La plaga

Ann Benson · Capítulo 21 de 40

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La plaga

Diecisiete

–¿Suerte yo? ¿No serás tú el afortunado?

Bruce dejó el cepillo de dientes y cruzó la habitación. Quitó el auricular a Janie y, tras devolverlo a su lugar, la cogió en brazos y la besó apasionadamente.

–Oye, se nos da de fábula. Deberíamos haberlo hecho hace veinte años.

Los besos de Janie no fueron menos apasionados que los de Bruce, y en cuestión de instantes ambos recorrían el cuerpo del otro con manos ávidas, deseosas de llegar al punto más sensible. Janie respiró hondo, llenándose los pulmones con la fragancia de Bruce, la única e irrepetible esencia de Bruce. Dios, por favor, déjame olvidarlo todo menos esto, aunque sólo sea un día, o una hora… Haz que desaparezca todo lo demás…

Sin embargo, su conciencia se llenó de tubos de tierra que acudían sin ser llamados, bailando en impecable formación con una ristra de listas, cartas y archivos de ordenador a sus pies; era demasiada distracción para seguir explorando zonas erógenas. Poco a poco, Janie se apartó de Bruce, y le dijo con cara de tristeza:

–Me encantaría hacerlo, pero ya va siendo hora de que volvamos, la verdad.

Bruce sonrió, como si quisiera dar a entender que era una lástima.

–Ya, ya -dijo, asintiendo con la cabeza-. Tienes razón. Pero la idea era buena, ¿verdad?

–¿Buena? ¡Buenísima! – dijo Janie.

De pronto, otra idea invadió su cerebro a ritmo de marcha nazi, un pedazo de idea que reclamaba su atención sin andarse con sutilezas y, ofendida, exigía saber lo siguiente: «¿Qué encontrarás cuando vuelvas?»

El recuerdo apasionado de la noche se vio sustituido lentamente por la presión de una agenda más apretada que nunca.

–Lo que sí espero es que Caroline no se esté dedicando a recoger más tierra -dijo a Bruce mientras cogían sus bolsas respectivas-. Con la que hay tenemos problemas de sobra.

DIECISIETE

Cuando faltaba poco para llegar a casa de la madre de Kate, se puso a llover, y Adele y Alejandro se resguardaron debajo de un árbol para ponerse las capuchas de sus capas de montar. Alejandro, que todavía no se había recuperado del todo del salto a través de los robles, empezó a tiritar, y se

ciñó mejor la capa antes de alisar los pliegues de la de Adele. Mientras manipulaba la prenda de su compañera, ésta le pasó una mano por la mejilla.

–Dime por qué estás tan apenado.

Alejandro suspiró con tristeza, sin dejar de abotonar el cuello de la capa.

–¡Qué bien interpretas mis sentimientos! Eres una dama de múltiples talentos.

–Poco talento se precisa para ver que estás melancólico, tan poco como el que empleas tú para disimularlo.

–Sí, estoy triste -admitió Alejandro-, triste hasta lo más hondo. Me siento como si acabáramos de abandonar el Edén, cargados con el peso de conocer lo que pudo haber sido. En ese lugar éramos inocentes, y todo era hermoso; ahora nos abruma lo mucho que sabemos, y volvemos a donde nos espera más dolor todavía.

–Pero seremos capaces de cargar con ese saber -dijo Adele con dulzura-, porque el mundo en que debemos vivir es éste, no el que hemos dejado atrás. Fíjate en lo que te rodea. ¿Acaso no hay belleza en este lugar? Piensa en lo que tiene de hermoso esta lluvia. – Estiró el brazo para recoger unas gotas-. Sólo tengo que abrir la mano y podré saciar mi sed con agua caída del cielo.

–Es una lluvia fría.

–Es un regalo de Dios, que quiere darnos a entender que hasta la más fría de las lluvias nos traerá árboles y flores.

–Estamos en otoño, y tú misma me has hablado del frío que puede llegar a hacer en este país. Empiezo a notarlo en mis carnes. ¿No es cierto que falta poco para que los árboles y las flores pierdan su color?

–Sólo para renacer en primavera, tan verdes como siempre.

–Pero ¿cuál es el motivo de que todo tenga que marchitarse y morir?

Adele se encogió de hombros.

–Tus preguntas exceden mis pobres conocimientos. No cabe duda de que son temas de gran trascendencia, más indicados para un filósofo o un sacerdote. Ahora bien, te diré lo que siempre he pensado: si todo se marchita y muere, es para que saboreemos más a fondo el hecho de estar vivos.

Pero Alejandro no se dejaba consolar. Inglaterra le parecía un lugar cruel, severo y poco acogedor. Ya no sabía dónde estaba su hogar, ni a

quién considerar merecedor de su lealtad. Eduardo lo tenía por un espía del Papa disfrazado de médico; en cambio, para el pontífice, no era más que un español que le servía de juguete, alguien capaz de molestar a la realeza inglesa en la misma medida en que la protegía.

–Ahora dispongo de una posible cura -dijo-, pero proviene de un lugar que parece irreal, ajeno a este mundo, y de una mujer cuya diferencia con los curanderos de que he oído hablar no podría ser más grande. ¡Y ni siquiera es seguro que funcione! Que el enfermo tarde dos semanas en morir no significa que se cure.

