Sin elección
5. 15.00. Adam
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15.00
Adam
Mi reunión con la inspectora Butler me ha desconcentrado el resto del día, haciendo que haya tardado el doble de lo necesario con cada declaración.
«¿Se encuentra bien?». Mi primera testigo ha echado un vistazo al garabato que acababa de hacer con mano temblorosa y ha ladeado la cabeza con gesto preocupado.
«Creo que eso tendría que preguntárselo yo a usted», he respondido, quitándole hierro al asunto, pero la he visto lanzando ojeadas nerviosas al folio mientras yo completaba su declaración; cuando la he releído, había tantos errores que he tenido que volver a empezar.
Mi teléfono, que estaba en silencio, ha registrado veintisiete llamadas perdidas; el icono del buzón de voz parpadeaba en rojo. ¿Cuánto se tarda en obtener el desglose de una factura telefónica? ¿Cuánto tardará Butler en revisar las páginas y ver el mismo número una y otra vez (con los dígitos de la última columna formando una cifra cada vez más alta)? ¿Cuánto tiempo es necesario para poner fin a una carrera que ha costado veinte años construir?
Salgo tarde de la oficina y doy dos vueltas por la localidad en busca de aparcamiento; al final desisto y llevo el coche a casa. Haber perdido el tiempo significa que tendré que ir corriendo a recoger a Sophia. La nieve me lastra las botas y me ralentiza. Atajo por el cementerio, haciendo caso omiso de las señales, y me cruzo con un grupo de mujeres que vienen en dirección contraria con sus niños, quienes llevan dibujos entre las manos. Mierda. Si llegas tarde, la escuela envía a tu hijo al grupo de extraescolares y te cobra cinco libras por el favor, aunque pases a recogerlo cinco minutos después. Quizá no parezca mucho, pero ahora mismo es más de lo que tengo.
Entro derrapando por la puerta cuando pasan nueve minutos de la hora.
—Señor Holbrook —dice la señorita Jessop con el ceño fruncido, sin duda tratando de encontrar una manera de decirme que tengo que apoquinar —, me temo que ya han recogido a Sophia.
—¿Quién? —No puede haber sido Mina: su vuelo salía antes de mediodía.
—Becca, la niñera —añade ella, por si se me ha olvidado—. ¿La señora Holbrook no le ha dicho nada? —Seguro que se quedará con el cotilleo para soltarlo después en la sala de profesores: «Los padres de Sophia deben de estar pasando por un momento muy malo. Para mí que ni se hablan…».
—Sí, me lo ha dicho. Se me había olvidado. Gracias. —Me obligo a sonreír a pesar de que estoy muy enfadado con Mina por hacerme quedar como un idiota.
Salgo disparado hacia la calle principal y las cojo en la esquina, al lado de la comisaría. Aminoro y sigo andando hasta ellas. El pelo de Sophia —tan oscuro y tan rizado que la gente cree que lo ha heredado de Mina, aunque es imposible— se desparrama en todas las direcciones bajo el gorrito de lana y le cae sobre los hombros de la trenca escarlata; las trenzas que Mina le hace durante el desayuno se las ha deshecho a tirones, sin duda antes de la hora de comer. Camina mirando al suelo, buscando zonas de nieve intacta entre los restos sucios y aguados para poder hundir las botas en ella.
—Hola, Sophia.
Se da la vuelta. Primero, desprevenida, sonríe; luego el recelo se apodera poco a poco de su rostro: me odio a mí mismo, porque el motivo soy yo.
—Hola, papá.
—Hola, Adam.
—¿Qué tal, Becca? ¿Cómo es que has venido? Le dije a Mina que hoy saldría pronto del trabajo.
Se encoge de hombros.
—Me ha enviado un mensaje. Casi nunca hago de niñera dos noches seguidas, pero en esta época del año se gasta mucho, ya me entiendes… que si regalos de Navidad, que si Año Nuevo… En The Bull montan una fiesta… la entrada son veinte libras, más las copas, más que si luego queremos continuar la noche por ahí…
Desconecto tan pronto como emprendemos el camino a casa. Sophia baila de la mano de la niñera como si esta fuera un pescador y mi hija un pez enganchado a su anzuelo. Intento cogerla de la otra mano, pero se apresura a metérsela en el bolsillo y me quedo mordiéndome la mejilla por dentro hasta que noto un sabor metálico.
Maldita Mina. Le dije que pasaría a recoger a Sophia. Hasta le envié un mensaje, por el amor de Dios. Y ahora no puedo despedirme de Becca sin darle algo de dinero, sobre todo si lo que ella esperaba es que le pagase por las horas hasta que volviera del trabajo.
