Sin elección
26. Ocupante del asiento 1G
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Ocupante del asiento 1G
Hay gente —no tú, de eso no me cabe duda— que cruza a la otra acera cuando ve a una persona sin hogar, en lugar de detenerse a comprobar si se encuentra bien. No le echan una moneda en el bote ni le compran un sándwich. Yo no comprendo a esa gente, pero imagino que serán los mismos que cambian de canal cuando ponen un anuncio difícil de digerir (niños con inanición, perros apaleados, pozos cavados a mano y llenos de agua sucia) porque no lo soportan.
Si esas cosas no podemos ni verlas, piensa en lo que debe ser vivirlas.
Y si no podemos ni verlas, deberíamos hacer algo para cambiarlas, ¿no crees? Donar dinero, firmar peticiones, participar en marchas de protesta…
Cuando esos individuos leen el periódico, ¿verán las noticias sobre cárceles masificadas o sobre la devastación provocada por el trazado de un tren de alta velocidad? ¿Pasarán de página porque no se dan cuenta o porque les da igual? Cuesta saber qué es peor, si la apatía o la ignorancia.
Mateo 9, 36: «Y al ver las multitudes, se compadeció de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas sin pastor».
Nuestro trabajo es hacer de pastores. Nuestro trabajo es guiar a esas ovejas —apáticas o ignorantes— para que tomen las decisiones correctas, para que salven el mundo. Tenemos que educar a la gente, porque sin educación estamos perdidos.
Allá por 2009, tuve una revelación. Puse las noticias y vi un incendio que arrasaba un bosque californiano.
«En la Costa Oeste se han registrado las temperaturas más calurosas de que se tiene constancia —decía el presentador—. Hemos hablado con la profesora Rachel Cohen, de la Universidad de California, cuyo estudio más reciente analiza la conexión entre los incendios forestales y el cambio climático».
Oí a Cohen hablar mientras el incendio se propagaba sin control dentro de un pequeño cuadradito proyectado sobre su cabeza. Luego la emisión volvió al plató y el presentador ofreció las últimas novedades acerca de la cumbre de Copenhague. Vi que el representante de Medio Ambiente de las Naciones Unidas declaraba que el cambio climático era uno de los mayores retos del presente y sentí un subidón de adrenalina.
Yo había participado en numerosas manifestaciones en favor de varios colectivos marginados, pero había sido en campañas animalistas y ecologistas donde había invertido la mayor parte de mi tiempo e implicación: los animales carecen de voz, los bosques son mudos. No pueden defenderse solos, así que tenemos que luchar por ellos. Yo llevaba años luchando, pero mi estrategia había resultado ineficaz: al dividir mi tiempo entre tantas protestas a pequeña escala, estaba diluyendo mi energía.
¿Qué sentido tenía luchar para salvar un único terreno virgen cuando estaban destruyéndose hectáreas enteras de selva tropical día tras día? ¿De qué servía impedir el cierre de un centro de atención a la infancia si los niños que acudían a él iban a quedarse sin un planeta en que vivir? Me había dedicado a achicar agua de la cubierta, cuando durante todo aquel tiempo había habido un agujero en el casco del barco.
El cambio climático ha provocado mortíferas olas de calor e incendios incontrolables. Huracanes, sequías e inundaciones. Océanos contaminados, polos derretidos. La extinción de un tercio de todas las especies animales conocidas. El cambio climático es la mayor emergencia a la que se enfrenta el mundo y la única que importa.
Sabiendo eso, ya no puedes cruzar a la otra acera, ¿verdad?