Sin elección

Clare Mackintosh · Capítulo 45 de 56

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Sin elección

43. A dos horas de Sídney. Mina

43

A dos horas de Sídney

Mina

 

«El chaleco no es de verdad. No es una bomba». Las palabras que suenan en mi cabeza se repiten en las voces de mi alrededor, como si, cuanto más las repetimos, más nos las creyéramos. «No lleva explosivos, no lleva ninguna bomba. El chaleco no es de verdad».

Pero ¿y si lo es?

¿Cómo vamos a confiar en esa mujer, en esa pseudomédica a quien seguramente se le da mejor quitar vidas que salvarlas? ¿Cómo sabemos que esto no es parte de un plan diseñado para empujarnos hacia nuestro propio fin?

A Ganges le cae el sudor por la cara y se le mete por el cuello de la camisa. Respira de forma acelerada y se balancea sobre la punta de los pies, pero no es él quien me preocupa: él caería al suelo al segundo de empujarlo. Detrás de él, frente a la entrada de la cabina de primera clase, Zambeze se mantiene firme; Níger, en el pasillo opuesto, espera con todos los músculos en tensión: me vigila, y sé que en cuanto demos un paso él también lo dará, pero eso puedo evitarlo. Tengo un plan. Esta gente se interpone entre mi hija y yo de una manera tan clara que es como si pudiera ver a Sophia detrás de ellos, y nada me va a impedir alcanzarla. Once años atrás, cometí un error tremendo y desde entonces he estado viviendo con él. Yo no debería estar aquí, pero lo estoy, y debo hacer que todo esto sirva para algo.

—¿Qué os ha contado Missouri? —Mi pregunta va a dirigida a Ganges, el que es más probable que me responda.

—Solo lo estrictamente necesario. —Responde con una evasiva, como Adam cuando llega a casa horas después de que acabe de su turno y me dice que ha ido a ver a un compañero, que se ha encontrado con un atasco, que ha tenido un percance con el coche. Reconozco una mentira.

—Antes ha dicho que el avión seguiría en el aire hasta que el gobierno del Reino Unido cediese a vuestras exigencias o hasta que se nos agotara el combustible. Si ese fuera el caso, todos vosotros habríais sabido que cabía la posibilidad de morir, pero eso no es lo que decían vuestras caras ahora mismo. Nunca pensasteis que moriríais, ¿verdad?

Ganges no responde. Lanza miradas fugaces a derecha e izquierda y mueve la mandíbula como si estuviera mascando chicle. Me pregunto cuántos cazas habrá, si dispararán todos a la vez —como los pelotones de fusilamiento — o si solo una persona deberá vivir sabiendo que ha sido él quien ha derribado el avión. Me pregunto qué sentiremos, si será algo rápido, si será mejor o peor que estamparse contra un edificio. Me imagino el cielo dando vueltas a mi alrededor, el pánico aumentando a medida que perdemos altitud, solo que no son imaginaciones mías, sino un recuerdo y…

Me obligo a volver en mí. «Basta. Concéntrate en el ahora. En el aquí».

Hay cientos de pasajeros y solo media docena de terroristas. Podemos con esto.

Sin embargo…

Casi todos los pasajeros siguen encogidos en sus butacas, aferrándose a sus seres queridos, mensajeando frenéticamente a los que están en casa. ¿Puedo confiar en que se unan a nosotros cuando los necesitemos? Pienso en Carmel, en cómo le han arrebatado la vida del modo más cruel. Los explosivos no son la única manera de matar.

—¡Nos mintió! —El grito viene de la parte central de la cabina, donde un hombre extremadamente obeso se levanta de su asiento. Ocupa el pasillo entero, y el sudor le crea rodales en las axilas y manchas en forma de media luna bajo el inmenso pecho—. Nos dijo que el plan era un farol, que nadie saldría herido.

—¡Puto orangután de mierda! —le espeta Níger—. Nadie tiene que…

—¿… contarles el plan? —El grandote habla en un tono sarcástico—. Pues ¿a que no sabes qué, carapolla? ¡No existe ningún puto plan!

—Tenemos que confiar en Missouri. —Níger echa una mirada alrededor, hacia sus camaradas—. Tenemos que seguirla. ¡Hemos trabajado mucho para esto! ¡Recordad por qué estamos luchando!

