La plaga

Ann Benson · Capítulo 18 de 40

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La plaga

Catorce

Oído lo cual, Alejandro tomó las riendas del caballo de Kate, y partieron con el sol despuntando en el horizonte.

Adele estaba escondida a unos cien pasos dentro del bosque, vestida como un viajero cualquiera, con ropa gruesa y resistente. Había escapado de Windsor por un estrecho pasadizo que ella e Isabel habían descubierto de niñas. Alejandro estuvo a punto de no verla, a causa de la perfección con que su túnica parda y pantalones grises se confundían con las ramas secas de su escondrijo. Al ver a Adele, Kate soltó un grito de alegría, pues ignoraba que la arriesgada comitiva fuera a contar con otro integrante. Lo vulgar de sus ropas de viaje los asemejaba a una familia cualquiera huyendo de la peste. Nadie los habría tomado por dos damas de la nobleza y un judío renegado.

CATORCE

En cuanto se marcharon los guardias, Janie corrió hacia los barrotes de la celda y se aferró a ellos desesperadamente.

–¿Qué está pasando aquí? – susurró a Bruce con tono apremiante, leyendo en su expresión más miedo del que le habría gustado ver.

–Intenta no ponerte nerviosa -dijo Bruce con calma-. No es más que un malentendido. Estoy seguro de que no tardará en solucionarse.

–Pero ¿por qué nos encierran así? ¡Si sólo se me ha caído un pendiente, caramba! Como si fuera una terrorista llevando una bomba o algo…

Bruce cortó la frase en seco. Parecía más asustado que antes.

–No creo que nos convenga hablar -dijo, mirando alrededor como si buscara algún dispositivo de audición.

¡Qué idiota!, se regañó Janie. ¡Claro, si oyen todo lo que decimos!

Expresó su comprensión con un gesto de la cabeza, y guardó silencio.

Casi de inmediato, el mismo biopolicía que los había apuntado con su arma en primer lugar abrió la puerta de la sala y entró con paso marcial.

Como había hecho al cerrar las puertas de las celdas, introdujo su tarjeta de identificación magnética en la ranura de la pared y apretó un botón, aunque no el mismo. Se oyó otro chasquido, más tenue que el de las cerraduras; después, con un zumbido casi imperceptible, se abrió una especie de ventanilla atornillada a los barrotes de la celda de Janie. El guardia introdujo por ella un contenedor plano de plástico en cuyo interior se entreveía alguna clase de prenda doblada. Janie se quedó mirando el

paquete un rato y acabó por extraer aquella especie de bolsa de la compuerta. Tras examinarlo desde todos los ángulos, se volvió hacia el guardia. Desde su celda, Bruce lo observaba todo en silencio.

–¿Qué es? – preguntó Janie.

–Un traje esterilizado -contestó el guardia-. Debe usted despojarse de toda su ropa y ponérselo -ordenó.

Janie dirigió a Bruce una mirada de inquietud, suscitando en él la siguiente pregunta:

–Por favor, ¿podría explicarnos qué pasa?

Su tono era firme y transmitía un desagrado evidente, aunque sin rastro de indignación, cosa que sorprendió a Janie. Lo hace a propósito, pensó, juzgando prudente seguir el ejemplo de Bruce. ¿Qué tendrá este asunto, que tanto le preocupa?, se preguntó con inquietud.

–La señora ha intentado penetrar en el edificio, que, como sabe usted, doctor Ransom, es una instalación de almacenamiento de alta seguridad. –

El agente se volvió hacia Janie, que casi no distinguía sus facciones a través del grueso plástico de la máscara-. No está usted autorizada para entrar, señora.

Janie olvidó todo lo referente al control de las emociones.

–Yo no he intentado entrar en el edificio -dijo con rabia-. Se me ha caído un pendiente, y lo he recogido.

El guardia contestó con irritante cortesía.

–Aun así, señora, su brazo ha atravesado el plano del escáner, que ha leído su presencia. El aparato considera como entrada toda lectura, aunque sea incompleta.

El aparato considera…, pensó Janie. Por lo visto, «el aparato» tenía vida propia, y su autoridad era considerablemente mayor que la del guardia que lo manejaba.

–Pero hombre, por Dios -dijo Janie, exasperada-, ¿tengo pinta de terrorista?

–Con su permiso, señora, no creo que los terroristas tengan un aspecto peculiar, y en cualquier caso no me compete a mí determinarlo. Eso es competencia de otro ministerio. – Señaló con su mano enguantada el recipiente de plástico que sostenía Janie-. Y ahora, si hace el favor de quitarse la ropa y ponerse el traje esterilizado… Puede dejar sus prendas en la bolsa vacía, y recogerlas más tarde.

A juzgar por su actitud, Janie no estaba dispuesta a obedecer, y se limitó a mirar al guardia. Éste no perdió los estribos, aunque su tono de voz se iba haciendo más serio por momentos.

–Lo siento, señora -dijo con firmeza-, pero no se trata de una petición.

Haga lo que le he dicho, por favor.

–No -replicó Janie con calma, retrocediendo hasta tocar la pared con la espalda.

Cuanto más tardaba en ser obedecido, más disgustado se mostraba el guardia. Bruce permaneció atento en su celda, pero no intervino hasta tener la certeza de que Janie no pensaba colaborar con sus captores.

–Janie -acabó diciendo-, creo que sería buena idea que hicieras lo que te pide. En caso contrario podríamos tener problemas.

El guardia miró a Bruce y asintió.

