Sin elección

Clare Mackintosh · Capítulo 22 de 56

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Sin elección

20. 21.30. Adam

20

 

21.30

Adam

 

Tengo la cabeza abotargada, y la mezcla del vino con los analgésicos me está dando náuseas. Tiro el vino que me quedaba en la copa y la relleno con agua, pestañeando con fuerza mientras el contorno del cristal empieza a difuminarse. Me duelen las costillas y la zona de los riñones, un recordatorio constante de la paliza que acaban de pegarme.

Tengo que encontrar una solución rápida: debo pagar lo que debo al prestamista ilegal y quitarme a sus gorilas de encima, y después ya me ocuparé de los bancos. Cuando la deuda deje de crecer, sé que podré comenzar a hacer que disminuya.

«Solo necesitas ganar una vez a lo grande», me dice una vocecilla maliciosa.

Aprieto aún más las manos contra el escurridero.

Siempre me había gustado hacer apuestas. Nada habitual, apostar algo de dinero una vez al año en las carreras del Grand National y, de vez en cuando, en el canódromo, cuando íbamos con los amigos del trabajo. Diez libras por aquí, veinte por allá… Cuando me casé con Mina, regalamos billetes de lotería como recuerdo de boda: «Cuando nos conocimos nos tocó el gordo», rezaba la caligrafía amanerada de los sobres, «¡Que tengáis la misma suerte!». La tía de Mina se llevó cien libras; a un par de invitados les tocaron diez. Fue divertido, como se supone que deben ser estas cosas.

Durante mucho tiempo no pasó de ahí. Mina y yo comprábamos lotería siempre que se jugaba un bote importante. Si ganabas, te avisaban por correo electrónico, pero, aun así, nos sentábamos juntos a ver el sorteo en directo: lo que disfrutábamos era la expectación, más que nada.

—¿A quién se lo dirías primero? —me preguntó Mina.

—A nadie. Echaría un cable a la gente en secreto; como un hada madrina, pero más peluda. Y nadie sabría que fui yo hasta que me muriese, y entonces me santificarían.

Mina me tiró un cojín.

—Y una mierda. Al día siguiente ya estarías en el concesionario de Lamborghini.

—Cómo me conoces. ¿Rojo o amarillo?

—Amarillo. Puestos a llamar la atención, cojamos el más hortera.

No ganamos ni una vez. Nunca acertamos ni siquiera tres números. Y, al principio, me daba lo mismo: las probabilidades eran escasísimas, y solo se trataba de divertirse un poco. Pero, a medida que fue pasando el tiempo y nuestra vida se volvió más estresante, acabé comprando el billete los lunes en lugar de esperarme hasta el sábado por la tarde. Iba toda la semana con aquel papelito en la cartera y, cada vez que la abría, pensaba: «A lo mejor esta vez…».

Pensaba en lo increíble que sería poder dejar mi trabajo, y que Mina también pudiera. Pensaba en que Sophia ya no tendría que sufrir por que la abandonasen, pues ya nunca tendríamos que alejarnos de ella, ni por el trabajo ni por nada.

Cuando llegaba el sábado y resultaba que no habíamos ganado, en lugar de arrugar el billete y encestarlo en la basura, me quedaba mirándolo y releía los números. Me entraban celos de los ganadores, y un amargo resquemor por que no hubiéramos sido nosotros. Notaba a Sophia tensándose entre mis brazos y pensaba: «Esto cambiaría si ganásemos la lotería».

Comencé a jugar cada semana.

«Haríamos mejor en meter dos libras en un tarro cada siete días —dijo Mina—. Al menos de esa forma nos llevaríamos ciento cuatro libras al final del año».

«¿Y qué tendría eso de divertido?», contesté yo, aunque para entonces la diversión ya se había acabado.

Domicilié los pagos: parecía más fácil que ir a sacar dinero cada vez y, además, pensé que también aumentaría nuestras probabilidades. Cuando hice cinco filas, Mina me frenó.