–Si la voluntad de Dios es que funcione, funcionará -dijo Adele con calma.

Alejandro dio rienda suelta a su rabia.

–¡Maldita sea la voluntad de Dios! Estamos rodeados de víctimas suyas.

Adele le cogió una mano y, estrechándola con dulzura, dijo:

–Podrás maldecirla, pero nunca cambiarla. Si las cosas mueren, es porque Dios lo juzga necesario. – Señaló con la cabeza el lugar al que se dirigían-. Confiemos en que la voluntad de Dios nos permita llegar a Kate antes de que Él la llame a su lado.

Y, sin añadir nada más, reemprendió el galope, seguida de cerca por Alejandro.

La misma criada de antes les abrió la puerta de la casa, aunque su expresión se había hecho más grave.

–¡Entrad, rápido! – dijo-. ¡Está aquí la madre Sarah, la mujer a la que habéis salido a buscar! Si llego a saber que estaba de camino, no os habría enviado en su busca. ¡Pensar que ha llegado justo después de que os marcharais, y que habéis tenido que cabalgar todo ese trecho para nada!

¿Podréis perdonar a esta ignorante muchacha?

Alejandro no salía de su desconcierto.

–¿Qué tonterías estás diciendo, loca? – dijo, mirando a la criada.

–¡Acabo de decíroslo! ¡Está aquí la madre Sarah! Ha venido cuando no hacía nada que os habíais marchado. Desde entonces no he hecho más que maldecirme a mí misma, y espero que no me azotéis.

Adele y Alejandro se miraron con extrañeza, mientras sus capas goteaban sobre las anchas tablas del suelo de la entrada.

–¿Cuánto tiempo lleva en la casa? – preguntó el médico a la criada.

Ésta lo miró con recelo.

–¿No me habéis oído, señor? He dicho que desde poco después de que salierais en su busca.

Alejandro la miró con una mezcla de sorpresa e incredulidad que la criada confundió con rabia, sintiéndose incitada a reanudar su patética confesión de ineptitud.

–¡Perdonadme, señor! No quería hablar con ese tono. ¡Y encima la madre me llama boba por haberme saltado unas dosis del medicamento! La señora se negaba a beber esa porquería de color amarillo, y no me extraña.

¡Huele a muerte! ¡Yo tampoco dejaría que pasara más allá de mis labios, como no fuera para la salvación de mi alma! Nunca se ha visto botella que contenga una cosa tan repugnante, porque antes se rompería de asco.

Alejandro, perplejo hasta lo indecible, miró alrededor en busca de Kate, recordando la angustiosa profecía de la anciana.

–¿Dónde está la niña? – rugió.

–Dentro, claro, con la madre, que está cuidando a mi señora.

Alejandro echó a un lado a la muchacha con un brusco empujón, y entró corriendo con Adele en el dormitorio, ignorando lo que iba a encontrar en él. Vieron junto a la cama a un extraño personaje cubierto de harapos, inclinado sobre lo que en tiempos había sido una mujer hermosa. La niña estaba de pie contra la pared del fondo, con un pañuelo en una mano y en la otra la máscara de hierbas, que ya no le cubría la cara. Tenía los ojos rojos e hinchados. Al ver a Alejandro y Adele, corrió hacia ellos y se arrojó sollozando en sus brazos.

–¡Gracias, Virgen bendita, por haberos hecho volver! ¡Tengo tanto miedo!

El médico la tranquilizó lo mejor que pudo. ¡Maldito sea el rey por haber permitido semejante farsa!, pensó. ¡Que la maldición recaiga sobre su conciencia, que bien se lo merece!

–Sé fuerte -dijo a la niña-. Tienes que contarnos lo que ha sucedido durante nuestra ausencia… ¿Quién es esta bruja?

–¿Bruja? ¡Pero si es la comadrona! – protestó Kate-. ¡La madre Sarah!

¡Imposible! A Alejandro empezaba a darle vueltas la cabeza. Si ha salido de su casa después de nosotros, no puede haber llegado antes…

Se puso en pie y dejó a Adele en la esquina, con Kate en brazos.

–Volveos para que pueda veros la cara -ordenó a la mujer.

–Maese médico -replicó la vieja con impaciencia, mirando por encima del hombro-, no me deis órdenes como a un vulgar aprendiz. Si las cosas siguieran el orden natural, de los dos sería yo la maestra. – Se acercó a la cabecera de la cama arrastrando los pies-. Por desgracia, hace un tiempo que el orden natural anda revuelto. ¡Y ahora, con vuestro permiso, tengo cosas importantes que hacer! ¡Si no podéis ayudarme, procurad no entorpecer mis pasos!

–¡No puede ser! – volvió a exclamar Alejandro-. Hemos dejado a la madre Sarah en su casa y hemos venido por el camino más corto. ¡Nadie nos ha adelantado!

La vieja interrumpió su trabajo y, erguida, se volvió lentamente hacia Alejandro. Éste la examinó con atención. Era la misma cara llena de arrugas, como si cargara con la sabiduría de mil años.

–Siempre hay que estar preparado para lo que menos se espera -dijo, recriminando a Alejandro con el dedo.

