Sin elección
25. A medianoche. Adam
25
A medianoche
Adam
Mis párpados se resisten a abrirse. Hago ademán de refregármelos para quitarme lo que sea que me los mantiene pegados, pero tengo los brazos entumecidos y no me obedecen. Me palpitan las sienes, tengo la boca seca y noto un regusto asqueroso en la garganta, como si anoche me hubiera tomado diez pintas y un kebab en lugar de… Sacudo la cabeza para intentar despejar la mente: ¿qué ocurrió anoche?
Es más: ¿es de día? Me envuelve un manto de oscuridad, así que no estoy seguro de si tengo los ojos abiertos o cerrados. Suena música, una canción de la lista de grandes éxitos, interpretada por alguno de esos grupos prefabricados. No estoy en la cama, debajo de mí hay una superficie dura y fría. ¿Dónde estoy?
Poco a poco, los recuerdos van abriéndose camino en la atmósfera viciada de mi cerebro. El hombre que vino a cobrar la deuda. Becca. Sophia.
—¡Sophia! —digo con un susurro desgarrado e inaudible.
Agua, necesito agua. ¿Sigo en la cocina? Ahí estaba cuando me caí, ¿no? Me duele hasta el último centímetro del cuerpo, como si lo tuviera todo roto y lleno de moratones.
De pronto me asalta una imagen: la de la jeringa llena de insulina acariciando la piel de mi hija. ¿Se la inyectó Becca? Veintitrés años, dijo, no diecisiete, así que no va al instituto. Tal vez ni siquiera esté estudiando. ¿Quién coño es?
Me viene una imagen de Sophia gritando mientras la aguja se le clava en la piel; su cuerpo, en estado de choque, convulsiona mientras la insulina penetra en su organismo.
—¡Sophia! —El sonido reverbera de vuelta.
¿Dónde estoy? Me encuentro en una posición incómoda, tendido de costado; el suelo está tan frío que parece mojado. Me incorporo como puedo para sentarme mientras pestañeo en la oscuridad. Algo me tira de las muñecas y me impide levantarme.
Tengo las manos atadas.
No, atadas no: esposadas. Y los brazos, a la espalda, me inmovilizan contra una pared. Toqueteo el metal de las piezas rotatorias de una de las esposas y me pincho con el trinquete que las mantiene unidas; están tan apretadas que me duelen las muñecas y he perdido sensibilidad en las manos. Un plástico rígido separa una manilla de la otra: son como las que usa la policía o similares.
Algo me separa de la pared, un objeto duro y frío que se me clava en los riñones: una barra de hierro o una tubería fina, con suficiente espacio detrás para que pasen las esposas. Recorro el metal con los dedos hasta el suelo y luego los subo de nuevo, unos treinta centímetros, hasta que la barra se hunde en la pared. Doy un tirón, pero el hierro no cede. La música se detiene y se oye un anuncio: lo que suena es la radio, una de esas emisoras comerciales con presentadores llenos de energía y las mismas cuarenta canciones reproducidas en bucle.
El suelo es de losas: en las yemas de los dedos noto la aspereza de la tierra o arenilla que tienen entremedio. Saco una pierna hacia la oscuridad y luego la arrastro a un lado hasta que choca contra la pared a la que me encuentro esposado; luego hago lo mismo con la otra, tratando de orientarme en el espacio. La habitación es estrecha; el techo, bajo. Una filtración me gotea en la cabeza.
Ya sé dónde estoy.
Estoy en el sótano que hay debajo de la cocina.
—¡Sophia! —La última sílaba desaparece en un sollozo. Tiro de las esposas y estas chocan con el hierro una y otra vez, y otra y…
La oigo.
Maldigo a esos presentadores dicharacheros que se han puesto a conversar acerca de la pregunta del día a los oyentes —«¿Cuál es el peor regalo que te han hecho en Navidad?»— y cierro con fuerza los ojos, concentrándome en el único sentido que necesito.
—¿Sophia?
«¡También puede ser algo que hayáis regalado vosotros! Solo falta una semana para Navidad y… Michelle, por favor, no me juzgues, pero todavía no le he comprado nada a mi mujer».
«Hazme caso, Ramesh: no le compres ese juego de sartenes».
