Sin elección

Clare Mackintosh · Capítulo 8 de 56

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Sin elección

6. A diecisiete horas de Sídney. Mina

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A diecisiete horas de Sídney

Mina

 

Estamos sobrevolando algún lugar de Europa del Este; por debajo de nosotros, no se ve más que un remolino de nubes. Acaricio el cristal con los dedos e intento fijarme en las formas que estaría descubriendo con Sophia si estuviera aquí. «Una viejecita encorvada, arrastrando los pies de camino a la compra; mira, eso de allí es el bolso. ¡Y mira ahí! Una palmera. Si cierras un poco los ojos…».

Recuerdo que yo hacía lo mismo con mi madre, buscar imágenes en las nubes; yo me tumbaba en el jardín mientras ella se dedicaba a arrancar malas hierbas del parterre. Tenía el jardín que daba gusto verlo; no sabía ni cómo se llamaban las plantas, pero, por instinto, sabía dónde tenía que ir cada una.

—Las plantas necesitan cinco cosas para florecer —me dijo en una ocasión.

Estaba arrancando un arbusto muy bonito que el año anterior había lucido unas delicadas flores blancas, pero aquel año no había rendido nada. Yo me incorporé en el suelo, encantada de tener una oportunidad para presumir de lo que había aprendido en biología.

—Agua —contesté—. Y alimento. Luz, para hacer la fotosíntesis. —Me quedé pensando un momento—. ¿Calor?

—Qué lista eres. ¿Y cuál es la quinta?

Hice una mueca: ni me acordaba de que hubiera una quinta.

—Espacio. —Mamá levantó con cuidado el arbusto, rellenó de tierra el agujero resultante, distribuyó la que sobraba entre las plantas vecinas y la allanó con unas palmaditas—. A estas tres les iba bien estar juntas cuando las plantamos, pero ahora esta de aquí está demasiado apretujada. No se morirá, pero tampoco crecerá tan bien. La pondré en otro sitio y, ya verás, lo agradecerá.

Pienso en aquella conversación cada vez que embarco, mientras me trago la culpa que siento por dejar sola a Sophia. Necesitamos espacio para crecer. Todos lo necesitamos.

Parpadeo con fuerza y dejo que las nubes adopten formas solas. El interior del avión está lleno de animación y parloteo. Las comidas que servimos siguen una planificación cuidadosa: la primera es para mantener a los pasajeros despiertos; la segunda, para que les entren ganas de descansar.

—Tendrían que darles a todos una pastilla para dormir —dijo Erik mientras repasábamos el menú—. Saldría más barato.

Me doy un paseo por la cabina para asegurarme de que todo el mundo tiene lo que necesita. En total hay siete filas. A cada lado de la cabina hay una columna de asientos dobles; y en medio, otra más, de cuatro butacas. Unas mamparas permiten que cada una se aísle de la de al lado, posibilitando que todos los pasajeros tengan su propia burbuja privada. Si quieren dormir, la parte inferior del asiento se desliza hacia delante y queda encajada bajo la pantalla de televisión, con lo que la butaca, ya de por sí cómoda, se transforma en una cama totalmente plana. No está mal para pasar veinte horas allí. La cosa cambia mucho en turista: allí hay treinta y tres filas de nueve asientos en total, y solo pueden reclinarse cinco centímetros.

—¿Falta mucho para llegar? —pregunta un hombre que viaja solo en uno de los asientos centrales.

Me río por cortesía, pese a que ya me han hecho esa pregunta otros tres pasajeros, todos convencidos de su originalidad. Detrás de él, una parejita ha retirado la barrera de privacidad retráctil entre sus asientos, que han reclinado en un ángulo idéntico. Ambas pantallas reproducen la misma película: una sincronización que solo se consigue mediante diseño. Quizá sean recién casados, aunque, en tal caso, la lista de pasajeros indica que ella ha conservado su apellido de soltera.

—¿Podría traerme otra manta? —La mujer no llega a los treinta años; el pelo le cae en una maraña de tirabuzones de color caoba ceñida por una cinta ancha—. Estoy helada.

