Sin elección
13. A once horas de Sídney. Mina
13
A once horas de Sídney
Mina
El pasajero tiene la cara amarillenta y empapada en sudor. La doctora —una mujer de turista con una coleta impecable y unos pendientes de botón con forma de herradura—, levanta la vista del cuerpo y se queda en cuclillas.
—Lo siento.
A mi lado, Carmel emite un sonido que está entre un jadeo y un sollozo. La rodeo con el brazo, tanto para tranquilizarme a mí misma como para consolarla a ella, porque de repente noto como que mis piernas no me pertenecen. La noticia viaja por la cabina en un susurro atónito, y los pasajeros que se habían levantado de sus asientos para observar con descaro la escena vuelven a hundirse en ellos poco a poco. Veo que Alice Davanti alarga el cuello en la otra punta del pasillo. Se da cuenta de que la estoy mirando y vuelve a sentarse, guardándose un móvil en el bolsillo. ¿En serio estaba haciendo una foto?
—¿Qué cree que ha pasado? —Soy incapaz de apartar la vista del cadáver que tengo delante, de esos ojos inmóviles e inexpresivos, de la pálida piel de ese pecho descubierto.
La doctora retira las palas del desfibrilador y le abotona la camisa con delicadeza.
—Algún tipo de ataque; es probable que un infarto.
—Ha dicho que no se encontraba muy bien.
Todo el mundo se da la vuelta: un hombre alto con gafas y una barba perfectamente recortada está de pie delante de su asiento. Lleva una sudadera de color gris y no para de tirarse de la manga, como si lo incomodara haberse convertido de pronto en el centro de atención.
—Antes, cuando hacíamos cola para el lavabo, se llevaba la mano al pecho. Ha dicho que era un poco de indigestión.
—Le estaba dando al oporto como si fuese agua.
En el otro extremo de la cabina, junto a la entrada del bar, está el futbolista Jamie Crawford, sin un ápice de la incomodidad del otro pasajero. No sabría decir en qué equipo jugaba aunque me fuera la vida en ello, pero, gracias a las revistas del corazón de la peluquería y a mi extraordinaria memoria para los datos inútiles, lo que sé es que se retiró a los treinta y cuatro, tiene una casa en Cheshire con nueve dormitorios y, milagrosamente, sigue con su esposa, Caroline, pese a haberse cepillado a más de una girl band. Van los dos en chándal: el de él es gris y el de ella, de color salmón, con la palabra AMOR destacada en brillantitos en el pecho.
—Y se ha metido dos pasteles de esos de nata —añade ella.
—Ya. Gracias. —De pronto siento el impulso de defender a ese pobre hombre tirado en el suelo, cuyas decisiones personales están siendo desmenuzadas por ese par de completos desconocidos—. A ver, escúchenme todos: ¿creen que podrían dejarnos un poco de espacio? —Jamie y Caroline regresan sin prisas al bar, y yo me dirijo a Carmel—: ¿Estás bien? —Ella asiente con la cabeza, insegura—. Avisaré a los pilotos.
Cruzo los escasos metros de pasillo que nos separan de la galera y cojo la lista de pasajeros: constato que el nombre del muerto es Roger Kirkwood. Me voy a la cabina de control, tecleo el código de acceso y espero unos segundos a que los pilotos comprueben las cámaras, las cuales les demostrarán que estoy sola. La puerta se desbloquea con un zumbido, y de repente me invaden todas esas emociones contradictorias que me asaltan siempre que entro en una cabina de pilotaje. El cuadro de mando se extiende no solo delante de los dos asientos, sino también entre ellos: monitores que indican altitud, velocidad, combustible, etcétera. En el techo, un gran despliegue de botones reduce aún más el escaso espacio disponible; solo la vasta y resplandeciente blancura del exterior evita que uno sienta claustrofobia.
Yo podría haber estado ahí sentada. A la derecha, como copiloto, o tal vez algún día en el asiento del comandante. Yo podría haber sido la que desfilara por el aeropuerto al frente de la tripulación, la que comunicara al equipo sus instrucciones al principio de cada vuelo. Yo habría dado la bienvenida a los pasajeros al llegar a su destino y habría salido a pasearme entre los asientos en pleno vuelo, como el chef de un restaurante con estrellas Michelin. Podría haber sentido bajo las manos, durante el despegue de un B777, esa extraordinaria explosión de energía.
Y sin embargo…
La manera en que me zumban los oídos me dice que estoy lejos de haberlo superado. Puedo mantenerlo a raya si respiro despacio, si aparto la vista de los controles, si me concentro en mi trabajo, pero el miedo sigue ahí.
Ben está bostezando con la boca tan abierta que se le ven las amígdalas; la cierra cuando le digo lo que acaba de pasar.
Louis estaba haciendo anotaciones en el plan de vuelo.
