La plaga

Ann Benson · Capítulo 19 de 40

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La plaga

Capítulo 1

regalado un collar de perlas perfectamente graduadas. En la intimidad del dormitorio que ocupaba desde la infancia, Janie se ha-1.

bía desnudado hasta quedarse en ropa interior, y, rodeado el cuello por el luminoso collar, había contemplado su reflejo en el espejo de cuerpo entero. Cogiendo un micrófono imaginario, había dicho entre risas: «Me gustaría dar las gracias a todas las ostras del mundo por haber hecho posible el día de hoy.»

Desnuda, cubierta de púas metálicas, con un collar que no era de perlas sino de plástico, se aferró a aquel recuerdo para proteger su integridad mental. Siguió agarrando con fuerza la correa que tenía encima de la cabeza, luchando contra el miedo. Imaginó ser todavía aquella joven de dieciséis años, decidida, inocente y llena de esperanzas, que daba los primeros pasos de su iniciación erótica. Le resultaba inconcebible verse como lo que era, una mujer madura y de encantos ya algo decaídos, dentro de aquella fría habitación, observada por extraños a quienes no podía ver y cuyas intenciones cabía calificar de dudosas. Mientras las minúsculas puntas metálicas, perfectamente sincronizadas, enviaban una corriente que le atravesaba la piel y le recorría todo el cuerpo hasta registrar la más recóndita célula, molécula y hasta átomo de su ser físico, Janie lloró en su fuero interno la pérdida de aquella inocencia, y el fin de sus esperanzas.

QUINCE

Cabalgaron por la carretera llena de polvo y baches que unía Windsor y las tierras en que Adele había vivido con sus padres desde niña, antes de ser enviada al castillo para servir a la princesa Isabel.

–He hecho este camino tantas veces que no hay árbol ni roca que me resulten desconocidos -dijo la joven-. Creo que, con un caballo obediente, podría hacer todo el viaje con los ojos cerrados.

–¿Qué tal éste? ¿Lo encuentras obediente? – preguntó Alejandro.

–Es un animal muy suave de montar. Compruébalo tú mismo.

Dada la familiaridad de Adele con el camino, Alejandro había cabalgado detrás de ella. Se puso a su altura y vio que la pequeña Kate dormía con la cabeza apoyada en el pecho de Adele. Ojalá fuera yo, pensó con algo de envidia.

–Sir John ha escogido bien la montura -dijo.

–En efecto -contestó Adele-. Su paso es tan regular que hasta a mí me entran ganas de dormir.

En la frescura del bosque, sólo su intermitente conversación y el golpeteo de los cascos turbaba el silencio. Cuando oyeron chillar a un halcón en lo alto, les pareció una invasión de su intimidad.

Alejandro respiraba un aire dulce y cálido, y, aun a sabiendas de que el viaje que acababa de emprender no tenía final feliz posible, lo invadió una sensación de paz.

–Se hace difícil creer que un mundo como éste pueda ser escenario de tantas conmociones.

Adele suspiró con fuerza, y el brusco movimiento de su pecho hizo que Kate se revolviera un poco. Adele la sujetó con mayor fuerza.

–Ten por cierto que me esperan conmociones todavía mayores.

–¿Por qué lo dices? – preguntó Alejandro.

–Desde la muerte de mi madre, soy propietaria única de las tierras y bienes de mi padre -explicó Adele-. Y no son pocos.

–No lo entiendo. ¿Qué hay de problemático en ser tan afortunada?

–Como me decía mi padre siempre que tenía ocasión, la fortuna se la tiene que hacer uno mismo. La prosperidad exige trabajo. Administraba sus tierras con sagacidad y prudencia, y, al carecer de hijo varón, transmitió sus conocimientos a su hija. Ahora soy dueña de esas tierras, y tengo la obligación de comprobar que quienes las ocupan y supervisan lo hagan de forma correcta; también de que prosperen a su vez. Mi padre siempre me dijo que la mejor manera de inspirar lealtad entre los campesinos era tratarlos justamente. Fue un buen señor para sus vasallos.

–¿Lo eres tú?

–Procuro serlo. Tengo la suerte de contar con los servicios de un buen capataz, que ya trabajaba para mi padre; aun así, cuando lleguemos habrá muchos temas que requerirán mi atención. Casi ha pasado un año desde mi última visita, cuando la muerte y posterior entierro de mi madre, Dios la tenga en su gloria. Me llevé a Windsor algunas de sus posesiones, entre ellas el rubí que por lo visto tanto admiras.

–De modo que te has dado cuenta.

–Me fijo en tus ojos. Doy mucha importancia a que se posen en un lugar u otro.

–En tal caso, deberías ser una mujer feliz, puesto que son todo tuyos.

–Lo soy, dentro de lo que cabe en un mundo como éste.

–Yo también -dijo Alejandro.

Siguieron cabalgando en silencio, contentos ambos de estar juntos, hasta que Adele señaló un árbol que tenían delante y dijo:

–Justo después de ese árbol hay una desviación a la derecha. Falta poco para llegar.

