Sin elección
36. A cuatro horas de Sídney. Mina
36
A cuatro horas de Sídney
Mina
Mientras Cesca y yo vamos de un lado a otro de la galera, llenando jarras de agua, echo un vistazo a la puerta de la cabina de control: ¿qué estará pasando ahí dentro? No hay nada que indique que ya no estamos en manos de un piloto experimentado, y me pregunto si es porque el hombre al que han llamado Amazonas sabe lo que se hace o porque aún estamos en piloto automático.
¿Es posible que Mike siga vivo?
Me estoy agarrando a un clavo ardiendo, lo sé, pero, si sigue vivo — noqueado, atado, pero vivo—, entonces debo enmendar mis errores por él. Debo encontrar una forma de darle la vuelta a la situación. Desde donde estoy no puedo ver a Missouri, pero la rubia —Zambeze— me está observando; va alternando la mirada entre los pasajeros de la cabina, Cesca y yo. No mide más de metro sesenta y cinco, y es delgadita, pero su postura es la de un boxeador, y su cara no muestra ni un solo indicio de nerviosismo; al contrario: exhibe una sonrisita, como diciendo: «Venga, vamos, venid a enseñarme de qué pasta estáis hechos».
El patilargo del asiento 2D se levanta y se estira, como si estuviera a punto de ir a dar un paseo en lugar de secuestrar un avión. Camina hasta la galera y se apoya en la puerta de la cabina de control, contemplando la escena. Saluda a la rubia inclinando la cabeza.
—Yangtsé. —Las comisuras de los labios le tiemblan mientras la escudriña de arriba abajo—. Una mujer, ¿eh?
—No jodas.
La contestación ha sido cortante. Le lanzo una mirada a Cesca, intentando encontrar el sentido a la conversación, pero ella está igual de confundida que yo. Trato de ver si el larguirucho oculta algún explosivo: lleva una camiseta, y no tiene ni cables ni bultos en el pecho. Se da cuenta de que lo estoy mirando y arquea una ceja con un gesto insinuante. Desvío la vista antes de que advierta mi cara de repugnancia.
—Nada de cristales.
Zambeze hace un gesto hacia Cesca, que estaba cargando una bandeja de copas bajas, de las que damos a los pasajeros de clase ejecutiva. Sin mediar palabra, Cesca vuelve a guardarlas en el armarito de la galera y se hace con una pila de vasitos de cartón. Yo me pongo a abrir cajones con una lentitud deliberada: mis manos van sacando botellas de agua y bolsas de galletitas saladas, mientras mi mente recorre todos y cada uno de los rincones de la galera para dar con algo que podamos utilizar como arma. Comida y bebida, un horno, una máquina de café, las vitrinas frigoríficas… nada que pueda coger y usar fácilmente.
Si pudiera romper algún cristal, me escondería un trozo en alguna parte, pero ¿cómo voy a hacerlo con ese par vigilándonos? En uno de los armaritos hay copas de oporto, con unos tallos delgados que se partirían con facilidad y sin hacer ruido. ¿Se notaría mucho si me dejara caer uno dentro del bolsillo de la chaqueta? Con una mano, me quito los guantes de algodón que a Dindar le gusta que nos pongamos para servir la comida.
—Espabilad.
Cierro los dedos, todavía pringados de la sangre de Carmel, alrededor de la nota que me he encontrado con la galleta de Sophia. Querría sacármela del bolsillo, pero no soporto la idea de que los secuestradores me la quiten y deshagan este frágil vínculo entre mi hija y yo.
«Para mi mamá».
Me aprieto la nota contra la cadera con la palma de la mano y recuerdo cómo era sentir el peso de Sophia cuando era muy pequeña y la sacaba del coche, medio dormida, y la llevaba en brazos, con una pierna colgándole a cada lado y la cabeza rebotándome suavemente en el pecho. Dejo escapar un lento suspiro.
«Pienso volver a tu lado, Sophia».
Me lo voy repitiendo mientras avanzo junto a Cesca por la cabina, sirviendo el agua bajo la atenta mirada de los terroristas. «Pienso volver a tu lado». Con cada reiteración me voy convenciendo más de que es posible, de que soy lo bastante fuerte para sobrevivir a esto.
