Sin elección

Clare Mackintosh · Capítulo 33 de 56

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Sin elección

31. 1.00. Adam

31

1.00

Adam

 

La primera vez que cogí un vuelo con Mina, acabábamos de irnos a vivir juntos. Fuimos al aeropuerto en coche y nos despedimos delante del mostrador de facturación, sin saber si volveríamos a vernos al cabo de dos horas o de tres días.

—Crucemos los dedos. —Mina me besó y luego se volvió hacia la tía del mostrador, juntando las manos como si rezara—. Haz todo lo que puedas, ¿vale? Este me gusta mucho.

Llegué a entrever un guiño pícaro justo antes de que su abrigo esmeralda revoloteara cuando se dio la vuelta para marcharse en dirección al control de seguridad, con la maleta de ruedas siguiéndola dócilmente. El pelo, que apenas unas horas antes había estado esparcido por mi almohada, lo llevaba sujeto en un moño impecable a la altura de la nuca, gracias al medio bote de laca que se había echado y que había dejado el baño irrespirable.

En la puerta de embarque, aguardé manoseando el pasaporte hasta que la gente hizo una fila y desapareció pasarela adentro. Desde la cristalera, observé el avión de World Airlines que esperaba en la pista y me imaginé a Mina dando la bienvenida a los pasajeros y revisando tarjetas de embarque.

«Último aviso para el señor Williams…».

Mientras el sonido del comunicado se desvanecía, puse atención a ver si oía los pasos de alguien que acudiera a toda prisa. Miré a la gente que seguía sentada en busca de la cara de asombro de alguien que estuviera pensando en las musarañas. «Lo siento mucho, tenía la cabeza en otra parte…». «No se preocupe, caballero; venga, lo acompaño a bordo». Traté de intercambiar una mirada con la chica del mostrador para recordarle que estaba allí, pero ella estaba metida de lleno en una conversación. El vuelo debía despegar al cabo de diez minutos.

Decidí que, si no subía, llamaría a los colegas, a ver si había alguien libre para tomar una cerveza en lugar de quedarme en casa de bajón. Sería divertido; quizá incluso más que un fin de semana en Roma.

«Último aviso para el señor Williams: el embarque ya ha finalizado y su vuelo está a punto de despegar. Último aviso para el señor Williams».

¿Más divertido? ¿A quién quería engañar? Un año atrás, unas cervezas y un kebab con los colegas del trabajo habría sido mi idea de una noche perfecta, pero para entonces estaba enamorado hasta las trancas. Roma era lo de menos: habría esperado allí una semana por pasar una noche con Mina en cualquier motel playero de mala muerte.

—¿Adam Holbrook? —Esta vez la voz no procedía de megafonía; me habían llamado desde el mostrador.

Me levanté tan rápido de la silla que me tropecé con la maleta de mano y se me cayeron al suelo el móvil y la revista que había comprado para el viaje. La chica del mostrador se rio.

—Iba a decirte que es tu día de suerte, pero ya no estoy tan segura.

—¿Puedo embarcar?

—Puedes embarcar.

Entré en la cabina y me topé con la mirada hostil de dos centenares de pasajeros que creyeron que era el tardón de Williams. Dediqué una gran sonrisa a Mina mientras ella iba explicando las instrucciones de seguridad igual que aquella vez que me las había explicado a mí desnuda, de pie encima de la cama y con una copa de champán en la mano. «Las salidas de emergencia están sexuadas aquí, aquí y aquí…».

Fue un fin de semana inmejorable. Uno de esos que se pasan rapidísimo y que a la vez parecen durar una eternidad; uno de esos en que no paras de hablar ni de reírte. Así era nuestra relación.

¿Qué ha sido de todo aquello?

«Eres tú quien lo ha echado a perder. Y ahora puede que no vuelvas a verla nunca».

Ojalá supiese qué está pasando con Mina ahora mismo. Maldigo la radio por la falta de noticias nuevas. ¿Cómo es posible que estén hablando de otras cosas? ¿Cómo puede ser que en Rise FM sigan poniendo villancicos y anuncios de ropa interior, cuando cientos de personas podrían haber…?

«¡No! No han muerto. Mina no ha muerto».

