Sin elección
19. A nueve horas de Sídney. Mina
19
A nueve horas de Sídney
Mina
Las siguientes instrucciones pueden salvar la vida de su hija.
Dentro de una hora, pedirá a uno de los pilotos que salga de la cabina de control. Puede utilizar
la excusa que desee, pero bajo ningún concepto hará saltar las alarmas. El baño adyacente a la cabina de control ya estará ocupado. Cuando no quede más que un piloto en la cabina, solicitará acceso a la misma y permitirá que entre el ocupante del lavabo. Luego cerrará la puerta.
Es lo único que le pido que haga, Mina. Si obedece, su hija vivirá. Si no lo hace, morirá.
Se me resbala la carta de los dedos; me fallan las rodillas y caigo en el lavabo. Los accesorios de baño traquetean en el estante de encima del lavamanos, y ya no sé si el rugido que oigo es el avión o mis propias palpitaciones, que no dejan pausa entre un latido y otro.
Esto es un intento de secuestro aéreo. No hay otra explicación. Alguien quiere tomar el control de este avión y, si se lo permito, probablemente morirá todo el mundo. Si no lo hago…
Ni siquiera me atrevo a pensar en las palabras. Eso no puede ocurrir. Mi hija tiene cinco años, tiene toda la vida por delante. No ha hecho nada para merecer esto.
«¿Y los pasajeros de este avión sí?».
A veces nos envían a cursos donde nos enseñan cómo afrontar amenazas a bordo. Existen palabras en clave, técnicas de defensa personal, sistemas para reducir a un oponente… Nos enseñan a permanecer alerta, a identificar posibles terroristas por sus gestos, por su apariencia, por su forma de comportarse.
En la clase todo parece muy fácil. Hay una pausa para comer y salimos a conversar al pasillo: «¿Te imaginas encontrarte de verdad con algo así?». Mientras tanto, uno se sirve una bandeja de ensalada, la otra se pide una Coca-Cola light y la tercera pregunta quién se quedará por ahí el fin de semana: «En el Prince Albert tienen noche de chicas: las mujeres entran gratis». Me acuerdo de los simulacros que hicimos entre varios; de cómo practicamos la negociación: «Conceded, pero nunca cedáis» es lo que nos dijeron que hiciésemos. Ojalá fuera todo tan simple.
Nunca pensé que sería de esta forma.
Yo me imaginaba un arma cargada, un cuchillo contra la garganta de algún compañero. Pensaba en gritos, amenazas, fanáticos religiosos en busca del martirio. Nosotros contra ellos. Movimientos rápidos, pensamientos veloces. He visto más de una peli de Hollywood donde salían hombres que apuntaban con su pistola a auxiliares de vuelo con brillo de labios, y me he preguntado cómo reaccionaría yo, cómo me sentiría. Imaginaba terror, pánico, descontrol.
Lo que nunca me había imaginado es que me sentiría tan sola.
Carmel golpea la puerta.
—¿Estás bien, Mina?
—Estoy bien. Salgo enseguida. —Las palabras me suenan tan falsas como las percibo.
Tiro de la cadena, abro el grifo y me quedo mirándome en el espejo, incapaz de hacer cuadrar el aspecto que tengo con la forma en que me siento. Soy la misma persona que era al principio del vuelo y, a la vez, otra completamente distinta. Pienso en aquel día nefasto de septiembre de 2001, cuando el mundo vio caer las Torres Gemelas; cuando vimos que morían miles de personas en Nueva York ante nuestros propios ojos.
Si alguien hubiera podido parar aquello, lo habría hecho sin pensárselo dos veces.
Yo lo habría hecho.
Y sin embargo…
«Si obedece, su hija vivirá. Si no lo hace, morirá».
Me alegro de que sea tan tarde. Si Sophia estuviera todavía en la escuela, o jugando con sus amigos, habría un millón de formas de que llegaran hasta ella. Pero ya son casi las diez de la noche en casa: mi hija ya estará arropada en la cama, con su padre en la planta de abajo viendo Netflix. Pese a todos sus defectos, Adam es un buen padre. Daría la vida antes de dejar que le pasara nada a Sophia; mi hija estará a salvo con él.
