Sin elección

Clare Mackintosh · Capítulo 40 de 56

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Sin elección

38. A tres horas de Sídney. Mina

38

A tres horas de Sídney

Mina

 

Aprieto entre los dedos la nota que llevo en el bolsillo. Me imagino a Sophia tumbada boca abajo en su habitación, con la lengua medio fuera mientras traza cada letra, procurando que todas las emes tengan tres montañitas y no dos, tal y como le he enseñado.

«Para mi mamá».

No es la primera vez que Sophia me esconde uno de sus dulces en el equipaje: el mes pasado, en Nueva York, al deshacer las maletas, me encontré con un trocito de pastel de plátano envuelto en una servilleta y metido en un zapato. Sin embargo, esta era la primera vez que el dulce venía con nota incluida. Las cartas que yo le dejo en la almohada al marcharme de casa parece que apenas le causan ninguna impresión, y a menudo me he preguntado si las mira siquiera, pero quizá el mero hecho de que se las deje ya le está enseñando algo. Quizá por fin empezamos a hacer avances.

Cierro un segundo los ojos para sacar fuerzas de ese pensamiento y de la nota que llevo en el bolsillo. Murmuro afirmaciones mientras voy volcando en ellas todas mis energías, como si esa convicción por sí sola fuese a hacerlas realidad. «Sophia está a salvo. Tú has cumplido con tu parte del trato y has velado por su seguridad. Adam no permitirá que le suceda nada».

La mención de Adam saca a relucir todas las cosas que me encantan de mi marido, todo lo que nos hemos perdido desde que nos separamos. Antes de lo de Katya, todo iba bien: él habría hecho lo que fuera por mí, y yo habría hecho lo que fuera por él; así funcionan las cosas cuando quieres a alguien.

«Así funcionan las cosas…».

Miro más allá de Ganges, a lo largo del trecho de pasillo vacío al final del cual, delante de la puerta del puesto de pilotaje, se encuentra Yangtsé, y los indicios de un plan comienzan a parpadear en algún rincón de mi pensamiento. Estoy casi segura de que sé algo sobre los terroristas que ni siquiera Missouri sabe, algo que podría ser clave para ayudarnos a entrar en la cabina de control. Me imagino a Cesca ocupando rápidamente el asiento del comandante y, con una voz que por fin nos resulta familiar, pidiendo a la tripulación por megafonía que se prepare para el aterrizaje, y el corazón me da un vuelco ante la promesa de poder volver a casa.

—¡Hay wifi! —gritan de pronto al otro lado de la cabina. Me levanto del suelo, tambaleándome por las prisas e indiferente a los terroristas: las ganas de hablar con Adam superan con creces el instinto de supervivencia. Veo un brazo en alto, levantando un móvil triunfalmente—. Llevo intentándolo desde que hemos despegado, ¡y por fin he pillado la conexión!

Se desencadena una actividad frenética: los pasajeros buscan sus bolsos de mano bajo los asientos y se desabrochan los cinturones de seguridad para ir a abrir los portaequipajes. Se oyen voces de alegría totalmente fuera de lugar cuando los dispositivos se encienden y sus pantallas iluminan las caras de la gente. Echo una ojeada a los secuestradores para ver cómo se están tomando la noticia, pero lo que hace Missouri es mirar fijamente la pantalla de su propio teléfono con el ceño fruncido, sin parar de darle golpecitos con los dos pulgares.

—Lo han activado ellos —concluye Rowan.

—¿Para qué?

Rowan se encoge de hombros.

—¿Para comunicar sus exigencias, tal vez?

Ambos dirigimos la vista hacia el bar: a un lado, la mujer embarazada habla con su marido por FaceTime. Las lágrimas le resbalan por la cara mientras se acerca a la pantalla y la toca con los dedos.

—Te quiero mucho —dice.

«Yo también te quiero», oigo que contesta el marido.

Reprimo un sollozo y me doy la vuelta; no soporto la tortura de presenciar una despedida ajena. Los niveles de ruido empiezan a subir en la cabina a medida que más y más pasajeros consiguen contactar con sus seres queridos. Se dejan mensajes de voz, se hacen declaraciones de amor y peticiones de perdón. «Si no salgo de esta, diles a los niños que los quiero…».

Cesca envía un mensaje de texto, esforzándose por contener las lágrimas que veo que amenazan con penetrar su fachada de serenidad. Mi mano se muere de ganas de ir a coger el móvil; lo tengo guardado en el bolso, en la parte delantera del avión, y me pregunto hasta cuándo aguantará la red con tanta gente intentando llamar a casa a la vez.