Intento evocar su imagen, intento sustituir el horror que me ocupa el pensamiento por algo esperanzador, pero lo único que me viene a la mente son escenas de películas de catástrofes: armas, bombas, aviones que caen en picado, que se hunden en el mar, que atraviesan edificios…

Cierro los ojos con más fuerza si cabe, pero la ráfaga de escenas no se detiene y, con ella, tampoco la consciencia de que todo esto es culpa mía. Si no me hubiera endeudado ni hubiera mentido a Mina, ella aún me querría. Y, si me quisiera, no se habría subido a ese avión.

 

En ningún momento me metí donde no me llamaban. Mina había quedado con nosotros en el parque, para acompañar a Sophia hasta casa, y yo la convencí para que fuéramos a tomar un helado. Se pasó todo el rato sentada en el borde de la silla, mirando el reloj y preguntándole a Sophia si ya estaba acabando. El patrón siempre era el mismo: yo quería quedarme un poco más, Mina se moría de ganas de marcharse. Si hubiésemos podido pasar un día entero juntos… Pero para ella era impensable.

«Necesito espacio», decía siempre.

—¿Y si hacemos algo el mes que viene? —le había propuesto yo la última vez que nos vimos—. Un día que Sophia tenga clase hasta tarde. Podríamos ir al arboreto, por ejemplo, cuando las hojas ya hayan cambiado de color. Te encanta ese sitio.

Creí advertir arrepentimiento en sus ojos mientras me decía que no, pero quizá me hiciese ilusiones.

Seguí insistiendo.

—O, si no, en Navidades. Ya sé que aún faltan meses, pero pronto repartirán los turnos de vacaciones. Me cogeré algún día libre la semana de antes de las fiestas, y así podemos ir a los mercadillos y comprarle algo bonito a Sophia.

Pensé que con aquello la tendría en el bote, pero ella se limitó a contestar:

—Me lo pensaré. —Y se acabó la discusión.

El día del helado, al segundo de que Sophia dejara la cucharilla, ella cogió a toda prisa la cuenta y se la llevó al mostrador para pagar. Su móvil vibró encima de la mesa y el instinto me obligó a cogerlo: el mismo tipo de respuesta automática que lleva a mis dedos a deslizar la pantalla del mío para entrar en webs de apuestas. Eché un rápido vistazo: era un mensaje de un tal Ryan.

Ya he arreglado lo del cambio con los de Personal. Te han puesto en el vuelo a

Sídney. ¡Sigo pensando que he salido ganando yo con el trato!

No fue tanto que yo no lo entendiese —aunque lo cierto es que no lo entendí— como que no se me quedó grabado como algo importante. Pero, cuando ya nos íbamos, Mina me dijo:

—Ah, y sobre lo de ir a los mercadillos de Navidad… No hace falta que te cojas ningún día libre: me han hecho la putada de ponerme en el vuelo a Sídney. Estaré fuera toda esa semana.

De pronto comprendí lo que quería decir el mensaje de Ryan.

Mientras Mina se alejaba con Sophia, me sentí hecho polvo: que me odiase tanto como para preferir estar a casi veinte mil kilómetros de mí… Culpa mía, ya lo sabía, aun así…

Ahora pienso en ella, a merced de unos terroristas, y voy repasando los actos que han provocado todo esto. Cambio de postura sobre las losas frías, tratando de recuperar algo de sensibilidad en las piernas sin molestar a Sophia, que se me ha quedado dormida en el regazo. La tenía apoyada en el pecho, pero a medida que le entraba sueño se le ha resbalado la cabeza a un lado y, como no tenía las manos libres para sujetarla, he tenido que echar el hombro hacia delante para evitar que se cayera al suelo. Al principio era incómodo, luego molesto, y ahora es casi insoportable, pero de momento lo mejor que puede hacer Sophia es dormir, mientras yo pienso en qué debería hacer y en cuánto de todo lo que está pasando es culpa mía. Estoy seguro de que, si no hubiera estado tan distraído —si no hubiera acabado tan dolorido de la paliza que me han metido—, nunca me habría vencido alguien como Becca.

Debería haberle contado a Mina la verdad desde el principio, pero es que jamás tuve intención de mentirle. Puede que comprar un rasca y gana, técnicamente, sea apostar, pero nadie lo define de esa forma hasta que se convierte en algo serio, y no fue algo serio hasta que empezó a serlo. Para entonces ya estaba demasiado preocupado, avergonzado y desesperado por saldar la deuda antes de que Mina lo descubriese.

