Sin elección

Clare Mackintosh · Capítulo 44 de 56

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Sin elección

42. 5.00. Adam

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Adam

 

La he cagado. Otra vez. Justo cuando parecía imposible que las cosas pudieran ponerse aún peor, cuando ya no podía hacer más daño a mi familia —ni a mí mismo— del que ya les he hecho, voy y la cago todavía más.

—¿Va a volver Becca? —Sophia comienza a incorporarse, con la voz más firme ya. Aún no actúa como siempre, ni mucho menos, pero ¿quién iba a comportarse con normalidad aquí abajo?

—No, bichito, no creo que vuelva.

«Mierda, mierda, mierda». Me maldigo por ser tan bocazas. Quería asustar a Becca, claro. Quería demostrarle que no me costaría dar con ella, para que entrara en razón y nos soltara. Y me ha encantado sentirme de nuevo en plena forma, haciendo mi trabajo; me he sentido como antes de tener la cabeza ocupada con las deudas y un matrimonio en quiebra. Por un momento me he encontrado con mi antiguo yo, y se me ha ido la boca, y ahora lo he empeorado todo aún más… mucho mucho más.

Me pregunto adónde habrá ido Becca. Igual tenía un coche aparcado escondido cerca de aquí. Nos dijo que no conducía, pero nos dijo tantas cosas… Me la imagino llegando a casa, donde vive con sus padres, entrando en el recibidor y subiendo con sigilo a la planta de arriba; tumbándose en la cama, sin deshacerla siquiera, con la ropa de la calle puesta todavía, esperando a que se le pase la taquicardia.

O quizá no sea tan cría como pienso. Puede que no viva con sus padres. Lo del Tesco podría ser un trabajo de temporada, algo provisional; una tapadera, incluso. Me la imagino donde vive —una habitación de mala muerte de algún piso compartido— metiendo sus contadas pertenencias en una mochila. ¿Adónde irá ahora? ¿De qué vive esta gente, los activistas profesionales? Recuerdo haber leído que no sé qué pez gordo acabó tan cabreado por el referéndum sobre la permanencia en la Unión Europea que lo dejó todo y se mudó a Londres. Vendió todas sus posesiones y, mientras iba durmiendo en casas de amigos, se pasó los tres años siguientes gritando por un megáfono delante del Parlamento.

No lo entiendo. Comprendo que haya quienes sientan fervor hacia determinadas causas, que quieran ver que se hace justicia; no sería policía si no me preocupara por poner las cosas en su sitio. Pero esa gente consagra su vida a sus creencias; incluso va a la cárcel por ellas.

Los que han secuestrado el avión de Mina deben saber que van a morir. Se llevarán consigo a cientos de personas y, supuestamente, les parece bien: solo es una pequeña batalla perdida en medio de una guerra. No me imagino hacia qué podría sentir yo tantísima implicación.

Bueno, sí puedo imaginármelo.

Sophia.

Yo lucharía por ella. Es más, voy a luchar por ella.

Pero ¿cómo? He tirado de las esposas con tanta fuerza que me he despellejado las muñecas y la tubería de la pared no ha cedido lo más mínimo. Si pudiera liberarme, echaría abajo la puerta de lo alto de las escaleras; sería fácil…

Un boletín informativo irrumpe en medio de las canciones, y Sophia, igual que yo, se pone tensa. «Por favor —ruego en silencio—, que no sea así como se entere de que ha perdido a su madre».

«Acabamos de recibir nuevas noticias acerca del vuelo 79. La editora de la sección de viajes del Daily Mail, Alice Davanti, ha publicado en exclusiva su testimonio en primera persona de las escenas que han tenido lugar dentro de la aeronave secuestrada».

Me invade un alivio tan grande por que el avión no se haya estrellado que me pierdo las primeras palabras del texto de Davanti; vuelvo a aterrizar de golpe en la realidad cuando oigo el nombre de Mina.

—¡Mamá!

«… merecerá la condena de muchos por haber priorizado la seguridad de su familia por encima de las vidas de los centenares de pasajeros del vuelo 79. A mi alrededor, mientras escribo esto, hay padres, abuelos, niños. No hay duda de que a los familiares de esta gente les costará entender por qué la vida de sus seres queridos ha de valer menos que la de la hija de una sola mujer».

