce al cabo.
–Tendrás que hacerlo tú. Si alguien me ve intentando abrir la puerta del laboratorio con el lector de manos, sabrá enseguida que pasa algo raro.
Ted se imaginó a sí mismo aplicando la mano cortada de Ted Cummings al lector de palmas que abría la puerta del laboratorio, y sintió un nudo en el estómago. Se apartaron del camino de acceso y, dando la espalda a la calle, buscaron intimidad entre dos árboles. Janie sacó otro par de guantes de un solo uso y ayudó a Bruce a ponérselos. Bruce abrió el maletín y extrajo la bolsa de plástico blanca, sosteniéndola para que Janie la abriera de un tajo.
La mano de Ted se había quedado sin una gota de sangre, y su color blanco contrastaba con la piel sonrosada que había caracterizado al difunto.
–Mejor métete la otra mano en el bolsillo, para que no se den cuenta de que llevas guantes -dijo Janie-. Resulta un poco sospechoso. Cuando entremos ya abriré yo la puerta. – Miró a su cómplice a los ojos-. ¿Listo?
Bruce asintió con la cabeza, pero su fingida serenidad no engañó a Janie, que leyó miedo y renuencia en su expresión. Bruce cogió la mano
cortada a través del guante que le cubría la quemadura, y se agachó un poco para bajarse la manga de la chaqueta, confiando en que quien lo observara de lejos tomara lo que salía de ella por su propia mano.
Ella cerró el maletín y lo siguió por la escalinata, procurando conferir naturalidad a su porte. Le sostuvo la puerta, y entraron juntos en el edificio.
Recorrieron los pasillos a toda prisa, temiendo algún encuentro fortuito; por fortuna no fue así, y Janie fue convenciéndose de que la suerte empezaba a sonreírles. Después de dejar atrás tres largos pasillos con sus correspondientes recodos, divisaron la entrada del laboratorio.
Mientras se acercaban a la puerta, un guardia de seguridad apareció a unos diez metros y, al verlos, se detuvo para averiguar la identidad de los visitantes. Janie vio que aguzaba la vista y empezaba a caminar hacia ellos, pero después de unos pasos se quedó quieto y saludó con la mano.
–¡Ah, doctor Ransom! Buenas tardes. Así de mojado no lo reconocía.
Vaya tiempo más asqueroso, ¿eh?
–En efecto -asintió Bruce con nerviosismo.
–Me alegro de que esté de vuelta. ¿Ha tenido buen viaje?
Janie le susurró:
–Más vale que contestes.
Bruce, que se estaba mareando en cuestión de segundos, cogió con fuerza la mano de Ted Cummings y dijo con un esbozo de sonrisa:
–Muy interesante. ¡Ojalá pudiera ausentarme unos cuantos días más!
Satisfecho de que todo anduviera bien, el guardia rió y se mostró de acuerdo, antes de alejarse para seguir su ronda de pasillos en dirección contraria.
Esperaron a que se hubiera perdido de vista, y sólo entonces, entre temblores y náuseas, Bruce levantó la mano del muerto y la colocó sobre el lector de huellas. Aguardó unos segundos a que se encendiera la luz verde, pero el indicador seguía apagado. Volvió a intentarlo, pero la mano se había puesto rígida y era imposible aplanarla lo bastante para que el lector tomara una huella correcta. Bruce decidió recurrir a su otra mano y, con una mueca de asco, presionó sobre la pútrida extremidad hasta que se encendió la luz verde. Se apresuraron a entrar y cerrar la puerta a su paso.
Devolvieron la mano al recipiente de plástico, que Janie dejó en el suelo con intención de meterlo en un contenedor de seguridad biológica antes de
marcharse. Mientras Bruce se quitaba los guantes, el lector que les había franqueado el acceso al laboratorio dio inicio al procedimiento habitual de limpieza, que consistía en difundir una corriente de baja intensidad por la superficie de cristal y ejecutar después un barrido para averiguar si seguía contaminada por alguna bacteria. El mecanismo estaba programado para repetir la secuencia hasta que no se detectasen células vivas; cada secuencia duraba aproximadamente un minuto, y la precedía un pitido de aviso.
Ya hacía veinte minutos que Janie y Bruce habían entrado en del laboratorio, pero el lector seguía pitando y tratando de desinfectarse. El guardia de seguridad estaba demasiado lejos para oír la inquietante repetición; tampoco Janie y Bruce, aislados en su refugio de alta tecnología, se dieron cuenta.
Bruce dio unos golpecitos a la pantalla del ordenador, que insistía en no responder.
–Aquí dentro no hay nada. Está en blanco. Alguien debe de haber borrado la memoria entera.
–Todo esto empieza a parecerme rarísimo -dijo Janie-. ¿Hay algún otro sistema a mano?
–Con el mismo programa no. Estos dos eran los únicos que tenían instaladas las herramientas de identificación que nos hacen falta.
–¿Podríamos ir a otro laboratorio y hacer lo mismo?
Bruce suspiró.
–Poder sí podemos -dijo-, pero tardaríamos demasiado en conseguir que nos dieran lo necesario. Al fondo del laboratorio hay otro sistema menos sofisticado, pero para la comparación que queremos hacer servirá. – Se levantó de la silla y caminó hacia el lugar en cuestión-. Acompáñame.
Llegaron junto a una batería de microscopios, y Bruce escogió una unidad estereoscópica capaz de mostrar dos imágenes a la vez. Montó en un lado la tela original y en el otro un recorte cuadrado del camisón. Una vez conectada la iluminación, empezó a dar más aumento y, a medida que se perfilaban detalles en el trozo de tela, ajustó el enfoque para acrecentar la nitidez de las imágenes.
La superficie del círculo de tela estaba literalmente infestada de microbios. De algunos se advertía a simple vista que estaban vivos, por el modo en que palpitaban, temblaban y se dividían; muchos otros, en cambio, estaban muertos, quemados por un exceso de reproducciones.