El agua que gotea pared abajo me humedece la espalda de la camisa y me entra un escalofrío. Sophia se revuelve, intranquila, y me quedo totalmente inmóvil, pero es demasiado tarde: se ha despertado.

—¡Mamá! —Lo repite, más fuerte—: ¡Mamá!

—Chisss, papá está aquí.

—¡Mamá!

La mezo con dulzura; mi hombro grita de dolor con el movimiento. Sophia rompe a llorar.

—No me gusta este sitio, quiero estar con mamá. ¡Mamá!

—¿Y si te cuento un cuento?

—¡No! ¡Quiero estar con mamá! —El cuerpo se le tensa y comienza a darme patadas en las espinillas.

—En la habitación verde y tranquila había un teléfono…

—Mamá… —dice ya más bajito.

—… un globo rojo en una esquina y un cuadro de… —termino la frase con tono de pregunta.

—… un cuadro de una vaca que salta una luna fina —susurra Sophia, que deja de darme patadas.

—Y otro…

—Otro con tres osos en sus sillas, perezosos.

Qué rabia me daba Buenas noches, luna. Una vez se lo escondí; lo metí debajo de la alfombra de su habitación. Me dije que a Sophia le iría bien variar de cuento a la hora de acostarse, para romper con aquella absurda dependencia de la rutina y la repetición. Me dije que, de todas formas, tampoco era un cuento muy bueno; los hay mucho mejores por ahí. Fui a la librería de una gran superficie y le compré una pila de cuentos nuevos. Traté de acallar mi mala conciencia con El grúfalo y ¡Cómo mola tu escoba! Encargué un ejemplar de Le Petit Prince, y le sugerí a Mina que tal vez a Sophia le gustaría oír cuentos en francés.

—¿Tu madre te hablaba en árabe de pequeña?

Mina sonrió.

—Solo cuando se cabreaba.

—Podríamos buscarle a Sophia cuentos tradicionales argelinos.

—A ella le gusta Buenas noches, luna.

—Ya, pero ¡es que es el mismo todas las noches!

La repetición no era lo único que me sacaba de quicio: era el hecho de que Sophia quería que solo se lo leyera Mina. Cuando ella le leía Buenas noches, luna, Sophia se mostraba participativa: señalaba los dibujos y se llevaba un dedo a los labios cuando la viejecita decía «chisss». Yo siempre era un segundón, un jugador suplente del equipo perdedor. «Buenas noches, estrellas. Buenas noches, aire. Buenas noches, ruidos en todas partes», terminaba yo, y Sophia se incorporaba en la cama: «¿Cuándo va a volver mamá?».

—No lo dice para herirte —insistía Mina, pero yo nunca me he quitado esa espinita.

—Buenas noches, ruidos en todas partes —digo ahora.

Sophia mete la cabeza bajo mi mentón.

—Gracias, papá.

—De nada, bichito.

—Tengo mucho frío.

Noto el calor de su cuerpo contra el pecho, pero cuando le poso los labios en la frente, la tiene helada. Meneo la parte de arriba del cuerpo para moverla de un lado a otro.

—Venga, ¡arriba esos pies! Hora de hacer ejercicio.

Se levanta del suelo y por poco me echo a llorar por la mezcla de dolor y alivio que me produce relajar los hombros y encoger las piernas.

—¿Te acuerdas de cómo se salta haciendo la tijera? —Sophia asiente con la cabeza—. Hazme veinte, pues. ¡Vamos, vamos, vamos!

Mientras ella salta abriendo brazos y las piernas, y volviendo a cerrarlos, una y otra vez, yo empiezo a mover tantas partes de mi cuerpo como me permiten las ataduras. Un hormigueo brutal me paraliza las extremidades en cuanto la sangre empieza a circular. Sophia termina los saltos, sin aliento y entre risas.

—Ahora, a correr sin moverte del sitio. ¡Ya!

La fuerzo a hacer ejercicio sabiendo que en no demasiado tiempo acabará hambrienta de la extenuación, pero, entre eso y que coja una hipotermia, prefiero lo primero. Se queja cuando le digo que ya es suficiente por ahora, pero, si empieza a transpirar, el sudor se le va a enfriar en la piel y se va a encontrar todavía peor.

—¿Jugamos al veo veo?

