Sin elección

Clare Mackintosh · Capítulo 25 de 56

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Sin elección

23. A ocho horas de Sídney. Mina

23

 

A ocho horas de Sídney

Mina

 

Cuando Cesca me sigue hasta la cabina de pasaje, se nota de repente una intranquilidad colectiva, como ese cambio que se produce en la atmósfera de una oficina cuando entra el jefe. La oigo decir «Hola» y «Espero que el vuelo esté siendo de su agrado» y «Las condiciones pintan bien, quizá incluso lleguemos antes de la hora», y la culpa me nubla la mente. Me detengo para permitir el paso a alguien y Cesca hace lo mismo; por un segundo, nos quedamos la una al lado de la otra. Le veo la cara de soslayo: es mayor que yo, pero joven todavía; tiene los pómulos altos y el pelo negro, corto, con un flequillo espeso que le cae por encima de los ojos.

Cuando el hombre cruza por delante de nosotras, capto un olorcillo a sudor, a nervios y a haber pasado demasiado tiempo en el mismo sitio: es el pasajero del asiento 6J, el que parece de Oriente Medio, que avanza de un asiento a otro cogiéndose de los respaldos, como si fuera subiendo escalones. Pasa sin responder al saludo de Cesca y sale por la cortina del fondo. Se me acelera el pulso: ¿será él? El hombre se mete en el compartimento de la galera y quiero seguirlo, pero ya estamos a la altura del asiento 4H, el que ocupa Finley, que está viendo una película de Pixar.

—¿Me ha deshecho el nudo?

Por un momento, la pregunta me confunde; entonces me acuerdo del lío de cables que llevo en el bolsillo. Tengo la sensación de que pertenecen a una época completamente distinta, una en la que yo me limitaba a hacer mi trabajo, e íbamos rumbo a Sídney, y nadie amenazaba a mi hija.

—Ahora lo deshago, te lo prometo. Espera, que… —Me quedo a medias, pensando en todas las veces que Sophia me ha pedido que haga algo y yo he comenzado mi respuesta de esa misma forma: «Espera, que tengo que llamar al trabajo», «Espera, que tengo que acabar tal cosa», «Vale, ahora juego contigo; espera, que antes tengo que hacer tal otra». ¿Por qué no le diría que sí y ya está?

—Me han dicho que quieres ser piloto. —Cesca se agacha junto al asiento de Finley.

Él se queda mirándola, confundido; al lado, su madre, que por fin ha vuelto en sí, se quita los cascos. Me marcho antes de que descubran mi mentira, y porque pienso llevar esto hasta las últimas consecuencias; sí, voy a hacerlo, voy a hacerlo por Sophia. Tengo que hacerlo ahora mismo. Siento el flujo de la sangre en los oídos, fundiéndose con el ruido del avión y generando algo insoportable, algo que me empuja las paredes del cráneo desde dentro con fuerza suficiente para atravesármelas. Aparto la cortina que separa la cabina y la galera, y casi se me escapa un grito cuando me choco con el pasajero árabe, que estaba volviendo a su asiento. Parece tan asustado como yo; balbucea unas disculpas y se dirige a su asiento agarrándose de respaldo en respaldo.

Jamie Crawford y su mujer también han regresado a sus butacas, y los Talbot están dormidos, Lachlan incluido. No veo a Derek Trespass, el periodista; tampoco a Jason Poke, y por mucho que estire el cuello para atisbar en los asientos de la parte posterior, no podría decir si están vacíos o sus ocupantes están tumbados. ¿Quién falta? ¿Quién es el secuestrador?

Cesca se ha puesto de pie. Sigue hablando con el niño y con su madre, y me pregunto lo que le estarán diciendo, si se habrá enterado ya de que he mentido y estará preguntándose por qué. En los próximos minutos —los próximos segundos, quizá—, les dirá «Será mejor que vaya volviendo a la cabina» y «Disfruten el resto del vuelo». Puede que invite al niño a visitar el puesto de pilotaje cuando aterricemos, para que se siente en el sitio del comandante y se pruebe la gorra. El chaval estará deseándolo; pensará en toda la gente a la que enseñará la foto después. A lo mejor empieza a plantearse de verdad ser piloto y a soñar con elevarse por encima de las nubes, con vestir de uniforme, con desfilar por el aeropuerto de camino a California, México o Hong Kong, como soñé yo en su día.

La culpa hace que se me salten las lágrimas, que me resbalan por las mejillas, calientes y desatadas, mientras busco con los ojos el pestillo de la puerta del baño contiguo a la cabina de control, deseando que esté vacío, deseando que todo esto no sea más que un tremendo error. Que sea un simulacro, que sea una patochada para YouTube. Que me despidan, que me ridiculicen en público, que me vilipendien hasta el fin de mis días como la mujer que estuvo dispuesta a sacrificar a cientos de personas para salvar a su hija. Que sea lo que Dios quiera, pero, por favor, que no sea verdad.

El letrero dice: OCUPADO.

Camino directa hacia él. Tengo la sensación de avanzar con rigidez, igual que los gráficos de un videojuego, con todos los músculos en tensión, como si esperase a que me dispararan. Me encuentro a apenas unos centímetros de quienquiera que sea que esté ahí dentro y trato de imaginarme qué estará haciendo, qué estará pensando. ¿Llevará un arma? ¿Explosivos? Me corre el sudor por la espalda; la camisa se me pega a la piel cuando me muevo.

La puerta del baño se halla situada en perpendicular a la de la cabina de control. Pulso el código de entrada con la cabeza gacha, pues sé que la cara debe delatarme, y cuando la cabina se abre con un pitido, algo hace clic detrás de mí: la puerta del lavabo está desbloqueada.

Siento la presión de una mirada en la nuca y trato de conservar una expresión neutra cuando abro de un empujón la puerta de la cabina de control. Mike no se da la vuelta: tiene la vista clavada en un periódico; está haciendo un crucigrama. Mike, que tal vez sea padre, hermano, marido de alguien. Mike, que le ha dado la mano a toda la tripulación y ha sonreído para las cámaras.

Mike, que muy probablemente no sobrevivirá a los próximos minutos.

Me hago a un lado y me concentro en una imagen de la cara de Sophia mientras cometo el acto más terrible que he cometido nunca. Mike se vuelve hacia mí: la sonrisa se le desvanece antes de formarse del todo; sus facciones reflejan primero confusión y luego espanto cuando desvía la mirada hacia el maleducado de antes, el de la cara llena de aristas, el que jugaba a videojuegos. La puerta se cierra y, durante esos instantes, solo tres personas en el mundo saben que el vuelo 79 ha sido secuestrado.

He seguido las instrucciones al pie de la letra.

Mi marido y mi hija están a salvo.

Todos los ocupantes de este avión están en peligro.