Mi madre me llamó un día antes de morir. Yo no hacía ni un año que había dejado las clases de aviación y era incapaz de soportar otro interrogatorio sobre por qué no volvía a intentarlo; no sabía cómo reaccionar ante sus insistentes preguntas sobre qué me había pasado aquel día durante el vuelo. Vi que su nombre aparecía de pronto en la pantalla del teléfono y dejé que saltara el contestador; ya la llamaría al cabo de un rato, o el día siguiente por la mañana.

Pero no lo hice y nunca me lo he perdonado.

Una rápida sucesión de imágenes me cruza el pensamiento. Adam en el altar, que se vuelve para verme caminar hacia él por el pasillo de la iglesia. Los dos conociendo a Sophia. Los dos llevándonosla a casa, jugando con ella al monstruo de la bañera, acompañándola a la escuela; Adam y yo cogiéndola cada uno de una mano y columpiándola bien alto. Mi madre no estuvo presente en la boda con Adam; no llegó a conocer a Sophia, nunca me vio hacer de madre. Yo no quiero eso para mi hija. Quiero estar a su lado, apoyándola; me lo prometí el día que nos la llevamos a casa.

«Jamás te abandonaré. Nunca volverás a estar sola».

—Ten.

Miro alrededor: Rowan me tiende su móvil. Alargo la mano para cogerlo, pese a que la cortesía me obliga a decir:

—No, por favor. Debes de querer…

—Tú primero. Llama a tu marido. A tu hija.

—Gracias. —Trago saliva.

Adam tiene el móvil apagado; cuelgo y llamo al teléfono fijo. Me lo imagino revolviéndose en la cama, preguntándose quién demonios estará llamando a esas horas de la noche. Es casi como si lo viera bajando a trompicones por las escaleras, echando una ojeada por la puerta abierta de la habitación de Sophia para asegurarse de que eso no la ha despertado.

«Ha llamado a la familia Holbrook. Sentimos no estar aquí para…».

Cuelgo. Le doy al botón de volver a llamar. ¿Dónde estarán? He hecho todo lo que los terroristas querían que hiciese. Lo he hecho por Sophia, para que no le pasara nada; ¿dónde está?

«Ha llamado a la familia Holbrook. Sentimos no estar aquí para atender su llamada; déjenos un mensaje y le contestaremos en cuanto podamos».

—¿Adam? ¡Si estás ahí, coge el teléfono, Adam! —Me he jurado que no lloraría, pero no puedo hacer nada ante el sollozo que me sube a la garganta y ahoga mis palabras—. Han secuestrado el avión. Me han dicho que le harían daño a Sophia si yo no… Por Dios, Adam, si estás ahí, si todavía no os ha pasado nada, marchaos a un lugar seguro, por favor. Dicen que van a dejar que el avión se quede sin combustible, y… —De lo rápido que hablo, se me traban las palabras; pulso la pantalla para finalizar la llamada, furiosa conmigo misma por haber perdido los estribos.

Rowan me apoya la mano en el hombro.

—Respira.

Detrás de él, Alice teclea con fervor en su móvil.

Respiro.

—¿Puedo volver a llamar?

—Por supuesto.

«… déjenos un mensaje y le contestaremos en cuanto podamos».

—¿Adam? Si no sobrevivo, dile a Sophia que la quiero. Dile que es valiente y guapa y lista, y que no pasa un solo día que no me asombre. Dile que he hecho todo lo que he podido por salvarla. Prometí que nunca la abandonaría y necesito que sepa que lo siento, que siento haber roto mi promesa. Va a lograr muchas cosas en la vida y, aunque no podrá verme, continuaré a su lado, velando por ella. Y… a ti también te quiero. —Trago saliva y hablo de nuevo, esta vez más fuerte, cada palabra más sentida que la anterior—. Pero no va a hacer falta que se lo digas, porque pienso volver con vosotros, Adam. Pienso volver a casa.

Espero un instante mientras me imagino el contestador automático sonando en la cocina. Cuelgo y respiro hondo. «Pienso volver a casa».

—¿Estás bien?

Asiento con la cabeza, sin soltar palabra. ¿Cómo voy a estar bien? ¿Cómo va a estar bien ninguno de nosotros?

—¿Qué pasa si se termina el combustible? —pregunta Derek muy flojito.