—¿Estás bien? —Es Rowan, el pasajero que nos ha echado una mano con Carmel. Se ha quitado la sudadera empapada de sangre y se ha puesto otra casi idéntica, de un gris un poco más oscuro—. Me han dejado sacarla del equipaje de mano. —Observa mi uniforme ensangrentado—. ¿Quieres que te traiga algo? Siempre llevo mudas de sobra por si mi maleta acaba desaparecida.
—No, gracias, no te preocupes. —Tener la ropa cubierta de sangre de Carmel es para mí como una penitencia merecida, como un recordatorio de lo que se ha perdido hasta ahora.
—Dudo que los demás lleven explosivos. —Cesca habla bajito, con los ojos fijos en la cabina de pasaje—. No veo que tengan nada en las manos.
Los secuestradores se pasean arriba y abajo por los pasillos, gritando a los pasajeros que pongan las manos donde puedan verlas. Los miro uno a uno con atención, fijándome en la manera en que agitan los brazos. Es imposible saber si ocultan algo debajo de la ropa, pero Cesca tiene razón: no llevan detonadores.
¿Podríamos reducir entre todos a Missouri y quitarle el suyo de la mano antes de que tenga ocasión de activarlo? Se me acelera el pulso y empieza a sudarme la frente. Las probabilidades de éxito son escasísimas, y si no lo consiguiéramos… Pienso en todas las veces que Adam ha derribado a criminales violentos y luego me lo ha contado como si no fuese nada: algún que otro puñetazo, alguna que otra jeringa, algún que otro cuchillo. Aunque no presuma de ello, es un valiente.
«Pienso volver a tu lado». Repito mi mantra silencioso, y esta vez Sophia no es la única en quien pienso.
Cuando Missouri reaparece en el pasillo, volvemos todos de golpe a la realidad; la visión de la pieza de plástico y los cables que lleva en la mano basta para doblegarnos.
—Os quiero ahora mismo en turista. Ya vale con esa agua. —Se vuelve hacia la cabina, da otra palmada con esa actitud desconcertantemente remilgada y grita de nuevo la orden—: Todo el mundo al fondo del avión. ¡Ya! —En la última palabra sube el volumen, lo que origina un barullo entre los aterrados pasajeros, que se dirigen al bar para cruzar hacia la cabina de turista.
—Cambio de planes —oigo que dice Missouri a Zambeze mientras pasamos junto a ellas—. Los quiero a todos más lejos de la acción.
En la zona del bar, nos dividen a bulto en dos grupos: a cada uno le mandan que se sitúe a un lado o al otro de la cabina de turista. A mí me empujan hacia el pasillo derecho junto con Cesca, Rowan y los dos periodistas. El hombre de aspecto árabe del asiento 6J está delante de nosotros, pero permanece inmóvil; tiene todos los músculos del cuerpo en tensión y, cuando pasamos en fila por su lado, noto un agrio olor a sudor rancio. Al fondo del avión veo al resto de la tripulación de servicio, apelotonados en el suelo. Al fondo, la puerta de la habitación de las literas continúa cerrada. ¿Se habrán dado cuenta de lo que está pasando y se habrán quedado escondidos?
—Al suelo. ¡Ya!
Nos dejamos caer entre las filas de asientos de la clase turista; la repentina falta de espacio hace que me sienta casi incapaz de respirar. Yo estoy al frente del pasillo; detrás tengo a Cesca, luego a Rowan, después a Derek Trespass y, en último lugar, a Alice Davanti.
—Las manos en la cabeza.
Cientos de pares de codos sobresalen al instante. Lachlan está chillando de nuevo, con esos aullidos ensordecedores de los bebés hambrientos. En el resto de la cabina, los sollozos ahogados se extienden como un reguero de pólvora.
El zancudo de Yangtsé sigue en la zona del bar. Cuando llega Missouri, le hace un gesto de reverencia burlona, juntando los pies con un taconazo.
—Aquí Yangtsé. ¡A mandar!
Ella apenas se inmuta.
—Has tardado lo tuyo.
—Me he imaginado que ya lo teníais todo controlado.
Missouri tuerce el gesto brevemente, como si estuviera tratando de decidir si eso la halaga o la molesta, y el extraño diálogo entre los dos secuestradores en la galera de clase ejecutiva de pronto cobra sentido.
«Una mujer, ¿eh?».