Cuando entraron en el patio de la casona, la gruesa ama de llaves salió a averiguar quién había venido, y, al ver a su señora, la recibió con gritos de alegría. Adele le devolvió el saludo con la mano, antes de verla correr hacia una campana y hacerla sonar con fuerza durante un buen rato.

–Los otros no tardarán -dijo la mujer-. La campana los habrá avisado.

–Me parece que esa campana convocaría al mismo diablo.

Alejandro desmontó y levantó a Kate del regazo de Adele. Al sentirse separada de la silla de montar, la niña se despertó con expresión desorientada. Alejandro la sostuvo en brazos y le susurró al oído palabras tranquilizadoras, hasta que estuvo despierta del todo y tomó conciencia de lo que la rodeaba. Para entonces, Adele había desmontado a su vez y se hallaba junto a ella.

El ama de llaves se acercó al grupo con andares de pato, traduciendo su alegría en una especie de cloqueo. Poco después salió de una de las dependencias anejas el capataz de Adele, que se sumó a la bienvenida. Un gran revuelo se apoderó del patio y de buena parte de la casa.

Al trajín de la bienvenida siguió el de instalarse en la mansión. Adele era una señora de armas tomar, que hacía cumplir sus órdenes con autoridad no exenta de dulzura.

–Prepara mi habitación para la pequeña Kate -ordenó al ama de llaves-.

Yo me alojaré en los aposentos de mi madre, y el doctor Hernández en los del señor de la casa.

–Como mandéis, señora -dijo la anciana-. Da gusto volver a oír voces amigas en estas salas.

–A mí también me alegra oír los sonidos de mi infancia -replicó Adele; y, bajando la voz para que no la oyera Kate, añadió-: Por desgracia, nuestra estancia será breve; llevamos a la pequeña Kate al lecho de muerte de su madre, hecho lo cual volveremos a Windsor cuanto antes. – Volvió a hablar en voz alta-. Prepara una buena mesa para la cena, y manda llamar a todos mis capataces. Quiero que esta noche cenen con nosotros. – Guiñó el ojo a

Kate-. Y, si hay, pon unos dulces para la niña. Cuando nos hayamos sacado el polvo de encima y nos hayamos lavado, ten por cierto que estaremos hambrientos.

Viendo a Adele tan ocupada en organizar las tareas de la casa, Alejandro imaginó a una niña pelirroja no mayor que Kate alegrando con su risa los fríos muros de la casona, encantadora imagen que dio alas a su corazón. Nunca había pensado con profundidad en la condición social de Adele más allá de sus servicios a la princesa; tampoco ella se había mostrado muy locuaz al respecto. ¡Aquellas tierras ya eran de por sí todo un reino, o poco menos! Salta a la vista que no le hace falta casarse, pensó.

Mientras sus propiedades estén bien administradas, nunca querrá hacerlo.

Al mismo tiempo, vio con angustiosa claridad que una dote tan atractiva bien podía tentar al rey a imponerle un matrimonio de conveniencia, una alianza que jugara en su beneficio. La idea de que Adele pudiera casarse con un hombre tan indiferente a sus sentimientos como interesado en su fortuna le dio escalofríos.

Al término de la cena, Adele comentó la variedad y calidad de las viandas que el ama de llaves había conseguido presentarles en tan corto plazo.

–Nos has ofrecido un auténtico festín -dijo-, ¡y veo que ni siquiera faltan galletas de miel para todos! Me parece que vamos a endulzarnos demasiado.

El ama de llaves guiñó un ojo y dijo:

–Ah, lady Adele, puede que tengáis razón en lo que respecta a los mayores, pero ¿es posible endulzar demasiado a una niña?

Adele miró a Kate, cuya cara y manos estaban embadurnados de miel.

Los párpados caídos de la niña delataban su cansancio.

–Creo que no, pero sí que es posible que una niña se canse en exceso.

Tal vez sea hora de que esta niña se vaya a dormir.

El ama de llaves se llevó a Kate al dormitorio de infancia de Adele, sin la menor protesta por parte de la pequeña. En cuanto estuvo fuera de la sala, Adele se volvió hacia el primer capataz y le solicitó un informe de la situación.

–Como habréis podido juzgar por esta mesa, señora, somos afortunados.

Todavía contamos con hombres aptos para la cosecha.

–De lo que decís deduzco que hay otros menos afortunados.

–¡Con tantos muertos, hay muchas propiedades en que faltan brazos para cosechar! Hemos perdido a cuatro granjeros, pero sus parcelas no eran de las mejores, y los otros han alternado parte de los cultivos para que no se deterioren. A cambio, por supuesto, de una pequeña compensación.

–Naturalmente -dijo Adele-. No quiero que en mis tierras haya quien trabaje sin ganar nada. ¿Y la lana? ¿Cómo va el esquileo?

–Este año volvemos a tener suerte. La producción es muy alta.

–¿Y los precios? ¿Cómo anda el mercado con tantas muertes?

–Los precios han caído, como era de prever, pero no cabe duda de que volverán a estabilizarse en cuanto se arregle la situación. De todos modos, no creo que ganemos nada apresurándonos a vender las reservas; si hace falta, podemos guardarlas uno o dos años. Las otras actividades dan ingresos suficientes para cubrir vuestros gastos, y podemos permitirnos esperar una nueva alza de la lana.