–En efecto -dijo-. Vale más no oponer resistencia. Sólo la llevaremos a…

Janie le impidió acabar la frase.

–Y una mierda -dijo, sin levantar la voz.

–¿Cómo dice? – preguntó el guardia, sorprendido.

–¡He dicho que una mierda! No pienso ir a ningún sitio mientras no me diga qué pasa. No he hecho nada para merecer este trato, y exijo…

Bruce no la dejó desfogarse.

–¡Janie, por favor! ¡¡Tranquilízate!! – Una vez obtenida su atención, añadió-: Sólo van a tomarte las huellas. Lo hacen con todos los detenidos, si no las tienen ya. No va a dolerte.

Janie sabía que el proceso no era doloroso ni revestía peligro, pero nadie, ni siquiera el más ardiente defensor de las huellas corporales, se habría atrevido a negar su condición de invasión definitiva en la intimidad del ser humano. Janie apretó todavía más la espalda contra la pared, como si pudiera fundirse con ella y recuperar la ansiada libertad. Confiando en que su tono expresara una resolución mayor que la que sentía, dijo:

–No voy a dejar que me hagan eso.

El guardia desenfundó el arma con sosiego y apuntó a Janie.

–Muy bien -dijo-, pero le pido encarecidamente que se replantee su actitud. Debo advertirla de que su negativa infringe la sección 236 del Tratado Internacional de Seguridad Biológica. El tratado da derecho al gobierno británico a juzgar a los infractores por una serie de crímenes,

algunos de los cuales son castigados invariablemente con la pena de muerte.

A diferencia de otros tiempos, los británicos ya no nos andamos con remilgos sobre ese tema.

Janie estaba desesperada.

–Le exijo que se ponga en contacto con la embajada de Estados Unidos

-dijo.

–Las violaciones del tratado no admiten mediación diplomática, señora

-dijo el guardia-. Siento decírselo, pero es así.

Janie volvió a mirar a Bruce, que parecía al borde de un ataque de nervios.

–Janie… -dijo-. Coopera, por favor.

El guardia dijo:

–Todo ello depende, por supuesto, del modo en que informe del incidente… Si cambiara usted de opinión y cooperase, su situación podría mejorar sustancialmente.

Janie miró al guardia y a Bruce, ambos a la espera de que dijese algo, y deseosos ambos, por distintos motivos, de que cejase en su resistencia.

Tragó saliva y se quedó mirando el suelo sin decir palabra.

–Muy bien -dijo el guardia, contrariado. Su tono se hizo más severo-.

Infiero de nuestra conversación que desea usted saltarse todas las formalidades de nuestro sistema de justicia y proceder directamente a la ejecución. – Apretó el gatillo con un chasquido-. No tema; es una bala química, y no notará nada en absoluto. Su cerebro dejará de funcionar antes de que dé con la cabeza en el suelo.

Janie miró alternativamente la máscara del biopolicía y el rostro suplicante de Bruce.

–Janie, por favor… No hagas locuras… Sólo son unas huellas…

Janie acabó por entender que no ganaría la batalla, y se rindió muy a su pesar. Miró al guardia y dijo:

–¿Podría usted al menos darse la vuelta, para que pueda cambiarme con cierto grado de intimidad?

–Lo siento, señora, pero tengo que observar. No debo apartar la vista de usted en ningún momento.

–Yo sí lo haré, Janie -dijo Bruce, dándole la espalda-. Pero no hagas ninguna tontería. Todo irá bien. No vas a tener ningún problema.

Caroline permaneció suspensa en una especie de limbo equidistante del sueño y la vigilia durante lo que le pareció una eternidad. Le dolía el pecho, como si durante el sueño le hubiera caído encima un peso enorme. Tenía un frío tremendo, aunque, por el peso de la manta, se daba cuenta de que seguía tapada.

¡Qué mal me encuentro, Dios mío! Y esta manta pesa como un montón de ladrillos…

No podía abrir los ojos, no sólo por falta de fuerzas, sino porque sus párpados parecían pegados por una costra reseca, como si hubiera estado llorando en sueños. Mientras se disipaba el efecto del fármaco, fue recordando fragmentos de un sueño, siempre el mismo. Intentó mover los brazos por segunda vez, pero era imposible; parecía que los tuviera clavados al tronco. Dedicó a su postura brumosas reflexiones, y concluyó que algo le estaba impidiendo mover los brazos. Si pudiera abrir los ojos y mirar… Pero cualquier esfuerzo por mover sus músculos faciales, hasta el más nimio, parecía fuera de su alcance. Permaneció tendida, consciente a medias, aguardando a que se le despejase la cabeza.

Tenía frío, pero estaba tapada. Se notaba la boca seca, pero tenía la piel húmeda y pegajosa. Casi estaba despierta, pero no podía moverse. Reanudó sus esfuerzos y logró al fin levantar los párpados.

Lo primero que vio fue que algo voluminoso le cubría el pecho. El pesado objeto estaba envuelto en una especie de tela oscura de algodón…

De pronto distinguió una mata de pelo canoso y parte de un brazo…

Tengo a alguien encima.

Recurriendo a todas sus fuerzas, intentó incorporarse y quitarse de encima a aquel individuo, pero no pudo, a pesar de que el intruso no hacía nada por mantenerse en su posición. Un fuerte empujón le permitió por fin echar a un lado al desconocido, que empezó a deslizarse hacia el suelo.

