Sin elección

Clare Mackintosh · Capítulo 12 de 56

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Sin elección

10. Ocupante del asiento 6J

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Ocupante del asiento 6J

 

Me llamo Ali Fazil y ojalá no hubiera puesto un pie en este avión.

La tripulación corre por los pasillos. Se respira el pánico en el aire: la gente pide ayuda a gritos y se levanta de la butaca para ver qué ha pasado.

La verdad, me consuela saber que no soy el único que está aterrorizado.

Todo este tiempo he tenido que quedarme aquí sentado, taquicárdico perdido y con las manos sudadas, viendo como todos a mi alrededor ignoran el peligro que corremos. Tiene que haber personas inteligentes entre ellos: gente que lea artículos, gente que conozca los hechos; ¿cómo es que no están tan asustados como yo?

Ya sé lo que estás pensando: te estás preguntando por qué me he subido a un vuelo de veinte horas cuando a mí volar me afecta de esta manera. Pero algunos trabajos requieren subirse a un avión, y no queda otra.

Me imagino escribiendo al jefe para decirle «la verdad, volar me pone de los nervios y la idea de pasarme tantas horas en el aire me está quitando el sueño…».

Lo de volar ya habría dado lo mismo: habría prescindido de mí.

Mi hermana me dijo que tendría que haber renunciado, que no era sano someterse a las órdenes de alguien de esa manera, pero ella no está lo bastante informada para comprenderlo. Existe una jerarquía, por supuesto, como en cualquier organización, pero aquí todos tiramos del carro. Somos como una familia.

He intentado superarlo. He probado la hipnoterapia, la reflexología, la terapia cognitivo-conductual. Irónico para un psicólogo, ¿verdad? Sin embargo, haga lo que haga, da lo mismo: los datos siempre tienen la última palabra.

¿Sabes cuántas personas han muerto en accidentes de avión desde 1970? 83 772. ¿No te da pánico? ¿No hace que te lo pienses dos veces antes de embarcar?

Las razones son diversas. En ocasiones es algo tan simple como quedarse sin combustible. A los conductores de coches les pasa constantemente, ¿no? Nadie se queda sin gasolina a propósito, pero a veces ocurre algo —tienes que tomar un desvío o te quedas atrapado en un atasco— y de golpe te encuentras con que el coche va frenando hasta detenerse del todo, mientras el indicador del combustible parpadea. Es un fastidio (a lo mejor te toca quedarte horas parado en el arcén o tienes que andar varios kilómetros para rellenar un bidón que al menos te dé para llegar hasta una gasolinera), pero no te morirás por quedarte sin combustible.

A menos que estés en un avión.

Porque a los aviones también se les acaba, ¿lo sabías? A veces porque los obligan a desviarse o el mal tiempo les impide aterrizar o alguien ha hecho mal los cálculos, porque ¿sabías que son los pilotos quienes calculan cuánto carburante se necesita, que eso no lo hace una máquina? ¿Lo sabías? Piensa en cuántas veces has hecho mal un cálculo porque estabas cansado o habías discutido con tu pareja o por un millón de cosas más. Basta con que se equivoquen en la operación y…

No puedes aminorar la marcha y desviarte hacia el arcén en un avión. No hay luces de emergencia ni el vehículo se detiene en seco cuando el motor deja de funcionar. No hay forma de ir a pie hasta la gasolinera. Lo único que hay son trescientas toneladas de metal cayendo desde el cielo…

Con nosotros dentro, como lemmings, precipitándonos hacia nuestra muerte.

A veces se debe un parabrisas roto: el piloto se ve succionado por el exterior directamente de su asiento. Podría tratarse de un incendio: algún imbécil que ha ido a fumar al lavabo y ha metido la colilla entre las toallas de mano. El humo nos engulle poco a poco hasta que no sabemos si preferimos morir asfixiados o quemados.

Y a veces, por supuesto… a veces es deliberado.

La gente está ahí sentada, comiendo, bebiendo y fingiendo que es completamente normal estar suspendidos en el aire, que no hay ninguna posibilidad en absoluto de caer desde el cielo. Nadie se lee las instrucciones de seguridad, nadie mira el vídeo informativo.

Yo sí, por supuesto.

Me he enterado de dónde están las salidas. Nada más entrar, he contado las filas de asientos; así, si se apagasen las luces, sabría dirigirme a tientas hasta una de las puertas. He comprobado que mi chaleco salvavidas estuviera debajo del asiento y, de haber sido posible, habría tirado de la máscara de oxígeno para asegurarme de que funciona.

Quiero estar preparado.

Más del noventa y cinco por ciento de los pasajeros sobreviven a los accidentes de avión, aunque eso incluye los accidentes que tienen lugar en la pista, así que esas estadísticas no son fiables. Dudo que sobreviva el noventa y cinco por ciento de la gente si un Boeing 777 cae en picado al mar o se estrella contra una montaña. Dudo que el noventa y cinco por ciento de la gente sobreviva a un incendio si está encerrada en un avión.

Todo el mundo se levanta del asiento, así que yo hago lo mismo, y se me hace un nudo en la garganta: hay un hombre en el suelo. Han pedido un médico y la mujer que ha salido lo está examinando, pero él no se mueve, y la cara…

Aparto la vista. Vuelvo a contar las filas que hay hasta la salida, compruebo otra vez que el chaleco salvavidas esté en su sitio, saco la lámina con las instrucciones de seguridad y me la leo del derecho y del revés. Tendría que haber hecho caso a mi hermana.

Yo pensaba que moriríamos todos de golpe, con una explosión espantosa aunque misericordiosamente breve que desperdigaría pedazos de avión y de cuerpos humanos en un radio de varios kilómetros, pero puede que me haya equivocado. Puede que muramos uno a uno.

Puede que ese hombre sea solo el primero.