—Frutería —dice Sophia—. Supermercado.
Típico de Mina: me da la brasa con que tengo que cumplir con mi parte de las obligaciones y luego ella va y hace cualquier barrabasada, como ahora, y me deja como un idiota.
—Ahora la carnicería, ¡puaj! Ahora la mobiliaria, que es donde…
—¡Donde venden casas, sí, ya lo sabemos, Sophia, por el amor de Dios!
Noto que Becca me mira mientras Sophia se queda callada.
Qué fácil es hacer de madre perfecta cuando no tienes hijos, cuando sus pequeñas rarezas te resultan enternecedoras y no desquiciantes. Igual Becca lo entendería si tuviera que escuchar a Sophia narrar miles de veces su trayecto hacia la escuela o a Mina recitándole el cuento ese de Buenas noches, luna cada puñetera noche desde hace cinco años.
Sé que Mina no mirará el suyo hasta después de aterrizar, pero cojo el móvil porque debo sacar toda esta frustración que tengo dentro de alguna manera. Cree que soy yo quien no está «nada comunicativo», cuando ella no es capaz ni de resolver la logística básica de decidir quién recoge a nuestra…
Me quedo con la vista fija en la pantalla, en los mensajes de la conversación que acabo de abrir mientras me preparo para cantarle las cuarenta a Mina.
No hará falta niñera. Me lo he montado para poder salir pronto mañana, así que
Mi mensaje está inacabado. De repente me viene a la memoria la llamada de los de Detenciones ayer por la tarde, cuando me guardé el móvil otra vez en el bolsillo, porque el informe sobre mi sospechoso estaba listo al fin para que lo examinase el fiscal.
Creía que había enviado el mensaje.
Estaba seguro de que lo había enviado.
Me invade una sensación de bochorno; como siempre, del remordimiento a la ira hay un paso. Esto solo ha ocurrido porque Mina ya no me coge el teléfono e insiste en que hablemos por mensajes. O por correo electrónico. ¡Por el amor de Dios! ¿Quién envía correos electrónicos a su mujer?
«Es más fácil».
¿Más fácil para quién? Para mí no, está claro. Ya ni siquiera soporta oír mi voz, ¿no? Prefiere que no sea más que un nombre al final de un correo; así puede fingir que no soy más que una molestia administrativa con la que lidiar por el bien de Sophia.
—Pues quédate un rato —le digo a Becca, y hasta yo oigo el resentimiento en mi propia voz, pero me lo trago—. ¿Por qué no le preparas la cena a Sophia? Le hará ilusión.
Ella primero duda, luego se encoge de hombros.
—Guay.
¿Es esto lo que habría hecho Mina? ¿O me habría dicho que estoy malgastando un dinero que no tenemos? Hubo una época en que, a ojos de Mina, yo nunca daba un paso en falso; ahora no hago nada bien.
«Mentiroso».
«Traidor».
«No sirves para ser padre».
Lo peor de todo es que tiene razón. Le he mentido. La he traicionado. Mina no puede odiarme más de lo que me odio a mí mismo, ni hacerse a la idea de cómo el mero hecho de verme un instante en el espejo me causa repugnancia física. ¿Cómo he podido llegar a esto?
Butler ya debe de haber recibido la factura telefónica. La habrá revisado rotulador en mano, leyendo entre líneas, coloreando el final de mi carrera.
¿Qué voy a hacer con mi vida? Ser policía no es como la mayoría de los empleos: no es algo que haces y luego pasas a otra cosa, como quien trabaja en un bar o prueba suerte como dependiente; es como ser profesor o médico, algo que forma parte de ti. Y ahora lo perderé todo.
Exmarido, expadre, expolicía. Dudo que las cosas puedan ponerse mucho peor.
Cuando nos estamos acercando a las afueras, Sophia suelta la mano de Becca. Está nevando otra vez y sus botas de goma van dejando huellas minúsculas en el camino. Cuando ya está a veinte metros de nosotros, dobla la esquina, y la llamo, pero ella se ríe y corre aún más deprisa.
—¡Carrera!
Echo a trotar y, al doblar la esquina, veo que la calle está vacía. La nieve grisácea de la calzada también salpica las aceras; me pongo a buscar unas huellas cuyo tamaño se corresponda con las de mi hija.
—¡Sophia!