–Hagámoslo, pues. – Adele miró a los capataces de distintas procedencias que se habían reunido en torno a la mesa. Todos los rostros reflejaban una misma inquietud-. Pero tengo la sensación de que tenéis mucho más que decirme. Por favor, hablad sin miedo.

Los capataces describieron con tono ansioso la incertidumbre con que afrontaban cada nuevo amanecer. Cuanto componía su realidad cotidiana había cambiado, o no tardaría en hacerlo, despojando a sus vidas de la sencilla solidez que las había caracterizado hasta hacía poco. Oyendo nombrar a quienes habían fallecido en feudos vecinos, Adele tuvo la sensación que la peste se había llevado a casi todos sus conocidos de antaño.

–Nos hemos acostumbrado tanto a la pérdida de seres queridos que, de tan habitual, ya ni nos afecta -dijo el primer capataz-. El impacto de la muerte empieza a perder intensidad, y apenas se da importancia a que fallezca una persona más.

Tan tristes nuevas llenaron a Adele de una pesadumbre que se le reflejó en el rostro. Se despidió de todos excepto del ama de llaves y el primer capataz, a quienes dio indicaciones sobre los preparativos para el viaje. Tras preguntar a Alejandro si se le ofrecía algo más (a lo que el médico respondió negativamente), Adele dejó marchar a los dos servidores, agradeciéndoles sinceramente lo bien que habían cumplido con sus obligaciones. Al fin quedaron solos.

La exaltación de Alejandro era tal que hasta notaba cómo le corría la sangre por las venas: tenía al otro lado de la mesa a la primera mujer a la que había tocado con afecto verdadero, y sabía que el tiempo acabaría por convertir el amor que sentía por ella en algo irreprimible.

Aquí no hay princesas que deban ser atendidas, ni criados dispuestos a ir con el cuento a su señor a cambio de una bolsa de monedas, pensó sumamente agitado. En este lugar, Adele es dueña de su destino, y también del mío, alabado sea Dios.

–Adele -susurró, sintiendo la necesidad de pronunciar el nombre de la joven-, no sabría describir lo que sucede en mi corazón en estos momentos.

–Alejandro… -suspiró ella-. No hace falta que lo hagas; flota en el aire, sin necesidad de palabras. Mi corazón rebosa de esos mismos e inefables pensamientos.

Tan absortos estaban el uno en el otro que no notaron que la brisa del atardecer se había convertido en frío viento nocturno. Sólo al ver vacilar la llama de una antorcha, Alejandro se puso en pie y se apresuró a cerrar los postigos, aislando la habitación del ruido y frío repentinos. Al volverse hacia la mesa en que habían estado sentados, descubrió de pronto que tenía a Adele al alcance del brazo, sin por ello haber oído sus pasos. Camina como un gato, todo silencio y elegancia. Adele le cogió la mano y se la rozó con el dedo meñique, trazando en ella un juego de arabescos.

Permanecieron suspensos largo rato en la magia de aquel contacto, mientras Adele cerraba los ojos y se balanceaba al son de melodías apenas musitadas. Fue Alejandro quien quebró el sortilegio, acariciando la mejilla de Adele con una mano.

–Adele -dijo-, tengo miedo, si lo hacemos, de no poder soportar la soledad de las noches por venir. Cuando volvamos a estar en Windsor, no será tarea fácil encontrar un lugar íntimo.

–Y yo, si no lo hacemos, temo arrepentirme eternamente de mi estupidez, pues sabe Dios si volverá a presentársenos otra oportunidad.

Alejandro era incapaz de distinguir dónde acababa el miedo y empezaba la dicha; ambos se entrelazaban en un flujo y reflujo incesante, unidos de forma inseparable en su corazón. Su fuero interno presenciaba una encarnizada batalla entre fe y libertad; ora se sentía joven independiente en brazos de su amada, ora judío devoto con la obligación, y hasta el anhelo, de respetar las costumbres de su familia y antepasados. Además, no podía

olvidar que la marca de su fe le había sido cruelmente impuesta por el fuego, dejando una marca indeleble en la piel de su pecho.

Estará oscuro y no lo verá… Haré que sus manos estén tan ocupadas que no llegará a palparlo… Y si lo hace, ¿qué?, se preguntó. ¿Me delatará?

No. Me ama; de eso estoy convencido. ¿Y no dice el Talmud que en presencia de su Creador todo hombre deberá responder de los placeres que no haya experimentado? Su Dios le exigía llenar su vida de la mayor alegría posible, y no había dejado dudas sobre la facilidad con que toda existencia humana podía llegar a un brusco fin en el momento más insospechado.

–Y sabe Dios si viviremos lo bastante para arrepentimos -acabó por decir-. De repente he perdido todas las ganas de dejarlo en Sus manos. –

Abrazó a Adele y dijo-: Nunca he estado con una mujer.

–Ni yo con un hombre.

