Sin elección

Clare Mackintosh · Capítulo 3 de 56

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Sin elección

Primera Parte

1

8.30

Mina

 

—Para, que te vas a caer.

La nieve de toda una semana se ha ido apelmazando hasta convertirse en hielo: un peligro cotidiano oculto bajo la capa de nieve en polvo que ha caído durante la noche. Cada pocos metros, las botas se me escapan más lejos de lo que pretendían mis pies y me da un vuelco el estómago, preparado para una caída. Avanzamos con lentitud; ojalá se me hubiese ocurrido traer a Sophia en el trineo.

Ella abre los ojos de mala gana y gira la cabeza como un búho, desviando la mirada de las tiendas y escondiendo la cara en mi manga. Le estrecho la manita enguantada. Le repugnan las aves que hay colgadas en el escaparate de la carnicería; las plumas del cuello, iridiscentes, contrastan cruelmente con los ojos sin vida que embellecen.

A mí también me repugnan.

Según Adam, soy yo quien le ha pasado esa fobia, como si fuera un resfriado o una joya que ya no me pongo.

—¿De dónde lo ha sacado, si no? —me soltó cuando protesté. Extendió las manos apelando a un público invisible, como si la ausencia de una respuesta demostrara su teoría—. De mí, no.

Por supuesto que no. Adam no tiene debilidades.

—Supermercado —dice Sophia, que vuelve a fijarse en las tiendas ahora que la amenaza de los pájaros ha quedado atrás.

Todavía lo pronuncia como «supremecado»; es tan mona que se me encoge el corazón. Son momentos como este los que más aprecio, los que hacen que todo merezca la pena.

Su aliento crea nubecillas en el aire.

—Ahora la zapatería. Ahora laaa… —estira la palabra, conteniendo la siguiente en la boca hasta que llega el momento— frutería —proclama cuando pasamos por delante del local.

«Furrutiría». La quiero con locura, a esta niña. Con locura.

El ritual comenzó en verano. Sophia bullía de nervios y de impaciencia por empezar la escuela; con cada respiración soltaba alguna pregunta: ¿cómo sería la maestra?, ¿dónde colgarían los abrigos?, ¿tendrían tiritas por si se raspaba la rodilla? «Explícamelo otra vez: ¿cómo iremos al cole?». Y yo volvía a explicárselo: «Subimos la cuesta, cruzamos una calle, luego otra y luego llegamos a la calle principal. Luego pasamos por delante de la parada del bus que hay al lado del instituto y después por la calle de las tiendas, donde están la librería, la inmobiliaria y la carnicería. Luego doblamos la esquina de la calle del supermercado y pasamos primero por la zapatería, después por la frutería y después por la comisaría; entonces subimos la cuesta, pasamos por delante de la iglesia y… ¡ya estamos!», le decía.

Con Sophia hay que tener paciencia, y eso a Adam le cuesta horrores. Tienes que repetirle las cosas una y otra vez, asegurarle que no ha cambiado nada, que no cambiará nada.

Adam y yo la acompañamos juntos al colegio aquel primer día, en septiembre. La llevamos cada uno de una mano, columpiándola entre los dos, como si todavía fuéramos una familia de verdad; me alegré de tener una excusa para las lágrimas que me afloraban a los ojos.

—Ya verás como se separa de ti sin pensárselo dos veces —había dicho la tía Mo al verme la cara al salir de casa. No es una tía de verdad, pero «señora Watt» queda demasiado formal para una vecina que prepara chocolate caliente y se acuerda de los cumpleaños.

Me esforcé por devolverle la sonrisa.

—Seguro que sí —contesté—. Qué tonta soy, ¿eh?

Tonta por desear que Adam todavía viviera con nosotros. Tonta por pensar que lo de aquel día era algo más que una pantomima por el bien de Sophia.

Mo se agachó para dirigirle una sonrisa a mi hija.

—Que vaya bien el día, florecilla.

—Me pica el vestido —respondió ella poniendo mala cara, aunque Mo, asombrosamente, no se dio ni cuenta.

—Pues qué bien, cariño.

A veces Mo se deja el audífono apagado para ahorrar batería. Cuando me paso por su casa, tengo que acabar poniéndome delante del parterre que hay delante de la ventana del salón y saludarla con la mano hasta que me ve. «¡Haber llamado al timbre!», me dice siempre, como si no llevara diez minutos haciéndolo ya.