—Ginny es medio lagarto. Necesita una lámpara de infrarrojos para ser feliz del todo. —El hombre que la acompaña es mayor que ella: unas arrugas le surcan la frente. Sonríe al hablar, pero sus ojos no tienen la misma chispa que los de la chica.

—Bueno, les alegrará saber que en Sídney están a veinticinco grados ahora mismo —les digo—. ¿Cuánto tiempo van a quedarse?

—Tres semanas. —Ginny se incorpora de golpe, como propulsada por la fuerza de lo que está a punto de anunciar—. ¡Nos fugamos para casarnos!

—¡Vaya! Qué emoción. —Pienso en el día que me casé con Adam (la iglesia, las fotos en familia, la recepción del hotel) y en la semana que pasamos después en Grecia. Convencional, tal vez, pero de un modo reconfortante. Lo nuestro parecía algo sólido, estable.

—¡Ginny!

—¿Qué pasa? Ya da igual, Doug, lo hemos hecho. Ya no pueden detenernos.

—Aun así… —Se pone los auriculares, y Ginny se ruboriza: le han chafado la diversión.

Dejo que sigan viendo la película, pero, pese a que están sentados igual de cerca el uno del otro que antes, algo se ha torcido, y me siento mal por ellos. Por ella. Me entra una tristeza repentina por la pareja que formábamos Adam y yo en aquella isla griega y por el modo en que hemos acabado. Todas las relaciones cambian cuando llegan los hijos, sin importar el medio para tenerlos, pero una niña con necesidades especiales impone una presión para la que ninguno de los dos estaba preparado. Mi reacción fue ponerme a buscar soluciones, leer todo lo que podía sobre los traumas de la adopción y el trastorno de vinculación.

La de Adam fue huir.

Se encontraba físicamente presente —cuando no estaba en el trabajo—, pero en el terreno emocional comencé a perderlo hace años. No sé si fue entonces cuando empezaron sus aventuras, ni sé cuántas habrá tenido; Katya es la única de la que tengo certeza.

Una vez se lo pregunté. Había encontrado una tarjeta suya asignada a una cuenta bancaria cuya existencia desconocía, y a continuación me percaté de que también había cambiado la contraseña de su móvil.

—¿Estás teniendo una aventura?

—¡No!

—Entonces ¿por qué has cambiado la contraseña?

—La puse mal tres veces y me hicieron cambiarla. —Su cara delataba que estaba mintiendo.

Me llaman desde un asiento del otro lado del pasillo, donde un señor más bien mayor, de gafas redondas y pelo ralo, contempla su portátil con el ceño fruncido.

—Todavía no hay wifi.

—Aún no, lo siento. Están haciendo lo que pueden para encontrar la avería, pero…

—¿Tardarán mucho en solucionarlo?

Resisto la tentación de apretarme las sienes con los dedos y fingir que clavo la mirada en una bola de cristal imaginaria.

—No lo sé. Siento mucho las molestias.

—Es que lo necesito para trabajar. —El hombre me observa con aire expectante, como si el poder de arreglar la red wifi residiera enteramente en mis manos—. Es un vuelo muy largo.

—Sí que es largo.

El personal de vuelo está casi listo para el primer relevo. Cesca y Mike subirán a los catres de arriba y descansarán seis horas; para cuando bajen, ya estaremos a medio camino de Sídney. A los auxiliares de vuelo les corresponde una segunda área de descanso situada en la parte de atrás del avión: está junto a la galera trasera, y se accede a ella por una puerta con sistema de bloqueo. Dentro hay ocho literas, separadas por paneles de espuma y cortinas. Dudo que vaya a dormir demasiado en mi primer descanso, pero el segundo ya será otra historia: la tripulación entera tendrá que haberse reincorporado al servicio dos horas antes de la llegada, con órdenes estrictas por parte de Dindar de ofrecer un aspecto inmejorable para las fotos tras el aterrizaje.

Tendremos dos días libres en Sídney antes del vuelo de regreso. Explorar la ciudad será genial, pero aún lo será más recrearme durmiendo sin que me molesten los gritos de Sophia. Desde hace unos meses, tiene pesadillas todas las noches; da igual qué rutina adoptemos a la hora de acostarla, da igual dónde duerma. Me despierto con palpitaciones, corro a la planta de abajo y me la encuentro incorporada en la cama, rígida y agarrotada entre mis brazos durante un segundo o dos antes de dejarse abrazar.

