La plaga
Veintiocho
Janie y Bruce hicieron cuanto les indicó Sarin a medida que ejecutaba el ritual página por página. Había ido usando todos los objetos depositados encima de la mesa, excepto uno. Pese a lo extraño de los actos del anciano, Janie y Bruce no cuestionaron en ningún momento sus fétidas pociones y emplastos. Se limitaron a seguir sus indicaciones, intercambiando alguna que otra mirada de desconcierto. Janie se quedó fascinada al ver al débil anciano sobreponerse al dolor y el miedo y ejecutar con mano maestra toda clase de ritos curativos sobre su frágil paciente.
Sin embargo, al consumirse las velas y despuntar el alba, a Sarin ya no le quedaba gran cosa que hacer por la enferma. Caroline seguía con los ojos abiertos, pero lo único que hacía era parpadear de vez en cuando. Por triste que fuera, había que confesar que la mejoría había sido muy escasa, cuando no nula.
Sarin se dejó caer una vez más en la silla, volviendo hacia Janie un rostro lleno de frustración y vergüenza.
–No parece que funcione -dijo-. No lo entiendo…
Se sentía cansado hasta lo indecible; su cuerpo dolorido anhelaba dormir, y se habría estirado en la cama de no haberla ocupado Caroline.
¡Ah, un buen descanso!, pensó. ¡Qué bien me sentaría! Consiguió decir que no con la cabeza. Después cerró los ojos.
–Aún queda una cosa -dijo-, pero antes necesito descansar un poco… -
Había notado cómo su energía se canalizaba en la ejecución de los primeros pasos, y necesitaba desesperadamente recuperar fuerzas antes de continuar-.
Un minuto y acabamos.
Janie miró a Bruce con inquietud, antes de poner una mano en el hombro de Sarin.
–Señor Sarin… no creo que convenga detenerse ahora. Sólo falta una cosa, y después podrá descansar cuanto quiera sin que lo moleste nadie.
El anciano no contestó.
–Señor Sarin… -repitió Janie, tocándolo otra vez.
Estaba flotando. Notó que alguien lo tocaba, pero fue una sensación puntual, y siguió alejándose. Se hallaba en el campo, siguiendo alegremente a su madre, que recogía hierbas con el delantal. El sol brillaba en lo alto, con toda la fuerza de la canícula. Todo era vida alrededor. Los insectos