Sin elección

Clare Mackintosh · Capítulo 42 de 56

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Sin elección

40. Ocupante del asiento 1G

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Ocupante del asiento 1G

 

Estaría mintiendo si te dijera que quería morir; sería más preciso afirmar que aquello no me cogió por sorpresa. Tenía la esperanza de que los políticos vieran que su única alternativa era aceptar nuestras exigencias, y que la cuenta atrás del indicador de combustible bastase para sacarlos de su embobamiento. Pero al parecer, para nuestro gobierno, unos centenares de vidas son algo de lo que cabe prescindir. Una decisión vergonzosa, tal vez, pero que pronto se verá eclipsada por asuntos de mayor urgencia. Las malas noticias se verán silenciadas.

En lo que respecta a los demás, supongo que entenderás que no podía contarles nada. Podrían haberse echado atrás o haber claudicado en mitad de los preparativos; podrían haber hecho saltar las alarmas —de forma inconsciente o no— al despedirse entre lágrimas de sus seres queridos. Podría incluso habérseles escapado algo delante de algún pasajero, lo que desencadenaría el tipo de reacción visceral que terminaría con el avión zambulléndose en el océano. Era mejor que los pasajeros creyeran que existía alguna posibilidad de ser salvados.

«No va a morir nadie —les dije a los demás cuando les resumí nuestros planes—. El gobierno debe creer que vamos a dejar que el avión se quede sin combustible si queremos que se tomen en serio nuestras exigencias. Los pasajeros deben creer que morirán si queremos tenerlos controlados. ¡Pero, por supuesto, la idea no es esa!».

En teoría no era mentira: la idea no era esa.

Pero tampoco era lo que les dije.

«Amazonas nos desviará hasta un punto concreto del desierto de Gibson, al oeste de Australia —les expliqué—, donde unos camaradas activistas estarán esperándonos con sus todoterrenos. Evacuaremos el avión y desapareceremos, para dejar que los pasajeros sean rescatados. Nos desharemos de las identidades falsas y escaparemos sin que nos detecten».

Si hubiera sido el verdadero plan, habría supuesto un desastre. ¿Escapar sin que nos detectasen? ¿Con la mitad del ejército australiano desplegado para acorralarnos? Pero no era el plan de verdad: se trataba de una mera fantasía que podía embellecer con todo lo que hiciera falta para disipar las dudas de mis infinitamente fieles seguidores. Cada pero que ellos me ponían yo lo interceptaba con destreza y lo contrarrestaba con una respuesta que invalidaba toda su retahíla de preguntas.

«¡Seremos héroes del clima!», escribió Ganges. Se produjo entonces una gran ovación virtual.

Dudo que muchos de mis discípulos me hubieran acompañado en aquella misión de haber estado al corriente de mis verdaderas intenciones. Uno o dos puede que sí: las mentes más inestables, los ecologistas más fanáticos, pero no los demás. El resto —Zambeze, desde luego; Congo, sin lugar a dudas— estaban ahí por la nueva vida que se les había prometido.

Congo me caía bien. Lo conocí una noche de micro abierto en un bar de cómicos, organizada en solidaridad con Greenpeace. El bar estaba lleno de gente y el público se cebaba un montón interrumpiendo a los monologuistas; para cuando Congo consiguió subir su mole al escenario y recuperar el aliento, ya había gastado dos de los cinco minutos que le tocaban. La gente cada vez reía con más fuerza. Se pusieron a cantar «Un elefante se balanceaba…» mientras nuestro cómico del momento sacaba finalmente el micro del soporte.

—¡Empieza ya! —gritaron.

Su repertorio era flojo y había calculado fatal los tempos. En mitad de cada broma se le escapaba una tos sibilante. Pero no se rindió. Y, cuando comenzaron los lentos aplausos, ni se sonrojó ni tartamudeó; en lugar de eso, se tomó un buen rato para recorrer con la mirada todos los rincones de la sala y desdeñó al público entero con un sonoro: «Que os follen, hijos de puta. Podría comeros a todos y todavía me quedaría hueco para un kebab». Aquello desató la carcajada más ruidosa de la noche.

Lo seguí hasta la fila de taxis, maravillándome ante su habilidad para poner un pie delante de otro —con una lentitud dolorosa, eso sí— cuando sus muslos se debatían en busca de espacio y los tobillos le sobresalían por encima de las zapatillas. Se compró una hamburguesa en un puesto de comida y se la llevó a un callejón, donde se la ventiló en tres bocados, sin dejar en ningún momento de secarse las lágrimas, que relucían bajo el resplandor de una farola. Nunca había visto a nadie tan desgraciado y a la vez tan valiente.

En el apartado de «Próximos eventos» de su página web no había nada publicado, pero su blog era una mina. Se había vuelto más comedido en los últimos años, quizá desde que había empezado a promocionarse como monologuista, pero sus primeros textos, sinceros y descarnados, contaban una historia deplorable de acoso y victimización. Era un ecologista convencido (de ahí su aparición en aquel micro abierto para recaudar fondos) y escribía con pasión sobre el cambio climático.

«Esta noche he visto tu actuación —le escribí—. Eres muy gracioso».

Me presenté como una rubia de veinticinco años de un pueblo lo bastante lejano para no arriesgarme demasiado, soltera, interesada en conocer gente. Modelé mis intereses a partir de todo lo que había ido encontrando en su blog y le expresé mi inmensa alegría cuando vio que teníamos «tantas cosas en común». Le introduje en el grupo y lo animé a que desempeñara una labor activa en nuestros planes.

«Eres increíble. Eres tan valiente, tan inteligente… Estás haciendo mucho por cambiar el mundo».

