Sin elección
17. A diez horas de Sídney. Mina
17
A diez horas de Sídney
Mina
Cuando Mike y Cesca bajan de la zona de descanso de los pilotos, ninguno de los dos tiene pinta de haber pasado seis horas en una litera estrecha, apretujados en la parte superior del morro del avión. Cesca va maquillada de forma impecable; lo único que delata su cansancio es una arruga diminuta en la mejilla. Carmel les sirve dos cafés.
—Gracias. —Mike Carrivick tiene el pelo canoso y unos ojos azules que se le arrugan un poco en las comisuras cuando me sonríe. En breves instantes, él y Cesca asumirán el control del avión y, durante las seis horas siguientes, dormirán los pilotos de relevo, Ben y Louis.
Mike da un sorbo al café y suelta un suspiro de satisfacción.
—¿Todo bien por aquí?
Se hace una pausa breve.
—No para el del 1J —responde Carmel en tono sombrío.
Dejo que informe a Mike y a Cesca y me alejo hacia la ventanilla, donde la oscuridad no refleja nada más que mi cara cenicienta. Estamos sobrevolando algún lugar de China; son las nueve de la noche (hora británica), y en Oriente todavía faltan horas para que amanezca. Aquí, en la cabina de pasaje, han bajado las luces: una invitación sutil a los pasajeros para que descansen. Echo una ojeada a la butaca 1J, cuya mampara de privacidad impide que se vea la figura de Roger Kirkwood, envuelta con la manta.
«¿Qué hacía ese hombre con una fotografía de mi hija?».
Se me hiela la sangre en las venas cuando en mi cabeza empiezan a aparecer bandas de prostitución infantil, traficantes de niños, pederastas… Pienso en la cara cérea de Kirkwood, en cómo le colgaba la lengua, y la bilis se me sube a la garganta.
¿Sería él también quien subió la epinefrina de Sophia a bordo? Había dado por sentado que quienquiera que la hubiese dejado ahí tenía intención de que la encontrara yo (una especie de broma macabra o Adam tratando de hacerme sentir culpable), pero ¿y si tienen esos inyectores por si Sophia los necesita?
Porque tienen pensado raptarla.
Apoyo la frente en la ventanilla. Cesca y Mike se encuentran ya en la cabina de control, donde Ben y Louis los están poniendo al tanto de cómo ha ido el trayecto hasta ahora. Necesito hablar de esto con alguien. Esperaré a que haya terminado el relevo, luego tengo que hacer algo. Debo enviarle un mensaje a Adam para asegurarme de que Sophia está bien.
La copa que sostenía Kirkwood cuando se ha caído sigue en la galera, apartada en un rincón. La cojo y la repaso por dentro con el dedo: el sedimento me mancha la piel. No es el poso de la bebida, como creía al principio, sino una especie de arenilla o una pastilla machacada.
«Un medicamento».
¿Se lo ha tomado a conciencia o se lo ha metido alguien en la copa?
Si Roger Kirkwood ha sido asesinado, todo este avión es el escenario de un crimen; cada pasajero, un sospechoso.
«Y cada miembro de la tripulación, también», añade una voz en mi cabeza.
Un pasajero pulsa el botón de llamada, pero me quedo inmóvil. Siento que me están mirando y, cuando levanto la vista, Erik tiene los ojos clavados en mí. Entonces los desvía de forma palmaria hacia el indicador luminoso de las llamadas.
—¿Puedes ir tú? —logro articular.
Kirkwood llevaba encima una fotografía de mi hija. Yo no tengo nada que ver con el asunto, no tengo nada que ver con su muerte, pero ¿opinará lo mismo el resto?
¿Opinará lo mismo la policía?
Pese a que Erik refunfuña de forma audible, da media vuelta y se marcha a ver qué quieren en la cabina. Envuelvo la copa de Kirkwood en un trapo y la guardo en el fondo de un armarito.
Cuando se abre la puerta de la cabina de control y aparecen Ben y Louis, siento que un rubor se me extiende por las mejillas y les doy la espalda; tendré toda la pinta de estar escondiendo algo.