«¡Pero si le encanta cocinar!».
«¿Os dais cuenta de lo que tengo que aguantar, queridos oyentes insomnes? Llamadnos con vuestras anécdotas y sugerencias, y no dejéis de sintonizarnos para las canciones más fiesteras. ¿Qué opinas, Ramesh?».
Por debajo de los comentarios banales de Michelle y Ramesh, de Rise FM, oigo a alguien respirar.
—Sophia, ¿eres tú? Cariño, ¿estás ahí?
—¿Papá?
Me invade una sensación de alivio.
—Estoy aquí, cariño. ¿Te han hecho daño?
No contesta. Oigo un roce de suelas con la piedra, parpadeo para acabar de limpiarme los ojos y permito poco a poco que se vayan adaptando a la escasa luz. Trato de intuir algo a través de las tinieblas, en lugar de dejar que me bloqueen la visión. Desde que entré en el Departamento de Investigación Criminal, he pasado más turnos detrás de un escritorio que en la calle, pero tengo experiencia como agente uniformado. He cruzado a tientas almacenes abandonados en plena noche y he perseguido a intrusos por recintos deportivos oscuros como boca de lobo. La luz de una linterna transmite una falsa sensación de seguridad, creando sombras en los rincones y ensombreciendo aún más lo que no está alumbrado. «Tú confía en tus ojos», pienso.
Nuestro sótano medirá unos tres metros de ancho por seis de largo; en un extremo, hay una escalera empinada de piedra que baja desde la cocina. Cuando compramos la casa teníamos el ambicioso plan de convertirlo en otra habitación: había que quitar la vieja carbonera y rebajar el suelo del jardín para poder poner un tragaluz a la pared. Nos salió un presupuesto exorbitante, por lo que abandonamos la idea. Este sótano es demasiado húmedo para funcionar como tal; en cuanto bajan las temperaturas, vienen ratones en busca de calor y de comida. Instintivamente se me curvan los dedos hacia dentro.
«El peor regalo que me han hecho nunca, Michelle, fue un calcetín tejido a mano por mi suegra».
«¿Uno solo, Ramesh?».
«Se le había acabado la lana».
—Papá. —Alguien gimotea en la oscuridad.
Las paredes del sótano son de ladrillo y están construidas dentro de los cimientos de la casa. Se me van los ojos de un lado a otro en busca de alguna diferencia en la penumbra, algo negro que destaque sobre el gris.
¡Ahí está!
Ahí arriba, en las escaleras: una sombra de formas infantiles encogida en el último escalón, adonde llega una luz muy tenue que se filtra por debajo de la puerta de la cocina. La luz parpadea, como la de una bombilla a punto de fundirse. Los ojos, poco a poco, se me van acostumbrando a ella.
—¿Estás bien, cielo?
Sophia tiene las piernas flexionadas contra el pecho, los brazos rodeándolas con fuerza y la cabeza entre las rodillas. Tiro inútilmente de la barra de hierro. Los efectos de lo que sea que me haya dado Becca se me están comenzando a pasar: la ofuscación, poco a poco, empieza a disiparse. Siento un dolor agudo en las costillas, y cada vez que intento soltarme las muñecas de un tirón se me corta el aliento. La única forma en que Becca podría haberme traído aquí es arrastrándome hasta la entrada del sótano y dejándome caer escaleras abajo, y cada centímetro de mi cuerpo intuye que es justo lo que ha hecho.
—No me gusta este sitio, papá.
—A mí tampoco. ¿Te han hecho daño?
—Tengo la barriga rara.
—¿Te ha dado algo Becca, Sophia? ¿Algo de comer? —Tiro con fuerza de las esposas, enfadado con Becca, conmigo mismo, con la puta cañería que no hay forma… de… que… ¡ceda!—. ¿Te ha dado algo? ¡Tengo que saberlo! —Sophia esconde otra vez la cabeza entre las piernas, y yo me muerdo la lengua y modero el tono—. Cariño, ¿te ha dado Becca alguna medicina?
Ella hace algo con la cabeza, pero no sé si es un gesto de afirmación o de negación.
—¿Eso es un no?
—Sí.
—¿Ningún medicamento?