Cesca, Rowan, Derek, Alice y yo estamos sentados formando un círculo estrecho, apretujados en el pasillo entre las filas de asientos llenas de pasajeros. Alice continúa tecleando. A nuestro alrededor, breves fragmentos de llamadas de despedida impregnan el aire de miedo y dolor. Pienso en los seis secuestradores que he contado y me pregunto cuántos quedan por darse a conocer. A Derek se le ve todavía más desharrapado que antes, si es que es posible, con la camisa arrugada y las gafas ligeramente torcidas, como si acabaran de propinarle un puñetazo.

Cesca duda unos instantes.

—Que nos estrellamos —responde al fin.

—Pero ¿qué es lo que ocurre entonces? —insiste Derek—. ¿Qué es lo que vamos a sentir?

Me entra un escalofrío.

—Basta ya. —Alice cierra los ojos con fuerza.

—Los motores se detendrán. Primero uno, y después, en cuestión de minutos o puede que de segundos, el otro. El avión se convertirá en un mero planeador.

—Pero entonces ¿no nos desplomaremos sin más? —dice Derek.

Alice vuelve a hacer una mueca de espanto. Sigue con los ojos clavados en la pantalla y mueve los dedos tan deprisa que soy incapaz de seguirlos. Un recuerdo emerge y se me acelera el pulso; el zumbido que me suena en los oídos me traslada de vuelta a la academia de vuelo, a la calurosa y claustrofóbica cabina de control de un Cessna 150. Dejo escapar un suspiro, cuento hasta diez y me clavo las uñas en las palmas de las manos hasta que vuelvo en mí. Cesca continúa hablando.

—Un Boeing 777 tiene una ratio de planeo como de… no sé… ¿De diecisiete a uno? O sea que, por cada diecisiete mil pies que avancemos, perderemos unos mil pies de altitud.

—¿A qué altura estamos ahora?

—A unos treinta y cinco mil —contesto en voz baja.

Todos, en silencio, tratamos de hacer nuestros cálculos.

—Tampoco es una ciencia exacta. La ratio de planeo depende del clima, las condiciones de vuelo, la altitud, el peso… —Cesca deja la frase en suspenso.

—Pero lo que es estrellarnos… —dice Derek— nos estrellaremos igualmente.

Habla con absoluta naturalidad, como si le diera igual. Como si en realidad quisiera que pasase, advierto.

—De momento —dice Cesca—, el avión sigue en piloto automático. Cualquiera podría estar delante del tablero de mando y no notaríais la diferencia. Pero los aterrizajes son otra cosa: alguien tendría que configurar el avión para un aterrizaje o un amerizaje y…

—¿Amerizaje?

—Es cuando aterrizas en el agua.

—… y el morro tiene que estar levantado cuanto más tiempo mejor. Si bajásemos en picado… —Cesca se detiene en seco y se muerde el labio inferior—. Bueno, en ese caso, remontar resulta difícil.

Se hace un largo silencio.

—Pero hay gente que sobrevive a accidentes de avión, ¿no? —Alice me mira, con los dedos todavía posados sobre el teclado—. Esas explicaciones que dais sobre las medidas de seguridad, que todos ignoramos… eso es lo que tendríamos que hacer, ¿verdad? —Asiente de manera insistente con la cabeza, como si se estuviera contestando su propia pregunta.

—Los de las butacas puede que se salven —dice Derek. Alice echa un vistazo alrededor: los pasajeros de turista llevan todos puesto el cinturón. Varios se arriman unos a otros, retorciendo el cuerpo tanto como les permite la sujeción, con las manos juntas encima de la cabeza—. El resto saldremos disparados como muñecos de trapo; para cuando toquemos el suelo, ya estaremos muertos.

Levanto la vista hacia la chica embarazada. Unas lágrimas silenciosas le humedecen las pestañas. Cesca fulmina a Derek con la mirada.

—¿Qué quieres? ¿Que haya un ataque de histeria colectiva?

—Alice no va desencaminada —añado yo—. Dependiendo de cómo y de dónde aterricemos, puede que sobrevivamos, pero, para quienes no estemos sentados, el riesgo de lesiones físicas es significativamente mayor.

—O sea que nos hacen falta asientos. —La voz de Alice ha subido un poco de volumen. Se sienta sobre los talones, rotando la cabeza de derecha a izquierda como una suricata alerta—. He leído que la parte de atrás del avión es la más segura, así que, por intentarlo…

—El avión está a tope —contesto.

