Sin elección

Clare Mackintosh · Capítulo 51 de 56

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Sin elección

49. 7.00. Adam

49

7.00

Adam

 

¿Cuánto rato ha pasado?

He tratado de contar los segundos para no perder la cuenta de los minutos, pero cada estallido que se oía en la planta de arriba me distraía, y ahora tengo la sensación de que han pasado horas desde que Sophia se ha marchado. Han saltado los plomos: la franja de luz fluorescente de debajo de la puerta ha parpadeado dos veces antes de desaparecer; la radio se ha cortado justo cuando estaban dando las noticias de última hora.

«En estos momentos, el vuelo 79 se aproxima a Sídney. Los controladores aéreos han logrado establecer contacto con miembros de la tripulación, pero aún no se ha confirmado si el vehículo continúa bajo el mando de los terroristas. Los servicios de emergencia permanecen a la espera en el aeropuerto de la ciudad australiana».

El sótano está oscuro como boca de lobo, sumido en una oscuridad densa y opresiva. No veo el humo, pero lo huelo; percibo su sabor. Se me mete en la garganta y me hace toser hasta que me entran arcadas, y las muñecas me rozan con las esposas debido a las convulsiones. La combinación del hormigueo muscular y el frío hace que no note ni las manos ni los pies, y siento la misma ofuscación que cuando Becca me drogó, aunque no sé si es por el humo o de puro cansancio.

Sophia ya debe de haber llegado al centro del pueblo. Recito su itinerario y trato de adivinar hasta dónde habrá llegado. «Librería, tienda vacía y luego la mobiliaria, que es donde venden casas». Me la imagino a las puertas de la comisaría, sin resuello después de la carrera; encima de ella, el farol de cristal que lleva allí desde los tiempos de la reina Victoria. Ahora las viejas celdas se utilizan como sala de taquillas, por lo que solo hay personal de guardia tres días a la semana, pero el teléfono amarillo de fuera sirve de línea directa con la sala de vigilancia; lo único que tiene que hacer es levantar el auricular y…

«¡Vamos, vamos!».

Se produce otro estallido arriba. ¿Vendrá de la escalera? ¿De la primera planta? Pienso en Mo, en la casa de al lado, profundamente dormida todavía, incapaz de oír nada hasta que sea demasiado tarde. El cartero pasa cerca de las ocho, pero teniendo en cuenta que, ahora que no hay luz en el porche, no entra nada de sol por la carbonera, deduzco que aún debe de ser temprano.

Ahora está todo en manos de Sophia, y hay tantas cosas que podrían salir mal… Aunque recuerde el camino, tendrá que cruzar calles y toparse con desconocidos —algunos, llenos de buenas intenciones, pero también algún que otro depravado—. ¿Y si no llega al teléfono, o este no funciona bien? Pienso en mi preciosa hija, tan valiente ella, con su pijama de Action Man, su bata de unicornios y sus zapatillas empapadas por la nieve, y se me saltan las lágrimas.

 

Al principio, creo que me imagino el sonido de sirenas.

Un sonido que va y viene con idéntica velocidad. Cierro los ojos y escucho con tanta atención que creo que solo lo oigo por las ganas que tengo de oírlo. Pero ahí está otra vez: la sirena estridente de un camión de bomberos, acompañada del soniquete agudo y rítmico de un coche de policía. Se produce otro estruendo por encima de mí, pero las sirenas suenan cada vez más fuerte, y ahora ya no oigo el rugido del fuego, solo a quienes vienen a rescatarme.

Sophia debe haberles dicho exactamente dónde estoy, porque el destello de una linterna atraviesa la carbonera y cae como la luz de un foco delante de mis pies.

—¡Estoy aquí! —intento gritar, pero la garganta no me obedece, y el humo acre me atraganta.

La carbonera es demasiado estrecha para que quepa un adulto, y siento que el pánico crece en mi interior. ¿Y si no pueden sacarme? Y esos crujidos y reventones que he estado oyendo, ese estrépito que viene de arriba… ¿Se estará derrumbando la casa? Me veo a mí mismo ardiendo bajo montones de escombros, sin salida alguna mientras siga encadenado a la pared.

—¿Adam? Aguanta, colega. Vamos a por ti.