—Ningún medicamento.
Suspiro.
—Pero ¿te duele la barriga?
—La noto rara. Como cuando me haces girar como un tiovivo o cuando viene el monstruo de la bañera o cuando juego a volar con mamá. —Habla con voz débil, medrosa.
—Ah. Yo también la tengo un poco así, la verdad.
La ronda de preguntas de la radio da paso a la previsión meteorológica, que advierte de que esta noche van a reanudarse las nevadas y la temperatura va a descender hasta tres grados bajo cero. La humedad del suelo de piedra me cala hasta los huesos. Voy con una camisa y unos pantalones de vestir; Sophia, con su pijama y su bata de estar por casa. Ella, al menos, lleva zapatillas; yo tengo los pies adormecidos del frío.
Trato de escuchar otros ruidos de la casa aparte de la radio, pero no se oye nada. ¿Se habrá marchado Becca o estará arriba todavía?
—Cariño, ¿esa puerta está cerrada?
—Sí.
—¿Podrías volver a mirarlo? ¿Puedes zarandearla bien, que yo lo vea?
Sophia se levanta poco a poco del escalón y la rayita de luz de debajo de la puerta se ensancha. La niña gira el pomo y luego lo sacude con violencia. La puerta no se abre.
—Está atascado. —Vuelve a sacudir el pomo.
—Dale golpes. Dale puñetazos, lo más fuerte que puedas.
Empieza a pegarle a la puerta sin parar y, si aquí en el sótano retumba muchísimo, por narices tiene que estar oyéndolo el pueblo entero. Becca ha dicho que, si el avión de Mina no cambiaba de rumbo, haría daño a Sophia, pero Sophia está a salvo aquí, conmigo (si es que a estar encerrados en un sótano se le puede llamar estar a salvo). ¿Significa eso que Mina ha cumplido con las instrucciones? ¿Que han secuestrado el vuelo 79? El miedo se apodera de mí, más frío todavía que las losas del suelo.
¿Se habrá estrellado el avión?
—Sophia, quiero que grites, ¿vale? Todo lo fuerte que puedas. Yo también gritaré, o sea que tápate los oídos y grita hasta que ya no puedas más. ¿Preparada? Uno, dos, ¡tres!
El ruido, ensordecedor, reverbera por todo el sótano: el chillido de Sophia y mi furioso alarido de «¡Becca!». No pienso gritar «¡Socorro!»; no quiero que mi hija se asuste más de lo que ya lo está.
—Vale. Ahora, chisss… Escúchame.
Pero lo único que oímos es un villancico pop-rock. Me doy cuenta entonces de que hay dos luces: una, la que parpadea, procede de la radio portátil, que han colocado al otro lado de la puerta; la otra, tenue y fluorescente, es la del techo de la cocina. Mientras trato de descifrar por qué habrá querido darnos Becca el dudoso lujo de dejarnos escuchar la radio, oigo las siguientes palabras: «… vuelo inaugural a Sídney».
«La preocupación ha cundido cuando los controladores se han visto incapaces de contactar con los pilotos, pese a que los canales de comunicaciones parecían activos. Los pilotos tienen la obligación de informar al personal de control de tierra de cualquier entrada o salida que realicen en un espacio aéreo extranjero…».
—Puedo gritar más fuerte. —Sophia abre la boca.
—Déjame escuchar esto.
«Poco después de las once de la noche, hora del Reino Unido, alguien ha publicado un tuit desde una cuenta perteneciente al Grupo de Acción Climática. En él se aseveraba que varios miembros de la organización habían secuestrado el vuelo 79 en señal de protesta contra el cambio climático».
«Cambio climático». «Extinción masiva». De eso hablaba Becca. Trato de desentrañar el sentido de todo esto: quienes secuestran aviones son terroristas; los terroristas son extremistas religiosos, no ecologistas.
Y sin embargo…
«La industria de la aviación representa la peor amenaza para el medio ambiente —afirmaba el tuit— y los líderes mundiales deben tomar medidas inmediatas».
—Ven, siéntate en mi regazo, Soph.