—Tranqui, está jugando al escondite —dice Becca, unos metros por detrás de mí—. ¡Oh, no! —grita en tono caricaturesco, intencionadamente fuerte—. ¿Dónde estará Sophia? —Me dirige una sonrisa traviesa, pero yo ahora no juego.
—¡Sophia!
Pasa un coche y miro dentro. No se requieren más que unos segundos para raptar a un niño, y minutos para hacerlo desaparecer.
—¡Sophia! —Echo a correr—. Sal ahora mismo, no tiene gracia.
—No saldrá si piensa que estás cabreado con ella —susurra Becca a mi espalda, y empieza a llamar a la niña con voz cantarina—. ¡No la veo por ningún lado!
Freno tan en seco que por poco pierdo el equilibrio.
—Por favor, no me digas cómo educar a mi propia hija. —Giro sobre mí mismo, registrando la calle con la mirada. ¿Dónde está?
Durante cualquier investigación policial relacionada con un niño, siempre hay un momento en el que piensas: «¿Y si le pasara a mi hijo o a mi hija? ¿Qué haría? ¿Cómo me sentiría?», pero es solo un momento: si te recrearas demasiado, jamás cumplirías con tu trabajo.
Ese momento ya se ha convertido en un minuto.
—¡Sophia! —grito tan fuerte que el sonido me raspa la garganta y tengo que toser para aclarármela.
—Vaya, qué pena. —Becca suelta un suspiro melodramático—. Tendremos que irnos a casa sin ella.
—¡No! —Sophia emerge de repente de detrás de un contenedor y sale disparada hacia Becca—. ¡Estoy aquí!
—¡Madre mía! ¡Estabas escondida! ¡Pensábamos que habías desaparecido del mapa!
La sangre me retumba en los oídos cuando me agacho para coger a Sophia del brazo y atraerla de un tirón hacia mí.
—No vuelvas a hacerlo nunca, ¿me oyes? Podría haberte pasado cualquier cosa.
—Sophia solo estaba jugando a…
Interrumpo a Becca con una mirada furiosa y obligo a Sophia a prestarme atención. Le tiembla el labio inferior.
—Perdón, papá.
Me arde la cara y noto un picor punzante detrás de los ojos. Poco a poco, mi ritmo cardíaco regresa a la normalidad. Le dirijo a Sophia una breve sonrisa, la suelto del brazo y, con un par de gestos, le enderezo el gorrito.
—Me has asustado, Soph.
Ella me sostiene la mirada con esos ojos oscuros suyos durante tanto tiempo que es como si conociera todos mis secretos.
—Los papás no se asustan.
—Todo el mundo se asusta alguna vez —respondo en tono ligero.
Me deja cogerla de la mano lo que queda de camino a casa y me pregunto si sabrá lo mucho que eso significa para mí. Pillo a Becca mirándome: de algún modo, y solo con las cejas, consigue darme a entender que piensa que me he pasado. No me lo dice, claro, a diferencia de Mina. «Eres un agonías —dice ella—, siempre convencido de que ocurrirá lo peor».
Reconozco que tiene razón, pero es que suele ocurrir lo peor.
—Mamá está en un avión —dice Sophia mientras la ayudo a quitarse las botas.
Las sacudo y las dejo en el felpudo, al lado de las que llevo yo al trabajo. Nuestra casa, el número 2 de la calle Farm Cottages, es el adosado central de una hilera de tres que, antiguamente, formaba parte de una granja situada a unos dos kilómetros de aquí, lejos del pueblo.
—Eso es.
Cada casa tiene su propio jardín, que da a un parque con unos robles enormes y un caminito que traza un ocho; en una parte del ocho hay un parque infantil, y en la otra, un pequeño lago, con su islita y su caseta para los patos. También hay un prado de flores silvestres que en verano rebosa de dedaleras y acianos, con otro camino por donde a Sophia le encanta correr.
—Estará veinte horas en un avión; después tardará veinte horas más en volver a casa, pero entremedio descansará en un hotel.
—Muy bien.
—Qué niña más lista —añade Becca sin levantar la vista del móvil.
—Es un Boeing Triple Siete con 353 pasajeros.
—Ajá. —«Mamá» por aquí, «mamá» por allá…
—Y, ahora, ¿dónde está?
Cuento hasta cinco mientras me armo de paciencia.
—Me lo acabas de decir: en un avión.
—Sí, pero ¿dónde, esatamente?
¿Habrá otros hombres que se sientan como yo? ¿Hombres cuyos hijos solo quieren estar con su mamá? ¿Habrá otros padres que se sientan constantemente como un premio de consolación, por mucho que se esfuercen? Me imagino que nunca lo sabré, puesto que averiguarlo implicaría contarle a alguien la mierda que es que tu hija quiera estar con todo el mundo menos contigo.