—¿Qué viene ahora? —le pregunté aquel primer día a Sophia cuando dejábamos atrás la frutería. La inquietud manaba de sus dedos hasta los míos.

—¡La comisaría! —respondió con aire triunfal—. La comisaría de papá.

No es ahí donde trabaja Adam, pero a ella la trae sin cuidado. Todos los coches patrulla que vemos son «el coche de papá»; todos los agentes uniformados, «un amigo de papá».

—Y ahora la cuesta.

Se acordaba de todo. Al día siguiente añadió otros detalles, cosas que yo no había visto, de las que no me había percatado: un gato en el alféizar de una ventana, una cabina telefónica, una papelera. Aquella retahíla se convirtió en una parte invariable de su jornada, algo tan esencial para Sophia como ponerse el uniforme en el orden correcto (primero la parte de arriba, luego la de abajo) o hacer equilibrios como un flamenco mientras se lava los dientes, alternando una pierna con la otra según el lado de la boca que se esté cepillando. Dependiendo del día, esos rituales me encantan o me sacan de quicio. En eso consiste ser madre, al fin y al cabo.

Empezar la escuela había marcado el final de un capítulo y el inicio de otro, y llevábamos preparándonos para aquella transición desde hacía un año, cuando inscribimos a Sophia en la guardería tres días a la semana. El resto del tiempo lo pasaba conmigo o con Adam, o con Katya, una au pair de belleza discreta que llegó con unas maletas a juego y un inglés nulo. Los miércoles por la tarde iba a la escuela de idiomas y los fines de semana completaba sus ingresos trabajando de reponedora. Al cabo de seis meses, declaró que éramos «la mejor familia del mundo» y nos preguntó si podía quedarse un año más. Yo me pregunté en voz alta si habría algún novio de por medio, y el sonrojo de Katya me dio a entender que sí, pero le daba vergüenza decir quién era.

Quedé encantada con la propuesta, y aliviada. Mis horarios de trabajo y los de Adam hacían imposible confiar todo el cuidado de la niña a una guardería, y nunca habríamos podido permitirnos pagar a las niñeras que muchos de mis compañeros tenían contratadas. Me preocupaba que lo de tener a una desconocida viviendo en casa fuera muy intrusivo, pero Katya pasaba la mayor parte del tiempo en su habitación, hablando por Skype con amigos de su país. También prefería comer sola, pese a que yo no dejaba de invitarla a que lo hiciera con nosotros, y además nos echaba una mano con la casa, pasando la fregona o doblando la colada, por mucho que le dijera que no hacía falta. «Tú estás aquí para ayudarnos con Sophia y para aprender inglés».

«No me importa —me respondía—. Me gusta ayudar».

Un día, al llegar a casa, me encontré varios pares de calcetines de Adam encima de nuestra cama; un zurcido perfecto remendaba los agujeros que siempre se le forman en el talón.

—¿Dónde has aprendido a hacer eso?

Yo apenas sabía coser botones y hacer dobladillos —y torcidos—, pero el zurcido era territorio de ama de casa experta, y Katya no tenía ni veinticinco años.

Ella se encogió de hombros, como si no fuera nada.

—Mi madre me aprendió.

—De verdad, no sé qué haríamos sin ti.

Yo había podido comprometerme a hacer turnos extras en el trabajo porque sabía que Katya estaría disponible para recoger a Sophia de la escuela y que la niña la adoraba, lo cual no era tarea fácil en absoluto. Katya tenía paciencia para jugar con ella al escondite de forma interminable, pues Sophia iba encontrando escondrijos cada vez más complicados.

«¡Allá voy, estés lista o no estés lista! —gritaba Katya, pronunciando con esmero cada una de aquellas palabras recién aprendidas, y luego se ponía a recorrer con sigilo la casa en busca de Sophia—. ¿En el zapatero? Nooo… ¿Y detrás de la puerta del baño?».

«Eso suena un poco peligroso —dije cuando Sophia se lanzó escaleras abajo para contarme, orgullosa, que se había acurrucado en un estante del armario de la ropa blanca y Katya no había conseguido encontrarla—. No quiero que te escondas en ningún sitio donde puedas quedarte atrapada».

Sophia frunció el ceño y se fue corriendo a jugarle la revancha a Katya. La dejé a su aire; mi padre siempre nos reñía a Adam y a mí por ser demasiado prudentes, mientras que yo siempre le rogaba a él que no fuera tan despreocupado.

