Sin elección

Clare Mackintosh · Capítulo 11 de 56

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Sin elección

9. A doce horas de Sídney. Mina

9

 

A doce horas de Sídney

Mina

 

La zona de descanso parece más un falso techo que una habitación: las paredes se curvan hacia dentro hasta cerrarse del todo; aquí la forma del avión se intuye con la misma claridad que en la cabina de control. El suelo está hecho de colchones encajados que recuerdan a las colchonetas de un gimnasio escolar. Los separan unas cortinas que cuelgan del techo como en una sala de hospital: cada compartimento es del tamaño de un ataúd.

Estábamos todos demasiado alterados para dormir. Solo Erik ha corrido la cortina y nos ha dejado a los demás hablando en voz baja.

Los siete miembros restantes de la tripulación, despatarrados por el suelo, intercambiábamos los típicos chismorreos sobre pasajeros que no sería prudente compartir en la galera.

—Hay un tío en las butacas de en medio, y de verdad que no os miento, que debe de pesar doscientos kilos —ha dicho uno de los tripulantes de la cabina de turista.

Carmel ha hecho una mueca.

—Pobre hombre, debe estar superincómodo.

—¡Pobre del tío que tiene al lado, querrás decir! Está en el asiento del pasillo, y cada vez que paso se me queda el carrito atascado. Y yo en plan: «Hummm… ¿Le importaría apartar la… hummm… barriga?».

Ha estallado una carcajada general que se ha detenido en seco cuando Erik ha carraspeado detrás de sus cortinas. Todos sabíamos lo que era intentar dormir cuando nadie más quería, pero reinaba en la habitación una atmósfera pueril —como de fiesta de pijamas a medianoche en casa de un amigo— que hacía que se nos escapara la risa y nos tapáramos la cara con las manos. Al menos no molestaríamos a los pasajeros: el sonido no viaja entre la zona de descanso y la cabina. Cuando subimos ahí, estamos completamente aislados.

Yo no me encontraba del todo presente. Una parte de mí participaba en uno de esos juegos de preguntas y respuestas («¿A quién besarías? ¿Con quién te casarías? ¿A quién rechazarías?») y opinaba sobre las decisiones de Carmel en materia de diseño de interiores; la otra trataba de recordar cuándo había sido la última vez que había visto la epinefrina de Sophia.

Ayer por la mañana la llevaba en la mochila, de eso estaba segura. Siempre lo compruebo cuando saco la fiambrera y la botella, y ayer no tuve ningún motivo para no hacerlo. ¿Y si la saqué al llegar a casa, cuando le vacié la fiambrera? Nunca lo he hecho e, incluso de ser así, sigue sin explicar cómo acabé subiéndola al avión.

¿Estarían gastándome una broma pesada?

Recuerdo a Adam, hace años, partiéndose la caja mientras me describía cómo había sido su «iniciación» en la academia de policía.

—Mi sargento me dijo que íbamos a pegarle un susto al nuevo auxiliar forense haciéndole creer que uno de los cuerpos estaba vivo —me contó entre carcajadas, casi sin poder articular palabra—. Pues nada: me tumbo en la camilla, me tapan con una sábana y me meten en el congelador. Y ahí estoy yo, aguantando la risa pensando en cómo, cuando me saquen, haré un «¡buuuuuu!» de esos de fantasma, pero entonces… entonces… —Le entró otro ataque de risa: se doblaba y todo, y yo no pude evitar reírme con él, pese a que la idea de estar rodeada de cadáveres me daba escalofríos—. Entonces, de repente… —prosiguió— oigo como una voz que viene del cadáver de arriba y dice: «Hace un frío de cojones, ¿no?». —Se tronchaba; parecía que le iba a dar algo de tanto reír al recordar cómo descubrió que todo había sido una broma que le tenían reservada.

Adam vive en un mundo de contrastes absolutos. Por un lado, decisiones cruciales y altercados violentos. Por el otro, inodoros cubiertos de papel film, teléfonos móviles pegados con celo a escritorios y falsas llamadas por megafonía que convocan a agentes nerviosos a la presencia de un superior sin sentido del humor.

«Reír por no llorar», dice siempre. Una ligereza que, por infantil que pueda parecer, ayuda a contrarrestar lo siniestro de un accidente de tráfico mortal, una violación o la desaparición de un niño.

Adam ya era policía cuando lo conocí, y siempre me he preguntado cómo sería antes, si siempre habrá tenido ese tipo de cambios de humor que lo arrastran hacia un lugar inalcanzable para mí. Cuando nos casamos, los bajones le duraban tan solo unas horas —como mucho, un día—, pero, a medida que fue pasando el tiempo, la sombra de la depresión le pisaba los talones cada vez más de cerca. El último año ha sido insoportable.