Virgen santa, tenía un muerto encima…

El cadáver acabó por caer al suelo con un ruido sordo. Caroline luchó por recobrar el aliento y, llevándose la mano al cuello, intentó gritar. Fue en vano. Miró al lado de la cama y vio el blanco y rígido cadáver de Ted Cummings contemplándola con una expresión de terror en su rostro desencajado.

Caroline se puso en pie con un movimiento demasiado brusco, y tuvo la sensación de que iba a estallarle la cabeza. Lo que veía era tan horrible que

le dio ganas de vomitar, y corrió tambaleándose hacia el lavabo, víctima de unas arcadas que duraron más de un minuto. Una vez recuperado el dominio de sí misma, vio sus téjanos y su blusa donde los había dejado antes, y se vistió en un santiamén, dejando tirado en el lavabo su camisón empapado de sudor.

Era necesario encontrar ayuda. Pensó en Janie, pero no sabía si habría vuelto ya de su misión en Leeds. Salió corriendo del lavabo con paso inseguro y volvió a mirar el cadáver de Ted.

No tenía ni idea de cómo o por qué había muerto, ni de si ella tenía algo que ver con su fallecimiento. El examen visual del cadáver no le proporcionó indicios sobre la causa del deceso; no se apreciaban rastros de sangre, y, si bien el cadáver estaba pálido e hinchado, no cabía ver en ello una explicación de su muerte. A Caroline le parecía haber pasado mucho tiempo inconsciente. ¿Cómo saber lo que había hecho durante el sueño? Se hallaba en un país que no era el suyo, un país donde apenas gozaba de derechos que la protegieran, y que, para situaciones como aquélla, disponía de medidas sumamente severas que casi siempre se aplicaban de inmediato.

De repente se dio cuenta de lo grave de la situación, y, vencida por el pánico, sólo se le ocurrió abandonar la suite y desvincularse de aquella cosa horrible tirada en el suelo. Salió corriendo al pasillo y, mientras se dirigía a toda prisa a la habitación de Janie, oyó cerrarse la puerta de la suya con un ruido metálico. Empleó todas sus fuerzas en llamar a la puerta de Janie, pero no obtuvo respuesta; la aporreó por segunda vez, dentro de lo que le permitía su debilidad, pero el resultado fue igual de decepcionante.

Al volver a su suite, se dio cuenta de que no tenía la llave. Probó a mover el pomo con la esperanza de que la cerradura hubiera quedado abierta, pero se le resistió, y siguió haciéndolo por muy fuerte que lo sacudiera. Cielo santo, Janie, ¿dónde estás? Dio media vuelta y, apoyada de espaldas en la puerta, rompió a llorar.

Fue entonces cuando se vio reflejada en el espejo de la pared opuesta.

Tenía el pelo revuelto y apelmazado. Su cara era un amasijo de manchas amarillas, que en el cuello se volvían de un azul casi negruzco. Tenía amoratadas e hinchadas las puntas de los dedos; en cuanto a los ojos, estaban rodeados de una sombra azul oscura y cuajados de venillas rojas.

Mientras se quedaba boquiabierta ante su terrorífico reflejo, un timbre anunció la inminente llegada del ascensor al séptimo piso. Caroline,

consciente de que no podía permitir que la vieran en semejante estado, corrió como loca hacia el fondo del pasillo, donde había un indicador de salida. Trató de abrir la puerta, pero parecía pesar una tonelada. En el momento mismo en que conseguía salir a la escalera de incendios, se abrió la puerta del ascensor. Caroline cerró la puerta y trastabilló escaleras abajo.

Janie recorrió lentamente el mismo pasillo por el que habían accedido a la sala de las celdas. Iba desnuda debajo del holgado traje de plástico que la envolvía como un enorme preservativo, y cada vez que daba un paso el roce del plástico frío contra la piel le provocaba escalofríos en todo el cuerpo.

Llevaba zapatillas de papel que, según sabía, serían destruidas más tarde.

Eran de la misma clase que las que siempre había llevado en el quirófano, allá en su feliz vida de cirujana, hacía un millón de años. Se vio a sí misma abriendo la puerta de un golpe de cadera, y al otro lado las enfermeras de manos enguantadas esperando a que se lavara las manos, música de Mozart en el hilo musical, la promesa de una cura inminente…

En lugar de ello se abrieron automáticamente dos pesadas láminas correderas de metal, que volvieron a unirse tras el paso de los dos biopolicías que seguían a Janie con las armas a punto. Habría bastado un paso en falso para que le arrebataran la vida, aquella vida que, infeliz o no, era la suya. La idea de tener que enfrentarse en breve a una toma de huellas corporales repugnaba profundamente a Janie. En Estados Unidos, las leyes sobre la intimidad hacían que siguiera siendo una práctica poco frecuente, aunque el Congreso debilitara dichas leyes a cada nueva epidemia. Pocos, en definitiva, habían padecido el humillante procedimiento, y Janie deseó con toda el alma poder volver atrás en el tiempo y evitarlo.

–A la izquierda -dijo uno de los biopolicías.

Janie obedeció, aunque no se sentía precisamente sumisa. Soñaba con dar media vuelta e irse corriendo a algún bucólico lugar en que trinaran los pájaros y el polen la hiciera estornudar. En el aire filtrado y esterilizado de aquel edificio se echaban en falta las suaves fragancias campestres que invitaban a ensanchar los pulmones con deleite; era un aire seco y de irritante pureza, sin vida. Sin vida.