«No jodas».
—No se conocen entre ellos —le digo a Cesca—. Es la primera vez que se ven.
El hombre de aspecto árabe sigue ahí en medio, mirando con inquietud en todas las direcciones. Trato de establecer contacto visual con él para intentar hacerle ver que nos está poniendo a todos en peligro; entonces Missouri pega un bufido.
—Por el amor de Dios, Ganges, estate por lo que hay que estar.
«¿Ganges?».
El hombre asiente con la cabeza y se planta con firmeza en mitad del espacio que queda libre, con los ojos fijos en la otra punta de la cabina. Un escalofrío me recorre el cuerpo mientras pienso en cómo he ignorado mis sospechas, en cómo me he sentido culpable por tenerlas.
Missouri repite sus instrucciones a un hombre que está al otro lado de la cabina.
—Níger, ocúpate del pasillo.
«Ganges». «Níger».
Son ríos, pienso, atando por fin los cabos sueltos. La cabecilla es Missouri, que está en el bar con Zambeze, la rubia, y Yangtsé, el de las piernas largas. Ganges es el chico cuyos pies están a solo unos centímetros de mis rodillas. Enclenque y de mediana estatura, Ganges tiene la piel fofa y enfermiza de quien está poco habituado a hacer ejercicio. Lleva unas gafas metálicas de varilla fina, y el cabello negro se le pone de punta solo, como si acabara de alborotárselo con la mano. Cambia de postura sin parar mientras se manosea los bolsillos, los botones, el cuello de la camisa; se rasca el cuello, se mordisquea los labios, lanza una ojeada hacia el pasillo y luego se fija de nuevo en los dos secuestradores que están en la parte posterior de la cabina. Al notar tal vez que lo estoy observando, baja la mirada. Trato de sonreírle y él se ruboriza, aparta inmediatamente la vista y vuelve a sus manoseos nerviosos. En el otro pasillo está el hombre al que Missouri se ha referido como Níger; apenas he alcanzado a entreverlo antes de que nos hicieran sentarnos en el suelo.
Me vuelvo hacia los demás y les susurro:
—He contado a seis en total, incluyendo el que pilota.
—¿Crees que puede haber más? —pregunta Derek.
Caigo en la cuenta de que es más joven de lo que yo pensaba, a pesar de la alopecia prematura y de las líneas de expresión que le surcan la frente.
—Todos los demás están con las manos en la cabeza. —Rowan yergue el torso para recorrer de punta a punta el pasillo con los ojos; todos los pasajeros están sentados, ya sea en las butacas o en el suelo, y reina una calma inquietante. Rowan dirige la vista hacia atrás, donde están los terroristas, y se estremece—. Y pensar que han estado entre nosotros todo este tiempo sin que lo supiéramos…
—Algunos sí lo sabían. —Alice Davanti mira en mi dirección, pero nadie le sigue el juego. Tenemos que idear un plan.
Poco después de que yo empezara a trabajar, World Airlines presentó un paquete de medidas formativas destinado a dotarnos de las habilidades necesarias para actuar en caso de secuestro aéreo. Impartida por un piloto retirado y experto en artes marciales, la clase tuvo lugar en el hangar de un campo de vuelo privado del condado de Gloucestershire, utilizando solo la parte delantera de un Boeing 747 desguazado. Nos pasamos la mañana tiritando bajo los abrigos, sentados en sillas de plástico junto al avión, mientras el instructor disertaba sobre psicología barata y técnicas de negociación. Después de la hora de comer, nos dividieron en dos grupos — personal de cabina y pasajeros— y nos presentaron a una compañía de actores que interpretarían al resto de los pasajeros y a los terroristas. Reconocí entre ellos a uno que salía en una telenovela de Channel 4 y a una mujer que el año anterior había protagonizado el anuncio navideño de unos grandes almacenes.
—La situación que estáis a punto de experimentar es lo más cercano posible a lo que os puede suceder en la vida real —aseguró el instructor—. Nadie os va a hacer daño físicamente, pero esta vivencia tal vez os resulte traumática desde el punto de vista psicológico. Si necesitáis abandonar la escena, dad la voz de alarma y pararemos.
Intercambiamos sonrisas nerviosas mientras cada uno de nosotros deseaba en privado no acabar siendo el que chafara la diversión al resto.