–Entonces aprenderemos el uno del otro -dijo Alejandro, azuzando su pasión con un beso prolongado.

El lugar donde agonizaba la madre de Kate sólo estaba a una hora de camino, y, a medida que se aproximaban a la meta, la niña fue poniéndose más llorona y quisquillosa. Alejandro se preguntó qué atribulados pensamientos estarían perturbando la serenidad de la chiquilla. Debe de estar aterrorizada, pensó, como lo estaría yo ante la perspectiva de ver morir a mi madre. O quizá lo que más tema sea renunciar a la esperanza de llegar a conocerla lo bastante para llamarla «madre». Kate apenas conocía a la mujer que la había engendrado con ayuda del rey de Inglaterra, y pronto perdería toda ocasión de hacerlo. Acaso ni ella misma entendiera del todo la causa de su desasosiego.

Pero yo sí entiendo que tengas miedo, pequeña, pensó Alejandro; yo tampoco tengo un verdadero hogar. Se extrañaba de que Kate no estuviera desquiciada. Era imposible que disfrutara de aquel viaje, y del inevitable sufrimiento que la esperaba al final.

Él, en cambio, nunca olvidaría el éxtasis indescriptible que le había permitido sentir. Todo el dolor acumulado durante meses se había diluido en una noche llena de dulzura, cediendo su puesto a la alegría; a pesar de que el mundo se hallara envuelto en el caos, el corazón de Alejandro rebosaba de satisfacción. Amado y amada no dejaban de mirarse, reviviendo el hondo júbilo de su mutuo descubrimiento. Cada vez que se encontraban sus miradas, un flujo de emoción casi doloroso en su intensidad atravesaba el

cuerpo de Alejandro, como una corriente embravecida, mas no por ello menos grata.

Adele no había reparado en su cicatriz. De no haber sido tan virgen como Alejandro, acaso hubiera notado lo que diferenciaba a éste de todo hombre que no hubiera dado a Dios un trozo de su carne; pero no, no había dicho nada. De su boca no habían salido más que palabras de amor y extáticos gemidos que aún resonaban en los oídos de su amante.

Desde la reanudación del viaje, Adele volvía a tratar a Alejandro con cierto distanciamiento cortés. Prefería no expresar en presencia de Kate la nueva intimidad que los unía.

–Hemos llegado a destino, monsieur -dijo fríamente, señalando con la cabeza una casa modesta pero de aspecto sólido que precedía en poco al siguiente cruce de caminos.

Alejandro desmontó y ayudó a Kate a apearse del caballo que compartía con Adele. Después carraspeó con nerviosismo, procurando hallar el tono más dulce para comunicar a Kate lo que tenía que saber antes de entrar.

–Sé que la niñera te ha dicho que tu madre está gravemente enferma -

dijo a la pequeña-. Pronto Dios la llamará a Su lado, y vivirá con los ángeles.

Kate cerró los ojos con fuerza, luchando por contener el llanto.

Alejandro hurgó en sus numerosos bolsillos hasta encontrar un trocito de tela, que ofreció a la asustada chiquilla. Kate, que hacía valientes esfuerzos por mantener la compostura, aceptó el amable ofrecimiento con una sonrisa débil pero agradecida, y se enjugó las lágrimas.

–Kate -dijo Alejandro-, puede que tu madre no tenga el mismo aspecto que cuando la viste por última vez. Sin duda esta odiosa plaga habrá hecho disminuir su belleza.

La niña asintió con la cabeza, ansiosa por demostrar que entendía cuanto le decían, pero incapaz de convencer a sus escépticos acompañantes de que lo que estaba a punto de ver no iba a afectarla.

–El rey me ha dado órdenes estrictas de que emplee todos mis conocimientos médicos para protegerte del contagio, en honor del gran afecto que sigue tributando a tu madre. Le ha sido imposible acompañarnos, pero quiere darte a toda costa la oportunidad de volver a ver a tu madre.

La pequeña se despejó la nariz y, poco a poco, alzó la vista hasta mirar a Alejandro a los ojos. El médico sonrió.

–¡Muy bien, valiente! – dijo Alejandro-. He traído una máscara hecha de hierbas diversas, y quiero que me prometas llevarla en todo momento mientras permanezcas en esta morada; de otro modo, correrías el riesgo de contraer la enfermedad. Por desgracia, Kate, me temo que no podrás abrazar a tu madre, ni tocarla siquiera, puesto que haciéndolo darías pie a que la peste se transmitiera directamente de su cuerpo al tuyo. Si me desobedeces, la ira del rey no tendrá límites, y no tengo el menor deseo de verla descender sobre mí.

Kate volvió a asentir con terrible gravedad, antes de limpiarse la nariz con la manga del vestido.

–No sé si te servirá de consuelo saber que entiendo tu sufrimiento, pequeña amiga mía. Yo también fui separado de mis padres a causa de un viaje a Francia, poco antes de que el médico del Papa me obligara a aceptar este trabajo.

Kate acabó por hablar, dejando entrever un genio que delataba su parentesco con Isabel.

–¡Pero seguro que eran viejos! ¡Mi madre es joven y hermosa, y no es justo que muera!