Se enfrentó a la izquierda con otro pasillo tan largo como el anterior, y caminó hacia la doble puerta que lo cerraba, dejando atrás gran número de puertas laterales. Debe de ser aquí, pensó. Al llegar al final del pasillo, uno

de sus guardianes introdujo un código en un teclado numérico adosado a la pared, y la puerta se abrió lentamente.

–Entre, por favor -dijo el biopolicía-, y no haga nada hasta que vuelva a estar cerrada del todo la puerta. Le daremos instrucciones por el intercomunicador.

El zumbido y chasquido de la doble puerta al cerrarse selló la renuncia a toda posible huida. Janie se quedó mirando el pequeño pedestal que se elevaba en el centro de la habitación. Va a ser ahí, pensó. Y empezó a temblar.

El austero cubículo disponía de espejos en todas las paredes. Janie tuvo la certeza de que eran espejos de doble vertiente, por los que los biopolicías podrían observar el procedimiento sin que ella tuviera ocasión de verlos.

¿Cuál de los cuatro?, se preguntó. ¿O serán todos? A lo mejor todo el mundo interrumpe su trabajo y viene a recrearse la vista.

Un pequeño altavoz colocado en el techo emitió Un mensaje:

–Diga su nombre, por favor.

Por unos instantes, Janie se extrañó de que no supieran cómo se llamaba, hasta que recordó que desde su llegada al almacén no se lo habían preguntado ni una vez. Bruce se había ocupado de todos los trámites. Quizá la hubieran tomado por una simple acompañante. Además, se había dejado la documentación en el coche de Bruce. ¡Estos Einsteins ni siquiera me han pedido los papeles!, pensó con malicia. Lo que tú digas, Adolf, pero a ver si te tomo un poco el pelo, a ti y a tus tropas de asalto…

Carraspeó y pronunció con nitidez:

–Merman. Ethel Merman. [3]

La respuesta tardó un poco en llegar.

–El doctor Ransom la ha llamado Janie.

¡Aja! ¡Así que es verdad que no lo saben!

–Jane es mi segundo nombre. De niña odiaba el nombre de Ethel, y todos me llamaban Janie.

–Muy bien, señora Merman. Antes de seguir adelante, quisiéramos formularle unas cuantas preguntas.

No me digas, pensó Janie.

–Fecha de nacimiento.

–22 de noviembre de 1963.

–¿Lugar?

–Dallas, Texas. – Y con mayor énfasis-: Estados Unidos.

Detrás del espejo, los guardias se miraron. El jefe desconectó el intercomunicador y dijo:

–Como si nos pudiera engañar. ¿Qué se cree, que no nos damos cuenta de que es americana?

Volvió a conectar el intercomunicador.

–Muy bien, señora Merman. Tengo entendido que Dallas es una ciudad preciosa. Y ahora, si hace el favor de darnos su dirección fija en los Estados Unidos…

–Calle Yawkey, Boston, Massachusetts.

–¿Podría deletrearlo, por favor?

–Calle, C-A-L-L-E, Yawkey, Y-A-W-K-E-Y.

–Muchas gracias -dijo el guardia, algo mosqueado-. ¿Código postal?

¡Huy!, pensó Janie. Inventó un número de nueve cifras. Tampoco se van a enterar.

–¿Estado civil?

La pregunta suscitó dolorosos recuerdos en Janie. Era el tipo de pregunta que siempre odiaba tener que contestar.

–Viuda.

–Gracias, señora Merman. Ahora necesitamos un breve historial médico.

Janie se quedó un poco preocupada. Cuando todo hubiera acabado, se sabrían su historial médico al dedillo. ¿De qué sirve preguntarlo ahora? A lo mejor sólo es una prueba. Quieren darme a entender que compararán lo que diga con los resultados.

–Número de partos.

–Uno.

–Número de hijos con vida.

¡Basta, por Dios!

–Ninguno.

–Estado reproductivo.

–Esterilizada.

A esta última respuesta siguió un silencio en el cubículo, mientras los guardias evaluaban los datos proporcionados por Janie.

–Parece que se ha calmado -dijo uno-. ¿Qué os parece que hagamos con ella?

Eran conscientes de tener algo difícil entre manos, y de que lo que decidieran podría pasar a mayores. Su prisionera no era ciudadana británica; decía ser americana, hecho que corroboraban tanto su acento como su insolencia. No llevaba ningún documento encima, pero tampoco se le habían detectado armas u objetos sospechosos.

–A lo mejor si pedimos consejo al de arriba…

La propuesta fue recibida con quejas generalizadas.

–¡No, por Dios! – dijo uno de los guardias-. ¡A él no! Armaría un pitote de cuidado, y cuando resultara que no es para tanto, nos tocaría a nosotros cargar con el muerto.

Comentaron las dificultades que habían tenido cuando su supervisor, un individuo de buena familia pero poco eficaz en la toma de decisiones, se había excedido en su análisis de los hechos y arrestado a un ciudadano norteamericano inocente por una infracción menor de las normas de seguridad biológica. Su torpeza había estado a punto de provocar un incidente internacional, y había costado cargo y jubilación a uno de sus colaboradores. Ninguno de los guardias que se ocupaban de Janie tenía ganas de que la situación llegara a ese punto. Sabían que estaban obligados a aplicarle los trámites, pero se inclinaban por mantenerlos en una esfera lo más restringida posible, a menos que hubiera motivos para llevar adelante la investigación.