—¡Pero nosotros hemos pagado más! —Nos mira a todos, uno a uno; parece no percatarse de nuestras caras de incredulidad—. Nosotros hemos pagado más por nuestros asientos. Así que, si no nos dejan entrar de vuelta a primera clase, lo más razonable sería que…

—No. —Rowan levanta la palma de la mano hacia Alice, como si pudiera impedirle físicamente que continuara hablando—. Basta.

Ella le lanza una mirada furibunda y continúa tecleando. Justo me estoy preguntando de quién estará despidiéndose cuando se detiene, se queda con la vista fija en la pantalla unos segundos y pulsa una última tecla.

—Hecho —dice, y espira lentamente—. Enviado.

Derek se queda mirándola.

—Tienes que estar de broma. —Nos observa a los demás, que no acabamos de seguirlo—. Ha escrito un reportaje para el periódico.

—Reconócelo —replica Alice—: tú habrías hecho lo mismo si se te hubiera ocurrido. Seguro que es algo inédito: el testimonio de un secuestro desde la perspectiva de uno de los rehenes, y encima en tiempo real.

Se hace un silencio atónito. Me pregunto cuánto tardarán en subir el artículo de Alice a internet. ¿Podrá ser que Adam lo lea?

—Podríamos pedirles los chalecos salvavidas de primera clase —sugiere Derek—. Mejor eso que nada.

Cesca y yo intercambiamos una mirada, pero no decimos nada. Estamos a algo más de dos horas de Sídney; hace ya rato que sobrevolamos el norte de Australia. Si nos estrellásemos ahora, los chalecos salvavidas nos serían tan útiles como llevar una cuchara a una pelea con navajas.

—Claro —digo.

En los asientos de nuestro alrededor ya han empezado a aparecer borrones amarillos. Veo que Alice echa el ojo al chaleco que tiene más cerca, que ya lleva puesto un adolescente paliducho, y me imagino a la periodista arrancándoselo, reclamando unas mayores probabilidades de supervivencia debido al coste de su billete.

—Voy yo —dice Rowan.

—No —contestamos Cesca y yo al unísono, movidas por un mismo sentido del deber y la responsabilidad.

—Quien tiene que hacerlo soy yo —afirmo sin más, poniéndome de pie sin aguantarme apenas, con las manos en alto en señal de rendición. «Porque todo esto es culpa mía».

Despacio cruzo los pocos metros que me separan de la tercera fila, donde se encuentra Ganges. Está sudando a mares y no para de balancearse de una pierna a la otra.

—Me gustaría coger los chalecos salvavidas de clase ejecutiva —digo.

—Nadie puede salir de esta parte del avión.

—Ayudaría a que los pasajeros se calmasen. —Titubea, pero después niega con la cabeza, cumpliendo al pie de la letra las instrucciones de Missouri. Decido cambiar de táctica—. ¿Quién te espera en casa? ¿Estás casado?

—Vivo con mis padres. —Se detiene de golpe, como si se le hubiera escapado. Le entra un tic en el ojo izquierdo.

—Deben de estar orgullosos de ti.

A Ganges se le sonrojan las mejillas.

—Lo estarán. Será un orgullo para ellos verme luchar por aquello en lo que creo.

—¿Por sentenciar a cientos de personas a morir?

—¡Nadie va a morir!

—Ya ha muerto alguien. —Pienso en Carmel, en cómo se le ha ido la vida en cuestión de segundos. Ni uno más, pienso. Ni uno más puede morir.

—Eso ha sido… —Ganges se queda sin palabras—. Eso ha sido un accidente. Si colaboráis nadie saldrá herido. El gobierno aceptará nuestras demandas y Amazonas aterrizará sin ningún peligro.

—Iréis a la cárcel.

—Habremos salvado el planeta.

Niego con la cabeza.

—¿Cuántos años tienes? ¿Veinticinco? ¿Veintiocho? Tienes toda la vida por delante y te han lavado el cerebro para que la tires a la basura.

—El cambio climático es la mayor…

—… amenaza para el planeta. Lo comprendo. Pero esta no es la respuesta.

—¿Cuál es, entonces? ¿Reunirse? ¿Hablar? Las palabras no cambian nada, los actos sí. Si quieres ser parte del problema, muy bien, pero yo estoy orgulloso de ser parte de la solución.

—¡A sentarse!

El grito no viene de Ganges, que ahora jadea como si estuviera en la recta final de un maratón, sino de Missouri, quien me fulmina con la mirada mientras me agacho de nuevo hacia el suelo. Entonces le pega un ladrido a Zambeze.

—Quédate con ella.