—Quizá eche de menos a Katya —le dije una vez a Adam.

Era evidente lo que implicaba: la culpa era suya. Se sonrojó, como siempre que se menciona a la au pair, y yo decidí dejarlo estar, pero había algo que me martirizaba como un dolor de muelas, y no fue hasta el día siguiente cuando descubrí lo que era: las pesadillas habían empezado antes de que Katya se fuera, no después.

—Perdone. —Un niño de unos nueve o diez años levanta la mano y me saluda como si estuviera en clase y necesitara ir al baño.

Al lado tiene a su madre, tumbada en la cama desplegable y con la boca medio abierta debajo de un antifaz con la frase «Cargando batería: no desenchufar» bordada en la tela satinada.

—Hola, ¿cómo te llamas?

—Finley Masters.

Sonrío.

—Hola, Finley, ¿quieres algo de beber?

—Se me han enredado los auriculares. —El niño me mira muy serio, y siento en el pecho esa especie de tirón brusco que a veces me asalta cuando estoy lejos de Sophia.

—Vaya, cariño, qué problemón. Vamos a ver si podemos arreglarlo, ¿vale? —Deshago los nudos del cable con las uñas antes de devolvérselo con una sonrisa.

—Gracias.

—Para lo que necesites.

Finley es el único niño de su edad de toda la cabina, aunque en la primera fila de la columna de en medio hay una pareja con un bebé muy pequeño. Está llorando, con un gimoteo como de gatito, flojo pero insistente, y veo que sus padres intercambian una mirada nerviosa. Les dirijo una sonrisa, tratando de trasladarles que no pasa nada, pero ellos están agobiados con la ropa del bebé, como si la clave de su incomodidad se hallase en la forma en que lleva abrochado el pelele y no en la presión atmosférica que está aumentando dentro de sus diminutos oídos.

Echo una ojeada a la lista de pasajeros: Paul y Leah Talbot. Me acerco para ver si necesitan algo. Estoy segura de que ese bebé no tiene ni un mes de edad.

—Tres semanas y dos días —aclara Leah cuando se lo pregunto.

Es australiana, tiene el pelo descolorido por el sol y la cara bronceada y pecosa. Los dientes, blanquísimos, le dan un aspecto lozano y asilvestrado; me la imagino con su marido haciendo una barbacoa en la playa el día de Navidad. Puede que Adam, Sophia y yo hagamos eso algún año: huir del frío hacia la luz del sol.

«Sigues con lo de Adam, ¿eh?», salta mi psicóloga interior.

—¡Qué monada! ¿Cómo se llama?

Ignoro a mi subconsciente. Será cuestión de acostumbrarse. Llevábamos cinco años siendo una familia, pero Adam dejó totalmente claro cuáles eran sus prioridades, y no tenían nada que ver con su esposa y su hija.

—Es precioso, ¿verdad? —Leah sonríe a su hijo. Es mayor que yo (de unos cuarenta y tantos), pero está mucho más en forma—. Se llama Lachlan Hudson Samuel Talbot.

—Vaya, ¡cuántos nombres!

Su marido sonríe, divertido.

—No nos decidíamos. —Tiene acento inglés, pero con la inflexión ascendente al final de las frases que enseguida adoptan los que emigran a Australia.

—Estás estupenda —le digo a Leah—. No me puedo creer que acabes de dar a luz.

El cumplido la avergüenza: baja la vista para posar los labios en la cabeza del bebé y olerle el pelo. Su marido la rodea con el brazo, y siento como que me están echando, como si hubiera dicho algo malo.

—Si más tarde queréis que me lo lleve para que podáis dormir, solo tenéis que pedírmelo.

—Gracias.

Los dejo solos. Me duele el estómago como si me hubiera tragado una piedra. Adoptar no me ha quitado el duelo de la infertilidad, no ha acabado con el deseo infrecuente pero visceral de una barriga hinchada y tersa, o del peso casi imperceptible de un bebé nacido hace un instante. Sophia es mi vida —no tienes que dar a luz para ser madre—, pero eso no significa que no sufra al pensar en lo que podría haber sido.