«Se va a caer», le decía, casi incapaz de mirar, cuando veía que animaba a su nieta a trepar a los árboles o a cruzar un riachuelo saltando tambaleante de roca en roca.

«Así es como se aprende a volar».

Yo sabía que mi padre tenía razón, y luchaba contra el impulso de tratar a Sophia como a un bebé. Además, veía que a ella le chiflaba la aventura y que le encantaba que la tratasen como a una «niña mayor». Katya lo había entendido al momento, y el vínculo entre las dos enseguida se había hecho muy fuerte. La habilidad de Sophia para sobrellevar el cambio —sobre todo en lo referente a las personas— sigue siendo una de mis asignaturas pendientes, de ahí mi alivio cuando Katya decidió quedarse. Me preocupaba lo que pudiera pasar cuando se hubiese ido.

Y de repente sucedió, en junio, apenas unas semanas después de que nos pidiera quedarse, unas semanas después de que yo hubiera empezado a relajarme. Katya tenía la cara enrojecida y llorosa, y había hecho las maletas a toda prisa, con la ropa recién sacada de la secadora y húmeda todavía. ¿Tendría algo que ver con su novio? A mí ni me miraba. ¿Sería por algo que había hecho yo?

—Me voy ya. —No pensaba decir más.

—Por favor, Katya, sea lo que sea, hablémoslo.

Entonces titubeó, y advertí que miraba a Adam con los ojos llenos de rabia y dolor. Me di la vuelta justo a tiempo de verlo a él negar con la cabeza, dándole indicaciones en silencio.

—¿Qué está pasando aquí?

Los observé, primero a uno y luego al otro.

En una ocasión, Adam había bromeado con que, en caso de que Katya y yo nos peleásemos, iba a tener que ponerse de parte de la jovencita.

—Una buena au pair no es tan fácil de encontrar —había dicho.

—Qué gracioso.

—¿Acaso no harías tú lo mismo?

Yo había esbozado una mueca burlona.

—Me has pillado.

—¿Y bien? —pregunté.

Habían discutido, estaba claro, pero ¿por qué? Solo tenían a Sophia en común, a menos que contasen esas series policiacas que a Adam le encantaban y yo detestaba, y que eran lo único que conseguía sacar a Katya de su habitación los sábados por la tarde. Yo a esa hora normalmente estaba trabajando y, si no, salía a correr, volvía al cabo de diez kilómetros y me los encontraba frente a la oscura y cambiante pantalla de los créditos finales, concluyendo su valoración.

Pero aquella discusión no iba de series policiacas.

—Pregúntaselo a él —espetó Katya.

Hasta entonces nunca la había visto con una expresión que no fuese radiante. Fuera se oyó un claxon (su taxi para el aeropuerto) y por fin me miró a los ojos.

—Eres una buena mujer —me dijo—. No te mereces esta mierda.

Algo se quebró en mi interior, como si se abriese una fisura diminuta en la orilla de un lago helado. Quise retroceder, dejar el hielo intacto, pero ya era demasiado tarde.

Crac.

Cuando Katya se marchó, me volví hacia Adam.

—¿Y bien?

—¿Y bien qué? —Lo soltó con brusquedad, como si mi pregunta, como si mi presencia misma, fuera irritante, un incordio. Como si la culpa la tuviera yo.

Me concentré en la mirada que había visto que intercambiaban, en los ojos enrojecidos de Katya y en su advertencia implícita: «No te mereces esta mierda».

—No soy imbécil, Adam. ¿Qué está pasando?

—¿Con qué? —De nuevo aquel leve chasquido con la lengua antes de hablar, como si tuviera la mente ocupada con cuestiones más sesudas y yo lo estuviera arrastrando de vuelta a lo irrelevante.

—Con Katya. —Se lo dije en el mismo tono que algunos utilizan para hablar a los extranjeros. Tenía la sensación de haberme metido en la vida de otra persona; era una conversación que nunca me había hecho falta tener y que nunca me había imaginado que llegaría a producirse.

Cuando me dio la espalda para ponerse con algo innecesario en ese momento, noté que las llamas de la culpa le lamían el cuello. La verdad se me coló en el pensamiento como la solución de un crucigrama mucho después de haber tirado el periódico a la basura. Mi boca articuló las palabras que no quería pronunciar:

—Te has acostado con ella.