Capto un parpadeo hacia el final de las escaleras del sótano. Subo las rodillas y escondo la cabeza entre ellas mientras un trompazo descomunal retumba por toda la casa y deja el sótano lleno de polvo y cascotes. Noto cómo una mano se me posa en el hombro, y otra me levanta la cabeza y me la cubre con algo. De repente, el aire está más limpio: la respiración no se me queda atrapada en el cuello y dejan de escocerme los ojos. Hay dos bomberos en el sótano: uno me hace un gesto con el pulgar levantado y le respondo asintiendo con la cabeza, y entonces me pide con mímica que incline el cuerpo hacia delante. El otro ya tiene la vista puesta en las esposas; me inclino todo lo que puedo y arrastro el culo lejos de la pared para dejarles algo más de espacio. Saltan chispas, se oye un chirrido de pronto y me preparo para resbalar de espaldas hacia el suelo, pero, en cambio, salgo despedido hacia delante, libre al fin.

Han cortado la cañería, no las esposas. Me tambaleo mientras trato de ponerme en pie, todavía con las manos a la espalda, incapaz de recuperar el equilibrio. Se me doblan los tobillos, rígidos después de tanta inactividad. Mientras me pregunto cómo voy a caminar —ya ni hablemos de correr—, los bomberos me levantan con brusquedad, cada uno de un lado, y me tumban en una camilla a la que me atan por el pecho y por las piernas.

Me arrastran escaleras arriba —noto una sacudida cada vez que las ruedas de la camilla suben un peldaño— y atravesamos lo que queda de la puerta del sótano. Veo fugazmente la cocina y entonces entramos en el comedor: las llamas suben por el papel pintado de las escaleras, y hay agua, mucha agua por todas partes. Salimos a la calle. Hay luces azules intermitentes en todas las direcciones; los bomberos siguen arrastrándome por la nieve hasta que un sanitario llega corriendo a mi lado. Cuando me retira la capucha protectora de humo me pongo a gritar:

—¡Sophia! —grito antes incluso de que acabe de retirarme la capucha—. ¡¿Dónde está Sophia?!

Pero nadie me escucha.

—Uno, dos y… ¡tres!

Noto una sacudida y la sensación de que me deslizo cuando me meten en la ambulancia.

—Tengo que ver a mi hija.

—Lleva las manos esposadas; parece material policial. ¿Podríais hacer venir a alguien que tenga una llave?

Siguen hablando sin hacerme caso, y el agotamiento se adueña de mí por completo mientras cierro los ojos y dejo que hagan su trabajo. Siento que me yerguen la cabeza y me colocan una máscara de oxígeno; luego me acuestan de lado, y el sanitario me examina las muñecas, que todavía me sangran.

—¿Queríais la llave de unas esposas? —La voz de una mujer se cuela en mi estado de semiinconsciencia.

Noto un tirón en las muñecas y después una maravillosa sensación de alivio, seguida de inmediato de un dolor intenso al intentar moverlas. La mujer continúa hablando; reconozco su voz, pero no sabría ponerle cara.

—… completamente hecha polvo, pobrecilla. ¿Puede ir con vosotros?

—¡Sophia! —Me incorporo como puedo y lo único que veo es un cúmulo de rizos negros que se asoman por la puerta abierta, junto a la inspectora Naomi Butler.

Mi hija me observa con los ojos muy abiertos, asustada, y yo me levanto la máscara de oxígeno para que pueda verme la cara. Lleva puesta la chaqueta de cuero de Butler; con las mangas colgando hasta el suelo y la cremallera abrochada hasta arriba, con Elefante asomándole por debajo de la barbilla.

—Me he caído —dice. Le tiembla el labio inferior.

—Lo has hecho genial, bichito.

—Se la ha encontrado un chico del barrio. —Butler aúpa a Sophia al interior de la ambulancia y mi hija corre a abrazarme—. Uno que es vecino del carnicero. Parece ser que conoció a Sophia anoche en el parque. Muy buen chaval: nos ha avisado enseguida.

—Me he roto el pijama.

—Iremos de tiendas; te compraré uno nuevo.

—¿Mamá también vendrá?

Me da un vuelco el corazón. Abro la boca sin saber qué decir, mirando a la inspectora Butler, que sonríe y le da su teléfono móvil a Sophia.

—¿Se lo quieres enseñar tú a tu papá?

Mi hija no cabe en sí de alegría.

—¡Mamá ha pilotado el avión! —Le da al botón de reproducir en la pantallita y arrima su cabeza a la mía, y juntos vemos cómo Mina hace aterrizar el vuelo 79 en Sídney como si nada.