El testimonio termina y da paso de nuevo al presentador, quien promete que, muy pronto, dispondrán de «más información al respecto». Sophia se esfuerza por incorporarse del todo.

—Papá, ¿qué está diciendo esa señora de mamá?

La rabia me corre por las venas. No pienso cargar a Sophia con esto. No voy a dejar que se sienta culpable; no voy a dejar que piense mal de su madre, cuando Mina ha hecho lo que habría hecho cualquier madre o padre que yo conozca.

—Dice que… —me detengo, el tiempo justo para que lo que siga no se lo trague un sollozo— dice que mamá te quiere más que a nada en el mundo.

El ruido del motor de un coche atraviesa el aire nocturno. El camino de la granja no lleva a ningún otro lado: nadie baja hasta aquí a menos que viva en alguna de estas casas y aquí no vivimos más que nosotros, Mo y la otra vecina, que solo viene unos fines de semana al año. ¿Será suyo ese coche? ¿Por qué iba a venir a estas horas? He perdido la noción del tiempo, pero ya no debe de faltar mucho para que amanezca.

Durante un segundo me inunda la esperanza: puede que Becca haya cambiado de opinión. Quizá mis palabras la han afectado y se ha dado cuenta de que la policía iba a atraparla tarde o temprano, así que…

Pero el motor que oigo no es diésel, lo cual significa que es poco probable que se trate de un coche patrulla.

¿Serán los padres de Becca? U otro activista, tal vez. Si han venido a trasladarnos a algún sitio que consideran más seguro, tendremos una oportunidad de escapar. Van a tener que soltarme una mano para quitar las esposas de las tuberías; tendré que estar preparado. Me veo a mí mismo lanzándole un puñetazo a quien sea que venga a buscarme (un gancho de derecha o de izquierda, según la mano que me suelten primero), dejándolo sin sentido y llevando a Sophia escaleras arriba, saliendo a la cocina, cruzando el recibidor y escapando por la puerta principal.

Se oyen pasos fuera. Pasos silenciosos. Prudentes, calculados. Recorren el ancho de la casa de una punta a la otra. Tal vez miran por las ventanas para asegurarse de que no hay nadie aparte de nosotros, atrapados en el sótano. Nadie que pueda oírnos gritar.

¿Adónde vamos a ir cuando nos escapemos?

Becca ha usado las llaves de mi coche para ir a buscar la epinefrina. Si ha vuelto a dejarlas donde estaban, podré cogerlas mientras corramos hacia el exterior y conducir hasta la comisaría central, que es donde trabajo y donde hay operativos disponibles las veinticuatro horas del día.

Aunque quizá las haya dejado en cualquier parte. Incluso sería posible que todavía las tuviera metidas en algún bolsillo. Ponerme a buscarlas podría costarme un tiempo precioso. Será mejor escapar corriendo. Por la puerta trasera, tal vez, para sorprenderlos. O por encima de la valla y parque a través, por donde no podrán seguirnos con el coche. Con todo, puede que sea la mejor opción: no malgastar tiempo buscando las llaves. Marcharnos y punto.

Comienzo a estirar los dedos de las manos; llevan horas en la misma posición y apenas tengo sensibilidad en las puntas. Los pongo rectos y luego los doblo, uno detrás del otro, y poco a poco el entumecimiento se convierte en hormigueo. Muevo los hombros hacia atrás y hacia delante, flexiono los dedos de los pies y luego bajo el empeine hasta ponerlo recto; subo las rodillas hasta el pecho.

—¿Qué estás haciendo, papá?

—Ejercicio. ¿Quieres hacer tú también?

Sophia arrastra el culo hacia atrás, hasta quedar con la espalda apoyada contra la pared. Se pone las manos detrás, como sujetas por unas esposas invisibles, y los dos a la vez levantamos las piernas y movemos la cabeza de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Con las prisas, Becca se ha olvidado de recolocar la tapa de piedra sobre la boca de la carbonera: agradezco la luz procedente del porche y la brisa que corre, aunque sea fría. El aire aquí abajo se nota viciado, y antes, aun sabiendo que este sótano no podía ser del todo hermético, daba la impresión de que se nos podía acabar de un momento a otro.