—Cesca y Mike son majísimos, ¿verdad? —les dice Carmel a los dos pilotos de relevo—. Mike estuvo en el último vuelo de prueba, ¿lo sabíais? Consiguió convencer a Dindar para que lo dejara ir en el primero oficial. Por su currículum, supongo. —Les prepara algo de beber a Ben y a Louis para que se lo lleven al puesto de pilotaje, mientras ellos se pasean por la cabina de pasaje.
Cuando vuelven a llamar al botón, pillo a Carmel y a Erik intercambiando una mirada; entonces él se cruza de brazos y se apalanca contra la encimera.
—Ya voy yo —digo.
Él abre mucho los ojos, como si el hecho de que esté haciendo mi trabajo fuera una novedad, y la rabia comienza a crecer en mi interior. No tiene ni idea de por lo que estoy pasando. Primero el autoinyector, luego la fotografía: alguien está intentando volverme loca; ¿tan extraordinario es que tenga la cabeza en otras cosas que no sean servir cócteles a la maldita Alice Davanti?
Cuando regreso a la cabina, la cola de los lavabos llega hasta la galera. La repentina afluencia humana me pone los nervios de punta. Necesito espacio. Debo ser capaz de quitarme esta máscara de sonrisas y «cómo puedo ayudarles», y averiguar cómo actuar en relación con lo de Kirkwood, con lo de la foto de Sophia.
Porque ¿es Sophia la de la foto? Había tanto jaleo, y con la conmoción de haber perdido a un pasajero… He visto a una niña con trenzas oscuras, pero ¿no haría mi cerebro una asociación que sencillamente no existe?
«Llevaba el mismo uniforme escolar que ella».
—Hay más lavabos en la parte de atrás —les indico a los de la cola, procurando sin éxito que mi tono de voz no suene antipático.
El hombre de las gafas y la barba recortada levanta la mano una décima de segundo, como un niño que no sabe si pedir permiso para hablar.
—Hay uno bloqueado. Nos han dicho que vengamos aquí.
Hago una mueca. Me pregunto qué proporción de la investigación de Dindar se centró en calcular si los lavabos resistirían al pasaje completo.
Ben y Louis vuelven. No parece que tengan prisa para irse arriba: apoyados como si nada en la encimera de la galera, charlan con los pasajeros de la cola. Me sube el calor por dentro; tengo tanta tensión en la cabeza que podría reventarme el cráneo de un momento a otro. El otro periodista, Derek Trespass, sale del lavabo y se queda merodeando por allí; hace preguntas a Ben acerca de la altitud, la capacidad de carga máxima, la nubosidad… Yo lo único que necesito es que se marchen todos cinco minutos, nada más que unos minutos, para examinar la foto.
Podría ser otra niña, ¿no? Otra niña de cinco o seis años con el pelo oscuro y rizado, y un uniforme azul y blanco.
Por todas partes se oyen voces —hablando, riendo— y, de fondo, el ruido blanco, grave e incesante, del propio avión. Me abro camino a empujones entre la multitud —consciente de pronto de lo cansada que estoy, de cuánto me duelen los pies y la cabeza—, y alguien se choca de cara conmigo y me derrama su copa en la manga.
—¡Oiga! ¡Que esto no es el bar!
Todos paran de hablar. Carmel me mira con los ojos como platos.
—Lo siento, es que… —Trago saliva y noto que empiezan a aflorar las lágrimas a mis ojos.
—Estamos dando una imagen un pelín caótica, ¿no? —Ben corta el silencio con una jovialidad profesional, disolviendo la tensión tan rápido como yo la he creado—. Venga, va, hagamos un poco de hueco y dejemos trabajar a la tripulación.
—Lo siento —le digo mientras los pasajeros se van apartando de la galera —. Estoy un poco…
—Te estás encargando de lo que de verdad importa. —Me guiña un ojo —. Prefiero mil veces tratar con aviones que con personas.
—Está un poco concurrido, eso es todo.