—¡No! Por Dios, ¡no! Por el amor de Dios, Mina, ¿es eso lo que piensas?

Quería creerle con toda el alma. Nunca me había dado motivos para dudar de él. Él me quería. Yo lo quería a él. Me esforcé por que no me temblara la voz.

—¿Qué quieres que piense? Es obvio que hay algo entre vosotros.

—Dejó toda la cocina pringada de plastilina. He tenido que echarle la bronca y se lo ha tomado a mal, eso es todo.

Me quedé mirándolo, a él y la fanfarronada ruborizada de su mentira.

—Al menos podrías haberte inventado una excusa creíble. —No merecer ni el esfuerzo de una coartada me hacía casi tanto daño como la mentira en sí. ¿Tan poco significaba para él?

La marcha de Katya abrió una brecha en nuestra familia. Sophia estaba furiosa, y expresó el dolor por la pérdida repentina de su amiga en juguetes rotos y dibujos despedazados. Me culpaba a mí, solo porque fui quien se lo dijo, y necesité una entereza brutal para no contarle que la culpa era de Adam. Mi marido y yo evitábamos cruzarnos: yo, irascible y contrariada; él, taciturno y lleno de un falso resentimiento ideado para hacerme dudar de mí misma. Me mantuve firme: si Katya era el crucigrama, una vez resuelto, vi que las pistas habían sido de todo menos enigmáticas. Durante meses, Adam se había mostrado muy reservado respecto a sus días libres, y tan sobreprotector con su móvil que hasta se lo llevaba al baño cuando iba a ducharse. Había sido una estúpida por no darme cuenta antes.

 

—Ahora subimos la cuesta —dice Sophia—. Luego viene la iglesia, luego la…

No consigo sujetarle la mano a tiempo, y sus dedos desaparecen de entre los míos, resbala, cae de espaldas y se golpea la nuca. Primero, del susto, abre los ojos como platos, luego los entorna mientras evalúa el daño que se ha hecho, lo asustada que está y la vergüenza que está pasando. Yo atajo sus cálculos, suelto la mochila y me apresuro a levantarla de la acera; con las prisas, choco con un hombre que venía en dirección contraria.

—¡Venga! ¡Aúpa! —le digo en un tono como de niñera hacendosa.

Sophia me mira: le tiembla el labio inferior de indignación, sus ojos oscuros buscan los míos para obtener una estimación de lo fuerte que ha sido la caída. Yo sonrío como si no hubiera pasado nada y levanto la cabeza hacia el cielo para ver las formas de las nubes.

—¿Ves el perro? Está de pie. Ahí, ¿ves la cabeza? ¿Y la cola?

No va a llorar. Nunca llora. En lugar de eso, suelta unos gritos rabiosos e ininteligibles que señalan que la culpa es mía, siempre mía. O sale corriendo hacia la calzada para demostrarme algo que solo ella entiende. ¿Que la quiero? ¿Que no la quiero?

Sigue mi mirada. Un avión hiende el aire y recorta las nubes, que parecían lo bastante sólidas para cerrarle el paso.

—747 —dice Sophia.

Suelto un suspiro de alivio. La distracción ha funcionado.

—No, es un A380. No tiene joroba en la parte delantera, ¿ves? —La deposito en el suelo con suavidad y me enseña los guantes, empapados a causa de la nieve—. Pobrecita Sophia. Mira, ahí está la iglesia… ¿qué viene ahora?

—La… la escuela.

—O sea que ya casi estamos. —Mi sonrisa resplandeciente es como una alfombra que oculta el desastre que acabo de barrer.

Mi mochila —la mochila de Sophia, en realidad— se ha volcado, y el contenido se ha desparramado por la acera. Vuelvo a meter dentro la muda del día y recupero la botella de agua que se aleja rodando de nosotras con el nombre de mi hija escrito en ella jugando a aparecer y desaparecer con cada rotación.

—¿Es tuyo?

El hombre con quien he chocado le está devolviendo algo a Sophia: es Elefante, con la trompa espachurrada a puñetazos y tornasolada tras cinco años de amor.

—¡Dámelo! —grita Sophia al tiempo que retrocede y se esconde detrás de mí.

—Lo siento mucho.

—No se preocupe.

