Sin elección

Clare Mackintosh · Capítulo 31 de 56

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Sin elección

29. A seis horas de Sídney. Mina

29

 

A seis horas de Sídney

Mina

 

La mujer que se llama a sí misma Missouri lleva un jersey de lana verde muy grueso, tejido a mano.

El miedo que me estremecía el cuerpo se va aplacando: esta no es la terrorista que me esperaba; no es más que una abuelita. No estamos a salvo ni mucho menos, pero si los demás son iguales que ella…

Está claro que no soy la única que lo piensa, porque los pasajeros que están de pie empiezan a avanzar hacia la señora como obedeciendo a una señal acordada previamente. La mente se me dispara; ya estoy pensando en el momento en que la tengamos contra el suelo. En las taquillas de personal hay esposas de plástico y, por muchos que sean ellos, nosotros somos más. Lo único que tenemos que hacer es…

Pero entonces Missouri se levanta el jersey verde y todo cambia.

La avanzadilla de pasajeros recula: debajo del jersey hay cuatro bolsas de plástico pegadas con cinta adhesiva a una especie de faja que la mujer lleva ceñida al pecho. Las bolsas son negras y su contenido, lo bastante maleable para que se les doblen un poco las esquinas; de cada una salen dos cables finos que desaparecen bajo la parte superior del jersey.

—Tomen asiento. —Missouri se sitúa al frente del pasillo, junto a la entrada de la galera.

Poco a poco, todos los pasajeros van regresando a su asiento. El silencio aterrorizado solo se ve roto por el llanto de Lachlan y las voces inquietas de los pasajeros de la parte posterior del avión, a los que el nuevo acontecimiento ha pasado inadvertido. Me llega la voz de una auxiliar de vuelo de turista que les está asegurando que «todo está controlado», y el sudor me corre por los riñones; de controlado nada de nada.

Hay una bomba en el avión.

La gente siempre protesta por las colas de los controles. Los oyes a todos quejarse cuando se quitan los zapatos; los ves corriendo hacia la puerta de embarque porque han dejado el control para el último momento. «¿Tengo cara de terrorista?», sueltan molestos cuando los apartan para cachearlos. Pero no todos los terroristas tienen el mismo aspecto; esta en concreto viste un jersey verde tejido a mano.

—Se está tirando un farol —susurra Cesca.

Estamos las dos en el pasillo, del mismo lado que Missouri, unas cuantas filas más atrás. Tengo ganas de que se baje el jersey, como si el hecho de no ver los explosivos fuese a reducir la posibilidad de que los haga detonar.

—A lo mejor, sí. ¿Quieres jugártela?

Es una pregunta retórica: ninguna de las dos piensa arriesgarse. Los sistemas de seguridad de los aeropuertos son rigurosos, pero ninguno es infalible. Un bote de tinte capilar te lo confiscarán, pero un botecito de champú tamaño neceser, hasta arriba de agua oxigenada, puede llegar a colarse. No puedes llevar ningún cuchillo, pero sí agujas y tijeras de coser y limas de metal para las uñas. Hay armas de sobra si uno quiere tirar de ingenio.

Carmel y Erik están en la otra punta de la cabina; ella no para de retorcerse un anillo que lleva en el dedo. La mujer del asiento 5J —la rubita a quien he visto tontear con uno en el bar— continúa de pie; le hago un gesto a Erik para que le indique que se siente. Cuando él se le acerca, en lugar de ir hacia su butaca, ella camina en dirección a la galera y adopta una posición idéntica a la de Missouri pero en el lado opuesto de la cabina. Las dos intercambian una mirada y la rubia sonríe antes de saludarnos a todos con una brevísima inclinación de cabeza.

—Zambeze —dice.

Tardo unos segundos en caer en la cuenta de que se está presentando.

Su aspecto es delicado, como de muñequita, y tiene las manos juntas, como una novia a la que le falta el ramo. Recorro con la mirada el contorno de su cuerpo en busca de alguna señal de explosivos: un vestido elástico le cae desde un par de clavículas marcadas y le perfila un abdomen hueco. Debajo lleva unas mallas negras que le hacen bolsa en las rodillas.

«Zambeze», «Missouri». Qué extraña pareja; qué terroristas más raras.