«Son solo diez libras a la semana».

«Eso son quinientas libras al año, Adam. Podríamos irnos de vacaciones con ese dinero». Canceló la domiciliación, y los sábados por la noche, después de las ocho, cambiaba de canal y ponía algo de la BBC en lugar del sorteo.

—Creo que deberías sentarte —dice Becca ahora.

—Estoy bien. —No articulo bien y ella me mira de un modo extraño.

Es como si no me cupiera la lengua en la boca y tengo el interior de las mejillas seco, como de tiza. Me agarro a la encimera. Me he protegido la cabeza lo mejor que he podido mientras me pateaban, y estoy bastante convencido de que mis riñones se han llevado la peor parte, pero empiezo a pensar que quizá tenga una conmoción cerebral. Sufrí una durante un partido de rugby una vez, y estoy tratando de recordar cuáles fueron las sensaciones, pero los detalles se me escapan.

Fueron los rasca y gana lo que me jodió. Casi me avergüenza admitirlo, como si fuera un alcohólico adicto al champán para adolescentes o un toxicómano incapaz de dejar el Dalsy. Gané doscientas cincuenta libras con la primera tarjeta que compré: ¡doscientas cincuenta! Le habría dado un morreo al tío que me la vendió. Llevé a Mina a cenar fuera, compré a Sophia aquel unicornio que cambiaba de color que hacía tiempo que quería y me guardé veinte libras para comprar más rascas. Nunca hay que apostar más de lo que te puedes permitir: utilizaría una parte de todo lo que ganase para comprar más tarjetas y de esa manera jamás me metería en líos.

Pero hubo una vez que solo gané una libra, y la siguiente no gané nada, y la de después tampoco…

Lo veo todo borroso. Percibo vagamente a Sophia, que entra en la cocina.

—¿Qué le pasa a papá? —le pregunta a Becca.

Oigo la respuesta de Becca como si estuviera sumergido bajo el agua y sacudo la cabeza para despejarme.

—Estoy bien, cielo, solo un pelín cansado. —Todavía tengo al lado el botiquín de primeros auxilios. Me pongo a revolver en el contenido mientras me pregunto lo fuertes que debían de ser esos calmantes, porque, aunque la cabeza me da vueltas, me sigue doliendo todo el cuerpo—. ¿Me has dado ibuprofeno o paracetamol? —le pregunto a Becca—. Si solo ha sido uno de los dos, puedo tomar del otro también.

—¿Papá? —Sophia se frota los ojos: este primer trimestre la ha dejado agotada.

El botiquín está lleno de toda clase de porquerías: frascos pegajosos de jarabe para la tos, una amplia selección de tiritas… pero ningún analgésico. Parpadeo y sacudo otra vez la cabeza como un perro que acaba de salir corriendo del mar.

—¿Dónde están? —Me vuelvo hacia Becca, quien me mira a su vez sin mover un solo músculo de la cara. Ya no parece una adolescente: se la ve mayor, más avispada, más perspicaz, por así decirlo.

En medio del dolor y de la confusión lo veo, de repente, todo claro.

—Becca, ¿qué me has dado?

Tengo la boca tan seca que me cuesta articular las palabras y a través de la turbiedad de mi cabeza las oigo superponerse: «¿Beccaquemehasdado?». El dolor de las costillas y de los riñones me parece ahora tan distante que podría corresponder a otra persona.

—Algo para ayudarte a dormir.

Becca sonríe como si hubiera hecho algo bueno y yo me rompo la cabeza para intentar encontrarle el sentido a la situación. ¿Desde cuándo tenemos pastillas para dormir? ¿Puede que le hicieran una receta a Mina? ¿Sufriría de insomnio y dejaría las pastillas en el botiquín? Pero ¿por qué iba a hacerlo? Y aunque lo hubiera hecho…

—¿En la cajita no ponía qué eran? —Eso es lo que digo, creo, pero la mirada inexpresiva de la cara de Becca me sugiere que lo que me sale por la boca es algo completamente distinto.