—¿A quién estás escribiendo?

Fue el año pasado, más o menos por esta época; llevábamos un rato viendo la tele, pero Adam apenas había levantado la vista del móvil. Katya estaba en su habitación; Sophia, durmiendo.

—A nadie importante.

—No parece que te haga mucha gracia, sea quien sea.

Adam tenía la mandíbula tensa e iba dando golpecitos en la pantalla con los pulgares. Lo dejé estar, pero no le quité ojo durante el resto de la noche, incapaz de concentrarme en no sé qué serie de risa que se suponía que estábamos viendo.

Después de que Adam se fuera de casa y Katya hubiera regresado a Ucrania, la ansiedad me tenía en vela hasta primeras horas de la madrugada. Me sumía en un sueño intranquilo, solo para despertarme con un sobresalto cuando un nuevo mensaje hacía que me vibrase el móvil. Era Adam, a quien los remordimientos —o la culpa— habían asaltado a medio turno de trabajo.

Lo siento.

Te echo de menos.

Te quiero.

Empecé a dormir con el móvil en silencio.

Una mañana tenía seis mensajes y dos llamadas perdidas suyas, y mientras bajaba las escaleras a trompicones, atontada por la falta de sueño, la pantalla de mi teléfono parpadeaba con insistencia. En lugar de dejarlo sonar, rechacé la llamada: un pequeño acto de rebeldía que sabía que le dolería. Una vez abajo, tardé unos instantes en identificar con exactitud de dónde salía aquel olor tan extraño que impregnaba las habitaciones. Eché un vistazo en la cocina, preguntándome si me habría dejado algo en el horno, pero era en el recibidor donde más olía a productos químicos.

Habían empapado el felpudo de gasolina.

Aturdida por el sueño, me pregunté si habría derramado algo antes de irme a la cama o si habría entrado en casa con las suelas sucias. Abrí la puerta de la calle para que se fueran las emanaciones y pestañeé, desconcertada, al ver que Adam salía de su coche y se acercaba hacia mí por el sendero de la entrada.

—Te estaba llamando. ¿Estás bien?

Tenía cara de desquiciado; daba la impresión de haber dormido aún menos que yo. Se le iban los ojos de un lado a otro, alterados, como si hubiera tomado alguna clase de sustancia (aunque sabía que nunca lo haría).

—¿Por qué me llamabas? —El aire fresco de la mañana me había espabilado: cada pieza iba encajando en su lugar y formando una imagen que no quería ver—. De todos modos, ¿qué estás haciendo aquí?

—Tengo que coger algo de ropa.

—¿A las siete de la mañana? —No esperé a que diera explicaciones—. Estaba a punto de llamar a la policía. Han vertido gasolina por debajo de la puerta.

Me sorprendió lo tranquila que estaba, dadas las circunstancias. Echar a Adam de casa me había hecho sentir más fuerte, con más control sobre las cosas; la falta de sueño añadía una capa de distanciamiento a nuestras interacciones, como si me viera a mí misma desde arriba.

—¿Cómo? —Miró alrededor agitadísimo, como si los responsables pudieran andar al acecho todavía—. ¿Cuándo? ¿Estás bien? Y Sophia, ¿está bien?

Había algo raro en él; parecía que me ocultara algo. «Como si no le hubiera sorprendido lo más mínimo», se me ocurrió de repente.

—Sophia está bien; esta noche ha dormido conmigo. Llamaré a la policía y pondré una denuncia.

—Ya lo hago yo. De todas formas iba de camino al trabajo. Así será más difícil que la desechen.

Más tarde, con Sophia ya en la guardería, cambié la bombilla del porche y le pregunté a Mo si había visto algo.

—Lo siento, preciosa —me contestó ella—. El doctor me ha dado una cosa para ayudarme a descansar: llevo unos días que duermo como un lirón. Pero hace un par de semanas había una panda de chavales en el parque intentando prender fuego a los cubos de la basura. A lo mejor han sido ellos.

Llamé a la policía para proporcionarles aquella información extra.

—Me temo que no hemos registrado ningún delito de daños en esa dirección.

—Lo ha denunciado mi marido esta mañana. Es el sargento Holbrook, del Departamento de Investigación Criminal.

—Parece que aún no ha tenido el momento de hacerlo. Si quiere, puedo tomarle los datos a usted.

Luego envié un mensaje a Adam.

¿Has puesto la denuncia?

Sí, tema resuelto. No sé si podrán hacer nada, pero

probarán a investigar a los pirómanos habituales.

Me quedé con la mirada clavada en la pantalla del móvil. ¿Por qué no lo había denunciado? ¿Y por qué me estaba mintiendo?