Rompió en sollozos, dejándose caer en brazos de Alejandro, que hizo lo posible por consolarla.

Antes de llamar al portón, los tres viajeros se pusieron sus máscaras de tela, rellenas de una mezcla protectora hecha con lo que quedaba de las hierbas y hojas medicinales de Alejandro. Al abrirles la puerta, la criada dio un salto hacia atrás. Con sus picudas máscaras y capas parecidas a alas, los tres visitantes semejaban grandes aves de presa. Sospechando alguna treta, y consciente de lo difícil que era defender la casa sin hombres en ella, la muchacha se dispuso a cerrarles la puerta en las narices. Adele no perdió el tiempo.

–¡Espera! – exclamó-. Somos enviados del rey, y aquí está la hija de la señora, tal como solicitó ella misma. Quiera Dios que no hayamos llegado demasiado tarde.

La criada levantó los brazos y juntó las manos por encima de la cabeza, gesto teatral con que daba señas de haber entendido.

–¡Gracias, Virgen bendita -susurró-, por traer a la niña sana y salva, y maldito sea Eduardo por su negligencia! – Después volvió a abrir la puerta sin perder tiempo y les hizo señas de que se apresurasen a entrar-. ¡Ya hace

bastante frío dentro de la casa, y no hay manera de que la señora entre en calor! Entrad, y cerrad la puerta a las corrientes y vapores malignos.

¡Rápido, antes de que entre el aire!

Mientras les cogía las capas, se puso muy seria y dijo:

–No, no es demasiado tarde, pero temo que no le quede mucho tiempo en este mundo. Desde que se ha despertado esta mañana, no la he oído decir prácticamente nada. Sólo gime y gruñe. Cuando se queja de que tiene frío, la tapo, pero en cuanto me doy la vuelta se quita la manta de encima. A ratos murmura como una loca, y luego aprieta las mandíbulas con todas sus fuerzas. No durará mucho.

Adele repitió a Alejandro lo dicho con otras palabras, a fin de evitarle problemas con el dialecto del lugar. Acto seguido informó a la criada de que el caballero era un medicus enviado para proteger a la chiquilla.

La criada dirigió a Alejandro una mirada desdeñosa, seguida por palabras cargadas de dureza y cinismo:

–Desde que la señora cayó enferma han venido a verla toda clase de doctores, con sus modales finos, pócimas y demás; ¡y a fe que no eran capaces ni de curar un grano! La única que ha conseguido aliviar un poco a la pobre ha sido la comadrona. ¡Para mí que vale más que todos esos médicos!

Sus palabras llamaron la atención de Alejandro, el cual, dejando a un lado los discursos del pretencioso De Chauliac, nunca había oído informe alguno sobre fe tratamientos eficaces contra la terrible plaga. Tras unos instantes de animada conversación con Adele, se volvió hacia la criada y, echando mano de un inglés deficiente pero comprensible, le preguntó:

–¿Dónde está esa comadrona? Me gustaría conocer sus métodos.

Cualquier atisbo de tratamientos nuevos me interesa sobremanera.

–Mañana mismo podréis verla en esta casa, si es que estáis dispuesto a volver -contestó la criada-. Pero Sarah es una mujer extraña. Apuesto a que no le gustará que curioseéis.

Alejandro habría querido prolongar el interrogatorio, pero Kate se impacientaba por momentos. Tiró de la camisa de Alejandro y a través de su máscara pidió ser llevada junto a su madre. La criada dijo:

–Si queréis verla, seguidme. ¡Pero cuidado con pisar demasiado fuerte!

No permitiré que la asustéis. – Dio media vuelta y los precedió por un oscuro pasillo. Mientras los viajeros se abrían camino a tientas, la criada les

explicó-: Cerramos las ventanas para alejar influjos malignos. Mi señora ya está suficientemente enferma, y no hay necesidad de atraer todavía más pestilencia.

La empresa de cerrar la casa a cuanto viniera de fuera había tenido tanto éxito que reinaba en su interior un ambiente húmedo y viciado. Cuando se acercaron a la habitación en que yacía la enferma, un olor familiar a humores apestados asaltó la nariz de Alejandro; hacía tiempo que no tenía contacto directo con la enfermedad, y había empezado a olvidar sus horribles efectos, pero le bastó aquel olor para revivirlos en todo su dramatismo.

De pronto se detuvo, e invitó a Kate y Adele a hacer lo propio con un gesto de la mano. Se quitó la máscara y husmeó un poco; después, frunciendo el entrecejo, se esforzó por identificar el olor.

–Aquí huele a algo más que a enfermedad -dijo-. Me recuerda a algo. –

Volvió a olisquear-. ¡Ya lo tengo! ¡Huele a huevo podrido! La criada se lo explicó:

–La madre Sarah ha dejado quemando en el dormitorio unos potecitos con una sustancia secreta, uno de tantos medios con que mantiene la peste a raya. Dios mediante, ha conseguido arrebatar a la señora de las garras de la muerte durante dos semanas.

