Sin elección

Clare Mackintosh · Capítulo 34 de 56

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Sin elección

32. Ocupante del asiento 1G

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Ocupante del asiento 1G

 

No es fácil pilotar un avión.

Necesitábamos un piloto, eso estaba claro, pero intentar convencer a un piloto comercial en activo de nuestra manera de pensar habría sido complicadísimo y habría puesto en riesgo nuestros planes antes incluso de que tomasen forma. Traté de dar con algún piloto caído en desgracia, pero no son tan fáciles de localizar como, por ejemplo, los médicos cesados, cuyos datos se encuentran ampliamente disponibles.

En plena investigación —la cual se desarrolló, sobre todo, en foros de internet—, me encontré ante la evidencia de que muchos aviadores comparten una gran pasión por los videojuegos de simulaciones. Me parece increíble que, después de una semana pilotando, alguien pueda tener ganas de pasarse los días libres manipulando un avión pixelado en una pantalla, pero así es. Se ve que muchos simuladores modernos son tan verosímiles y tienen tanta sensibilidad que es casi como pilotar un avión real.

Me percaté de que había estado siguiendo la estrategia equivocada. ¿Por qué buscar a un piloto al que meter en el ajo cuando podía fabricarme uno a partir de un discípulo ya existente?

Había dos posibilidades. Teníamos a Yangtsé, nuestro informático de confianza: fue él quien creó nuestro foro en la red oscura, y quien se aseguró de que este se autodestruiría cuando el avión despegase; también había creado nuestras numerosas páginas de Facebook, que yo había usado para amasar seguidores de una forma tan sutil que ni ellos mismos se daban cuenta.

A diferencia de la mayoría de los miembros de mi grupo, no fui yo quien encontró a Yangtsé, él nos encontró a nosotros. Antes lo coordinábamos todo a través de un canal de mensajería rudimentario resguardado por una serie de contraseñas supuestamente complejas. Un día encendí el ordenador y me encontré con una calavera sonriente en la ventana de inicio de sesión. Al intentar acceder, la pantalla se desintegró ante mis propios ojos y los colores quedaron amontonados en la parte inferior del monitor. Un aviso de mi bandeja de entrada me informó del motivo de aquella astuta trastada: o le pagaba mil libras para que me devolviera mi página web con todas las garantías de seguridad o el hacker remitiría el contenido a la policía.

Aquella audacia hizo que me entrara la risa. Nuestras hazañas, por aquel entonces, apenas bordeaban los límites de lo legal: que nos descubrieran habría supuesto una inconveniencia, pero no una catástrofe. Mil libras me parecía una cifra curiosamente baja para cualquier aspirante a chantajista, así que respondí a aquel correo electrónico con una oferta alternativa. Si pretendíamos llevar a cabo alguna acción directa más significativa, estaba claro que íbamos a necesitar una guarida virtual más segura, y acababa de encontrar a la persona ideal para construirla.

Yangtsé era un tipo raro: había heredado una gran suma de dinero de su abuela, y aquello lo había vuelto indolente y arrogante al mismo tiempo. Según descubrí, no estaba ni remotamente interesado en las motivaciones de nuestro grupo: solo en los retos de la clandestinidad. Aquella combinación lo convertía en un bien muy preciado, aunque también en un peligro, y yo no pensaba ni darle el control de un avión ni proporcionarle un arma.

Amazonas también era un tipo imprevisible, pero me las había arreglado para dominarlo como nunca llegué a dominar a Yangtsé. Igual que a casi todos los demás, lo encontré por internet y concluí desde el primer momento que el grupo podía beneficiarse de sus habilidades. Tenía un carácter difícil, con cambios bruscos de humor que lo hacían bastante inestable.

La clave para captar nuevos miembros es hallar el equilibrio entre el deseo y la satisfacción. Yo te voy a dar un salario base: ¿que necesitas veintiocho mil libras al año? Te pago esas veintiocho mil. Pero un jefe espabilado debe ir un paso más allá. Los cazatalentos experimentados inspeccionan las redes sociales de sus objetivos, para identificar sus puntos débiles antes de lanzarse al ataque. «Tenemos un servicio de guardería excelente, gimnasio en las instalaciones, seguro médico…». «Cada viernes salimos a tomar algo con los colegas». «Trabajamos desde casa». «Vestimos informales».

El punto débil de Amazonas era interesante.