Como mínimo me habría gustado que Sophia nos hubiera llegado de recién nacida. Podría haber sido así. Debería haber sido así. Su madre, a quien habían incluido en una lista de vigilancia, tenía a los servicios sociales encima, dado que sus dos hijos mayores se encontraban ya bajo tutela gubernamental. Pero había que seguir un proceso, y aquello nos arrebató el primer año de vida de Sophia y la capacidad de nuestra hija para confiar en los demás. Nos arrebató a la familia que podríamos haber sido.

Ni Adam ni yo pudimos dormir la noche antes de que Sophia llegara a casa, por miedo a meter la pata.

—¿Y si nunca consigo sentir que soy su padre?

—¡Lo conseguirás! Claro que lo conseguirás.

Sabía que Adam estaba nervioso (había tardado mucho más que yo en hacerse a la idea de la adopción), pero también sabía que Sophia no tardaría en robarle el corazón: las familias se construyen a partir del amor, no a partir de los genes.

Pero él y Sophia no acababan de entenderse. Ella era una niña difícil, incluso de bebé, y ninguno de los dos era capaz de hacer que se sintiera a gusto. Al final empezó a permitirme mecerla para coger el sueño, pero si Adam intentaba hacerlo, ella tensaba todo el cuerpo y gritaba hasta ponerse azul. Con el tiempo, comenzó a exigirme que pasara más tiempo con ella y que dejara a Adam al margen.

—Ten paciencia —le decía yo—. Un día acudirá a ti, y tendrás que estar preparado.

—Alegra esa cara, preciosa, que seguro que no es nada. —Me veo arrancada de mis pensamientos por el hombre de detrás de los Talbot, cuyas largas piernas permanecen estiradas bajo la bandeja de su asiento, donde reposan una botella de agua y un libro.

Cuando iba a la universidad, trabajé en un pub frecuentado por un gran número de banqueros, estudiantes universitarios y gilipollas en general. En el segundo en que me ponía detrás de la barra, mis iguales en materia de estudios se presuponían intelectualmente superiores a mí y me mortificaban con que si «Oye, cariño», que si «Ven aquí, preciosa», como si estuviéramos haciendo de extras de alguna telenovela tipo EastEnders. Esta profesión a veces es así. Conozco a toda clase de auxiliares de vuelo, con todo tipo de formaciones: personas que antes eran técnicas de emergencias sanitarias, profesoras universitarias… conozco incluso a una expolicía a quien, una vez retirada, le entraron ganas de ver mundo. La mayoría de los pasajeros eso no lo ven: ellos ven el uniforme, y para ellos eres una camarera. Da igual que te hayan formado para actuar ante emergencias aéreas o aterrizajes forzosos en el océano, o que seas capaz de apagar un incendio o de cortar un cinturón de seguridad para liberar a un pasajero atrapado en un asiento.

Me obligo a sonreír apretando los dientes.

—¿Desea que le traiga algo más, señor? ¿Un poco de vino, tal vez?

—Gracias, pero no bebo.

—Bueno, si necesita algo, aquí estoy.

Agradezco este oasis de sobriedad en un momento en que el resto de la cabina empieza a ir cada vez más achispada. De repente añoro estar en casa, abrazada a Sophia en el sofá, viendo Peppa Pig. Cuando estoy viajando, me acuerdo de todo lo bueno. Siempre pasa, ¿no? Me acuerdo incluso de los aspectos positivos de mi relación con Adam: las risas, la cercanía, sentir cómo me rodean sus brazos.

Desde el bar llega un ruido apagado y constante; voy a ver si necesitan ayuda. Está atestado. El volumen de las conversaciones aumenta a medida que más pasajeros de clase ejecutiva se van sumando a la aglomeración. Varios van en pijama; la novedad sigue haciéndoles gracia a pesar de que llevamos ya varias horas de vuelo. Hay una pareja delante de la barra; por su lenguaje corporal, están coqueteando.

—¿Has visto el sacacorchos? —El barman, Hassan, parece desbordado.

—Ni idea. Estaba aquí. Ahora te traigo uno de la galera.

