Sin elección
35. Ocupante del asiento 1G
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Ocupante del asiento 1G
Me resultó interesante ver cómo los pasajeros se peleaban entre ellos. Con qué rapidez se desprendían de sus capas de dignidad humana, a qué velocidad se apoderaban de ellos el puro instinto y los prejuicios…
Que pensaran de inmediato en el terrorismo islámico era algo natural; de hecho, yo he estudiado esos atentados en profundidad y he aprendido mucho de su devoción, de su paciencia, de su metodología. Los que tuvieron lugar en Bombay en 2008 fueron el resultado de casi un año entero de entrenamiento y planificación. Existen, sin embargo, claras diferencias entre las acciones de un yihadista y las nuestras. A ellos los motiva su fe; a nosotros, la ciencia: los hechos probados son indiscutibles, tanto si uno elige escucharlos como si decide hacer oídos sordos.
Los pasajeros de clase ejecutiva se achantaron al ver hasta dónde me habían obligado a llegar. Matar a Carmel no estaba en mis planes, pero su muerte reforzaba nuestra posición de poder, y yo sentía que las cosas iban a resultarnos más fáciles en adelante. Mientras la tripulación restante estaba ocupada repartiendo agua, aproveché la oportunidad para pasarme a visitar la cabina de turista. Justo cuando entraba en el bar, capté un movimiento detrás de la barra. Me detuve en seco.
—¿Quién anda ahí?
Lentamente un hombre se levantó del suelo con las manos en alto; le temblaban con tanta violencia que parecía que bailase.
—¿Cómo te llamas?
—Ha… Hassan…
—¡Venga, aligerando!
Respondió al instante: se agachó para salir por debajo de la trampilla del mostrador y, a trompicones, salvó los escasos metros que lo separaban de la cabina de turista, cuyo pasillo izquierdo estaba a cargo de Níger.
—Llévalo de vuelta con el resto de la tripulación.
Níger acató la orden asintiendo secamente con la cabeza y se hizo a un lado; cuando Hassan pasó corriendo por delante de él, mi compañero le propinó un empujón en los riñones que lo envió a la otra punta del pasillo. En la parte de atrás del todo, cerca de la entrada de la cocina, un corro de uniformados ayudó al desdichado camarero a sentarse en el suelo: Níger había obligado a la tripulación a colocarse en el pasillo, para vigilar mejor todos sus movimientos. Su iniciativa me sorprendió: haber vivido en la calle le daba una cierta ventaja sobre los demás, una dureza que impedía que lo intimidasen fácilmente. Cuando lo conocí en aquella manifestación contra el cambio climático, estaba untando de vaselina el parabrisas del furgón antidisturbios aparcado en una calle secundaria, mientras sus ocupantes trataban de impedir una protesta completamente legal. Nuestras miradas se cruzaron justo en el momento en que él bajaba deslizándose por el capó. Él llevaba pasamontañas; yo, un gorro de lana y una bufanda que me tapaba la boca, lo cual hacía difícil que pudiera leerme la expresión.
—Putos cerdos —dije, muy posiblemente por primera y última vez en la vida.
Asintió con la cabeza en señal de aprobación.
—Hay otra en Bridge Street.
—Te sigo.
Entonces esbozó una sonrisa traviesa y me pasó el tubo de vaselina. Osado e inteligente: de momento, no le veía ninguna debilidad. Cogí el tubo al vuelo y salimos corriendo juntos, unidos contra un enemigo común. Al acabar el día, yo ya tenía otro nuevo recluta —aunque eso Níger entonces aún no lo sabía—, y él, un nuevo lugar donde vivir, que yo le conseguí a través de gente que me debía favores. No fue aquel encuentro fortuito lo que lo llevó a poner sus habilidades al servicio de nuestra organización; cuando chateábamos por internet, él no tenía ni idea de que ya nos conocíamos en persona, y eso para mí era perfecto: ellos no me conocían, pero yo sabía quiénes eran todos.
Muy al contrario que Níger, Ganges ya comenzaba a sacarme de quicio. Era joven —aún no llegaba a los treinta— y, si bien era graduado en Psicología y trabajaba por aquel entonces en la sanidad pública, con frecuencia me encontraba con que no tenía la cabeza del todo en su sitio. Lo vi adoptar por fin su posición —en la puerta que conectaba la cabina de turista con el bar, que debía defender— y me di cuenta de que estaba temblando de los nervios. Era evidente que se había planteado abandonarnos del todo y yo sabía que no podía quitarle ojo.
Recorrí todo el avión con la mirada, haciendo un recuento de los miembros de nuestro grupo, cotejando cada puesto con un nombre y cada nombre con una cara. Parecía haber más docilidad entre los pasajeros de turista que entre los de primera clase, y me pregunté si las presunciones que quizá albergaban estos últimos serían la causa de que diesen más problemas. Quizá le estaba dando demasiadas vueltas; a lo mejor el mero hecho de que hubiera menos espacio entre los asientos facilitaba la toma de rehenes.
Varios pasajeros toqueteaban en vano sus teléfonos móviles, tal vez imaginándose todavía que el wifi seguía «inhabilitado temporalmente», tal y como les habían anunciado al principio del vuelo. Los veía pulsar los botones de forma frenética y desesperada, e incluso levantar los aparatos hacia el techo, como si la altura adicional fuera a proporcionarles señal.
Las telecomunicaciones eran un punto clave en la operación, por supuesto. Decidí que no intentaríamos interceptar la radio del puesto de pilotaje. Yangtsé estaba casi seguro de que era posible, y lo cierto es que se moría de ganas de probarlo, pero a mí me parecía una temeridad innecesaria. Una vez que el secuestro estuviera en marcha, los controladores a duras penas podrían hacer nada, y siempre existía el riesgo de que detectaran la acción de Yangtsé antes de la cuenta y alertaran a las autoridades.
Era mucho más importante deshabilitar el wifi de la cabina de pasaje. El papel de Mina resultaba crucial para el éxito de nuestra misión, y era cien por cien indispensable que ella no tuviera ninguna capacidad de comunicarse con Adam. Aquello la había hecho ponerse como loca, pero esa era justamente la idea.
Además, teniendo en cuenta cómo fueron las cosas, mejor que no se enterase de nada.