De pronto se le ilumina el rostro.

—¡Ah, vale! ¿Piensas que te he dado somníferos por accidente en lugar de analgésicos? —Suelta una carcajada—. No, hombre, no, no soy tan tonta. Lo he hecho aposta: los llevaba encima.

Me aferro a la encimera para detener el vaivén que podría venir tanto de mi cuerpo como de la habitación. Sophia sigue en el umbral; mira primero a Becca y después a mí. Le sonrío, pero ella recula.

—¿Se encuentra mal papá?

No culpo a Sophia de sus sospechas: la forma en que me he comportado estos últimos meses no ha ayudado para nada a que confíe en mí, pero ahora mismo tengo que hacerle entender que con quien está a salvo es conmigo. Con el pulso tembloroso, le tiendo una mano; trato de que mis palabras suenen reconfortantes, sin embargo, lo que expulso por la boca es una masa informe llena de ansiedad: «Nopasanadabichitovenconpapá».

Sophia se tira de la trenza y se la retuerce con fuerza mientras alterna la mirada entre Becca y yo.

—Ven aquí, preciosa. —Becca le alarga los brazos.

—¡Sophia, no!

Me sale demasiado fuerte, con demasiada agresividad. Mi hija se tapa los oídos, suelta un chillido y se va corriendo hacia Becca, quien la levanta del suelo y la columpia de lado a lado. Sophia se agarra a ella con las piernas, como un mono, y hunde la cara en su jersey.

Encima de la cabeza de Sophia se ve la sonrisa de Becca: un gesto victorioso, como si acabara de ganar un juego en el que yo no tenía ni idea de estar participando.

Me esfuerzo por hacer pausas entre palabra y palabra.

—Tienes. Que. Irte. Ahora. Mismo.

—Esto no ha hecho más que empezar.

Comienzo a avanzar hacia ellas, apoyándome en la encimera porque la habitación no para de moverse.

—No sé a qué estás jugando, pero por lo pronto acabas de cometer un delito muy grave. —Hablo poco a poco; mis labios resecos forcejean con cada sílaba—. Administrar a alguien sustancias nocivas se castiga con la cárcel, y no pienses que te irás de rositas solo porque aún eres una cría de instituto. — El esfuerzo de hacerme entender me deja sin aliento, como si estuviera luchando por salir de arenas movedizas.

—En realidad tengo veintitrés años. ¡Sorpresa! —Lo dice con ligereza, en un tono casi cantarín, como si le hablara a Sophia, quien sigue abrazándola fuerte mientras la mece para tranquilizarla—. Quédate donde estás, Adam.

He vivido ya incontables situaciones como esta: gente enajenada, borrachos, locos. He conducido por el centro de más de una ciudad con las luces del techo encendidas, experimentando un subidón de adrenalina ante la posible inminencia de una pelea, y he dado la talla cuando me superaban tres veces en número.

También me han pillado desprevenido, por supuesto: visitas a domicilio que de pronto se han puesto feas o luchas inesperadas al trasladar a un prisionero de vuelta a su celda. Eso puede surgir de la nada, pero de alguna manera, cuando uno está de servicio, siempre está preparado para que ocurra.

Ahora no lo estoy. Ni física ni mentalmente. No cuando el cuerpo no me responde, y no en mi propia casa, con mi hija. No cuando alguien que para mí era una niña de diecisiete años ha resultado ser una psicópata adulta.

—Suéltala.

—Te he dicho que te quedes donde estás.

—Y yo te digo que la sueltes.

Becca menea el brazo que le queda libre y sonríe.

Me quedo donde estoy.

Porque ahí, en la mano, a apenas unos milímetros del cuello de Sophia, tiene una jeringa cargada.