Sin elección

Clare Mackintosh · Capítulo 35 de 56

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Sin elección

33. A cinco horas de Sídney. Mina

33

A cinco horas de Sídney

Mina

 

Los gritos han dado paso a un silencio cargado de miedo e incredulidad. Derek Trespass ha hecho que todos los pasajeros se aparten de Carmel y se coloquen en el lado izquierdo de la cabina, bramando «¡Un poco de respeto!» al ver que nadie reaccionaba. Erik, Cesca y el hombre de la sudadera gris están ahora en el suelo del pasillo conmigo, con Carmel tumbada en medio.

—Ya sangra menos —dice Erik.

Los borbotones que nos han empapado a todos han perdido fuerza y uniformidad. El hombre de las gafas sigue ejerciendo presión en torno a la herida, y la sangre le resbala entre los dedos. El sacacorchos lo han cogido del bar: es una simple espiral de hierro con un mango de madera. Parece una barbaridad dejárselo ahí clavado, pero el agujero que quedaría si se lo quitásemos haría que la pérdida de sangre fuese aún mayor.

Se impone, pues, la decisión más lógica.

—No es que sangre menos —contesta Cesca, con tono lúgubre—, es que está dejando de sangrar.

Vemos como a Carmel se le escapa la vida del cuerpo: el ritmo de sus convulsiones desciende a medida que sus órganos van fallando y pierde el conocimiento. Se le quedan los ojos en blanco, y tiene la piel de alrededor azulada y cubierta de una humedad viscosa. Su rescatador le retira las manos de la garganta, se deja caer hacia atrás y se sienta sobre los talones. Se quita las gafas y se enjuga el sudor y la sangre que le cubren la frente; tiene la cara desfigurada por el horror.

Le pongo la mano en el brazo y se estremece, atrapado todavía en la pesadilla que acabamos de vivir.

—Has hecho todo lo que has podido.

—Podría haberle presionado más la herida o…

—Has hecho todo lo que has podido. —Con la última palabra se me quiebra la voz.

—Vaya una estúpida. —Igual que el resto, Missouri ha acabado regada por la sangre de Carmel, pero, a diferencia de nosotros, su expresión es impasible.

La miro fijamente.

—¿Cómo has podido?

—Esto es lo que pasa cuando se ignoran las instrucciones.

—¡No ha hecho nada malo, y la has matado!

—Yo no…

Me levanto con dificultad del suelo; sus excusas me están poniendo enferma.

—Eres un monstruo.

—¡Cállate, Mina, por el amor de Dios! —me suelta Erik.

Me encaro con él.

—¡Mira quién fue a hablar! Carmel estaba intentando detenerte, esto es todo… —Dejo la frase a medias: mi consciencia se resiste a dejar salir las palabras restantes. Esto no es culpa de Erik: toda la culpa es mía. Él lo sabe y yo, también.

El hombre de la barba continúa con la vista clavada en Carmel.

—¿Cómo se llama usted? —le pregunto con delicadeza.

Él, por un instante, me dirige una mirada inexpresiva; luego vuelve en sí con una sacudida.

—Me llamo Rowan. Deberíamos moverla de aquí. No podemos dejarla así, en el suelo; no está bien. —Pestañea rápidamente y trata sin éxito de limpiarse las gafas en la sudadera antes de volver a ponérselas.

Cesca se vuelve hacia la puerta que conduce al área de descanso de los pilotos.

—¿Y si…?

—La pondremos en un asiento —concluyo yo al instante.

Por su seguridad, más vale que Ben y Louis se queden donde están, y la otra mitad de la tripulación, también. ¿Para qué arriesgarnos a que les hagan daño cuando aún cabe la posibilidad de que aterricemos sanos y salvos? A los pilotos todavía les queda una hora para tener que bajar a cabina, pero, de pronto, me percato de que la tripulación de cabina de relevo debería haber empezado su turno hace una hora. ¿Dónde están? No hay transmisión de sonido entre la cabina de pasaje y la sala de las literas, pero ¿podría ser que uno de ellos hubiese bajado a por algo de beber? ¿Que hubiera abierto la puerta, solo una rendija, y hubiera visto lo que sucedía? Me los imagino resguardándose en la habitación, cerrando la puerta, concibiendo un plan.

