Sin elección

Clare Mackintosh · Capítulo 39 de 56

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Sin elección

37. 3.00. Adam

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Adam

 

—¿Te gustaría que preparásemos algún pastel juntos, cuando todo esto acabe? —Hablo con la boca llena, pero supongo que las normas de educación habituales dejan de regir en el momento en que estás tratando de distraer a tu hija de cinco años del hecho de que os halláis atrapados en un sótano a merced de una chalada cada vez más fuera de control.

Después de que Becca tapase la carbonera, la he oído correr de vuelta a la casa y cerrar de un portazo al entrar como la adolescente que había fingido ser. Hace un momento estaba yendo de un lado a otro de la casa, paseándose por todas partes, y he notado algo en el ambiente que me ha hecho temer lo que podría llevar a cabo a continuación.

—Los papás no hacen pasteles. —Las palabras le salen confusas, como si estuviera a punto de llorar, y me pregunto si habré dicho algo malo. Tal vez le haya recordado a Mina.

—Hay muchos papás que sí hacen pasteles. Y estoy seguro de que yo podría intentarlo. Aunque sin dientes de león… ¡puaj! Mira que es tonta Becca. ¿Cómo le puede gustar comer hierbajos? —Cuanto más me esfuerzo por hacer sonreír a Sophia, más se sume ella en el silencio.

Entonces se tapa la cara con las manos.

—¡Papá! —Apenas es un suspiro ahogado por la emoción.

—Veremos pronto a mamá, bichito, te lo prometo. —A mí también se me quiebra la voz ante lo que se nota demasiado que es una mentira. Pero debe ser posible, tiene que haber algún modo de que Sophia salga de esta con vida. No soporto la idea de perderla.

—Pa… —Sophia no para de palparse debajo de la barbilla y de pronto caigo en la cuenta de que lo que refleja su voz no es emoción, sino pánico. Abre los ojos del todo, menea la cabeza y veo cómo se le hinchan los labios, como si le hubiera picado una avispa. Elefante cae al suelo, a su lado.

—¿Qué llevaba tu sándwich?

Lo repito más fuerte, porque se ha quedado paralizada, con sus ojos aterrados fijos en los míos.

—Sophia, ¿qué llevaba tu sándwich? Déjame probarlo, ¡ahora! —Doy un tirón a las esposas como si hubieran podido abrirse por arte de magia.

Sophia recoge como puede las migajas que había amontonado de forma ordenada en el suelo, y apenas tocan mis labios las huelo y noto a qué saben.

Mantequilla de cacahuete.

—No deberíamos ni tenerla en casa —dijo Mina un día cuando volvíamos del médico; Sophia tenía tres años y era feliz en la inopia, ajena al diagnóstico potencialmente letal que acababan de hacerle.

—Su alergia tampoco es tan fuerte. —Según nos explicó el doctor, había gente que no podía estar a menos de tres metros de un fruto seco, que notaba cómo se le hinchaban los labios en cuanto alguien abría una bolsita en el pub.

—Pero ¿y si coge el bote y lo abre? Es demasiado pequeña para entender la diferencia entre lo que puede comer y lo que no.

—La dejaré encima de la nevera; ni siquiera la verá. —La mantequilla de cacahuete es mi pecado favorito; me encanta comérmela a cucharadas, directamente del bote, antes de salir a pegarme una buena carrera, o untármela en la tostada del domingo por la mañana.

Desde que recibió aquel diagnóstico, Sophia solo ha tenido una reacción alérgica, una vez que un padre inconsciente le dio una galleta en un desayuno escolar sin consultárselo a Mina.

—He pasado muchísimo miedo —me contó Mina después, moviendo la cabeza como si tuviera una mosca atrapada dentro—. Le he puesto el inyector y de repente he pensado: «¿Qué pasa si no funciona?». Ya me entiendes: tenemos estos trastos, y uno da por sentado que funcionan, pero ¿y si nos han dado uno defectuoso? De un día que han tenido fallos en la fábrica; el único justamente que ha salido tarado.

—Pero ha funcionado —le recordé, porque soltaba toda aquella retahíla de palabras como si se hubiera olvidado de que Sophia estaba montando una cacerolada en su cocina de juguete, habiendo dejado ya atrás los nervios que había pasado aquel día.

—Ya, pero…

Me eché encima de ella para abrazarla y poner un tope físico a su terror.

—Ha funcionado.

A medida que se hacía mayor, Sophia aprendió a no aceptar comida de nadie que no fuéramos nosotros. Se acostumbró a llevarse la suya si pasaba el día fuera; le enseñamos que tenía que preguntar en las fiestas si el pastel llevaba frutos secos. Nos relajamos. Nos volvimos confiados. Pero el bote de mantequilla de cacahuete siguió encima de la nevera, lejos del alcance de Sophia, por seguridad.

—Estate tranquila. Prueba a respirar despacio.

Despacio o deprisa, apenas respira. Sé que tendrá el pecho hundido, como si se le hubieran sentado encima, y la garganta tan inflamada que cualquier inspiración le supondrá un esfuerzo. Mueve los labios, pero no brota ningún sonido de ellos. Se le han hinchado los párpados y tiene los ojos cerrados en dos ranuras estrechas.