—Ahora vamos a hacer una especie de triángulo, ¿vale? Mueve el culo hacia delante, así, y luego estira las piernas y levántalas. Prueba a ver si puedes tocarte los dedos de los pies. Mantén la espalda recta. Muy bien. — Consigo formar dos lados de mi triángulo, y Sophia junta los tres del suyo; siento un amor hacia ella que no me cabe en el pecho—. Genial. ¿Cuánto rato puedes aguantar…?

Nos miramos, sobresaltados, cuando se va apagando el sonido del timbre de la puerta.

—Hay alguien fuera.

—Lo sé, cariño.

—Tenemos que ir a ver quién es.

¿Por qué llaman a la puerta? Aquí está pasando algo raro. Si Becca ha ido a pedir ayuda a los demás, aunque sea por una crisis de consciencia, tanto ella como los otros saben dónde estamos. Y aquí no es que lo tengamos muy fácil para ir a responder al timbre.

¿Quién será?

La respuesta me llega al cabo de un instante, con un porrazo en la puerta que retumba por toda la casa.

—¡Abre, Holbrook!

Sophia me mira con la cara iluminada al reconocer su apellido. Yo niego con la cabeza en señal de advertencia y le indico con un siseo que se calle mientras trato de entender qué está ocurriendo, aunque el vuelco en el estómago ya me lo ha dicho.

Es el prestamista.

Aporrean la puerta varias veces más.

—Sé que estás ahí. Oigo la radio.

—¡Papá! —Sophia viene de rodillas hasta mí y me zarandea de un hombro—. ¡Grita! Ha venido alguien. ¡Pueden rescatarnos!

—Cielo, ese señor no va a rescatarnos, nos va a… —¿Qué? ¿Dejarnos donde estamos? ¿Pegarme una paliza? ¿Hacer daño a Sophia? Sea lo que sea, es demasiado horrible para imaginarlo.

 

Primero fueron los mensajes de texto —«Tienes un pago atrasado»—, luego pasaron a enviarme por WhatsApp fotografías de mi coche, de mi casa, de la guardería de Sophia. Hice lo que pude para pagar lo que debía, pero me era muy difícil, dado que Mina no sabía (ni podía saber) para qué necesitaba el dinero.

—No nos queda casi nada en la cuenta compartida —me decía—. ¿Podrías ingresar un par de cientos de libras?

Ella ponía otras doscientas y yo me pasaba dos días sudando la gota gorda, fingiendo que se me había olvidado cuando ella me preguntaba, y me hacía una tarjeta de crédito nueva. Yo ganaba más que ella. Al principio, cuando contratamos la primera hipoteca, ideamos un sistema según el cual cada uno de nosotros debía aportar el mismo porcentaje de su salario para pagar las cuentas compartidas. «Como adultos responsables, ¿eh?», bromeábamos.

La primera visita llegó seis meses después de que empezara lo de las fotos por WhatsApp. Yo salía del trabajo y, al doblar hacia la parada del bus para ir a buscar el coche al aparcamiento, me percaté de que me estaban observando. Un hombre con una bómber negra y pintas de portero de discoteca levantó una mano en un gesto que no se parecía en nada a un saludo: era una advertencia. «Sé dónde trabajas. Sé que eres madero».

Uno podría pensar que, siendo policía, resulta fácil resolver los problemas. Conozco a las personas indicadas y las leyes indicadas para hacerlo, ¿no?

Pues no.

Las deudas —sobre todo si son como la mía, sin contratos legales ni rendiciones de cuentas— ponen a los policías en situación de riesgo. Nos hacen propensos a la corrupción y vulnerables a las ofertas del hampa. Nos convierten en deudores de la gente a quien precisamente tendríamos que estar arrestando. Que haya acabado de mierda hasta el cuello no es una falta disciplinaria, pero no contárselo a mis jefes sí lo es.

Después de aquello, fueron a por todas. Miraba por el retrovisor y veía a uno de ellos siguiéndome; oía sus pasos mientras caminaba por el callejón hacia la parada del bus. Ellos eran tres —tres que yo viera, al menos— y nunca me hacían nada, se limitaban a levantar la mano y desaparecían detrás de una esquina. Era un mensaje, solo eso. «Sabemos quién eres, quién es tu familia, dónde vives, dónde trabajas».