Pensé que nos sentiríamos como tontos. Que nos quedaríamos cortados. Que habría sobreactuación y respuestas guionizadas, y puede que al principio fuese un poco así. Los que hacíamos de personal de cabina nos subimos al avión los primeros, dimos la bienvenida a los pasajeros y comprobamos sus tarjetas de embarque. Hasta ahí, todo era una reproducción fiel de la realidad, para lograr la máxima autenticidad posible. Terminamos de explicar las instrucciones de seguridad, nos colocamos en los transportines y el avión «despegó». Por todo el vehículo se oían, a un volumen bajo, efectos de sonido y una vibración grave.
Entonces se oyó que se desactivaba la señal del cinturón de seguridad y, en un visto y no visto, estábamos fingiendo que servíamos las bebidas; el rumor de las conversaciones en los pasillos lo hacía todo muy creíble, por lo que la sorpresa fue aún mayor cuando se oyó el ruido atronador de un disparo, y un grito, y levanté la vista y vi a un hombre con pasamontañas y una pistola en la mano. Había otro poniéndole un cuchillo en el cuello a una mujer mientras la arrastraba hacia la puerta de la cabina de control, y un tercero que lanzó algo en el pasillo delante de donde estaba yo. Grité y me agaché detrás del carrito mientras una nube de humo brotaba de entre los asientos. El griterío aumentó y en ningún momento tuve tiempo de pensar: «Es solo un simulacro».
Me gustaría poder dar ahora la voz de alarma.
Los lloros de Lachlan cobran intensidad y un hombre en la parte de atrás, medio agachado como nosotros en el pasillo, grita que alguien haga el favor de «callar a ese puto bebé».
—¡Cállate tú! —le grita Paul Talbot en respuesta.
—Lleva horas y horas chillando. Vaya puta falta de respeto.
Es Doug, más sobrio ya, pero vociferando igual que antes. Su prometida se le arrima y le suplica que baje la voz, que no atraiga la atención hacia sí mismo.
—¿Cómo que falta de respeto? Estamos a punto de morir ¿y tú me hablas de civismo? —Paul suelta una risa sardónica.
—Ya no puedo más. —Doug se levanta del asiento y mira alrededor con los ojos desorbitados, como si estuviera decidido a tirarse al vacío en caso de poder llegar a una puerta.
—¡Las manos en la cabeza! —le grita el secuestrador del fondo del pasillo, pero él hace caso omiso.
Ginny tira de su prometido.
—¡Cariño, siéntate! Es la única forma de poder salir de esta.
—¿Salir de esta? No hay salida, Ginny, vamos a morir.
Los sollozos se multiplican a nuestro alrededor a medida que la histeria se propaga por toda la cabina. Quienes no están llorando están mirando a Doug y a Ginny, y me pregunto si podría ser nuestra oportunidad de escabullirnos de Missouri y colarnos en la cabina de control. Pero cuando la busco veo que se mantiene en su posición y que ese espectáculo secundario no la distrae lo más mínimo.
—No. —Ginny alza la cabeza, decidida a conservar el optimismo—. No vamos a morir. Llegaremos a Sídney y nos casaremos y…
—No puedo casarme contigo.
Se produce un silencio horripilante y, a pesar de todo lo que está ocurriendo, se me rompe el corazón al ver cómo se le descompone la cara a Ginny.
—¿Qué quieres decir?
Doug agacha la cabeza.
—Me dejé llevar… Todo pasó tan deprisa y tú estabas tan entusiasmada… No quería hacerte daño, pero…
Se detiene y a Ginny se le endurece la voz.
—Pero ¿qué?
—Que ya estoy casado. —Por cómo lo dice, parece que vaya a llorar, pero no hay rastro de compasión en ninguna de las caras que lo rodean.
—Hijo de puta —suelta alguien unas filas más atrás.
—Vaya don de la oportunidad… —dice Derek entre dientes.
Ginny rompe a llorar y una mujer que tiene al lado la estrecha entre sus brazos. Espero a que uno de los secuestradores le grite que vuelva a ponerse las manos en la cabeza, pero o les da lo mismo o no se han enterado de nada.
