Sin elección
50. Nochebuena. Mina
50
Nochebuena
Mina
—Estoy nerviosa. —Levanto la vista hacia Rowan—. ¿No te parece absurdo?
Estamos en el punto de recogida de equipajes de Gatwick, un sitio en el que he estado mil veces, viendo las mismas maletas dar vueltas sin parar. En el centro de la cinta giratoria hay un árbol de Navidad decorado con recortes de cartón en forma de maletitas.
—¿Por la prensa?
—Sí —digo, aunque ni había pensado en ella. Es la perspectiva de volver a ver a Adam lo que me pone muy nerviosa. Llevo seis días seguidos hablando con él y la mala conexión no ha ayudado a rebajar nuestra incomodidad. Cuando veo su cara en la pantalla, veo al mismo Adam de siempre, pero han pasado muchísimas cosas desde la última vez que lo vi.
Me lo ha contado todo. Lo de las apuestas, lo de los prestamistas ilegales y sus astronómicos tipos de interés. Las mentiras que decía en el trabajo; el hecho de que quizá lo despidan. Cuando me contó cómo aquel tipo había amenazado a Katya, me acordé de que los terrores nocturnos de Sophia comenzaron aquella misma semana y ya no aguanté más. Finalicé la llamada, apagué el teléfono y me senté en el bar del hotel, con las emociones todavía más a flor de piel después de todos los cafés que me había tomado.
Alojaron a la tripulación en el mismo hotel que a los pasajeros; acordonaron un pasillo entero de la planta baja para habilitar las salas de interrogatorios. Andábamos como inválidos por entre los restaurantes y los vestíbulos del hotel, guiados y supervisados por médicos, policías, periodistas y, siempre que lo necesitásemos, terapeutas.
—La relación entre cada uno de ustedes y el resto de los tripulantes y pasajeros será complicada —dijo la primera psicóloga. Nos hablaba a todos desde una sala de conferencias del aeropuerto de Sídney, armándonos con las herramientas necesarias para «sobrevivir a los próximos días», por si habíamos pensado que nuestra agonía ya era cosa del pasado—. Quizá los demás os produzcan rechazo porque el simple hecho de veros os recuerda lo que sucedió —añadió— o tal vez os sintáis más cerca los unos de los otros que de vuestras propias familias. Habéis pasado un infierno estas últimas veinte horas; sintáis lo que sintáis ahora mismo, os prometo que es normal.
Lo que yo siento es de todo menos normal. La culpa me consume desde el segundo en que me despierto hasta que al fin cierro los ojos, exhausta de tanto interrogatorio, de tanta angustia, de tanto pensar de forma compulsiva en lo ocurrido. El hotel estaba lleno de pasajeros traumatizados que se encontraban en los rincones del vestíbulo y comentaban: «No paro de acordarme de cuando…». Cada día un grupo de turistas venía a registrarse en la recepción y nosotros nos quedábamos mirándolos, preguntándonos cómo sería la sensación de llegar a Sídney y empezar las vacaciones, de bajarse de un vuelo sin nada más que un poco de jet lag.
Adam me concedió mi espacio. Cené con Rowan y Derek, deseando que Cesca estuviera con nosotros. La cuchilla del hacha no le alcanzó el cerebro por unos milímetros. Seguía en estado crítico, en palabras de los médicos, y aún no se sabía qué tipo de secuelas a largo plazo iban a quedarle, pero sobreviviría. La tendrían en la UCI del hospital de St Vincent’s hasta que pudieran trasladarla al Reino Unido sin correr ningún riesgo. Yo quería ir a visitarla, quería quitarme de la cabeza la imagen de la última vez que la había visto, con aquel pelo pegajoso de sangre, pero no permitían visitas hasta que estuviera algo más estable.
Caímos en la rutina, como los veraneantes de un crucero: nos veíamos a la hora de las comidas y luego cada uno se metía en su habitación, sin abandonar jamás las inmediaciones del hotel. Detecté, acertadamente o no, cierta animadversión hacia mí por parte del resto de la tripulación, lo cual me pareció completamente justo; por eso me sentí muy agradecida de que algunos pasajeros me ofrecieran sus tiernas demostraciones de apoyo. Mientras viva, nunca me perdonaré lo que hice.
—Todos habríamos hecho lo mismo —dijo Rowan.
Después de cenar, Derek ya se había ido a acostar y estábamos los dos tomando algo. A mí me hacía falta dormir, pero me daba miedo quedarme sola, asustada por lo que acababa viendo en sueños.