Zambeze asiente febrilmente con la cabeza, y sus ojos se fijan en un punto medio entre la cabina, Níger y la puerta bloqueada del puesto de pilotaje. Los demás terroristas, en ausencia de Missouri, miran también a Níger, y noto cómo se nos escapan de las manos: si lo ven como a un líder de repuesto, habremos perdido toda oportunidad de recuperar el control del avión.

Debemos actuar ya. En cuanto las autoridades sepan lo que tiene planeado Missouri, los cazas recibirán la orden de abrir fuego.

—Calma —dice Níger—. No os mováis de vuestros puestos.

—¿Lo vais a escuchar a él? —intervengo, volviéndome para dar la cara a tantos secuestradores como me alcanza la vista—. Os ha estado mintiendo.

—¿Qué cojones estás…?

—Ella y él han estado quedando a vuestras espaldas.

Señalo a Zambeze, que mira a Níger en busca de ayuda mientras gesticula con la boca sin acertar a decir nada. Tan pronto como lo vi bien a él, me he acordado de que los había visto juntos en el bar y de la familiaridad con que ella le metía el pulgar en el bolsillo. Me había parecido raro que dos personas que sin duda se conocían de antes viajasen en clases separadas, y me he preguntado si mis instintos irían tal vez desencaminados, si es que los recuerdos de mis primeras citas con Adam eran lo que estaba usando como referencia.

—Ninguno de nosotros se conocía de antes —replica el hombre obeso negando con la cabeza con insistencia pero también confusión—. Yo soy Congo. ¿Alguno lo sabía?

Ganges acude en apoyo de Níger.

—No podemos… Missouri no…

—¡Que le den a Missouri! —El grito proviene de la doctora, que ha salido del asiento y se está abriendo paso a empujones hacia el frente de la cabina—. Eres un mierda, Níger. Cortaste conmigo porque decías que lo nuestro estaba poniendo en peligro la operación, y mientras, ¿te estabas tirando a eso?

—Lena… —empieza a responder Níger, pero Zambeze suelta un grito ahogado de indignación y abandona su puesto para ir hasta donde está Níger.

Yo me vuelvo hacia los demás, porque no habrá mejor momento que este para…

—¡Vamos! —exclamo antes de salir corriendo.

A mi lado, un movimiento repentino me indica que Cesca, al menos, se viene conmigo. Yangtsé nos corta el paso hacia la cabina de control, pero Rowan y Derek también vienen, agarran al chico por los hombros y lo apartan de nuestro camino. Es alto, pero flacucho, y, a pesar de los puñetazos que suelta, enseguida lo tiran al suelo, donde queda despatarrado como un maniquí desechado. Ya no tenemos nada que perder y saberlo nos hace más fuertes.

Cesca teclea el código de emergencia en el panel de la puerta.

Contengo la respiración. En circunstancias normales, el piloto estaría ahora mismo mirando las cámaras. A la primera señal de que algo no anda bien, puede impedir el acceso, pero todo apunta a que Missouri no sabrá cómo…

Clic.

Estamos dentro.

El sol está alto: las nubes, con un ligero matiz dorado, giran a nuestro alrededor, interminables y vertiginosas.

«Deja que te lo enseñe».

Si Lena nos ha mentido, así es como se acaba todo: con un detonador activado y una fuerte explosión. Con fuego y metralla, y demasiados pedazos de hueso y metal para que nadie vuelva a juntarlos jamás. Algo me oprime el pecho y los oídos me zumban tan fuerte que ni siquiera oigo el ruido del avión.

«Deja que te lo enseñe».

Ahuyento ese recuerdo, pero continúo sin poder moverme: me he quedado petrificada ante la visión del cuerpo de Mike tendido en el suelo y el del terrorista de la cara angulosa, Amazonas, sentado en el asiento de la izquierda. Los dos están muertos. Tanto Mike como el secuestrador tienen la marca rojísima de una soga o algo por el estilo alrededor del cuello. Pienso en lo fácil que es subir un arma a bordo de un avión: basta con un inocente trozo de cuerda metido en una bolsita de cordones o dentro de una sudadera con capucha.