El hombre no parece inmutarse por la descortesía de la niña. Yo no debería pedir disculpas por lo que ha hecho: estoy contradiciendo sus sentimientos cuando lo que ella necesita es apoyo. Pero cuesta permanecer en silencio ante el aluvión constante de cejas arqueadas y juicios de valor por no enseñar modales a tu hija. Cojo a Elefante, y Sophia me lo quita de las manos y hunde la cara en él.

Elefante procede de la casa donde Sophia pasó sus cuatro primeros meses de vida. Es lo único que le queda de aquella época, pese a que nadie sabe si de verdad pertenecía a Sophia o si lo capturaron el día que mi hija acabó en urgencias. Sea como sea, ahora son inseparables.

Elefante la acompaña cogido por la trompa hasta que llegamos a la escuela, donde Sophia le enseña a la señorita Jessop los guantes mojados mientras yo le cuelgo el abrigo y le meto el gorro y la bufanda en la mochila. Es 17 de diciembre y la escuela bulle de expectación. Unos muñecos de nieve hechos de algodoncitos bailan sobre cartulinas clavadas en paneles de corcho y varias maestras lucen pendientes festivos; sus lóbulos centellantes transmiten una impresión confusa, de jovialidad o alarma. Las baldosas del suelo están mojadas; el umbral de la entrada, sembrado de nieve pisoteada que la gente esparce al andar, dejando un rastro que llega hasta los percheros.

Saco la fiambrera de Sophia y se la doy a la señorita Jessop mientras sigo rebuscando en la mochila. Katya la vaciaba cada día al llegar a casa; le limpiaba las marcas de dedos pegajosas y reciclaba con discreción las producciones artísticas menos codiciables. Yo todas las tardes me propongo hacer lo mismo, pero acabo dejando la mochila tirada en el recibidor y no vuelvo a pensar en ello hasta la mañana siguiente, ya camino del colegio.

—¿Listas para Navidad? —La profesora de Sophia es una chica muy menuda, con una piel suave que podría situarla entre los veintitantos y los treinta bien llevados.

Pienso en todos los productos de Clarins que he comprado a lo largo de los años en los duty-free, y en todos los tratamientos dermatológicos que he comenzado con buenos propósitos solo para acabar volviendo a las toallitas húmedas. Seguro que la señorita Jessop se aplica el limpiador, el tónico y la crema hidratante.

—Más o menos.

Hay un trocito de hielo pegado al jersey de repuesto de Sophia; la tela de alrededor está húmeda y fría. Lo sacudo para quitárselo y reanudo la búsqueda infructuosa entre pedacitos de huevera y envases de zumo vacíos.

—No encuentro el inyector de epinefrina. ¿Todavía tienes el que te di?

—Sí, no se preocupe. Está en el botiquín, con el nombre de Sophia escrito.

—El color de las gomas del pelo está mal —anuncia mi hija.

La señorita Jessop se agacha para inspeccionar las trenzas de Sophia; una va atada con una gomita roja y la otra, con una azul.

—Pero si son muy bonitas.

—Para el cole siempre llevo dos azules.

—Pues a mí estas me gustan mucho. —La señorita Jessop redirige su atención hacia mí, y me maravillo ante la capacidad de las maestras para tener siempre la última palabra. Mis discusiones con Sophia sobre el tema de las gomitas han llegado a durar desayunos enteros y la mayor parte del trayecto a la escuela—. No se olvide de que mañana tenemos la comida de Navidad, así que no habrá que traerle fiambrera.

—Perfecto. Hoy vendrá a recogerla la niñera: se llama Becca. Creo que ya la conoces.

—¿No viene el señor Holbrook?

Le sostengo la mirada unos segundos, preguntándome si esa sonrisa estará escondiendo algo más. ¿Decepción? ¿Culpa? Su expresión, sin embargo, es inocente. Aparto la vista y vuelvo a doblar el jersey húmedo de Sophia. Maldigo a Adam por haberme convertido en una de esas esposas paranoicas que siempre me han dado lástima.

—No estaba seguro de si saldría del trabajo a tiempo, así que lo más prudente era llamar a la niñera.

—¿Y adónde viaja usted hoy?

—A Sídney.

—En un Boeing 777 —añade Sophia—. Con 353 pasajeros. El viaje dura veinte horas, y después tienen que hacer el camino de vuelta, y son veinte horas más, pero antes descansan en un hotel.

—¡Hala! ¡Qué emocionante! ¿Y estará fuera mucho tiempo?