Si la de la foto no es Sophia, no pasa nada, ¿no? Me habré traído la epinefrina yo a bordo, sin darme cuenta. Lo del hombre que ha muerto… a ver, es horrible, pero no tiene nada que ver conmigo ni con Sophia; no si la niña de la fotografía no es ella.
Ben coge la bebida que le ha preparado Carmel.
—Nos llevamos esto ya y os dejamos trabajar. Gracias otra vez.
Y se esfuman. Sé que me he portado como una borde, pero no para de aumentarme la presión en la cabeza. Tengo que ver esa foto de nuevo como sea. Tengo que observarla con atención esta vez; comprobar que los rasgos de la niña son distintos, darme cuenta de lo ridículo que ha sido que le haya encontrado cualquier mínimo parecido con mi hija.
La cola del baño se va disipando lentamente. Alguien pulsa el botón de llamada y Carmel va a atender después de dedicarme una mirada fugaz; no he estado a la altura del grupo y empieza a notarse. Sola al fin, me saco la foto impresa del bolsillo y la aliso con la mano.
No es una foto muy buena. No es de esas para enmarcar o enviar a los abuelos; ni siquiera es del tipo de fotos espontáneas que uno guarda por los recuerdos que traen. Sophia —no hay duda de que es Sophia— está sentada en su clase, en el colegio. A su espalda hay una colección de mariposas pintadas a mano y unos planetas de papel maché flotan por encima de su cabeza. Al fondo, detrás de la puerta del aula, en el guardarropa, se intuye a unos niños quitándose los abrigos; por tanto, esta foto se la hicieron nada más entrar en clase.
¿La habrán impreso desde la web de la escuela? Trato de recordar si firmé alguna hoja de consentimiento (ni siquiera sé qué aspecto tiene la web), pero la foto sale algo movida en primer plano, lo cual la convertiría en una mala elección para cualquier plataforma promocional.
Pero no, no está movida: es un reflejo. Alguien ha sacado esta foto desde el otro lado de una ventana. Recorro con el dedo la imagen de mi hija —su cara, los rizos que le enmarcan la frente, las trenzas que le recogen el resto del pelo y dibujan dos líneas perfectas sobre sus hombros—, y el terror me hiela la sangre.
Una gomita roja y la otra azul.
La fotografía es de esta mañana.
De pronto el avión se inclina hacia la izquierda. Una botella de agua se desliza de una punta a otra de la encimera, se detiene durante una décima de segundo y luego vuelve a su sitio cuando viramos hacia la derecha. En la cabina la gente aguanta los vasos rectos, tratando de evitar que el líquido se vuelque cuando el avión cabecea hacia delante. Alice Davanti, que regresaba del lavabo, se ve lanzada de costado por uno de esos violentos bandazos. Se agarra primero al asiento más cercano y luego se va agarrando de uno en uno para regresar sin peligro hasta el suyo. Hago una llamada a la cabina de control.
—¿Todo correcto? Hay mucho bache aquí atrás. —Mientras hablo, la señal del cinturón de seguridad se ilumina con un ping, y Carmel y Erik recorren cada uno un pasillo, comprobando que todos los pasajeros lleven el suyo abrochado.
—Perdón por las molestias —dice Mike—. Viento cruzado. Hemos tenido que virar para retomar el rumbo. Tenemos para unos minutos, me temo. —La botella de agua que ha ido deslizándose de un lado al otro de la galera lleva a cabo su descenso final y va a parar al suelo, a mis pies. Oigo la orden de Cesca en estéreo (a través del interfono y de la megafonía): «Tripulación de cabina, por favor, ocupen sus asientos».
Nos abrochamos el cinturón y observo el cielo nocturno, de aspecto inofensivo, a través de la ventana. Hasta dentro de seis o siete horas no empezaremos a ver Australia y, sin embargo, ya estoy a ocho mil kilómetros de casa. Echo tanto de menos a Sophia que siento un dolor físico en el pecho, amor y culpabilidad unidos de forma tan estrecha que resulta imposible separarlos. No tendría que haberla abandonado. No tendría ni que estar aquí, para empezar.