Me llegó otro mensaje:

Me quedaría más tranquilo si estuviera en casa contigo. Solo unos días. Puedo dormir

en la habitación de invitados.

En los rincones oscuros de mi mente, empezó a cobrar forma una idea: ¿era posible que Adam hubiera echado la gasolina por debajo de la puerta, en un intento patético de obligarme a dejar que volviera? ¿Se creía una especie de caballero de brillante armadura?

«Nos las apañaremos. Gracias», contesté. No estaba asustada: Adam quizá fuera un idiota, pero no un psicópata.

 

—Deberíais haber dormido un poco —dice Erik ahora, mientras salimos de la zona de descanso y bajamos por las empinadas escaleras de caracol hacia la cabina—. Queda mucho para el próximo descanso.

—Gracias, papá —murmura alguien más arriba.

Se oye una risita ahogada.

Erik tiene razón: deberíamos haber dormido, pero la cháchara de las otras chicas me ha distraído gratamente de la cuestión de cómo ha llegado el inyector de Sophia hasta el vuelo 79. No puedo evitar preguntarme si Adam tendrá algo que ver. ¿Estará intentando hacer que me sienta culpable por haber abandonado a mi hija? ¿O esperando que me preocupe lo bastante para necesitar su ayuda? ¿Es esto, como la gasolina, una forma retorcida de quedar como mi salvador?

No ha sido nadie del trabajo, eso seguro. No es como con Adam y sus compañeros, que llevan años juntos y conocen sus límites: yo trabajo con personas nuevas cada vez, desde el momento en que ficho. ¿Quién le gastaría una broma pesada a un desconocido?

Ya de nuevo en la cabina, poso la mirada en el hombre del asiento 3F. Jason Poke tiene una de esas caras juveniles, con hoyuelos, que hacen que las adolescentes se derritan y que las madres digan: «Cuidadito con ese». A menos que uno haya estado viviendo dentro de una cueva, es imposible que no haya visto nunca las «Bromitas de Poke», un canal de culto de YouTube que conquistó al gran público en cuanto pasó a emitirse en Channel 4. Me acuerdo de un episodio que vi con Adam mucho antes de que todo comenzara a ir cuesta abajo: Poke iba disfrazado de cura, con una nariz postiza y una peluca gris, y recitaba atropelladamente los votos matrimoniales delante de una incauta pareja.

«Para amaros y destetaros… digo… respetaros…». Risitas ahogadas entre la congregación. A Poke le entra hipo y farfulla la frase siguiente. La cámara enfoca a una señora mayor que hace un mohín, y Poke vuelve la espalda a la parejita feliz y da un buen trago a una petaca en la que se lee VINO DE MISA. La novia se queda boquiabierta. Detrás de ella, el padrino de boda ríe a carcajadas mientras Poke se arranca la nariz falsa y la peluca, y un cámara emerge de la sacristía.

«¡Otra bromita de Poke!», dice la voz en off.

—¡Insuperable! —exclamó Adam, resoplando por la nariz de tanto reírse.

—Yo me habría puesto como una fiera.

—Solo al principio. Luego habrías terminado encontrándole la gracia.

—Pobre chica. —El televisor nos regaló entonces las «tomas de reacción» que acabábamos de ver: la novia horrorizada, su madre llorando…—. Tantos meses planeando la boda y aparece ese capullo y lo estropea todo.

—Lo organizó todo el padrino. No es que Poke se presentara allí porque sí.

—Me da lo mismo.

Paso junto al asiento del bromista y echo una ojeada a su pantalla para averiguar qué está viendo: me sorprende descubrir que se trata de un documental sobre Auschwitz, y me ruborizo cuando Poke levanta la vista y me pilla espiándolo.

—Cosas serias —comenta, subiendo la voz más de la cuenta a causa de los auriculares.

Debí de ser yo la que subió la epinefrina a bordo. Recuerdo haber pasado revista al bolso que llevo a diario al trabajo; puede que el inyector se quedase enganchado entre las páginas. ¿O puede que Sophia lo metiese por accidente en la bolsita de papel con la galleta? Tiene que haber sido eso.

Ignoro a la voz de mi cabeza que me dice que el inyector, en todo caso, estaría en la mochila de Sophia, no en mi bolso; que sin duda sería demasiada coincidencia que hubiera caído de un lugar a otro no una sola vez, sino dos; que la epinefrina no estaba para nada cerca de la galleta. Ignoro a la voz que me recuerda la gasolina por debajo de la puerta, las llamadas perdidas que he estado recibiendo últimamente… la extraña actitud de Adam durante estos últimos meses. Paso. Solo es un autoinyector de epinefrina: ¿qué iba a sacar nadie de subir eso al avión?

