Sin elección

Clare Mackintosh · Capítulo 43 de 56

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Sin elección

41. A dos horas y treinta minutos de Sídney. Mina

41

A dos horas y treinta minutos de Sídney

Mina

 

Cuando Missouri termina de hablar y la megafonía se queda en silencio, hay un instante en que todos parecen tomar aire. Entonces alguien grita.

Ese primer grito da paso a un segundo, y a un tercero, y ahora el avión vibra con el terror de 353 pasajeros que afrontan una muerte segura. A mi lado, un hombre se acurruca en el asiento; su voz es un agudo aullido de terror. Me doy la vuelta y veo la cara de horror de Cesca. Rowan se desmorona sobre las butacas, agarrando por un brazo a Derek, que trata de soltarse.

Alice tira del cinturón de seguridad de una mujer que está sentada del lado del pasillo, trastornada por la desesperación.

—¡Déjame sentar! ¡Déjame sentar!

La mujer agarra el cierre del cinturón con una mano y agita la otra como una loca para defenderse de Alice.

—¡Mi periódico ha pagado seis mil libras por mi plaza!

El codo de la mujer da en el blanco, y Alice se tambalea hacia atrás, con la nariz sangrando. Cesca aparta a Alice de un tirón y voy a ayudarla, pero la periodista se desploma encima de mi compañera.

—He pagado por mi asiento —dice entre sollozos.

—Los demás también. —Cesca suelta a Alice, que cae al suelo del pasillo y se agarra a la base de la butaca como si las puntas de sus dedos fueran a impedir que saliera disparada del interior del avión.

No podemos hacer nada.

Si nos hubiera tocado hacer un aterrizaje controlado sobre el agua, o sobre terreno inapropiado, me las habría ingeniado. Esa clase de cosas forman parte de nuestro trabajo, después de todo, por mucho que deseemos no tener que enfrentarnos nunca a ellas. Los chalecos salvavidas, las salidas de emergencia, las rampas de evacuación… Sería capaz de hacerlo hasta con los ojos cerrados.

Pero, cuando Missouri nos lance contra el edificio de la Ópera de Sídney, no tendré forma de proteger a los pasajeros de este vuelo del impacto de un Boeing 777 de 350 toneladas contra el monumento más famoso de Australia.

La chica embarazada llora con los ojos cerrados y las manos encima de la barriga. Más adelante, en el otro pasillo, veo que los Talbot abrazan con fuerza a su bebé. De pronto caigo en la cuenta de la cantidad de niños que viajan a bordo, algunos tan pequeños que apenas caminan; otros, adolescentes muertos de miedo. Missouri está poniendo fin a vidas que no han hecho más que empezar.

—Mi plan era suicidarme en Australia —suelta Derek de repente.

El resto intercambiamos miradas. Él continúa hablando, acelerado, como si le preocupase que se le acabara el tiempo, como si no le quedara más remedio que soltar lo que sea que lo ha estado carcomiendo por dentro.

—Este trabajo no es un encargo de nadie, ¿oís? El billete me lo he pagado yo. Mi hermano vive en Sídney, y pensé en reservar un asiento y tratar de que me dieran un artículo en algún suplemento de viajes. Pero todos, uno tras otro, me dijeron que no.

Se le quiebra la voz y Cesca le da un apretón en el hombro. Sé que yo también debería ofrecerle ese tipo de consuelo, pero me he quedado descolocada: su apariencia descompuesta no me cuadra para nada con el hombre a quien creía tener calado. Me saco los auriculares de Finley del bolsillo y comienzo a deshacer los nudos, descargando con las manos la tensión que tengo en la cabeza. Alice ha parado de teclear y se ha quedado mirando a Derek horrorizada, como si lo que sea que le está pasando pudiera ser contagioso.

—El año pasado me echaron del trabajo. El editor me dijo que había perdido mi «toque». Dijo que mi instinto como reportero no era lo bastante agudo para mantenerme al día con el público joven. Intenté trabajar por cuenta propia, pero siempre que enviaba ideas todos tenían ya a alguien en plantilla trabajando en ellas, o no contaban con el presupuesto necesario, pero me decían que, si quería, podía publicar mi artículo en su página web. Alguien me propuso que comenzara un blog. —Ríe sin ganas.

Rowan le da un suave puñetazo en el brazo en señal de camaradería, pero Derek ignora el gesto y responde dándole la espalda. Me doy cuenta de que sus experiencias lo han convertido en una persona resentida y desconfiada, y siento un agudo arrebato de solidaridad hacia él. Lo que da forma a nuestras reacciones es la gente de nuestro entorno y la manera en que ellos se comportan con nosotros. Pienso en Adam y en todo el rencor que he sentido, y empiezo a notar cómo se va desprendiendo de mí. No sé si podré perdonar, pero creo que puedo olvidar.

Si es que tengo la oportunidad de hacerlo.

—Una época difícil —dice Rowan un tanto indeciso.

Me mira y yo asiento muy levemente con la cabeza, tratando de darle a entender que lo comprendo, que él solo estaba intentando ayudar. No creo que nadie pueda ayudar ahora a Derek: él está decidido a compartir su historia, a detallar su descenso a un estado en que la vida ya no merece ser vivida.

El periodista desvía la mirada hacia Cesca.

—Me sentía… inútil, ¿sabéis? No, no solamente inútil: insignificante.

Alice está otra vez con el móvil, aburrida por la historia.

—Decidí que cogería el vuelo de todas formas e iría a visitar a mi hermano a Sídney, y que luego me encerraría en una habitación de hotel con todo el alcohol y todas las pastillas que fuera capaz de tomar, y que ahí se acabaría todo. Es raro, pero tenía muchas ganas de que llegara el momento.