—Pero fui yo quien lo hizo. Nadie más. —Aún me atormentaban la mirada de Carmel, y las muertes sin sentido de Mike, Ben y Louis. Tantas vidas perdidas…
—¡Tantas vidas salvadas, dirás!
Rowan era profesor (¡de matemáticas, ni más ni menos!) y se le notaba que era de los buenos. Tenía ese tipo de ojos que se arrugan al sonreír y una forma de explicar las cosas que hacía que las entendieras al instante. Estaba soltero. No es que me importase, por supuesto. «No he conocido a la mujer adecuada», dijo con una sonrisa; luego se puso serio y a mí se me cortó la respiración a la altura del pecho. Ambos desviamos la mirada a la vez y nos preguntamos en voz alta si no iba siendo hora de irnos a dormir ya. Nos marchamos por pasillos distintos a nuestras respectivas habitaciones, y yo me quedé desvelada en la cama, demasiado cansada para dormir, planteándome si la vida volvería a ser igual algún día.
Al día siguiente llamé a Adam. Las ganas que tenía de verlo eran mayores que la rabia que sentía por que hubiese puesto a nuestra hija en peligro de aquella manera. Pensé en todos los años que llevaba mintiéndole yo a él —a él y a todo el mundo— sobre por qué había abandonado mis sueños de ser piloto. ¿Por qué una mentira había de ser peor que la otra?
—Os echo de menos —le dije.
—Y nosotros a ti.
Tenía unas ganas locas de volver a casa. Adam me prometió que Sophia se encontraba bien, y le creí, pero el hilo que me unía a mi hija me estaba dando tirones en el corazón. «Un día más de interrogatorios», me iban diciendo. «Solo un día más y podréis marcharos a casa».
World Airlines suspendió la ruta directa «en señal de respeto» e hicimos transbordo en Shanghái. Sus acciones cayeron un cuarenta y dos por ciento, y me pregunté cuánto tiempo se tardaría en reparar los daños que Missouri y los suyos habían causado. Supongo que eso significa que han ganado, en cierta manera.
Dindar reservó todas las plazas de clase ejecutiva para nuestros vuelos de regreso a casa, dejando vacíos los asientos sobrantes, tal y como hacen con la reina cuando coge un avión por motivos de seguridad. En aquellos vuelos fuimos toda la tripulación más los pasajeros cuyos planes de viaje habían cambiado después de la terrible experiencia del secuestro. La mujer embarazada optó por volver a casa con su marido, al cual, teniendo en cuenta lo excepcional de las circunstancias, le dieron las Navidades libres. Doug también regresó y dejó a Ginny lamiéndose las heridas en el complejo hotelero de cinco estrellas que él había reservado para su «luna de miel».
Rowan viajaba a Sídney para una conferencia a la que nunca llegó a asistir.
—No tiene mucho sentido que me quede más días —dijo en cuanto nos ofrecieron los billetes de vuelta. Ninguno de nosotros concebía la posibilidad de quedarse a hacer turismo.
Jason Poke volvió también al Reino Unido junto a unos cuantos pasajeros más, entre ellos una familia con billetes de turista que pensó que podía ser su única oportunidad de volar en ejecutiva. Yo no era la única que sentía una necesidad súbita y desesperada de estar en casa por Navidad.
Finley y su madre se sentaron juntos. Les di un regalito justo antes del despegue y, al desgarrar el papel del envoltorio, los ojos del niño se iluminaron.
—¡AirPods! ¡Qué pasada!
—Se me ocurrió que te gustarían —le dije con una sonrisa, mientras veía cómo se colocaba los auriculares inalámbricos en los oídos.
—Gracias. Eres muy amable —me dijo la madre, quien no le quitó ojo en todo el vuelo.
Cuando estuvo demasiado cansado para seguir despierto, ella se tumbó en el asiento, bajó la mampara de separación y se quedó mirando cómo dormía.
El que me preocupaba era Derek. Sentada en la zona de embarque del aeropuerto de Sídney, recordé la desesperación con la que había hablado cuando estábamos todos apelotonados en el suelo del pasillo de clase turista. Habría cambiado de idea, sí, pero ¿seguro que aquello fue solo por la presión de las circunstancias? ¿Por la propia situación de descontrol? El día de la rueda de prensa, difundió un enlace en Twitter que redirigía a una publicación de un blog: eran una serie de frases de despedida escritas desde el avión de retorno, profundamente conmovedoras e impregnadas de humor negro, que hicieron que se me saltaran las lágrimas. ¿Habría cambiado otra vez de opinión? ¿Sería aquello su nota de suicido?