—Por eso yo solo bebo champán. Lo único que se necesita es una copa… ¡o una pajita! —dice una mujer desde la barra, con una risa grave y ronca que se contradice con su apariencia, menuda y frágil. Tiene el pelo largo y rubio, y va meticulosamente maquillada, con los labios pintados de rojo sangre.

El hombre que la acompaña no le quita ojo: es un hombre achaparrado, no mucho más alto que ella, pero con unos bíceps más grandes que la cintura de esta. Tiene el pelo negro y da la impresión de que, si no lo llevara tan rapado, sería rizado; una barba negra le cubre media cara. Ella tiene el pulgar izquierdo metido en el bolsillo trasero del pantalón de él, con esa actitud relajada y maquinal de los que terminan por encajar el uno en el otro. Siento un nudo en la garganta al recordar los años en que mi relación con Adam aún era lo bastante nueva para que existiera el flirteo, pero a la vez lo bastante familiar para resultar cómoda.

Al dar media vuelta para irme, veo con el rabillo del ojo que algo se mueve: han sido las cortinas que dividen las clases ejecutiva y turista. Me doy la vuelta y veo a una mujer de pelo negro que se acerca a la barra. Echa un vistazo alrededor mientras espera, deteniéndose a mirar el televisor de pantalla plana que hay en la pared y las canastas de dulces que ofrecemos a los pasajeros para que se sirvan a placer.

—Champán, por favor.

Hassan me mira durante un instante.

—Me temo que el bar es solo para los pasajeros de clase ejecutiva. —Se le oye nervioso, y sus manos revolotean junto al champán, como si aún cupiera la posibilidad de servírselo.

—Solo quiero una copa.

Siento la tentación de dejar que se la tome y despacharla luego de vuelta a la clase turista, pero su forma de comportarse rezuma una arrogancia que me saca de mis casillas. Doy un paso al frente.

—Lo siento: tiene que regresar a la cabina de turista.

—Joder, solo quiero tomarme una copa.

Sonrío.

—Y yo solo quiero que me hablen con educación cuando hago mi trabajo, pero supongo que ninguna de las dos va a salirse con la suya hoy.

Ella gira sobre el taburete y se dirige a una pareja que está haciéndose selfis con el pijama de bienvenida.

—¿Qué tal los pijamas? —pregunta con brusquedad.

—Hummm… pues son muy…

—¿Sabéis qué nos dan a nosotros en nuestra «bolsita de obsequios»? — Hace el gesto de las comillas con los dedos antes de añadir a voz en grito—: ¡Cuatro galletas de mierda!

—Vale. Se acabó. —Cojo a la mujer del codo, y ella se suelta de un tirón.

—¡Quítame las manos de encima! Me acabas de agredir; esto es una agresión. —Echa un vistazo alrededor—. ¿Alguien lo está grabando? Acaba de agredirme.

—Por favor, vuelva a su asiento. —Todo el bar está pendiente de nosotras. Los pasajeros de clase ejecutiva alargan el cuello para ver qué ocurre a su espalda—. Esta zona está restringida a los pasajeros de clase ejecutiva.

—¿Y cómo es que a él lo dejáis quedarse? —Señala con el dedo al hombre bajito y musculoso, que hace todo lo que puede por ignorarla.

—Porque él viaja en… —empiezo a responder antes de ver que al pasajero se le pone el cuello rojo de incomodidad y, medio borracho, aparta la copa que tenía encima de la barra.

—Lo siento —dice, aunque no está claro si se dirige a mí o a la rubia que lo acompaña.

—¡Por el amor de Dios! —Me dirijo a Hassan, que se mordisquea el labio.

—Van juntos. Cuando me han pedido estaba todo muy tranquilo y he pensado que…

—Los que no tengan billete de clase ejecutiva, vuelvan a sus asientos, por favor —digo levantando la voz—. El personal de cabina estará encantado de servirles allí.

—Lo siento —murmura de nuevo el hombre achaparrado. Repasa a la rubia una última vez antes de cruzar la cortina con desgana y regresar a su asiento.

Me cruzo de brazos y me quedo observando a la borracha. Nos sostenemos la mirada durante un minuto de reloj, hasta que acaba cediendo.

