Sin elección
28. Ocupante del asiento 1G
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Ocupante del asiento 1G
Por norma general, prefiero trabajar por mi cuenta. Comporta menos riesgos (las fugas de información involuntarias y todo eso), y me ahorra esas discusiones en bucle que conllevan mucha palabrería pero poca acción.
Algunos trabajos, no obstante, son demasiado grandes para una sola persona.
Con los años, he acabado liderando una escisión del grupo de activismo climático al que me uní después de mi revelación. Aquella organización tenía el empuje y la energía de un movimiento político, pero sin ningún tipo de jerarquía o estatutos claros, y, pese a que no éramos muchos, nos apasionaba la idea de salvar el planeta. Yo tenía muchos escrúpulos sobre quién se unía a nosotros: nada de heterodoxos, de veletas, de lobos solitarios. Quería a personas capaces de trabajar en equipo; quería seguidores, no líderes.
Poco a poco fui formando mi propia manada.
Los medios de comunicación ofrecen un estereotipo injusto de los ecologistas. Nos pintan con rastas y barba, descalzos y con las manos sucias. Se creen que vivimos de las subvenciones, en el bosque, abrazados a los árboles. Se ríen de nosotros y, de esa manera, influyen sutilmente en la sociedad para que esta también se tome a broma las problemáticas que denunciamos: si los ecologistas son un chiste, el ecologismo también debe de serlo.
En realidad entre nosotros hay gente de origen muy diverso.
Uno de mis primeros reclutamientos fue un ama de casa. Yo administraba un grupo de Facebook que entonces se llamaba «Trucos para las labores del hogar». Ya hacía tiempo que el contenido de la página estaba decantándose hacia formas de evitar el uso de plásticos desechables, y yo iba publicando cada vez más fotos de animales para ver la reacción de los integrantes del grupo. Enseguida cambié el nombre de la página por «Acción Climática» y la fusioné con la página principal. De aquella manera, acababa de crear una comunidad de más de cien mil personas procedentes de todo el mundo.
Solos, no somos más que una vocecilla; juntos, somos un rugido.
En una ocasión, una mujer publicó una foto de un oso polar desnutrido acompañada de un emoji llorón.
«Hace ocho días que empecé mi mes sin plástico —escribía—. Un poco duro, la verdad, pero esto me ha recordado por qué lo estoy haciendo».
Debajo de su publicación, se desplegó enseguida un hilo de mensajes.
«Bien hecho, ¡sigue así!».
«Gracias . A mi marido no le gusta nada llevarse los sándwiches con
envoltorio de cera de abeja. ¿Podríais recomendarme alguna alternativa?».
«¿Papel de plata?».
«¡Ah, pues claro! ¡Qué burra soy!».
Hablaba mucho de su marido, quien al parecer lo quería todo a su manera, ella incluida.
«Esta mañana he probado el champú en barra. ¡¡¡Se ve que echo un pestazo que tira para atrás, ja, ja, ja!!!».
De forma individual, sus publicaciones apenas llamaban la atención: el grupo tenía tres mil miembros activos y el tema de conversación cambiaba cada dos por tres a medida que bajabas por la página. Pero si leías con atención, como en mi caso, terminabas atando cabos.
«¿Alguien sabe cómo quitar manchas de grasa de una corbata? ¿¿¿Porfa???».
«¿Se puede cambiar la mantequilla por un aceite de cocina bajo en calorías, de esos que venden en aerosol?».
Su foto de perfil mostraba a una rubia bastante guapa, con una cintura finísima. Si uno iba haciendo clic en las fotos de años atrás, parecía haber encogido; se la veía cada vez más minúscula al lado de aquel individuo que salía junto a ella en casi todas las fotos, sujetándola del hombro con una mano posesiva.
Le envié un mensaje.
«¡Hola! ¡Gracias por ser uno de los participantes más activos de “Trucos para las labores del hogar”! Solo quería hacerte saber que agradezco mucho tus publicaciones y comentarios».
Su respuesta fue instantánea.
«¡Uau, gracias! Sois un grupo muy agradable; ¡no sé qué haría sin él!».
«¿Pudiste quitarle la grasa a la corbata?».
«No». A continuación había puesto un emoji triste, con una lágrima resbalándole por la mejilla.
«Ah, vaya —le respondí—. Bueno, ¡será por corbatas en este mundo!».
«Dile tú eso a mi marido».
Chateábamos casi todos los días. Yo ya empezaba a intuir cómo era esta mujer y en qué clase de matrimonio estaba metida, pero aun así me quedé de piedra cuando, después de unos cuantos días sin saber de ella, me escribió para decirme que había estado en el hospital, después de una fractura bastante fea en el antebrazo izquierdo.
«No fue culpa suya —me dijo—. Ha tenido una época de mucho estrés en el trabajo».
Yo tenía los dedos posados en el teclado frente a lo que esperaba que sería otro de esos chateos intrascendentes que por su parte tiraban un poco a terapia; entonces se me cerraron en un puño. Pobre mujer. Y él, vaya un hijo de la gran puta.
«¿Ha pasado otras veces?».
Algo apareció en la pantalla y volvió a desaparecer. Me la imaginé indecisa: escribiendo y borrando, escribiendo y borrando.
«Casi cada día. Pero nunca tan fuerte».
Y así, como si hubiera abierto un grifo, todo comenzó a salir a chorro: todas las excusas de su marido, todos sus errores. Traté de leer entre líneas para dar con la verdad y lo que hallé me horrorizó: había conseguido aislarla de sus amigos; le controlaba el dinero, lo que hacía, adónde iba. Estaba completamente atrapada.
«Yo llevo un grupo de activismo medioambiental —le dije—. Somos miles de personas en todo el mundo, pero solo unos pocos, en segundo plano, nos encargamos de las tareas organizativas. Tendrías que unirte a nosotros».
«No podría ayudaros en nada. ¡No soy más tonta porque no entreno, ya me lo dice siempre mi marido!».
«Siempre se te ocurren soluciones para las dudas del grupo. Serías un fichaje muy valioso para nosotros».
«A mi marido no le gustaría».
«No se lo cuentes. Es todo online. Te daré un seudónimo. Es un grupo estupendo; seguro que a los otros les vas a caer genial».
Con aquello di en el clavo. Era lo que ella más necesitaba en el mundo, y era tan sencillo… Solo necesitaba a alguien que la quisiera.
«Vale, va. ¡Genial! Muchísimas gracias. Besos».
Días más tarde, me dijo que «daba gracias a la vida» por haber recibido mi mensaje justo cuando necesitaba a alguien con quien hablar. Sin embargo, no había ocurrido por casualidad. Ni el destino ni la fortuna tenían nada que ver. Todos dirigimos nuestra propia orquesta y podemos escoger a quienes tocan en ella.
Aun así me sentía responsable con respecto a Sandra: yo era la única persona a la que ella había contado que su marido la maltrataba; ¿cómo no iba ayudarla? Era profundamente insegura, pero, bajo su falta de confianza, yo veía a una mujer amable y compasiva, concienciada con el medio ambiente. Veía a una mujer que había tocado fondo. A una mujer con una falta tan tremenda de convicción en sí misma que agradecía hasta el menor halago. A alguien tan acostumbrada a ver sus pensamientos sustituidos por los de otra persona que podría moldearla a mi absoluta voluntad.
Vi una oportunidad.
Toda oveja necesita su pastor.