Cierro los ojos con fuerza y me hago promesas mudas, sin sentido: «Si todo el mundo llega sano y salvo, no la dejaré sola nunca más, no volveré a volar…». Me asalta el pensamiento absurdo de que hay alguien que sabe lo que ocurrió en la escuela de aviación, que sobreviví cuando en realidad debería haber muerto. Que engañé al destino.
—Son solo turbulencias —me dice Erik desde el asiento plegable contiguo.
Me quito las manos de encima de las rodillas. Piensa que tengo miedo de que nos estrellemos, pero lo que me asusta es muchísimo peor que eso.
¿Por qué tendría Kirkwood una foto de Sophia?
¿Es posible que tuviese alguna conexión con su familia biológica? Hace años nos encontramos a su abuela materna en una piscina de bolas y todavía me acuerdo del miedo visceral que me asaltó cuando vi que observaba a Sophia. ¿Será que su familia la quiere de vuelta? En estos cinco años, jamás han tratado de contactarnos.
No puedo quitarme de la cabeza la idea de que esto es un castigo, el karma, por todas las veces que he lloriqueado a causa del comportamiento de mi hija, por todas las veces que he apretado los puños y he aullado mirando al techo: «¡No puedo más con esto!».
En una ocasión, me escribí una nota a mí misma. Habíamos pasado un día perfecto jugando en el parque —Adam, Sophia y yo— y lo habíamos redondeado tomándonos los tres un chocolate caliente en la mesa de la cocina con la bata puesta. Adam acostó a Sophia y yo saqué el móvil y redacté una nota, entre las listas de la compra y los miles de recordatorios de buscar a un electricista para que revisara la cocina de inducción.
«Quiero a mi hija», empezaba…
«La quiero por la forma en que ha memorizado todos los datos de los carteles informativos del zoo. La quiero porque tiene la seguridad suficiente para decirle a otra familia que “No es un chimpancé, es un mono araña; los chimpancés no tienen cola”. La quiero porque quería darle a aquel niño otro helado cuando se le ha caído el suyo. La quiero por lo divertida que es, por lo lista que es y por las ganas que tiene de aprender cosas nuevas. Y sobre todo la quiero porque es nuestra hija y porque nosotros somos sus padres».
Tres días después, mientras Sophia me gritaba que me odiaba y que quería que me muriese, me encerré en el baño del piso de abajo y me puse a releer la nota una y otra vez.
«Quiero a mi hija, quiero a mi hija, quiero a mi hija».
¿Qué clase de madre necesita un recordatorio así?
Yo. Yo lo necesito. Porque intentar recordar que quieres a alguien que te está gritando que te odia, que acaba de arrojar al suelo la cena que con tanto amor le has preparado, es como intentar acordarte del verano cuando fuera estás a menos dos. Es como intentar imaginarte lo que es volver a tener hambre cuando estás gruñendo de satisfacción después de una comida de domingo. Son sensaciones transitorias, escurridizas, que se olvidan demasiado rápido; que se recuerdan de una forma abstracta, pero no se experimentan de verdad.
«Quiero a mi hija».
Ahora mismo no necesito esa nota. No necesito un recordatorio. Ni siquiera necesito visualizar la cara de mi hija o evocar un recuerdo. Lo que siento por Sophia fluye por cada una de las venas de mi cuerpo, por cada terminación nerviosa, hasta convertirse en una pasión devoradora: amor incondicional, ilimitado…
Y miedo.
Rebusco en mi memoria algún detalle que haya podido observar en la primera mitad del vuelo, pero no encuentro nada destacable: no hay indicio alguno de que Roger Kirkwood me prestara especial atención. De su cartera no he obtenido nada útil: una tarjeta platino de pasajero habitual de World Airlines, una fotografía —esta vez sí, bien impresa— de quienes podrían ser su mujer y sus hijos, ya mayores, y una tarjeta de visita que revela que trabajaba como director comercial para una empresa de refrescos.