Cesca no tarda en entender por dónde voy.

—Sí, hagámoslo así.

—Podemos ponerla en el mío —dice Rowan. Señala una butaca cuya pantalla reproduce una película en silencio—. Algo me dice que no voy a ver el final.

Cesca pulsa el botón para desplegar el asiento y convertirlo en una cama y, entre todos, levantamos a Carmel del suelo y la llevamos hasta allí. La arropo con una manta mientras contengo las lágrimas.

«Lo siento mucho, Carmel. Lo siento muchísimo».

Si pudiera retroceder en el tiempo, ¿qué haría? Sabiendo toda la sangre que iba a derramarse, ¿habría abierto esa puerta? Poso la mano sobre el cuerpo aún caliente de Carmel y, durante un horrible instante, hago el esfuerzo de imaginarme a Sophia yaciendo ahí en su lugar; entonces sé, sin atisbo de duda, que volvería a hacer lo mismo.

Cualquier madre lo haría.

La atmósfera de la cabina ha cambiado: los pasajeros se apiñan en grupos aterrorizados; ya no están en sus asientos, sino amontonados en un lado de la cabina, adonde los ha guiado Derek. Entreveo una figura en la otra punta del bar: está vigilando la cabina trasera igual que Missouri y Zambeze vigilan la de clase ejecutiva, ahora que han recuperado sus puestos al frente del pasillo. Tanta coordinación hace que me entre un escalofrío: esa gente debe de llevar meses planeando esto; ¿qué esperanzas tenemos de derrotarlos? El bullicio de la clase ejecutiva ha cesado; espero que la tripulación esté cooperando, espero que se den cuenta de lo que podría ocurrir si no lo hacen. Me limpio las manos en la falda, y me quedan manchas oscuras de sangre por toda la tela.

Avanzo a través de la cabina. Tengo que asegurarme de que Sophia se encuentra a salvo, de que todo esto no ha sido en vano. Missouri levanta el brazo cuando me acerco: el detonador de plástico resulta visible en su puño. El pánico me revolotea en la garganta, pero sigo adelante: tengo que saberlo.

Cuando me encuentro lo bastante cerca para hablarle sin que me oiga el resto, me detengo y le enseño las palmas de las manos para demostrarle que no soy una amenaza.

—¿Dónde está mi hija?

Nada.

—Me prometisteis que estaría a salvo si hacía lo que vosotros queríais. Por favor… —Se me atragantan las palabras, pero insisto—. Por favor, ¿está bien? ¿Le han hecho daño? —Lucho por reprimir el llanto; no quiero mostrar más debilidad de la cuenta. Missouri continúa sin contestar; a juzgar por su cara, apenas registra lo que ha escuchado. La ira me crece por dentro—. Me lo prometisteis. ¡He hecho exactamente lo que me pedíais!

—Qué maleducada soy. —Una sonrisa cruel le atraviesa el rostro y levanta la voz para hablar, y sus palabras resuenan por toda la cabina—. Aún no te he dado las gracias por hacer posible este secuestro.

—¿Cómo? —dice una voz estridente: proviene de Jason Poke.

—Mina nos ha ayudado muchísimo. No podríamos habernos hecho con el control del avión sin su colaboración.

—¡No jodas que eres uno de ellos!

—No, yo…

—¡Lo sabía! —exclama Jamie Crawford—. Caz, ¿no te decía yo que le veía algo raro? Zorra asquerosa. Aparte, ¿de dónde eres? Tú no eres inglesa.

—¿Y eso qué tiene que ver? —interviene Derek Trespass.

—Parece musulmana, eso es lo que tiene que ver, y estando como estamos en mitad de un puto atentado terrorista yo diría que es bastante relevante, ¿no crees?