–Yo creo que dice la verdad -dijo uno-. Fijaos en los números. – Señaló un diagnóstico referente al momento en que Janie había contestado a las preguntas sobre su situación parental. Los números medían sus reacciones físicas a las preguntas, y comparaban los indicadores biológicos con lo que habría dado pie a esperar la respuesta, igual que un viejo detector de mentiras-. Por lo visto perdió un hijo en las Epidemias. La pregunta tendría que haberle sentado mal, y este salto en la línea indica que sí, que le ha sentado mal. Yo voto por no darle más vueltas. No creo que sea ninguna terrorista.

–Probablemente tengas razón -dijo otro-. A lo mejor es verdad que sólo se le cayó un pendiente. – Pulsó unas teclas de su ordenador y miró la pantalla-. Merman -dijo-. No aparece ningún historial de actividades criminales, ni de asociación con grupos conocidos, al menos en Europa.

¡Ojalá pudiéramos conseguir esa información de Estados Unidos! No entiendo que no nos dejen consultarla.

–Prefieren que se lo pidamos cortésmente. Por lo menos nos dejan consultar los datos biológicos. Además, el escáner no ha encontrado ningún dato que coincidiera con ella. Si la hubieran arrestado en su país, o incluso si la hubieran investigado, lo lógico sería que dispusiéramos de algún indicio, aunque fuera mínimo. No hay nada. Le tomamos las huellas y ya está, ¿de acuerdo?

Todos asintieron con la cabeza.

El biopolicía volvió a conectar el intercomunicador.

–Muy bien, señora Merman, no tenemos más preguntas. Ahora mismo vendrá la encargada.

Caroline estaba hecha un ovillo en la caja de la escalera, entre los pisos seis y siete del hotel; confusa y asustada, intentaba recordar a toda costa las circunstancias que la habían llevado a tan delicada situación. Al caer por la escalera se había quedado un rato inconsciente; poco a poco, a medida que se le iba despejando la cabeza, se dio cuenta de dónde estaba, pero el porqué seguía escapándosele. No se le ocurría mejor idea que salir de ahí cuanto antes. Como era mucho menos cansado bajar que subir por la escalera, se decidió por la primera opción, que puso en práctica combinando de forma estrambótica el arrastrarse con el deslizarse.

Una vez salvado el último escalón, vio una puerta con una luz roja que indicaba la salida, y decidió utilizarla para huir. No tenía ni idea de qué encontraría al otro lado, pero no podía ser peor que aquella oscura caja de escalera de frío hormigón. Una vez puesta en pie, se apoyó contra la puerta metálica y ejerció una fuerte presión sobre el picaporte. En cuanto logró abrirla se disparó una estruendosa alarma cuya fuente estaba situada justo encima de su cabeza, y que la llenó de pánico y perplejidad. Se llevó las manos a los oídos para protegerse de aquel ruido que amenazaba con destrozarle la cabeza, y se abalanzó al otro lado de la puerta, donde encontró un pequeño patio con césped que separaba su hotel del edificio adyacente. Movida por el impulso irrefrenable de esconderse cuanto antes, corrió con paso desgarbado en dirección opuesta a las luces de la calle, metiéndose detrás del hotel por un oscuro callejón.

Por fin a salvo, hizo una pausa para descansar, mientras oía llegar a los bomberos, avisados por la alarma. Al volver la vista hacia el tramo de calle que se divisaba desde el callejón, vio dispersarse al personal de emergencia, pertrechado con linternas. Consciente de que sólo conseguiría evitar que la

descubriesen si seguía adelante, avanzó trabajosamente a gatas hacia una zona más oscura, unos cuantos edificios más allá.

Cuando consideró que ya no podían verla, y que las indagaciones no llegarían hasta ahí, Caroline se recostó contra la pared, jadeando y temblando de frío. De repente, todos los dolores que habían quedado enmascarados por el miedo y la necesidad de huir se adueñaron de su cuerpo con violencia estremecedora. El escozor que sentía en los pies la llevó a caer en la cuenta de que había olvidado calzarse. Tenía la cabeza a punto de estallar, y el cuello tan rígido que cualquier movimiento de cabeza la hacía llorar; aun así, la necesidad de situarse la llevó a girar el tronco para echar un vistazo a lo que la rodeaba. No pudo evitar que se le saltaran las lágrimas.

Cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad, descubrió con angustia que no estaba sola, sino que había otras siluetas inmóviles junto a ella. No habría sabido decir si eran hombres o mujeres, ni si estaban borrachos o muertos, pero de lo que no le cupieron dudas fue de que ninguno de ellos respondía a la definición de ciudadano normal. Permaneció inmóvil y a la expectativa, queriendo asegurarse de que todos los bultos estuvieran dormidos.

La media hora que tardaron los equipos de emergencia para concluir que no se había declarado ningún incendio en el hotel le pareció una eternidad. Por fin se marcharon, y el rugir de sus potentes vehículos se perdió a lo lejos. Caroline intentó ponerse en pie, pero se lo impidió el mareo. Al chocar con el trasero contra el suelo, sintió una punzada de dolor que le recorrió todo el cuerpo maltrecho, concentrándose sobre todo en el cuello, ingles y axilas. Acabó renunciando a caminar y se arrastró sin hacer ruido hacia uno de los residentes del callejón, el que le caía más cerca. Con todo el cuidado necesario para no despertarlo, le quitó los zapatos y se los puso en sus pies ateridos. Haciendo un esfuerzo por ponerse en pie y andar, renqueó hacia el fondo del callejón en busca de un lugar seguro.

El astroso individuo a quien había robado los zapatos se levantó silenciosamente y se acercó con sigilo al más próximo de sus compatriotas, una mujer no menos desaliñada a quien dijo, dándole unos golpecitos en el hombro:

–Venga, que se está yendo.