Saco el móvil y abro una de esas aplicaciones para rastrear vuelos que causan tanto furor entre los aficionados a observar aviones y los familiares que viven lejos.
—Mamá está… —espero a que la aplicación cargue el avión de Mina— aquí.
—Bie-lo-rru-sí-a.
—Rusia. Con acento en la u: Bielorrusia.
Sophia repite la palabra, estudiándola en la pantalla, y sé que la próxima vez la va a recordar: nunca se le olvida nada.
—Nostrovia —dice Becca.
—¿Cómo?
Va hacia la cocina y se quita las botas de goma que dejan un charquito en las baldosas.
—Es lo que dicen en Rusia cuando brindan.
Me llevo sus botas al felpudo y observo el puntito brillante que aparece en la pantalla de mi móvil y que representa a Mina a treinta y cinco mil pies de altura. Pronto el puntito brillante atravesará el espacio aéreo ruso, después el kazajo y luego el chino. Finalmente pasará por encima de Filipinas e Indonesia y, antes de que Sophia y yo nos despertemos, ya habrá cruzado Australia y aterrizado en Sídney.
—Veinte horas —dije cuando Mina me contó que se marchaba—. Vaya turno te ha tocado.
—Yo no dirijo la aerolínea, Adam.
Guardé un segundo de silencio antes de continuar hablando, para no caer en sus provocaciones y entrar en la discusión que ella estaba intentando comenzar.
—Aun así, será agradable pasar unos días en Sídney en esta época del año.
—¡Que no voy de vacaciones!
Me rendí. Estábamos delante del colegio; habíamos ido a llevar a Elefante, olvidado aquella mañana en un descuido. Sophia había dado un abrazo a Mina, después me había saludado con un gesto de la cabeza, como si nos conociéramos de alguna conferencia interempresarial: «¿A qué te dedicabas?». Se me habían concedido unas horas con mi hija, con órdenes estrictas de devolverla a las seis.
Mina seguía pinchando.
—Deja de hacerme sentir culpable, Adam. Es mi trabajo.
—Ya lo sé, ya…
—Es lo que hay: no tengo elección. —Se puso roja de rabia y abrochó el abrigo a Sophia con grandes aspavientos. Vi como respiraba hondo, controladamente, y cuando se irguió de nuevo daba la impresión de que no había pasado nada malo.
—Te echaré de menos —le dije en voz baja. Me pregunté si me habría pasado de la raya, pero le brillaron los ojos. Se volvió, quizá con la esperanza de que no me hubiera dado cuenta.
—Es un vuelo como cualquier otro.
Pero eran veinte horas.
Hacía dos años que ese vuelo generaba expectación. Quizá yo estuviera más al tanto por el simple hecho de que Mina trabaja para ellos, pero World Airlines estaba por todas partes: anuncios de televisión que mostraban el sutil mecanismo de las camas plegables de primera clase y las piernas estiradas de los pasajeros de turista, entrevistas con los pilotos de los vuelos de prueba y comparaciones nostálgicas con la Ruta del Canguro, activa en los años cuarenta, cuyas cincuenta y cinco horas de duración incluían escalas en seis países antes de llegar a Sídney.
—En 1903 —había dicho Yusuf Dindar un par de días antes, desde el sofá de BBC Breakfast— los hermanos Wright desafiaron a la gravedad con el primer vuelo ininterrumpido de una aeronave a motor. Más de cien años después, contamos con los medios para sostener ciento cincuenta toneladas de metal en el aire durante veinte horas seguidas. —Se recostó en el sofá, apoyó con orgullo el brazo en el respaldo y esbozó una sonrisa—. El planeta Tierra es poderoso, pero nosotros hemos demostrado que lo somos aún más: hemos derrotado a la naturaleza.
Un escalofrío me recorre la espalda al recordar ahora su mirada de absoluta confianza. No dudo que cuente con el mejor equipo, con los mejores aviones. Pero la naturaleza puede engullir pueblos, derribar rascacielos y hacer desaparecer costas enteras bajo las profundidades del océano.
Me arranco a mí mismo de la espiral de fatalidad absoluta que gira en mi cabeza. Mina tiene razón: soy un agonías. Ya han efectuado tres vuelos de ensayo. Tienen a todo el mundo pendiente de ellos. Su reputación, por no hablar de la seguridad de cientos de vidas, está en juego.
Todo va a salir bien.