A eso se refería Becca cuando ha dicho que Mina había elegido no luchar por la causa. No se trataba de intentos de radicalización —al menos no por parte de fanáticos religiosos—, sino de forzar aterrizajes, de impedir que la gente vuele, de llevar a las aerolíneas a la bancarrota.
—El vuelo 79 es el avión de mamá. —Le tiembla la voz.
¿Tendría que mentirle? ¿Decirle que no es el avión de Mina, que todo eso no tiene nada que ver con Becca ni con el hecho de que estemos encerrados en el sótano? No. Sophia no es una niña de cinco años normal: lee y escribe mucho mejor que la media de su edad, y lo retiene todo; sabe exactamente dónde está Mina. Además, ya he dicho más mentiras de la cuenta.
«El Grupo de Acción Climática ha emitido un comunicado en el que niega su participación en los hechos. Alegan que su cuenta de Twitter ha sido hackeada y que ahora mismo están reevaluando sus medidas de seguridad. Seguiremos informándolos tan pronto como conozcamos más detalles».
En la emisora dan paso a una cortinilla y oigo algo en la cocina: es el ruido de las patas de una silla al arrastrarse por el suelo, como si alguien acabara de levantarse rápidamente.
—¡Becca!
—El avión de mamá es el vuelo 79.
—Ya lo sé, cariño. ¡Becca! —grito, aún más fuerte, consciente de que estoy asustando a Sophia, pero sin saber qué otra cosa puedo hacer. Han secuestrado el avión de Mina: hay que poner fin a todo esto.
—El avión de mamá es un Boeing 777. Tiene 353 pasajeros.
—Así es. ¡Becca!
Otro ruido, más cercano esta vez. Estoy seguro —no sé por qué, pero lo estoy— de que Becca está ahí mismo, al otro lado de la puerta, con la oreja contra la madera. Hago lo que puedo para hablar con más serenidad.
—Becca, sé que estás ahí. Ya tienes lo que querías: lo que fuese que Mina tenía que hacer, lo ha hecho. Habéis tomado el control del avión. Ahora ya puedes soltarnos.
Se oye un ruido ahogado, algo a medio camino entre un resoplido y una tos, y entonces Becca responde. Habla en un tono agudo y desapacible, mucho más rápido que la voz mesurada y calculadora que ha utilizado después de drogarme.
—No ha cambiado de rumbo. No puedo soltaros hasta que haya cambiado de rumbo.
—¡Han secuestrado el avión! Lo han dicho por la radio. Becca, tienes que soltarnos.
—¡Cállate!
—Ya has hecho lo que te dijeron que hicieras. Ahora…
—¡Te he dicho que te calles!
—¡Papá! —grita Sophia desde los escalones, y me muerdo la lengua para no soltar las palabrotas que Becca se merece.
Bajo la voz e intento sonar tan afable y protector como puedo.
—Ven a sentarte conmigo, cariño.
—¿Por qué hablan del avión de mamá en la radio?
—En mi regazo estarás más calentita.
Sophia recula, asqueada.
—Se me van a comer los ratos.
Una vez que decidimos no convertir el sótano en un espacio útil, le prohibimos bajar a Sophia. Los escalones eran muy empinados y no había iluminación: una receta perfecta para el desastre. «El señor Ratón te pegará un mordisco como te vea ahí dentro», le decía, pellizcándole los pies mientras ella chillaba de risa.
—Aquí no hay ratones —le digo ahora, deseando estar en lo cierto.
Becca ha subido el volumen de la radio: la música bombea felicidad artificial a través de la puerta, pero a ella no se la oye. ¿Seguirá ahí, escuchándonos?
Sophia baja con cautela los escalones y viene a acurrucarse en mi regazo: notar el peso de su cuerpo me devuelve los ánimos. Me muero de ganas de darle un abrazo; pienso en los cientos de veces que he ansiado que acudiera a mí de esta manera, y en cuántas de esas ocasiones ha preferido irse con Mina. Me apoya la cabeza en el pecho y se le abre la boca en un bostezo involuntario. Le planto un beso en la coronilla.
—Esta situación es un poco complicada —le digo con toda la mesura de que soy capaz, muy a pesar de lo que siento—, pero papá lo va a arreglar todo, ¿vale? Papá nos va a sacar de aquí.
Solo tengo que averiguar cómo.