En cuanto nos dejan levantarnos, caigo en la cuenta de algo: la fotografía de su mujer se hallaba guardada de forma meticulosa entre los billetes; la tarjeta de visita, entre la tarjeta de crédito y la tarjeta cliente. Pero la foto de Sophia, para ser exactos, no iba en ninguna ranura, sino por dentro de la cartera sin más. Me esfuerzo por visualizar la imagen del momento en que le he sacado la billetera del bolsillo de la chaqueta y pienso en que la foto, en lugar de ir metida con cuidado en uno de los pliegues interiores, estaba toda arrugada, como si la hubieran introducido ahí a toda prisa.
¿Podría ser que alguien le hubiera metido a Kirkwood la fotografía en el bolsillo sin que él lo supiera? ¿Y que luego lo mataran? ¿La persona que ha subido a bordo el inyector de Sophia y la fotografía será un asesino?
Me dirijo hacia el bar, ignorando el runrún de las quejas de Erik, que dice que me estoy escaqueando de mis obligaciones.
Finley levanta la mano cuando paso y debo hacer un esfuerzo para ocultar mi contrariedad.
—Estoy un poco ocupada ahora mismo; igual puede ayudarte tu madre. ¿Quieres que la despertemos? Además, quizá tenga hambre.
—Me ha dicho que no la despierte. Odia volar, así que se toma una pastilla que la hace dormir todo el camino.
—Qué suerte tiene tu madre —contesto apretando los dientes. Le cojo los auriculares, que están aún más enredados que antes—. Mira, en un segundo te lo deshago, ¿vale? —Finley se resiste a perderlos de vista—. Te los devolveré; te lo prometo. —Es demasiado educado para quejarse. Me meto de cualquier manera los auriculares en el bolsillo, con lo que sin duda logro que se líen todavía más.
Los asientos del bar están tapizados de azul marino con ribetes esmeralda, y los cientos de lucecitas del techo me hacen sentir dentro de una discoteca; lo único que falta es la música. Es solo cuando miras por las ventanillas cuando recuerdas que estás en un avión, que no hay nada entre tú y el suelo excepto varios kilómetros de aire.
—El muerto… —Trato de restarle ansiedad a mi voz al hablarle a Hassan —. ¿Tú has hablado con él?
—Le he servido alguna copa. Hablar… pues lo típico, ya me entiendes. — Me observa las manos y caigo en la cuenta de que estoy estrujando un montón de servilletas de papel hasta hacer una bola.
—¿Te ha dicho algo?
—¿Sobre qué?
Abro la boca, pero no me sale nada. «Sobre mi hija. Sobre si su bebida tenía sabor raro. Sobre si le habían metido una fotografía en el bolsillo». Hassan hace un gesto en dirección a Jamie Crawford y a su esposa, que están sentados en un rincón.
—Ha estado un rato hablando con esos dos.
Cruzo el pequeño espacio del bar.
—Perdón por interrumpir —les digo—. Me preguntaba si…
—Claro, hombre. —El exfutbolista sonríe con desgana, se levanta del asiento y me rodea los hombros con el brazo—. Caz nos la hace. ¿Dónde tienes el móvil, cariño?
—No, si yo no… —Respiro. Intento tranquilizarme—. No quería ninguna foto, solo quería hablar con ustedes de una cosa.
Él se encoge de hombros, como diciendo que yo me lo pierdo, y vuelve a sentarse.
—Usted ha dicho que el pasajero que ha muerto había bebido mucho oporto.
—Se ha tomado como cuatro en media hora.
—¿Han visto a alguien…? —Me corto en seco. Si les pregunto si han visto a alguien echándole algo en la bebida, en cuestión de minutos lo sabrá todo el avión. Nos veríamos forzados a aterrizar, y la policía quedaría al mando, y… Pienso en la foto de Sophia, en mis huellas dactilares, que están por toda la copa que he envuelto en un trapo y he escondido en el fondo de un armarito, y empiezo a sudar.
Caz se inclina hacia delante.
—¿De qué ha muerto?
«Envenenado».
Trago saliva.