Quería que nos conociéramos en persona. Por supuesto que quería.

«En otra ocasión —le contesté—, cuando lleguemos a Australia».

Nunca usé mi verdadero nombre en internet; para el trabajo como activista, adopté la identidad de una estudiante que se había suicidado, muchos años atrás, hacia la mitad del primer semestre del curso universitario. La familia de Sasha vivía en el extranjero y, mientras embalaba sus pertenencias, se me ocurrió que una partida de nacimiento y un pasaporte extras podían resultarme de utilidad. Hasta entonces me las había arreglado para no tener que entregar mis huellas dactilares y mi ADN a la policía, pero a medida que mi activismo político se intensificaba, también aumentaban los riesgos. Decidí que era mucho mejor encasquetarle a la pobre Sasha cualquier expediente delictivo que pudieran abrirme en un descuido.

Adopté varios seudónimos digitales para proveer a cada uno de mis reclutas de la tutela adecuada. Una de mis personalidades había perdido también a un hermano a manos de la policía. Otra compartía con su discípulo el amor por los videojuegos. Para Zambeze, era la amiga comprensiva; para Congo, una amante en potencia. Pasaba de una apariencia a otra sin despeinarme, incluso sembrando cizaña entre ellas, dándole a cada cual lo que necesitaba.

Hacía que mis títeres discutieran entre ellos; que, cuando había un disidente, se le pusieran todos en contra para defender mis propios intereses. En una ocasión fingí que había expulsado a un miembro del grupo y confesé a los demás que alguien se había ido de la lengua y que aquello había terminado muy mal para esa persona. La sumisión fue instantánea.

Mis reclutas ya no eran individuos, sino una masa homogénea a la que podía mover en la dirección que me viniera en gana. Pero sabía que solo podía poner a prueba su obediencia hasta ciertos límites. Un perro es capaz de guiar a sus ovejas a lo largo de kilómetros sin perder a ninguna, pero a un zorro le bastará un instante para dispersarlas. No podía contarles la verdad, pese a que la verdad conseguiría los titulares que todos queríamos.

Dos mil personas se dirigían ahora a la sala de conciertos de la Ópera de Sídney, donde tendría lugar la actuación conjunta de varios coros locales. A lo largo de tres meses, más de cincuenta agrupaciones distintas habían estado reuniéndose en iglesias, oficinas, bares y casas para practicar las mismas diez canciones. Me imaginé a los cantantes juntándose por primera vez entre bastidores, todos vestidos de negro, solo diferenciados de manera perceptible por las escarapelas de colores que indicaban sus respectivos distritos. Me imaginé a los invitados: famosos, periodistas, «amigos de la Ópera de Sídney»; todos ellos renunciando a sus cócteles privados en favor de aquel acontecimiento tan especial.

¿Por qué el edificio de la Ópera?

Porque estaría lleno de gente.

Un terrorista no pondrá una bomba en un edificio vacío, una tienda cerrada o una fábrica que esté fuera de funcionamiento. Un tirador no acribillará una escuela durante el fin de semana o un centro comercial a las tantas de la madrugada. Las conmociones las causan las vidas humanas, no los edificios que las albergan, y además esas vidas deben ser las adecuadas.

¿Crees que se responde con la misma celeridad cuando entran a robar a una madre soltera de un barrio deprimido que cuando las víctimas son unos pijos que viven en un adosado? Fíjate en la cobertura que dan los medios a la desaparición de un niño cuando este es blanco y guapo; luego fíjate en los que son feos o discapacitados o de otras razas y dime que la gente se preocupa igual por ellos.

Tenía que obligarlos a que se preocupasen del tema. Tenía que obligar a los políticos de todo el mundo a sentarse y pensar: «Hay que hacer algo con esto del cambio climático». Tenía que obligarlos a decir: «Seguirá muriendo más gente a menos que cambiemos nuestro enfoque de manera radical». Que el que estuviera muriendo fuese el propio planeta debería haber sido más que suficiente, pero yo había comprendido hacía tiempo que no era el caso.

Mientras se cerraba la puerta de la cabina de control, recé una oración. No iba dirigida a ningún Dios, sino a la Madre Tierra. Le di las gracias por sus bendiciones, por seguir abasteciéndonos pese a haber abusado de nuestros privilegios y haber cogido más de lo que necesitábamos. Sentí que el avión temblaba brevemente debajo de mí, como si también estuviera de mi parte.

Aquello me asustaba, claro. ¿A ti no te habría asustado? ¿Nunca has pasado miedo en una atracción de feria, aun habiéndote subido a ella por voluntad propia? A pesar del miedo, no obstante, respiré: lo acepté con gusto. Dejé de lado el dolor, el terror y el pánico, y visualicé los titulares de prensa y las cumbres internacionales. Me imaginé las conversaciones que tendrían lugar en todo el mundo: conversaciones que se desarrollarían con gente yaciendo aún entre los escombros, con sus escarapelas hechas trizas. Aquellas personas traerían al mundo un cambio para las generaciones futuras. Serían héroes.

La idea era alentadora. Me dejé llevar y me concentré con mayor claridad en lo que hacía falta que ocurriese para alcanzar mi meta. Pensé en el descenso mortal que nos llevaría directos a nuestro objetivo. Pensé en los hierros retorcidos, en los cristales rotos, en el famoso velamen del edificio de la Ópera reducido a cenizas. Los brazos y las piernas rotos, las miradas fijas, la quietud total. Le habían arrebatado la vida a la Tierra, y la Tierra les arrebataría la suya a su vez.

Una simetría bastante hermosa, ¿no te parece?