–¡Dos semanas! – exclamó Alejandro con entusiasmo-. ¡Tengo que encontrar a esa mujer, a esa tal Sarah, e interrogarla de inmediato!

–¿Tiene algún apodo que pueda facilitarnos la búsqueda? – intervino Adele.

La criada reflexionó unos instantes con expresión ceñuda antes de contestar.

–Que yo sepa, no. La conozco desde chiquitita, y siempre la han llamado madre Sarah; hasta mi pobre madre, a quien Dios tenga en su gloria.

–Pero ¿dónde encontrarla?

La criada volvió a meditar largo y tendido sobre la pregunta, y acabó explicándoles cómo llegar a un llano más allá del río.

–Hay un buen trecho -dijo-. Debéis cruzar el prado hasta dar con un par de robles que tienen los troncos retorcidos y llenos de nudos. Pasad por en medio y encontraréis otro camino más estrecho, que os llevará a un claro en el bosque. Al borde del claro hay una casita de piedra, al lado de una fuente

amarilla que echa humo, y que según la gente de por aquí tiene poderes mágicos. Se rumorea que la madre extrae algunos de sus poderes del agua caliente.

En cuanto oyó hablar de magia, Adele tapó los oídos de la niña con ambas manos y exclamó:

–¡Blasfemias y herejías! ¡Que Dios nos proteja de la magia y las brujas!

Alejandro se volvió hacia ella con rapidez y dijo:

–Si esa mujer tiene algún poder contra la peste, iremos a verla de inmediato, sea bruja o no. De ningún modo dejaré sin investigar una posibilidad de cura.

Utilizando un tono enérgico y desafiante que contrastaba con su dulzura habitual, Adele replicó:

–¿Y qué pasa con la niña? ¡Insisto en mantenerla al margen de la perversa influencia de la brujería!

–¡Adele, ni siquiera sabemos si esa mujer practica artes malignas! La criada ha dicho que es comadrona. Quizá los relatos sobre sus éxitos hayan impresionado tanto a la ignorante población de este lugar, que hablan de ella según sus propios prejuicios. Si tan eficaces son sus curas, más parece un medicus que una bruja.

Kate, sin voz ni voto en una discusión que versaba en torno a su seguridad, siguió el desarrollo de la animada conversación de que eran protagonistas sus dos acompañantes, y acabó por preguntar:

–¿No podría quedarme aquí, en casa de mi madre?

Interrumpida la disputa, Adele y Alejandro se miraron, esperando ambos la opinión de su contrincante. La criada dijo:

–La niña será bienvenida mientras no altere el descanso de mi señora.

–No lo hará -le aseguró Alejandro-; ha recibido órdenes estrictas de no tocar a su madre ni acercarse mucho a ella. Contamos con buenos caballos, que no tardarán en llevarnos al lugar que nos has indicado. Volveremos por la niña antes del anochecer; para entonces habrá tenido tiempo de sobra para hablar con su madre, y podremos iniciar enseguida nuestro viaje de regreso a Windsor. ¿Qué te parece, Adele?

Adele miró a la criada con recelo, preguntándose si podía confiar en que vigilara bien a Kate durante la estancia de la niña en casa de su madre.

Estaba segura de que aquella chica había trabajado en la cocina hasta hacía

poco tiempo, y que su ascenso a doncella sólo respondía a una imperiosa necesidad de ayuda por parte de su señora.

Fuera como fuese, si querían encontrar a la misteriosa madre Sarah no tenían más remedio que separarse de la chiquilla. Adele abrió su pequeño monedero, extrajo una pieza de oro y se la tendió a la criada.

–Asegúrate de que la niña no se acerque demasiado a la enferma, y te daré otra igual cuando volvamos.

La criada, que nunca había visto tanto dinero junto, puso unos ojos como platos. ¡Además, tenía la posibilidad de recibir el doble!

–Lo haré, señora; dadlo por hecho. No habrá niña más segura en todo el mundo.

Pero las dudas de Adele no se habían disipado. Abrazó a Kate y dijo:

–Volveremos a buscarte antes de que anochezca.

Tras recibir sus capas de manos de la criada, Alejandro y Adele la vieron acompañar a la niña hacia el dormitorio, mientras el médico rezaba en silencio por que no le sucediera nada malo. Se apresuraron a salir de la casa y tomaron la carretera en dirección oeste.

Poco después de cruzar el río, divisaron el llano desde lo alto de una colina. Alejandro se internó por el prado, seguido de cerca por Adele. De acuerdo con lo indicado, no tardaron en encontrar los dos árboles, viejos y nobles ejemplares que unían sus copas en inmóvil abrazo. Al penetrar por el espacio que mediaba entre ellos, Alejandro tuvo la sensación de estar invadiendo la intimidad de los venerables robles.

En cuanto entraron en la espesura del bosque, supieron que todo había cambiado. Hasta el aire era distinto del que habían respirado en el prado; era cálido y fragante, contra lo que cabía esperar de un lugar umbrío como aquél. Sólo se oía el golpeteo de los cascos contra la tierra del camino; por lo demás, ni zumbidos de insectos, ni croar de ranas, ni eco alguno de voces humanas.