—¿Es por la carta? —pregunta Carmel cuando salgo del baño. Tiene la cara contraída en un gesto de preocupación.
—¿Carta? —El esfuerzo por aparentar desenfado por poco acaba conmigo —. ¡Ah! No, era alguien que se quejaba de lo del wifi. ¡Como si por escribir una carta fuera a solucionarse! No, es que creo que he pillado algún virus estomacal… tenía que ir corriendo al lavabo sí o sí.
Erik parece asqueado. Se aparta de nosotras y nos deja solas, lo cual significa que al menos ya hay un problema resuelto. Carmel parece haberse creído mi excusa a pies juntillas.
—Pobrecita. Mi madre siempre dice que la Coca-Cola normal va bien para cuando tienes la barriga delicada. ¿Quieres que te traiga una?
—Sí, gracias.
Sonríe de oreja a oreja, encantada de poder ayudar, y la veo revolver los armaritos en busca de lo que necesita. Tiene poco más de veinte años y está acaramelada perdida con ese novio suyo que trabaja en la City: no hay ni pizca de maldad en ella.
—Lo siento, Carmel. —Se me nublan los ojos y parpadeo para contener las lágrimas.
Ella se vuelve hacia mí, perpleja.
—No seas tonta, no es culpa tuya que estés malita. —Remueve mi bebida con energía, y las burbujas estallan al flotar hacia la superficie—. Esto te sentará bien.
La cojo, voy dando sorbos y diciendo «qué bien, está funcionando, gracias a Dios, ahora me encontraré mejor seguro», y entonces oímos otra llamada y ella pone los ojos en blanco y dice: «No hay paz para los malvados».
No hay paz para los malvados.
Echo una ojeada hacia la cabina de clase ejecutiva a través de la cortina. Paul Talbot me devuelve la mirada, con la esperanza de que le haga caso; su mujer se ha quedado dormida viendo una película y Lachlan, el bebé, está al fin tranquilo, totalmente despierto en brazos de su padre. Cruzo los pocos pasos que nos separan y fuerzo una sonrisa.
—Es demasiado si te pido que me aguantes al niño un segundo mientras voy al baño, ¿verdad? —pregunta Paul—. Cada vez que lo dejo en el carrito, se pone a llorar.
Me quedo mirándolos un instante, incapaz de asimilar que todo continúa con normalidad, que nadie sabe que su vida está en mis manos. Lachlan abre la boca, con ese gesto de los recién nacidos que no es una sonrisa, sino un eructo flojito, y la culpa me inunda el cuerpo como un líquido: Sophia tiene toda la vida por delante, pero también este bebé.
Trago saliva.
—Por supuesto. —Lachlan me acerca la cara al cuello y se me encoge el corazón.
El día que Adam y yo conocimos a Sophia estaba lloviendo. Llegamos a casa de la familia de acogida haciéndonos un lío con los paraguas y los abrigos. A mí los nervios me hacían hablar de más; a Adam, de menos.
—Sophia está por aquí.
Estaba tumbada en una alfombra de juegos, debajo de un móvil con figuritas de animales de granja. «Mi hija», pensé, preguntándome si algún día sería capaz de decir aquello sin sentirme como una farsante.
—Es preciosa. ¿A que es preciosa, Adam? Hola, Sophia, ¿a que eres preciosa? —Insté a mi marido a que dijera algo, preocupada por que la trabajadora social pudiera interpretar aquel silencio como falta de compromiso. Pero cuando la miré, la niña sonreía y entonces miró a Adam, que tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Es perfecta —dijo.
Lachlan desprende ese olorcillo a galletas que tienen los recién nacidos, cálido y sedante. La mujer que se sienta al otro lado del pasillo observa al bebé (o a mí) con mala cara. Lleva el pelo largo y gris recogido en una coleta. Si tiene hijos, serán mayores; ya se habrá olvidado de lo que es viajar con un bebé.