Su compañera se incorporó de inmediato, restregándose los ojos.

Ambos se pusieron en pie y siguieron a Caroline, sin abandonar en ningún momento el amparo de la oscuridad.

En la embocadura misma del callejón, Caroline se apoyó contra una farola y, al tiempo que luchaba por no perder el equilibrio, miró alrededor para orientarse. No se atrevía a quedarse mucho tiempo en campo abierto, pero apenas podía dar un paso. Por la ventana de un restaurante cercano vio caras limpias de elegantes comensales, iluminadas por la suave luz de las velas. Hacían lo que ella había hecho en cientos de ocasiones, disfrutar con calma de una buena comida, beber, reír, pasar un rato estupendo. Ella, mientras tanto, se aferraba a una farola, con zapatos robados en los pies y la vida colgando de un hilo. ¿Cómo había podido distanciarse tanto de aquella gente, y en tan poco tiempo? Estoy viendo una película de cómo era mi vida, pensó; ya no formo parte de ella.

Un hombre limpio y bien vestido salió de la puerta principal del restaurante y caminó hacia ella con paso firme y resuelto. Viene a ayudarme, pensó Caroline con gratitud. ¡No lleva uniforme! Cuando lo tuvo más cerca, reconoció en él a una persona digna de confianza, e hizo un esfuerzo por sonreír.

Los dos persecutores permanecieron en la oscuridad, preocupados por la presencia de aquel hombre que seguía acercándose a Caroline.

–¿Y ahora qué hacemos? – preguntó uno.

–Mirar -contestó el otro-, y no alejarnos de ella. No podemos hacer gran cosa más.

Siguieron escondidos, oyendo a Caroline decir:

–¡Gracias a Dios! Necesito que me ayude.

Pero el tipo la cogió por los hombros.

–¡A ti no hay quien te ayude! – dijo con rabia-. ¡Malditos marginales!

¿Cuántas veces tendré que alejaros de mi ventana?

Y sin dar tiempo a que Caroline reuniera la energía suficiente para protestar, la obligó a meterse por otro callejón y la empujó sin contemplaciones, dejándola tirada en el suelo, presa de un violento ataque de tos.

–¡Y no vuelvas -dijo amenazándola con el puño-, o no me tomaré la molestia de avisar a la policía! ¡Yo mismo me encargaré de ti!

Mientras caminaba hacia el restaurante, se frotó las manos y se las restregó en el pantalón, como si quisiera limpiárselas. La extraña pareja observó con aprensión cómo tosía en una mano y luego se la pasaba por el pelo.

Caroline, aturdida, fue sumiéndose poco a poco en la inconsciencia. Sus persecutores esperaron a que el dueño del restaurante hubiera desaparecido por completo, y después, agazapados en la oscuridad, se apresuraron a internarse en el callejón hasta divisar a Caroline. La andrajosa mujer se quedó rezagada, acurrucada contra la pared. Su compañero se acercó poco a poco al cuerpo dormido de Caroline y, colocado a un par de metros de ella, se sentó y fingió estar conciliando el sueño, sin dejar de vigilarla con ojos entornados.

Cuando Caroline recuperó el conocimiento, la luz tenue del alba empezaba a filtrarse por el callejón. Consiguió incorporarse con dificultad y miró alrededor, fijándose en el hombre dormido que tenía al lado. ¿Estaba ahí en el momento del desmayo? No me acuerdo…, pensó. ¿Cómo es posible?

Quiso levantarse, pero antes respiró hondo. Al llenar sus pulmones, los músculos del pecho opusieron una dolorosa resistencia. El suplicio repentino la obligó a toser, una entrecortada tos de perro a cuyo término hizo un esfuerzo por ponerse en pie, esfuerzo inútil, puesto que acabó casi instantáneamente en caída.

Tendré que irme gateando. Se apoyó en las rodillas y las manos y se dirigió lentamente pero sin pausa hacia el extremo del callejón, dejando atrás a aquel hombre que olía de forma espantosa. Los zapatos robados seguían bailoteando en sus pies, dando tumbos contra el asfalto.

En cuanto tuvo a Caroline a distancia prudencial, el maloliente desconocido volvió junto a su compañera.

–Va hacia el fondo del callejón -le susurró. Ella asintió con la cabeza, y dijo:

–Entonces voy a por el carrito y salgo enseguida. Deséame suerte.

–Suerte -dijo el hombre, viéndola partir en dirección opuesta.

Medio a gatas, medio dando bandazos, Caroline siguió adelante hasta ver un banco. Su mente confusa lo consideró una meta digna, algo con que mejorar su situación presente, que no distaba mucho de ser desesperada. Al

comprobar que estaba desocupado, se le ocurrió descansar en él su cuerpo maltrecho el tiempo suficiente para tomar una decisión.

Se encaramó a él trabajosamente y permaneció hecha un ovillo en un extremo. Una bandada de palomas se posó a sus pies. Intentó espantarlas sin gran entusiasmo.

–A mí tampoco me gustan mucho -dijo una voz desconocida. Caroline alzó la vista y vio delante de ella a una mujer con aspecto de mendiga, vestida de forma harto curiosa, con un raído bolso marrón colgado del hombro; estaba apoyada en un carrito de compra oxidado y abollado, y le sonreía-. ¿Le importa si me siento a descansar con usted? Estoy un poco fatigada.