Alejandro, estupefacto, miró alrededor y dijo a Adele:

–Empiezo a entender que no hayas querido llevarte a la niña. Me siento como hechizado… A fe que en este lugar hay alguna presencia sobrenatural.

La transición del bosque al claro fue tan brusca que tuvieron que proteger sus ojos del sol. Alejandro no recordaba ningún detalle del camino posterior a la puerta de robles; sabía, eso sí, que lo había recorrido en toda

su extensión. En cambio, no tenía la menor idea de lo que habían tardado.

¿Cuánto hacía desde que habían dejado atrás los robles? ¿Unos instantes?

No, imposible acordarse… El misterio del lugar lo tenía cautivo.

Adele no era tan sensible como él al hechizo, ni mucho menos. Tenía ganas de decir a Alejandro que dieran media vuelta y se alejaran; lo deseaba desesperadamente, pero se había quedado sin habla. Mientras avanzaba por la senda del bosque, había tenido la sensación de que una mano empujaba a su caballo hacia aquel claro inundado de sol. Había querido protestar, pero, presa de una inexplicable y súbita mudez, se había visto incapaz de emitir sonido alguno.

Intercambiaron miradas de asombro, víctimas de algún sortilegio que los tenía suspensos. Desmontaron con movimientos lentos y pesados y empezaron a caminar hacia la casa, llegando en breve a un camino de piedra que nacía en la puerta y llevaba a la fuente amarilla; vieron alzarse el vapor de la cálida superficie, y quedaron hipnotizados por los dorados reflejos del sol que espejeaban inquietos en las plácidas aguas. Flotaba en el aire cálido una húmeda y embriagadora fragancia, que Alejandro se sintió impelido a aspirar una y otra vez con ávidas bocanadas. Cuanto más respiraba el fértil perfume, más deseos tenía de seguir haciéndolo. Era un aroma cargado y dulzón, que olía a cosas vivas y muertas, a podredumbre, a humedad, a vida.

Recuperada al fin el habla, dijo a Adele:

–Si esto es el mal, a él me entrego de por vida. Este lugar me tiene hechizado.

De pronto, el silencio quedó roto por una voz que parecía salida de un sueño.

–Os doy la bienvenida a mi hogar, honorable médico y gentil dama.

De repente se presentó ante ellos, como surgida de la nada, una mujer de avanzada edad cuyo aspecto no se avenía con lo armonioso de su voz. Su tono era maternal y tranquilizador.

–Os he estado esperando -dijo-, pero no sabía cuándo llegaríais.

La mentalidad lógica de Alejandro, que no renunciaba a su soberanía, alegó que en el mundo real no existían las dotes adivinatorias; pero la placidez del lugar, sus fragancias opulentas y fecundas, la extraña calma que irradiaba la anciana, todo ello hacía nacer en él una serenidad interna, un abandono que no había conocido desde su niñez en Aragón, y al que se

rindió por completo. En aquel santuario de paz, las mariposas surcaban el aire con tal lentitud que, a juicio de Alejandro, ni su ligereza debería haberlas salvado de caer. Todo estaba inundado por una claridad sin sombras, y, sin embargo, no se veía el sol. No había nada pardo ni marchito; todo estaba en flor, todo perfecto, salvo la propia mujer, en quien la huella del tiempo parecía más una bendición que una carga. Aquel lugar devolvía a Alejandro a los tiempos en que el mundo todavía no había conocido la maldición de la peste. Los robles retorcidos marcaban la frontera entre el caos y una mágica serenidad.

–Venís a preguntar acerca de una cura.

Alejandro asintió enérgicamente, mirando a la anciana con ojos muy abiertos y llenos de esperanza.

–Pues bien, aquí la tenéis.

La anciana tendió a Alejandro una bolsa de lino bordada con gran maestría. El médico la sostuvo en sus manos y la examinó desde todos los ángulos, con la curiosidad y el asombro de un niño.

–No esperaba recibirla en mis manos -dijo-. ¿Qué regalo me habéis hecho? ¿Se halla la cura en el interior?

La risa de la anciana era profunda y antigua, llena de un hechizo casi musical que se apoderó de Alejandro al instante.

–Siempre debéis estar preparado para lo que menos esperéis, maese médico -le dijo-. Si queréis saber cuál es la cura, abrid la bolsa y satisfaced vuestra curiosidad.

Alejandro no se hizo de rogar. Enseñó la bolsa a Adele, quien, pese a mirarla con recelo, se sumó al examen de su contenido. El médico fue extrayendo los artículos uno a uno con enorme respeto, y Adele siguió su ejemplo. La bolsa contenía varios saquitos llenos de hierbas difíciles de encontrar, entre ellas algunas parecidas a las que había dado De Chauliac a su alumno antes de salir de Aviñón, aquellas mismas cuyo suministro se había agotado. También había un saco más grande con un polvillo gris de olor desagradable. Alejandro metió la mano y dejó que el polvo se deslizara entre sus dedos como arena, cayendo de nuevo en el saco. Sacó después un pequeño frasco de líquido amarillento tapado con un corcho. Había cintas rojas, una cascara de nuez y otros objetos extraños, ninguno de los cuales le pareció tener uso médico. Cogió con fuerza el precioso paquete,

comprobando con el tacto que existía de veras, más allá de su percepción mental. Miró a la anciana, deseoso de darle las gracias por el regalo.