La ansiedad me va formando un nudo en la garganta que alcanza el tamaño de una pelota de tenis, y me cuesta tragar saliva. Alguien del avión me está vigilando. Alguien ha escrito esa carta; alguien sabe exactamente cómo me siento ahora mismo y por qué.
Paso junto a Alice Davanti, quien escribe frenéticamente en un miniteclado, y junto a lady Barrow, que tiene los ojos cerrados y sigue con los dedos el compás de la música que está escuchando por los auriculares. Mis ojos se detienen en cada pasajero, mientras la paranoia me provoca un hormigueo en todas las terminaciones nerviosas y unas arañas invisibles me bajan por la columna y los brazos.
«¿Quién eres?».
Jamie Crawford y su mujer siguen en el bar. Se les han unido algunos pasajeros más, entre ellos Jason Poke, que está bebiendo champán y deleitando a su pequeña audiencia con anécdotas de sus rodajes.
—… el sentido del humor en el culo. ¡Y le pegó al cámara!
Todo el mundo se desternilla, y Lachlan da un respingo, echa la cabeza hacia atrás y se pone a llorar.
—¡Está claro que al hombrecillo no le haces mucha gracia, Jason!
¿Y si todo esto es un montaje? ¿Una bromita de Poke? Levanto la vista hacia el techo en busca de algún indicio de posibles cámaras ocultas. Lachlan me sigue la mirada y abre los ojos ante las lucecitas brillantes que hay dispersas aquí y allá. ¿Cuántas veces en su corta vida habrá visto el cielo nocturno? Se me cierra la garganta; en mi interior, el miedo crece y se expande como una marea. Nadie, ni siquiera Jason Poke, bromea acerca del terrorismo. No en un avión. Décadas atrás, tal vez, pero no ahora; no después de todas las atrocidades que han ocurrido.
Vuelven a estallar las carcajadas. El otro periodista, Derek Trespass, lleva una libreta en la mano. Tal vez haya ido al bar a trabajar o en busca de alguna historia. Ahora no hay ni rastro de esa supuesta dedicación; se limita a intentar meter con calzador sus propias batallitas entre las que va contando Poke.
—El diputado no ha cambiado nada: no tiene ningún sentido del humor. Me acuerdo de una entrevista, en 2014…
En la otra punta del bar, otros tres pasajeros están tomándose ya los cafés. Van picando de las tartas que hay en la barra y Hassan les saca platitos y servilletas dobladas. Pillo fragmentos de la conversación mientras me llevo a Lachlan de vuelta a la cabina de clase ejecutiva.
—Hacía años que queríamos ir a Sídney, pero a mí tantas horas de viaje siempre me echaban para atrás. En el momento en que supe que podríamos ir sin hacer escalas, reservé billetes, ¿verdad que sí, amor?
—Es que esto ya es otra cosa, ¿eh? Aunque, ojo, hemos pagado el billete más caro.
—El primer vuelo a Sídney sin escalas: somos unos privilegiados. ¡Mañana saldremos en todos los periódicos!
De pronto se me aparece una imagen precisa de nuestro avión en las noticias, cayendo desde el cielo, envuelto en llamas. Corren los titulares al pie de la pantalla: «Vuelo 79 de World Airlines: no hay supervivientes».
«Y yo ni siquiera debería estar aquí».
Adam y yo siempre nos hemos cogido vacaciones la última semana antes de Navidad: compras de regalos de última hora, un paseíto por las casetas del mercado navideño, un pastelito caliente de fruta confitada, un vinito especiado (y quien dice uno dice tres). Es nuestra tradición: una época que siempre pasamos los dos juntos.
—Podríamos seguir haciéndolo. —Lo soltó como quien no quiere la cosa, pero le vi en los ojos lo mucho que deseaba que contestara que sí. Todavía era verano, y la conversación había surgido de la necesidad de Adam de decidir para cuándo reservarse las vacaciones—. A lo mejor es justo lo que necesitamos: un tiempo solos los dos.
—Me lo pensaré.