Caroline se encogió débilmente de hombros e hizo señas a la mujer de que no le molestaba compartir asiento con ella. El voluminoso cuerpo de la desconocida ocupó el espacio restante del banco, que se curvó bajo su peso.

–Usted también parece cansada -dijo a Caroline-. ¿Anda baja de forma?

A Caroline no le quedaban fuerzas para entablar una conversación de cortesía; aun así contestó:

–Un poco.

Su andrajosa compañera de banco dijo:

–Eso es que la noche ha sido larga. ¿Me equivoco? – E inclinándose hacia Caroline añadió-: ¡En mis tiempos yo también pasé noches muy largas, algunas memorables y otras que es mejor olvidar! – Se rió a carcajada limpia, dándose palmadas en la rodilla-. No se crea, entonces era joven y traía coladito a más de uno.

Caroline se volvió hacia ella con dificultad y se preguntó en qué remoto pasado habría merecido aquella mujer el calificativo de «guapa». Dándose cuenta de cómo la miraba, la mujer continuó:

–Ya, ya sé lo que está pensando; se extraña de que una bruja apestosa como yo haya podido traer colado a alguien. Pues mire, siempre hay que estar preparado para que lo que uno no cree se haga realidad en el momento más inesperado.

¡Ay Dios!, pensó Caroline. Ojalá pudiera acordarme de qué creo y qué no creo… Una lágrima rodó por su mejilla.

Viendo que lloraba, la mujer le puso una mano en el brazo y dijo:

–¡Vaya, ahora sí que la he disgustado! Discúlpeme, por favor.

Caroline intentó mirarla, pero le costaba enfocar la vista. Cuando lo consiguió, se dio cuenta de que su extraña compañera de banco le sonreía.

En circunstancias normales, su aspecto no la habría hecho sentirse demasiado cómoda. Tenía la ropa hecha un asco, el pelo alborotado, y su sonrisa descubría un sinfín de huecos en lugar de dientes. No es el tipo de gente entre la que suelo moverme… Aun así, se sintió extrañamente reconfortada.

Cualquier consuelo es bienvenido, pensó. Negó con la cabeza, queriendo indicar a la mujer que no había dicho nada malo.

–En todo caso, parece usted preocupada. ¿Se ha perdido?

Caroline asintió, y el dolor le hizo contraer los músculos de la cara.

–Yo también lo he estado unas cuantas veces -dijo la mujer-, pero al final siempre consigo encontrarme. – Acarició el brazo de Caroline-. Intuyo que, con el tiempo, usted también lo hará.

Tiempo… hará… Caroline fue perdiendo el conocimiento, con las palabras bailándole en la cabeza. De pronto, su cuerpo ya no tuvo fuerzas para seguir despierto; quería librarse del peso del pensamiento y las ideas, actividades simples que por lo visto gastaban más energía de la que tenía disponible.

La desconocida no dijo ni hizo nada. Se limitó a esperar pacientemente, y, una vez segura de que Caroline dormía, le pasó la mano por el pelo grasiento.

–Descansa -dijo-, que yo me ocuparé de ti.

Siguió velando el sueño de su protegida, aferrada al bolso marrón que descansaba en su vasto regazo. Mientras tanto, se entretenía viendo pasar a la gente, prósperos londinenses que no les prestaban la menor atención, reacios en su mayoría a acusar recibo de un hecho perturbador que podía exigir de ellos una reacción compasiva. De vez en cuando la mendiga se fijaba en la respiración de Caroline, y, cuando advirtió en ella el ritmo característico del sueño, se levantó del banco y colocó sus pertenencias en el fondo del carrito. Con suavidad y fuerza sorprendente alzó en vilo a Caroline y la depositó en el carrito, encima de todo lo demás. Después silbó discretamente y escudriñó el callejón en que la esperaba su compañero. Éste contestó moviendo los brazos.

La mujer hurgó en el bolsillo de su mugriento vestido, en busca de unas migajas. Después de echar unos puñados a las palomas que se

arremolinaban a sus pies, cogió el mango del carrito y, mascullando incoherencias, se puso en marcha, cargada con su dormida pasajera.

Una mujer vestida con una versión abreviada del uniforme verde de la policía biológica entró sonriendo en el cubículo por el espejo corredero que cubría una de las paredes.

¿Bioenfermera?, pensó Janie. ¿Policía-ATS?

La mujer empujó un carrito de metal cubierto de artilugios de aspecto médico. A pesar del miedo, Janie se fijó con curiosidad en el contenido de la bandeja de acero inoxidable que descansaba sobre la estructura del carrito, y vio un conjunto extraño y algo amenazador de largas sondas y pinzas metálicas, además de parches adhesivos y otros artículos por el estilo, ninguno de los cuales la indujo a arrostrar con tranquilidad lo que estaba por venir, si bien todos suscitaron su interés.

–Por favor, quítese el vestido de traslado -dijo la mujer.

–Me quedaré desnuda…

–Sí, señora, me doy cuenta. – La mirada de la enfermera era comprensiva, pero su voz firme-. Le pido disculpas por las molestias que pueda causarle el procedimiento, pero, mientras se someta a él, no podrá llevar ropa encima. Se trata de un examen médico como cualquier otro. La ropa podría distorsionar los resultados.

¿A cuántos pacientes desnudos he operado en el quirófano?, se dijo Janie. ¿Siempre los he tratado con dignidad intachable? Recordó a un paciente varón al que había intervenido en la región inferior del abdomen.