Missouri retrocede hasta el interior de la galera, sin apartar los ojos de la cabina. Los cables del chaleco deben pasarle por dentro de la manga, porque van empalmados a un objeto de plástico negro que lleva en la mano izquierda. Coge el micro de megafonía con la derecha y se dirige a todo el avión.

—Llevo suficientes explosivos para acabar con la vida de todos los que vamos a bordo.

Lo único que se oyen son unos sollozos casi imperceptibles pero tan insistentes que parecen provenir de la misma osamenta del avión.

—Os da miedo morir, y aun así desperdiciáis el agua que con tanta urgencia necesitan las cosechas. Calentáis los océanos y agotáis las reservas marinas. Vais en coche cuando podríais ir a pie, coméis carne cuando podríais plantar un huerto, taláis árboles para construir casas y así cobijar a una población que está creciendo de forma descontrolada. Estáis matando al planeta y el planeta tiene tanto miedo como vosotros ahora mismo.

¿Cómo? ¿Por eso han secuestrado nuestro avión? ¿Por eso han amenazado a mi familia? ¿Porque «el planeta tiene miedo»? La ira estalla en mi interior y lo único que puedo hacer es guardarla ahí. Me había imaginado a un fundamentalista religioso, a un fanático; no esto. Esto es la viva imagen de la locura: una mujer canosa vestida con un jersey verde, con patas de gallo en torno a los ojos y manchas de envejecimiento en las manos. Pienso en todas las veces que he visto reportajes sobre protestas ecologistas y en lo rápido que he cambiado siempre de canal, ignorándolas por completo. Estaban un poco chalados, quizá, pero no realmente locos; no eran peligrosos.

—Los deseos y las necesidades son cosas muy distintas —continúa Missouri. Tiene los ojos como cuentas negras y gesticula mucho con la cara —. Ninguno de vosotros necesitaba coger este vuelo. Hay sitios preciosos que visitar en vuestros propios países y en otros a los que podéis llegar en tren o en barco. Podéis trabajar con empresas de todo el mundo gracias al correo electrónico, el teléfono, el vídeo… No necesitáis destruir el planeta: es un acto egoísta, que sale muy caro y que tiene que parar.

Pienso en Leah y en Paul Talbot, que vuelven a casa con su bebé, y en la mujer que esperaba llegar a tiempo a Sídney para despedirse de una amiga a las puertas de la muerte. Pienso en Pat Barrow, que escapa de su pena. Pienso en los veinte integrantes de la tripulación, con hipotecas que pagar y niños a los que alimentar. Las necesidades son relativas.

—Y entonces ¿qué haces tú en un avión?

Se oye a alguien reprimir un grito en el otro extremo de la cabina y todo el mundo gira la cabeza para descubrir el origen de la pregunta.

—¡Doug, cállate! —Ginny se aferra a su prometido, que gesticula como un borracho en un bar de cómicos un sábado por la noche.

—El inventor de la bombilla trabajaba a la luz de las velas —dice Missouri, a quien al parecer la interrupción la ha divertido más que irritado—. El creador del automóvil viajaba en diligencia. Quienes trabajamos para construir un futuro mejor tenemos que usar las herramientas que haya a nuestra disposición para descubrir otras nuevas.

—¿Por qué no nos hemos estrellado todavía? Es lo que a mí me gustaría saber. —Al otro lado de la cabina surge una voz histérica, que se va haciendo más aguda con cada palabra—. Si vamos a morir, terminemos de una vez con esto. Es insoportable, ¡insoportable!

—Que alguien la haga callar, a la chica de al lado —dice Derek Trespass —. Y tú, tío, ya la has oído: si colaboramos, nadie saldrá herido.

—¡Que lleva una bomba!

Esas palabras parecen propagar de nuevo el miedo por la cabina. Observo a la muñequita Zambeze y veo que una sonrisa le asoma a la comisura de los labios: lo está disfrutando.

Missouri alza la mano y se hace el silencio.

—Tenemos preparada una proclama que, según lo previsto, se publicará en las redes sociales dentro de unos minutos. Entre otras cosas, pedimos al gobierno que adelante a 2030 su objetivo de cero emisiones de carbono y que empiece a multar a las aerolíneas que no demuestren su compromiso con las energías renovables.