Me encantaría enviarle un mensaje a Becca, solo para comprobar que va todo bien, pero desde la torre de control me dicen que no pueden hacer nada con el wifi. Dindar ha tirado la casa por la ventana para esta ruta: butacas más anchas en turista, películas exclusivas, reducción de emisiones de CO2 y wifi gratis para todo el mundo, independientemente de la categoría del billete. En la revista de a bordo, un anuncio a página completa anima a los pasajeros a compartir en directo su experiencia de viaje utilizando la etiqueta #LondresSidney: como se entere de lo de la avería, se subirá por las paredes.

Echo un vistazo a lo largo y ancho de la cabina, tratando de identificar a los periodistas. La primera, una mujer de rasgos angulosos que escribe una columna en el Daily Mail, guarda tanto parecido con la foto que acompaña su firma que casi no me hace falta comprobar su nombre en la lista de pasajeros, pero lo hago de todas formas, para ir sobre seguro. Alice Davanti es su nombre de pluma; en sus documentos de viaje aparece como Alice Smith. Será su apellido de casada, tal vez, o a lo mejor Davanti es un seudónimo escogido para darle glamour al asunto.

Tardo un poco más en localizar al segundo periodista: no reconozco ni su nombre ni de cara, y sin Google estoy perdida. Recorro los pasillos arriba y abajo, ojeo las pantallas de los portátiles y las páginas de los libros. Me doy cuenta de que el hombre de las gafas redondas ha metido la carta de vinos en una libreta, y la segunda vez que paso junto a él está utilizando una cámara profesional, y no un móvil, para hacerse una de esas fotos tipiquísimas donde aparecen unos pies en alto y la película que se está viendo. De la vieja escuela. Repaso la lista: Derek Trespass. Pese a sus amarguras con el wifi, parece como en casa.

Vuelvo a palpar el autoinyector, sintiéndome a un tiempo cerca de Sophia y a miles de kilómetros de ella. Pienso en la nota que le dejé en la almohada y me pregunto si ya la habrá encontrado. Me encantaría mensajearme con ella. En la cabina de control tienen un móvil Sky, así como la radio VHF que utilizan los pilotos para intercambiar información con los controladores cada media hora y cada vez que entramos en el espacio aéreo de un país o salimos de él. No es inaudito que se envíen y se reciban mensajes personales a través de esos canales (he estado en vuelos donde se han anunciado partos y, cuando hay Mundial, se celebran todos los goles de Inglaterra), pero esto no es ninguna emergencia.

—Estoy pensando en pintar las paredes de gris; una la forraré de papel color rosa palo, para que destaque. ¿Qué te parece? —Carmel me está describiendo una por una todas las habitaciones del apartamento que se ha comprado con su novio.

—Suena precioso.

—Me gustaría poner un sofá rosa de terciopelo, de esos suavecitos, pero me pregunto si con la pared no habrá ya demasiado rosa. ¿A ti qué te parece?

—Igual sí. —Vuelvo a mirar el reloj. El tiempo se ha ralentizado, y estoy deseando que termine mi turno para subir a las literas y taparme con la cortina. Quizá para entonces ya funcione el wifi y pueda enviar un mensaje a casa.

Una figura menuda entra con sigilo en la galera: es Finley, demasiado tímido, quizá, para pulsar el botón de llamada.

—Hola, cariño —le digo—. ¿Querías algo de comer?

Me enseña los auriculares.

—Por favor, ¿podría…?

—¿Otra vez? Pero ¿qué les haces?

Carmel se hace cargo y deshace los nudos con las uñas, de manicura francesa.

—A los míos les pasa lo mismo cada dos por tres. Los enrollo perfectamente y, luego, cuando los quiero usar, parecen espaguetis.

Se oye un grito en la cabina y se va levantando un tumulto a ambos lados del pasillo. Oigo que alguien chilla: «¡Ayuda, ayuda!», y me da un vuelco el corazón. Seguro que es esa mujer de clase turista, que estará otra vez causando problemas en el bar.

Sin embargo, justo cuando estoy a punto de ir a ver qué ocurre, Erik entra corriendo en la galera, con la cara, normalmente inexpresiva, enrojecida.

—¿Qué ha pasado?

No me contesta. Se acerca el interfono y habla con una firmeza y una serenidad que encubren su agitación.

—Si hay algún doctor a bordo, que se dirija a la parte delantera del avión, por favor.

—¿Hay algún pasajero enfermo? —pregunta Carmel, y doy por sentado que Erik le soltará un moco por constatar lo que parece una puñetera evidencia, pero se queda mirándola, y advierto que está temblando.

—No, enfermo no —dice—. Muerto.