Repaso el sótano con la mirada; ya tengo los ojos completamente adaptados a la penumbra: piedra, escalones, una puerta cerrada con llave.

«Veo, veo… ¿Qué ves?… Una cosita… ¿Qué cosita es?… Que no hay salida».

—Tengo una idea mejor. ¿Y si jugamos a que tú eres mis ojos y nos vamos a explorar?

—¿Al jardín? —dice Sophia, esperanzada.

—Aquí dentro, de momento.

Ella suspira y acepta sin mucho convencimiento, arrastrando la voz.

—Bueeeno…

—Empieza en la esquina. Esa de allí. —Sophia, obediente, se va con un par de brincos hasta el rincón más alejado—. Ahora pasa las manos por las paredes. Dime si encuentras algo.

—Me dan miedo los ratos.

—Ratos no, ratones. Aquí no hay ratones, cariño, eso fue una tontería que se inventó papá. ¿Notas algo?

—Ladrillos.

—Toca el suelo también. ¿Hay algo en el suelo? —Un ladrillo suelto, una herramienta olvidada, ¡lo que sea!

En la academia de policía nos enseñaron a registrar casas en busca de drogas o de armas. Empiezan una pareja de agentes en una esquina de la habitación y otra en la esquina contraria, después se cambian el sitio y cada una registra el trozo de la otra. Hay que dividir el área en cuatro sectores y asegurarse de haber examinado bien cada uno antes de pasar al siguiente.

—Haz como que eres policía —digo— y que estás buscando pistas.

—Pero yo seré piloto.

—Tú hazlo ver.

Sophia encuentra un clavo y una lata de Coca-Cola light, de antes de que nos diéramos cuenta de que la humedad dejaba una capa de sarro encima de cualquier cosa que intentásemos almacenar aquí abajo.

—Podemos bebérnosla. —De repente la idea me parece irresistible: tengo la garganta rasposa y los labios irritados—. ¿Crees que podrías abrirla?

Tarda un montón: a sus deditos les cuesta levantar la anilla metálica. Yo le aguanto la lata con los pies y, finalmente, lo consigue: el líquido burbujeante me empapa los calcetines. Sophia bebe primero, emocionada por que le dejen tomar algo que normalmente tiene prohibido; después me vuelca la lata dentro de la boca, con tanta prisa que el refresco pegajoso me resbala por el cuello hasta el pecho. Cuando nos la hemos terminado, Sophia suelta un eructo enorme. Intenta pedirme perdón, pero le viene otro y se tapa la boca con la mano. Mantiene los ojos muy abiertos, a la espera de una reprimenda, y se queda de piedra cuando, en cambio, eructo yo también.

—¡Papá!

Me doy cuenta de que me paso el día regañándola. Diciéndole que se esté quieta, que se porte bien, que cuide los modales en la mesa y que no sea contestona. La regaño mucho, muchísimo más de lo que la elogio. ¿Tan raro es que prefiera a Mina?

Vuelvo a eructar.

—¡Sophia!

—¡Has sido tú! —Se abalanza sobre mí y acuso su peso en las piernas. Me agarra la cara con las manos, apretándome las mejillas y riéndose de la expresión que pongo cuando río.

—Me gustaría darte un achuchón.

Sophia me tira de los brazos.

—Están bien sujetos, me temo. A menos que puedas hacer aparecer una llave por arte de magia… —Entrechoco las esposas con la barra de metal.

A Sophia le viene una idea y deja escapar un «¡Aaah!». Se me baja del regazo y recoge el clavo del suelo.

—Buena idea, bichito, pero eso solo funciona en las películas. —Sophia baja la vista, así que me contorsiono para enseñarle el agujerito de las esposas donde debería entrar la llave—. Venga, pues, haz lo que buenamente puedas. —Me inclino hacia delante, dándole vía libre, y me pregunto si mi extraña y preciosa hija me va a sorprender con un talento oculto para forzar cerraduras.

Debemos de llevar horas aquí abajo. ¿Cuánto más seguiremos en este sitio?

Llamo de nuevo a Becca, pero no hay respuesta, y no saber qué planes tiene para nosotros hace que me inunde un terror únicamente comparable al miedo que siento por Mina. Estaba previsto que el vuelo 79 aterrizase en Sídney dentro de unas pocas horas, y lo único que sabemos, por la radio, es que ni ha variado de rumbo ni se ha estrellado.

Por ahora.