—Son activistas medioambientales, no yihadistas, imbécil.

—Las bombas explotan igual, da igual de dónde vengas, y ya te digo yo que esa tía es una puta terrorista. —Me apunta violentamente con el dedo y pego un respingo pese a que nos separan unas cuantas filas de asientos.

No es la primera vez que me convierto en foco de sospechas. Una vez volaba de vuelta desde Dubái, con la tensión por las nubes después de que hubiera habido una amenaza de bomba en Qatar la semana anterior. En la vuelta, tuvimos que retrasar el despegue y había un grupo de jóvenes a bordo que ya empezaban a estar medio borrachos. Dos horas después, iban como cubas. Los oía picarse entre sí y, cada vez que pasaba junto a ellos, sus pullas iban subiendo de tono.

—Allahu akbar!

—¿Cuál es la diferencia entre un terrorista y una mujer con la regla? Que con el terrorista se puede negociar.

—Ven, cariño. Si tocas lo que tengo en los pantalones, también explota.

Los arrestaron en Heathrow por infringir la Ley Antiterrorista. Me obligué a mirarlos a los ojos mientras los escoltaban fuera del avión, pese a que me temblaban tanto las piernas que tuve que apoyarme en la pared.

—¡Solo era una broma, hostias! —dijo uno entre bufidos al pasar.

Había bastantes pasajeros indignados y con suficientes grabaciones en el móvil para que sus abogados les convencieran de que se declarasen culpables, lo cual me ahorró el mal trago de comparecer para aportar mi testimonio. Le dije al jefe que me encontraba bien, pero aquel incidente me tuvo meses en vilo, y el odio que ahora veo en los ojos del futbolista me lleva directa de vuelta a él.

—¿Y tú qué? —Crawford se gira hacia el hombre de aspecto árabe del asiento 6J, que al instante abre los ojos de puro terror—. ¿Tú también eres uno de ellos?

—¡Jamie! —A la voz horrorizada de Caroline la siguen los gritos ahogados de varios de los pasajeros que tengo alrededor—. No seas tan racista.

El pasajero del 6J deja caer la cabeza entre las manos. Noto una punzada de vergüenza por haber desconfiado de él cuando me decía que le daba miedo volar. Seguro que ninguna de las catástrofes que ese hombre haya podido presagiar era tan tremenda como la pura realidad.

—No creo que la culpa la tengamos nosotros. —Crawford está que se sale. Mira alrededor en busca apoyo y me alivia constatar que no encuentra demasiado. Casi todos le rehúyen la mirada y bajan la vista al suelo—. Siempre sois los de fuera, ¿no?

—¿«Los de fuera»? —replica Derek Trespass—. Cuidado con lo que dices.

—A mí me importa un carajo que sea musulmana, hindú o testigo de Jehová —dice la mujer que iba a pasar las Navidades con su amiga moribunda—. Pero si ella —me señala con el dedo— los ha ayudado, entonces es uno de ellos, simple y llanamente.

—Tenían amenazada a mi hija —les explico, tratando de no perder la compostura—. Me han dicho que le harían daño si no les obedecía.

—¿Y mi hijo qué? —grita Leah Talbot desde la otra punta de la cabina. Todo el mundo se vuelve en su dirección. Las lágrimas le resbalan por la cara mientras continúa hablando de forma entrecortada a causa de los sollozos—. ¿Sabes cuánto tiempo llevaba esperando para ser madre? Once años. Once años de abortos involuntarios, de tratamientos de fertilidad, de que nos dijeran que no reuníamos los requisitos para adoptar. —Arranca a su bebé de los brazos de Paul y lo levanta para que se vea bien—. ¿Acaso la vida de Lachlan da igual? ¿Qué le hace menos importante que tu hija?

Paul se acerca a su mujer y a su hijo, y los abraza mientras Leah rompe a llorar hasta que se le retuerce todo el cuerpo a causa del llanto. Yo empiezo a temblar al recordar mi desesperación por querer ser madre, el dolor que cada mes sentía en las entrañas y que hallaba su reflejo en mi corazón.