Entonces, unos minutos antes de la hora en que estaba previsto que anunciasen la puerta de embarque, Derek irrumpió como un vendaval en el área de espera, con una maleta de ruedas y un periódico. Le habían ofrecido una columna en el Times. Lo dijo como restándole importancia, pero tenía los hombros más erguidos y la expresión más viva. Me alegré de que de todo aquello hubiera salido algo bueno para él.
En los vuelos de retorno nos trataron de lujo, y además nos facilitaron los servicios de un terapeuta y de un médico, quien me dio una pastilla para dormir cuando me entró tanto miedo que no podía cerrar los ojos. Cuando me desperté, sudando y llorando, Rowan puso todo de su parte por hacer que me calmara.
No fui la única que gritó mientras dormía, ni la única a la que le entró una agitación incontrolable cuando el piloto anunció que se acercaban turbulencias y que por favor nos abrochásemos los cinturones. No fui la única que observó a los demás pasajeros asegurándose de que eran todos caras conocidas, de que ningún miembro de la cuadrilla de Missouri había eludido de alguna manera los controles de seguridad.
Mi maleta pasa ahora por la esquina de la cinta. Hago ademán de cogerla, pero Rowan se me adelanta.
—Déjame a mí.
Al doblar la esquina hacia el área de llegadas, el ruido es ensordecedor. Los flashes de las cámaras iluminan el vestíbulo con una intensidad que marea; suerte que llevo las gafas de sol que Rowan sugirió que nos pusiéramos. Nos sentíamos ridículos, como si fuéramos de famosillos por la vida, pero la arremetida de los periodistas resulta aterradora y yo siento el impulso de esconderme. Rowan me ayuda a avanzar hacia la salida, poniéndome una mano firme y segura en las lumbares. Nos llaman a gritos: «¡Eh! ¡Aquí, aquí!».
Veo a Alice Davanti, que, mientras va hablando por teléfono, rodea la aglomeración de reporteros y se encamina directamente a la salida. Se irá derechita a su despacho, me imagino, para publicar en primicia su crónica sobre el secuestro de la década. «Ahora que los pasajeros del vuelo secuestrado regresan al Reino Unido…».
—Mina, ¿han presentado cargos contra usted?
La sala comienza a dar vueltas, poblada por un mar de rostros que oscila entre el desenfoque y la nitidez. Noto que me caigo. Vuelvo a estar en el avión, abro la puerta de la cabina de control, veo la cara de Mike…
—¡Que venga un médico!
«Un desmayo oportuno», lo llamará uno de los periódicos más desagradables. «Abrumada tras su heroico aterrizaje», dirá otro. Yo podría haberles dado hasta tres titulares distintos: «Aterrorizada», «Angustiada», «Corroída por la culpa».
Rowan me ayuda a levantarme del suelo y me quito de encima a un supuesto entendido en primeros auxilios que, entusiasmado, ha acudido corriendo a mi lado. Y es que he visto algo entre las pancartas de los chóferes y las grabadoras de los periodistas, y ese algo es la única medicina que necesito.
El letrero está pintado en un trozo de cartón; las meticulosas letras de Sophia, por dentro, están coloreadas con pintura roja y purpurina.
BIENVENIDA A CASA, MAMÁ.
Pegados con cinta adhesiva a los márgenes del cartón, solapándose como si fueran pétalos, hay un montón de papelitos pequeños: las notas que le he ido dejando a Sophia en la almohada cada vez que me he marchado; las ha estado guardando todas.
Suelto la maleta y corro, corro todo lo rápido que puedo hacia el letrero, hacia mi hija, hacia mi hogar.
—¡Mamá!
La cojo en brazos y la estrujo con todas mis fuerzas, y lloro con la cara hundida en su cabello, y huelo su champú, su piel, su esencia misma. Lloramos las dos, y entonces noto que un brazo me rodea, y reconozco muy bien ese peso que se deja caer sobre mí; lo reconozco enseguida por la sensación que me produce.
—¿Cómo es que has tardado tanto? —pregunta Adam con dulzura.
Cierro los ojos con fuerza, expulso de mí los horrores del vuelo 79 y me concentro en la familiaridad de los brazos de mi marido y en el tierno cuerpecito que estrujamos entre los dos. He aquí mi familia. He aquí mi vida.
—Perdón por el retraso.