El pasajero del asiento 2D —el de las piernas largas, el que me ha dicho que alegrase la cara— tiene el cuerpo echado hacia delante, con los brazos apoyados en las rodillas. No solo no muestra la misma expresión de pánico que los demás, sino que va asintiendo con la cabeza a las palabras del discurso de Missouri. Le doy un leve codazo a Cesca y lo señalo con la cabeza hasta que ella me sigue la mirada.

Amazonas, Missouri, Zambeze y ahora el del 2D. Son cuatro en total. ¿Cuántos más hay? ¿Habrá algún otro en la parte de atrás, en turista? De pronto me asalta una idea: ¿habrá alguno entre la tripulación?

—Nosotros solo hemos tomado como rehenes a unos pocos cientos de personas —añade Missouri—. Nuestros políticos tienen en sus manos el futuro del mundo entero.

Erik se ha cambiado de sitio en la otra punta de la cabina. La última vez que he mirado, estaba al lado de Carmel, pero ahora se encuentra unas cuantas filas más cerca de la galera que antes. Zambeze está absorta en el discurso de Missouri, y Erik, a su vez, tiene la vista fija en Zambeze. Veo que vuelve a moverse: primero un pie, luego el otro, tan lento que apenas se nota. Contengo la respiración: ¿qué se supone que está haciendo?

—Seguiremos en el aire hasta que el gobierno acepte nuestras exigencias, o bien… —Missouri hace una pausa— o bien hasta que nos quedemos sin combustible.

Se produce un instante de silencio en que nuestra imaginación colectiva ve el horror de su amenaza en todo su esplendor. Antes de que a nadie le dé tiempo a hablar, Missouri prosigue:

—No tengo ninguna duda de que vamos a conseguir nuestro objetivo. Sentenciar intencionadamente a muerte a centenares de sus propios conciudadanos sería marcarse un gol en propia puerta, ¿no creéis? —No parece esperar respuesta alguna—. Mientras tanto lo único que tenéis que hacer es cooperar.

Erik vuelve a moverse, muy poquito a poco. ¿Será él el número cinco? Pienso en cómo ha corrido la cortina de su litera durante el descanso, negándose a seguirnos el rollo con los cotilleos y los juegos. Ha dicho que quería dormir, pero ¿y si tenía alguna cosa que esconder?

—Y si no, ¿qué? —exclama Derek Trespass.

Missouri levanta el brazo, con lo que deja que se le deslice la manga del jersey hasta el codo: los cables hablan por sí solos. La esposa de Jamie Crawford se echa a llorar con unos aullidos escandalosos que atraen las miradas nerviosas de la gente tanto como Missouri, pues temen que aquel arrebato emocional incite a los secuestradores a actuar. Algo se mueve velozmente en dirección a la galera: es Erik, que corre hacia Zambeze y le retuerce el brazo a la espalda. Los gritos resuenan por toda la cabina, y Carmel sale corriendo hacia ellos; su voz se alza por encima del ruido.

—¡Erik! ¡No! ¡Vas a conseguir que nos maten a todos!

Todos los pasajeros se han levantado de la butaca y se han puesto a llorar y a chillar y a corretear en varias direcciones. Missouri atraviesa la galera y reaparece por detrás de Zambeze, quien forcejea con Erik, de cuyo brazo tira una Carmel histérica, y por encima de todo se oye al bebé Lachlan berreando hasta desgañitarse. Emprendo el camino más corto a través de la cabina, trepando por los asientos, sin saber qué haré cuando llegue al otro extremo, sin tener ni idea de quién es quién ni en qué dirección corre cada uno, únicamente sabiendo que alguien terminará herido si…

Nunca había visto tanta sangre.

Sale disparada trazando un amplio arco por encima de las butacas y salpica la pared de carmesí. Alguien grita y grita sin parar, sin detenerse a coger aire.

—¡Ayudadme a tumbarla en el suelo! —dice el hombre de la barba perfectamente recortada, con las gafas manchadas de sangre. Lleva la sudadera gris empapada también de sangre e intenta tapar con las manos una herida que jamás se cerrará; da igual lo fuerte que presione.

Gritos. Muchísimos gritos.

Carmel. Veintidós años. Una cabeza llena de paredes por pintar, de sofás de color rosa palo, de hoteles remotos y de un novio que trabaja en la City. En el aire, a treinta y cinco mil pies de altura, la sangre se le escapa a borbotones entre los dedos de un desconocido: le han clavado en el cuello un sacacorchos.