Sin elección

Clare Mackintosh · Capítulo 18 de 56

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Sin elección

16. Ocupante del asiento 40C

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Ocupante del asiento 40C

 

Me llamo Elle Sykes y subirme al vuelo 79 fue la manera definitiva de mandar a la mierda a mis padres.

En los exámenes finales del instituto, me presenté a catorce asignaturas: todas las que suelen elegirse, más otras complementarias: Matemáticas Avanzadas, Biología, Latín, Chino y Cultura General. «Mi pequeña genio», me llamaba mi madre, aunque aquel año había pegado el estirón y le veía la coronilla cuando la abrazaba.

«Los profesores prevén que sacará sobresaliente en todo», contaba papá a la gente, y yo ponía los ojos en blanco y salía a hurtadillas de la habitación, huyendo de los discretos susurros de admiración que se producían a continuación.

La tensión me subía por el estómago como un ascensor, y tenía que beber unos tragos enormes de zumo de naranja para que bajara. A veces oía a mi padre, que seguía hablando («En las pruebas de acceso a la universidad escogerá Matemáticas, Matemáticas Avanzadas y Física, supongo»), y entonces al ascensor le daba igual cuánto pulsara yo los botones, que continuaba subiendo. «Sería una pena que dejara el chino; es la única que lo estudia en su promoción, ¿sabéis? Y, por supuesto, saber latín nunca está de más». El ascensor me llegaba a la garganta y tenía que apoyarme en el fregadero, boqueando como un pez que ha mordido el anzuelo.

Éramos seis en lo que la escuela llamaba el Grupo de Alumnos con Talentos y Altas Capacidades: cuatro chicos y dos chicas. Ellos, claro está, eran muy cerrados, por lo que se me hacía muy incómodo ignorar a Sally, que llevaba calcetines hasta la rodilla y mantenía una relación poco seria con el desodorante. No es que no me cayese bien; es solo que no teníamos nada en común aparte del don de sacar las mejores notas en todos los exámenes. Sally prefería pasar la hora de comer practicando cálculo, mientras que yo lo que quería era ir a fumarme un cigarro a escondidas con otros compañeros, que me perdonaban que fuese lista porque hacía aros de humo y sabía dónde conseguir hierba.

Y además, tampoco era tan lista. No tan lista como Sally. No era una de esas personas con un CI sobresaliente y una genialidad innata que entran en la universidad a los trece. Tenía buena memoria y agilidad mental, y me esforzaba mucho; cuanto más lo hacía, mejores eran mis resultados, y cuanto mejores resultados obtenía, más se esperaba de mí, y cuanto más se esperaba de mí, mejores resultados obtenía. Y así pasé los años, atrapada en aquella espiral interminable, hasta que los catorce sobresalientes que saqué aquel día no vinieron acompañados de euforia, ni siquiera de alivio, sino de una sensación de mareo en el estómago.

«Entrar en Cambridge será pan comido». Papá sonreía de oreja a oreja, en el coche, de camino a casa. Yo me recosté en el asiento, volví la cabeza y cerré los ojos: el paisaje del campo discurría en parpadeos de luz tamizada. Cambridge había rechazado a mi padre y la espinita que llevaba clavada desde entonces había adquirido el tamaño de un tronco de alcornoque. Mi plan, desde que tenía uso de razón, era estudiar Medicina allí; digo «mi plan», pero supongo que ya os imaginaréis que la idea no había sido mía. No es que me importara demasiado —de algo iba a tener que trabajar, decía yo, y no tenía ninguna objeción real contra el hecho de ser médica—, pero a veces me preguntaba qué pasaría si un día me daba la vuelta y decía: «¿Sabéis qué? Quiero estudiar para ser actriz» o «He decidido que a partir del año que viene quiero centrarme en la educación física». Lo cierto es que lo último me llamaba bastante la atención: Ciencias del Deporte en la Universidad de Loughborough.

El verano que pasó entre los exámenes y el día de los resultados, por cierto, no tuve vacaciones: tenía clases particulares todas las mañanas, con deberes para cada tarde. «Así, cuando llegue septiembre, comenzarás con buen pie». Mis padres no estaban precisamente forrados, y sabía que las clases suponían un gran sacrificio para ellos, pero mi resentimiento comenzaba a propagarse como un germen. Jamás me habían preguntado: «¿Quieres clases particulares?», «¿Quieres estudiar chino?», «¿Qué te parecería presentarte a seis asignaturas en lugar de tres?». Todo aquello se había ido dando por hecho. Y mis padres estaban que no cabían en sí de entusiasmo y de orgullo ante aquella nueva oportunidad que me habían granjeado.

—El profesor Franklin dice que puedes ir al instituto los sábados por la mañana —dijo papá aquel primer trimestre de otoño de mis estudios preuniversitarios—. Sally también. Os prepararán para las pruebas de aptitud.

El profesor Franklin era el director del instituto, un centro público que, pese a sus excelentes resultados, aún no había conseguido meter a ningún estudiante ni en Oxford ni en Cambridge, las universidades más prestigiosas del país.

—Genial.

Me pregunté si de hecho era posible fallecer de agotamiento mental, y si aquella presión que se me había generado en la cabeza como una tormenta eléctrica era real o psicosomática. Pensé en los dos años siguientes de estudio, en el verano antes de empezar la universidad, durante el cual, sin duda alguna, acabaría matriculada en clases de repaso para entrar preparada a la licenciatura. Me imaginé que me estallaba la tapa de los sesos en mil pedazos y que cada uno de ellos llevaba adherido un trocito de conocimiento.

z2 2 2 = x + iy.

A la mierda todo.

Ya no podía más.

—Me voy a tomar un año sabático.

Mis padres se miraron el uno al otro y luego me miraron a mí.

—No estoy muy segura de que sea buena idea —respondió mamá—. Cambridge es un sitio increíblemente competitivo. ¿No crees que podrían no cogerte si te ven poco comprometida?

—Quizá si es para adquirir alguna experiencia relevante… —Mi padre pensaba en voz alta—. ¿Un voluntariado en algún hospital de campaña, tal vez? Hablaré con…

—¡No! —Sonó más cortante de lo que pretendía. Cogí aire—. Quiero organizarlo yo sola. Quiero un año sabático normal: ir a albergues, viajar, conocer a gente nueva. Leer algo que no sean lecturas obligatorias. Quiero… —me horroricé al sentir cómo se me quebraba la voz— quiero ser normal.

Me dijeron que se lo pensarían, pero yo ya había tomado una decisión. Quería pasar un tiempo fuera de casa. Quería emborracharme, enrollarme con gente, drogarme, salir de fiesta… Quería hacer todo lo que mis compañeros de clase harían durante los dos años siguientes mientras mi madre esparcía aceites esenciales por mi habitación («Para ayudarte a consolidar lo aprendido mientras duermes»).

Haría los exámenes, y luego lo que quería era subirme a un avión y alejarme todo lo que pudiera de mis padres. Quería vivir la experiencia de toda una vida.

Quería vivir, simplemente vivir.