Las listas de la tripulación para el vuelo Londres-Sídney salieron al día siguiente.
—Lo siento —le dije a Adam cuando ya estaba confirmado que me cambiaría con Ryan—: me han hecho la putada de ponerme en el vuelo a Sídney. Estaré fuera toda esa semana.
Una mentirijilla. Y ahora aquí estoy.
Y no debería estar aquí. No en este vuelo. Ni en este ni en ninguno.
Mientras cruzo de vuelta la cabina, varios pasajeros se vuelven hacia mí. ¿Es porque llevo a un bebé en brazos? ¿Porque quieren tomar algo más?
¿O es porque uno de ellos ha escrito la nota?
No saberlo me hace estar exageradamente pendiente de mis movimientos; los brazos, de repente, apenas me responden, y temo que se me vaya a caer el bebé. Sigo observando a todos los pasajeros, pero no sé qué estoy buscando: ¿a alguien con una actitud confiada, a alguien arrogante? ¿O a alguien tan aterrorizado como yo?
La mujer del 5G tiene los ojos rojos y se pasa un pañuelo de papel hecho trizas de una mano a la otra.
—¿Está usted bien? —Me agacho para ponerme tan a su altura como me permiten las rodillas.
—No mucho. —Habla con aspereza, con antipatía. «La gente que secuestra aviones está mal de la cabeza, ¿verdad? Trastornada. Radicalizada. Esta mujer encajaría con cualquiera de esas interpretaciones».
—¿Le apetece contármelo? —Apenas soy capaz de controlar mi propia voz, pero sé que debo conservar la calma.
La mujer se queda mirando al bebé que tengo en brazos.
—Cuando eres joven te crees que tienes todo el tiempo del mundo.
Contengo la respiración.
—Entonces te das cuenta de que el reloj cada vez va más deprisa y de que no has hecho ni la mitad de lo que querías hacer; ni la mitad de lo que era importante de verdad.
Le apoyo una mano en el brazo y se vuelve hacia mí.
—Se está muriendo. —Tiene los ojos claros, del color de un mar de invierno; los fija en los míos sin pestañear ni contener las lágrimas—. Mi mejor amiga. Yo la llamaba «hermana», aunque nos llevábamos mejor que todas las hermanas que he conocido. Se mudó a Sídney hace veinte años para casarse con un idiota con una tabla de surf, y le juré de todo corazón que iría a visitarla, pero la vida se interpuso entre nosotras. —Tiene los ojos anegados —. Ahora es la muerte la que se interpone.
—¿Va a pasar las Navidades con ella?
—Si para entonces todavía está con nosotros… —dice la mujer en voz baja.
—Estoy segura de que sí —respondo, porque no sé qué más decir y porque esta mujer no tiene nada que ver con la nota que he recibido. Lo único que quiere es llegar a Sídney a tiempo para despedirse.
Una fila más atrás, al otro lado del pasillo, hay un hombre que, por sus rasgos, parece de Oriente Medio; su piel oscura se ve realzada por un brillo leve. Se me empiezan a poner los nervios de punta: mi instinto y mis prejuicios trabajan codo con codo.
—¿Todo bien? —Fuerzo una sonrisa. Está temblando, y yo voy marcando en mi lista mental los indicios de peligro: apariencia nerviosa, comportamiento errático, viaja solo.
—¿Todo correcto con el avión?
—Todo correcto —le respondo con cautela—. Va todo bien.
—No me gusta volar. Me he tomado un Valium, pero no me está haciendo nada.
—Va todo bien —repito—. Hoy en día los aviones son muy seguros. Muy muy seguros. Es imposible que nada vaya mal.
—No es verdad. Hay accidentes constantemente, basta con ver las noticias.
—Pero este avión… —me tiembla la voz—, este avión es seguro.
Me voy, obligándome a caminar despacio, tal y como me muevo normalmente por la cabina. Ya no quiero seguir con Lachlan en brazos: no quiero un recordatorio tan palpable de todas las vidas inocentes que van a bordo de este avión. Se lo devuelvo a Paul Talbot.