Oyendo repetir aquella frase que había oído poco tiempo atrás, Alejandro se quedó azorado; escrutó los rasgos de la anciana en busca de alguna razón para rechazar el parecido. La madre Sarah sostuvo su mirada con una intensidad que no tardó en proporcionarle el dominio de la situación. Se sonrió y dijo:

–Y ahora, si queréis aprender, fijaos bien en lo que hago. Son cosas que no veréis en ningún otro lugar.

Alejandro obedeció, aunque seguía perplejo por la presencia de la anciana, y todavía no daba crédito a que hubiera podido viajar tan rápido.

Tras colocarse a un lado de la cama, se fijó en la pobre enferma, distinguiendo en su cuello hinchado reveladoras manchas azules y negras.

Está al borde de la muerte, pensó, y sin embargo, ha sobrevivido tanto tiempo a la enfermedad…

–No queda mucho tiempo -dijo la madre Sarah con sosiego-. La estúpida moza a quien la encomendé ha olvidado administrar a la señora varias dosis de una sustancia crucial, y ahora tendré que utilizar todos mis conocimientos para poner remedio al desastre. ¡Disponeos a ayudarme!

No sólo la cara, sino la voz, la postura, la ropa, todo correspondía punto por punto a la anciana que los había recibido frente a la casa de piedra.

Alejandro no tenía más opción que creer que las dos eran una misma persona.

–¿Qué queréis que haga? – preguntó con agitación-. Estoy dispuesto a todo.

La anciana cogió de una bandeja una larga caña llena de polvo amarillo y se la dio a Alejandro.

–Acercad esto a la vela -le dijo-, pero no olvidéis manteneros lo más lejos que podáis. Colocadlo en el agujero de esa piedra.

Señaló una piedra plana de color gris que descansaba sobre una mesita.

En cuanto Alejandro hizo lo que le pedían, una chisporroteante llama azulada iluminó la habitación. Las lenguas de fuego azul que salían de la punta de la caña emitían una luz muy cruda, que proyectaba inquietantes sombras por todo el dormitorio. Un olor a huevo podrido volvió a difundirse por el aire.

Alejandro volvió junto a la cama y oyó a la anciana entonar una letanía en un idioma que no había oído en su vida, y que no logró entender, a pesar de que le recordó al inglés, o a alguna combinación del bronco idioma isleño con otro más próximo al latín.

Adele mecía a Kate en sus brazos sin quitar ojo a cuanto sucedía. Lo qué estaba viendo la tenía estupefacta, hasta el punto de que casi no oyó la apremiante súplica de Alejandro.

–¡Por favor, Adele, si entiendes lo que dice procura memorizarlo por mí! ¡De los movimientos ya me acordaré yo, pero te ruego que no olvides las palabras!

–¡Descuida! – dijo Adele, abrazando a la niña con más fuerza.

La madre Sarah fue ocupándose uno por uno de los síntomas de la madre de Kate.

–Tres migas de corteza de pan cocido el último Viernes Santo para dar firmeza a los intestinos.

Deshizo parte de un mendrugo casi petrificado y depositó las migajas sobre los labios de la enferma. Después cogió un frasco de una sustancia lechosa y dejó caer siete gotas en la frente.

–El bálsamo de Galaad, tan difícil de hallar como el regalo de Saba a Salomón.

Alejandro reconoció tres palabras de la Tora, y, aunque no entendió el resto de la invocación, supo que era la misma que utilizaban desde hacía siglos los médicos judíos para curar los trastornos digestivos y la melancolía. ¿Cómo ha accedido a estos saberes?

–Una moneda de oro en la mano para volver a comprar su salud al diablo.

La anciana abrió a la fuerza el crispado puño de la enferma y volvió a cerrar sus dedos en torno a la moneda.

–La sangre del cordero para conjurar la peste, puesta en el dintel como en el antiguo Egipto.

La madre Sarah mojó el pulgar en un pequeño cuenco de líquido intensamente rojo, y después trazó una larga raya por la cabecera de la cama.

A continuación, la anciana aguantó con una mano una cascara de nuez y con la otra dibujó por encima lentos movimientos circulares, mientras susurraba indescifrables salmodias. Colocó la cascara en el abdomen de la enferma y separó la mitad superior, dejando a la vista una araña negra de gran tamaño con un rombo blanco en la espalda. La desorientada criatura correteó de inmediato hacia el pecho de la enferma y no tardó en desaparecer debajo de la sábana. Adele, que no perdía detalle desde el rincón, hizo una mueca y se persignó, al tiempo que Kate dejaba escapar un chillido. Las dos estaban imaginando la sensación de tener aquella cosa negra y peluda en el pecho.

Acto seguido la anciana se agachó con dificultad y cogió un pequeño paquete que tenía al lado de sus pies, un saquito marrón atado con un cordel gastado por el uso. Vertió un granulado grisáceo sobre una tabla, hasta formar un montoncito.

–Un nudillo -dijo, cogiendo un pellizco que dejó caer en un pequeño recipiente. Después cogió un frasco y dijo-: La mitad de lo que cabe en el cuenco de la mano.