—¡Estirados! —Pronuncia su despedida a todo volumen, y me compadezco de los auxiliares de vuelo de clase turista, que van a tener que pasarse las próximas quince horas diciéndole que no cuando les pida otro trago.

Dejo escapar un suspiro y se me suben los colores ante el amago de aplauso de los clientes del bar.

—Tienes hijos, ¿verdad? —me pregunta la mujer del pijama con una sonrisa—. Te ha salido una voz de madre total.

Le devuelvo la sonrisa, regreso hacia la galera y, por primera vez desde que he entrado a trabajar, noto que empiezo a relajarme, a superar la sensación de desasosiego. Mis instintos no iban mal encaminados: algo iba a ocurrir en este vuelo, pero no era nada que fuera a escapárseme de las manos. Llevo doce años en el oficio; tendría que pasar algo muy gordo para desarmarme.

Cuando era pequeña, mamá alzaba los brazos al cielo siempre que pasaba un jumbo volando.

«¡Rápido! ¡Dale recuerdos para la manii y el baba sido!».

«A saber adónde va ese avión», contestaba yo riendo, pero lo saludaba con la mano de todos modos, era demasiado supersticiosa.

Aquella costumbre me quedó inculcada —como la de saludar a las urracas desparejadas para evitar la mala fortuna— mucho después de que mis abuelos hubieran fallecido y ya no existiera ninguna razón para visitar Argelia o enviarles recuerdos desde el otro lado del océano. Incluso después de dejar de ir al aeropuerto con papá, en plena adolescencia, cuando me consideraba demasiado guay para que me pillaran mirando aviones, levantaba el brazo involuntariamente siempre que veía uno. «Adiós, manii y baba, os quiero».

Una vez, años más tarde, acompañé a mis padres de viaje a Francia, donde todavía conservaban una casa, un lugar destartalado y lleno de recuerdos que había pertenecido a mis abuelos paternos. En el viaje de vuelta, observé las nubes por la ventanilla del avión: parecían lo bastante sólidas para subirse encima de ellas. Había pasado todas las vacaciones escolares en Francia y continuamos con la tradición ya en la universidad. Mientras mi madre revoloteaba de un lado para el otro, poniéndose al día con sus amigas, yo veía a mi padre relajarse, lejos de los rigores de la vida londinense.

—Me encantaría ser piloto. —Era la primera vez que lo decía en voz alta, y me pareció un atrevimiento. Una ridiculez.

—Pues sé piloto —contestó mi padre.

Él era así con todo. «¿Quieres algo? Ve a por ello».

Al frente del avión habían abierto la puerta de la cabina de control, y estiré el cuello para intentar entrever el tablero y la gran curvatura de cristal que se extendía ante el manto de nubes. La emoción me palpitaba en las venas.

—Es muy caro.

—¿Cómo de caro?

—Pues… ocho mil o así, creo. Como mínimo.

Mi padre enmudeció y, al cabo de un rato larguísimo, se encogió de hombros y arrugó el periódico que tenía entre las manos.

—Infórmate de los detalles.

Seis semanas después, vendieron la casa de Francia.

—Ve a ser piloto —dijo mi padre.

—¡Pero si os encantaba esa casa! —Inspeccioné las caras de mis padres y lo único que encontré fue entusiasmo—. ¡Si ibais a venderla después de jubilaros, por si se os quedaba corta la pensión!

—¿Quién necesita ahorros cuando tu hija es piloto comercial? — respondió él, y me guiñó el ojo—. Ya nos mantendrás tú cuando seamos mayores.

Mi madre me dio un apretón en el brazo.

—No te preocupes por nosotros. Estamos muy emocionados.

El día que me marché a la escuela de aviación, me hizo una foto, como si fuera mi primer día de escuela primaria. Posé delante de la puerta de casa con mis pantalones negros y mi camisa recién estrenada, con una sola franja dorada decorando los galones.

Ahora bajo la vista y me miro la falda, la manicura y las medias de color carne. Me encanta mi trabajo, pero esta no era la idea.

—¿Te preparo uno para llevar? —Carmel sostiene una bolsita de té por encima de una taza vacía.