A un prestamista ilegal no le conviene que le pagues las deudas demasiado rápido. Para él es mucho mejor que vayas acumulando intereses día tras día, cien libras por cada uno que pasa, hasta que no tengas manera de pagarle. Y su estrategia del miedo siempre da resultado: al cabo de seis meses, yo habría hecho cualquier cosa. Casi cualquier cosa.

—Necesito que me hagas un trabajito —me había dicho la voz del teléfono.

—¿Qué tipo de trabajito?

—Han cogido a uno de mis chicos por algo que no hizo. Necesito que hagas desaparecer las pruebas. —Era una voz grave y ronca. ¿Sería el mismo que me había dado el dinero, en aquellas escaleras, en la peor zona del peor de los barrios? Era posible.

—No puedo hacerlo. —El sudor me goteaba por la frente.

Ese mismo día amenazaron a Katya. Podrían haberme dado una paliza, pero, en lugar de eso, se pusieron a seguir a Katya y a Sophia: sabían que sería más efectivo que un ojo morado o una nariz rota.

—Ha dicho que tú debes dinero —dijo después Katya, cuando ya había parado de llorar, y yo por fin había convencido a Sophia de que «los malos» se habían marchado y no volverían—. Mucho dinero.

—Así es.

—Entonces ¿cómo sabes que él no vuelve más?

—No lo sé.

Tenía demasiado miedo para quedarse. Le dije a Sophia que no pasaba nada, que no le contara nada a mamá porque «A lo mejor se preocupa, y no queremos que mamá se preocupe, ¿verdad?», y me sentí como un desgraciado por haberlo hecho.

Tres días después, aquel mismo hombre volvió a llamarme.

—Estoy delante de tu casa, Holbrook. ¿Tienes mi dinero?

—Estoy en ello, ya te lo dije. —Estaba en el trabajo, en la oficina del Departamento de Investigación Criminal, esperando a que me llegara el expediente de alguien para decirle que no hiciera declaraciones.

—Si estás en ello quiere decir que aún no lo tienes.

No dijo nada más. En lugar de su voz, oí el sonido inconfundible de un mechero: el silbido del gas, el chasquido de la piedra. Cogí las llaves de un coche del departamento y salí de allí a toda prisa, llamando a Mina sin parar mientras conducía hacia casa; no me lo cogía.

Cuando llegué, con el corazón acelerado, la casa estaba a oscuras. Olía a humo, aunque era incapaz de ver la luz de las llamas: ¿habría sido una falsa amenaza?

La ventana del dormitorio se iluminó y llamé otra vez a Mina al móvil. Tenía que saber si ella y Sophia estaban bien. Me colgó sin responder y me quedé en el camino de fuera preguntándome si debía regresar al trabajo.

Pero ¿y si la amenaza iba en serio?

Mina abrió la puerta cuando me dirigía hacia ella. Nada de fuego: solo Mina —desconfiada, enfadada e ilesa— y un felpudo empapado en gasolina.

 

—¡Holbrook! Si estás ahí dentro, abre la puta puerta. —Más porrazos.

—Papá —susurra ahora Sophia—, ¿es aquel señor tan malo otra vez?

—Creo que sí.

—¡Te dijimos que a medianoche! ¿Lo tienes o no?

A mi hija se le crispa la cara y un temblor se apodera de sus brazos y su torso. Mientras viva no voy a perdonarme haberla hecho pasar por esto.

—Me lo tomaré como un no, entonces —grita el de la puerta.

—No debemos hacer ruido, cariño. No puede enterarse de que estamos aquí.

Ella asiente con la cabeza, y a mí me entran unas ganas locas de estrecharla entre mis brazos. Malditas esposas… una y otra vez tiro de ellas contra las cañerías, contento con la sangre, con el dolor, porque es lo mínimo que me merezco.

El ruido de un motor hace que me detenga. Miro a Sophia. ¿Ya está? ¿De verdad se han rendido tan fácilmente?

—Creo que ya se ha… —comienzo a decir, pero se me mete algo en las fosas nasales, un olor acre que me aterroriza y me empuja a tirar de nuevo de las esposas.

Humo. Lo que huelo es humo.

La casa está en llamas.