«¡Solo he venido a jugar!», rezaba sin más la biografía de su perfil. Estudié el resto del muro: su falta de interacción con otras personas, las publicaciones que compartía y más tarde borraba… «No —pensé—, tú lo que quieres es reconocimiento. Quieres gustar a los demás. Quieres demostrarles a tus padres que no has malgastado tu vida». Miré también sus otras publicaciones —compartía imágenes «patrióticas» de extrema derecha y firmaba muchas, muchísimas peticiones en favor de causas radicales y un tanto difusas—, y supe que era un hombre cuya ira y frustración podría canalizar en la dirección que yo quisiera.

Le envié un enlace a un perfil mío en Grand Theft Auto. Supuse que no me haría ninguna pregunta y no me equivoqué; se limitó a agregarme aquella misma tarde. Mientras jugábamos iba dejándole caer lo que se me pasaba por la cabeza, como quien va sembrando semillitas.

«Rojos de mierda… Mira que no dejar que la gente lleve amapolas en la solapa para celebrar el día de los Veteranos… ¿Te parece normal?».

«¿Has visto a esa pava del periódico? Se pasa la noche aceptando copas ¡¿y luego se queja de que la han violado?!».

«¿Día Internacional de la Mujer? Y el día Internacional del Hombre, ¡¿para cuándo?!».

No hubo ni una sola vez que no picara el anzuelo, lo cual confirmó mis sospechas de que no le quedaban ideas propias, de que tantos años jugando a videojuegos habían hecho mella en su cabeza hasta tal punto que necesitaba que las opiniones se las dieran los demás, como si fuera un paciente al que alimentan por sonda. Poco a poco, fui regulando el contenido de mis mensajes hasta que mis diatribas acabaron siendo puramente ecologistas; hasta que era él, no yo, quien les daba pie.

Cuando tuve la certeza de que era ya uno de los nuestros, entré a cuchillo.

—Un amigo mío está buscando jugadores profesionales; trabaja en una empresa de programación y necesitan comprobar la solidez de sus sistemas de seguridad. ¿Estarías interesado?

Por supuesto que lo estaba.

Durante un año podríamos decir que estuvo trabajando para mí: le encargaba que hackease las pantallas de un juego de simulación aérea, y después le reenviaba exactamente el mismo juego y le decía que los niveles de seguridad se habían reforzado.

—¡Eres un fenómeno! —le decía cada vez que volvía a burlar el sistema —. No sé qué haría sin ti.

Me costó dinero, claro, pero íbamos bien de ingresos. La imagen del oso polar desnutrido —todo un triunfo en nuestras páginas de «Trucos para las labores del hogar»— dio como resultado un flujo constante de donaciones. La gente que dona dinero «para el medio ambiente» nunca pregunta de qué forma va a emplearse.

Hacer que Amazonas pasara de los juegos de disparos a los de simulación aérea me costó lo mío («¿Dónde está la diversión, si no puedes matar a nadie?»), pero para entonces ya estaba condicionado a aceptar cualquier trabajo que le ofreciese. Lo hice pasearse por todo el país para probar simuladores de vuelo auténticos, hasta que se sintiese tan cómodo en el asiento de una cabina de control como en su sillón de jugador; después se apuntó a una serie de clases con aeronaves ligeras, nunca dos veces en el mismo aeródromo.

«¡El instructor me ha dicho que tengo un talento natural!», me dijo en un mensaje después de su primera sesión.

Me tomé un instante para reflexionar sobre lo lejos que había llegado aquel hombre en un espacio de tiempo tan corto. No conocía a Amazonas en persona, pero me lo imaginaba con la espalda un poco más erguida y la cabeza algo más alta. Lo mismo me pasó con Zambeze, quien ya no guardaba ninguna similitud con la esposa maltratada a la que yo había levantado del suelo. Nuestro trabajo —una tarea importante, capaz de alterar el mundo entero— también estaba transformando la vida de personas cercanas.

Se requieren unas sesenta horas de vuelo para obtener una licencia de piloto privado, y Amazonas debió alcanzar los miles de horas de juego solo ese año. Cuando se subió al vuelo 79, disponía de una licencia privada y había pasado montones de horas jugando a simuladores de Boeing 777. Me bastaba y me sobraba para lo que tenía en mente.

Después de todo, ¿cuánta instrucción hace falta para caer desde el cielo?