—Cinco días. Vuelvo para las fiestas.

—Y necesitan cuatro pilotos porque van muy muy lejos, pero no es que piloten todos a la vez, sino que se van turnando.

Sophia se ha aprendido los datos de todos los aviones en los que vuelo. En YouTube hay un tour virtual de un 747 que habrá visto unas cien veces. Se lo sabe al dedillo; incluso mueve los labios en sincronía con los del narrador. Cuando viene gente a casa, se quedan alucinados.

«A veces me da escalofríos», le conté a mi padre, y me apresuré a sonreír para suavizar la confesión. Hacía poco que Adam y yo habíamos descubierto que lo que hacía Sophia, al contrario de lo que imaginábamos, no era recitar de memoria el texto de sus libros ilustrados favoritos, sino leerlos. Tenía tres años.

Papá se rio, se quitó las gafas y se las limpió con el bajo de la camisa. «No seas tonta. Es una niña inteligente. Está destinada a hacer grandes cosas». Le brillaban los ojos, y tuve que parpadear con fuerza. Él echaba de menos a mamá tanto como yo, pero me pregunté si, además, estaría recordando una época en la que ellos dos hacían comentarios como ese sobre mí.

La psicóloga concluyó que Sophia tenía hiperlexia: el primer diagnóstico positivo en un mar de siglas y etiquetas negativas: trastorno de vinculación, trastorno por déficit de atención, síndrome de evitación patológica de la demanda… Todo eso no te lo enseñan en los pósters sobre la adopción.

Adam y yo llevábamos un par de años intentando concebir. Podríamos haber seguido intentándolo, pero el estrés ya empezaba a hacer mella en mí y sentía que me estaba convirtiendo en una de esas mujeres que saben exactamente cuándo están ovulando, que evitan ir a las fiestas prenatales de sus amigas y que se dejan los ahorros en ciclos de fecundación in vitro.

—¿Cuánto os costaría?

Estaba sobrevolando algún punto indefinido del Atlántico, confesando mis secretos —algunos al menos— a la compañera con la que trabajaba aquel día. Sian era dulce y maternal, y llevábamos compartiendo historias sobre nuestras vidas desde el despegue.

—Miles de libras.

—¿Y tus padres no podrían ayudaros un poco?

No le había contado lo de mi madre; lo tenía demasiado reciente todavía. Y pedirle dinero a mi padre, después de todo lo que había sucedido… Negué con la cabeza y decidí esquivar el tema.

—No es solo por el dinero. Sé que acabaría obsesionándome; de hecho, ya estoy obsesionada. Quiero tener hijos, pero tampoco quiero perder la cabeza.

—Pues sigue soñando. —Sian resopló—. Yo tengo cuatro y he perdido un tornillo con cada uno.

Nos dieron el visto bueno como padres adoptivos. Tardaron un tiempo, sobre todo porque habíamos dejado muy claro que queríamos a un niño menor de un año. Como policía, Adam se había visto expuesto a algunas de las peores consecuencias del sistema de tutela estatal y ninguno de los dos sentía que tuviese lo que había que tener para lidiar con eso. Pensamos que un bebé sería más fácil.

Nos ofrecieron a Sophia cuando tenía cuatro meses. Los servicios sociales se la habían retirado a una madre negligente cuyos cinco hijos anteriores habían corrido la misma suerte. Sin embargo, los engranajes de la adopción son lentos y la niña, antes de estar con nosotros, pasó unos meses con una familia de acogida, un tiempo que a Adam y a mí se nos hizo interminable. Teníamos que demostrar al Estado que estábamos preparados, pero al mismo tiempo nos consumía la superstición: mi marido hacía lo imposible para no pasar por debajo de escaleras ni cruzarse con gatos negros. Acordamos dejar todas las cosas que habíamos comprado para la niña dentro de sus respectivas cajas, guardadas en aquella habitación recién pintada, por si algo se torcía y había que dar marcha atrás.

Nos concedieron el permiso judicial cuando Sophia tenía diez meses, y Adam se marchó a toda prisa al punto verde con el coche cargado de cartones y embalajes de plástico. Por fin teníamos nuestra familia. Las películas intentan convencerte de que, a partir de ese momento, todos son felices y comen perdices. En realidad, eso cuesta algo más de esfuerzo.