Ahuecó la mano y vertió en ella parte del líquido amarillento, dejando que se filtrara por sus dedos hasta caer en el recipiente que contenía el granulado. Mezcló ambas sustancias hasta formar una pasta homogénea de color gris verdoso que desprendía un olor a humedad y habría sido mal vista hasta por el más desesperado de los pacientes.

Primero mojó un dedo en la pócima y marcó con ella la frente de la enferma; después depositó el resto en la boca de la dama, venciendo su resistencia. Ni siquiera el tremendo cansancio que afligía a la paciente le impidió tratar de escupir aquella mezcla nauseabunda, pero la anciana le

tapó la boca con sorprendente energía y la obligó a ingerir el medicamento.

Así lo hizo la enferma, antes de reanudar sus irregulares jadeos.

La madre Sarah le secó el sudor de las mejillas con gran delicadeza, y le limpió el mentón de babas.

–Pronto habremos acabado, y podréis volver a descansar -dijo para consolarla.

Pasó un anillo de plata por el dedo de su exhausta paciente, recitando:

–¡Un anillo hecho de centavos mendigados por leprosos!

Después, con un suspiro de resignación, la madre Sarah extrajo el último de los artículos que contenía la bolsa, una pequeña cinta de tela roja que, una vez doblada sobre sí misma, fue prendida con un alfiler al camisón de la enferma, justo a la altura del corazón.

–Para alejar al espíritu de la doncella de la peste -dijo-, que teme el color de la sangre y no se ensañará con un corazón protegido por él.

La anciana acabó derrumbándose en la silla que tenía más cerca, pues sus esfuerzos por curar a la decaída paciente la habían dejado exhausta.

Pasaron varios minutos sin que hiciera el menor ruido o movimiento; hasta su respiración era tan tenue que costaba oírla.

Alejandro la cogió del brazo y procuró sacarla de su trance, temiendo, al verla tan inmóvil, que hubiera atraído sobre sí la muerte que acechaba a la enferma. Por suerte, vio temblar y abrirse los párpados de la anciana, que se incorporó en su asiento y dijo:

–No puedo hacer nada más. Ahora tenemos que rezar.

Así lo hicieron, orando cada cual según sus costumbres; pero, al aproximarse la puesta del sol, ya no les cupo duda de que el espíritu de la doncella de la peste no había sido disipado. La dama inició su viaje hacia la otra cara de la vida. Sus párpados empezaron a temblar, y su mirada a vagar por toda la habitación.

El médico sabía que esa mirada estaba desenfocada, contra lo que solían esperar los seres queridos, y que la paciente apenas conservaba control sobre sí misma. No le sorprendió verla doblar las piernas como un niño y tenderse de lado en posición fetal, como si estuviera protegiendo su barriga inflada por la peste. Oyó su última y entrecortada respiración, y vio que se quedaba quieta, con ojos fijos y vidriosos tras los párpados entreabiertos.

De acuerdo con la costumbre local, la madre Sarah cerró los ojos de la difunta y colocó en ellos sendas monedas.

Kate, cuyo cuerpecillo cabía perfectamente entre los brazos de Adele, empezó a sollozar de forma incontenible, y exclamó con pena y angustia infinitas:

–¡Mamá!

A punto estaba Alejandro de envolver el cadáver con la sábana, cuando Kate le rogó que se detuviera.

–Por favor, dejad que le dé un último beso.

Alejandro se arrodilló ante ella y, tomándola por los brazos, dijo con dulzura:

–No puedo, pequeña; la enfermedad podría transmitirse de sus labios a los tuyos.

Pero la expresión de la muchacha era tan lastimera que difícilmente habría podido resistirse a ella. La vio enjugarse las lágrimas una vez más con el pañuelo que le había dado, y dijo:

–Kate, da un beso a tu pañuelo.

–¿Por qué? – preguntó la niña, entre hipidos y sollozos.

–Ya lo verás.

Kate volvió a pasarse el pañuelo por los ojos y lo besó.

–Ahora dámelo.

Alejandro tomó la manita de Kate entre las suyas, mucho más grandes; después de dirigirle una sonrisa tranquilizadora y acariciarle el pelo, se levantó, se acercó a la cama, pasó el pañuelo por los labios de la difunta y finalmente lo depositó en una de sus manos yertas.

–Ahora tu beso la acompañará por toda la eternidad.

Alejandro esperó con impaciencia mientras la madre Sarah se lavaba una y otra vez con agua fría su cara y cuello llenos de arrugas, en un esfuerzo por sacarse de encima el aire viciado que se le había metido por los poros durante el fallido ritual.

La madre volvió la cabeza sin apartarse de la jofaina, y dijo:

–¿No vais a dejar siquiera que esta pobre anciana se tome un respiro?

–Quisiera preguntaros…

–Sí, ya sé que tenéis muchas preguntas que hacerme. – Se secó la cara y las manos con el delantal para que dejaran de chorrear, acompañando el gesto con un hondo suspiro-. Muy bien, soy toda oídos.

–Lo primero que me gustaría saber es…

–¿Cómo, habiéndoos alejado a lomo de caballo mientras yo me quedaba en casa, he podido adelantarme sin montura?

–¡Eso es!

–A decir verdad, joven, no es así como ha sucedido.