–No sé cómo dirigirme a vos para daros las gracias. Veníamos en busca de una tal madre Sarah…

–Y la habéis encontrado.

Viendo confirmadas sus sospechas acerca de la identidad de la anciana, Alejandro apenas pudo contener su entusiasmo.

–¡Así que era cierto! – Se volvió hacia Adele y le dijo-: ¡Es ella! – Se dirigió de nuevo a la madre Sarah-. El asombro que me produce este lugar ha estado a punto de hacerme olvidar el verdadero motivo de nuestra venida. ¡Hemos visto a la dama a quien cuidáis, y hemos sabido de su evolución durante dos semanas! ¡Habladme de vuestras curas, tan llenas de sabiduría! Deseo con toda el alma aprender vuestros métodos.

–Maese médico -contestó la anciana-, debéis tener paciencia. Todo quedará revelado a su debido tiempo. Sabréis la respuesta que buscáis cuando os sea necesario conocerla.

Por primera vez desde que se hallaba en aquel lugar de ensueño, Alejandro sintió una punzada de desasosiego.

–Temo desaprovechar la oportunidad. Temo no saber reconocer lo que se me pide que vea.

–Debéis confiar en que sí sabréis -se limitó a decir la anciana-. Tenéis la cura en vuestras manos; pronto la tendréis en el corazón. Y ahora, marchaos. Apresuraos a velar por el bienestar de la niña, pues su alma corre grave peligro. No sé deciros cómo acabará su viaje, pero en los próximos días le espera una dura prueba. Acordaos ante todo de tener fe, y confiad en que las cosas llegarán a buen puerto.

Alejandro habría querido hacer miles de preguntas a la madre Sarah, pero se dio cuenta de que Adele estaba muy nerviosa y preocupada.

–Habla de una niña -dijo la joven-. Sólo puede referirse a Kate.

¡Tenemos que volver!

A Alejandro no se le pasó por la cabeza preguntar a la anciana cómo sabía de la existencia de Kate; le pareció algo natural, sin más. Encontraron a los caballos en el lugar exacto donde los habían dejado, paciendo satisfechos la oscura hierba del prado. Alejandro metió cuidadosamente en sus alforjas la hermosa bolsa de hierbas curativas, hecho lo cual montaron y

volvieron a internarse en la densa floresta, dirigiéndose hacia los robles que los devolverían al mundo exterior.

Tiraron de las riendas justo antes de pasar bajo los troncos retorcidos.

Alejandro sentía en la cara un viento frío llegado del mundo en que estaban a punto de entrar, mientras el sol seguía calentándole la espalda, doloroso recuerdo de aquel otro mundo que se disponían a abandonar.

–Tengo miedo de que una vez atravesada esta puerta no nos acordemos de lo que ha sucedido al otro lado. – Dirigió a Adele una mirada suplicante y dije

Temo que cuando la hayamos dejado a nuestras espaldas todo se sume en el olvido, y ya no haya ninguna cura atada a mi silla de montar.

Dando pruebas de una sabiduría impropia de su edad, Adele dejó a un lado sus propias dudas y consoló a Alejandro.

–Eso es imposible. La hemos tocado, y no puede desaparecer. Recuerda lo que ha dicho esa mujer, que llegará un día en que tengas que usarla…

A pesar de todo, Alejandro siguió sin moverse. Volvió la mirada hacia el bosque de troncos altos y rectos por los que el sol vertía sus rayos, bañando con ellos el mullido suelo de pinaza. Después se fijó en el prado, que, iluminado por la luz tenue del atardecer, ofrecía una imagen infinitamente menos seductora. El viento soplaba entre los dos robles, lanzando un remolino de hojas secas contra las patas del caballo. Alejandro permaneció inmóvil, paralizado por el miedo a perder lo ganado. Habría preferido quedarse ahí toda la vida.

–¡Alejandro -lo apremió Adele-, tenemos que irnos! ¡Acuérdate de lo que ha dicho sobre Kate! ¡Tenemos que volver con ella ahora mismo!

Y, sin más palabras, volvió su montura hacia el prado y la azuzó con un golpe en los flancos. Cuando la robusta y obediente yegua se puso en marcha, Adele soltó un grito, un grito que no era de dolor, sino de sorpresa por la ráfaga de aire frío que le había inundado los pulmones justo al dejar atrás los robles. Detuvo al caballo, que, al igual que ella, se había quedado sin aliento, y reaccionó a la brusca agresión con un estentóreo ataque de tos.

Viéndola pasar un mal rato, Alejandro olvidó sus temores y espoleó a su caballo. También él se resintió de la acometida del viento, y tardó un poco en respirar con normalidad, pero, recuperado de su malestar en cuestión de segundos, se encontró al borde del prado en compañía de Adele. Ambos permanecieron inmóviles. Alejandro se fijó en la posición del sol sobre el