—Hum… de un ataque al corazón, creo. Me preguntaba si ustedes han llegado a hablar con él.
—No se cuidan, y luego pasa lo que pasa. —El futbolista suspira, con la petulancia de quien tiene a un cocinero y un entrenador personal disponibles en marcación rápida.
—Pero sí que hemos hablado con él, ¿no, Jamie? —Su mujer le pone una mano en la rodilla; el dedo anular apenas se le ve, tapado por un diamante inmenso—. Era ese que iba un poco pedo y que no paraba de querer invitarte a un trago.
—¡Ah, sí! Yo ya se lo decía: «El bar es gratis pero, bueno, como tú veas».
—¿Lo han visto con alguien más?
—Había una pareja con un bebé y… —Caz contrae la cara— un tipo que ha dicho que era periodista, creo.
No sé qué me esperaba. ¿Que hubieran visto a alguien drogar a Kirkwood? Aun así, me siento frustrada. Doy las gracias a los Crawford, cruzo la cortina por donde se sale a la cabina trasera y busco con la mirada, entre los asientos, a la doctora que se ha ofrecido cuando Erik ha pedido ayuda.
Cuando me aproximo, alza la vista del libro con una expresión un tanto alarmada.
—No me diga que alguien más se encuentra mal.
—No, yo… solo quería darle de nuevo las gracias por su ayuda.
La doctora se ruboriza, sin duda incómoda con tanta atención.
—Solo siento haber llegado demasiado tarde.
La mujer que tiene sentada al lado está poniendo la oreja de manera descarada, pero yo sigo a lo mío.
—Los controladores aéreos están recogiendo algunos detalles para pasárselos a su pariente más cercano, y me preguntaba si usted podría darme algo más de información. ¿Qué le hace pensar que la causa de la muerte ha sido un infarto, por ejemplo?
—Lo que me han contado su compañero y el resto de los pasajeros concuerda con un diagnóstico de ataque cardíaco.
—¿No podría haber sido otra cosa?
—Me ha dicho que necesitaba a una doctora; no ha especificado que tuviera que ser patóloga. —Sonríe, y su tono de voz es engañosamente agradable, casi chistoso, pero la expresión de sus ojos es dura—. ¿Quiere que trate de hacerle una autopsia completa? Quizá podría tumbarlo en la barra del bar ese tan chulo que tienen y hurgar dentro de él con una cuchara para cócteles. —La mujer de al lado reprime un resoplido. La doctora la fulmina con la mirada y se vuelve de nuevo hacia mí, endulzando la expresión—: Podrían haber sido muchas cosas.
—¿Como por ejemplo…?
La doctora suspira.
—Mira… —echa un vistazo a mi placa identificativa—, Mina. He hecho lo que he podido, que por desgracia no ha sido mucho, pero… —Hace un movimiento discreto aunque elocuente con el libro que lleva entre las manos; pillo la indirecta.
De camino a la galera, en las últimas filas de la clase ejecutiva, un pasajero me para chasqueando los dedos, sin apartar los ojos de su pantalla. Está jugando a algo: es uno de esos puzles absurdos de apilar piezas que va cobrando velocidad con cada nivel.
—Un café —dice.
Dejo que pasen unos segundos antes de contestar «Por supuesto», con la esperanza de sonsacarle un «por favor», pero no se da ni cuenta. En la galera, Erik y Carmel cortan de golpe su conversación y, mientras le preparó el café al pasajero, tengo la clara sensación de haber interrumpido algo.
Regreso a la cabina.
—Su café, caballero. —Sonrío mientras se lo sirvo y me quedo plantada como si esperara una propina. Es un hombre alto y rubio, con la cara llena de aristas, como si se la hubieran tallado por partes y luego se la hubieran ensamblado—. De nada, para servirlo.
A él se le tensa la mandíbula.
—En serio —le digo mientras me alejo—, el placer es mío.
En la galera, vuelvo a pillar a Carmel y a Erik mirándose.
—¿Algún problema?
—No, nada —contesta Carmel.