–Pero si lo he visto con mis propios ojos, igual que mi compañera…

¡Adele! – exclamó.

Ésta llegó de la otra habitación con Kate en brazos.

–Por favor, di a esta mujer lo que hemos visto.

–La niña, Alejandro… -dijo Adele con cara de preocupación-. Prefiero que no lo oiga. ¡Es una blasfemia!

Alejandro cogió a Kate y la entregó a la criada para que se la llevase.

Una vez segura de que la niña no iba a oírla, Adele narró a la anciana las circunstancias del viaje.

–¿No me habéis visto pasar en el viaje de ida?

Alejandro y Adele se miraron. Ésta se encogió de hombros y él dijo:

–No recuerdo haber visto a ninguna mujer que se os pareciera.

–Pero había otros viajeros en el camino, ¿verdad? – preguntó la anciana.

–¡En efecto -contestó él, al borde del enfado-, pero ninguno parecido a vos!.

–En los muchos años que llevo cuidando enfermedades del cuerpo y el alma, he conocido a muchas personas que ven lo que quieren ver, sin hacer el menor caso a lo que tienen delante. Sin duda dabais una importancia enorme a verme en el claro; de otro modo, os habríais dado cuenta de que estaba vacío, al igual que la casa.

–Señora -replicó Alejandro, sin poder contener más tiempo su indignación-, os aseguro que estoy tan sano de alma como de cuerpo y mente, y no tengo la menor duda de que os hallabais junto a la casa, como podrá confirmar mi compañera.

Se quedó esperando la respuesta de la anciana; ésta, sin embargo, guardó silencio, con las manos cruzadas sobre el ancho busto.

–¿Y bien? ¿Qué me decís?

–Os digo, mocoso impertinente, que si bien no dudo que estéis convencido de la realidad de vuestra historia, de hecho no es más que el recuerdo de un sueño sumamente placentero. ¿Cómo estar seguros de que no fue un invento de vuestras mentes fatigadas, ansiosas de poder gozarse en la contemplación de algo maravilloso en estos tiempos tan duros?

–Tengo aquí lo que me habéis dado, las medicinas…

–… de las que no podéis asegurar que procedan de mis manos…

Las constantes negativas de la anciana provocaron un gesto de exasperación por parte de Alejandro, que empezó a recorrer la pequeña sala mascullando entre dientes, y acabó diciendo con un tono cargado de amargura y decepción:

–Entonces, dejad al menos que entienda el porqué de vuestro fracaso con la dama. ¡Según la criada, había sobrevivido dos semanas a la enfermedad! Es sorprendente. Nunca había visto un éxito igual. ¿Qué problema ha surgido en las últimas horas? ¡Es necesario que lo sepa!

La anciana se sentó y, antes de contestar, suspiró con fuerza.

–¿Usáis alguna vez vuestros conocimientos con pacientes que no tienen posibilidades de sobrevivir?

Alejandro no contestó, pero recordó enseguida la enfermedad que había ido corroyendo lentamente el cuerpo de Carlos Alderón.

–Lo suponía -dijo la anciana, percibiendo su expresión compungida-.

Aunque no podáis hablar de ello, vuestros ojos os delatan.

–Tenéis razón -contestó Alejandro, abatido-. He administrado tratamientos inútiles.

La voz de la anciana se tornó más dulce, como si quisiera consolarlo.

–Nunca los toméis por inútiles; su efecto en quienes siguen vivos tiene gran importancia. Si hoy me hubiera limitado a desentenderme de la enferma, mi indiferencia para con sus seres queridos habría sido tan mortal como la peste. No pienso arrebatar la esperanza a una chiquilla; eso sí, mentiría si dijera que sé curar la enfermedad. He conseguido retrasar la muerte, pero la cura sigue escapándoseme.

La respuesta de Alejandro fue excesivamente brusca.

–¡Entonces todos esos conjuros y ensalmos ridículos no eran más que un engaño! ¡En realidad sabéis tan poco como yo!

La mirada de la anciana traslucía un enojo que no llegó a exteriorizarse.

–Recuerdo perfectamente, mi joven amigo -dijo, acariciándose la barbilla con una sonrisa ligeramente malévola-, que mis encantorios no os han sobrecogido menos que a esa dama tan pía que os acompaña. ¿Negaréis haber tenido fe en el tratamiento, al menos por unos instantes?

Alejandro no estaba en situación de negarlo. Recordó la intensa fascinación con que había observado el ritual. La anciana tenía razón: había

creído en la superviviencia de la enferma, al menos durante un momento.

–Y ésa -dijo la anciana con una seguridad lindante con la petulancia- es la única fuente de mis poderes curativos. La gente está dispuesta a creer en la realización de sus deseos. En ese sentido, vos no os diferenciáis en nada de los demás.

Pero quiero ser distinto, pensó Alejandro, abatido. Necesito creer que mi educación y mi entrega me permiten aliviar el dolor de quienes sufren.

Toda mi vida se reduce a eso.

La anciana percibió su tristeza, y entendió lo que significaba.