Missouri está en el asiento de la derecha con una mano en la horquilla del volante; un trozo de plástico negro le cuelga, inservible, de la manga. Cesca y yo avanzamos al unísono, pero apenas queda espacio libre en la cabina, y mi compañera tropieza con el brazo de Mike, que está extendido en el suelo. Cae hacia delante, gritando frente al horror de la situación, y yo intento tirar de ella hacia atrás y…

Demasiado tarde.

Se oye un sonido terrible: un grito gutural, primitivo. Cesca se queda de pie durante una fracción de segundo, mientras la sangre le brota de un tajo en la sien. Luego se desploma.

Missouri sostiene el hacha antiincendios, que ha sacado del soporte que hay al lado de su asiento. Es lo bastante afilada para abrirse paso entre los restos de un avión siniestrado, lo bastante afilada para romper un cráneo, para traspasar un cerebro. La secuestradora deposita el arma en su regazo.

«No».

Lo digo también en voz alta —con un grito, con un rugido—, por esta y por todas las veces en que debería haberlo dicho. Por última vez. El sol atraviesa los cristales y un arcoíris parte en dos la cabina de control, separando a los muertos de los vivos. Todo se ralentiza hasta que acabo tomando consciencia de cada respiración, de cada movimiento, y en cuanto las manos de Missouri tocan la palanca de mando me llevo la mano al bolsillo.

«Deja que te lo enseñe».

No, pienso. Deja que te lo enseñe yo a ti.

Los auriculares de Finley aprietan el cuello de la terrorista cuando, con los extremos enrollados en los puños, tiro desde la otra punta. Missouri se clava las uñas en el cuello, luchando contra el cable, pero yo tiro más fuerte, me dejo caer al suelo y me agarro al respaldo del asiento con las piernas. Percibo el olor metálico de la sangre de Cesca y los miembros de Missouri enredándose con los míos; aun así continúo apretando. Trato de imaginarme los ojos desorbitados de Missouri, la lengua que le cuelga… aunque no es a ella a quien veo, sino a un hombre: otro piloto.

De pronto, noto una sensación de ligereza: el cable se rompe y caigo de espaldas al suelo. Me levanto como puedo, con los brazos doloridos de la fuerza que acabo de hacer, pero Missouri no se mueve. ¿La he matado? ¿Se acabó? De pronto ese espacio me resulta demasiado pequeño y demasiado grande a la vez; las nubes se mueven tanto que parece que sea yo la que no se está quieta. Percibo a Rowan y a Derek afanándose a mi alrededor, arrastrando afuera a Mike y a Amazonas. Vuelvo a oír, como si hubiera tenido los oídos taponados, y todo empieza a adquirir una claridad que antes no tenía cuando me agacho junto a Cesca, que permanece inmóvil. Derek me pasa un trapo y se lo aprieto contra la herida que tiene en la cabeza.

—No te nos vayas, Cesca —susurro, y noto unas lágrimas que me arden en los ojos. Ya casi estamos. Ya casi. Levanto la vista y me encuentro a Rowan delante de mí—. Hay que ir al piso de arriba —le digo—. Hay dos pilotos más. —Le doy el código del compartimento de descanso.

A Cesca los globos oculares se le van de lado a lado bajo los párpados, y una red de venitas se le hace visible bajo la piel tirante.

—Derek, ayúdame a llevarla a la galera. Hay un botiquín de primeros auxilios en el armario grande, el de encima de la nevera.

Cuando la estamos sacando medio a rastras de la cabina de control, se oye de pronto un golpe y la puerta de la habitación de las literas se abre con brusquedad. Reprimo un sollozo de alivio. Todo va a salir bien. Podré enviar un mensaje a Adam y a Sophia, y sabrán que he cumplido mi promesa. Que vuelvo a casa.

Pero en el umbral de la puerta no están ni Ben ni Louis.

Rowan me mira primero a mí y después a Derek; su boca se debate para encontrar las palabras que busca.

—Los pilotos… —dice finalmente, meneando la cabeza como si pudiera negarse la verdad a sí mismo— están muertos.

Me retumba la sangre en los oídos.

Ben y Louis están muertos.

Cesca, inconsciente.

Tenemos el control del avión, pero nadie sabe pilotarlo.