Las aerolíneas realizan maniobras de seguridad constantemente: alarmas de incendios, simulacros de amerizaje forzoso, ensayos de protocolos de actuación… Solo para esta ruta, habrán hecho muchísimas, sin pasar por alto un solo detalle. ¿Y si esto es otra de las comprobaciones de Dindar, una enrevesada estrategia publicitaria diseñada para demostrar lo seguro que es el vuelo?
Me conozco el protocolo de actuación como la palma de la mano.
El primer paso es informar al puesto de pilotaje de lo que ha sucedido. Sé perfectamente que la seguridad de mi hija no influirá en la decisión de los pilotos; suena cruel, pero es comprensible: si alguien toma algún rehén a este lado de la puerta de la cabina de control, no se les permite abrirla, se trate de un pasajero o de un miembro de la tripulación. Aunque su propia familia estuviera a bordo y ellos vieran por la cámara a un terrorista ahí de pie, con un cuchillo en la garganta de uno de sus seres queridos, tendrían prohibido abrir esa puerta. Puede que Sophia esté en peligro, pero eso a Cesca y a Mike les dará igual: hay demasiadas vidas en juego.
La puerta se abre con un clic y entro en la cabina de control. Al otro lado del amplio parabrisas, no hay más que tinieblas y, de pronto, tengo la sensación de estar cayendo, de descender en picado por la madriguera del conejo de Alicia, girando de forma descontrolada…
—Hola… —Mike echa un vistazo a mi placa identificativa, más que acostumbrado a viajar con desconocidos—, Mina, ¿qué tal todo por ahí atrás?
A lo largo de ese segundo, las cosas siguen bien. Quiero hacerlo durar, alargar el momento antes de que todas nuestras vidas den un vuelco. Se lo notificarán a los controladores tan pronto como se enteren. Tendrán que teclear un código silencioso: 7500, «Secuestro en curso».
Lo que ocurra a partir de entonces nadie podrá controlarlo. Quizá haya un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto más cercano, o vengan unos cazas a escoltarnos para que nos alejemos de cualquier núcleo de población importante. Si el espacio aéreo pertenece a alguna zona inestable, existe incluso el riesgo de que nos abatan: una explosión controlada que se considerará preferible a dejar que se estrelle un avión.
Trago saliva. Eso ya no depende de mí. Mi trabajo es velar por la seguridad de los pasajeros, no por la del avión. Mi trabajo es contarles a Cesca y a Mike que tenemos un secuestrador a bordo.
—Todo bien —digo—. Pero… —Me entran palpitaciones y acabo la frase con un acelerón—: hay un niño en clase ejecutiva que se muere de ganas de conoceros. Es un auténtico friki de la aviación. ¿Hay alguna posibilidad de que uno de los dos salga a saludarlo?
En 2015, el copiloto del vuelo 9525 de Germanwings encerró a su comandante fuera de la cabina de control y estrelló el Airbus A320 en los Alpes. Todo el mundo a bordo falleció. La respuesta por parte de las aerolíneas estuvo muy dividida: la mitad implantó de inmediato protocolos de actuación que estipulaban que los pilotos jamás podrían quedarse solos; la otra mitad no hizo ninguna de esas modificaciones y, en cambio, comenzó a plantearse qué podía hacer para prever trastornos de salud mental como los que sin duda habían desembocado en aquella tragedia.
World Airlines no modificó sus políticas.
—Su madre es un poco imbécil —añado—. Se ha quedado roque y ahora el crío tendrá que valerse por sí mismo lo que queda de vuelo.
—No aguanto a los padres así —dice Mike—. Ni que esto fuera una guardería, coño.
—Voy yo. —Cesca se pone de pie y estira los músculos—. Tenía que ir al baño de todas formas.
No le doy las gracias. Soy incapaz de hablar. Tengo la boca como esparto; se me pegan los labios a los dientes y, al salir de la cabina de control, con Cesca siguiéndome muy de cerca, me sube la bilis a la garganta.
Soy madre.
No tengo elección.