Erik pega un bufido; lo fulmino con la mirada. Él no se amedrenta.
—¿Qué tal ese café? ¿Has sabido cómo hacerlo? Porque parece que no tienes mucha práctica.
—¿Cómo? —Me quedo demasiado atónita para construir una frase coherente.
—Lo hemos hecho todo Carmel y yo: preparar las comidas, las bebidas, limpiar los baños… ¡Tú no estás haciendo nada!
—Erik, no… Nos van a oír los pasajeros. —Carmel echa una ojeada nerviosa a la cabina.
—Lo siento. —Me aprieto con los dedos el puente de la nariz, sintiendo ese escozor que precede a las lágrimas—. Solo estoy muy cansada.
—Todos estamos…
Con un gesto violento, me meto la mano en el bolsillo, saco con cierta brusquedad la fotografía de Sophia y la sostengo con manos temblorosas, pero, antes de que pueda decir nada, Carmel ya me está dando un abrazo y estrujándome con fuerza.
—Ay, pobre… Debes de echarla mucho de menos. ¿Está con su papá? Seguro que se lo están pasando genial. Yo creo que apenas se dará cuenta de que te has ido; ya sabes cómo son. —Por encima del hombro de Carmel, veo que Erik pone los ojos en blanco y sale de la galera. Carmel me suelta, coge la fotografía y exclama «Oooh…» antes de doblarla con cuidado y guardármela otra vez en el bolsillo—. Qué bonito que la lleves así contigo a todas partes. Venga, te pongo un vaso de agua. —Sigue hablando sin parar, como si conversara con una niña pequeña—. ¿Es por la menopausia? Mi madre dice que las hormonas la traen por el camino de la amargura.
—¡Tengo treinta y cuatro años!
—¿Eso es que sí?
—No, Carmel, no es por la menopausia.
—Bueno, tú quédate aquí. Ya nos ocupamos nosotros de la cabina. Prepárate un té y verás qué bien.
Veo mi reflejo en la ventana, borroso e irregular, y me imagino a alguien junto a la escuela de Sophia, apuntando con la cámara al cristal de la ventana. La cabeza se me llena de una especie de ruido blanco, pero eso no basta para ahuyentar mis pensamientos.
«Yo no debería estar aquí».
Carmel y Erik están recogiendo la cabina, formando grandes pilas de bandejas llenas de vasos y servilletas usadas. Carmel va y viene a toda prisa; deja una de las bandejas a un lado, y me obligo a acercarme y voy separando los desperdicios y los cubiertos sucios. Erik trae una más, y Carmel otra, y yo voy separando la mantelería hasta que veo un sobre parcialmente escondido debajo de una servilleta. Es de color azul cielo, como el de una de esas cartas antiguas de correo aéreo, y lleva una sola palabra escrita en tinta azul marino.
«Mina».
—¿Qué es esto? —pregunto sacándolo con la mano.
Mis grandes esfuerzos por ayudarlos a recoger no han servido para amansar a Erik, que se queda mirándome fijamente.
—Es un sobre.
—A lo mejor es una propina —dice Carmel.
Erik ríe por la nariz.
—¿Como recompensa por qué?
—¿De quién? —replico con impaciencia.
Ambos se encogen de hombros. Carmel mira agobiada la pila de basura que han recogido de la cabina: podría haber sido cualquiera.
—¡Igual es una carta de amor! —dice—. Como sea del tío del 5F, me muero de envidia. ¡Está buenísimo!
—Si es una propina, tendrás que compartirla.
Las paredes del avión se cierran a mi alrededor como si fueran a aplastarme; noto que me falta aire en los pulmones y espacio en la caja torácica. Aparto a Carmel de un empujón y corro hacia el baño, echo el pestillo y me apoyo de espaldas contra la puerta mientras rasgo el sobre. Dentro hay una sola hoja de papel; trazada con la misma tinta azul, una caligrafía impecable surca de arriba abajo la página.
Leo la primera línea y se me viene el mundo encima.
«Las siguientes instrucciones pueden salvar la vida de su hija».