—¡Todas las vidas importan! —Lady Barrow se ha puesto de pie y, a pesar de su minúscula estatura, su presencia impone—. Todos nuestros hijos importan lo mismo. Estoy convencida de que cualquiera de ustedes habría hecho lo que fuera que haya hecho esta joven si hubiese sido la vida de sus hijos lo que hubiera estado en juego. —En cualquier otra situación, quizá me habría hecho reír que me llamaran «joven», pero ahora guardo silencio mientras Pat reprime con cuatro gritos el rumor de superioridad moral que se ha levantado a raíz de su comentario—. ¡A callar! ¡A callar, háganme el favor! Yo, al menos, no quiero pasarme peleando las horas que me quedan de… —vacila un segundo antes de terminar con la palabra «vida» y rectifica en el último momento—: de vuelo.

La cabina se queda en silencio. Hasta ahora, Missouri no ha dejado de observar la escena con una sonrisita en los labios. Siento una repugnancia profunda al darme cuenta de que se lo está pasando en grande. Quizá incluso lo tenía planeado: quería ver cómo nos volvíamos unos contra otros en lugar de rebelarnos contra ellos.

—¿El hombre que tenéis ahí dentro —Alice Davanti señala la cabina de control, dirigiéndose a Missouri— está cualificado como piloto?

—¿Crees que pondríamos en riesgo nuestra propia misión? Sabe pilotar un avión.

—No es lo mismo.

El miedo atraviesa la cabina como un incendio, un murmullo que va cobrando volumen a medida que la histeria colectiva crece con las peores perspectivas posibles.

—Amazonas es un piloto muy dotado: nos va a llevar a nuestro destino sin ningún contratiempo, siempre y cuando sigáis nuestras instrucciones. Si no lo hacéis… —Missouri apunta con la mirada al cadáver de Carmel y se propaga un terror contenido.

Varias pantallas de televisión continúan encendidas; hay cables de auriculares abandonados sobre asientos vacíos. Veo que un furioso Zac Efron articula palabras inaudibles frente a una mujer tan enfadada y muda como él. Poco a poco, vuelven a formarse pequeños grupos de pasajeros que se consuelan los unos a los otros o intercambian suspiros convulsos. Ahora que el foco de atención se está desviando lejos de Missouri y de mí, retomo mi petición, con un tono de voz suplicante que me resulta odioso incluso a mí.

—Por favor, solo dime si está bien.

Missouri suelta un suspiro, como si yo fuera un incordio.

—Ese tema no lo llevo yo.

—Pero ¡me lo habéis prometido!

«Me lo habéis prometido». Como si hablásemos de un helado o de una bici nueva. Nunca debería haberlos creído: son terroristas, criminales. Cierro los puños y Cesca me apoya una mano en el brazo, como si intuyera lo que quizá estoy a punto de hacer.

—¿Podemos repartir algo de agua? —le pregunta a Missouri—. A lo mejor ayuda a que los pasajeros se calmen.

Missouri pondera su decisión unos instantes.

—Vale, pero rapidito. Y no intentéis hacer nada. —Alzando la voz, envía a Erik y a Rowan al otro lado de la cabina; el pasillo queda despejado y ella se dirige hacia la parte central del avión.

Cesca me suelta del brazo.

—A tu hija no le va a pasar nada —me dice con dulzura, y aunque ella no tenga manera de saberlo, eso me calma lo suficiente para dar un paso atrás.

La respiración se me estabiliza, y parpadeo para quitarme las lágrimas que se me habían acumulado en los ojos.

Debo conservar la calma; necesito concentrarme.

He hecho todo lo que he podido para salvar a mi hija; ahora nos toca salvarnos a nosotros mismos.

Le prometí a Sophia que siempre volvería a su lado.

Sea como sea, tengo que encontrar el modo de cumplir esa promesa.