–No os juzguéis con excesiva severidad, maese médico; todavía no habéis aprendido lo suficiente del mejor maestro, que es ni más ni menos que la práctica diaria de vuestra profesión. La experiencia os enseñará más que todos los profesores del mundo. Y, si bien queda mucho por experimentar, creo que la cura se halla a nuestro alcance. Cada vez que atiendo a un paciente me acerco más al éxito. Cambio las proporciones del polvo y el líquido, que es donde reside la clave de todo. – Mientras hablaba, fue metiendo sus utensilios y medicamentos en el saco, pero dejó fuera dos recipientes-. Y ahora, joven, dejad de compadeceros de vos mismo y prestad atención. No tengo intención de repetirme.

»Hace mucho observé que los animales que beben en la fuente de agua caliente junto a la que moro parecían ser inmunes a las enfermedades que se cebaban en sus compañeros de especie y los hacían morir en poco tiempo.

Cogió una jarra grande llena de agua turbia y amarillenta y la dejó encima de una mesa próxima a Alejandro.

–Me fijé en que tenía un olor más bien ofensivo, similar, aunque algo menos intenso, al que desprenden las extrañas rocas amarillas que se extraen de las minas de cobre junto al metal.

–Las que huelen a huevo podrido.

–¡Exacto! ¡Veo que aprendéis rápido cuando no os embarga la tristeza!

Supuse que el agua amarilla contenía trocitos de esa roca reducidos a polvo; ignoro con qué fuerza, pero ¿qué importa? A estas alturas, los animales que beben de esa fuente deben de haber absorbido grandes cantidades de roca amarilla en sus humores corporales.

–¿Cuál es el nombre de ese polvo amarillo?

–Azufre. Si se le aplica fuego, la llama chisporrotea y se vuelve azul.

Lleva tiempo siendo de uso común entre las brujas que quieren deslumbrar

a los ignorantes e inducirlos a creer en sus poderes.

–Como habéis hecho hoy con la caña.

–Sí, soy culpable de esa triste argucia -dijo la anciana con una sonrisa burlona-, pero la intención era buena. – Colocó el saquito marrón junto al agua-. Debéis añadir este polvo gris. ¡Fortalece como la espada al caballero!

Cogió una mano de Alejandro y vertió en su palma un montoncito de sustancia gris. El médico la sopesó entre los dedos, sintiendo su textura granulada, e interrogó a la anciana con la mirada.

–Es el polvo de los muertos -susurró ésta reverentemente-, e imparte sus poderes al enfermo.

¿El polvo de los muertos? Debe de ser algo prohibido…

La anciana siguió impartiendo su lección.

–Mezclad un nudillo de polvo con el agua amarilla, la mitad de la que cabe en el cuenco de una mano. Haced que el paciente beba un buen trago al amanecer, otro al mediodía, y el último al ponerse el sol. Si tanto el paciente como vos estuvierais despiertos a medianoche, a nadie perjudicará administrar una cuarta dosis; pero no lo malgastéis, y usadlo con prudencia, pues sólo se encuentra junto a mi morada. Sólo Dios sabe cuándo volverá a haceros falta.

–Sólo Dios -repitió Alejandro, rezando por que nunca llegara ese momento.

Dejaron el cadáver al lado de la carretera, para que estuviera a la vista cuando pasara el carro de los muertos. Las cinco personas que habían presenciado su muerte observaron cómo se detenía el carro, cuyo conductor se apeó y, con la ayuda de otro hombre, recogió del suelo el cuerpo todavía caliente y flexible de la dama, que fue echada sin contemplaciones sobre el montón de cadáveres del día.

El peso de la truculenta carga empezaba a combar el carro. Uno de los hombres miró el trecho de camino que tenían delante, flanqueado por varios cadáveres más que esperaban su último viaje en la tierra, y dijo a su compañero:

–De momento basta; de todos modos, los demás seguirán muertos cuando volvamos.

–Sí -convino su ayudante-, vamonos ya. El hedor me está mareando. A ver si acabaré medio bobo.

–¿Acabarás, dices? – bromeó el otro-. Nunca te he oído decir cosas muy inteligentes, la verdad; aunque siempre cabe esperar un milagro. Te recordaré en mis oraciones.

Volvieron al asiento delantero y azuzaron a los caballos con un ligero golpe de riendas. Unos relinchos de protesta marcaron el inicio del lúgubre viaje hacia la zona de entierros, viaje del que era última pasajera la madre de Kate.

Siguieron el mismo recorrido que Adele y Alejandro, y no tardaron en llegar al prado cerca del cual el médico y su compañera habían visitado a la madre Sarah. Los robles seguían montando guardia, pero, a diferencia de entonces, sus sombras eran largas y rectas. El carro, arrastrado por los caballos, avanzó chirriando por el llano, dando tumbos por la tierra recién removida; pero los conductores no dieron importancia al brusco e irreverente zarandeo a que se veían sujetos los cadáveres. ¿Quién iba a quejarse? Los baches constantes fueron dando mayor holgura a la sábana que envolvía a la madre de Kate, y, como el cadáver todavía no estaba rígido, uno de sus brazos quedó suelto, aquel cuya mano sujetaba el pañuelo portador del postrer beso de la niña.