—Menuda cagada. —Levanta la vista hacia Ben—. ¿Qué quieres hacer?
—¿Ahora mismo? Ponerme cómodo, tomarme unas cervezas e irme a dormir a mi cama. Pero, dado que es imposible, me encantaría que este vuelo transcurriera sin contratiempos.
—Un poco tarde para eso.
Ben se vuelve hacia mí.
—¿El muerto iba en clase ejecutiva?
—Sí.
—¿Viajaba solo?
Asiento con la cabeza.
Ben tamborilea en el muslo.
—Déjalo.
—¿Estás seguro?
—Estamos entre la espada y la pared, ¿sí o no? Dindar se pondrá hecho un basilisco si se entera de que hemos abortado su preciado viaje inaugural. Asegúrate de que su butaca tiene puesta la mampara; luego lo sientas, lo tapas y bajas un pelín la calefacción.
Sonríe con malicia y yo me trago la bilis que me causa lo que está dando a entender con sus palabras. Todavía nos quedan más de diez horas para llegar a Sídney.
El protocolo para los pasajeros muertos es de esos apartados de los manuales de instrucción que uno se limita a ojear, dando por hecho que las probabilidades de necesitar esa información son más bien escasas. Pero los aviones son ciudades suspendidas en el aire y, en las ciudades, la gente vive y muere. El caballero del asiento 1J no será declarado difunto legalmente hasta que aterricemos y, hasta entonces, nosotros tenemos para con él la misma responsabilidad que para con el resto de los pasajeros: la de cuidarlo.
Roger Kirkwood pesa más de lo que parece humanamente posible. Carmel y yo lo cogemos cada una de una pierna, y Erik y Hassan lo levantan por los hombros. Juntos lo arrastramos hasta su butaca y lo aupamos para sentarlo. Carmel se esfuerza por no llorar.
—Yo lo tapo —digo—. Vosotros id a echar un ojo a los pasajeros, aseguraos de que estén todos bien. Algunos tienen pinta de necesitar un té con mucho azúcar, o un brandy incluso. A mí, desde luego, no me vendría mal. — En el suelo del pasillo hay una copa; se le ha caído al pasajero al desplomarse. El suelo está salpicado de una mancha color rojo sangre. Recojo la copa: queda una gota de líquido en el fondo, pero contiene algo más: un residuo arenoso, como cuando te desaparece una galleta dentro de una taza de té. La olisqueo, pero solo huelo a oporto.
Poco después de que empezase a trabajar para World Airlines, una mujer se quedó dormida en un vuelo de corta distancia a Barcelona y no se despertó. El avión iba lleno, y no había sitio al que trasladarla, por lo que se quedó donde estaba, con el cinturón abrochado y cogida de la mano de su hija, hasta que aterrizamos. Los desvíos de emergencia no son raros, sobre todo cuando aún cabe la posibilidad de salvar la vida a alguien, pero he oído historias sobre cadáveres tumbados a lo ancho de tres asientos, e incluso en el suelo de la galera. Una leyenda urbana que la gente se regodeaba en compartir cuando yo estaba en la academia de aviación hablaba de la desafortunada tripulación que guardó un cadáver en el lavabo solo para luego descubrir que había quedado atrapado dentro con el rigor mortis.
Me entra un escalofrío cuando le estiro las piernas al señor Kirkwood. Alguien —tal vez la doctora— le ha cerrado los ojos mientras yo hablaba con Ben y con Louis, pero aún tiene la boca abierta, con la lengua hinchada colgándole a un lado entre los labios azulados. Lleva una alianza: la carne hinchada del dedo se desborda alrededor y sujeta el oro en su sitio. Su pariente más cercano no recibirá ninguna notificación hasta que se declare oficialmente el fallecimiento; me pregunto si su esposa fue a decirle adiós al aeropuerto o si estará esperando en Sídney para darle la bienvenida a su hogar.
Kirkwood no había usado la manta, así que la saco del plástico y le cubro las piernas con ella; lleva la chaqueta hecha un higo, y se la pongo bien, como si las arrugas pudieran molestarlo. Le saco la cartera que lleva en el bolsillo izquierdo para guardarla a buen recaudo, en la galera. Es raro que tengamos ladrones a bordo, y no puedo ni imaginarme a nadie tan desalmado como para robar a un cadáver pero, aun así, la guardaré en un lugar seguro. Es una billetera negra de cuero, un artículo caro pero sencillo. Cuando la abro, cae una fotografía: una imagen impresa en casa, en papel barato.
Alargo una mano para recuperar el equilibrio, aunque el avión apenas se mueve. No puede ser. Es una coincidencia, eso es todo: una similitud que debería desestimar.
Pero no. Conozco esa cara como si fuese la mía.
Es una foto de Sophia.