Al prepararlo, tanto ella como los demás miembros del equipo se habían fijado en lo pequeño que tenía el miembro; Janie recordó, avergonzada, las burlas de que había sido objeto el pobre hombre, gracias a que todos sabían que había recibido anestesia total y no podía oírlos. ¿O sí?, se preguntó Janie, todavía más avergonzada.

Procuró considerar lo que iban a hacerle como una prueba médica más, pero no consiguió engañarse a sí misma. Paseó una mirada nerviosa por la pequeña habitación, escrutando los espejos de que estaba revestida. Sentía al otro lado la invisible mirada de los guardias, miradas que se hincaban en ella mientras se bajaba el traje de plástico hasta los pies y se lo quitaba del todo. La mujer lo recogió de inmediato y lo metió en una bolsa de plástico amarillo. Seguidamente le tendió un gorro de baño y un collar de plástico en que se leía el nombre «Ethel J. Merman».

–Haga el favor de meter el cabello en el gorro y ponerse en el cuello el collar de identificación. Después coloqúese encima del pedestal y no se mueva. Va a ser sometida a una aspersión higiénica para esterilizarle la piel.

Janie oyó el chirrido de una compuerta que se abría encima de su cabeza. Miró hacia arriba y vio ocultarse en el techo un panel de tamaño considerable. En cuanto éste hubo desaparecido del todo, un tubo de gran diámetro parecido a un silo de misiles en miniatura bajó hasta taparla por completo. El interior del tubo estaba cubierto por miles de minúsculas boquillas.

–Por favor, levante las manos y sujete la manilla superior. Cierre los ojos y no los abra hasta que haya cesado la aspersión.

Su cuerpo fue bombardeado por chorrillos de líquido azul cuya temperatura era igual a la de su piel. Janie, que había olvidado respirar hondo antes de que empezara la irrigación, se quedó sin aliento, y estaba a punto de ponerse a toser cuando dejó de notar los pinchazos. Aparecieron entonces potentes ventiladores de chorro que hicieron bajar el líquido azul hasta la base del pedestal, de donde desapareció por un sumidero de succión al vacío. La potencia de los ventiladores quedó reducida a la de un secador de pelo en posición intermedia.

Una vez que el cuerpo de Janie hubo quedado más o menos seco, la encargada le tendió una toalla azul de tela fina y le indicó que se secara todos los repliegues del cuerpo en que pudiera no haber penetrado el aire.

–Es probable que los próximos minutos no sean de su gusto, pero tengo que pedir su colaboración. – A Janie le pareció volver a percibir indicios de compasión en el rostro de la mujer-. Le irá mejor si no se resiste; de ese modo todo será muy rápido, y se harán una idea clara. Supongo que no querrá volver a pasar por todo el proceso…

Y, acto seguido, las sondas que Janie había visto en la bandeja fueron introducidas en todas las cavidades practicables de su cuerpo. Cada sonda tenía una forma adecuada a su cometido. Todas estaban cubiertas con una funda de plástico fino (condones para máquinas, pensó Janie), y eran lubricadas antes de la inserción. Se le colocaron parches adhesivos en el ombligo, diversas zonas del pecho, sobre los ojos cerrados y en las puntas de las uñas. Se trataba de minitransmisores ideados para enviar una imagen de la zona a la que estaban pegados.

–Ya casi está. Procure no moverse -dijo la mujer-. No durará mucho.

Janie intentó mantener la calma, pero no pudo contener del todo sus temblores. Ya no veía lo que le estaba sucediendo, pero oyó decir a la mujer:

–Sólo una cosa más.

La encargada se subió a una silla y quitó a Janie el gorro de baño; después le levantó todo el pelo y dejó que fuera absorbido por un casco de succión.

–Antes no solíamos tener más remedio que rapar al cero -dijo, como si quisiera dar ánimos a Janie-. ¿No le parece mejor esto?

Janie, que tenía la boca ocupada por una sonda en forma de bombilla, sólo pudo farfullar:

–Ummgg.

–Allá va, señora Merman. Falta muy poco…

Ocho paneles bajaron poco a poco de la abertura del techo y formaron un nuevo silo en torno al cuerpo de Janie, quien, pese a no poder verlos ni oír con claridad el ruido que hacían, sintió cómo su peso imprimía una ligera vibración al pedestal en el momento de posarse.

Tuvo ganas de gritar, pero era imposible. Se preguntó cómo habría reaccionado a aquella horrible situación la verdadera Ethel Merman, una chica con tantas agallas que daba gusto verla.

Cantar, lógicamente, pensó; y, dicho y hecho, se puso a tararear mentalmente canciones de mensaje optimista: When you walk through a storm, hold your head up high… I simply remember my favorite things…[4]

No tardó en oírse un discreto zumbido, a cuyo son miles de minúsculas puntas de metal emergieron de los paneles, deteniéndose cada una automáticamente en cuanto tocaba la piel, hasta formar entre todas un molde exacto del cuerpo de Janie.

–¡Y ahora estése quieta, por favor! Sólo unos segundos más.

Prisionera de aquella pesadilla hecha máquina, sintiendo el tacto amenazador de diez mil varillas electrónicas que registraban todos sus secretos, Janie habría sido incapaz de cantar aunque le hubiera ido la vida en ello. Las prominencias metálicas la tenían inmovilizada; incapaz de temblar siquiera, oyó diversos chasquidos y zumbidos que acompañaban a la transmisión de los datos.

Recordó entonces, como en la canción, una de sus cosas preferidas, su decimosexto cumpleaños, cuando su tía, prestigiosa joyera, le había