Unos metros más allá, el carro se detuvo junto a una fosa poco profunda, excavada a toda prisa en la turba aquella misma tarde. Los carreteros, que ya estaban medio baldados por el esfuerzo de abrir la fosa, se apearon trabajosamente del alto pescante y emprendieron la horrible tarea de depositar los cuerpos en hileras dentro del agujero. Una vez llena la fosa, llamarían a un sacerdote, siempre que hubiera alguno disponible, y todos los apestados serían absueltos de sus pecados al mismo tiempo. A continuación, volvería a llenarse de turba el espacio vacío, y se procuraría aplanar la tierra dentro de lo posible.

–Esperemos que a esta tanda no vuelvan a desenterrarla los perros -dijo uno de los hombres antes de volver al carro con su compañero y emprender el viaje de regreso a los suburbios de Londres, horrorizados ambos viajeros por la perspectiva de su próxima carga.

La madre Sarah reunió su extraña colección de curas y talismanes y la guardó en el saco. Se echó a los hombros una bufanda roja y, tras recuperar su bastón, se dirigió a la puerta. Antes de salir se volvió hacia Alejandro y le repitió por última vez su consejo:

–Acordaos de estar preparado, maese médico. Siempre hay que esperar lo inesperado.

Por la noche, cuando volvieron a la mansión de Adele, el establero llegó corriendo a coger sus caballos, y los tres jinetes, calados hasta los huesos, salvaron a toda prisa los escalones que llevaban al interior. En espera de su llegada, todas las chimeneas habían sido encendidas, por lo que la casa estaba caliente, sin rastro de humedad ni de frío; aun así, Alejandro tiritaba al quitarse la capa, y, capaz apenas de dominar sus temblores, corrió hacia el fuego para entrar en calor. Kate no tardó en reunirse con él y calentarse las palmas de las manos, mientras se formaban pequeños charcos alrededor del borde de su fino vestido.

De repente estornudó tres veces seguidas.

–¡Niña! – exclamó Alejandro-. ¿Qué tienes?

Kate se despejó la nariz y dijo:

–Tengo frío, estoy cansada del viaje y necesito llenar el estómago.

La explicación tranquilizó a Alejandro.

–Me alegro de que tus quejas no pasen de tres. Tenemos la suerte inmensa de que todas puedan curarse. La cogió de la mano y fueron juntos en busca de Adele, a quien encontraron en la cocina dando intrucciones al ama de llaves.

–Por lo visto nuestra pequeña compañera tiene frío, hambre y cansancio, y yo he tenido la osadía de prometer curarle las tres cosas. ¿Sería posible encontrar un camisón seco y darle algo de comer?

Adele asintió con la cabeza.

–Ocúpate de la niña -dijo a su subordinada-. Seguiremos hablando más tarde.

El ama de llaves se llevó a Kate, diciendo:

–Primero a quedarte bien seca y calentita, y después volveremos a por algo de cena.

Kate se reunió con sus dos compañeros de viaje vestida con un camisón limpio que había pertenecido a Adele. Después de una cena consistente en sopa y pan crujiente recién salido del horno, Adele la llevó a su vieja habitación y la arropó, cantando dulcemente hasta que la pequeña estuvo dormida. Cuando volvió al comedor, ya no quedaba nada ni nadie en la mesa.

Encontró a Alejandro en el salón, en cuya enorme chimenea ardía un fuego que proyectaba sombras movedizas sobre las paredes.

–¿Tomamos un poco de vino para seguir entrando en calor? – le preguntó.

–Me temo que nunca volveré a entrar en calor, ni a sentirme seco.

–La maldición de nuestra hermosa isla -dijo Adele, al tiempo que servía dos copas de vino-. Nunca he viajado a tu país, pero dicen que hace calor, incluso en invierno.

Mientras vertía el líquido cristalino y oscuro, un rayo de luz procedente del fuego se reflejó en la cruz de rubíes que descansaba sobre su pecho. El color era casi igual al del vino, y el rojo fogonazo llamó la atención de Alejandro, que se complació en la comparación.

Sentado con Adele delante del fuego, Alejandro volcó toda su atención en recordar los rituales realizados por la madre Sarah para curar a la madre de Kate. Adele le ayudó a rememorar las palabras y acciones exactas, y, una vez puestas por escrito, Alejandro hizo un dibujo de la propia anciana, al que puso como título La madre Sarah. Se lo enseñó a Adele.

–Se parece bastante -dijo la joven-. Yo diría que capta bien su espíritu.

–Temo que ese espíritu sea imposible de captar del todo, aunque, por mi parte, tardaré en olvidarlo.

Cerró el libro y lo dejó a un lado.

Poco a poco, a medida que el fuego y el vino le caldeaban respectivamente la piel y el estómago, Alejandro sintió desaparecer de su cuerpo exhausto el desasosiego de un día largo y lleno de emociones.

Arrellanado entre cojines, contempló cómo Adele se cepillaba sus hermosas trenzas delante de la chimenea, y se permitió el placer de imaginar por unos momentos cómo podría ser su vida junto a ella. Viéndola disponer sus cabellos en hermoso concierto alrededor de los hombros, cayó en la cuenta de que la joven hacía lo posible por resultarle atractiva; tal era su éxito que el corazón del médico parecía a punto de salírsele del pecho. Tuvo la seguridad de que por la noche volverían a amarse. Dios, rezó, haz que este viaje nunca llegue a su fin.

