Sin elección
Segunda Parte
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Ocupante del asiento 1G
La primera vez que infringí la ley fue en el Campamento de Mujeres por la Paz de Greenham Common. Apretujadas conmigo estaban mi madre y una octogenaria con los bolsillos llenos de galletitas. Tiré una piedra y le di a un policía. «Buena puntería», dijo mamá. Por aquel entonces yo tenía nueve años, con lo que mi edad me absolvía de mis actos. Recuerdo la intensa sensación de poder que me invadió cuando el policía se volvió frotándose el hombro y buscando al responsable; a mí no me dedicó ni una sola mirada.
Esconderme a plena vista, permanecer libre de toda sospecha: ese ha sido mi objetivo desde entonces.
Lo creas o no, infligir dolor o sufrimiento a los demás no está en mi naturaleza, pero al final llega un punto en el que tienes que sopesar las consecuencias de actuar con las de no hacer nada. En tiempos de conflicto, por ejemplo, se acepta que se utilice la violencia contra los soldados enemigos y que las bajas civiles son un daño colateral trágico pero inevitable de las acciones de guerra. Si un bombardero fracasa a la hora de alcanzar su objetivo, no tardará en convertirse él mismo en un blanco.
Y es que estamos en guerra, no te equivoques. Puede que no lo parezca, igual que la Segunda Guerra Mundial no se pareció en nada a la Primera, pero aun así es una guerra, y más peligrosa si cabe para aquellos que no la reconocen como tal.
El código penal del Reino Unido nos otorga a todos —no solo a los policías— el derecho a emplear «tanta fuerza como sea razonable en cada circunstancia en pro de la prevención de un delito», lo cual nos lleva a la siguiente pregunta: ¿qué entendemos por delito? El diccionario querría hacernos creer que es una «acción u omisión penada por la ley», pero la ley de un país no tiene nada que ver con la de otro. Apostar, por ejemplo, no se considera un delito en el Reino Unido, pero la ley islámica sí lo prohíbe. Mascar chicle es ilegal en Singapur; las parejas que mantengan una relación prematrimonial no pueden vivir juntas en los Emiratos Árabes Unidos. O sea que ya lo ves: «delito» puede significar muchas cosas diferentes para un montón de gente distinta.
Los que gozamos de libertad de expresión y movimiento tenemos el lujo de poder elegir de qué manera responder ante cualquier crimen que tenga lugar delante de nuestros ojos. Podemos pasar de largo o podemos acogernos a los poderes que emanan de la ley vigente. Yo elijo actuar y sé que tú tomarías la misma decisión. Aunque no nos conozcamos de hace mucho, me atrevería a afirmar sin ningún género de dudas que no serías capaz de quedarte de brazos cruzados: no está en tu naturaleza.
Y aquello que entendamos por «razonable», en lo que a la fuerza se refiere, por supuesto dependerá de cada crimen. Quitarle la vida a alguien, en muchas circunstancias —en casi todas las circunstancias, podríamos decir—, no es razonable, pero ¿y si la vida se la estamos arrebatando a un asesino o a un violador? ¿Y si al privar a esa persona de su existencia estuviéramos evitando futuros asesinatos, futuras violaciones?
Ya lo ves: la línea que separa el bien del mal no está tan bien definida, ¿eh?
Permíteme que te diga algo acerca de la guerra en la que combatimos: es la mayor guerra de todos los tiempos, la más desmesurada, la más peligrosa. Los crímenes cometidos son múltiples y sus efectos, de largo alcance, por lo que toda vida nacida y por nacer está en juego.
¿No te parece que deben atajarse tales abusos?
¿Qué es una muerte comparada con delitos de esa magnitud?
Nada. No es nada.