Zambeze pone los ojos en blanco, pero obedece. Missouri, detrás de ella, camina a grandes zancadas hacia el frente del avión; lanzo una ojeada furtiva por entre las piernas de Ganges y de Zambeze, y veo que llama a la puerta de la cabina de control.

La puerta se abre y Missouri desaparece en el interior.

¿Qué está pasando?

El que pilota ahora —el que se hace llamar a sí mismo Amazonas— tiene suficientes conocimientos para abrirle la puerta a Missouri, pero ¿sabrá alguno de los dos cómo bloquear el código de acceso de emergencia?

—Me han dicho que tú pilotabas. —Cesca ha venido y se me ha sentado al lado, en la misma postura que yo.

La miro con dureza.

—¿Quién te lo ha contado?

—Un auxiliar de vuelo, este otoño. Le comenté que me había tocado el Londres-Sídney y me dijo que a él también se lo habían asignado, pero que te lo había cambiado a ti. Dijo que tenías unas ganas «loquísimas» de ir en él. — Imita la entonación de Ryan con una sonrisita.

—Vale. —Me relajo un poco. Ryan no lo sabe todo, solo que empecé a estudiar para piloto y acabé dejándolo. No ha podido evitar largar ni ese pequeñísimo cotilleo—. Hice una primera clase en una Piper Warrior. Fue un regalo de mis padres. Les pedí unas cuantas más antes de cumplir los veinte; la mayoría, en Cessnas 150.

—Él me dijo que llegaste a empezar la formación de piloto comercial. — Su expresión es curiosa, pero no cruel, y me planteo contárselo todo. Me pregunto cómo me sentiría al reconocerlo después de todos estos años: una confesión a un sacerdote, con la muerte acechando entre las sombras.

El crujido del sistema de megafonía toma esa decisión por mí, al dar paso a un comunicado de la cabina de control.

«Les habla su piloto».

Es una voz de mujer: Missouri.

—¿Por qué es ahora ella la que pilota? —pregunta Cesca.

Alzo la vista hacia Ganges, pero su cara de confusión me dice que no tiene la menor idea.

—¿Esa mujer sabe pilotar?

—No lo sé —susurra él.

Me lo imagino en casa de sus padres, en una habitación donde perviven los recuerdos de la escuela, de las amistades adolescentes, de cuando ponía la música demasiado alta. Junto a él, Zambeze mira al pasillo contrario y pienso: «Sí, he acertado. Lo sabía». Poco a poco, mi plan va tomando forma.

Missouri continúa hablando.

«Lamento informarles de que el gobierno británico no está dispuesto a aceptar nuestras exigencias y multar a aquellas aerolíneas que no demuestren su compromiso con las energías renovables».

Me doy la vuelta para intercambiar una mirada de horror con Cesca y los demás. ¿Qué está queriendo decir?

No hará falta esperar mucho para descubrirlo.

—Seguimos rumbo a Sídney —dice Missouri—. Cuando lleguemos, le enseñaremos al gobierno el verdadero impacto de su inacción: estrellaremos el avión contra el icónico edificio de la Ópera de Sídney.

Ganges se vuelve hacia Zambeze, cuya cara de espanto concuerda con la del resto de los terroristas.

No sabían nada. Esto no era parte del plan.

Se me revuelve el estómago.

Un hombre que va sentado al lado de una ventanilla se levanta con el móvil en la mano.

—¡Han movilizado unos cazas! Está por todo Twitter.

—¡Son del Ejército del Aire! —grita alguien desde el otro extremo—. ¡Vienen a rescatarnos!

Se produce una ovación (desafiante, envalentonada) y yo intercambio una mirada con Cesca, que tiene la cara rígida y descolorida. Se me revuelven las tripas. Ahora que no está Missouri, la gente baja los brazos y se frota los músculos anquilosados.

—¿Qué van a hacer esos cazas? —pregunta Derek, cuya mirada inquisitiva detecta nuestra preocupación.

—Podrían obligarnos a desviarnos hacia Brisbane —responde Cesca—, o podrían escoltarnos hasta el aeropuerto y seguirnos de cerca hasta que aterricemos.

Rowan se arrima a nosotras, formando un cuadrante estrecho del que Alice queda excluida.

—¿Y si Missouri intenta llevarnos hasta el edificio de la Ópera, tal y como dice?

—No dejarán que lleguemos hasta allí. —Cesca hace una pausa. Baja la voz para que solo la oigamos nosotros cuatro, a sabiendas de que no puede cundir la alarma en la cabina, de que lo que va a decir es algo que el resto de los pasajeros no debe oír—. Antes nos derribarán.