Sophia se va corriendo con sus amigos y la observo desde detrás del cristal. Incluso a estas alturas del trimestre, algunos niños aún lloran al despedirse. Me pregunto si sus padres mirarán a Sophia y pensarán: «Qué suerte tiene su madre», igual que yo lo pienso cuando miro a esos niños que se aferran a la suya.

Ya en casa, le dejo una nota a Becca, la estudiante preuniversitaria que cuida a Sophia de vez en cuando. Después saco una lasaña del congelador por si Adam no llega a tiempo para la cena y dejo una toalla limpia encima de la cama de la habitación de invitados, aunque él sabe perfectamente dónde está el armario de la ropa blanca; cuesta romper con una década entera cuidando de alguien.

—¿Por qué no puedo dormir en nuestra cama? —preguntó la primera vez.

Le contesté en voz baja, no solo por Sophia, sino también porque no quería que la situación nos hiciese más daño del que ya nos había hecho.

—Porque ya no es nuestra cama, Adam —había dejado de serlo el día que se marchó Katya.

—¿Por qué haces esto?

—¿El qué?

—Ser tan fría conmigo. Como si apenas nos conociéramos. —Se le contrajo la cara—. Te quiero, Mina.

Abrí la boca para responder que yo ya no sentía lo mismo por él, pero no tuve valor para decírselo.

Probamos la terapia de pareja, por supuesto, pero más por Sophia que por nosotros: sus problemas de apego estaban profundamente arraigados, como un reflejo muscular memorizado durante los meses en los que llorar no le procuró consuelo alguno. ¿Cómo le afectaría que nos separásemos de forma permanente? Sophia estaba acostumbrada a los turnos de noche de Adam y a mis ausencias de varios días seguidos, pero al final siempre, sin excepción, volvíamos los dos a casa.

Adam, si hablaba, lo hacía con monosílabos, mostrándose tan evasivo con la terapeuta como conmigo. En julio aceptó irse de casa.

«Necesito tiempo», le había dicho yo.

«¿Cuánto tiempo?».

No había sabido qué decirle; no tenía ni idea. Vi que dudaba a la hora de escoger entre las maletas, metidas la una dentro de la otra como muñecas rusas rectangulares. El optimismo le llevó a elegir la pequeña. Los de Recursos Humanos le consiguieron una habitación en una casa compartida con tres alumnos de la academia de policía, rebosantes de entusiasmo y cerveza barata, que pasaban el rato compitiendo sobre sus primeras hazañas uniformadas.

«No puedo traer a Sophia aquí —me dijo—, no estaría bien».

Así pues, preparé la cama de invitados, y ahora, cuando me marcho a trabajar, Adam se queda aquí; no sé a quién de los dos se le hace más difícil.

Me pongo el uniforme y reviso de nuevo mi equipaje de mano. El viaje de hoy es todo un acontecimiento: el último vuelo sin escalas de Londres a Sídney, un truco publicitario con veinte personas a bordo, tuvo lugar en 1989. Los vuelos comerciales han sido imposibles hasta ahora: han hecho falta años para desarrollar un avión capaz de cubrir esa distancia con el pasaje completo.

Le dejo a Sophia una nota en la cama: un corazón dibujado con rotulador y un «Mamá te quiere» debajo; lo hago cada vez que tengo vuelo, desde que aprendió a leer.

—¿Has visto la nota? —le pregunté una vez durante una videollamada para darle las buenas noches. No recuerdo dónde estaba, pero aún era pleno día, y ver a Sophia recién bañada hizo que me invadiera la nostalgia.

—¿Qué nota?

—La de la cama. Te la he dejado en la almohada, como siempre. —La nostalgia de casa me volvía injusta: quería que Sophia me echase de menos solo porque yo la echaba de menos a ella.

—Adiós, mamá. Katya y yo estamos construyendo un refugio.

La pantalla se tambaleó y acabé delante de un plano fijo del techo de la cocina. Finalicé la llamada antes de que Katya pudiera compadecerse de mí.

De camino al aeropuerto, pongo Radio 2. Subo el volumen, pero me sobreviene una culpa tan fuerte que no hay forma de acallarla.

—El trabajo es el trabajo —digo en voz alta—. Es lo que hay.

Le dije a Adam que había habido un cambio de turno, que había intentado escaquearme pero que iba a tener que pasar cinco días fuera y, a ver, qué quería que hiciese. El trabajo era el trabajo.

Era mentira.