—¡Becca! —Si para pedir comida he gritado fuerte, lo de ahora es ya ensordecedor. Me pongo de rodillas y me incorporo un poco, como si ese aumento insignificante de altura fuese a transmitir más lejos el sonido, y aporreo la barra de metal con las esposas una vez, y otra, y otra—. ¡Socorro!

Una persona puede tardar desde unos minutos hasta unas horas en morir de un choque anafiláctico. La primera vez que le ocurrió, la llevamos en coche directa al médico de cabecera; de allí nos derivaron a otra doctora. Nos pasaron rápidamente al frente de la cola y la médica, sin despeinarse, preparó un inyector de epinefrina al tiempo que llamaba al teléfono de emergencias. Ya en el hospital, nos dieron un inyector para nosotros.

—¿Qué pasaría si no tuviera la epinefrina? ¿Qué gravedad podría llegar a alcanzar la reacción?

—Imposible saberlo. Mejor no tentar a la suerte. —La médica de urgencias era joven y atenta, sus ojos reflejaban empatía—. Mejor cómprense un inyector extra.

Ahora tenemos cuatro en total. Uno lo lleva Sophia en la mochila de la escuela, otro Mina en su bolso, otro yo en el coche y el último lo guardamos en un cajón de la cocina, donde hay también copias de las llaves, pilas sueltas y juguetes de Happy Meals de McDonald’s de hace tres años.

—¡Socorro!

En la cocina, el sonido de la radio se funde en mitad de «Fairytale of New York», de The Pogues.

No espero a que sea Becca la que me hable.

—Necesito la epinefrina de Sophia. Le has dado mantequilla de cacahuete, pedazo de… de…

—¡La crema te la había puesto a ti! No había bastante queso, así que…

—¡Ya! Se nos acaba el tiempo. ¡Podría morir, Becca! —Me arrepiento de mis palabras en el segundo mismo en que le veo a mi hija la cara, hinchada y presa del terror, luchando lo poco que puede por no quedarse sin aire—. No es verdad, cariño —añado en voz baja—. Solo lo he dicho porque nos hace mucha falta tu medicina.

Se oye un ruido en la planta de arriba. Oigo un repiqueteo de llaves y me imagino los contenidos del cajón de la cocina desparramados por el suelo. Tiro de nuevo de las esposas: el miedo y la frustración infunden fuerza a mis brazos agarrotados. ¿Qué voy a hacer si Sophia deja de respirar? ¿Qué voy a hacer si se le para el corazón?

—¡Corre!

—¡No lo encuentro!

Mina debe haberlo puesto en otro sitio. Me entra un ataque de rabia injusto porque no me lo haya comentado, porque no hayamos hablado sobre ello ni me haya informado, en plan: «Estaba pensando que igual es mejor guardarlo en el recibidor o en el pasillo o en el armarito de arriba».

—¡Mira en la mochila de Sophia! —grito.

Becca emite un ruido a medio camino entre un sollozo y un chillido.

—¡No está aquí! Está en el avión. Lo cogí anoche, cuando vine a cuidar de la niña. Me dijeron que lo dejase en el parque, al lado de un banco, y que pasarían a recogerlo.

—¿Cómo que está en el a…? —No es hora de hacer preguntas—. ¡En mi coche! —Sophia emite un ruido estrangulado que podría querer decir «¡Papá!», y mis brazos pelean instintivamente contra las esposas mientras tratan de alcanzarla—. ¡En la guantera! —Me duele la garganta de gritar, pero ya oigo a Becca corriendo por el jardín, el pitido del seguro y la puerta de un coche que se abre.

—Todo irá bien. Todo irá bien, cielo.

Más pisadas, y luego el chirrido de la baldosa que se retira de la boca de la carbonera, y el golpecito metálico del inyector al caer hasta el sótano.

—Cógelo, bichito. Quítale la tapa. Muy bien, tírala y ya está. Ahora clávatelo en el muslo.

Sophia me mira sin moverse, y las lágrimas le resbalan por la cara inflamada.

—Vamos, cariño. Yo no puedo hacerlo por ti. ¿Ves ese Action Man que llevas en el pijama? Ahí. El de encima de la rodilla; un poco más arriba, un poco más… ¡Ahí! Te lo clavas y te lo dejas clavado hasta que yo te diga.

Sabía que mi hija era valiente. No llora cuando se raspa la rodilla o cuando se despierta de noche con fiebre. En el parque se atreve a todo: se cuelga boca abajo y se va corriendo hasta la otra punta para probar el «tobogán grande». Pero no me hacía una idea exacta de su valentía hasta que la he visto levantar la mano con la que empuñaba el inyector y hundírselo en el muslo. Contengo un sollozo y busco en su cara alguna señal que me indique que se le está pasando, pero la hinchazón no le baja y le cuesta respirar. Tiene la mano cerrada con fuerza alrededor del inyector, y soy incapaz de comprobar si lo ha hecho bien; no sé si ha funcionado ni si la aguja está donde tiene que estar.

No sé si eso bastará para salvarla.