—Venga, va.

Se me hace raro tomar un descanso ahora, apenas unas pocas horas después de haber empezado, y todavía más raro saber que cuando nos despertemos aún nos quedarán unas cuantas horas de viaje. Por debajo de nosotros habrá gente que se despierte, se vaya a trabajar, vuelva a casa y se acueste, y durante todo ese tiempo nosotros estaremos en el aire. Parece imposible, casi sobrenatural.

A diferencia de Erik, que no ha sonreído una sola vez desde que hemos embarcado, Carmel es encantadora. Tiene solo veintidós años y está a punto de irse a vivir con su novio, al que es evidente que idolatra.

—Trabaja en la City —me ha contado con orgullo cuando estábamos en los transportines, listas para el despegue.

—¿De qué trabaja?

Ella ha parpadeado sorprendida.

—Trabaja en la City.

He chasqueado la lengua, como riñéndome a mí misma.

—Ay, sí, acabas de decírmelo. Perdona.

Carmel me prepara el té y alargo la mano hacia la sombrerera que hay cerca de la galera para sacar la bolsita de papel que Sophia me hizo prometer que subiría a bordo.

—No la abras hasta que estés volando —me dijo. Había entrado en mi habitación mientras yo hacía el equipaje, acostumbrada ya a ver mi maleta abierta encima de la cama.

Retiro el envoltorio de papel: es una de las galletas de avena que horneamos juntas el fin de semana; desprende un aroma a caramelo que me hace la boca agua. Tiene una esquina mordisqueada, y acaricio el borde irregular que han roído los dientes perlados de mi hija.

Debajo de la galleta hay un papel con manchitas de grasa: «Para mi mamá. Te quiero. Besitos, Sophia». Se lo enseño a Carmel, que se lleva las manos al pecho.

—Pero ¡qué mona! ¿Lo ha escrito tu hija?

Asiento con la cabeza.

—¿Se puede ser más adorable? Me muero de ganas de ser madre. Seguro que haces de todo con ella, ¿a que sí? Pintar, manualidades, de todo.

—Repostería, más que nada. —Le enseño la galleta—. Mucha mucha repostería. Estas galletas las ha hecho prácticamente sola. Solo tiene cinco años.

—Increíble.

Arranco un trozo de galleta y me lo meto en la boca, me guardo la nota en el bolsillo y envuelvo lo que ha sobrado para comérmelo arriba. Paso la bayeta para dejárselo todo limpio a los que lleguen de relevo. Alguien se ha dejado un autoinyector en la encimera: lo recojo para que no acabe en la basura.

—¿Alguien sabe de quién…? —Me interrumpo, pues toda mi atención se halla centrada en la etiqueta ligeramente rayada del inyector: un pequeño rectángulo blanco con una carita sonriente dibujada a mano y un nombre impreso.

SOPHIA HOLBROOK .

—¿Leche y azúcar? —pregunta Carmel.

¿Qué hace aquí la epinefrina de Sophia? La carita sonriente indica que es la que lleva en la mochila (fue la solución simple pero efectiva de Adam para tener una idea de dónde va cada una), y la etiqueta es sin duda como las que utilicé para identificar a conciencia su calzado, su fiambrera y su botella de agua.

Pienso en esta mañana, cuando ya había dejado a Sophia en la escuela. Me he cambiado de ropa en casa: aunque hubiera llevado el inyector en los vaqueros, no hay manera lógica de que haya ido a parar al bolsillo del uniforme. ¿Y si lo he guardado, antes de irme al aeropuerto, en el bolso del trabajo? Tantos años de oficio me han convertido en un animal de costumbres: el pasaporte y el carnet de identidad siempre están en ese bolso, junto con una crema de manos, un bálsamo labial y un monedero lleno de efectivo. No llevo epinefrina en el bolso: ¿para qué? Sophia nunca viene conmigo.

—Tierra llamando a Mina. ¿Todo bien?

—Perdona. Solo leche. Gracias.

Me guardo el autoinyector azul en el bolsillo. No hay otra explicación posible: lo habré cogido y lo he subido a bordo.

¿Cómo si no ha venido a parar aquí?