—Y ahora… —Aunque no alcanzo a terminar la frase, él asiente con la cabeza, con una sonrisa amarga en las comisuras de los labios.

—Irónico, ¿verdad? Supongo que ver tan de cerca la muerte te aclara bastante las ideas. Resulta que ese plan no me hace tanta ilusión después de todo.

—Ni a ti ni a nadie —digo en tono sombrío. Me levanto del suelo, miro hacia Ganges y a Zambeze, y levanto la voz para asegurarme de que me oigan —. No sabíais nada, ¿verdad? No sabíais que ella tramaba esto.

Ganges mira de reojo hacia la cabina de control y después hacia Níger, quien se protege con las dos manos de un pasajero que ha salido medio trepando de su asiento y ha intentado recorrer el pasillo: sigue cumpliendo con su cometido, a pesar de este giro de los acontecimientos. Los han radicalizado, descubro, y con tanto éxito que incluso en estos momentos se resisten a dejar de obedecer las órdenes de Missouri.

Veo que Paul Talbot deja a Lachlan en brazos de su mujer y le señala la butaca vacía, para que se dé prisa, pero antes de que Leah haya podido mover un dedo, Jason Poke se abalanza sobre el asiento, se pone el cinturón y adopta la postura de emergencia.

—Tenemos que hacer algo —digo, tanto para mí misma como para el resto.

—¿Hacer qué? —Quien me grita la pregunta con la boca torcida por el miedo es un pasajero de primera fila—. ¡No podemos hacer nada!

Ganges da un paso hacia atrás y otro hacia delante. No sabe qué hacer ni adónde ir ahora que su líder no está. Parece que ha llegado nuestra oportunidad. Me vuelvo hacia Cesca y los demás.

—Tenemos que entrar en el puesto de pilotaje.

—Pero los explosivos… —comienza Rowan—. En el instante en que nos acerquemos, ella… —Cierra los dedos formando una bola y luego los abre de golpe, representando una repentina explosión.

—Si no lo hacemos —interviene Derek—, estrellará el avión en la Ópera.

La mujer embarazada nos está escuchando.

—Hagamos lo que hagamos, estamos jodidos —dice.

—Si detona la bomba ahora… —trago saliva, casi incapaz de expresar lo que estoy pensando—, moriremos solo nosotros. El avión estallará en pedazos, y sí, tal vez haya alguna que otra baja en tierra, pero tal vez no. En cambio, si la dejamos hacer, podemos estar seguros de que morirá todavía más gente.

—Mina tiene razón. —Cesca se pone de pie—. Hay miles de inocentes de camino a la Ópera de Sídney ahora mismo. No podemos permitir que…

—¿Y qué pasa con los inocentes a bordo de este avión? —replica una voz procedente de la otra punta de la cabina.

Varios pasajeros la secundan a voces, gritando enfadados desde ambos lados. Rowan me mira y se le acentúan dos arrugas en el entrecejo.

—Piensas que deberíamos rendirnos —le digo.

Cierra los ojos un segundo, como queriendo sacar fuerzas de su interior. Cuando vuelve a abrirlos, están ensombrecidos por la desesperanza.

—No. Pienso que ya hemos perdido.

Detrás de nosotros, una mujer con una blusa rosa se levanta del asiento, como si estuviera a punto de ofrecérselo a otra persona. Me preparo para oír más gritos y más discusiones, pero cuando observo con más atención me tranquilizo un poco: es la doctora que ha acudido cuando hemos pedido asistencia médica. Apoya la mano en el respaldo del asiento de delante, como un predicador en el púlpito. Me pregunto cómo se sentirá uno al verse incapaz de salvar la vida a alguien, si la estará atormentando o si ya habrá visto tantas muertes que estará insensibilizada.

—¡Tanto hablar, tanto hablar! —Tiene la cara arrugada por la irritación. Se hace el silencio en la cabina. Recuerdo lo reticente que se mostraba a hablar conmigo, el rubor que me ha subido a la cara cuando le he pedido perdón por haberla molestado—. Que si hay que entrar a la fuerza en la sala de mandos, que si tenemos que quedarnos aquí… —Habla con tono quejica, imitando con crueldad nuestras maquinaciones. De pronto me invade una sensación incómoda—. Hacedlo y punto. Nos va a estrellar de todos modos.

—¡Para ti es fácil decirlo! —grita Jamie Crawford varios asientos más lejos—. Tú no has visto el chaleco bomba que llevaba. Va hasta arriba de explosivos.

La doctora levanta la cara al techo y suelta una carcajada. El sonido es demencial y poco a poco caigo en la verdad. La presencia de una doctora a bordo me ha tranquilizado; creía que ella nos ayudaría a salvar a la gente, a proteger a los heridos y a hacer lo que pudiera con los moribundos.

—¿Tenéis idea de lo que cuesta subir explosivos a un avión? —continúa.

Me miro el reloj de pulsera: faltan dos horas para aterrizar en Sídney, según el horario previsto. Todos en la cabina miran a la doctora, esperando un plan, algo que nos salve.

—Es falsa, idiotas —dice—. No tenemos explosivos: son solo cables y bolsas de plástico. No hay ninguna bomba.

«No tenemos explosivos».

Es una de ellos.

No hay tiempo para pensar en lo que eso implica, en quién más podría estar todavía sentado entre nosotros, ocultando la verdad.

La bomba de Missouri es una farsa.

Si conseguimos acceder a la cabina de control, podremos someterla y Cesca podrá realizar el descenso sin incidentes.

Todavía tenemos una oportunidad.

Todavía puedo cumplir la promesa que le hice a Sophia.