Levanto la vista hacia el secuestrador que está protegiendo la parte delantera de nuestro pasillo. Parece tan impactado por la confesión de Doug como la pobre Ginny, y me pregunto si eso habrá servido para demostrarle que también somos seres humanos, no solo rehenes. Consigo esbozar una sonrisa.
—¿Cómo te llamas?
—Ganges.
—Tu nombre de verdad.
—Eso a ti no te importa.
—Yo me llamo Mina. En realidad es Amina, pero todo el mundo me ha llamado siempre Mina. —Eso sí lo recuerdo del comentario que nos hicieron al terminar la escenificación: «Utilizad vuestro nombre todo lo que podáis. Dadles detalles de vuestra vida; haced que piensen en vosotros como en una persona de carne y hueso». Trato de sostenerle la mirada a Ganges, pero él aparta la vista—. ¿Podrías explicarnos lo que está pasando?
Ganges echa una ojeada al pasillo opuesto. Estoy demasiado cerca del suelo para ver qué está mirando, pero está claro que se siente desbordado.
—Cooperad, y no os haremos nada. —Tiene un acento levísimo, la entonación apenas perceptible de quien lleva más tiempo viviendo en su país de acogida que en su país de origen.
—¿De dónde eres?
—Eso tampoco te importa.
—¿Cómo es que no os conocíais de antes? —Me topo con un silencio granítico, pero insisto—. Pero ella sí que os conoce a vosotros, ¿verdad? Missouri. Eso no me parece justo. Ella os conoce a vosotros, pero a vosotros no se os permite…
—Lo único que conoce son nuestras posiciones —responde con un murmullo, no sin antes comprobar con una ojeada fugaz que Missouri no nos esté escuchando—. Sabe nuestros nombres por la posición que ocupamos.
—Ya veo. O sea que os conocéis solo de chatear por internet, ¿verdad?
Cesca avanza poco a poco hacia el espacio libre que queda a mi derecha.
—Aún no es tarde para echarte atrás. Lo sabes, ¿no? —se apresura a decir. «Te estás precipitando», pienso mientras me vuelvo hacia ella, tratando de darle a entender con la mirada que tiene que callarse, que yo estaba segura de que conseguiría algo—. Si tienes dudas, más te valdría ayudarnos a nosotros, y estoy segura de que la policía lo…
—¡Silencio! —Levanta un puño bien apretado y lo baja rápidamente antes de detenerlo a menos de un centímetro de la cara de Cesca.
«Te has precipitado».
—Consideradlo una advertencia.
Cesca recula y los otros se apiñan en torno a ella. Pero yo no he dejado de observar la cara de Ganges y he visto el levísimo gesto de alarma que la ha atravesado no cuando Cesca le hablaba, sino al levantar el puño: no se ha detenido porque quisiera advertirla sin más; se ha detenido porque es incapaz de hacer nada. «No tiene intención de hacernos daño».
Estamos demasiado cerca de Ganges para hablar de él; se lo indico a Cesca y a los demás, y comenzamos a abrir algo más de hueco. Derek se pone de rodillas y estira los músculos, con las manos todavía apoyadas obedientemente sobre la cabeza. Cuando vuelve a sentarse, ha retrocedido una fila de asientos respecto a su posición inicial. Alice espera hasta que Ganges desvía la vista —algo que hace cada pocos segundos, como si quisiera encontrar respuestas en algún otro lado de la cabina— y se desliza rápidamente hacia atrás para ocupar el espacio que ha dejado libre Trespass. Todos, despacio, vamos retrocediendo, y Ganges o no se entera o se siente aliviado de tenernos un poco más lejos.
A mi lado, en el asiento central de la tercera fila, una mujer embarazada solloza para sí, en voz baja.
—¿Estás bien? —le pregunto, aunque salta a la vista que no lo está, como ninguno de nosotros.
—Mi marido no quería que cogiera el avión. Pero él trabajaba estas Navidades, y no estaba previsto que el bebé naciera hasta dentro de seis semanas, y se me ocurrió que podía ser buena idea irme a casa con mi madre para que me cuidara un poco, ¿sabes? Y ahora…
No acaba la frase. Ni falta que hace. Me pregunto si su marido estará al tanto, o alguna de nuestras familias. A menos que el piloto de Missouri tenga el dominio suficiente para mantener abiertas las comunicaciones con los controladores, habrá bastado alrededor de media hora para que alguien se haya dado cuenta de que estamos fuera de contacto. Puede que ya esté en las noticias. Me imagino a Adam en el comedor, pegado a la pantalla de la tele; me imagino a los periodistas en el aeropuerto, frente a un mar de gente de vacaciones, incongruente con la solemnidad de la noticia.