Adele abandonó su asiento y se acercó a Alejandro, colocándose delante de él sobre la alfombra y apoyando la cabeza en sus rodillas. La espesa mata de pelo cobrizo se dispersó por el regazo del médico, que no se

cansaba de acariciarla; era fresca y suave al tacto, incomparablemente sensual. Alejandro no cabía en sí de gozo.

Adele separó la cabeza de sus rodillas y, justo cuando Alejandro se disponía a protestar, le cerró la boca con el dedo.

–No digas nada. Preferiría que tus labios se dedicasen a otra labor.

E, incorporándose, se colocó entre sus piernas y atrajo hacia sí su cuerpo tembloroso, presionando contra él su torso suave de mujer; después entrelazó sus manos en la espalda de Alejandro, y, fundidos en estrecho y tierno abrazo, se besaron con hondura y pasión indiferentes al tiempo. Tanto podía haber durado un minuto como diez. Alejandro habría sido incapaz de decirlo, aunque de ello hubiera dependido su vida misma.

Fue entonces cuando Adele posó las manos como dos mariposas en los hombros de su amante, y las fue deslizando hacia su pecho. Para desesperación de Alejandro, las manos de la joven se fueron acercando al cuello de su camisa, bajo la cual se hallaba la reveladora cicatriz. Se quedó helado, temiendo ser descubierto. Era urgente reaccionar cuanto antes.

¡Habla, antes de que se te haya escapado la oportunidad!, se ordenó.

Adele, te pido perdón por la mentira que estoy a punto de decir. Mi intención no es engañarte; sólo quiero tener la oportunidad de conocer tu amor, pensó. Sujetó con delicadeza las muñecas de la joven, y entrelazó sus manos con las suyas en amorosa unión. Ella lo miró con extrañeza, inquiriendo mudamente por qué había detenido su exploración.

–Adele -dijo Alejandro-, mi pecho está afeado por una cicatriz, y no querría que su desagradable aspecto te asustara.

La joven se echó un poco hacia atrás e, inquieta, preguntó:

–¿De qué cicatriz estás hablando?

Él se desabrochó el primer botón de la camisa y abrió un poco el cuello, dejando asomar una pequeña porción de la herida circular, que ya estaba curada y había adquirido un color rosado. EÍla ahogó un grito.

–¡Amor mío! ¿Cómo sucedió?

Alejandro estaba cansado de mentir, pero sabía que era la única solución; la verdad habría dado al traste con toda su alegría y sus esperanzas.

–Durante el viaje de España a Aviñón participé en una pelea. El resultado me avergüenza, y prefiero no seguir hablando de ello. Te ruego que comprendas mi pudor. Si te lo he ocultado, ha sido porque encuentro

repugnante la cicatriz, y he creído que a ti te lo parecería tanto como a mí.

Además, no quería asustarte. – Bajó la mirada-. Me humillo ante ti. Por favor, perdona que te haya engañado.

Su alivio fue inmenso al oír decir a Adele:

–Tú no escogiste que te hirieran. No volveremos a hablar del tema. A mis ojos no reviste la menor importancia.

Ya en la cama de Adele, hablaron de esas pequeñas cosas tan caras a los nuevos amantes, presos ambos de un rubor que la oscuridad hacía pasar desapercibido. El más nimio descubrimiento era para ellos motivo de placer. Su sencilla unión no sellaba la alianza de dos reinos, sólo la de dos personas cuyo mayor deseo era estar juntas.

Alejandro estaba tan acostumbrado a soñar con Carlos Alderón que consideraba anormal no hacerlo; por eso, cuando notó en la mejilla el tacto de una manita caliente, pensó que formaba parte de otro sueño; pero la mano insistía, y lo obligó a abrir los ojos, descubriendo a Kate de pie junto a la cama.

–Me duele la garganta -se quejó la niña, tocándose el cuello.

Alejandro miró más de cerca y, horrorizado, distinguió un morado incipiente debajo de la barbilla.

El pánico hizo que empezara a quitarse las mantas de encima antes de caer en la cuenta de que estaba prácticamente desnudo, cubierto tan sólo por una fina camisa.

–Kate -dijo a la niña-, tienes que seguir al pie de la letra lo que voy a decirte. Vuelve a la cama, y me reuniré contigo en cuanto esté algo más decente. No toques nada de camino al dormitorio de Adele, ni hables con los criados. Respira poco a poco y, si te entran ganas de toser, no lo hagas.

Kate asintió con ojos atemorizados y salió de la habitación, caminando sin hacer ruido con los piececillos descalzos. Alejandro echó un vistazo a Adele, que seguía durmiendo, y decidió no turbar su descanso antes de haber investigado más a fondo las quejas de Kate. Tras ponerse los pantalones, hurgó en las alforjas que contenían los regalos de la madre Sarah, y fue a la despensa en busca de una copa y una cuchara.

Cuando entró en el antiguo dormitorio de Adele, le sorprendió lo pequeña que parecía Kate en contraste con el gran tamaño de la cama.

Viendo que las cortinas estaban descorridas del todo, cubrió con ellas los