—Lo siento mucho.
—No es culpa tuya, sino suya. —Dirige esta última frase hacia el bar, donde se ve a Missouri hablando con el resto de los terroristas—. Están como cabras. ¡Y por el cambio climático, encima! ¡Madre de Dios! Mira que hay motivos tontos, pero es que este…
—El cambio climático no existe. Lo sabéis, ¿no? —El hombre del asiento de al lado se inclina hacia delante—. Se ha demostrado que es falso. Es solo un ciclo de la naturaleza; dales cien años más y se estarán quejando de que vamos de camino a una nueva edad de hielo.
—¿Dé qué va? ¿Qué es esto, una liga de debate? ¡Que esto es algo muy serio!
—Trate de no alterarse —le dice el otro—. Las subidas de tensión no son buenas para el bebé.
La embarazada se queda mirándolo.
—¿Cuántas veces se ha quedado usted embarazado?
—Bueno, personalmente ninguna, claro, pero…
—Entonces métase la lengua por el culo. —Se levanta del asiento y avanza arrastrando los pies hasta el pasillo.
Yo también me incorporo parcialmente al ver que se acerca a Ganges, dudando de si eso va a sernos de ayuda o va a empeorar la situación.
—Tengo que ir a hacer pis.
—Tendrás que aguantarte. A sentarse.
—Tengo casi tres kilos de bebé presionándome la vejiga; no le pidas a mi suelo pélvico que aguante nada.
Ganges se pone como un tomate. Retrocede hasta el bar, sin quitarle los ojos de encima a la mujer, y le comenta algo a Missouri por lo bajo. Ella pone los ojos en blanco y sale a la cabina, agarra a la mujer por una manga y la empuja hacia el interior de uno de los lavabos. Missouri se queda delante de la puerta y veo que un hombre de la primera fila desvía la mirada para darle a la pobre mujer algo de privacidad.
Yo me vuelvo hacia los demás: la distracción nos ha dejado unos instantes para hablar.
—Tenemos que hacer algo.
—¿Algo como qué? —pregunta Rowan.
—Tenemos que entrar a la fuerza en la cabina.
—¿Cómo? —Derek se ríe—. ¿Cinco de nosotros contra seis terroristas, al menos uno de los cuales lleva un chaleco bomba? ¡Y a saber cuántos más hay a bordo!
—Derek tiene razón. —Alice me mira desesperada—. Aunque esquivásemos a Missouri y a los demás, ¿de qué serviría? La puerta de la cabina de control está bloqueada, ¿no?
—Hay un código de acceso para casos de emergencia —dice Cesca—. Sirve para anular cualquier tipo de bloqueo.
Miramos todos en dirección a la cabina de control, y yo, impulsándome, me pongo de rodillas para ver mejor: hay unos tres metros entre nosotros y el bar, detrás de Ganges, desde donde Missouri supervisa a su cuadrilla. El trecho desde allí hasta la puerta de la cabina del piloto equivale al largo de una pista de tenis. ¿Hasta dónde llegaríamos antes de que Missouri pulsara el botón?
Ganges echa otro vistazo a su cómplice del otro extremo de la cabina. Yo le sigo la mirada. Me incorporo poco a poco para poder ver por encima de los asientos centrales. Me duelen los brazos, así que junto los dedos y los apoyo en la parte de arriba de la cabeza para descansar de la postura.
—¿Y tú te sabes el código? —le pregunta Rowan a Cesca.
—Por supuesto. Pero no veo la manera de acercarnos lo suficiente sin que esa mujer haga detonar la bomba.
—¡A sentarse! —nos suelta Ganges.
Vuelvo a bajar al suelo con obediencia, pero ya he visto al hombre a quien Missouri ha llamado Níger. Y lo he reconocido. He reconocido esos pantalones militares holgados, con las botas de trabajo y la camiseta ajustada que se le pega a los bíceps, y estoy casi completamente segura de que sé algo sobre él que Missouri no sabe.
Ahora solo tengo que averiguar cómo usarlo a nuestro favor.